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070910 - En los últimos años,
los estudios históricos que bucean en la vida de la
Argentina
crecen con inusitada velocidad. Esta
explosión de pesquisas nos entrega ensayos de dispar calidad.
Buena parte de estos trabajos intentan responder a cuestiones
esenciales abordadas con diferentes herramientas e ideologías a
lo largo de los procesos que fueron definiendo al país, sin
hallar respuestas definitivas o hallando respuestas que no
contaban con sólidos argumentos teóricos, si se las esgrimían.
El repensar lo identitario, (ya alejados de considerarlo
como un bloque monolítico rastreable en un pasado mítico
inexistente), como una multiplicidad de voces cambiantes en un
mundo de fronteras porosas, es uno de los tópicos más
transitados. Por supuesto, el teatro no podía quedar ajeno a
este fenómeno y surgen investigaciones sobre períodos o poéticas
poco analizadas, visitadas hoy desde perspectivas
multidisciplinarias. Reconstruir los pedazos de las memorias
individuales como mosaicos de una pared que involucra al
colectivo social todo es complejo y peligroso. Es peligroso
porque está siempre latente la posibilidad de arribar a
conclusiones definitivas a partir de reduccionismos o esquemas
rígidos sostenidos en la opinión. Nos encontramos con una
partitura informe de conclusiones que parten de una
investigación epidérmica, de pereza intelectual manifiesta o de
la necesidad de responder a posiciones ideológicas
conservadoras. Un sendero de resignificación del pasado,
necesario para darle sentido crítico al presente y lanzarse con
criterio formado al futuro. Y estamos hablando de una búsqueda
desde perspectivas múltiples, no excluyentes; por el contrario
se trata de darle distintos significados a lo escondido, a lo
invisibilizado, a lo ausente, con lo diverso como marco. Luego
de tantas agresiones sufridas por la trama social, es bueno
utilizar esta oportunidad para repararla parcialmente,
construyendo puentes entre sus miembros, religándolos,
respondiendo al grito ausente (tal vez ni siquiera consciente)
que pide la pertenencia a un conjunto contenedor. Hemos asistido
en el siglo XX a la consolidación de un sistema educativo
diseñado por el roquismo, tendiente a eludir modelos de
pensamiento crítico (salvo contadas excepciones, la mayor parte
de las cuales provinieron de espacios alternativos o enfrentados
a las estructuras oficiales) y a forjar un universo homogéneo,
cristalizado en los contenidos. A pesar de los diferentes
cambios de forma y el paso de gobiernos, teóricamente opuestos a
este modelo, siguen vigentes los trazos gruesos de una historia
funcional a los intereses de los grupos de poder. Esos
arquetipos de identidad impuestos, disociados de los sujetos que
la encarnan, son los que se recogen en muchos artículos y
reseñas en virtud de lo que indicamos al principio de este
trabajo sobre la pregunta casi ontológica del ser nacional. Un
cuestionamiento que nos halla con los recursos científicos
suficientes para derribar máximas obsoletas y trilladas e
inverosímiles frases de tinte publicitario que fueron útiles
servidores de las clases dirigentes como pretexto para afirmar
una relación de dominación.
Afirmados en estos supuestos teóricos, nos concentraremos en
algunos casos representativos de expresiones teatrales
vinculadas a la militancia política de los grupos socialistas
con sus discrepancias ideológicas marcadas. Antes de avanzar
sobre este punto en particular, se impone una breve introducción
histórica. Las guerras civiles en el territorio argentino van a
impedir la consolidación de un modelo de organización política
que se pudiera mantener ante la inestabilidad reinante. La
proclamación de la Constitución Nacional en 1853 fue incapaz de
reunir en un bloque a la ciudad de Buenos Aires con el resto del
territorio expresado por la Confederación.
