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Los caminos de hierro de los crotos anarquistas
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070910 - En los últimos años, los estudios históricos que bucean en la vida de la
Argentina crecen con inusitada velocidad. Esta explosión de pesquisas nos entrega ensayos de dispar calidad. Buena parte de estos trabajos intentan responder a cuestiones esenciales abordadas con diferentes herramientas e ideologías a lo largo de los procesos que fueron definiendo al país, sin hallar respuestas definitivas o hallando respuestas que no contaban con sólidos argumentos teóricos, si se las esgrimían.

El repensar lo identitario, (ya alejados de considerarlo como un bloque monolítico rastreable en un pasado mítico inexistente), como una multiplicidad de voces cambiantes en un mundo de fronteras porosas, es uno de los tópicos más transitados. Por supuesto, el teatro no podía quedar ajeno a este fenómeno y surgen investigaciones sobre períodos o poéticas poco analizadas, visitadas hoy desde perspectivas multidisciplinarias. Reconstruir los pedazos de las memorias individuales como mosaicos de una pared que involucra al colectivo social todo es complejo y peligroso. Es peligroso porque está siempre latente la posibilidad de arribar a conclusiones definitivas a partir de reduccionismos o esquemas rígidos sostenidos en la opinión. Nos encontramos con una partitura informe de conclusiones que parten de una investigación epidérmica, de pereza intelectual manifiesta o de la necesidad de responder a posiciones ideológicas conservadoras. Un sendero de resignificación del pasado, necesario para darle sentido crítico al presente y lanzarse con criterio formado al futuro. Y estamos hablando de una búsqueda desde perspectivas múltiples, no excluyentes; por el contrario se trata de darle distintos significados a lo escondido, a lo invisibilizado, a lo ausente, con lo diverso como marco. Luego de tantas agresiones sufridas por la trama social, es bueno utilizar esta oportunidad para repararla parcialmente, construyendo puentes entre sus miembros, religándolos, respondiendo al grito ausente (tal vez ni siquiera consciente) que pide la pertenencia a un conjunto contenedor. Hemos asistido en el siglo XX a la consolidación de un sistema educativo diseñado por el roquismo, tendiente a eludir modelos de pensamiento crítico (salvo contadas excepciones, la mayor parte de las cuales provinieron de espacios alternativos o enfrentados a las estructuras oficiales) y a forjar un universo homogéneo, cristalizado en los contenidos. A pesar de los diferentes cambios de forma y el paso de gobiernos, teóricamente opuestos a este modelo, siguen vigentes los trazos gruesos de una historia funcional a los intereses de los grupos de poder. Esos arquetipos de identidad impuestos, disociados de los sujetos que la encarnan, son los que se recogen en muchos artículos y reseñas en virtud de lo que indicamos al principio de este trabajo sobre la pregunta casi ontológica del ser nacional. Un cuestionamiento que nos halla con los recursos científicos suficientes para derribar máximas obsoletas y trilladas e inverosímiles frases de tinte publicitario que fueron útiles servidores de las clases dirigentes como pretexto para afirmar una relación de dominación.

Afirmados en estos supuestos teóricos, nos concentraremos en algunos casos representativos de expresiones teatrales vinculadas a la militancia política de los grupos socialistas con sus discrepancias ideológicas marcadas. Antes de avanzar sobre este punto en particular, se impone una breve introducción histórica. Las guerras civiles en el territorio argentino van a impedir la consolidación de un modelo de organización política que se pudiera mantener ante la inestabilidad reinante. La proclamación de la Constitución Nacional en 1853 fue incapaz de reunir en un bloque a la ciudad de Buenos Aires con el resto del territorio expresado por la Confederación. Juan Bautista Alberdi, mentor de este instrumento legal, proponía fomentar la llegada de inmigrantes europeos, en la medida que los mismos se dedicaran a desarrollar la agricultura o a hacer aportes significativos en las áreas de las ciencias y las artes. Luego de la batalla de Pavón en septiembre de 1861, el camino hacia la conformación de un Estado moderno aparecía allanado. Las administraciones de Mitre, Sarmiento y Avellaneda dieron los primeros pasos hacia el afianzamiento del orden institucional de esta república que asomaba como unida. Fieles a un ideario económico, y respondiendo a una ideología positivista (en especial los dos últimos, defensores del orden y progreso como banderas de gestión) encararon la transformación de los cimientos sociales y económicos del nuevo país.

