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Takeshi Kitano - La marcha del guerrero
Sergio Wolf

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Alejado de los mecanismos de Hollywood, el cineasta Takeshi Kitano encontró en la yakuza o mafia japonesa su forma de narrar, con furia, la violencia urbana. Comediante famoso en su país, pintor en los ratos libres, la próxima semana llega "Zatoichi", un samurai ciego que emplea los masajes y la espada con similar maestría. Aquí, la intensa historia de un director que ha decidido retornar a sus propias fuentes culturales: las películas del período dorado del cine japonés

Podría decirse que la aparición de Takeshi Kitano trajo la contemporaneidad al cine japonés, como si hubiera llegado para dejar atrás los fastos del Japón dinástico que hicieron célebre los cineastas surgidos entre los años 40 y los 60, desde Akira Kurosawa hasta Kenji Mizoguchi.

Es como si el solo nombre de Kitano —o "K", como se lee en los carteles iniciales de sus películas— hubiera decretado la defunción de los samurais y las historias de fantasmas evanescentes, el final de todo un período cinematográfico tan memorable como irrepetible.

Nacido un 18 de enero de 1947, Takeshi Kitano fue el cuarto y más pequeño de los hijos de una familia que vivía dificultosamente en Adachi-ku, un barrio de la zona céntrica de Tokio. Quizás la movilidad de empleos e intereses de su padre haya incidido en las decisiones nada ortodoxas del hijo menor de la familia, que empezó y abandonó la carrera de ingeniería para dedicarse a la actuación. O quizás la furia alcohólica de las golpizas hayan derivado en la fascinación de Kitano por la aspereza del mundo de la o mafia japonesa.

Lo que acaso ni su amorosa madre hubiera imaginado jamás era que Kitano tendría una adolescencia tramada por el ambiente intelectual que merodeaba por los teatros Shochiku y France, entre músicos de jazz, monologuistas básicos y cultores discretos del vodevil.

Al joven e inquieto Kitano no le importó irse a vivir al barrio Asakusa con lo puesto, ni convertirse en mozo o cuidador de locales nocturnos, siempre que se le diera una oportunidad de aprender a actuar, lo único que decía importarle. Y después de rogarle y esperar, fue Senzaburo Fukami quien se convirtió en su mentor. El diálogo con Fukami empezó de manera increíble: ¿Quieres ser actor? ¿Qué estupidez estás diciendo? Pero la tozudez del deseo y la facilidad con que aprendía los pasos de tap, entre otras cosas, convencieron al maestro. Kitano tenía 16 años y la relación maestro-discípulo que mantuvo con Fukami reaparecería en casi todas sus películas.


De actor popular a director de culto

El vínculo de admiración y dependencia con su maestro no lo hizo desactivar sus decisiones, al plantearle su voluntad de conformar un dúo cómico con otro actor con el que pudiera complementarse. Y cuando encontró su alma complementaria en Kiyoshi y dio con el tono justo para armar un fenómeno de escala creciente en el teatro-off y luego poder cruzar la frontera hacia la televisión, ya Fukami lo había abandonado a su propia suerte. El resultado de ese afán de Kitano fue el binomio The Two Beats, nombre artístico que aludía a la apariencia beatle de la ropa y el peinado pero que también tenía resonancias jazzeras, una de las pasiones de Kitano desde la adolescencia.

La televisión fue la rampa de lanzamiento para Kitano. El modelo que en Japón es conocido como manzai —el doble acto de un dúo cómico de actores que monologan de pie— fue el comienzo para que las ofertas de papeles se diversificaran. Y bastó que hiciera del asesino serial en el telefilm El crimen de Kiyoshi Okubo para que, en 1983, el gran Nagisa Oshima le diera su debut en cine como el Sargento O'Hara de Furyo.

Las virtudes de Kitano como actor eran notorias: la inescrutabilidad de un rostro que no parece decidirse entre el ceño fruncido y la mueca irónica, la sonrisa fugaz y tortuosa, la presencia y actitud de un cuerpo macizo, las piernas arqueadas e indolentes, la presunta eliminación de todo posible rasgo sentimental.

