Fuente
Otrocampo
El
espectador de la imagen experimenta la necesidad de «reconocer» (de
identificar) los objetos que ella representa. Cuando es figurativa,
fotografía, cuadro o film, etc. ella va al encuentro de esta necesidad y
propone, a partir de sí misma, objetos a reconocer; sin embargo, puede
suceder, incluso con imágenes fuertemente representativas, que la demanda
del consumidor resulte más o menos insatisfecha: el occidental que ve un
film etnográfico se queda por lo general perplejo frente a los objetos que
discierne allí, pero que no sabría nombrar ni clasificar (utensilios de
cocina, armas de caza o de pesca, etc.). Nombrar, clasificar: aquí
comienza nuestro problema, el de las taxinomias culturales, por las que es
necesario comprender tanto la taxinomia de los objetos culturales (objetos
de civilización) como la taxinomia de los objetos naturales, por ejemplo,
las clasificaciones zoológicas o botánicas, variables de una sociedad a
otra. La fenomenología ha mostrado pertinentemente que vivimos en un mundo
de objetos, y que nuestra percepción inmediata es una percepción de
objetos, y que, además, esta disposición no es superficial ni transitoria
(es más, agregaría que ella es profundamente tranquilizadora y esta es sin
duda una de las raíces de su existencia). Pero, ¿cómo no relacionar esta
característica tan sorprendente de nuestro vivido consciente con la fuerza
más subterránea de las clasificaciones culturales y sociolingüísticas?
El caso
de las imágenes no figurativas (pintura moderna, film de «vanguardia»,
etc.) no hacen más que confirmar las impresiones iniciales de las que ha
partido este estudio, ya que es llamativo que el espectador tienda
asiduamente a introducir en ellas, por la fuerza, por la mirada que les
consagra, los objetos que el autor no ha puesto: así las formas vagas,
curvas, difuminadas van a convertirse en nubes o juegos de agua, los
dibujos rectilíneos en vías de tren, etc.; hay muchas menos imágenes no
figurativas en la recepción que en la emisión; y en la emisión, la
tendencia a la representación es más fuerte de lo que se cree, incluso en
aquellos que desean evitarla conscientemente (los libres contornos que se
nos proponen son frecuentemente variaciones involuntarias alrededor de la
forma de un objeto ya conocido): hay muchas menos imágenes no figurativas
que imágenes queridas como tales.
Los
códigos icónicos de nominación
La filosofía, la psicología de la percepción y la observación corriente
nos han enseñado desde hace mucho que la identificación de los objetos
sensibles y su nominación lingüística están estrechamente mezcladas entre
sí. La organización semántica de las lenguas naturales, en algunos de sus
sectores lexicales, viene a recubrir con un margen variable de desfasaje
las configuraciones y el desglose de la percepción; el mundo visible y el
idioma están en múltiples y profundas interacciones estructurales, que no
han sido aún estudiadas en detalle, en términos técnicos en relaciones
intercódicas: este estudio quiere hacer una contribución justamente por
esta vía.
Pero una
cosa ya me parece segura: incluso si la relación de la lengua y de la
vista no puede ser concebida como una «copia» integral y servil de la una
con respecto a la otra (ni de la otra con respecto a la una), hay una
función de la lengua (entre otras) que es nombrar las unidades que
desglosa la vista (pero también ayudarlas a desglosar), y una función de
la vista (entre otras) que es inspirar las configuraciones semánticas de
la lengua (pero también inspirarse en ellas).
Recientemente y en una perspectiva semiológica, estos problemas, en sí
mismo muy antiguos, han sido abordados por dos vías: desde su vertiente
lingüística por A. J. Greimas (1968: 3-35), y desde su vertiente icónica
por U. Eco (1972: 217-320) (1). Por mi parte le he
consagrado algunos muy breves esbozos de análisis (2),
donde la articulación de estas dos vertientes era el centro de interés.
Porque es, efectivamente, el centro de la cuestión. He propuesto el
término códigos icónicos de nominación para los sistemas de
correspondencias que explican cómo en las imágenes figurativas, inclusive
esquematizadas, se puede a la vez reconocer y nombrar objetos (por lo
tanto estos códigos están entre los mecanismos constitutivos de la
«analogía», de la «iconicidad», de la impresión de semejanza y de realidad
que nos dan las imágenes representativas; contribuyen a crear la
ficción, la diégesis, lo seudo-real). Ya es tiempo -y el estado
general de las investigaciones anteriores habilita empresas de toda
suerte- de intentar una descripción más detallada y más sistemática de
estos dispositivos-pasarelas por los que se hacen posible, entre la lengua
y la imagen, la producción objetiva de toda una red de confluencias
tan interiorizadas por la cultura que los fenomenólogos han podido
describirlas como espontáneas (y así son en efecto), de estos dispositivos
que, por otro lado, están profundamente ligados, en Occidente, a la
tradición aristotélica (cuantitativamente dominante aún hoy) del arte
diegético o mimético, vale decir, el arte de la representación.
¿Qué
parte de la imagen qué parte de la lengua?
En primer lugar es necesario delimitar el objeto de la investigación sobre
dos flancos. Los códigos icónicos de nominación no ponen en relación el
todo del lenguaje y el todo de la imagen; su estudio no debe pretender
agotar la vasta cuestión de los lazos entre lo perceptivo y lo
lingüístico, sino concentrarse, por el contrario, sobre uno de sus niveles
para intentar aclararlo mejor.
Léxico
Del lado
de la lengua, nos limitaremos al léxico (noción que será precisada
más adelante). No parece casi posible, por el momento, establecer
seriamente correlaciones precisas entre la percepción de los objetos en
una sociedad y las estructuras fonológicas o gramaticales de la lengua
correspondiente. Esta dificultad, que tal vez no será para siempre, se
vincula con otra, más general y bien conocida por los lingüistas: a pesar
de algunas tentativas interesantes (3) no se ha podido
hasta ahora poner en relación de manera convincente los sistemas
fonológicos o sintácticos con las estructuras sociales, y es a través de
esos dos sistemas que la lengua conserva por el momento esta fuerte
autonomía relativa con relación a otras instituciones, allí se funda la
existencia misma de la lingüística en tanto que disciplina distinta de la
sociología (pero formando parte de las ciencias sociales, ya que la lengua
es una institución). De todos los sectores internos de la lengua, es
por el contrario el léxico que aporta el material más importante y más
inmediatamente explotable para todos aquellos que quieren fundar una
sociolingüística (4); es claro que las palabras están
ligadas a la civilización (y entre otras a la vista) en un circuito más
corto y más directo que los fonemas o las reglas gramaticales. Además, el
léxico es la única parte de la lengua que ejerce inmediatamente la función
de nominación, es decir, enumera los objetos del mundo y le da un
nombre; la dimensión referencial que caracteriza el lenguaje en su
totalidad, aparece únicamente de manera directa en el léxico.
Esta
situación disimétrica se refleja muy bien en las concepciones de un
semántico como A. J. Greimas (1966: 102-118): de los semas propiamente
dichos, que constituye el «nivel semiológico» (es decir, allí en donde la
lengua se articula sobre el «mundo natural»), distingue los «clasemas»
cuyo conjunto forma el «nivel semántico» (nivel de autonomía de
organización lingüística), vemos por un lado, en efecto, la diferencia
entre los semantismos como Tiene una forma oblonga, Está hecho
de cuero, Pertenecen a la raza felina (= semas propiamente
dichos, o mejor «nucleares»), en última instancia, tan diversos y
particulares como los objetos perceptivos de una cultura, que ellos
designan y constituyen a la vez; y por otro lado las unidades de sentido
como Humano/No-humano, Objeto material/Noción abstracta o
Animado/Inanimado (= «clasemas», o «semas contextuales»), que tienen
un alcance más general en el interior del léxico, intervienen en la
nominación de numerosos objetos sensibles y, además, muy diferentes. De
este modo, los semas son sometidos a una segunda clasificación (en mallas
mucho más amplias que la primera, operado por las nominaciones mismas), y
que desbordan por otro lado el lexema de la gramática, de la que
corresponden frecuentemente a marcas formales (de este modo para
«Humano/No-humano» a ¿Quién/Qué? en español, Who/Which en
inglés, etc.). Si los clasemas, en una lengua, son comunes al léxico y a
la gramática, los semas «nucleares» (que los llamo de ahora en más «semas»
tout court, ya que este trabajo se limita a ellos) son propios al
léxico y únicamente a él. Una vez más, no consideraré todos los semas
lexicales, sino únicamente aquellos que intervienen en el léxico de los
objetos visuales.
«Reconocer el objeto»
Sobre la
otra vertiente, la de la imagen, los códigos icónicos de nominación
tampoco comprometen el conjunto del material semiológico. No se podría dar
cuenta únicamente con ellos de todo el sentido (de todos los sentidos) de
la imagen representativa. Reconocer el objeto no es comprender la imagen,
aunque sea su comienzo. Se trata únicamente de un nivel del sentido, al
que llamamos literal (= denotación, o representación), y no por completo.
