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290907 - “Nuestros hijos o Los
enemigos”
El movimiento ácrata en la Argentina tuvo una relación pendular
con los intelectuales. Su posición nunca fue unánime y fomentó
discusiones de alto vuelo en las sesiones de diferentes
congresos y encuentros en Ateneos culturales a partir de 1910.
En trabajos anteriores comencé a desarrollar esta singular
situación en el campo libertario y es objetivo de este ensayo
profundizar mi investigación al respecto.
A raíz de la normatización de las bibliotecas en los centros y
escuelas racionalistas se sucedieron duros debates sobre el
tenor de los textos a ser elegidos para poblar sus estantes. El
punto de disputa estaba centrado en la pureza doctrinaria de los
autores y en especial en el compromiso que éstos habían
demostrado en su vida pública.
Al inaugurarse en Rosario una serie de centros y círculos con
motivo de las huelgas portuarias en la primera mitad de la
década del veinte somos testigos de un enfrentamiento entre los
sectores afines a las posiciones teóricas de Kropotkin y los que
respondían a los editoriales conciliadores del órgano porteño La
Protesta. El 1 de mayo de 1922 luego de los discursos de rigor y
al ser representada por cuadros filo dramáticos locales la obra
Germinal de
Zola la reacción del sector purista no se hizo esperar. Los
chiflidos, primero tibios y luego estruendosos, motivaron la
suspensión del segundo espectáculo, una serie de escenas sueltas
de piezas de Florencio Sánchez. Pedro Berilos, líder panadero
decidió convocar a los diferentes grupos para el día siguiente
en la sede del sindicato portuario para acercar posiciones.
Comenzó el encuentro con las palabras del propio Berilos que
hizo una reseña de la actividad del sector ácrata en el país y
la importancia de las instituciones educativas por él creadas.
“Pero a pesar de tan graves defectos fue considerable la labor
desarrollada por el anarcosindicalismo para despertar a grandes
masas de productores de la indiferencia o del embrutecimiento
vulgar y del mundillo político caciquil. El movimiento
anarcosindicalista ha hecho surgir del vivir cotidiano a una
nueva clase beligerante. La arrancó de los antros del vicio, de
la superstición religiosa, así como de la demagogia política.
Esta innegable evolución intelectual (es proverbial la
inclinación del anarquismo militante por las bibliotecas, las
publicaciones, las escuelas y los ateneos) es la propia obra de
la organización obrera. No se la debe a las elites intelectuales
que limitaron su revolución en la cátedra y en la literatura. Se
puede decir de estas elites lo que dijo Osorio Gallardo de los
reformadores políticos “que se movieron siempre dentro del
ámbito de los problemas políticos y apenas si alcanzaron a
presentir los sociales”.
El movimiento pedagógico popular de Ferrer y Guarda, que fue
inseparable de la empresa creadora ácrata, fue denostado por los
faros de la intelectualidad como Miguel Unamuno. Otros hicieron
peor, explotando para fines electorales el trágico fin del
fundador de la Escuela Moderna.
Resolver cuestión de tanta trascendencia, como es la de la
enseñanza, es en extremo difícil y a la vez urgente el hacerlo,
por basarse toda la labor sindicalista encaminada a la
emancipación económica y social en la conciencia de los
individuos, en la convicción despertada por la divulgación
científica y de las cuestiones sociales.
Considerando que el individuo no sólo tiene el deber sino el
derecho de adquirir cultura, entendemos que la creación de
escuelas ha de ser a base de gratuitas. Lo entendemos así,
además, por interés a nuestra obra, porque así tendríamos un
medio de evitar, o por lo menos contrarrestar las influencias
perniciosas de las escuelas del Estado y escuelas católicas.
A pesar de reconocer que la graduación de la enseñanza es la
forma más aceptable pedagógicamente, nosotros hemos de aceptar
la creación de escuelas unitarias por imposibilidad económica de
implantar las primeras.
Creemos que a manera de ensayo pueden crearse en la capital de
la provincia cinco escuelas unitarias, más una graduada con un
Ateneo de Cultura.
Preconizamos, como medios esenciales de nuestro mejoramiento y
nuestra emancipación, la instrucción y la cultura de los
trabajadores, la enseñanza racional y científica moderna para
nuestros hijos, obligatoria y a la vez indemnizada, en las
familias obreras necesitadas, como única solución al problema de
la exclusión del trabajo de la infancia o menores de edad.
