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260208 - Tuve el
gusto de sintonizar por TV un excelente programa científico de
origen franco-canadiense titulado: “Einstein y las estrellas”.
Allí se desarrollan diversos temas impulsados por
investigadores, que partiendo de una positiva combinación de
imaginación, intuición, dedicación y conocimientos habían
logrado estos fantásticos avances científicos de los cuales hoy
disfrutamos en todos lo aspectos, pero principalmente el de la
física. Explicaron las dificultades que presentaba la
investigación cuántica y se afirmaba que cuando un estudioso
creía y decía “ahora comprendo” descubría, que al aplicar los
conocimientos adquiridos, no comprendía nada; casi casi debía
empezar a aprender de nuevo. Pero entre tantas consideraciones
reflexivas referentes a las ciencias, el pensamiento de los
científicos y la relación ciencia-religión, había un pensamiento
de una física francesa que quedó bogando llamativamente. Decía:
“Tal vez la ciencia nunca logre demostrar que uno+uno= dos”.
Quedé sorprendido, perplejo al constatar que en el mundo había
una mente esclarecida con la cual compartir mis propias dudas
referentes a lo que era una verdad matemática irrefutable y
absoluta para el hombre común, que así lo aprende en la escuela.
¿Qué
pensaría el Dr. Leoni si viviera? Hubiera dicho: “Verdadero o falso,
gracias al orden que impone el código del ‘uno+uno= dos’, etc., gozamos
de todos los avances científicos logrados hasta hoy en todos los campos
y podemos mantener una civilizada relación económica y laboral humana”.
La
problemática que se manifiesta en la investigación cuántica que se
desarrolla en el microcosmos-átomos, sus componentes, rayos de diversas
especies, etc.- es como una luz roja de alerta en el campo de la
racionalidad.
Algún error
conceptual debemos cometer que sea generador de la mencionada
problemática, a pesar de haber desarrollado espectaculares aparatos que
permiten ver pequeñeces invisibles para el ojo humano. No nos debemos
olvidar que un científico es primeramente un hombre corriente que con
posterioridad se hace científico gracias a sus inquietudes y aptitudes
personales. Pero al ser científico no se despoja de todo un legado
conceptual, que educación y los padres mediante, se arrastra desde que
nacemos hasta nuestra muerte.
Desde el
comienzo el hombre es divisionista; observa y analiza todo por
separado, siempre. Aprendemos que uno+uno= dos+uno= tres, y
tres+uno= cuatro, etc., hasta el infinito. Aquí hablamos de unidades
matemáticas, que si bien forman una escala, son independientes entre sí.
El sistema de la constante metamorfosis del Uno parte de la
consideración “que no es muy importante saber si uno es o no uno”. En el
caso citado, evidentemente “uno no es uno”.
Este código
inventado por el hombre, defectuoso por carecer de equivalencia
filosófica y universalidad, ha logrado que el hombre pueda vivir la
“mitad de su día” en paz y orden, ya que al aceptar dicho código sin
cuestionamientos, gozamos del orden económico, laboral y de comprensión
en el campo de la numeroimportancia y dependencia. El día que podamos
esclarecer que “Uno Es Uno” de verdad, desaparecerá el actual
sistema, precisamente por no ser universal. Una concepción errónea a
pesar de su difusión de polo a polo no es universal; una universalidad
puede ser reconocida por una sola persona, pero si la quiere cuestionar
o destruir descubrirá que ello resulta imposible; por ello lo universal
es incólume, firme…eterno.
El segundo
error divisionista que comete la humanidad es que nunca aplica los
conocimientos importantes adquiridos en la escuela.
