No has visto nada de
Hiroshima". La música -una música que tiene algo de jadeo, de la alterada
respiración que precede al placer o al anuncio de alguna catástrofe- ha
cesado y se escucha sólo la voz del hombre, su laboriosa negativa . "Sí"
(y entonces se encadena otra vez el tema melódico y regresa la oleada de
las palabras y la música) "lo he visto todo en Hiroshina". He visto... El
hospital, el museo, los enfermos, el dulce espesor negro de unos cabellos
desprendidos y que en la mano perpleja se convierten en algo inmundo, los
niños ardidos y estupefactos, las lápidas calcinadas como por la geología,
el trote atroz del perro con su pata nítidamente cercenada... Yo vi -yo,
el cronista, el espectador- las flores. Unos días después de la explosión
-sigue enumerando Emmanuelle Riva, con esa voz aplicada y febril-
empezaron a brotar las nuevas flores: lilas, dondiegos, volúbilis,
gladiolos. Yo recordaba luego imprecisamente (era la primera vez que veía
la "Hiroshima" de Resnais) el espectáculo de una flora aberrante aparecida
entre los escombros: plantas mortuorias y ávidas inventadas por la
naturaleza con ocasión de esa súbita opulencia de la podredumbre y al
conjuro de una física y de una biología alteradas escandalosamente. Tales
flores, por supuesto, no existen, al menos en este filme; al catálogo que
recita la protagonista, a esos nombres en los que conviven
inextricablemente la botánica y el sentimentalismo, corresponde la imagen
más repulsiva de "Hiroshima": las pinzas quirúrgicas que escarban en la
pulpa fresca y sanguinolenta de un ojo vacío.
Se trata -y la aclaración
es casi superflua- de un fenómeno de percepción sumamente trivial en el
orden de la psicología. No interesa aquí, desmembrarlo ni aclararlo;
quizás no sea enteramente desacertado sugerir que la imagen verbal basada
en los sustantivos ha sido más vigorosa que la imagen visual; o que el
mecanismo de represión del horror ha omitido el desapacible espectáculo
para sustituirlo por una fantasía menos estremecedora. Sin embargo,
prefiero una explicación que, a pesar de parecer más retorcida, es mucho
más diáfana. El cuévano dilatado, el perro y su cojera, el hombre que
aúlla un aullido misericordiosamente inaudible, los sucesivos nombres de
las flores, el gusano que sale de la tierra, constituyen entre todos un
algo distinto, un conjunto que los abarca y los trasciende. En mi caso,
una vegetación sospechosamente baudeleriana; en otros, imágenes diferentes
-quizás más precisas objetivamente, quizás más exacerbadas- pero, de todos
modos, un objeto nuevo que no corresponde a la mera suma de imagen visual
más imagen verbal, un producto que no se comprende por la mera
yuxtaposición de sus factores. En una palabra, una imagen (una realidad)
sintética.
Una descomposición plano
por plano de "Hiroshima, mi amor", un recorrido a posteriori de su guión
técnico (cuesta creer que Resnais y Marguerite Duras hayan elaborado uno
de esos guiones rotundos, estilo René Clair, en los que sólo faltan ya un
poco de paciencia y de minuciosidad para afrontar el fastidio de los
detalles prácticos y vencer la vacilación de los actores al tratar de
calcarse a su papel) revelaría, al menos en buena parte del filme, una
notoria determinación de separar la imagen de la palabra. Me explico: en
"Hiroshima" aparece como consecuencia de un propósito deliberado la
ruptura de esa tradición ingenuamente lógica que establece que en el cine
el texto y la fotografía deben ser complementarios y, en el fondo,
idealmente idénticos. Desde este punto de vista, el plano más falaz es
aquel en que Emmanuelle Riva se queda mirando la mano del japonés dormido
y, en corte directo el conato de caricia se transforma en caricia real a
otra mano indefensa y yacente, la mano del alemán herido, y la boca
encuentra unos labios convulsos no ya por el deseo sino por la agonía.