Porque la aprehensión de las relaciones entre objetos, o al menos de sus
relaciones más factuales, participa aún del sentido literal pero es tomado
a cargo por otros códigos, sobre todo los del montaje en el sentido más
general del término (englobando la composición interna de una imagen
incluso única): comprender que un objeto aparece, en la diégesis,
únicamente unos minutos tras otro objeto, o que por el contrario estén
constantemente en co-presencia, o que uno esté a la izquierda del otro (o
muy lejos atrás, etc.), es ya otra cosa que identificar visualmente cada
uno de estos objetos. El «reconocimiento» debe ser comprendido como una
operación que articula algunos sectores de la actividad lingüística sobre
algunos sectores de la actividad perceptiva, y no directamente la lengua
entera sobre la percepción entera.
De la
palabra al semema
Si se
plantea así el problema, se vuelve esencial saber a qué especie de unidad
lingüística corresponde en su exactitud el objeto ópticamente
identificable, ya que la lengua comporta unidades muy diversas por su
talla como por su estatuto.
Para el
sentido común no hay duda: es la palabra. El acto de nominación,
considerado en su forma concreta y directamente observable, corresponde
muchas veces a una palabra, aquélla que nos viene al espíritu cuando
nuestro ojo ha reconocido el objeto (= «Es un perro», «Es una lámpara»,
etc.). Sin embargo, la pertinencia de la palabra no resiste al análisis.
La palabra es una unidad de dos caras, con su significado y su
significante fónico. Ahora bien, lo que puede «corresponder» a un elemento
icónico será forzosamente una unidad del significado lingüístico y sólo a
ella: una unidad «mono-facial». La nominación de los objetos visibles es
un caso más de transcodificación entre otros, y en toda transcodificación
(por ejemplo en la traducción propiamente dicha), el único tránsito
directo es el que pasa por los dos respectivos significados. Volveré sobre
este punto, que es realmente más complejo. La nominación es más que una
transcodificación, sin dejar de ser una. Es claro que entre el
significante de una imagen que representa una casa y el significante de la
palabra «casa» (o «house» o «maison», etc.), no es concebible ninguna
correspondencia directa (es una de las consecuencias de la «arbitrariedad»
del signo lingüístico), ya que las dos materias significantes son
absolutamente heterogéneas una de la otra: aquí los trazados, los colores,
las sombras etc., allí una emisión de la voz humana. El aspecto óptico de
la casa no está gratuitamente en el hecho como la palabra francesa que
tiene cuatro fonemas antes que tres o cinco. Son los significados que se
articulan el uno sobre el otro: el objeto reconocido y el
sentido de la palabra.
El lexema
(morfema lexical), otra suerte de unidad lingüística, menor que la palabra
no se adecua más a nuestros propósitos por las mismas razones. Es aún una
unidad de dos caras que comporta elementos fonéticos.
Entonces,
¿el significado-de-palabra?, o ¿el significado-de-lexema? Tampoco esto.
Pero esta vez por otras razones. En el nivel de una palabra e incluso de
un lexema, el significante puede recubrir varias unidades que sobre el
plano óptico son completamente distintos, por ejemplo el «gato» como
animal y el «gato» como instrumento de auxilio mecánico. Es el problema de
las acepciones múltiples.
En suma,
la correspondencia visual debería establecerse con una unidad lingüística
de puro significado, y que sería más «pequeña» que el
significado-de-lexema: el significado de una acepción de un lexema (o la
acepción única de un lexema con acepción única).
Pero por
otro lado, la unidad lingüística que buscamos puede coincidir en algunos
casos con un segmento más largo que el lexema o incluso que la palabra, a
condición de que se considere siempre una única acepción del significado
de este segmento. El objeto que llamamos «matambre» es reconocible en una
imagen, y corresponde en español a dos lexemas (agrupados en este ejemplo
en una sola palabra). A lo que llamamos «queso de chancho» corresponde a
tres lexemas (que aquí son también tres palabras), y, sin embargo, como
elementos perceptivos están evidentemente sobre el mismo plano que el
«jamón», cuya nominación compromete un solo lexema (que coincide con una
palabra). Esto no es azaroso, ya que en el orden lingüístico en sí,
tratándose de casos de secuencias de varios lexemas (eventualmente de
varias palabras) éstos están lexicalmente fijados y conmutan con un único
lexema. Desde el punto de vista de André Martinet (1967: 1-14), no son
sintagmas (= libre combinaciones sintácticas) sino sintemas, combinaciones
operado una vez por todas y que entran en el léxico con el mismo estatuto
que los segmentos indescomponibles; si un queso de chancho es de color
rojo hablaremos de un «queso de chancho rojo» y no un «queso rojo de
chancho». Por otra parte, como propone Martinet, el término «tema» para
designar en común los sintemas y los lexemas propiamente dichos, nos
permite plantear a su vez que el objeto visualmente identificable
corresponde, en el plano de la nominación, a una acepción de un tema,
es decir, exactamente lo que Greimas (43-45, 38) (5)
llama un semema.
Taxinomia culturales de los objetos
Cada
semema (unidad específica del plano del significado) traza una clase de
ocurrencias y no una ocurrencia singular. Existen miles de trenes, incluso
en la única acepción de «convoy ferroviario», y difieren de manera
pronunciada los unos de los otros por sus colores, sus alturas, el número
de sus vagones, etc. Pero la taxinomia cultural implícita en la lengua ha
decidido considerar estas variaciones como irrelevantes y los considera
como un mismo objeto (= de una misma clase de objetos); ella ha decidido
también que otras variaciones eran pertinentes y suficientes para
«cambiar de objeto», como por ejemplo la separación entre «tren» y
«tranvía». Es la misma repartición, tan variable según las sociedades
-rasgos pertinentes y rasgos irrelevantes, en suma, el mismo principio
«arbitrario» de enumeración de los objetos- que preside a las
clasificaciones operada por la percepción de los objetos correspondientes
en la misma cultura. También la vista es ligeramente incomodada cuando la
imagen no le permite decidir si se trata de un tren o un tranvía; desde
que ella ha podido zanjar, el espectador tiene el sentimiento de haber
«reconocido el objeto»; y es notable que una percepción defectuosa del
color de este tranvía (si es uno), o de su exacta amplitud, o del metal
con que está hecho, etc., no acarree una obstaculización comparable, un
obstáculo del mismo nivel.
Todo
sucede como si los rasgos que no participan en el desglose de los objetos
fueran culturalmente experimentados como una suerte de cualidades
segundas, determinaciones agregadas y no indispensables en la intelección
inmediata, vale decir, cualidades adjetivas antes que substantivas. Y es
cierto que las más de las veces la expresión lingüística de estas
particularidades visuales pasa por los adjetivos (= «un extenso
tranvía»), o por algunos determinantes de tamaño mayor, pero
sintácticamente intercambiables con los adjetivos, como por ejemplo la
proposición subordinada relativa (= «un tranvía que viajaba muy rápido»;
cf. «muy veloz»). Por el contrario, las cualidades visuales pertinentes,
aquellas que por su agrupamiento en «paquetes», determinan la lista de los
objetos a reconocer, se expresan en la lengua por sustantivos. Como se
sabe desde hace tiempo, la nominación de los objetos -porque también está
la de las acciones, volveré sobre este tema- procede por nombres. Las
gramáticas tradicionales decían que el sustantivo corresponde a un objeto,
el adjetivo a una «cualidad», el verbo a una acción. Simplemente, los
objetos no son más que unos conjuntos de cualidades considerados como
definitorios, y lo que llamamos cualidades recubre únicamente algunas
cualidades, y cuya propiedad es no entrar en las definiciones de los
objetos. Los objetos ópticamente identificables son por lo tanto clases de
ocurrencias, como los sememas que los nombran; es por eso que A. J.
Greimas propone llamarlos «figuras visuales» (son las unidades
pertinentes), y distinguir de ello los «signos visuales» que serían las
ocurrencias singulares (6-7) (6): cada dibujo de una
casa, cada fotografía de un árbol, etc. Pero el término signo, en
la tradición lingüística, evoca en demasía la unidad pertinente para que
podamos tener alguna posibilidad de hacer designar lo contrario. Me parece
preferible no adoptar términos especiales y hablar simplemente de objetos
visuales reconocibles, oponiéndolos a las ocurrencias visuales.
Acerca
de la «nominación»
Vemos que el fenómeno fundamental de la nominación está en sí mismo
muy mal llamado. En el término (francés) «nomination», el semema nom
(nombre) que aparece es al que corresponde a name en inglés, y
no al noun inglés; pero designa de todas maneras una unidad
lingüística que pertenece al orden de la palabra. Ahora bien, es
únicamente en el nivel de la superficie que la nominación procede por
palabras. Las verdaderas correspondencias entre el mundo visible y la
lengua se establecen en el nivel de los rasgos pertinentes, unidades más
profundas y no-aparentes, y la palabra (el «nombre») que designa el objeto
óptico sólo constituye la parte emergida del sistema, la consecuencia
manifiesta del juego de los rasgos pertinentes y su organización interna:
cuando una superficie icónica comporta todos los rasgos definitorios
requeridos para que podamos reconocer una lámpara (eléctrica) y que a su
vez accedemos al semema correspondiente (= «lámpara» en tanto que
accesorio de electricidad), éste último nos lleva al lexema del que
contribuye a articular el significado (aquí, «lámpara» en todas las
acepciones –que además forma una palabra en sí mismo), y esta palabra, a
su vez, funciona como una entidad de dos caras, que también tiene un
significante propio y por ende puede pronunciarse: el espectador exclamará
«Es una lámpara». En el proceso completo de la nominación, la palabra
habrá jugado un papel, pero únicamente al final del recorrido.