Si la historia del cine demuestra que los caminos que conducen a la dirección son tantos como cineastas existen, entonces quizás el de Kitano haya sido uno entre tantos. En todo caso, el azar de un director que opta por no dirigir un proyecto no hizo más que adelantar lo que de todas formas hubiera ocurrido: que Kitano se convirtiera en cineasta. El primer paso fue Violent Cop, en el año 1989.

Como en el ensayo de Borges sobre Kafka, en Violent Cop la crítica se apuró en detectar filiaciones, desde Don Siegel a Jean-Pierre Melville, sin olvidar a Clint Eastwood, en cuyo Inspector Harry creyeron ver el molde del poco ortodoxo policía Azuma encarnado por Kitano. Y la idea de bandas en pugna con el condimento de la droga como móvil desató toda una cadena de referencias que abarcó casi toda la tradición del film noir.

Este debut como director va a marcar decisivamente los pasos inmediatos de Kitano. La sucesión de películas posteriores define este afán por narrar el Japón contemporáneo desde la perspectiva del film policial, poniendo en tensión el modelo del film de yakuzas —o mafia japonesa—, llevando al límite las escenas de violencia como en Boiling Point (1990), o experimentando con los "huecos narrativos" como en Escena junto al mar (1991), extremando su predilección por el laconismo de los personajes como en Sonatine (1993), o convirtiendo esa coraza en pura melancolía y lirismo, como en Flores de fuego (1997), o mostrando cómo funciona el sistema fuera de Japón, como en Brother (2000), filmada en Estados Unidos.


La marca de estilo

Así como ninguno de los grandes directores que inventaron el policial negro puede ser categorizado como un director de policiales, tampoco Takeshi Kitano es un director de policiales. O no es solamente un director de policiales. O al menos ha ido elaborando su propia teoría del cine utilizando el cine policial como laboratorio de pruebas. Veamos.

Por un lado, fue simplificando hasta suprimir las escenas de violencia, si se observan Violent Cop o Boiling Point y llegamos a Sonatine, donde el centro no está en la lucha cuerpo a cuerpo de las bandas sino en la espera de esa violencia frente al mar, como si fuera un film sobre el fin de la violencia, sobre lo que quedó cuando ya no existe la violencia, en una playa donde los personajes de Kitano esperan la reaparición de los de Michelángelo Antonioni. Su cine fue canjeando lo visceral por lo extático. Esta transformación es central porque responde al que ha sido uno de los factores de reconocimiento crítico: el particular tratamiento del tiempo. No es sólo que la acción pueda quedar suspendida como en Violent Cop, sino que —como apunta el ensayista Guillermo Fernández en La prisión de Cronos— las dualidades velocidad/lentitud y acción/inmovilidad definen una marca general de su cine.

Y por otro lado, ese pendular entre la adustez de sus personajes de policial y su indomesticable propensión a la comedia lo ha ido llevando por territorios novedosos. Ya había algo románticamente keatoniano en el Nishi de Flores de fuego, en la que incluía sus propias pinturas, con sus flores "a lo Van Gogh", intercaladas en la mitad de la película. Pero esto llegará a su cumbre en El verano de Kikujiro (1999), donde un nene recorre medio país para encontrar a una madre que nunca conoció de la mano de un matón más bien estúpido, como suele ocurrir con sus yakuzas o con sus adolescentes, como los de Kids Return (1996), mezcla de payasos con gangsters. O dará luz a un nuevo género, que inventa en Zatoichi: la comedia de samurais.


Imaginando el pasado

Poco pareció importarle que haya más de veinte versiones que fueron acumulando el cine y la televisión sobre el legendario Zatoichi. Y que mediaran casi treinta años entre la primera y la última. Pudo más la tentación de rubricar su nombre en esa serie prestigiosa. Y con ella, firmó el certificado de defunción de su cine con la contemporaneidad. O quizás lo haya afirmado.