La ocupación del territorio por cuestiones económicas y geopolíticas se convirtió en prioridad y comenzó a diseñarse distintos planes para llevarla a cabo. El problema del “indio”, eufemismo utilizado para lanzar campañas militares de exterminio o confinamiento de las comunidades originarias prehispánicas, debía ser resuelto. La ley de colonización votada en 1876 fue el instrumento jurídico que reflejaba la posición de la clase dirigente. Se daban ciertas facilidades a quienes llegaran, pero nunca el derecho sobre las tierras que trabajasen. Se abrían las puertas a la consolidación de los latifundios, debido a que el Estado seguiría entregando la tierra pública a los grandes terratenientes preexistentes. Estos terratenientes se verán beneficiados con millones de hectáreas, muchas de ellas de excepcional riqueza para la explotación agropecuaria. El informe oficial de la Comisión Científica que acompañaba a las tropas comandadas por Julio Argentino Roca al “desierto” (desde esta misma palabra es visible el desprecio por los indígenas que vivían en esta inmensa región, una variante práctica de la prédica de civilización y barbarie) es clarificador en cuanto a los objetivos de esta “cruzada modernizadora”. Un fragmento del mismo dice “Se trataba de conquistar un área de 15.000 leguas cuadradas ocupadas cuando menos por unas 15.000 almas, pues pasa de 14.000 el número de muertos y prisioneros que ha reportado la campaña. Se trataba de conquistarlas en el sentido más lato de la expresión. No era cuestión de recorrerlas y de dominar con gran aparato, pero transitoriamente, como lo había hecho la expedición del Gral. Pacheco al Neuquén, el espacio que pisaban los cascos de los caballos del ejército y el círculo donde alcanzaban las balas de sus fusiles. Era necesario conquistar real y eficazmente esas 15.000 leguas, limpiarlas de indios de un modo tan absoluto, tan incuestionable, que la más asustadiza de las asustadizas cosas del mundo, el capital destinado a vivificar las empresas de ganadería y agricultura, tuviera él mismo que tributar homenaje a la evidencia, que no experimentase recelo en lanzarse sobre las huellas del ejército expedicionario y sellar la toma de posesión por el hombre civilizado de tan dilatadas comarcas.” (1)
 
Con nuevas y fértiles comarcas, la mano de obra era indispensable, sobre todo teniendo en cuenta que la tecnificación del agro era una política europea y no local. Expulsados por conflictos bélicos, hambrunas y falta de puestos de trabajo ante las consecuencias de la Segunda Revolución Industrial, los inmigrantes comenzaron su llegada. Ante la imposibilidad de convertirse en propietarios de parcelas de labranza, muchos de ellos, se transformaban en trabajadores golondrinas, regresando a su punto de origen. Pero otros prefirieron asentarse en la zona del litoral y en las principales ciudades, en búsqueda de resolver su problemática personal y en disonancia con las necesidades del modelo que intentaban construir el gobierno y los grupos económicos hegemónicos. En pocas décadas el caudal de arribos creció, hasta convertirse en una ola humana de cientos de miles de personas en búsqueda de una esperanza, que en el corto plazo les iba a resultar esquiva. Será en la construcción de puertos y en la del sistema ferroviario (pergeñado para extraer las materias primas para su exportación) donde hallen fuentes genuinas de trabajo. Buenos Aires y Rosario crecieron exponencialmente, y especialmente la primera se mostró – merced a las grandes obras arquitectónicas- como una metrópoli de corte europeo. Era la cara hacia el resto del mundo de un país que se desarrollaba económicamente, de acuerdo a una propuesta que enriquecía a una minoría en detrimento de la calidad de vida del resto de los habitantes. La estructura social del país cambió dramáticamente ante el flujo inmigratorio. Esa clase dirigente nativa despreciaba a esa masa “informe y curtida en pobreza”, que descendía de los barcos.