(Como todo lo que en el desarrollo de "Hiroshima" tiene que ver con el
plano del "recuerdo", hay una cierta imprecisión en la fotografía; pero
esta circunstancia sólo hace que sea más brutal el cuajarón de la
hemorragia en los labios del soldado1). Los dos (o tres) planos son
fundamentales. Ante todo por eficaces; el espectador, de vuelta del museo
truculento de Hiroshima, efectúa el tránsito de la catástrofe colectiva a
la individual; la muerte genérica y metafísica, la muerte como sanción o
como destino, se encarna en ese cuerpo en retirada bajo un sol matinal,
penetra dentro de los límites de una vida concreta, y los esquemas
emotivo-racionales constituidos se desintegran, se cancelan ante esta
concreción escueta e intolerable. Así mismo es aquí cuando "Hiroshima"
renuncia a ser un filme explícitamente admonitorio; a partir de este
momento Resnais le exige al espectador que prescinda de coartadas: no se
trata de asumir una condición vagamente común, ya sea para la inocencia o
para la culpa, ni de acogerse dentro de la coalición de un amplio nombre
genérico, en una humanidad esencialmente culpable o esencialmente inocente
(que viene a ser lo mismo), ni en una de las mitades de una humanidad
dividida en jueces y reos (lo cual es ya irremisiblemente estúpido). De
ahí en adelante, del puño inquieto por la zozobra del sueño o de la
muerte, el filme deja de ser una denuncia para convertirse en un
testimonio; no invita a sentenciar ni a participar; no es posible
refugiarse en la compasión o en la cólera virtuosa; se trata tan sólo de
ratificar -mediante la mera presencia vigilante- la manifestación de unas
acciones y de unas existencias que no se nos proponen como ejemplares.
Pero el engranaje de los
planos mencionados -episodio que, insisto, es fundamental dentro de la
ordenación del filme-puede confundirse también con una mera asociación de
ideas, es decir, con un recurso tradicional hasta la banalidad dentro de
las técnicas del montaje. Este hecho incide, en cierta forma, sobre todo
el sentido de los diversos retornos a Nevers; ciertamente, aumenta la
perplejidad del espectador que presiente, en forma más o menos mecánica,
la prosecución convencional del relato por asociación de ideas. Antes del
final dicha expectativa tiene por fuerza que desmoronarse, y en este
aspecto es también muy significativo otro montaje, el de la calle de
Hiroshima que se disuelve en ese rectángulo europeo donde dice Place de la
République, ante el cual ya no queda más remedio que asentir ante lo que
desde el principio hubiera debido parecer evidente. Que la evocación
inicial, acaso ésta sí libre e imprevista, de la mano no era sino un
preludio para la estructuración nada espontánea de unas memorias,
estructuración cuyo carácter voluntario (y hasta cierto punto metódico)
viene a resultar, en virtud de estas mismas características, en cierto
modo corrosivo y disolvente.
En otras palabras, la
reflexión sobre el montaje conduce a la propia entraña significativa de
"Hiroshima". A propósito de unas tesis de Pudovkin, Eisenstein escribía en
1928: "El (Pudovkin) defiende vigorosamente la noción del montaje como un
encadenamiento de piezas. Como una cadena. O, mejor, como unos ladrillos.
Unos ladrillos colocados en serie a fin de exponer una idea. Yo le opongo
una idea del montaje concebido como una colisión. Del choque de dos
factores nace un concepto"2.Por su propia formación, Alain Resnais está
familiarizado con los problemas del montaje; con sus posibilidades y sus
riesgos. No hay que olvidar que hasta antes de "Hiroshima" Resnais era
autor únicamente de documentales (a lo cual se debe que su obra sea
prácticamente desconocida fuera de Francia). La secuencia, en el
documental, es un problema de montaje; y el guión, algo que apenas sí
existe, que sólo toma forma cuando todo está concluido y el filme puede
descomponerse analíticamente. El guión de un documental es una facilidad
para estudiosos; cuando es posible establecerlo es porque ya la labor de
creación ha concluido y el filme está presto a enriquecerse con esta nueva
dimensión suntuaria y, en realidad, inexistente.