Por otra parte los anarcosindicalistas mantienen por toda la
geografía del país escuelas racionalistas y Ateneos, costeados
por las cotizaciones de los adherentes. En muchas barriadas, y a
veces en las aristocráticas, de las principales ciudades,
existen y han existido Ateneos libertarios donde, fuera del
fragor de las luchas, son abordados los problemas constructivos
con espíritu de verdadera superación individual y colectiva.
Ningún otro movimiento dispuso o dispone, de tantos órganos de
propaganda y expresión, de tantas editoriales populares. Los
libros, folletos, revistas, periódicos, editados por los
libertarios, hasta el último día de su vida pública, forman
legión, y su solo recuento exigiría nutrido catálogo.
El anarcosindicalismo conservará hasta su fin su constitutivo
carácter ascético. En los medios propios se hace propaganda
contra el alcohol, el café, el tabaco, el juego, los prostíbulos
y el baile, que era señalado a los jóvenes como la antesala de
la prostitución misma. Se divulga el amor libre, hablándose de
entender por esto, no la indiscriminada promiscuidad amorosa,
como a veces se ha afirmado indocumentadamente, sino la
relación, del hombre y la mujer, al margen de todo vínculo, ya
oficial, ya religioso.
Confirma Juan Maestre Alfonso al respecto: “Se hacían campañas a
favor de la abstención del juego, del alcohol, del café y del
tabaco. En muchas revueltas en que se proclamó el comunismo
libertario las primeras medidas que se tomaban fueron la
inmediata prohibición de todo esto. Se inculcaba el respeto a la
mujer y a todo ser viviente. Se fomentó el vegetarianismo,
creándose muchas sociedades de partidarios de esta modalidad
dietética”.
Y he conocido campesinos y obreros que se privaban de tabaco,
placer excepcional para cotizar cada mes dos pesos, a fin de
sostener y mantener la escuela. El maestro iba, al mismo tiempo,
formándose y adquiría una cultura que más tarde serviría al
militante.
Quiero también recordar el trabajo de los narradores y
titiriteros que llevan a través de las viadas las palabras de la
causa. Y en particular mi profundo respeto por la hercúlea
misión didáctica de los cuadros filo dramáticos que siguen
surgiendo a lo largo y ancho del país. Con su compromiso
constante las ideas nobles del anarcosindicalismo llegan más
claras, sin confusiones, con la pasión del que no representa
sino vive las obras en las improvisadas tablas. Decenas de
bibliotecas en localidades de desigual importancia numérica
atestiguan una titánica y desigual labor contra las fuerzas de
la ignorancia y la reacción. Y deseo para cerrar mi introducción
que reflexionemos antes de agraviarnos porque el enemigo está
agazapado esperando nuestra defección. Antes de abrir el debate
quisiera agradecer la donación de miles de libros de nuestros
compañeros españoles y franceses. Excelentes textos de Balzac,
Zola,
Ibsen, Strindberg y Bernard Shaw, entre otros, que
enriquecerán el patrimonio cultural del movimiento”.
Al dejar abierta la discusión participó en primer lugar el ruso
Andreev Kirsky, un notable maestro seguidor de las ideas de
Malato, aunque un purista extremo. Su labor fue reconocida en
nuestro país donde fundó numerosos centros y escuelas
racionalistas y también en Chile y Uruguay. Enfrentado al ala
conciliadora del movimiento había verbalizado su renuncia en el
encuentro en el círculo “Luchadores del ideal” que reseñé en
investigaciones previas. Comenzó su arenga con tono seguro
hablando de sus experiencias en la escuela racionalista de Luján
para continuar diciendo:
“Como obrero, agradezco al ciudadano
Carlos Marx de no haber aceptado la delegación que se le
ofrecía. Haciendo esto, el ciudadano Marx ha demostrado que los
congresos obreros sólo deben estar compuestos de obreros
manuales. Si admitimos aquí a hombres pertenecientes a otras
clases, no faltará quien diga que el congreso no representa las
aspiraciones de las clases obreras, que no está integrado por
trabajadores; y creo que es útil demostrar al mundo que estamos
suficientemente avanzados para poder obrar por nuestros propios
medios.