El
término «nominación» no es propio de la lingüística y de las semiologías
modernas. Viene de muy lejos: del pasado de la lengua, y también de toda
una tradición filosófica. Lleva condensado en él una cierta concepción de
vínculo entre el lenguaje y el mundo, una concepción que ya criticaba
Saussure, o el lógico Gilbert Ryle, es decir, el «realismo ingenuo». Para
éste, habría una suerte de lista de objetos, prexistiendo a su
denominación, y las palabras vendrían a «nombrar» estos objetos a
destiempo, y uno por uno. Aunque nos atengamos durante mucho tiempo al
nivel de la superficie estamos atraídos indefectiblemente hacia creencias
de este tipo. La palabra, y el lexema (y sobre la otra cara del problema
el objeto visual una vez reconocido) no son más que productos terminales,
mientras que el desglose del mundo en objetos (y de la lengua en sememas)
es un procedimiento complejo de producción cultural en el seno del cual el
papel central es atribuido a los rasgos pertinentes: rasgo de
identificación (Eco) y semas lingüísticos por otro (Greimas).
Determinación por la práctica social
Este
doble desglose no preexiste a la actividad social y a las características
de cada civilización. Está determinado por ellas, formando parte de éstas
al mismo tiempo. Se sabe que los Esquimales disponen de una docena de
lexemas diferentes (y por ende de sememas diferentes) para designar la
nieve, según sea desmenuzable, endurecida, deslizante, amontonada, etc. (Shaff,
1965: 153-175) Cada una de estas unidades consiste en un lexema
indescomponible, mientras que las lenguas de la Europa occidental están
obligadas -para designar los «objetos» correspondientes- a formar un
sintagma nominal que combine cada vez el adjetivo apropiado (=
«derretida», etc.) con un sustantivo nieve como invariante (o
snow, Schnee, o neige, etc.). De este modo, nuestras
culturas ven un único objeto con determinaciones variables allí donde los
Esquimales ven diez objetos distintos. Un rasgo semejante como
«desmenuzable» o «endurecida» (con el sema correspondiente) es considerado
como irrelevante en nuestras lenguas -al menos cuando se trata de
nominar la nieve-, mientras que es pertinente para los Esquimales.
Esta
diferencia de organización lexical está evidentemente en relación con una
diferencia de percepción de la nieve, que es más fina y diferenciada en
los Esquimales. Cada sociedad lexicaliza las distinciones que ella percibe
más nítidamente, e inversamente percibe con particular nitidez las
distinciones que ella lexicaliza. Sería en vano una querella de
anterioridad: intentar saber si en el comienzo es la lengua que ha
provisto a la percepción o la percepción a la lengua. De hecho tanto la
una como la otra han sido formadas por la sociedad (Shaff, 1965)
(7) En nuestra civilización, los modos de producción y
el trabajo son de un modo tal que la nieve no juega en ellos más que un
pequeño papel, ya que una atención precisa llevada a sus diferentes
estados no tendría una utilidad inmediata, mientras que el Esquimal que
caza y que pesca en paisajes ampliamente nevados, y cuya supervivencia
depende de ello, está obligado a conocer bien la nieve en sus diferentes
variedades: las que permiten la caza, las que representan un peligro de
hundimiento, las que anuncian la tempestad, etc. Una sociedad lexicaliza
y percibe las distinciones de acuerdo a las necesidades más urgentes.
Los
rasgos pertinentes de la identificación perceptiva.
El esquematismo
La visión no identifica un objeto según el conjunto de su cariz sensible
(ni según el conjunto de la superficie de papel, si se trata de un mismo
objeto en estado de «representación» en un dibujo o en una fotografía, es
decir, el objeto visual trasmitido por los códigos de la analogía). Así se
explica que las representaciones esquematizadas de los objetos, donde la
mayor parte de las características sensibles ha sido deliberadamente
suprimida, sean tan reconocibles (y a veces mucho más) que las
representaciones más fieles y completas en el plano de la materia de la
expresión (= respeto más exhaustivo del detalle, de las formas, de los
colores, etc.), representaciones cuyo grado de esquematización es menor y
mayor el grado de iconicidad, para retomar los términos de Abraham
Moles (1968: 22-29). Ahora bien, es notorio que las imágenes fuertemente
esquematizadas sean muy bien identificables (todo el arte de la caricatura
reposa sobre este asunto). Es que el reconocimiento visual se funda sobre
algunos rasgos sensibles del objeto o de su imagen (con exclusión de
otros), aquéllos que conservan justamente -y esta vez aislándolos
materialmente- el esquema y la caricatura: si ellos son a veces más
«parlantes» que una figuración detallada, es porque evitan el riesgo de
ahogar estos rasgos en medio de otros y retardar de este modo el punto de
referencia; por el contrario, una imagen detallada se convierte a veces en
una imagen confusa.
Los
rasgos que retiene el esquema -o al menos el esquema figurativo, ya que
hay otros (diagramas, etc.)- corresponden exactamente a los rasgos
pertinentes de los códigos de reconocimiento muy bien descrito por Umberto
Eco (1972: 217-320) que cita diversos ejemplos (8).
Otros podrían ser sacado de la caricatura: los brazos levantados por
encima de la cabeza y una buena talla, son suficientes para que
reconozcamos a de Gaulle; unas cejas tupidas, un rostro redondeado, y es
el presidente Pompidou; en algunos dibujos cómicos cuando un personaje
presenta dos protuberancias de un lado y del otro, consideradas como senos
y nalgas, son suficientes para reconocer a una «mujer» (es inútil decir
que esta elección de rasgos pertinentes se debe a una ideología a la vez
misógina y maternalista, bastante característico del mundo en que vivimos;
los códigos son máquinas formales, pero es justamente como tales que
tienen un contenido histórico y social; en este ejemplo como en otros la
oposición entre la forma y el contenido lleva a un punto muerto).
***
De este
modo, el esquematismo desborda ostensiblemente a la
esquematización. Esta última es una actividad social específica que
consiste en producir esquema materialzadas (= esquemas propiamente
dichos). Por el contrario, el primero es un principio mental, perceptivo y
sociolingüístico de alcance muy general, que hace posible la comprehensión
de los esquemas de las imágenes detalladas con alto grado de iconicidad
así como de los espectáculos de la vida real. Si, fuera de toda
esquematización, las ocurrencias visuales incluso difiriendo por casi
todos los rasgos pueden ser percibidos como ejemplos múltiples de un mismo
objeto y no como objetos distintos, es porque algunos rasgos importan
únicamente para la identificación. Y si muchos dibujos llevan en común los
rasgos definitorios del objeto visual clave (= una cabeza y un
tallo, cierto tipo de festón, etc.), pueden por otro lado –y sin
inconveniente para la permanencia socio-taxinómica del ítem «clave»-
diferir muy ampliamente por su talla, su color, el diámetro de la cabeza,
la profundidad del escote, etc.
En la
percepción ordinaria, o en las imágenes fuertemente figurativas, es el
sujeto social, el espectador mismo quien elabora el esquema, por
sustracción mental de los rasgos no pertinentes; en los casos de
esquematización, es un especialista (dibujante, etc.), un «emisor», quien
opera materializándola antes de la misma sustracción. La diferencia está
en que el proceso de abstracción y de clasificación -la «sustracción»- en
un caso interviene en el nivel de la recepción y en otro en el nivel de la
confección; el primero está ausente del estímulo pero es reintroducido por
el acto perceptivo, en cambio el segundo está integrado al estímulo
artificialmente construido (Metz, 1971: 207-209) (9).
Exclusiones e inclusiones perceptivas
Es una
vez más el esquematismo -y de manera más general la existencia misma de
los rasgos pertinentes y clases de ocurrencias- que es responsable de una
particularidad estructural bastante sorprendente, común a los desgloses
perceptivos y a los desgloses lexicales: dos «objetos» pueden estar
incluidos el uno en el otro, y, sin embargo, valer, cada uno por separado,
para un ítem autónomo y distinto. De este modo no se podría saber si son o
no del mismo rango. Desde el punto de vista de la teoría de los conjuntos,
se diría que se trata de dos clases que mantienen a la vez relaciones de
exclusión y de inclusión: por ejemplo los sememas (y los objetos visuales)
automóvil y rueda, la rueda es una parte del automóvil y
podría ser mencionada en el artículo «automóvil» en un diccionario de
nominaciones icónicas, pero la rueda es también una unidad completa y del
mismo «rango» que el automóvil, y nuestro diccionario los consideraría
como dos entradas exteriores respectivamente y del mismo nivel.
Esta
aparente rareza, que se constata de manera general y permanente, se debe a
la naturaleza fundamentalmente clasificatoria y «arbitraria» de las
nominaciones. Cuando el objeto considerado es el automóvil (visto o
dicho), la rueda no interviene más que como rasgo de reconocimiento, lo
mismo que el volante por ejemplo. Pero si el objeto considerado es la
rueda en sí misma, en otras circunstancias de la vida (como en el caso de
pinchadura y reparación): entonces, es ella la que funciona como objeto
reconocido, o a reconocer, y que lleva a su vez rasgos de
reconocimiento (= forma exterior circular, localización de un «centro»
y una estructura radial, etc.).