Si una de las historias de Muñecos (2002) se orientaba a los tiempos legendarios, con la posterior Zatoichi lo que asomaba tímidamente se consuma. Por primera vez Kitano vuelve sus ojos a la mitología del siglo XIX y parece ir en busca de las raíces más profundas del cine japonés, ésas que hacen titilar el nombre de Kurosawa.

El Zatoichi del título es el nombre de un maestro de la espada, ciego, con el pelo platinado, experto en masajes y tácticas de juego, de pocos y sumamente eficaces movimientos, con un leve rictus facial que nunca denota lo que vendrá. Zatoichi se siente empujado a intervenir en una disputa con la banda de Ginzo, sobre todo al descubrir que hay un ronin llamado Hattori que colabora con ella. El detonante llega cuando conoce a dos geishas que quieren vengar la muerte de sus padres, ocurrida a manos de la banda.

La operación que realiza Kitano en Zatoichi es notable porque recupera ese vínculo que siempre existió entre los films de samurais y los westerns, y que hace que su personaje se asemeje demasiado a uno de los siete samurais, o quizás sea el octavo, que originó su propia ficción, y al mismo tiempo que su andar introspectivo y su ínfimo uso de la palabra remita a Shane o a los meditativos y fantasmales jinetes de Eastwood. Es como si Kitano finalmente hubiera logrado construir ese puente entre géneros y mitologías.

Pero Kitano da una vuelta de tuerca más, y hace que las historias de yakuzas contemporáneos que proliferan en la mayor parte de su cine se parezcan demasiado a las de estos mafiosos de los tiempos feudales, en un procedimiento que ya había probado Francis Ford Coppola, al demostrar que las historias de El rey Lear, de William Shakespeare, y los maffiosi de El padrino tenían demasiados puntos de conexión. Así, Zatoichi es tanto un superhéroe imaginario como uno más de ese juego entre poderosos, sólo que ese alguien decidió apartarse del juego.

Es indudable que Takeshi Kitano siempre pone su cuerpo para personajes que están de vuelta, en especial, desde el accidente de 1996 del que emergió milagrosamente ileso y del que heredó el tic que ya decidió incorporar como contraseña humorística. Tan cierto como que el Nishi de Flores de fuego o el innominado y retirado gángster de El verano de Kikujiro servían de anticipaciones de su nuevo personaje.
Pero de todos modos, no deja de sorprender este gozoso Zatoichi que convierte a las exitosas El tigre y el dragón y a Héroe en películas banales, en edulcorados catálogos de efectos especiales; a Kill Bill en una especie de exportación de códigos indocumentada; y a los viejos films del período dorado del cine japonés, en los reservorios éticos y estéticos donde finalmente los verdaderos artistas van a beber. Y descubren agua no contaminada

El pensamiento de Kitano
"La violencia no es gratuita"

"La película ideal sería una que hiciera llorar a los espectadores con sólo diez diapositivas mudas."

"Espero poder seguir traicionando durante largo tiempo, y de un modo agradable, las expectativas del público."

"En los últimos 50 años, los japoneses intentaron con esfuerzo importar la cultura y la filosofía occidental e incondicionalmente decidieron que todo lo anterior a la guerra es malo. Y así terminamos perdiendo hasta los buenos valores tradicionales, que deberíamos haber conservado. Y, para colmo de males, malinterpretamos la cultura y la filosofía occidental."

"Me enorgullece tener un conocimiento de primera mano sobre el poder de las palabras. Y la menor cantidad posible de diálogo permite que cada diálogo tenga mayor impacto mientras la imagen hable por sí sola."

“La única manera en la que reconozco que los filmes americanos me han influenciado es en aprender aquello que no se debía hacer."

"Lo que encuentro problemático en Hollywood cuando hacen una película de acción, es que la violencia no necesariamente expresa el dolor que tiene en su esencia. Cuando pienso en una escena de violencia, me la imagino de la forma en la que el dolor la acompaña. Creo que la violencia en la vida real es algo que no es placentero de ver. Y mi idea es ofrecer escenas de violencia de cierta forma en la que al público le dé aversión."