Decidióme (sic) a esta resolución (retirarse del movimiento) el
no tener callos en las manos, que para algunos alucinados
abnegados debe ser el sello de garantía en las filas
internacionales, llévense los años que se lleven de constante y
entregada labor. No podía resignarme a levantar suspicacias que
podían redundar en daño y entorpecimiento de la buena acción.
De los intelectuales, de las minorías selectas poco se puede
esperar; tan sólo la traición. Sus cuellos almidonados no les
permiten ver con claridad el sufrimiento del compañero. Sus
hábitos burgueses les impiden abandonarlo todo y entregarse a la
lucha. Son mero figurones que cargados de culpas creen que con
una novela o una obra de teatro salvan la causa obrera. Ayer
vimos una pieza del autor de Yo acuso. ¡Cuánto compromiso!
Díganme donde estaba el señor Zola mientras miles de compañeros
eran masacrados en guerras coloniales. Y quieren que nuestros
obreros aprendan de estas catarsis llevadas al papel cuando la
representan los cuadros filo dramáticos. No se engañen, yo he
trabajado con ahínco con los jóvenes creando reales instrumentos
de crítica para el entendimiento no de las masas sino del
individuo en el colectivo. Y tampoco me ofrezcan a los autores
vernáculos. Otro grupúsculo de vendedores de humo que se acercan
por moda y huyen despavoridos ante la lucha a poner sus obritas
en los teatros capitalistas, donde las gordas burguesas lloran
por el niño huérfano. No pueden ni quieren ocuparse de iluminar
la liberación del oprimido porque ellos mismos se atan a sus
comodidades y privilegios. El obrero no debe esperar un acto
volitivo de estos intelectuales porque sus conveniencias en un
punto chocarán con este mandato moral superior. El trabajador
tiene la obligación de instrumentar por sí mismo los mecanismos
que le permitan la crítica de la sociedad que lo explota y
descubrir los caminos hacia la revolución.
Desde luego, se echa de ver que nadie puede tener interés en la
emancipación de los trabajadores fuera de estos mismos, por
cuanto esa emancipación es de carácter económico y conseguida la
cual caen forzosa e inevitablemente todos los privilegios, todas
las ventajas de que en el actual régimen social disfrutan
cuantos no son obreros.
El dogma de que la revolución tiene que ser dirigida por
intelectuales profesionales constituye no sólo una afrenta
contra la dignidad del proletariado, sino también una
falsificación de la historia. Sí es cierto que los intelectuales
han aprendido mucho más de los obreros. No es la praxis obrera
que nace de las teorías de los intelectuales, sino a la inversa,
son las teorías de los intelectuales que nacen de la praxis
obrera. Cuando la teoría, como ocurre hoy, se aleja e
independiza de la praxis obrera formando un cuerpo extraño y
artificial –es decir, intelectualista- los trabajadores se
vuelven de espaldas a ella”.
José Orengo, español director de varias publicaciones ácratas
del litoral y amigo de Arango de La Protesta de Buenos Aires,
terció: “Yo provengo de un movimiento libertario que aceptó a
los que luchaban contra la reacción, sin requerirles un test de
pureza. Y a pesar de que en nuestras filas no abundaron los
hombres de letras y ciencias debido a múltiples causas desde las
geográficas hasta las de la historia del propio cuerpo social
sabíamos hacerle un lugar. Desde Mateo Morval hasta Miguel de
Unamuno con sus contradicciones. Y me enorgullezco de fundar
varios círculos con bibliotecas que poseen los textos de autores
que mi compañero recién acaba de denostar. Cómo no apreciar el
llamado al combate en Hauptmann o en Sánchez. Y quiero rescatar
el nombre de Zola. La crítica burguesa destrozó los estrenos de
“Los cuervos” y de “La parisina” de Henri Becque, sólo por
aventurarse a un compromiso social siguiendo a su maestro, el
autor de “La taberna”. He ayudado en varias representaciones de
cuadros filo dramáticos de estos autores y la emoción con
espíritu crítico colmó el corazón del obrero”. Pero su
coterráneo Enrique López Obrador señaló a los gritos con el puño
en alto: “Cuántas particularidades tiene mi movimiento en
España. El compañero parece desconocer la soledad yerma de los
fusilados de Barcelona o los ahorcados en Sevilla, todos dejados
de lado por sus “amigos” intelectuales filo anarquistas. Otra de
las peculiaridades del anarquismo español es su actitud ante el
problema cultural. Nunca militaron en sus filas hombres del
relieve intelectual de un
Tolstoi o un
Bakunin;
jamás contó en su estado mayor con el núcleo de profesores y
literatos que enaltece al partido socialista; la composición de
la conducción de la fuerza ácrata es netamente obrero. Tal vez
estos hechos, el recuerdo de algunas frases de
Bakunin
y la influencia del sindicalismo francés hayan engendrado la
corriente anti-intelectualista que a veces se nota en él, no más
intensa ciertamente que la de otros sectores proletarios”.