Pero varios de estos expulsados del Viejo Continente tenían experiencia militante social, política y gremial en sus países de origen, por lo que no tardaron en ser la fuerza que alentó a conformar nuevos sindicatos o a colaborar en el afianzamiento de partidos políticos modernos nacidos recientemente y ajenos al régimen que monopolizaba el poder.
La actitud de estos inmigrantes no fue similar, ya que encontramos una mayor radicalización en los sectores que se agrupaban en torno a los gremios. Esta diferencia radica en la aparición de grupos anarquistas o socialistas clasistas que no aceptaban las ofertas de las democracias burguesas, aún de aquellas con sesgos parlamentaristas y con menores niveles de autoritarismo. Los reformistas eligen al Partido Socialista, fundado por Juan B. Justo en 1896 para confrontar con el régimen conservador al que definían como fraudulento y tiránico. Un régimen de partido único que utilizaba un remedo de elecciones para legitimarse. Criticaban por igual a esta oligarquía dominante como a la Unión Cívica Radical, concebida por Leandro N. Alem en 1890. Esta última formación de raíces liberales eticistas (eran evidentes las huellas del krausismo en sus primeros años) solía boicotear los procesos electorales viciados de nulidad y apostaba a tomar el poder mediante movimientos cívico-militares. Al morir su fundador y reorganizarse el partido en torno de Hipólito Yrigoyen, un caudillo bonaerense, el radicalismo avanza hacia posiciones populistas. Mientras las desigualdades crecían y miles de personas subsistían en condiciones de cuasi esclavitud e indigencia, los socialistas fueron incapaces de aplicar un análisis marxista a esta situación y menos aún luchar por una vía revolucionaria. Con la excepción de algunos dirigentes, expulsados y alejados voluntariamente de la conducción partidaria, el P. S. concentraba sus esfuerzos en cambiar las reglas de juego de la República y modificar desde el Poder Legislativo la estructura económica imperante. Expresado como movimiento el anarquismo no aceptaba la noción de Estado y por lo tanto no participarían de ningún acto eleccionario, ya que los cambios no podían surgir de un parlamento aún bien intencionado.

El anarquista rechaza el concepto de autoridad, dando absoluta prioridad al juicio individual, es por ello que hace profesión de antidogmatismo. Inicialmente marginal y sin peso propio con respecto a las inquietudes del proletariado en formación, luego de superada una ríspida discusión teórica entre organizadores y antiorganizadores, los ácratas se fueron volcando hacia una activa participación dentro de los sindicatos. Y desde sus organizaciones formaron a los obreros exponiendo con síntesis y claridad su sistema ideológico e impugnando radicalmente a las estructuras sociales vigentes. Por lo tanto se convirtieron en el blanco preferido del núcleo de poder, ya que veían en estos militantes sindicales un peligro para sus intereses. Temor fundado, puesto que los libertarios no planeaban actuar sobre realidades coyunturales sino sobre los cimientos mismos del sistema de poder. Promovían cambiar las formas de producción, terminar con los latifundios y cualquier propiedad privada y acabar con los instrumentos coercitivos o asimiladores como las fuerzas armadas y policíacas burguesas y los sistemas educativos mantenidos estatales o religiosos. Con la huelga general como arma principal y ajustando su liderazgo a la acción, cumplieron un papel destacado durante las dos primeras décadas del siglo XX. No aceptaban acuerdos parciales y sometían cualquier decisión al colectivo. Con estas características y extendiéndose su predicamento en las grandes urbes, no puede extrañarnos que la reacción del gobierno no llegara de la mano de leyes de cuestionable constitucionalidad como las de residencia y de defensa nacional, que permitieran expulsar discrecionalmente a extranjeros peligrosos para la seguridad y prosperidad del país.

Los socialistas se sentían cómodos con la dualidad civilización y barbarie aunque cambiando los actores de esta disposición maniquea. Son ellos los que encarnaban a la civilización y estaban llamados mediante la evolución natural de las ideas a ocupar los sillones del poder en el futuro cercano. Circunstancialmente aliados en algunas fallidas experiencias sindicales, se veían como rivales para captar a los obreros. Los socialistas no titubearon, a través del accionar de sus dirigentes más encumbrados, en no denunciar las sangrientas represiones que sufrieron los anarcosindicalistas. Un ejemplo de ello es que cuando retrospectivamente se refieren a este período fundacional sufren amnesias o sucumben a sus propias incongruencias que no pueden ocultar su complicidad por acción u omisión con los actos criminales del poder central. La perspectiva de Dickmann, uno de los dirigentes del socialismo parlamentarista más representativo, a casi treinta años de la brutal acción policíaca contra los obreros manifestantes en 1909 es una prueba irrefutable de la ideología del Partido Socialista local. Los anarquistas eran descriptos como andrajosos y miserables. No tenía siquiera corbata el pobre orador que les hablaba y con ello parece restarles un último destello de civilización. Era la chusma, el proletariado miserable y esa visión ingenua que se compadecía por los desdichados no es creíble, ya que en numerosas incursiones oratorias como diputado defendió al roquismo y a sus hijos políticos.