En suma,
un único y mismo elemento material puede operar en dos niveles distintos
de codificación: como sema y semema, como «identificantes» y
«identificantum» (o «identificandum»). Constantemente, los objetos que hay
que reconocer sirven para reconocer otros en él. Según las exigencias
múltiples y diversas de la práctica, la percepción y el léxico se reservan
el derecho de reagrupar de modo distinto sus rasgos de base, en «paquetes»
variables por su contenido y por su tamaño; pero todo paquete que aparece
de manera un poco estable y frecuente es un objeto, y los objetos son
todos iguales como objetos, incluso si es susceptible de «perderse»
en ocasiones -y únicamente en ocasiones- entre los rasgos de otro objeto:
es cuando el segundo permanece como objeto mientras que el primero,
dejando por un momento de serlo, se contenta con participar en el desglose
del segundo. Es por eso que jamás existe, hablando con propiedad, objetos
que estén incluidos en otros: lo que encontramos son elementos
(semánticos y perceptivos) que el código hace jugar unas veces como
objetos y otras veces como partes de objetos, ya que de todas maneras este
mismo código dispone soberanamente la lista de los objetos, y no
únicamente aquéllos que tienen eclipses.
Lengua/percepción: su doble relación, intercódica y metacódica
Las reflexiones precedentes muestran que la correspondencia entre visión y
lengua se establece en dos niveles diferentes: por un lado entre los
sememas y los objetos ópticamente identificables, por otro entre los semas
y los rasgos pertinentes de reconocimiento visual. El alcance de esta
dualidad merece ser tratado con mayor amplitud.
El
tránsito por los significados
En la
medida en que los sememas corresponden a los objetos ópticos (o
viceversa), el tránsito intercódico -la articulación recíproca del código
lingüístico y del código perceptivo- pasa por los dos significados. El
semema, en la lengua, es una unidad específica del plano del significado;
para la actividad perceptiva, el «objeto» es igualmente un significado:
significado ya encontrado si se trata de un objeto una vez reconocido,
significado buscado cuando el objeto no está identificado aún pero que es
sentido como identificable (es decir, como siendo un objeto). En el código
de reconocimiento visual, el significante no es nunca el objeto (señalado
o sospechado), sino el conjunto del material gracias al que podemos
señalarlo o sospecharlo: formas, contornos, trazados, sombreado, etc.: es
la sustancia visual en sí misma, la materia de la expresión en el sentido
de Hjelmslev.
Si se
consideran las correspondencias entre la lengua y la visión como
resultante de un proceso social de producción intelectual que consiste
justamente en establecerlas de modo activa, el tránsito por los
significados representa el nivel terminal, directamente observable, es el
producto final de este conjunto de procesos. Gracias a los rasgos
pertinentes del significado icónico, el sujeto identifica el objeto (=
establece el significado visual); de ahí, pasa al semema correspondiente
en su lengua materna (= significado lingüístico): es el momento preciso de
la nominación, el franqueamiento de la pasarela intercódica; disponiendo
del semema, puede pronunciar la palabra o el lexema al que se
vincula éste semema: puede producir el significante (fónico) del código
lingüístico. De este modo se ha rizado el rizo.
También
ella puede ser recorrida en el sentido contrario, desde el significante
fónico hasta la marca perceptiva, hasta un complejo espectáculo visual -el
objeto correspondiente y por ende los rasgos ópticos pertinentes- o aún
(en ausencia de todo «estímulos», real o icónica) hasta la evocación
mental del objeto, es decir, de nuevo: sus rasgos ópticos pertinentes.
Estas dos operaciones son muy usuales, en la vida cotidiana, a tal punto
que ni siquiera se piensa en ello. Sin embargo, sin ellas no se podría
comprender cómo cuando digo a un amigo «¿Podrías pasarme el sacapuntas que
está en algún lugar de la mesa?», éste llega a encontrarlo y me lo
alcanza, o también cuando me dicen «Mi hermana tiene puesto unos anteojos
de sol», soy capaz de representarme en el espíritu un objeto-anteojos
incluso si la hermana de mi interlocutor está ausente e ignoro por ende el
modelo exacto que ella lleva puesto.
Cuando el
trayecto va del significante perceptivo (rasgos de reconocimiento) al
significante lingüístico (emisión fónica, real o mental), es la nominación
propiamente dicha; cuando va del significante lingüístico al significante
visual, como los ejemplo de hace un momento, tenemos una circunstancia de
visualización, que siendo el correlato inseparable de la nominación es
lo contrario (es por eso que este último término, en un sentido un poco
más amplio, puede designar sin inconveniente el fenómeno de conjunto
independientemente de su orientación en cada caso). El punto común a las
dos orientaciones, consiste en que el pasaje de lo lingüístico a lo
perceptivo, o inversamente, tiene lugar en el nivel de los dos respectivos
significados, semema y objeto:
Aunque
demos vueltas sobre este aspecto -que si bien no es el más profundo tiene
su realidad propia- la relación entre el léxico visual y la percepción
visual queda del lado del la transcodificación ordinaria. Como rasgo
definitorio de esta última, propongo retener el hecho del tránsito por los
significados. La transcodificación es una operación socio-semiológica muy
común; su forma más típica es la traducción: sub-caso de transcodificación
en que los dos códigos son lenguas.
El
tránsito por los significados no es una particularidad empírica o un hecho
excepcional; por el contrario reposa sobre un dato permanente y
fundamental: si los diversos códigos en uso se distinguen entre sí -si son
simplemente variados-, es por la materia y la organización interna de su
significante (códigos visuales, códigos auditivos, etc.), o bien
únicamente por su organización cuando la materia es idéntica (ejemplo: la
pluralidad de las lenguas), y por ende y de todas maneras por la
organización de su significado (= «forma del contenido» en Hjelmslev), ya
que ella es el correlato directo o indirecto (10) de la
del significante; pero no por la materia del significado («materia del
contenido»), que es común a todos lo códigos y que es siempre el
«sentido», el tejido semántico: por lo que el sentido constituye la
pasarela intercódica universal. Podemos conectar un código con otro cuando
dos unidades de la forma del significado, perteneciendo respectivamente a
cada uno de los dos (y que por ende no son nunca simplemente
superponibles) ocupan no obstante una posición asaz vecina en la materia
del significado (o, como se dice usualmente, «tienen más o menos el mismo
sentido»): es cuando el traductor, partiendo de una palabra de la
lengua-fuente, está en la búsqueda de una «palabra equivalente» en la
lengua-meta. En suma, existe un nivel de las relaciones entre códigos que
autoriza siempre a decir que el pasaje se efectúa a través de los
significados.
La
representación como metalenguaje
Sin
embargo, en muchos casos, y sobre todo en aquél que nos ocupa, este nivel
no es el único ni sin duda el más importante. Ciertas relaciones
intercódicas son mucho más que transcodificaciones (sin dejar de ser una).
La relación entre la lengua y la percepción es muy diferente de aquélla
que une dos lenguas (= traducción), porque esta vez los dos códigos ya no
tienen un idéntico estatuto semiológico y tampoco ocupan el mismo lugar en
el proceso general de la socialización.
Frente a
todo los códigos no lingüísticos, frente a ella misma cuando es necesario,
la lengua está en posición de metalenguaje: metalenguaje no-científico
universal, «equivalente mayor» intercambiable por todos los otros códigos,
como el dinero por otros bienes. También existen metalenguajes científicos
(lenguajes formalizados, notación matemática, química, etc.), pero todavía
es la lengua la que sirve para la introducción, la previa explicitación y
la definición del campo de validez de ellos. Y en otros dominios, la
lengua en sí misma, una vez sometida a un trabajo específico que la
transforma en terminología, es decir, en teoría, proporciona
directamente el metalenguaje científico fuera de toda notación
especializada, o tomando sólo una a título de auxiliar intermitente; este
metalenguaje consiste en un cuerpo de enunciados lingüísticos, se confunde
con el discurso mismo de la ciencia. De esta manera, la vocación meta-lenguajera
de la lengua, universal en el nivel no científico, es afirmada aún más en
el nivel científico; las dos cosas van juntas, y las clasificaciones
sociales corrientes son, además, ciencias a su manera: es el problema del
«pensamiento salvaje» tan bien planteado por Lévi-Strauss (y toda sociedad
es una sociedad de salvajes, todo hombre es el nativo de una cultura).
Si la
lengua es el principal metalenguaje, es porque evidentemente ningún otro
código está tan estrechamente ligado como ella a la comunicación social
cotidiana así como a una cierta forma (abstracta, explícita) del
pensamiento, que no es la única pero que es por naturaleza la más
emparentada a operaciones de metalenguaje. Todo los semiólogos han
señalado que la lengua, con relación a otros códigos, ocupa una posición
disimétrica y privilegiada (Benveniste, 1969, Hjelmslev, 1968)
(11) en lo que concierne a la extensión cuantitativa de
la materia del significado (el campo total de las «cosas que queremos
decir»): la lengua puede decir, aunque a veces de modo aproximado, lo que
dicen todos los otros códigos, mientras que inversamente de ninguna manera
es posible (no existe por ejemplo ningún grado de aproximación, que fuese
considerable, a partir del que se pueda admitir que una melodía de
caramilla o un juego de colores sea capaz de «decir» lo que dice una frase
incluso muy simple, como El tren llegó con cuarenta minuto de atraso).