¿Entonces
para qué vamos? Aprendimos que si quiero operar con fracciones debo
hallar previamente un común denominador. El hombre trata y quiere
comprender, pero ignora que “uno y otro conocimiento son fracciones
de El Todo Saber”. Nadie traslada conocimientos de un sector a
otro de ese saber total. Entonces al opinar sobre conocimientos
desligados, en absoluta soledad, opina acorde a su leal saber y
entender, sin pensar, que un pensamiento es generador de dinámicas
individuales, que en relación a un sentido colectivo, son formadores de
desórdenes, el conceptual incluido. No es la misma visión observar a un
concepto o valor unido o ligado a un Todo que analizarlo como
suelto y perdido. No sabemos después de dos mil quinientos años de
filosofar “¿Qué es la libertad?” ¿No es sorprendente? En el mundo del
“no me importa si uno es o no uno”, ejercer la libertad es “hacer lo que
me place con las menores restricciones de todo tipo posibles”. Esta
concepción es creadora de desorden, desarmonía y desequilibrio. En el
mundo del “Uno Es Uno” ejercer la libertad sería “hacer lo que
sé que debo hacer” dicha concepción crea orden, armonía y
equilibrio, ya que toda dinámica se desarrolla en función del Uno
del cual yo formo parte. Sabemos que nunca debemos destruir la casa en
la cual moramos… ¡Vaya a saber cómo se podría denominar una actitud de
tal naturaleza! Por ello y como me gusta la paz soy unicista, o sea, no
contradictorio como el que creando desorden, desarmonía y desequilibrio
clama por Paz y Justicia. Todo servido en bandeja y sin aporte mental
personal.
La zona
humana más conflictiva es la del lenguaje; allí el individualismo llega
a su máxima expresión porque el lenguaje carece de un común denominador
o de un código que facilitaría la creación de una escala de valores como
lo sería la ya existente “escala cronológica de los valores humanos”. El
orden lingüístico se establecería casi “como quien no quiere la cosa”,
al impedir la escalada de las divagaciones descontroladas. Pensar que
sólo hay paz cuando no hay guerra, significa una lisa degradación del
sentido de paz al carecer de dinámica propia! ¿Cómo puede una persona
ser pacífica, manejada por una concepción de la paz estática? Por ello
las personas nunca participan y siempre esperan que papá gobierno dé
paz. ¿Quién vive preocupado porque la palabra Justicia carezca
de verbo que señale al hombre en su primer nivel humano qué significa
“ser un hombre justo” sin ingerencia de la jurisprudencia? ¿Quién le
explica a la humanidad que el sexo es un complemento importante del
amor, pero que amar es “la conjunción perfecta entre impulso
(irracionalidad) y necesidad apasionada (racionalidad) de
equilibrar-armonizar todo (conducta, familia, sociedad, planeta,
etc.) lo que hallare desequilibrado-desarmonizado y de conservar
equilibrado-armónico todo lo que hallare equilibrado-armónico”,...que el
“amor puro sexo” (sin racionalidad) tiene patitas muy cortas como
demuestran cuantiosos fracasos matrimoniales?. El respeto es integrante
fundamental del amor.
La
unicidad, (una propiedad privativa-exclusiva del “Uno Es Uno”
como pensamiento que he desarrollado durante cuarenta años) es una
indeclinable postura frente al interrogante “¿Uno es o no Uno?”.
El enunciado de unicidad destaca nítidamente el germen de mi
pensamiento: “Interrelación e interdependencia de todas las cosas
(energías) entre sí, cualquiera sea la distancia que las separe o el
tiempo que haya transcurrido”. Aquí la unión es nítida y absoluta
descartando toda división (no así la sub-división). Quiero remarcar mi
profundo respeto por todo “ser-dimensión” como integrante de El Todo,
como una parte armónica, cadenciosa, equilibrada, natural, necesaria y
lógica de la dinámica universal conjunta.
Luchar
contra el divisionismo-individualismo de la persona de ninguna manera
implica cercenar a la individualidad del Yo y limitar su
creatividad y sus potencialidades. El “Uno es Uno” sólo trata de
eliminar los desórdenes de toda especie y que signifiquen un atentado al
ser del Yo, del Tú, del Nos y del mundo que
nos rodea que es el Cosmos, fomentando la armonía del Yo, la
consonancia “yo-tú-él-nos-cosmos”.
Si “probar” no cuesta nada … ¿Por qué no probamos?
¡Uno es Uno!
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