Finalizamos esta sucinta introducción, para dedicarnos al estudio de las expresiones teatrales socialistas. Lo haremos, en este caso, focalizándonos en la experiencia concreta del socialismo utópico que eligió un teatro de construcción comunitaria y fines revolucionarios, tal vez con menor didactismo que los productos libertarios. Para ello apelaremos, como indicamos en el inicio de este ensayo, a diferentes herramientas aportadas por las ciencias sociales.
Cuando el acceso al documento escrito es imposible o está seriamente dificultado por diversas causas, debemos recurrir al uso de herramientas alternativas. En los últimos años los recursos provistos por la historia oral y la etnohistoria se convirtieron en aliados adecuados para completar huecos en los procesos relevados. Y a ellos nos acercamos para revisitar con miradas diferentes las categorías establecidas en el pasado y aún para ayudarnos en la conformación de un original corpus teórico para el análisis de las expresiones teatrales contemporáneas. En mi investigación sobre la producción dramática de los grupos políticos alternativos al modelo conservador dominante, el rescate de las voces de los protagonistas me permitió comprender la relevancia del fenómeno y los alcances del mismo. Así fue surgiendo un discurso, diluido por la voz hegemónica de la memoria oficial y de una riqueza impensada de acuerdo a los mitos establecidos por los sectores dominantes en el colectivo social. Con acciones concretas y de la mano de la antropología cultural (con una colección científica del relato) he desarrollado vías para la restitución de ese polifónico mundo, que caracterizaba a estas propuestas de los grupos clasistas. Una de las tentaciones que encontramos en el camino de reconstrucción de memoria es sostenerse en elementos aislados y fijar sobre ellos una perspectiva fetichista. Si la trampa se hace efectiva, nos vestiremos de buscadores de tesoros, incapaces de articular los fragmentos hallados con los grupos sociales que los produjeron. Cada pieza oral redescubierta debe ser pilar de construcción de originales y futuras elaboraciones culturales.
 
En la síntesis histórica presentada, hemos visto cómo el socialismo reformista dejó de tener una representación orgánica en los sindicatos (aunque muchos militantes desoyeran el consejo de J. B. Justo de evitar la participación en los gremios en nombre del partido) y especialmente su actividad legislativa no alcanzó el compromiso esperado, mientras que la mayor parte de sus dirigentes no representaban los intereses de los más pobres.
Esta defección, que afectó al campo obrero, debilitó a los socialistas parlamentaristas pero robusteció la posición de libertarios y socialistas utópicos, como voceros de los excluidos.

La producción dramática del movimiento libertario en la Argentina es uno de los objetos a estudiar, ya que generalmente ha sido tratada superficialmente o limitándose a escritores filo-anarquistas, de reconocida trayectoria en el ámbito comercial (Florencio Sánchez, González Pacheco). De esta manera, es olvidado el trabajo de anónimos dramaturgos aficionados, que alimentaron con sus obras el aporte cultural del anarquismo. La creación de los centros y los círculos ácratas es un fenómeno inédito por su producción y por la originalidad de su labor. La importancia del circuito de producción teatral libertaria en Argentina, que estos espacios integraban, es indiscutible, especialmente hasta mediados de la segunda década del siglo XX. Podemos analizar las diferencias entre conciliadores y puristas en el seno del movimiento, pero aún los primeros, que aceptaban las obras naturalistas de reconocidos dramaturgos tenían diferencias profundas con esta propuesta estética. Mientras que los naturalistas pretendían lograr una reproducción fotográfica y extremadamente verista del mundo, los ácratas intentaban expresar el ideal subyacente de esta realidad. La tarea de su teatro era educativa y por lo tanto iba más allá de cualquier imitación de los sucesos en aras de superarlos positivamente. En el discurso e imágenes escénicas anarquistas, mucho más simbólicos y alegóricos que reales, se luchaba por reflejar las causas del comportamiento social humano. Y esta descripción, especialmente cuando se trataba de hechos históricos, proporcionaba argumentos para presentar el mundo como transformable. Se explicitaban, a través de los personajes concientizados, los pasos necesarios para una verdadera revolución horizontal, donde las decisiones fueran tomadas por el pueblo esclarecido y no por conducciones mesiánicas ocasionales.