Pero el montaje, igual
que la casi totalidad de los elementos de la "gramática" del cine, procede
de la época muda, y en su concepto se ha infiltrado siempre cierto
esquematismo, una suerte de tendencia hacia la facilidad de tipo visual,
hacia el contraste o, como decía Eisenstein, hacia la colisión de unas
imágenes que, en rigor, representan apenas la versión fotográfica de los
lugares comunes verbales o literarios que tratan de soslayar. En la época
del parlante, el virtuoso del montaje parece tenerle una cierta saña a la
palabra; y no hay que olvidar la circunstancia de que las teorizaciones en
torno de aquél se produjeron con más abundancia precisamente en el momento
en que se anunciaba la aparición del cine hablado, y que el montaje siguió
siendo en muchas ocasiones la carta última de quienes se aferraban con
nostalgia a la "pureza" de un cine exclusivamente fotográfico.
La coincidencia entre
Resnais y Eisenstein es demasiado notoria para que no parezca sospechosa;
en verdad, la profunda discordancia procede de que Resnais ya no concibe
el cine al nivel de la imagen únicamente. En cierto sentido, del
entusiasmo por el montaje emana un relente bastante académico; su culto es
un anacronismo o, en el mejor de los casos, una limitación (como
precisamente es el caso con el filme documental). Decir que "Hiroshima" es
un filme de montaje es casi un agravio y -lo que resulta más reprobable-
una limitación crítica difícil de justificar. Bajo este ángulo, como bajo
tantos otros, la obra de Resnais es una síntesis y una superación de todo
el lenguaje del cine moderno, y el no ver en ella sino la habilidad es un
modo como cualquier otro de desconocerla. Resnais utiliza el montaje, y al
mismo tiempo lo inventa, sobre todo en los episodios que pudiéramos llamar
narrativos, es decir, en aquellos en que el filme no describe acción
alguna sino que muestra un mundo suscitado por el monólogo (interior o
exterior) de los protagonistas. Así, cuando hablo de montaje me refiero al
montaje de "Hiroshima", o sea a un estilo que en sí mismo contiene todas
sus referencias.
* * *
Cuando dos cuerpos se
comprometen en la momentánea totalidad del acto sexual la celebrada
indiscreción del cinematógrafo ha dejado paso a una serie de minuciosos
circunloquios que abarcan desde la pudibundez hasta la mención de
circunstancias marginales fácilmente obscenas -y, justamente, por su
propia marginalidad-. La "bestia de doble giba" tiene mala reputación;
cuando no se trata de las censuras religiosas, intervienen entonces las
represiones consuetudinarias: el buen gusto, la intimidad, la supuesta
afrenta a la estética. Constance Chatterley, en uno de sus primeros
encuentros con el guardabosque, experimenta una súbita (y retrospectiva)
clarividencia que la lleva a formular reflexiones exactas e irónicas, por
lo demás no exentas de ternura: "Cuánta verdad hay en lo que decían
ciertos poetas: que el dios que creó al hombre debía de tener un sentido
del humor siniestro cuando le confirió la razón a su criatura y la obligó
al mismo tiempo a esa postura ridícula y a desear ciegamente esa ridícula
comedia"1. Pero las artes -la escultura y, en grado menor, la pintura-
están llenas de ejemplos milenarios, de representaciones exaltadas o
ingenuas, místicas o picarescas, que rebaten en forma terminante la
rencorosa leyenda de que se trata de un acto contaminado esencialmente de
fealdad y de bajeza en su dimensión plástica.
El cine, arte de
filiación decimonónica, industria cosmopolita, respetuosa y cautelosa, ha
soslayado -acaso inspira-damente- este posible escollo estético-moral.
Directores y guionistas proceden en general por medio de alusiones o de
simbolismos más bien desdichados (como esquema del procedimiento sigue
siendo antológico aquel mediocre montaje de "Extasis", con el relincho del
garañón y la fecunda acción del polen) o de expresiones corporales
sumamente limitadas: algún gemido en off, algún fragmento de desnudez...