Juan Bautista Alberdi, mentor de este instrumento legal,
proponía fomentar la llegada de inmigrantes europeos, en la
medida que los mismos se dedicaran a desarrollar la agricultura
o a hacer aportes significativos en las áreas de las ciencias y
las artes. Luego de la batalla de Pavón en septiembre de 1861,
el camino hacia la conformación de un Estado moderno aparecía
allanado. Las administraciones de Mitre,
Sarmiento y Avellaneda dieron los primeros pasos hacia el
afianzamiento del orden institucional de esta república que
asomaba como unida. Fieles a un ideario económico, y
respondiendo a una ideología positivista (en especial los dos
últimos, defensores del orden y progreso como banderas de
gestión) encararon la transformación de los cimientos sociales y
económicos del nuevo país.
La ocupación del territorio por cuestiones económicas y
geopolíticas se convirtió en prioridad y comenzó a diseñarse
distintos planes para llevarla a cabo. El problema del “indio”,
eufemismo utilizado para lanzar campañas militares de exterminio
o confinamiento de las comunidades originarias prehispánicas,
debía ser resuelto. La ley de colonización votada en 1876 fue el
instrumento jurídico que reflejaba la posición de la clase
dirigente. Se daban ciertas facilidades a quienes llegaran, pero
nunca el derecho sobre las tierras que trabajasen. Se abrían las
puertas a la consolidación de los latifundios, debido a que el
Estado seguiría entregando la tierra pública a los grandes
terratenientes preexistentes. Estos terratenientes se verán
beneficiados con millones de hectáreas, muchas de ellas de
excepcional riqueza para la explotación agropecuaria. El informe
oficial de la Comisión Científica que acompañaba a las tropas
comandadas por Julio Argentino Roca al “desierto” (desde esta
misma palabra es visible el desprecio por los indígenas que
vivían en esta inmensa región, una variante práctica de la
prédica de civilización y barbarie) es clarificador en cuanto a
los objetivos de esta “cruzada modernizadora”. Un fragmento del
mismo dice “Se trataba de conquistar un área de 15.000 leguas
cuadradas ocupadas cuando menos por unas 15.000 almas, pues pasa
de 14.000 el número de muertos y prisioneros que ha reportado la
campaña. Se trataba de conquistarlas en el sentido más lato de
la expresión. No era cuestión de recorrerlas y de dominar con
gran aparato, pero transitoriamente, como lo había hecho la
expedición del Gral. Pacheco al Neuquén, el espacio que pisaban
los cascos de los caballos del ejército y el círculo donde
alcanzaban las balas de sus fusiles. Era necesario conquistar
real y eficazmente esas 15.000 leguas, limpiarlas de indios de
un modo tan absoluto, tan incuestionable, que la más asustadiza
de las asustadizas cosas del mundo, el capital destinado a
vivificar las empresas de ganadería y agricultura, tuviera él
mismo que tributar homenaje a la evidencia, que no experimentase
recelo en lanzarse sobre las huellas del ejército expedicionario
y sellar la toma de posesión por el hombre civilizado de tan
dilatadas comarcas.” (1)
Con nuevas y fértiles comarcas, la mano de obra era
indispensable, sobre todo teniendo en cuenta que la
tecnificación del agro era una política europea y no local.
Expulsados por conflictos bélicos, hambrunas y falta de puestos
de trabajo ante las consecuencias de la Segunda Revolución
Industrial, los inmigrantes comenzaron su llegada. Ante la
imposibilidad de convertirse en propietarios de parcelas de
labranza, muchos de ellos, se transformaban en trabajadores
golondrinas, regresando a su punto de origen. Pero otros
prefirieron asentarse en la zona del litoral y en las
principales ciudades, en búsqueda de resolver su problemática
personal y en disonancia con las necesidades del modelo que
intentaban construir el gobierno y los grupos económicos
hegemónicos. En pocas décadas el caudal de arribos creció, hasta
convertirse en una ola humana de cientos de miles de personas en
búsqueda de una esperanza, que en el corto plazo les iba a
resultar esquiva. Será en la construcción de puertos y en la del
sistema ferroviario (pergeñado para extraer las materias primas
para su exportación) donde hallen fuentes genuinas de trabajo.
