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El concepto de sexualidad humana desde una perspectiva multidisciplinar
Verónica Kenigstein
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Textos sobre Sexualidad Humana - Textos sobre La Mujer y su Mundo

Los textos de la Licenciada Verónica Kenigstein han sido extraídos de su sitio De Amor y de Sexo

La sexualidad humana puede ser abordada desde distintas perspectivas, porque como cualquier estudio que describa características de los seres humanos es, por definición, multifactorial e interdisciplinario. Las personas somos seres biológicos, psicológicos, sociales, espirituales.

Todas estas definiciones que hacen al ser humano tienen a su vez posibilidades de ser analizadas desde un estudio de lo orgánico (desde los aportes que hacen la medicina, en sus distintas especialidades, y la etología como la sistematización de la conducta animal); de lo emocional, psíquico y cognitivo (enfocados desde la psicología); de las respuestas culturales y de afiliación o adaptación social, (estudiados por la sociología, la antropología cultural, la filosofía) y de la caracterización del ser humano como ente espiritual (desde la teología u otras ciencias o disciplinas que se ocupan de la espiritualidad) entre muchas otras que describen el desarrollo humano.

A lo largo de la historia de la humanidad ha cambiado mucho la concepción de la sexualidad humana. El enfoque ha variado fundamentalmente desde la perspectiva social, de acuerdo con la aceptación o no que cada cultura tiene de la aproximación que cada persona tiene (o “debe tener”, según los cánones socialmente aceptados) hacia su propia sexualidad.

Como seres humanos, y como parte del reino animal, existe una condición biológica predeterminada genéticamente que tiene consecuencias desde el punto de vista físico o, mejor dicho, de características fenotípicas. Con algunas raras excepciones (los andróginos, por ejemplo), las personas nacemos con una distribución de cromosomas que implican que nuestro cuerpo físico tenga ciertas características, biológicamente asociadas a la combinación cromosómica que viene dada. Esta predeterminación, sin embargo, no implica la definición del comportamiento sexual, fundamentalmente en la relación con los otros miembros de la especie.

En esta relación comienzan a integrarse, justamente por la complejidad de la naturaleza humana, elementos propios de la emocionalidad, de las relaciones intra e interpsíquicas (consigo mismo y con los otros), y factores cognitivos que en términos generales provienen del proceso de socialización y aculturación.

Diversos autores han estudiado las características biológicas de sujetos de sexo femenino y masculino, para determinar si existen diferencias adicionales a las específicamente reproductivas que pre-definan disparidades en el comportamiento, o de potencial de desarrollo en distintas áreas y sólo se han encontrado algunas variaciones en ciertas características del cerebro que no suponen mayores consecuencias; por ejemplo, el hecho de que “los hombres tienen una tendencia a focalizar, mientras que las mujeres tienden naturalmente a una visión más englobadora y generalizada de las cosas que les rodean” (Alvarez-Gayou, 1999, p. 1).

Pero vayamos por partes. Como decíamos al inicio, el cuerpo humano está anatómica y fisiológicamente conformado de cierta manera que hace que una persona, de acuerdo con algunas de sus características físicas pueda ser descrito como de sexo masculino o femenino. Los órganos sexuales y la cantidad de hormonas presentes en el organismo determinan el fenotipo. Y cada uno de estos cuerpos tiene una respuesta fisiológica ante ciertos estímulos.

La medicina, desde sus distintas especialidades (la ginecología, urología, endocrinología, neurología, etc.), se ha encargado de estudiar el funcionamiento del organismo humano y cada cuerpo, dependiendo de los órganos que posea, generará ciertas reacciones. Masters & Johnson señalan que “la respuesta fisiológica básica del organismo humano a la estimulación sexual es doble: una reacción primaria, consistente en una extensa vasocongestión, y una secundaria, que reside en un aumento generalizado de la tensión muscular” (1967, pág. 7). Cada cuerpo, entonces, tendrá una respuesta que viene dada por la biología. Cabe destacar aquí también, sin embargo, las diferencias que existen entre las respuestas (en intensidad, duración y otros factores) de distintos individuos, que dependen de sus propias características.

Pero entonces (simultáneamente) interviene el factor psicológico. La presencia de emociones, sentimientos, las variables psíquicas, las creencias sobre el sí mismo condicionan el surgimiento de las reacciones fisiológicas y de distintos comportamientos y adopción de roles. Las conductas son diferentes en cada persona, dependiendo de sus características individuales.