Cada código «ocupa» una parte, y sólo una parte, de la materia semántica
total, es decir, del conjunto de las aserciones socialmente posibles,
mientras que la lengua ocupa todas. Entre la lengua y los códigos no
lingüísticos, el quantum de «traducibilidad» se equilibra bastante mal y
se inclina ampliamente de un solo lado. Esta ventaja de extensión
semántica es igualmente mucho mayor en el estatuto social de la lengua
como comentadora universal.
***
Una de
las consecuencias más notables de esta situación en la vida cotidiana
(percepción usual, desciframiento de numerosas imágenes que se ofrecen a
la mirada en las ciudades modernas, conversaciones espontáneas a este
propósito, etc.), es que la lengua hace mucho más que transcodificar la
visión, traducirla en otro significante del mismo estatuto (que
«verbalizarla», como dicen a veces los pedagogos audiovisuales): ella la
acompaña permanentemente, es la glosa continua de ella, la explica, la
explicita, en última instancia la efectúa, sea en voz alta o por
una simple evocación mnémica del significante fónico. Hablar de la imagen,
es en realidad hablar la imagen: no esencialmente una transcodificación,
sino una comprehensión, una re-socialización de la que esta
transcodificación no es más que el caso, el caso necesario. La nominación
remata la percepción en tanto que la traduce; una percepción
insuficientemente verbalizable no es plenamente una percepción, en el
sentido social del término.
Si
dispongo mentalmente de un semema (helicóptero por ejemplo) y si no
logro dibujar el objeto correspondiente sobre una hoja de papel, se trata
únicamente de mi torpeza accidental, soy alguien «que no sabe dibujar», y
por esta situación nadie sospecharía de que ignoro lo que es un
helicóptero. Pero si el helicóptero está dibujado sobre otra hoja y no
logro nombrarlo –o en todo caso a encontrar el semema, a falta del
significante fónico, como cuando tenemos la palabra «en la punta de la
lengua»-, la situación, invertida en ciento ochenta grado, se vuelve más
grave: no he comprendido el dibujo, ignoro realmente lo que es, no soy
capaz de hacerlo existir (al menos en el plano de la representación,
únicamente en la consideración que se hace de ella a lo largo de este
estudio). La lengua no es un código entre otros, es el metacódigo.
Transcodificar/Metacodificar: relaciones entre dos operaciones
Entonces,
es necesario distinguir la relación metacódica (relación de un
metacódigo con su código-objeto) de la relación intercódica que une
dos códigos situados sobre el mismo nivel, es decir, en el que cada uno
puede funcionar llegado el caso como «interpretante» del otro, pero
siempre con carácter reversible. En la relación metacódica, el tránsito
por el significado (donde se expresa la igualdad de estatuto de los dos
códigos) no es lo principal. Se sabe desde Hjelmslev (1968)
(12) que el significado del metacódigo se articula sobre la totalidad
del significante-significado del código-objeto; es otra clase de tránsito,
de tipo disimétrico, que compromete, además, los dos significados, y un
único significante (el del código-objeto). En cuanto al significante del
metacódigo, constituye, en esta estructura «desprendida» que hoy conocemos
bien, la parte que «supera» del código-objeto en su totalidad; de este
modo, en una exposición oral las emisiones fónicas de la lengua francesa
me sirven para describir los significantes y los significados del código
icónico:
La
relación intercódica simple podría por el contrario ser representada de la
forma siguiente:
Únicamente los significados aseguran el contacto entre los dos códigos.
Los significantes se «superan» entre sí, cada uno puede «traducir» el
significado del otro; se suprime la disimetría.
***
Estas
advertencias teóricas encuentran una ilustración sorprendente en el
problema que nos ocupa. Evocando la taxinomia cultural de los objetos
visibles, A. J. Greimas considera que los rasgos pertinentes del
significante icónico (= rasgos de reconocimiento en Umberto Eco) coinciden
con aquellos significados lingüísticos, es decir, con los semas del semema
(pp. 9). Esta proposición me parece de gran importancia. Por otro lado,
podríamos retomar aquí, en una perspectiva de la semiología visual y no de
pura lingüística, el análisis que hace Greimas (43-50) de la palabra
francesa «tete» (cabeza) en una de sus acepciones (= objeto material), nos
permitiremos simplificar un poco, para abreviar la exposición. Greimas
señala en este semema cuatro semas: extremidad (de un objeto más
vasto), extremidad discontinua (= culturalmente sentida como
distinta del resto, que lo llamaremos con gusto el «cuerpo»), extremidad
superlativa (= superior y/o anterior), extremidad esférica
(o todo caso «ovalado»).
Estos
cuatros rasgos pertinentes son del significado lingüístico. Pero son
también –y en este punto las dos cosas se confunden- cuatro rasgos
pertinentes del significante icónico: si en un film etnográfico (a)percibimos
un objeto que nos es desconocido (arma de caza, por ejemplo, o instrumento
de música), y si este objeto en su extremidad anterior presenta una parte
distinta con una forma redondeada, no dudaremos en percibirla como la
«cabeza» de este utensilio que nos era imposible identificar
anteriormente; todo lo que sabe nuestra mirada es que una de sus
partes consiste en sí misma en un objeto conocido, una cabeza. Por lo
tanto, los cuatro semas corresponden a cuatro caracteres físicos (ópticos)
del significante visual, es decir, a la «mancha» visible que formaba sobre
la pantalla la fotografía de esta cabeza. Del mismo modo, reconocemos una
«casa», sea en una imagen o durante un paseo en el campo, gracias a
ciertos rasgos perceptibles separables del conjunto; la silueta que
tenemos bajo los ojos evoca un objeto que ha sido construido por el
hombre, ella tiene varios muros, tiene un techo, una puerta, etc. Ahora
bien, estas diferentes características son también los semas de la palabra
«casa» en una de sus acepciones (= edificio).
El
retorno del significante
De este
modo se confirma que la articulación entre las taxinomias de la vista y la
parte visual del léxico, en el seno de una misma cultura, se establece en
dos niveles a la vez: entre los significados respectivos (objeto y semema)
aunque se considere la relación intercódica ordinaria, la simple
«traducción», la lista terminal de las correspondencias de superficie; y
entre los rasgos pertinentes del significante (del lado del código-objeto)
y los del significado (del lado del metacódigo) cuando se considera la
clasificación cultural de los objetos como una operación activa del tipo
metacódico en la que lo esencial se pone en juego a través de unidades más
«pequeñas» que el objeto-entero y el semema-entero, más acá de la
nominación concreta que no es más que el resultado: cuando la concebimos
como producción histórica de esta nominación, producción en que la lengua,
comentadora universal, viene a dictar la ley y las divisiones, aunque en
última instancia ella esté en sí misma, como el mundo visible, enteramente
determinada en sus formas por las fuerzas sociales. En el cuadro que sigue
hemos intentado representar esta doble relación de la lengua y la visión.
Constatamos que las dos vertientes del código-objeto
(significante-significado) se articulan entre sí sobre el significado del
metacódigo y únicamente sobre él; el significante del metacódigo, formado
por secuencias fonéticas que designan las unidades perceptivas, no tiene
ninguna relación directa con el código-objeto; solamente puede «hablar»
globalmente y como desde el exterior, por mediación de su significado
propio, del significado metacódico:
De los
objetos a las acciones
No hemos hablado hasta aquí más que de «objetos». Pero existe también
«acciones» visualmente reconocible. El problema de la nominación va a
desplazarse del sustantivo hacia el verbo, al menos en nuestras sociedades
y en nuestras lenguas en que el nombre y el verbo, el objeto y la acción,
son netamente distintos. Hecha esta reserva, el principio de análisis no
varía. Así, en un film cuyas imágenes son confusas y poco legibles, nos
son suficiente algunos rasgos ópticos netamente localizables para percibir
que alguien ha lanzado algo. En este ejemplo, me parece que los
rasgos pertinentes de la acción perceptible, y el lexema «lanzar» en la
acepción correspondiente, son dos en total (mínima descomposición que
otras puestas en paradigma vendrían a extender):
-objeto
material que se aleja del cuerpo de la persona (opuesto a
«recibir», «ser alcanzado por», etc., en las que el objeto se acerca)
-Acción
muscular por parte de la persona (opuesto a «dejar escapar», «dejar
caer», «perder», etc., en que el objeto también se aleja, pero la persona
es pasiva).
Es claro
que el análisis debería ser llevado más lejos. Habría que conmutar,
progresivamente, con una buena parte de los verbos franceses de
movimiento, con la organización del mundo visual en general (o al menos de
las principales unidades gestuales) de las sociedades que francófonas. Por
ejemplo, los dos rasgos que retuve como los más sorprendentes presuponen
otros dos por la relación de implicancia: «objeto material» o al menos
inerte (en este caso, el proyectil), en oposición a un «ser animado»
(persona, animal), o incluso a un objeto material pero concebido y
percibido como «activo» (una catapulta también puede lanzar algo).
Los
ruidos - los objetos sonoros
La perspectiva que se ha propuesto aquí puede aplicarse igualmente al
mundo sonoro (= ruidos reconocibles) y al sector correspondiente del
léxico. Este aspecto del problema es particularmente importante en el caso
del cine sonoro (que en nuestra época es el cine tout court), de la
televisión, de la emisión radiofónica, etc. No obstante, ha sido mucho
menos estudiado, ya que nuestra civilización concede un fuerte privilegio
a lo visual y no le presta atención a la esfera auditiva más que cuando se
trata de sonidos de lenguaje: ubicado entre los dos, el «ruido» es
frecuentemente dejado de lado (13).