Buenos Aires y Rosario crecieron exponencialmente, y
especialmente la primera se mostró – merced a las grandes obras
arquitectónicas- como una metrópoli de corte europeo. Era la
cara hacia el resto del mundo de un país que se desarrollaba
económicamente, de acuerdo a una propuesta que enriquecía a una
minoría en detrimento de la calidad de vida del resto de los
habitantes. La estructura social del país cambió dramáticamente
ante el flujo inmigratorio. Esa clase dirigente nativa
despreciaba a esa masa “informe y curtida en pobreza”, que
descendía de los barcos.
Pero varios de estos expulsados del Viejo Continente tenían
experiencia militante social, política y gremial en sus países
de origen, por lo que no tardaron en ser la fuerza que alentó a
conformar nuevos sindicatos o a colaborar en el afianzamiento de
partidos políticos modernos nacidos recientemente y ajenos al
régimen que monopolizaba el poder.
La actitud de estos inmigrantes no fue similar, ya que
encontramos una mayor radicalización en los sectores que se
agrupaban en torno a los gremios. Esta diferencia radica en la
aparición de grupos anarquistas o socialistas clasistas que no
aceptaban las ofertas de las democracias burguesas, aún de
aquellas con sesgos parlamentaristas y con menores niveles de
autoritarismo. Los reformistas eligen al Partido Socialista,
fundado por Juan B. Justo en 1896 para confrontar con el régimen
conservador al que definían como fraudulento y tiránico. Un
régimen de partido único que utilizaba un remedo de elecciones
para legitimarse. Criticaban por igual a esta oligarquía
dominante como a la Unión Cívica Radical, concebida por Leandro
N. Alem en 1890. Esta última formación de raíces liberales
eticistas (eran evidentes las huellas del krausismo en sus
primeros años) solía boicotear los procesos electorales viciados
de nulidad y apostaba a tomar el poder mediante movimientos
cívico-militares. Al morir su fundador y reorganizarse el
partido en torno de Hipólito Yrigoyen, un caudillo bonaerense,
el radicalismo avanza hacia posiciones populistas. Mientras las
desigualdades crecían y miles de personas subsistían en
condiciones de cuasi esclavitud e indigencia, los socialistas
fueron incapaces de aplicar un análisis marxista a esta
situación y menos aún luchar por una vía revolucionaria. Con la
excepción de algunos dirigentes, expulsados y alejados
voluntariamente de la conducción partidaria, el P. S.
concentraba sus esfuerzos en cambiar las reglas de juego de la
República y modificar desde el Poder Legislativo la estructura
económica imperante. Expresado como movimiento el anarquismo no
aceptaba la noción de Estado y por lo tanto no participarían de
ningún acto eleccionario, ya que los cambios no podían surgir de
un parlamento aún bien intencionado.
El anarquista rechaza el concepto de autoridad, dando absoluta
prioridad al juicio individual, es por ello que hace profesión
de antidogmatismo. Inicialmente marginal y sin peso propio con
respecto a las inquietudes del proletariado en formación, luego
de superada una ríspida discusión teórica entre organizadores y
antiorganizadores, los ácratas se fueron volcando hacia una
activa participación dentro de los sindicatos. Y desde sus
organizaciones formaron a los obreros exponiendo con síntesis y
claridad su sistema ideológico e impugnando radicalmente a las
estructuras sociales vigentes. Por lo tanto se convirtieron en
el blanco preferido del núcleo de poder, ya que veían en estos
militantes sindicales un peligro para sus intereses. Temor
fundado, puesto que los libertarios no planeaban actuar sobre
realidades coyunturales sino sobre los cimientos mismos del
sistema de poder. Promovían cambiar las formas de producción,
terminar con los latifundios y cualquier propiedad privada y
acabar con los instrumentos coercitivos o asimiladores como las
fuerzas armadas y policíacas burguesas y los sistemas educativos
mantenidos estatales o religiosos. Con la huelga general como
arma principal y ajustando su liderazgo a la acción, cumplieron
un papel destacado durante las dos primeras décadas del siglo XX.