El realismo aceptado era el que plasmaba un relato de los problemas sociales dentro de un marco de optimismo sobre el porvenir. Este optimismo que, generalmente era expresado en escena por un joven o un niño como metáfora del futuro, estaba basado en la fe inquebrantable en el triunfo final de una sociedad organizada bajo los parámetros de la libertad y la solidaridad. No sólo había que indicar vicios y virtudes del colectivo a cambiar, también se señalarían claramente derroteros que condujesen a este progreso social. Los espectadores contarían con herramientas para comprender críticamente su entorno, pero también para convertirlo en un espacio anarquista. Con esta misión apostólica los dramaturgos libertarios no profesionales, escribirían textos inspirados en ideas francas y atrevidas, de real libertad y justicia, de generosos sentimientos de fraternidad, de paz y armonía. En los proyectos libertarios coexisten diversas miradas, pero hay gruesas líneas que permiten definirlo en trazos amplios, siempre en tensión interna. El ácrata desprecia la voz oficial, la del poder dominante y abusivo, que sólo busca el control social y epistemológico. La estrategia del movimiento fue crear sus propios espacios de creación y difusión cultural, en un intento por trasladar de los lugares burgueses de dominancia en el campo, el peso excluyente de los núcleos de concentración del poder real, tanto económico como político. No era intención plasmar una simple controversia verbal en barricadas y mitines o epistolar mediante periódicos adictos; se proponían establecer redes, que pelearan palmo a palmo con el elicentrismo patronal, hasta que las producciones del movimiento forzaran un cambio definitivo de su visión de mundo en los ámbitos proletarios.

Tanto el establecimiento de instancias societarias, de medios de divulgación y de centros de creación obedecieron a este plan de copar los espacios culturales desde los cuales el éliticentrismo capitalista hacía prevalecer su imagen de mundo y las definiciones a través de las cuales se ejercía el control de las representaciones simbólicas. La propuesta radical del anarquismo se diferencia de otras manifestaciones opositoras ¬-como el comunismo o el socialismo¬- en la implantación de un ideario que niega rotundamente las formas despóticas de autoridad, otorgando importancia a la acción comunitaria y los valores humanos a través de la realización personal. Queda establecida dicha diferencia a partir de dos características fundamentales que van a articular el universo estético de la obra anarcosindicalista; por un lado, la visión polarizada de la realidad, y por otro, la negación de toda autoridad, que no sólo encarna la represión, sino también el mal en el mundo. Esta visión social esquemática remite a un orden que podemos rescatar como antecedente de resistencia para posteriores orientaciones políticas y culturales, pues la instalación del anarquismo supone determinados medios de producción y comunicación: imprentas, diarios, librerías, talleres gráficos, agrupaciones comunitarias, que funcionarán como precedente de acción y reflexión cultural. Pero no sólo utilizaron estas estrategias. Se valieron de las armas del adversario para que su mensaje obtuviera dimensiones nacionales. Para ello recurrieron al solitario militante o a las parejas, que recorrían los inmensos y despoblados territorios siguiendo las vías férreas que los ingleses diseñaron para la extracción de los bienes primarios. Los acólitos, tema de diferentes trabajos que he encarado, tuvieron un papel fundamental, ya que llevaron el ideal a parajes en los que la sindicalización era escasa. Los aparatos alternativos implementados por el anarquismo entraban a disputar palmo a palmo los reductos manejados por el pensamiento hegemónico con la finalidad de desplazar el sistema de creencias operante. La literatura libertaria, y la dramaturgia en particular, se ordenarán a estos propósitos emancipadores, desarrollando una acción verbal destinada a convencer y a persuadir a un sector mayoritario de la sociedad sobre las posibilidades ciertas de tensionar los códigos culturales privilegiados para conseguir una apertura hacia nuevos niveles de realidad, alternativos de los reinantes.