¿Cómo
explicar que en la banda sonora de un film de paisajes, o en el murmullo
confuso de un bosque donde caminamos, seamos capaces de reconocer y aislar
un chapoteo, si ignoramos el origen e incluso si identificamos como
chapoteo, de una ocasión a otra, ruidos que difieren casi completamente?
Hay que admitir que el chapoteo existe como objeto sonoro autónomo, con
los rasgos pertinentes de su significante acústico que corresponden a los
del significado lingüístico, a los semas del semema «chapoteo». Cuatro de
estos aparecen bastante rápido, que resultan de las conmutaciones más
«próximas»:
-Este
ruido es relativamente débil (oposición a «estrépito», «alarido»,
«estruendo», etc.)
-Es
discontinuo, mientras que un «rumor», un «silbido», un «ruido de
fondo» no lo es.
-Es
acústicamente «doble», o en todo caso no-simple, si entendemos por
ello que cada una de sus emisiones se descompone al menos en dos sonidos
sucesivos: / - - / .... / - - / .... / - - / .... (en este aspecto, los
dos primeros fonemas del significante lingüístico, ch-a-poteo, pueden ser
considerados como onomatopéyicas). La conmutación muestra que otros ruidos
identificables no presentan esta característica y que cada una de sus
emisiones es «simple»; como «detonación», o incluso «golpe» o «choque» en
su acepción auditiva. Es la oposición entre FLOC y TAC (14).
-Este
ruido es sentido como «líquido», o como provocado por un líquido,
cf. por el contrario «frotación» o «raspadura» en su semema auditivo,
presenta un rasgo «sólido», o bien «sibilante» y «silbido»,
un rasgo «gaseoso».
Estos
cuatros rasgos, y todos aquellos del mismo género que estoy olvidando, son
estrictamente comunes a la percepción auditiva y a la lengua; no tendría
ningún sentido preguntarse si definen el «chapoteo», ya que este ruido y
esta palabra sólo existen el uno por el otro. Nuestros cuatros rasgos son
constitutivos del nivel de la articulación en que las dos cosas coinciden,
en virtud del estatuto metacódico de la lengua.
El
decaimiento ideológico de la dimensión sonora
No
obstante hay una diferencia entre lo visual y lo sonoro en su definición
cultural. Cuando reconozco una «farola» que puedo nombrar, la
identificación está terminada y todo lo que podría agregar estaría del
lado del adjetivo o de los determinantes. Por el contrario, si escucho de
manera diferenciada un «chapoteo» o un «silbido», y si lo puedo decir,
sólo tengo el sentimiento de una primera identificación, de una
localización aún incompleta. Esta impresión desaparece únicamente cuando
reconozco que se trata de un chapoteo de una rivera, o el silbido
del viento en los árboles; en suma, el reconocimiento de un ruido
conduce directamente a la pregunta «¿un ruido de qué?». En el primer
abordaje, hay algo de paradoja, ya que los sememas de identificación
inicial («silbido», «sibilante», «frotación», etc.) corresponden a
perfiles propiamente sonoros mientras que los de la identificación final
(el viento, la rivera), que no tiene nada de auditivo, enuncian la fuente
del ruido y no el ruido mismo.
En la
lengua, como metacódigo de los ruidos, la identificación más acabada es
evidentemente la que designa a la vez el sonido y su fuente («estruendo de
un trueno»). Pero si una de las dos indicaciones debe ser suprimida, es
curioso constatar que es la del objeto sonoro la que puede ser con menor
daño para el grado global de reconocimiento. Si percibo un «gruñido», sin
otra precisión, subsiste algún misterio y como un suspenso (los films de
terror y de espanto están cargados de estas cuestiones); la identificación
está únicamente esbozada. Si percibo «el trueno» sin prestar la menor
atención a sus caracteres acústicos, la identificación es suficiente.
Se
responderá quizás que el ejemplo es tendencioso, ya que el trueno es un
objeto que no puede ser otra cosa que sonoro (así, no podemos verlo, lo
que vemos es el rayo). Pero la situación no varía con los objetos que no
se agotan en su ruido. Si hago alusión al «zumbido de un mecanismo», mi
interlocutor consideraría que no sabe bien de qué hablo (= «¿Qué
mecanismo?»); no obstante he estado preciso en la clasificación del ruido;
pero me quedé en la vaguedad con respecto a la fuente. Es suficiente para
que invierta mis ejes de precisión, que diga «es un ruido de avión a
reacción», para que todos estimen que me expresé claramente, y se sientan
satisfechos. A partir del momento en que la fuente sonora es reconocida (=
avión a reacción), las taxinomias del ruido en sí mismo (zumbido, silbido,
etc.) no pueden proporcionar, al menos en nuestra época y bajo nuestras
latitudes, más que precisiones suplementarias y sentidas como no
indispensables, de naturaleza en el fondo adjetiva, incluso cuando
ellas se expresan lingüísticamente por sustantivos: en el nivel del
discurso, no estamos más en la nominación, sino ya un poco en la
descripción.
***
Ideológicamente, la fuente sonora es un objeto, el sonido una
característica. Como toda característica está ligada al objeto, y es por
eso que para identificar a este último es suficiente evocar el ruido,
mientras que a la inversa no es posible. «Comprender» un dato perceptivo,
no es captar en él exhaustivamente todos los aspectos, es la capacidad de
clasificar y poner en cuadro (15): de designar el
objeto cuyo dato perceptivo es un caso. También los ruidos son
clasificados mucho más según los objetos que los emiten que según sus
reparticiones propias.
Pero esta
situación no es para nada de natural: desde un punto de vista lógico, el
«zumbido» es un objeto, un objeto acústico, con el mismo estatuto
que el tulipán que es un objeto óptico. Además, la lengua tiene en cuenta
este asunto -o al menos el léxico, a falta del discurso-, ya que un gran
número de ruidos reconocibles, rebajados, sin embargo, al rango de
características, corresponden aún a sustantivos: hay allí una suerte de
convenio, que no impide a los rasgos auditivos participar más débilmente
que otros en el principio dominante del reconocimiento de los objetos.
Además, cuando queremos nombrar el concepto mismo de objeto sonoro, es
necesario, como lo hice hace un momento o como lo hacen los defensores de
la música llamada concreta, agregar a la palabra «objeto» el epíteto
sonoro, mientras que ninguna precisión es requerida para aquello que
se debería lógicamente llamar «objeto visual»: consideramos como evidente
que un estandarte es un objeto (tout court), pero por un gemido
dudamos: es un infra-objeto, un objeto únicamente sonoro.
Sobre un substancialismo salvaje
Existe de
este modo, profundamente enraizado en nuestra cultura (y sin duda en
otras, pero no forzosamente en todas), una especie de substancialismo
salvaje que distingue bastante estrictamente las cualidades primeras,
según las cuales se determina la lista de los objetos (= substancia), y
las cualidades segundas que corresponden a tanto atributos susceptibles de
ser vinculados a estos objetos. Concepción que se refleja en toda la
tradición filosófica de Occidente, comenzando por las nociones de
Descartes y de Spinoza que retomaba la frase precedente. Es claro
igualmente que esta «visión del mundo» tiene algo que ver con la
estructura sujeto-predicado, particularmente fuerte en las lenguas
indo-europeas.
Podemos
pensar que las cualidades primeras están en nosotros en el orden
principalmente visual y táctil. Táctil porque el tocar es tradicionalmente
el criterio mismo de la materialidad (16). Visual
porque las localizaciones necesarias a la vida cotidiana y a las técnicas
de producción apelan al ojo más que a los otros sentidos (es únicamente en
el lenguaje que el orden auditivo, como para compensar, se encuentra
«rehabilitado»). El tema es demasiado vasto para ser abordado de modo útil
aquí. Por el contrario, es posible comenzar a circunscribir desde ahora
ciertas cualidades que parecen ser «segundas»: así los ruidos, evocados
hace instante, al igual que las cualidades olfativas (un «perfume» es
apenas un objeto), y lo mismo algunas sub-dimensiones del orden visual
como el color (17).
En una
revista de vestidos, si dos artículos son de corte idéntico y se
distinguen por el color, se estima que se trata del mismo pullover (o del
mismo pantalón) en dos «tonos»: la cultura afianza la permanencia del
objeto, la lengua la afirma: sólo el atributo ha cambiado. Pero si los dos
artículos tienen el mismo color y un corte diferente nadie dirá ni pensará
que la boutique le ofrece «el mismo tono en dos vestidos» (fórmula
incorrecta y no por azar, en la que el color estaría en posición de sujeto
gramatical); se dirá más bien que estos «dos vestidos», esta faja,
esta falda por ejemplo, «son del mismo tono»: la enunciación restablece el
color en su lugar, en el predicado: son dos objetos distintos que tienen
un atributo común.
El
«sonido off» en el cine
La
repartición de las cualidades primeras y de las cualidades segundas juega
un gran papel en uno de los problemas clásicos de la teoría del cine, el
del «sonido en off». En un film, un sonido es considerado como off
(literalmente: fuera de la pantalla) cuando lo es la fuente sonora; así
definimos la «voz en off» como la voz de un personaje que no aparece
(visualmente) en la pantalla. Se olvida que el sonido mismo no está nunca
en «off»: o es audible o no existe; cuando existe, no sabría ser situado
en el interior del rectángulo o fuera, ya que lo propio de los sonidos
consiste en difundirse más o menos en el espacio circundante: el sonido
está a la vez «en» la pantalla, delante, detrás, alrededor, en toda la
sala del cine (18).