No aceptaban acuerdos parciales y sometían cualquier decisión al
colectivo. Con estas características y extendiéndose su
predicamento en las grandes urbes, no puede extrañarnos que la
reacción del gobierno no llegara de la mano de leyes de
cuestionable constitucionalidad como las de residencia y de
defensa nacional, que permitieran expulsar discrecionalmente a
extranjeros peligrosos para la seguridad y prosperidad del país.
Los socialistas se sentían cómodos con la dualidad civilización
y barbarie aunque cambiando los actores de esta disposición
maniquea. Son ellos los que encarnaban a la civilización y
estaban llamados mediante la evolución natural de las ideas a
ocupar los sillones del poder en el futuro cercano.
Circunstancialmente aliados en algunas fallidas experiencias
sindicales, se veían como rivales para captar a los obreros. Los
socialistas no titubearon, a través del accionar de sus
dirigentes más encumbrados, en no denunciar las sangrientas
represiones que sufrieron los anarcosindicalistas. Un ejemplo de
ello es que cuando retrospectivamente se refieren a este período
fundacional sufren amnesias o sucumben a sus propias
incongruencias que no pueden ocultar su complicidad por acción u
omisión con los actos criminales del poder central. La
perspectiva de Dickmann, uno de los dirigentes del socialismo
parlamentarista más representativo, a casi treinta años de la
brutal acción policíaca contra los obreros manifestantes en 1909
es una prueba irrefutable de la ideología del Partido Socialista
local. Los anarquistas eran descriptos como andrajosos y
miserables. No tenía siquiera corbata el pobre orador que les
hablaba y con ello parece restarles un último destello de
civilización. Era la chusma, el proletariado miserable y esa
visión ingenua que se compadecía por los desdichados no es
creíble, ya que en numerosas incursiones oratorias como diputado
defendió al roquismo y a sus hijos políticos.
Finalizamos esta sucinta introducción, para dedicarnos al
estudio de las expresiones teatrales socialistas. Lo haremos, en
este caso, focalizándonos en la experiencia concreta del
socialismo utópico que eligió un teatro de construcción
comunitaria y fines revolucionarios, tal vez con menor
didactismo que los productos libertarios. Para ello apelaremos,
como indicamos en el inicio de este ensayo, a diferentes
herramientas aportadas por las ciencias sociales.
Cuando el acceso al documento escrito es imposible o está
seriamente dificultado por diversas causas, debemos recurrir al
uso de herramientas alternativas. En los últimos años los
recursos provistos por la historia oral y la etnohistoria se
convirtieron en aliados adecuados para completar huecos en los
procesos relevados. Y a ellos nos acercamos para revisitar con
miradas diferentes las categorías establecidas en el pasado y
aún para ayudarnos en la conformación de un original corpus
teórico para el análisis de las expresiones teatrales
contemporáneas. En mi investigación sobre la producción
dramática de los grupos políticos alternativos al modelo
conservador dominante, el rescate de las voces de los
protagonistas me permitió comprender la relevancia del fenómeno
y los alcances del mismo. Así fue surgiendo un discurso, diluido
por la voz hegemónica de la memoria oficial y de una riqueza
impensada de acuerdo a los mitos establecidos por los sectores
dominantes en el colectivo social. Con acciones concretas y de
la mano de la antropología cultural (con una colección
científica del relato) he desarrollado vías para la restitución
de ese polifónico mundo, que caracterizaba a estas propuestas de
los grupos clasistas. Una de las tentaciones que encontramos en
el camino de reconstrucción de memoria es sostenerse en
elementos aislados y fijar sobre ellos una perspectiva
fetichista. Si la trampa se hace efectiva, nos vestiremos de
buscadores de tesoros, incapaces de articular los fragmentos
hallados con los grupos sociales que los produjeron. Cada pieza
oral redescubierta debe ser pilar de construcción de originales
y futuras elaboraciones culturales.