Dijimos que los militantes trashumantes cumplieron un rol importantísimo en la difusión de las ideas anarquistas, recorriendo extensas porciones del territorio nacional y entrando en contacto con obreros y trabajadores rurales que desconocían los rudimentos sobre los que se sustenta la vida sindical. Y los crotos libertarios se destacan, especialmente desde los años treinta, cuando el movimiento había sufrido una pérdida notable de militantes por las represiones padecidas y la aparición de otras ofertas políticas más moderadas. Nacidos como extensiones de las vías, su actividad no se limitó a la simple propaganda, ya que algunos descollaron como músicos, artistas y titiriteros itinerantes y otros sembraron la semilla de bibliotecas que aún perduran en pueblos que los han olvidado. Uno de estos tozudos del riel fue Antonio Ligurio, un italiano linotipista, que tomó las viadas en la segunda mitad de los años veinte. Nos cuenta: “Luego de participar en diversas acciones directas y fundar círculos en el Gran Buenos Aires, decidí que el camino a seguir era otro. Los jóvenes no se acercaban tan asiduamente a las actividades culturales que proponíamos y la represión policial había mermado el clima de esperanza que siempre nos había caracterizado. Un genovés, que se había convertido en croto unos años antes, me convenció de que este sendero era el más apropiado para continuar la lucha. Así que me lancé a una vida sin tierra firme, marcada por los trenes y con los vagones y estaciones como hogar efímero. De esta forma, crucé de norte a sur y de este a oeste la zona pampeana con mi mono lleno de libelos, periódicos y libros. Aprendí el arte de narrar y lo hacía en los playones de las estaciones de mayor porte, contando historias de libertad, solidaridad y confianza en el ser humano que recopilaba o escribía.” (2)

Alfonso Nuñez, un español maestro racionalista, también eligió la vida libre del croto. De su entusiasmo y dura labor docente, surgieron al menos cuatro bibliotecas en el cercano litoral santafesino. Dice, con una energía que sorprende a sus noventa y cinco años: “Ser croto me emparentó con el humilde que se acurruca en los pisos de los vagones abrazado a su arpillera como único abrigo. Con ellos aprendí la destreza de convertir una lata descartada en tenedores y ollitas. Cuando lo deseaba me apeaba del tren y trabajaba en una chacra, usando el dinero del jornal para reponer las raciones de comida y comprar algún libro en los pueblos más grandes. La libertad que pregonábamos en las trincheras de las huelgas urbanas, la viví en esas noches estrelladas, frías, donde la compañía se limitaba a un perro. También aprendí de la generosidad de un plato divido entre seis y de la carrera a campo traviesa con el producto expropiado de huevos o pollos.” (3)
 
Los crotos generaron un argot particular, que fue enriqueciéndose con los años y regionalismos incorporados. Y este idiolecto careció de ideologías. Debemos apartarnos de la visión nostálgica que cristaliza al croto, y particularmente al ácrata, como a un héroe romántico, sin profundidad en su análisis. Esta epidérmica posición es funcional a los sectores conservadores que han invisibilizado la tarea del movimiento anarquista y sus ideales más puros, así como su propuesta cultural y artística, sesgada por la historiografía oficial. La actividad de los crotos libertarios se fue diluyendo cualitativa y cuantitativamente desde fines de 1930. Si bien la concepción de libertad experimentada por los trabajadores golondrinas siguió a lo largo de por lo menos dos décadas relacionándola con el ideario ácrata, esta percepción es errónea. Se han hallado testimonios orales y documentos que muestran cierta hibridación de los antiguos principios libertarios con concepciones propios o con ideas provenientes de nuevos emergentes sociales y políticos de nuestra historia. Uno de los desafíos de la investigación que me he propuesto es armar con el material recogido, basado en miles de testimonios orales y escritos, un pequeño glosario croto-libertario y un registro de las piezas teatrales, cuentos y material pedagógico que utilizaron. Hemos consultado la tarea de otros investigadores para hacer más completo este marco.