En "Los amantes", de Louis Malle, el rostro de Jeanne Moreau refleja todos
los pormenores del placer: un subterfugio memorable, pero un subterfugio.
Por eso creo que no se han considerado suficientemente los primeros,
célebres planos de "Hiroshima". Aquí la cámara viola los más tenaces
decoros, los que se refieren al cuerpo; penetra con soberbia en una esfera
vitanda y restituye los pobres miembros a la gracia interior de su
elación.
Sin embargo, este hecho
de la exposición física no tiene por sí mismo mayor interés. A lo sumo
podrá ser un dato para la historia del cine o de la sociología del
espectáculo: en tal fecha, en tal filme un director reconoció que las
gentes hacen el amor con sus cuerpos, y que suelen hacerlo entre la
agitación y el desorden. Una nimiedad para eruditos; una osadía que apenas
tendrá repercusiones sobre una vergüenza secular. En cambio, desde el
punto de vista de la expresión cinematográfica, y como dato para tratar de
entender los mecanismos de Resnais, este abrazo suministra una clave. "No
es una representación de la cópula (du couple), es una imagen poética",
dice el propio Resnais1. Porque en estos planos se anuncia ya lo que va a
ser el filme todo: una fabulosa tensión estilística. A fuerza de cercanía,
los cuerpos y sus gestos quedan repletos de misterio: la ceniza refulgente
que los cubre puede ser una representación del esplendor del espasmo o del
sudor de una madrugada de verano o de esas otras cenizas que en
Hiroshima se abatieron sobre cuerpos semejantes2. Cualquiera de estas o de
otras muchas explicaciones puede ser satisfactoria desde el punto de vista
del espectador; todas son falsas, en cuanto representan la intromisión de
un elemento simbólico que no existe en el filme: el arte de Resnais no se
basa en la alegoría ni tiene nada que ver con ella.
¿Por qué, entonces, esa
telaraña de irrealidad, esa neblina dolorosa e intimidadora como un
enigma? Un gato, un pez, un insecto vistos en primer plano por la cámara
-es decir, ampliados a la medida convencionalmente "humana" de una
pantalla- se vuelven monstruos terroríficos y amenazadores; gracias a esta
alteración de la perspectiva son posibles las delicias del cine "de
trucos". Igualmente, podría pensarse que la aproximación a una fracción
corporal causa en la misma forma una perspectiva insólita, y que nuestra
perplejidad ante los cuerpos -más intuidos que vistos- es similar, a la
que debieron de sentir los espectadores en las primeras épocas del cine,
cuando tropezaron con un rostro o un ojo en "gran primer plano", aparición
inédita y escandalosa en los viejos telones. Pero estas explicaciones no
tienen de malo sino que omiten el carácter deliberadamente crítico de la
visión. Resnais se niega a delimitar enfáticamente el episodio; cuanto
vemos es apenas un temblor acordado, una intimidad fraudulenta cuya
esencia está en el ritmo (el del montaje sugiere el ritmo del placer) y no
en ninguna circunstancia aislada y discernible. Los dos seres que
atisbamos en su enlace son solamente una referencia instantánea a otro ser
de cuya existencia no puede dar fe la cámara: a ese organismo solo que, al
mismo tiempo que se establece en la complicidad del sexo, está ya
desintegrándose y retornando a su nada, a su separación original.
Así, si los dos cuerpos
representan el establecimiento y la caída de un vínculo cuya consumación
es ya una disolución, un fracaso, así también las palabras de Marguerite
Duras y los objetos del museo, el hospital y los trozos de noticiario
constituyen una nueva realidad interina, que apenas se conforma en el
espíritu destruye a los elementos que ayudaron a constituirla. Hemos visto
el invisible estuario en delta del río Oka, no el agua turbia de los
malecones ni el hacinamiento de peces impuros, listos para regresar al
mar; hemos visto mil soles sobre la plaza de la Paz, artificiales e
insufribles como la mirada de Dios, y no el desnudo monumento que en ella
se levanta, banal y sobrio al sol familiar de un día cualquiera; hemos
visto cómo los años carcomía un recuerdo, no los campos del verano, ni la
granja arruinada, ni el duro suelo amable, ni el capote militar que
encubría torpemente los lejanos amores. Cada imagen y cada palabra se
destruyen entre sí; Resnais parece poseído de una demente vehemencia
aniquiladora cuando establece esa conjunción de fotografía, de música y de
literatura cuya mutua coherencia se disuelve ante el imperio de una
realidad más exigente. Sí; al final de cuentas, nada queda de cada plano,
de cada secuencia de "Hiroshima"; nada, como no sea el filme secreto que
cada espectador debe reconstruir dentro de sí mismo.