En la síntesis histórica presentada, hemos visto cómo el
socialismo reformista dejó de tener una representación orgánica
en los sindicatos (aunque muchos militantes desoyeran el consejo
de J. B. Justo de evitar la participación en los gremios en
nombre del partido) y especialmente su actividad legislativa no
alcanzó el compromiso esperado, mientras que la mayor parte de
sus dirigentes no representaban los intereses de los más pobres.
Esta defección, que afectó al campo obrero, debilitó a los
socialistas parlamentaristas pero robusteció la posición de
libertarios y socialistas utópicos, como voceros de los
excluidos.
La producción dramática del movimiento libertario en la
Argentina es uno de los objetos a estudiar, ya que generalmente
ha sido tratada superficialmente o limitándose a escritores
filo-anarquistas, de reconocida trayectoria en el ámbito
comercial (Florencio Sánchez, González Pacheco). De esta manera,
es olvidado el trabajo de anónimos dramaturgos aficionados, que
alimentaron con sus obras el aporte cultural del anarquismo. La
creación de los centros y los círculos ácratas es un fenómeno
inédito por su producción y por la originalidad de su labor. La
importancia del circuito de producción teatral libertaria en
Argentina, que estos espacios integraban, es indiscutible,
especialmente hasta mediados de la segunda década del siglo XX.
Podemos analizar las diferencias entre conciliadores y puristas
en el seno del movimiento, pero aún los primeros, que aceptaban
las obras naturalistas de reconocidos dramaturgos tenían
diferencias profundas con esta propuesta estética. Mientras que
los naturalistas pretendían lograr una reproducción fotográfica
y extremadamente verista del mundo, los ácratas intentaban
expresar el ideal subyacente de esta realidad. La tarea de su
teatro era educativa y por lo tanto iba más allá de cualquier
imitación de los sucesos en aras de superarlos positivamente. En
el discurso e imágenes escénicas anarquistas, mucho más
simbólicos y alegóricos que reales, se luchaba por reflejar las
causas del comportamiento social humano. Y esta descripción,
especialmente cuando se trataba de hechos históricos,
proporcionaba argumentos para presentar el mundo como
transformable. Se explicitaban, a través de los personajes
concientizados, los pasos necesarios para una verdadera
revolución horizontal, donde las decisiones fueran tomadas por
el pueblo esclarecido y no por conducciones mesiánicas
ocasionales.
El realismo aceptado era el que plasmaba un relato de los
problemas sociales dentro de un marco de optimismo sobre el
porvenir. Este optimismo que, generalmente era expresado en
escena por un joven o un niño como metáfora del futuro, estaba
basado en la fe inquebrantable en el triunfo final de una
sociedad organizada bajo los parámetros de la libertad y la
solidaridad. No sólo había que indicar vicios y virtudes del
colectivo a cambiar, también se señalarían claramente derroteros
que condujesen a este progreso social. Los espectadores
contarían con herramientas para comprender críticamente su
entorno, pero también para convertirlo en un espacio anarquista.
Con esta misión apostólica los dramaturgos libertarios no
profesionales, escribirían textos inspirados en ideas francas y
atrevidas, de real libertad y justicia, de generosos
sentimientos de fraternidad, de paz y armonía. En los proyectos
libertarios coexisten diversas miradas, pero hay gruesas líneas
que permiten definirlo en trazos amplios, siempre en tensión
interna. El ácrata desprecia la voz oficial, la del poder
dominante y abusivo, que sólo busca el control social y
epistemológico. La estrategia del movimiento fue crear sus
propios espacios de creación y difusión cultural, en un intento
por trasladar de los lugares burgueses de dominancia en el
campo, el peso excluyente de los núcleos de concentración del
poder real, tanto económico como político. No era intención
plasmar una simple controversia verbal en barricadas y mitines o
epistolar mediante periódicos adictos; se proponían establecer
redes, que pelearan palmo a palmo con el elicentrismo patronal,
hasta que las producciones del movimiento forzaran un cambio
definitivo de su visión de mundo en los ámbitos proletarios.