Juan Jiménez, líder portuario conciliador siguió en medio de un
estruendoso coro de insultos: “El pensamiento anarquista,
antielitista y antiintelectual, tuvo otra consecuencia funesta,
pues no pudo crear el medio viable que proveyera la seguridad a
su sociedad durante el período revolucionario de transición del
capitalismo a la utopía anarquista. Aunque es cierto que las
comunas tempranas y los posteriores sindicatos urbanos son y han
sido históricamente para los anarquistas las bases de esa
transición, no se logró elaborar en Europa ni en Argentina una
tesis durable sobre la forma en que el sindicato y la comuna
sobrevivieran el crítico período de violencia inherente a una
revolución.
Se confiaba en la milicia obrera y en las unidades de defensa
aldeana, pero ambas demostraron en repetidas ocasiones su
incapacidad para conducir una compaña contra ejércitos
disciplinados o policías de represión.
Se oye hablar de la clase de los tecnócratas de alto nivel, de
los que ponen sus conocimientos altamente especializados al
servicio del partido único o del trust industrial, de los que se
sirven de estos conocimientos para disponer, fríamente y
anónimamente de la vida de toda la sociedad.
Se trata de la llamada “clase meritocrática” que, caso de que no
suceda bien pronto una revolución con fuertes dosis anarquistas
hará cada vez más pronunciada la división de la sociedad y, de
la otra parte, los trabajadores intelectuales que aumentarán
cada vez más su especialización técnica y científica que pondrán
al servicio de ellos mismos.
Todas las sociedades autoritarias, no importa el régimen en el
que se basan, necesitan, para sobrevivir, una gran cantidad de
técnicos meritocráticos. Pero el advenimiento de la meritocracia
comporta, por otra parte, un proceso de deterioro moral y físico
que es causado por el marginamiento de una gran parte de la
población dedicada solamente a los trabajos manuales y ello se
proyecta en forma irreversible y peligrosa para toda la
humanidad”.
Giusseppe Mori, delegado del ferrocarril y miembro de la FORA
local analiza: “Es cierto el problema que describe mi amigo pero
creo que si continúa hablando terminaré escuchando una obra de
Chejov y lloraré con sus personajes burgueses. La situación es
peligrosa pero no podemos esconderlo, ésta no es la realidad que
observamos todos los días. En una sociedad forcejeada por un
parto tan difícil, en una estructura económica que no logra
superar las antinomias de un capitalismo avanzado basado en un
consumo siempre mayor de los bienes producidos en una tradición
política de izquierda, donde finalmente se da cuenta de los
partidos revisionistas; el intelectual considera que debe
conservar todavía, su pequeño y miserable privilegio.
No deseo limitar mi crítica a los Palacio o a los doctorcitos
que llenan las universidades burguesas formando líderes de la
opresión, siempre escondidos en sus trajes tan limpios y sus
inmaculadas camisas. Ni quiero siquiera reparar en los supuestos
héroes de la reforma cordobesa que sólo pasearon su porte de
dandis protestones. Querían reemplazar el minué por el fox trot,
en ello consistió su fiero accionar. Tampoco perder el tiempo
con los autotitulados intelectuales de izquierda o más aún los
que resisten el mote de filo anarquistas. Alguno de ustedes
puede aclararme qué significa este apodo porque yo lo desconozco
salvo que sea sinónimo de prestidigitadores de las palabras. No
he visto a Sánchez en las revueltas de 1905 ni a González
Castillo enfrentando a la policía cosaca en 1909. Tal vez
estaban disfrazados y no los reconocí. Tampoco he oído del
martirio de Antoine y sus escritores mimados. Creo que un
Rostand con algo de pimienta está a la altura de un Zola en
combatividad; por lo menos en Cyrano hay luchas de capa y
espada.
Dejo entonces a esos indignos pensadores de pacotilla hablan
bien y hacen poco.