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Estas creencias, los elementos cognitivos que se van conformando a medida que se produce el proceso de aprendizaje y socialización, provienen de la educación que cada niña o niño recibe de sus distintos ámbitos (primarios y secundarios) de influencia: sus padres, sus hermanos, su familia extendida, sus maestros, los medios de comunicación, sus pares.

En este proceso, cambiante a lo largo de la historia y distinto en las diferentes culturas humanas, intervienen aquellos factores que suelen ser estudiados por disciplinas como la sociología y la antropología (cómo actúan en su interrelación los miembros de determinados grupos sociales), la teología (la relación entre los seres humanos y la divinidad, así como el conocimiento espiritual), entre otras. Es en el ámbito de lo social, precisamente, donde empieza a desvirtuarse la “naturalidad” del proceso sexual en el humano.

Cada cultura va construyendo, sobre la base de creencias, mitos, descubrimientos científicos, influencias de grupos dominantes, entre otros factores, una concepción propia de la sexualidad. Se creen y hacen cosas distintas con respecto al comportamiento, identidad y roles de género en Suecia que en una tribu africana. Incluso en distintos momentos de la historia, en un mismo lugar,la aproximación a la sexualidad varía de modo dramático. Helmut Kentler, por ejemplo, en su prólogo para un libro de educación sexual infantil (Fleishchauer-Hardt, 1979) comenta la evolución (y usamos el término “evolución” no el sentido de mejoramiento paulatino sino de desarrollo temporal) de la aproximación a la sexualidad en Europa Central hasta el siglo XVII y cómo fue cambiando esta postura hacia el siglo XVIII. Habla este autor de la libertad que se experimentaba en la relación tanto de niños como de adolescentes y adultos con los usos y costumbres sexuales, comentando la naturalidad (por ejemplo) del hecho de que “padres y nodrizas masturbaran a los niños pequeños para mantenerlos tranquilos” (pág. 5). A comienzos del siglo XVIII comenzaron a surgir limitaciones y tabúes, primero por parte de los médicos y luego por parte del clero, que condicionaron y limitaron cada vez más la vivencia sexual de los miembros de la sociedad.

Es importante señalar también, como parte de la historia universal y como aporte muy valioso al conocimiento y construcción de la sexualidad humana, los milenarios textos que, procedentes de la cultura oriental (los hindúes con el Tantra y los chinos con el Tao, entre otros), nos dan fe de una manera diferente de aproximarse a la vivencia de la sexualidad de aquella a la que estamos acostumbrados actualmente en nuestra cultura occidental. Estas culturas relacionan la práctica sexual no solamente con longevidad, bienestar y salud integral y equilibrio energético general, sino también con la posibilidad de armonía interior, de relación consigo mismo y con el otro y en general con el universo y todas las manifestaciones de vida. Tanto el Tantra como el Taoísmo establecen un vínculo muy directo entre sexualidad y espiritualidad y describen las relaciones sexuales (entre otras riquezas) como una forma de trascendencia y como una experiencia conducente a la elevación de los niveles de conciencia.

En distintos momentos de la historia de la humanidad (situación que ha sido intermitente en sus carácterísticas) se ha relacionado la sexualidad con dos de sus objetivos principales: la reproducción y el placer. Para fines reproductivos, hasta ahora se había necesitado (y hablamos en pasado por la posibilidad presente de la reproducción asexuada a través de la clonación) la concurrencia de una mujer y un hombre (un sujeto de género femenino y otro del sexo –biológico– masculino) para que se produzca la fusión del óvulo y el espermatozoide, como células primarias que generan un nuevo ser.

Sin embargo, desde el punto de vista del placer, la situación no es tan sencilla. No hay (de acuerdo con las evidencias de la existencia de personas con identidades sexuales distintas a la bipolaridad “socialmente concebida” – conformada en realidad por una serie de estereotipos– entre hombre-mujer) determinismos que obliguen la aparición de una determinada respuesta sexual no sólo fisiológica sino placentera ante un estímulo ofrecido por un miembro de un género o de otro.

Ha surgido recientemente, en el ámbito de la sexología, el concepto de género que es mucho más abarcativo que el de sexo biológico. Dicen Mazur y Money (cit. por Álvarez-Gayou): “el género trasciende el sexo genital para incluir aspectos del dimorfismo masculino y femenino, incluye el comportamiento y no pertenece directamente a los órganos reproductivos ni se relaciona con los procesos eróticos y reproductivos en sí”.