Tanto el establecimiento de instancias societarias, de medios de
divulgación y de centros de creación obedecieron a este plan de
copar los espacios culturales desde los cuales el éliticentrismo
capitalista hacía prevalecer su imagen de mundo y las
definiciones a través de las cuales se ejercía el control de las
representaciones simbólicas. La propuesta radical del anarquismo
se diferencia de otras manifestaciones opositoras ¬-como el
comunismo o el socialismo¬- en la implantación de un ideario que
niega rotundamente las formas despóticas de autoridad, otorgando
importancia a la acción comunitaria y los valores humanos a
través de la realización personal. Queda establecida dicha
diferencia a partir de dos características fundamentales que van
a articular el universo estético de la obra anarcosindicalista;
por un lado, la visión polarizada de la realidad, y por otro, la
negación de toda autoridad, que no sólo encarna la represión,
sino también el mal en el mundo. Esta visión social esquemática
remite a un orden que podemos rescatar como antecedente de
resistencia para posteriores orientaciones políticas y
culturales, pues la instalación del anarquismo supone
determinados medios de producción y comunicación: imprentas,
diarios, librerías, talleres gráficos, agrupaciones
comunitarias, que funcionarán como precedente de acción y
reflexión cultural. Pero no sólo utilizaron estas estrategias.
Se valieron de las armas del adversario para que su mensaje
obtuviera dimensiones nacionales. Para ello recurrieron al
solitario militante o a las parejas, que recorrían los inmensos
y despoblados territorios siguiendo las vías férreas que los
ingleses diseñaron para la extracción de los bienes primarios.
Los acólitos, tema de diferentes trabajos que he encarado,
tuvieron un papel fundamental, ya que llevaron el ideal a
parajes en los que la sindicalización era escasa. Los aparatos
alternativos implementados por el anarquismo entraban a disputar
palmo a palmo los reductos manejados por el pensamiento
hegemónico con la finalidad de desplazar el sistema de creencias
operante. La literatura libertaria, y la dramaturgia en
particular, se ordenarán a estos propósitos emancipadores,
desarrollando una acción verbal destinada a convencer y a
persuadir a un sector mayoritario de la sociedad sobre las
posibilidades ciertas de tensionar los códigos culturales
privilegiados para conseguir una apertura hacia nuevos niveles
de realidad, alternativos de los reinantes.
Dijimos que los militantes trashumantes cumplieron un rol
importantísimo en la difusión de las ideas anarquistas,
recorriendo extensas porciones del territorio nacional y
entrando en contacto con obreros y trabajadores rurales que
desconocían los rudimentos sobre los que se sustenta la vida
sindical. Y los crotos libertarios se destacan, especialmente
desde los años treinta, cuando el movimiento había sufrido una
pérdida notable de militantes por las represiones padecidas y la
aparición de otras ofertas políticas más moderadas. Nacidos como
extensiones de las vías, su actividad no se limitó a la simple
propaganda, ya que algunos descollaron como músicos, artistas y
titiriteros itinerantes y otros sembraron la semilla de
bibliotecas que aún perduran en pueblos que los han olvidado.