"En mi niñez quería ser luchador profesional o jugador de baseball. Mi crianza fue muy dura; crecí en una zona de clase trabajadora del sur de Tokio, pero mi mamá era una mujer muy estricta: no nos permitía disfrutar ninguna forma de entretenimiento. Literatura, arte, historietas, películas, todo eso era imposible. Quería que todos nos concentráramos en la ciencia. Entré en la universidad para estudiar ingeniería, pero terminé siendo comediante. No soy fatalista. No me gusta usar la palabra destino. Pero es difícil encontrar una explicación lógica."

"Soy demasiado conocido como cómico de unipersonales y como personalidad de la televisión. No tomaron en serio mis filmes. Los japoneses tienen esta extraña tendencia a no admitir que una persona puede tener un enorme talento para dos cosas distintas. Ellos admiran a la gente que se dedica a una sola profesión."

"La combinación de amor y muerte tiene una gran atracción. Uno moralmente no puede perdonar la violencia o la muerte, pero cuando se entrelaza con el amor puede convertirse en algo sublime."

"Zatoichi fue una serie muy popular en Japón. Tal vez le agregué más humor. Me pareció que no podía estar matando gente todo el tiempo. Me interesaba que el espectador sintiera que la violencia no es gratuita, que a Zatoichi no le da placer matar, sino que siente una gran pena al hacerlo. Pero muchas veces no tiene otra opción"

Kitano Un japonés desesperante - Jorge Carnevale

No le caben ninguna de las etiquetas al uso. Kitano es inencuadrable. Cuando desembarcó por estos pagos su "Hana-Bi" (que acá conocimos como "Flores de fuego") lo descubrimos tarde y por un tiempo estuvimos convencidos de que era el mejor discípulo de la escuela negra francesa liderada por Jean-Pierre Melville. Ese manejo desesperante de los silencios, esa violencia fuera de campo, esos antihéroes parcos, lo remitían a toda una tradición del thriller seco y a la vez romántico. Como su obra fílmica llegó hasta aquí de manera acronológica y a los saltos, títulos como "Violent Cop" y "Boiling Point" (mal estrenados en video) renovaron ese culto aséptico por la lealtad y la muerte con sus yakuzas condenados y sus vengadores austeros. Kitano escribe, edita y actúa en sus películas y acaba imponiendo un personaje en apariencia inexpresivo que nos escruta fríamente con su ojo sano (el otro no sabemos qué suerte ha corrido) y de pronto explota en raros arrebatos de humor. "Escena junto al mar" instala una rara forma de ternura que puede descolocar a los fanáticos del cine negro y "Kikujiro" apunta a la picaresca y, de paso, rinde culto a la figura de Buster Keaton. Su biografía nos habla de un showman televisivo de enorme popularidad, de un músico y un escritor que también pinta (como se aprecia en "Flores de fuego"). El tipo cubre todos los rubros. Como todos los grandes, exagera. Puede hacer de villano en películas ajenas sin que le sobre un gesto ("Johnny Mnemonic", "Batalla real"), o rodar en Los Angeles "Brother", un policial irremediablemente japonés. Juguetón y temible (cuentan que cuando filma suele gastar bromas muy pesadas a su equipo), ahora la emprende con los samurais en "Zatoichi", donde interpreta a un nómade ciego que se gana la vida como apostador y masajista en el siglo XIX y a la vez es un maestro del sable, letal cuando lo provocan. Mezcla humor y sangre y vuelve a descolocar a todo el mundo en su opus 11. Es un jugador jugado, un chacotón que tiene mucho que decir y lo dice pateando tableros, eludiendo recetas transitadas, revisitando géneros tradicionales para imponerles su marca. La de un tipo que reinventa el cine en cada film y se ríe de los críticos sin que se le mueva un pelo. Mejor tenerlo de amigo

 

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