Hay algunos grupos de personas que tienen una vivencia psicológica de su sexualidad distinta a la que la cultura considera tradicional, dentro de los estereotipos de lo femenino y lo masculino. Son hombres y mujeres que tienen un sexo biológico determinado, pero sienten internamente que esta caracterización externa no se corresponde con su sensación: algunos que se sienten atraídos sexualmente por personas de su mismo género; quienes se perciben interiormente como pertenecientes al otro sexo; otros a quienes les gusta vestirse y arreglarse de forma diferente a como habitualmente se viste una persona de su género (hombres que se visten de mujer y viceversa), entre otras diferencias.

Los prejuicios presentes en muchas sociedades condicionan la aproximación a la sexualidad, llevándola únicamente a su dimensión reproductiva y eliminando las posibilidades de disfrute que ella naturalmente proporciona (y aquí usamos conscientemente la palabra natural, porque está en la naturaleza humana la búsqueda instintiva del placer). Además, probablemente por temores inconscientes o negados o por otras razones que se racionalizan para justificar la actitud, en los grupos humanos, al menos en las sociedades occidentales, se rechaza la diferencia. Cualquier persona que sea diferente, suele ser rechazada sólo por esa razón. Y esto ocurre con mayor intensidad en el ámbito sexual, que en nuestras sociedades occidentales actualmente suele ser considerado un tabú.

Cada cultura va determinando conductas socialmente aceptadas o censuradas, comportamientos que se van encasillando en estereotipos de “sano” o “enfermo”, apropiado o inapropiado. ¿Apropiado para quién? Si partimos de la consigna filosófica de que una de las características que nos hacen humanos (diferenciándonos de las otras especies animales) es la libertad de conciencia, aunada al respeto por las necesidades propias y del prójimo en aras de la convivencia pacífica, si a una persona su conducta le hace feliz, mientras no irrespete a otro, es apropiada para él o ella.

Hemos visto entonces que la sexualidad humana es un concepto complejo, dependiente de numerosas y distintas variables, tanto internas como externas. Tiene que ver con la autopercepción, con la definición de la propia identidad, con respuestas biológicas y psicológicas, con los constructos psicosociales que se van modelando de acuerdo con la vivencia dentro de la cultura y de valores éticos individuales y grupales. Cada individuo en el universo es diferente y tiene derecho a ser diferente, tiene derecho a proteger su propia individualidad.

Resulta doloroso saber que aún hay países (sin ir más lejos se puede mirar alrededor, en la propia comunidad) en los cuales se ejerce violencia (tanto física, como sexual, emocional, de explotación, de indiferencia, discriminación de todo tipo y hasta se cometen asesinatos) contra algunas personas, solamente porque son diferentes desde el punto de vista de su identidad sexual. Esto únicamente podrá ser modificado cuando las personas reciban, desde pequeñas, educación para la tolerancia ante la diferencia, para la aceptación de lo natural del sexo y la conciencia del placer y bienestar vital que éste produce. En todo caso, uno de los criterios que consideramos válido para la aceptación de la identidad sexual individual se relaciona con el respeto por la necesidad e individualidad del prójimo y la evitación por todos los medios de la violencia de cualquier índole.

Necesitamos construir y la violencia sólo destruye. El elemento constructor por excelencia se llama amor. Y el amor, según la propuesta de Erich Fromm (1970) incluye cuatro componentes básicos: cuidado, responsabilidad, conocimiento y respeto. Al logro de este objetivo, la educación para el amor y para el placer de la mayor parte de los miembros de nuestra sociedad (creemos) debemos dirigir nuestros esfuerzos profesionales. Por suerte tenemos conciencia.

Referencias bibliográficas

  • Álvarez-Gayou Jurgenson, Juan Luis: La sexualidad humana como construcción multidisciplinar. Transvestismo, agenerismo, transgenerismo y transexualismo. Texto contenido en el Master de Educación Sexual, Nivel I, Univ. de la Laguna, Tenerife, 1999.

  • Chang, Jolan: El Tao del amor y del sexo. Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1980.

  • Fleischhauer-Hardt, Helga: ¡A ver! Lóguez Ediciones, Salamanca, 1979.

  • Fromm, Erich: El arte de amar. Edit. Paidós, Buenos Aires, 1970.

  • Kama Sutra. Ediciones 29, Barcelona, 2ª edición, 1977.

  • Masters, William H. y Johnson, Virginia E.: Respuesta sexual humana, Intermédica Editorial, Buenos Aires, 1967.


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