Uno de estos tozudos del riel fue Antonio Ligurio, un italiano
linotipista, que tomó las viadas en la segunda mitad de los años
veinte. Nos cuenta: “Luego de participar en diversas acciones
directas y fundar círculos en el Gran Buenos Aires, decidí que
el camino a seguir era otro. Los jóvenes no se acercaban tan
asiduamente a las actividades culturales que proponíamos y la
represión policial había mermado el clima de esperanza que
siempre nos había caracterizado. Un genovés, que se había
convertido en croto unos años antes, me convenció de que este
sendero era el más apropiado para continuar la lucha. Así que me
lancé a una vida sin tierra firme, marcada por los trenes y con
los vagones y estaciones como hogar efímero. De esta forma,
crucé de norte a sur y de este a oeste la zona pampeana con mi
mono lleno de libelos, periódicos y libros. Aprendí el arte de
narrar y lo hacía en los playones de las estaciones de mayor
porte, contando historias de libertad, solidaridad y confianza
en el ser humano que recopilaba o escribía.” (2)
Alfonso Nuñez, un español maestro racionalista, también eligió
la vida libre del croto. De su entusiasmo y dura labor docente,
surgieron al menos cuatro bibliotecas en el cercano litoral
santafesino. Dice, con una energía que sorprende a sus noventa y
cinco años: “Ser croto me emparentó con el humilde que se
acurruca en los pisos de los vagones abrazado a su arpillera
como único abrigo. Con ellos aprendí la destreza de convertir
una lata descartada en tenedores y ollitas. Cuando lo deseaba me
apeaba del tren y trabajaba en una chacra, usando el dinero del
jornal para reponer las raciones de comida y comprar algún libro
en los pueblos más grandes. La libertad que pregonábamos en las
trincheras de las huelgas urbanas, la viví en esas noches
estrelladas, frías, donde la compañía se limitaba a un perro.
También aprendí de la generosidad de un plato divido entre seis
y de la carrera a campo traviesa con el producto expropiado de
huevos o pollos.” (3)
Los crotos generaron un argot particular, que fue
enriqueciéndose con los años y regionalismos incorporados. Y
este idiolecto careció de ideologías. Debemos apartarnos de la
visión nostálgica que cristaliza al croto, y particularmente al
ácrata, como a un héroe romántico, sin profundidad en su
análisis. Esta epidérmica posición es funcional a los sectores
conservadores que han invisibilizado la tarea del movimiento
anarquista y sus ideales más puros, así como su propuesta
cultural y artística, sesgada por la historiografía oficial. La
actividad de los crotos libertarios se fue diluyendo cualitativa
y cuantitativamente desde fines de 1930. Si bien la concepción
de libertad experimentada por los trabajadores golondrinas
siguió a lo largo de por lo menos dos décadas relacionándola con
el ideario ácrata, esta percepción es errónea. Se han hallado
testimonios orales y documentos que muestran cierta hibridación
de los antiguos principios libertarios con concepciones propios
o con ideas provenientes de nuevos emergentes sociales y
políticos de nuestra historia. Uno de los desafíos de la
investigación que me he propuesto es armar con el material
recogido, basado en miles de testimonios orales y escritos, un
pequeño glosario croto-libertario y un registro de las piezas
teatrales, cuentos y material pedagógico que utilizaron. Hemos
consultado la tarea de otros investigadores para hacer más
completo este marco.
Como muy breve muestra presento el siguiente material:
Glosario croto
Bagayera. Bolsa pequeña en la que se lleva el bandolión,
algún plato, cuchara, jarro, yerba y comestibles mínimos.
Bandolión. Lata de aceite, cuadrada, de 5 o 10 litros,
que se corta de lado y sirve para cocinar.
Bullone fato. Asunto terminado.
Catango. Empleado de estación ferroviaria. Gusano que
vive debajo de la bosta.
Cerdo. Chacarero rico.
Changa solidaria. Donación de uno o dos días de trabajo
de los ocupados en cosechas u otras actividades, a los recién
llegados que carecen de posibilidades de colocación. Una versión
reducida fue "el barato": la donación de una o dos horas de
trabajo.
Chapón. Pederasta.
Croto. Linyera, caminante, hombre que va andando.
Culo largo. Puestero de estancia o peón mensual de a
caballo.
Curva. Gallina.