Vemos entonces que la
estructura del cine de Resnais en "Hiroshima" está especialmente erigida
sobre la negación, no sobre la organización. Hemos tomado como ejemplos el
plano de la mano que conjura un pasado, y he referido el proceso -más
subjetivo- del nacimiento de unas plantas imaginarias. Pero no se trata de
planos aislados dentro del filme, ni de una exégesis caprichosa; el
procedimiento viene a constituir la médula de "Hiroshima" y, más allá, de
todos sus abundantes virtuosismos técnicos, constituye su esencia
verdadera. En el travelling por las calles de la ciudad (después de la
serie de secuencias sobre el hospital, el museo, etc.) la cámara se
desboca por un ámbito urbano cuya coherencia, cuya realidad están puestas
en tela de juicio por el ritornelo de la narración1, por la música, por la
misma ansiedad de una fotografía que se niega a detenerse, que rechaza la
pausa y la posesión del contorno que recorre. Ese hotel deshabitado que
parece una clínica y donde Emmanuelle Rival en sus varias entradas y
salidas, jamás tropieza con nadie y sólo sabe de unos pasos y de una tos
que se escuchan a una hora determinada, es también expresión del partido
que Resnais adoptó: el de no caer en la trampa de un realismo superficial,
el de negar la solidez de unas apariencias demasiado homogéneas y
tranquilizadoras. Otro tanto puede decirse del café, escenario concluso y
al mismo tiempo ilimitado donde los demás clientes, los demás seres no
constituyen sino un coro sumiso: el corifeo que pone a funcionar el
tocadiscos y los demás personajes que viven sólo unos segundos, los que
duran los rostros sorprendidos por la bofetada. La estación no es una
estación de ferrocarril sino el escenario donde la vieja campesina
dignifica con su presencia un proceso que también es ambiguo: una
capitulación y un triunfo: un amor donde apacienta el olvido, un amor
nuevo cuyos elementos se desmoronan; como las bestias de Garcilaso, es ya
apenas memorias "que en vano su morir van dilatando".
En suma, los
procedimientos técnicos de Resnais, la organización de su filme (la suma
de sus recursos expresivos) indican cómo se propuso de una parte violar
una serie de convenciones del realismo cinematográfico y de la otra, y,
como corolario de la anterior, establecer una nueva realidad fílmica,
basada en la refutación de la apariencia. En un terreno exclusivamente
cinematográfico viene a socavar la fatuidad juvenil de un arte que se ha
vanagloriado siempre de su imperio sobre lo concreto, de su capacidad para
apresar y sujetar la realidad. En cambio "Hiroshima" propone un cine de la
ambigüedad; pero no de la ambigüedad ética sino de la ontológica. La
permanente contradicción de las imágenes consigo mismas o con la banda de
sonido (palabras o música) produce, como antes decía, una especie de
devastación: de "Hiroshima" se sale como de una tierra arrasada, como de
un recorrido cuya opulencia temática y estilística sólo puede compararse a
su fundamental inestabilidad. A su lado, los filmes más trepidantes y
azogados parecen de una inercia glacial, y nos damos cuenta de que todas
las agitaciones mecánicas, toda la profusión acelerada de incidentes y de
gestos no son sino un remedo de la agitación de una realidad mucho más
inquieta que todos nuestros supuestos dinamismos. Resnais refiere una
serie de incidentes relativamente breve1; sus personajes son sólo dos, y
sus actos son formalmente rutinarios (o por lo menos nada tienen de
excepcionales). Si parece que se hubiera presenciado un cataclismo es
porque el filme plantea -en su estilística y por medio de ella- la
inesencialidad de las que solemos considerar como realidades objetivas y
porque, simultáneamente, socava también toda la supuesta fijación
psicológica de la subjetividad. Las respectivas intimidades del japonés y
de la francesa son tan problemáticas como la falsa transparencia de la
calle iluminada con neón, de la mesa en el café, del espejo o del cuarto
en el hotel. La fotografía de "Hiroshima" envuelve en una bruma tenaz y
tímida los recuerdos de Nevers; pero, en realidad, todo el filme está
envuelto en la bruma de la existencia.