Por el
contrario, cuando decimos que un elemento visual del film está en off, es
que lo está verdaderamente: podemos volver a establecer por inferencia a
partir de lo que es visible en los límites del rectángulo, pero que no
vemos; un ejemplo bien conocido sería el del «cebo»: adivinamos la
presencia de un personaje del que percibimos únicamente, sobre un lado de
la pantalla, la mano o la espalda; todo el resto está (realmente) fuera de
campo.
El asunto
es claro: el lenguaje de los técnicos y de los estudios, sin darse cuenta,
aplica al sonido una conceptualización que únicamente tiene sentido para
la imagen: se pretende hablar del sonido, y se piensa de hecho en la
imagen visual de la fuente sonora.
***
Esta
confusión se encuentra evidentemente favorecida por una característica del
ruido que es físico y no social: el anclaje espacial de los datos sonoros
es mucho más vago y más difuminado que los datos visuales, las dos órdenes
sensoriales no tienen la misma relación con el espacio, el del sonido es
mucho menos apremiante, incluso cuando indica una dirección general (pero
raramente un emplazamiento totalmente preciso, como es, por el contrario,
indispensable para lo visible). Se comprende que los técnicos del cine
hayan fundado su clasificación sobre aquél elemento menos inasequible
entre los dos. (Además, es necesario recordar que la elección filogenética
de un material acústico, el sonido de la voz, para los significantes del
lenguaje humano se deben muy probablemente a razones del mismo orden: la
comunicación fónica no es interrumpida por la oscuridad, por la noche, se
puede hablar a alguien que se encuentra detrás de uno, a aquél que está
oculto por un obstáculo, o a aquél que ignoramos la ubicación, etc. La
relativa debilidad de la relación con el espacio procura aquí ventajas
múltiples a la humanidad, que habría perdido -el beneficio- si hubiera
elegido un lenguaje visual.)
Pero para
volver al sonido en off del cine, los datos de la física no son
suficientes para explicar la confusión persistente entre el objeto sonoro
en sí mismo y la imagen visual de su fuente (ahora bien, desde su
definición más literal, el concepto de sonido en off reposa sobre esta
confusión). Hay otra cosa detrás, y es cultural, que ya hemos comentado en
este estudio: la concepción del sonido como atributo, como no-objeto, y
por ende la tendencia a descuidar sus características propias en provecho
de las de la «substancia» correspondiente, que es aquí el objeto visible
emisor de sonidos.
Semiología y fenomenología
El subtítulo que precede se perfila hacia una interrogación epistemológica
que no es novedosa. Por mi parte me parece que toda la empresa
semiológica, a través de su anclaje inicial en la preocupación del
significante perceptible, de sus separaciones perceptibles, etc., se
inscribe de alguna manera en el prolongamiento de la inspiración
fenomenológica. Yo mismo «señalé» esta etapa necesaria (también la deuda)
en el primer capítulo de mi primer libro, publicado gracias al autor de la
Phénomenologie de l’expérience esthétique, a quién hoy rendimos
homenaje con estudios, de perspectivas tan diferentes, que componen este
volumen colectivo (19)
Por
supuesto, los «prolongamientos» son siempre inversiones, reacciones. Los
fenomenólogos han querido «describir» la aprehensión espontánea de las
cosas (y lo han hecho a veces con justeza, y que permanecerá por más
tiempo que ciertas inflaciones semiológicas). Sin embargo, ellos no han
tenido el suficiente cuidado de esta «apercepción» que es en sí misma un
producto, y que por ende ésta puede ser muy diferente en las
culturas que no son de aquél que describe. No obstante (yo no busco la
paradoja), permanece como verdad que estas formaciones terminales son
también puntos de partida. Es una gran ilusión del cientificismo
positivista segarse en todo lo que hay de no-cientificismo en la ciencia o
en el esfuerzo hacia ella, sin el que ésta no sabría incluso existir.
Todos estamos en nuestra hora de fenomenolólogos, y aquéllos que se
declaran como tales tienen al menos el mérito de confesar un cierto tipo
de relación con el mundo, que no es la única posible, ni la única
deseable, pero que existe en cada uno de nosotros aunque en muchos se
ignore o se oculte.
Cuando
sueño con mi propio campo de investigaciones, el análisis cinematográfico,
¿cómo podría disimularme -¿y para qué?- que todo un saber cultural previo,
-sin el cual no sería incluso una visión la «primera visión» del
film, ni en consecuencia las siguientes, más descomponente, menos
descriptivas (o bien en otro sentido), más «semiológica» si nos atenemos
al término-, que todo un saber ya presente en la percepción inmediata se
encuentra necesariamente movilizada para que pueda solamente trabajar? Y
este saber ¿cómo no comprender que es -que es y no es- el «cógito
perceptivo» de la fenomenología? El contenido es el mismo, el estatuto que
le acordamos no lo es.
***
En este
estudio, he querido mostrar que el objeto perceptivo es una unidad
construida, socialmente construida, y también (por una parte) una
unidad lingüística. Se dirá que estamos ya muy lejos de este «espectáculo
adverso» del sujeto y del objeto, de este hay cosmológico tanto
como existencial (de todos modos trascendental) en el que la fenomenología
ha querido instalar nuestra presencia en los objetos, y la presencia de
los objetos en nosotros. No estoy tan seguro de ello, o en tal caso este
«alejamiento» no es tal más que sobre ciertos ejes, y no implica una
ruptura completa de horizonte. Claro está, hablé de semas, de rasgos
ópticos pertinentes, etc., es decir, de elementos cuya propiedad es no
tener ninguna existencia vivida y que son por el contrario -¿por el
contrario o justamente?- las condiciones de posibilidad de lo vivido: las
estructuras de producción que lo forman y se suprimen en él, y que
encuentran en lo vivido el lugar de su manifestación y de su negación a la
vez: las determinaciones objetivas del sentimiento subjetivo. Concentrar
el interés sobre este estrato in-aparente, es alejarse del camino
fenomenológico. Pero el estrato manifiesto -además de tener su realidad
propia, autoriza los estudios posibles o los ya llevados a buen término-
es igualmente el único dispuesto en el comienzo que luego su
movimiento va a alejar de él.
He
intentado comprender mejor porqué la percepción procede por objetos. Pero
en primer lugar sentí, y vivamente, que ella procede en efecto de ese
modo, los fenomenólogos no dicen otra cosa. Para que haya intentado
desmontar los «objetos» que sorprenden tanto al nativo (y en primer lugar
para que haya tenido ganas), fue necesario que yo mismo
fuera un nativo, y que fuera sorprendido por las mismas cosas que él.
Sabemos que toda empresa psicoanalítica comienza por una «fenomenología»,
según la palabra de los mismos psicoanalistas. No es verdad más que en
este dominio. Todas las veces que queremos explicar algo, es más prudente
empezar experimentándolo
Notas
La estructura ausente; sobre todo la sección B, titulada La
mirada discreta (Semiótica de los mensajes visuales) p. 217–320; es
esta parte que ha sido traducida al francés en el número de
Communications consagrado al Análisis de las imágenes (15, 1970, p.
11-51), bajo el título de «Sémiologie des messages visuels». (Versión
castellana Análisis de las imágenes Ed. Buenos Aires Barcelona
1982). [volver]
2. Acerca de la noción de esquematismo, en el capítulo X.6 («Cinéma et
idéographie») de Langage et cinéma; a propósito de la analogía (o
iconicidad), en «Au-delà de l’analogie, límage» (publicada en
Communications 15, citada previamente, y retomada en el tomo II de mis
Essais sur la signification au cinéma); y sobre todo, como se dice
un poco más adelante en el texto, proponiendo el concepto de «códigos
icónicos de nominación» en Langage et cinéma p. 22-25, 150, 172,
202-203, 207-209. [volver]
3. Pienso por supuesto en la famosa «hipótesis de Sapir-Whorf», y también
en las tentativas aisladas como la de Alf Sommerfelt sobre la lengua y la
civilización de una etnia australiana: los Aranta (La langue et la
societé, caractères sociaux d’une langue de type archaïque. [volver]
4. La sociolingüística actual, que se sitúa «luego» de la lingüística
generativa transformacional, intenta superar este estadio puramente
lexical. Ésta quiere superar también la distinción chomskyana entre
«competencia» y «parformance», que llega a rechazar en la pura performace
importantes variaciones sociales en el uso de una misma lengua nacional.