Como muy breve muestra presento el siguiente material:

Glosario croto

Bagayera. Bolsa pequeña en la que se lleva el bandolión, algún plato, cuchara, jarro, yerba y comestibles mínimos.
Bandolión. Lata de aceite, cuadrada, de 5 o 10 litros, que se corta de lado y sirve para cocinar.
Bullone fato. Asunto terminado.
Catango. Empleado de estación ferroviaria. Gusano que vive debajo de la bosta.
Cerdo. Chacarero rico.
Changa solidaria. Donación de uno o dos días de trabajo de los ocupados en cosechas u otras actividades, a los recién llegados que carecen de posibilidades de colocación. Una versión reducida fue "el barato": la donación de una o dos horas de trabajo.
Chapón. Pederasta.
Croto. Linyera, caminante, hombre que va andando.
Culo largo. Puestero de estancia o peón mensual de a caballo.
Curva. Gallina.
Dar el te. Dar una paliza; dar un castigo que puede terminar en la muerte.
Engrasar los rieles. Morir bajo las ruedas del tren. También: "Engrasar las vías".
Hacer la Católica. Pedir de puerta en puerta. También: "Batir la Católica" o "Isabel la Católica".
Hacer una farmacia. Robar en una cocina. Hacer galopiar la pera. Comer demasiado rápido.
Hacer mate italiano. Calentarse el trasero cerca del fuego.
Juan Figura. Vigilante, policía.
Las Tres Marías. Pan, carne y yerba.
Maranfio. Puchero, cocido.
Mono. Atado de ropa que se arma descosiendo las costuras de una bolsa de trigo o con un trozo de lienzo. Se coloca la ropa en diagonal (para que no se arrugue); se atan las puntas del cuadrado que quedan en la diagonal opuesta a la ropa y luego las dos puntas restantes. Y se cuelga al hombro.
Pasado de mono. Loco, chiflado.
Pedernera. Borracho.
Pique. Trabajo.
Porcacha. Mujer joven de las chacras.
Porcachona. La esposa del chacarero.
Ranchada. Lugar donde se pernocta al raso; por extensión, todo lugar en donde se acampe alrededor de un fogón.
Tartago. Mate. "Vamos a tomar unos tartagos." También "verdes".
Trabajar el cerdo. Robarle a un chacarero rico.
Viada. Lapso que transcurre en la vida de un croto; la vida en las vías.

En cuanto a monólogos y dramas breves, muchos crotos llevaban textos de un anarquista titiritero trashumante llamado Sansiez, que con diversos nombres se repitió en la zona dominada por La Forestal. Decía un fragmento: “Sinomiento: He recorrido muchos kilómetros y visto los horrores que sufre nuestro pueblo. Y estos horrores provocados por los patrones y sus lacayos no cesarán hasta que el pobre reconozca su derecho a vivir dignamente. La ignorancia es el mal que atraviesa nuestra tierra y se abate sobre el obrero con la contundencia de un golpe de machete. Si no sabe siquiera leer y escribir nunca podrá defenderse apropiadamente, seguirá siendo cordero de sacrificio para los opresores. Los libros son los mejores amigos del proletario, los verdaderos maestros de la libertad. Pero no alcanza con cualquier libro o con escuelas que el mismo dueño construye. Porque inevitablemente pasarán de una esclavitud a otra, en la que instrucción para la obediencia se convertirá en rectora. Compañeros, nunca les mentí porque la mentira es aliada de la ignorancia, es mancha en la honra de los hombres, y no hago hoy. Entiendan que ha llegado la era de los cambios reales y estos cambios deben estar en sus manos. Pero no es posible que una revolución se construya en la intuición, debe ser cimentada en el conocimiento. Ustedes deben lanzarse a la aventura de ese verdadero conocimiento; súmense a los talleres escuelas, busquen lecturas apropiadas, no acepten verdades consagradas que no pueden explicarse por el proceso de la razón. La humanidad no requiere de más cadenas, pide a gritos martillos que las destruyan. El doctor Sinomiento estará a su lado, no como conductor, sino como compañero de esta lucha contra la oscuridad de la ignorancia.” (4)
Pero sus interminables esfuerzos, más allá de persecuciones y asesinatos, aún registran productos culturales en muchos parajes del país.
El ejercicio de la memoria para no negarlos una vez más es mi compromiso.
 

1. Informe Oficial de la Comisión Científica agregada al Estado Mayor de la Expedición al Río Negro, realizada en los meses de abril, mayo y junio de 1879, Buenos Aires, 1881.
2. Entrevista a Antonio Ligurio, Buenos Aires, 1984
3. Entrevista a Antonio Núñez, San Lorenzo, 1987.

4. Manuscrito perteneciente al señor Sansiez, inédito

 


 

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