Y al decir esto no es posible olvidar que los obreros llamados
intelectuales sufren en su mayoría penurias parecidas a las de
los manuales, pero como entre ellos se reclutan los políticos,
los vividores de toda especie, escalando no pocos de los puestos
de privilegio, en general no tienden a la destrucción del
régimen y antes bien lo consolidan y aún procuran servirse de
los manuales para esos encumbramientos que les hacen placentera
y grata la vida.
No hay relación entre los intelectuales y las masas populares,
suscitando una fenomenología de distanciamiento y de falta de
sincronización de indudables repercusiones en la dinámica social
contemporánea. El divorcio entre intelectuales y masas
proletarias afectará muy pronto la orientación misma del
movimiento obrero, creando unas prevenciones anti-intelectuales
en buena parte de sus dirigentes, especialmente en el sector
mayoritario no marxista. Estas prevenciones, sin embargo, no
pueden valorarse debidamente sin tener en cuenta la escasa
“disponibilidad” de los intelectuales para encajar en las
perspectivas de base de los militantes de la clase obrera”.
A la hora de la verdad el condicionamiento burgués frenaría la
adhesión intelectual, incluso en el mero terreno de los
planteamientos teóricos”.
Como llegaba la noche y la seguridad no estaba garantizada se
pasó a un cuarto intermedio hasta el día siguiente. Para
aumentar aún más la presión en el círculo acuerdista “Dignidad”
un elenco filodramático que había llegado recientemente de
Montevideo interpretó “El jardín de los cerezos” de Chejov y un
payador oriental ácrata de nombre Ruiz entonó rimas hasta el
amanecer.
En la mañana las distintas facciones se acercaron al local
sindical que sin dudas quedaría pequeño para tal debate. Luego
de la presentación de rigor Emilio Martínez, maestro de la
escuela racionalista de Berisso inició su discurso:”De la misma
forma, los intelectuales que se consideran los legítimos
dirigentes del mañana, afirman su superioridad espiritual.
Forman una clase que aumenta rápidamente, funcionarios y
trabajadores independientes formados en las universidades,
especializados en los trabajos de la mente, en el estudio de los
libros, en las ciencias, y se creen provistos de más
inteligencia que los demás. También están destinados a dirigir
la producción mientras que la masa poco dotada está destinada a
ejecutar el trabajo manual, para el que no es necesaria la
inteligencia. No son los defensores del capital, no es el
capital, sino la inteligencia quien debe dirigir el trabajo.
Tanto más cuanto que la sociedad actual es una estructura muy
complicada, basada en ciencias abstractas y difíciles, de tal
suerte que sólo una elevada inteligencia puede poseer una visión
de conjunto de la sociedad , comprenderla y dirigirla. Si las
masas trabajadoras, por falta de perspicacia, dejan de reconocer
la necesidad de esta autoridad de la inteligencia superior e
intentan estúpidamente jugar un papel dirigente, el caos y la
ruina sobrevendrán inevitablemente.
Tampoco queremos excluir, al contrario, pedimos su concurso a
los obreros llamados de profesiones intelectuales, que, como
nosotros también son explotados y cohibidos por el capital.
Por lo tanto, aceptamos a los intelectuales con placer y sin
suspicacias cuando éstos se funden con la clase trabajadora,
cuando se mezclan con el pueblo sin pretensiones de mando, no
con el aire soberbio de quien se rebaja y se digna, sino con el
alma abierta de quien está entre sus hermanos para pagarles la
deuda que ha contraído instruyéndose y cultivándose, como es el
caso general, con medios sustraídos a la educación de los hijos
de aquellos que produjeron esos medios con el trabajo de sus
brazos”.
Enrico Mucci de la delegación local de cocheros le respondió:”Ya
tuvieron muchas chances de incorporarse. En Rosario hemos
invitado en varias ocasiones a escritores y dramaturgos pero su
relación fue, en el mejor de los casos, intermitente y de corta
duración en el tiempo.
Más tarde se trató en la FORA de organizar los sindicatos de
Profesiones Liberales e intelectuales y con ello quedaron
abiertas las puertas a la materia gris. De todos modos esos
hombres vieron difícil su acomodo en esta institución a causa de
su propia mentalidad especial como por el recelo de los demás.
Los que se aproximaban con la premeditación de encontrar en ella
una granjería comprendieron pronto que a causa del ambiente
crítico dominante y el poco espíritu mesiánico de la FORA no era
lo que andaban buscando.