* * *
Si "Hiroshima" contiene
una dialéctica de la realidad exterior, así mismo, y en forma inseparable,
plantea una situación humana que va más allá de la psicología y que es en
verdad una dialéctica existencial. El filme, evidentemente, la proclama,
por lo menos en una de sus dimensiones. "Me acordaré de ti como del olvido
del amor", le dice el arquitecto a la actriz; y ésta, en los episodios del
final, y cuando como que cristaliza su aventura interior, evoca uno a uno
todos los elementos de su pasado, y uno a uno también trata de
exorcizarlos: Je te donne à l'oubli... El olvido, pues, que "comenzará por
tus ojos", el olvido ratificado en la última escena ("Te olvidaré, te
olvidaré") es, como todos los comentaristas del filme lo han proclamado en
todos los tonos, el eje sobre el cual está formalmente construida la obra.
Pero, obviamente, el
olvido no es sino uno de los elementos de la memoria. Memoria-olvido no
están relatados antitéticamente; antes podría decirse que el olvido es el
modo de ser más esencial de la memoria, y que de esta pugna por su
existencia, por su consistencia procede su esplendor. Aparentemente, en
"Hiroshima" la protagonista protocoliza el olvido del soldado alemán que
una vez amó y, con el de éste, el de la mujer joven que vivió en Nevers y
que ha dejado de ser, sustancialmente modificada por el trabajo de la
vida, de los años. Pasado y presente se afrontan como dos fuerzas
irreconciliables: la aceptación de éste implica la abolición de aquél.
Pero es también legítima una interpretación menos literal. En cierto modo,
en ese proceso de anulación y de desarraigamiento se produjo un fenómeno
inverso al que proclaman explícitamente las palabras. Hasta cierto punto,
se trata de una recuperación. El alemán había muerto; una bala en el
vientre e innumerables, diarias futilezas lo habían asesinado. Una más -el
lecho que se comparte con cualquiera en un país extraño, en vísperas del
regreso- suscita el privilegio de una de esas situaciones extremas y
privilegiadas que tal vez ni siquiera se disciernen plenamente pero de
cuyo tuétano se alimenta largamente la avaricia de la vida. En ese
momento, el soldado regresa con una incandescencia y una nitidez
definitivas. Al cesar la vana pretensión de desafiarlo, acaso el pasado se
presenta como tal, con la claridad de lo irrevocable, con una noble
hermosura intangible y perfecta.
"La muerte, si así
queremos llamar esta irrealidad, es la cosa más terrible, y aferrar con
firmeza lo que está muerto es lo que más vigor exige. La belleza sin
fuerza odia al entendimiento, porque el entendimiento espera de ella lo
que no está en condiciones de lograr. La vida del espíritu no es esa vida
que retrocede de horror ante la muerte y se preserva pura de la
destrucción, sino la vida que lleva la muerte, la que se mantiene dentro
de la muerte misma"1. Creo que estas palabras de Hegel iluminan el
verdadero sentido del filme. En verdad, lo que Resnais efectúa no es la
descripción de una lucha entre dos hermanos gemelos, la memoria y el
olvido, sino una confrontación lúcida y tersa (y desesperada) entre la
memoria y la muerte.