De ahí el cruce de estas dos perspectivas: la idea de construir
gramáticas (sintácticas o/y fonológicas) propios por ejemplo al
«negro-english», es decir, el inglés tal como lo hablan los Negros de
Estados Unidos, o en otros grupos socio-lingüísticos. Cf. Los trabajos de
Labov y la escuela «variacionista». [volver]
5. Es un semema cada «acepción» de un lexema (p. 43-45), o de un «paralexema»
(p. 38) -el paralexema de Greimas corresponde más o menos al sintema de
Martinet. Greimas no propone un término especial para designar en común el
lexema y el paralexema, como lo hace el «tema» de Martinet. Retomo pues
este último que me es particularmente util ya que el objeto perceptivo
puede corresponder indiferentemente a un lexema o a un paralexema (sintema),
pero únicamente por el lado del significado y con una sola acepción (y
aquí el único término que se nos ofrece es el «semema» greimasiano). [volver]
6. Greimas habla de figuras y de signos «naturales»; el contexto muestra
que entiende por ello lo «perceptivo» (es un poco como cuando los
lingüistas hablan de «lenguas naturales», por oposición a los lenguajes
formalizados y a los metalenguajes y, sin pensar nada del mundo, estas
lenguas son verdaderamente naturales). En mi texto prefiero evitar la
palabra «natural». [volver]
7. La misma idea en Adam Schaff op. cit.: Es verdad que el lenguaje es un
«instrumento», ya que contribuye a desglozar las unidades perceptivas,
pero es también (como la percepción misma) un «producto» de la vida
social. [volver]
8. «Seleccionamos los aspectos fundamentales de lo percibido según
códigos de reconocimiento: cuando, en el jardín zoológico, vemos de
lejos una cebra, los elementos que reconocemos inmediatamente (y que
nuestra memoria retiene) son las rayas, y la silueta que se asemeja
vagamente a la de un burro o una mula. Así, cuando dibujamos una cebra,
nos preocupamos para que lo reconocible sean esas rayas, icluso cuando la
forma del animal sea aproximativa y pueda, sin rayas, reemplazarse por la
de un caballo. Pero supongamos que exista una comunidad africana donde los
únicos cuadrúpedos conocidos sean la cebra y la hiena y donde no se
conozcan los caballos, ni burros, ni mulas: para reconocer a la cebra, no
será necesario percibir rayas (se la podrá reconocer de noche, como
sombra, sin necesidad de identificar su piel), y para dibujar una cebra
será más importante insistir sobre la forma del hocico y la longitud de
las patas, para distinguirla de la representación del cuadrúpedo hiena
(que también tiene rayas, de modo que éstas no constituyen un factor de
diferenciación). (Eco, 1972). [volver]
9. Había distinguido en Lagage et cinéma dos casos muy parecidos,
retomando y esforzándome en precisar la tradicional comparación entre la
imagen cinematográfica y el ideograma. Notaba que en el primero es el
mismo espectador quien hacía el esquema, mientras que en el segundo hay
una propuesta terminada, o en todo caso en alguna de sus formas, sobre
todo en el pictograma y el morfograma. [volver]
10. Directo cuando cada unidad de la forma del significado corresponde a
una unidad de la forma del significante, sin que ninguna de las dos tenga
luego articulaciones internas propias (= códigos de tipo simbólico en
Hjelmslev). Indirecto cuando, en el caso contrario (= códigos
«lingüísticos» en sentido amplio, formados por «signos» y no por
símbolos), el plano del significante y el plano del significado tienen
cada uno sus «figuras» (unidades menores que el signo), que no son
isomorfas entre sí; De este modo, la organización interna del significado
no es una copia exacta de la del significante. Pero ella depende de él (de
ahí mi expresión «correlato indirecto»), porque la forma del significante
y la del significado continúan coincidiendo en el nivel del signo, a
riesgo de divergir luego en el nivel de las figuras. En esta concepción,
el símbolo es por lo tanto un signo sin figura (o el signo un símbolo con
figuras). Las lenguas propiamente dichas son el mejor ejemplo de sistema
del tipo «lingüístico» (con figuras): no hay correspondencia bi-unívoca
entre los fonemas o los rasgos fónicos (figuras del significante de un
signo) y los semas, figuras del significado de este mismo signo -Cf.
Hjelmslev (1943), cap. 21. P. 139-153, de los Prolégomènes à une
théorie du langage, traducción francesa de una obra danesa de 1943.-
La distinción hjelmsleviana de los sistemas simbólicos y de los sistemas
lingüísticos es más conocida bajo el nombre de «sistemas
simbólicos/sistemas semióticos» o «sistemas simbólicos/lenguajes» (que,
además, figura en el autor). [volver]
11. La lengua es el único sistema semiótico que es universalmente
«interpretante» (Benveniste, 1969: 130-131 del I, 2.). La misma idea en
toda la obra de Hjelmslev (1968: 178-179) de la «Estructura fundamental
del lenguaje» («Strutural Analysis of Language») curso dictado en la
Universidad de Edimburgo, traducción francesa en anexo (p. 173-227) a las
de los Prolegomène a une théorie du langage. Los otros códigos,
diferentes de la lengua, son «lenguajes restringidos», las lenguas son
«lenguajes no restringidos». [volver]
12.Capítulo 22 («Lenguajes de connotación y metalenguajes»). [volver]
13. Una opinión muy expandida quiere que el privilegio del lenguaje fónico
conduzca en nuestra civilización a un sub-desarrollo de la riqueza visual.
Y no es una equivocación. !Pero, cuanta más verdad hay en la riqueza de lo
«ruidos» en la directa concurrencia por el lenguaje ya que éste último
está dotado de un significante auditivo! [volver]
14. Las onomatopeyas, que son la excepción de la «arbitrariedad» de la
significación lingüística, representan el único caso en que existe un lazo
directo entre el significante del metacódigo (lengua) y el conjunto del
código-objeto (código perceptivo). Para los casos de éste género, en que
aparece una «motivación» del significante lingüístico, ver los importantes
trabajos de Pierre Guiraud. [volver]
15. En el campo de la semiología, esta idea ha sido desarrollada de manera
particularmente clara y demostrativa por Luis J. Prieto (1966: 15-27),
sobre todo en Messages et signaux, Paris, P.U.F., colección «Le
linguiste», 1966; cf. por ejemplo el cap. 2, «Le mécanisme de
l’indication»: toda indicación es indicación de una clase, una clase no
tiene sentido más que con relación a la clase (o a las clases)
complementaria(s) en el universo del discurso que está presupuesto en cada
caso, etc. [volver]
16. Ya me había llevado a este señalamiento por otro camino, en mi
artículo «Acerca de la impresión de realidad en el cine» (1965) retomado
en Ensayos sobre la significación en el cine Ed. Tiempo Nuevo Bs.
As. 1972. [volver]
17. No es por nada que el film sin colores, el film en blanco y negro,
haya sido «posible» (culturalmente, con relación a la demanda) durante
largos años, y lo sea aún en amplia medida, -el film con olores no
corresponde a ninguna espera fuerte y generalizada-, el film «sonoro y
parlante» (el film ordinario de hoy) es casi siempre mucho más parlante
que sonoro, los ruidos son pobres y estereotipados. De hecho, los únicos
elementos cinematográficos que interesan a todo el mundo, y no solamente a
los especialistas, son las imágenes y el habla. [volver]
18. Esto está en relación con otro hecho característico del cine actual:
los datos visuales no son «reproducidos» en él más que mediado por algunas
distorsiones perceptivas (= ausencia de factores binoculares de relieve,
presencia del rectángulo de la pantalla que por el contrario falta a la
visión real, etc.), mientras que los datos auditivos, a condición de que
el registro esté bien hecho, no acusan ningún déficit fenomenal con
relación al ruido correspondiente al mundo real: nada distingue en
principio un tiro escuchado en un film de uno escuchado en la calle. «Los
sonidos no tienen imagen» decía ya el teórico de cine Béla Balázs. De este
modo, los sonidos del cine se difunden en el espacio como los sonidos de
la vida, o casi. Esta diferencia de estatuto perceptivo entre lo que
llamamos «reproducción» cuando se trata de lo visible y a eso que llamamos
por el mismo nombre para lo auditivo me había parecido importante ya en
los «Problème actuels de théorie du cinéma»p. 57-58 del tomo II de los
Essais sur la signification au cinéma, y en Langage et cinéma
p. 209-210. [volver]
19. Se trata de Mélanges Mikel Dufrenne («Pour une esthétique sans
entrave»), en que este estudio había sido inicialmente publicado
Bibliografía
Benveniste, Emile
1969 «Sémiologie de la langue», en Semiotica, Revista de la Asociación
internacional de Semiótica, Mouton, I, 2, La Haya.
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1972 La estructura ausente, Lumen, Barcelona.
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1966 Sémantique structurale, Larousse, París.
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1968 «Conditions d?une sémiotique du monde naturel», de Practiques et
langage gestuels, nº 10 de Langages, Didier et Larousse, París.
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1943 Prolégomènes à une théorie du langage, Ed. de Minuit, París.
Hjelmslev
1968 «Strutural Analysis of Language», Universidad de Edimburgo,
traducción francesa en anexo (p. 173-227) a las de los Prolegomène a
une théorie du langage, Ed.de Minuit, París.
Martinet, André
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1968 «Théorie informationelle du schema», en Schemas et schematisation,
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1965 «Langage et réalité» en Problémes du langage, número especial
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Sommerfelt, Alf
1938 La langue et la societé, caractères sociaux d?une langue de
type archaïque, Publications de L?Instittutet for Sammelignende
Kulturforskning, Oslo.
Luis J. Prieto
1966 Messages et signaux, P.U.F., colección «Le linguiste», París
Domin Choi,
traductor de este texto de
1975, es estudiante de la carrera de Artes con orientación combinadas de
la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Actualmente es ayudante de la materia de Teoría y Medios de la
Comunicación, dirigida por Oscar Traversa, de la misma carrera. También es
ayudante de la materia de Semiótica de los géneros contemporáneos de la
carrera de Ciencias de la comunicación |