Dar el te. Dar una paliza; dar un castigo que puede
terminar en la muerte.
Engrasar los rieles. Morir bajo las ruedas del tren.
También: "Engrasar las vías".
Hacer la Católica. Pedir de puerta en puerta. También:
"Batir la Católica" o "Isabel la Católica".
Hacer una farmacia. Robar en una cocina. Hacer galopiar
la pera. Comer demasiado rápido.
Hacer mate italiano. Calentarse el trasero cerca del
fuego.
Juan Figura. Vigilante, policía.
Las Tres Marías. Pan, carne y yerba.
Maranfio. Puchero, cocido.
Mono. Atado de ropa que se arma descosiendo las costuras
de una bolsa de trigo o con un trozo de lienzo. Se coloca la
ropa en diagonal (para que no se arrugue); se atan las puntas
del cuadrado que quedan en la diagonal opuesta a la ropa y luego
las dos puntas restantes. Y se cuelga al hombro.
Pasado de mono. Loco, chiflado.
Pedernera. Borracho.
Pique. Trabajo.
Porcacha. Mujer joven de las chacras.
Porcachona. La esposa del chacarero.
Ranchada. Lugar donde se pernocta al raso; por extensión,
todo lugar en donde se acampe alrededor de un fogón.
Tartago. Mate. "Vamos a tomar unos tartagos." También
"verdes".
Trabajar el cerdo. Robarle a un chacarero rico.
Viada. Lapso que transcurre en la vida de un croto; la
vida en las vías.
En cuanto a monólogos y dramas breves, muchos crotos llevaban
textos de un anarquista titiritero trashumante llamado Sansiez,
que con diversos nombres se repitió en la zona dominada por La
Forestal. Decía un fragmento: “Sinomiento: He recorrido muchos
kilómetros y visto los horrores que sufre nuestro pueblo. Y
estos horrores provocados por los patrones y sus lacayos no
cesarán hasta que el pobre reconozca su derecho a vivir
dignamente. La ignorancia es el mal que atraviesa nuestra tierra
y se abate sobre el obrero con la contundencia de un golpe de
machete. Si no sabe siquiera leer y escribir nunca podrá
defenderse apropiadamente, seguirá siendo cordero de sacrificio
para los opresores. Los libros son los mejores amigos del
proletario, los verdaderos maestros de la libertad. Pero no
alcanza con cualquier libro o con escuelas que el mismo dueño
construye. Porque inevitablemente pasarán de una esclavitud a
otra, en la que instrucción para la obediencia se convertirá en
rectora. Compañeros, nunca les mentí porque la mentira es aliada
de la ignorancia, es mancha en la honra de los hombres, y no
hago hoy. Entiendan que ha llegado la era de los cambios reales
y estos cambios deben estar en sus manos. Pero no es posible que
una revolución se construya en la intuición, debe ser cimentada
en el conocimiento. Ustedes deben lanzarse a la aventura de ese
verdadero conocimiento; súmense a los talleres escuelas, busquen
lecturas apropiadas, no acepten verdades consagradas que no
pueden explicarse por el proceso de la razón. La humanidad no
requiere de más cadenas, pide a gritos martillos que las
destruyan. El doctor Sinomiento estará a su lado, no como
conductor, sino como compañero de esta lucha contra la oscuridad
de la ignorancia.” (4)
Pero sus interminables esfuerzos, más allá de persecuciones y
asesinatos, aún registran productos culturales en muchos parajes
del país.
El ejercicio de la memoria para no negarlos una vez más es mi
compromiso.
1. Informe Oficial de la Comisión
Científica agregada al Estado Mayor de la Expedición al Río
Negro, realizada en los meses de abril, mayo y junio de 1879,
Buenos Aires, 1881.
2. Entrevista a Antonio Ligurio, Buenos Aires,
1984
3. Entrevista a Antonio Núñez,
San Lorenzo, 1987.
4. Manuscrito perteneciente al
señor Sansiez, inédito
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