Incidentalmente, esto
ayuda a comprender en dónde reside el carácter efectivo de denuncia que
tiene el filme de Resnais2. "Hiroshima" es un violento discurso humanista,
una suerte de imprecación contra esa monstruosidad tecnológica que les
arrebata a los seres la expectativa de morir sus propias muertes. No es
que los hombres tengan que reivindicar esas suntuosas agonías caras a
Rilke; el tránsito aparatoso y ritual es también un privilegio al cual han
sido ajenos los miles y miles de millones de hombres que han muerto
perplejos, desnudos de halagos ultraterrenos, solos en su terror o en su
fatiga. Por eso la nueva alienación es insoportable: los duros milenios en
pugna con las teologías, los siglos de opresión y de sudores para obtener
un saber y una técnica liberadores, van a concluir en otra alienación, en
un nuevo dios súbito y arrasador, más mezquino que Júpiter o que Jehová?
Pero regresemos al tema,
que es el de cómo Resnais crea una realidad fluctuante que desborda los
límites materiales del filme, un mundo igual al mundo, movedizo y
cuestionable. En el cine se ve frecuentemente el proceso de la
decrepitud; el personaje joven transformado en anciano mediante pelucas y
maquillajes barrocos; los comunicados ufanos de las productoras anunciando
que la pimpante estrella, gracias a la pericia de no sé qué maquillador,
aparece convertida en mujer de noventa años. Pero lo que Resnais hace con
sus personajes es mucho más importante. Resnais nos muestra una evolución,
una maduración. Entre la Emmanuelle Riva de Nevers y la de Hiroshima no
hay tan sólo unos afeites; está un director capaz de mostrar la belleza
animal e inerme de la muchacha de veinte años y el esforzado prestigio de
la mujer de treinta, su hermosura "un poco cansada"1. Y los estudiantes
que "sueñan quizás con una muerte fraternal y legendaria", no son un
retrato liso y cándido del rostro del japonés, no son en cierto modo su
esquema, o, si se quiere, su anverso? Lo que vemos no son unos contrastes
entre juventud y edad adulta, sino un proceso: un hombre y una mujer que,
como el resto de la humanidad, están haciéndose a sí mismos; haciéndose en
costumbres, en pasiones, en trabajo, en el propio perfil de sus cuerpos o
de sus rostros.
"Hiroshima", un filme
destructor. Resnais acaba con las pretensiones de un cine, de un lenguaje
del movimiento que se había condenado a sí mismo a la impasibilidad y a la
letargia. Acaba con la noción ortodoxa de la temporalidad para
reemplazarla por otra más complicada y dinámica; acaba con el imperio de
la fotografía e introduce una literatura altiva que, a su vez, claudica
también cuando el ritmo o las imágenes la ponen en cuestión. Resnais es un
técnico admirable, un conocedor minucioso de todos los recovecos
expresivos del cine. Aquí compendia todos los logros del cine moderno: sus
hallazgos, sus astucias, su propia depuración negativa. Pues bien: toda
esta sabiduría le ha servido para contradecir los criterios predominantes,
para volver a situar al cine dentro de un contexto nuevamente precario y
nuevamente problemático.
Porque cancela la
realidad apariencial de la cámara y de la palabra; porque sus personajes
existen en la deformación y están sujetos a interpretaciones, arbitrarias
o necias; porque el mundo al que nos hace acceder tiene que ser
reconstruido inmediatamente, vuelto a pensar y a organizar, tal como si
jamás hubiera existido. Resnais le pide al espectador un esfuerzo de
coherencia y de desapasionamiento como no se lo han pedido en el cine sino
unas muy contadas obras maestras. Esta exigencia, la más halagadora para
un espectador al que por fin se le propone una salida a la impotencia y la
pasión, presupone dentro de la propia lógica del filme la abolición de
éste. La muerte (o el olvido) que aniquiló en Hiroshima a trescientos mil
japoneses, que en una provincia de Francia sorprendió a un soldado alemán,
que anuncia su reinado sobre un amor nuevo que la lleva ya dentro de sí
como un cáncer o como un destino, se aposenta con su presencia negativa y
contradictoria en el filme de Resnais. Cada nueva reflexión nos lo aleja;
cada evocación lo deforma o lo destruye; de "Hiroshima" no está quedando
nada, sino la forma pura de un esquema riguroso y clarividente