Por lo que respecta a los técnicos altamente calificados su
retraimiento obedecía a otras causas que las meramente
especulativas. Una organización en lucha constante sólo podía
ofrecerles el galardón de la cárcel o el tributo de la sangre.
De ahí que los trabajadores de cuello blanco se recluyeron en
sus plácidos reductos “autónomos”.
Quedó, por tanto, reducida a sus propias elites. A aquellos
intelectuales que se habían formado en su seno a base de una
voluntad de hierro, alternando las peripecias de la lucha con
furtivas lecturas. Estos héroes autodidactas dirigían y
redactaban periódicos y revistas, hacían pininos en el libro, la
novela, la poesía y en la escuela”.
Como no se lograba ningún punto mínimo de consenso las sesiones
se suspendieron definitivamente y los dos sectores en pugna
abandonaron el local con gesto triunfal pero sin logros
concretos.
Pero esa tarde ambos grupos decidieron recordar la huelga de
inquilinos de 1905 y se reunieron en diferentes reductos.
Los acuerdistas lo hicieron en el sindicato gráfico y luego de
la internacional se repitió una obra de Chejov, en este caso
“Tres hermanas”.
La facción purista se encontraron en el sindicato portuario y en
el círculo ácrata “Dignidad negra” donde la escuela racionalista
de Luján, a través de su cuadro filo dramático, deleitó al
público con la obra de autor anónimo “La verdad sin discusión”.
Más allá del arduo debate queda nuevamente claro que los
libertarios desplegaron un fuerte sentido de lo comunitario que
conjugó la lucha económica con una decidida militancia de
integración cultural alternativa a la del Estado. Integración
desigual, discontinúa, muchas veces efímera, contradictoria en
sus apropiaciones, pero cohesionada frente a la percepción de la
dominación. El énfasis revolucionario, las formulaciones
intransigentes de su discurso y su auto consideración como la
encarnación misma de la revolución social configuraban la
pretensión del anarquismo de constituirse como alteridad total
del orden existente a la vez que explica el gesto revolucionario
del que eran imbuidas cada una de sus intervenciones Todo en el
marco de una tradición de fe en la ciencia y el progreso propia
del clima de la época. El cambio propuesto por el anarquismo
supone, sobre todo, un salto cualitativo cultural, “una mutación
cultural” hecha de cambios éticos estructurales y de
comportamiento, de transformaciones individuales y colectivas.
Desde esta matriz es posible explicar de qué forma el anarquismo
logró construir nuevas formas de sociabilidad e interpelación a
partir de la construcción de una cultura alternativa (finita
pero significativa), de rasgos singulares (aunque nos siempre
originales), que permitió estructurar realidades diversas en
torno a un cuerpo ideológico, pero también de sentimientos,
valores y expectativas, sino homogéneos al menos
fragmentariamente compartidos y discutidos.
La anarquía sin adjetivos busca mantener el debate, la discusión
esencial para no caer en la rigidez del dogma. Ya que no se
pueden prever los desenvolvimientos económicos, los cuales
pueden variar de acuerdo a las características particulares de
cada región, la organización económica debe ser determinada de
acuerdo a los análisis de las condiciones locales y al igual que
el anarquismo debe estar en constante autocrítica y evolución. Y
citando a Malatesta “...el espíritu libertario no puede permitir
al presente poner la mano sobre el porvenir...”;”...el porvenir
debe permanecer sin adjetivos, como la vida misma”.
La disputa nunca se zanjó pero la producción de ambos sectores
fue destacada y tuvo su última manifestación en 1927 en
oportunidad de la lucha internacional encarada por el movimiento
libertario ante el juicio a
Sacco y Vanzetti.
En esa ocasión un centro en Barracas puso a través de un cuadro
filo dramático “Los enemigos” de Gorki, un autor odiado hasta
entonces por su vinculación con la revolución soviética. Con sus
contradicciones a flor de piel pero con su capacidad de creación
intacta el anarcosindicalismo expresó una de las páginas más
destacadas de la vida cultural y política en las primeras
décadas del siglo XX.
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Revistas y periódicos
Protesta La , colección completa
Cultura obrera, colección completa
Solidaridad obrera, colección completa
Hombre Nuevo (Segunda época) N° 55 y 56, Rosario enero-diciembre
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