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Dialógica -
Selección del libro del mismo nombre
Introducción
La arquitectura de la entrevista
Criticadas como “notas cortadas a los hachazos”,
cuestionadas por la gente de la talla del escritor Milan Kundera que
denunció el fascismo de la pregunta, las entrevistas (editadas o no como
tales) son uno de los insumos fundamentales del periodismo y los medios.
Sobre todo, en esta profesión que está centrada en los vínculos.
Efectivamente, el periodista trabaja con papeles y personas.
Todo lo que no obtiene de su experiencia directa – es
decir la mayor parte de lo que escribe -, lo que no surge de los cables y
los despachos, de los otros medios y de los archivos, sólo lo consigue sobre
la base de conversaciones con infinidad de personas conocidas y anónimas.
Por lo tanto, cada día el periodista entrevista casi tanto como respira.
No sería descabellado calificar la entrevista como una
conversación absurda en la que una persona (pública o no) es interrogada por
un desconocido que le hace muchas veces preguntas íntimas o comprometidas
esperando que él responda con revelaciones que normalmente les niega,
incluso, a muchos de sus conocidos. Y, si se quiere, esta visión también
encaja en la multitud de variantes no periodísticas de la entrevista (el
interrogatorio policial y judicial; la entrevista laboral; la entrevista
psicoanalítica, etcétera).
Por fortuna, más allá de aquel escenario conspirativo, hay
también otra manera de ver el género: a la luz de una multitud de brillantes
ejemplos, es justo describir la entrevista como una nota que trae la
vibración de un personaje, su respiración, sus puntos de vista y su
naturaleza.
La realidad de la tarea se ubica en el inquietante cruce
entre aquella dura intrusión y este encuentro lleno de calor personal.
El diálogo periodístico es también la oportunidad de tener
una fuente única a nuestra disposición, mejor dicho a disposición de la
habilidad que tengamos para construir un vínculo que nos permita obtener del
sujeto toda la información que buscamos, lo voluntario y también lo
involuntario, incluso trabajado con sus medias palabras.
Pero la entrevista es también el fascinante reino de la
pregunta, el ejercicio de la interrogación, el abrir la mente al sentido
último de las cosas. No se trata de que pensemos con Oriana Fallaci que “las
preguntas son más importantes que las respuestas”, sino de reivindicar el
acto militante de interrogar. Porque no está en juego sólo la pregunta que
desencadena una respuesta, sino también la que remite a nuevas preguntas.
Como lo señala José Ferrater Mora, “La vida humana está enteramente abierta
a lo que se presenta. La vida no es “nada” excepto preguntar sobre sí
misma.” Y la pregunta asume diversas formas. Por ejemplo, filosóficamente,
cada uno de los sentimientos – el temor, el amor, la angustia – es en el
fondo de naturaleza interrogativa.
Preguntar es detener por un instante el mundo y someterlo
a un examen. Desde la inmolación de Sócrates, el gran preguntador, el tábano
de los griegos, hasta nuestros días, las preguntas son socialmente más
incómodas que las respuestas. Pertenecen, claro al campo de lo incierto y,
en consecuencia, es comprensible que puedan desatar cortocircuitos.
Así y todo, la gente vive fascinada por las preguntas y
goza intensamente de las entrevistas, que no están ausentes de ningún
producto periodístico. Lo que no significa que en las redacciones se
reconozca la importancia de este género y se advierta que hay un saber
específico, reglas del buen hacer de la entrevista.
Capítulo 1
El vínculo periodista-entrevistado
La entrevista es la más pública de las conversaciones
privadas. Funciona con las reglas del diálogo privado (proximidad,
intercambio, exposición discursiva con interrupciones, un tono marcado por
la espontaneidad, presencia de lo personal y atmósfera de intimidad) pero
está construida para el ámbito de lo público. El sujeto entrevistado sabe
que se expone a la opinión de la gente. Por otra parte, no es un diálogo
libre con dos sujetos. Es una conversación radial, o sea centrada en uno de
los interlocutores, y en la que uno tiene el derecho de preguntar y el otro
de ser escuchado.
Es indispensable comprender qué clase de vínculo es éste
para examinar los problemas prácticos del trabajo, nuestras atribuciones y
también la clase de responsabilidad ética que asumimos. La relación entre el
periodista y su personaje no es entre pares; es asimétrica. Nuestro sujeto
está en el centro de la escena y nosotros a un costado, facilitando su
contacto con los lectores y oyentes.
Por otro lado, su voz es naturalmente más importante que
la nuestra. No importa lo mismo para los lectores saber lo que piensa
nuestro personaje que las ideas que podamos esbozar nosotros durante el
diálogo. En todo caso, nuestras ideas deben ser inteligentes como
disparadoras del entrevistado y como herramientas para poner a prueba su
discurso. Por otro lado, nuestra subjetividad vale en tanto pueda aportarle
al lector una mejor aproximación, un acercamiento sin interferencias al
sujeto y sus ideas.
Mirando desde otro ángulo, también existe una asimetría en
sentido inverso: por un momento, ese personaje público está a nuestra
disposición para ser guiado, interrumpido, criticado y derivado hacia
distintos temas. Estamos autorizados a cuestionarlo públicamente en su
presencia, a poner en dudas sus declaraciones, a explorar sus dudas y
contradicciones como si alguien nos hubiera investido de una autoridad
representativa.
No somos amigos ni actuamos simplemente como dos personas que sostienen un
encuentro. Está sucediendo algo infinitamente más complejo: la entrevista
periodística es un intercambio entre dos personas físicas y unas cuantas
instituciones que condicionan subjetivamente la conversación. El
entrevistado habla para el periodista, pero también está pensando en su
ambiente, en sus colegas, en el modo como juzgarán sus declaraciones la
gente que influye en su actividad y en su vida, y el público en general.
En el otro extremo, el periodista trabaja para un medio
concreto cuyas reglas debe tener en cuenta, estructura su diálogo pensando
en los lectores y no es indiferente al juicio de sus pares. Nada más
alejado, entonces, de los encuentros espontáneos. Lo que obliga a desplegar
una estrategia cuidadosa que, atendiendo a la multitud de presiones que
operan en el diálogo periodístico, no termine por frustrar la posibilidad de
una rica conversación.
El periodista debe trabajar duro para atenuar esas
tensiones, disminuir la comprensible paranoia de sus entrevistados y
convertirse para ellos en una persona confiable. Manipula sutilmente la
situación cuidando no someter al entrevistado y alterar su comportamiento, y
se previene de las manipulaciones del sujeto. Es inevitable que el
entrevistado despliegue un juego de seducción tratando de disminuir la
inquietud o directamente la sensación de peligro que le plantea el
periodista, y conseguir que éste se lleve la mejor impresión. Por eso
también es inevitable que desee transmitir una imagen de coherencia en todos
sus actos e ideas y que, en consecuencia, nosotros debamos explorar muchas
veces en sus contradicciones, en sus dudas, en las fisuras de su discurso
para sacar al verdadero sujeto a la superficie.
El periodista escucha al entrevistado, no trabaja para él
sino para un tercero (el medio, el lector), no le presta un servicio. Pero
consigue aumentar o sencillamente consolidar su presencia pública. El
periodista se convierte en el empalme entre lo público y lo privado para lo
cual debe prevenir todos los cortocircuitos.
En cierto modo, su tarea consiste en anestesiar parte de
la conciencia de sus entrevistados para que pierdan la ansiedad y la
angustia que pueden acompañar al acontecimiento dramático que tiene lugar
allí: están formulando declaraciones que serán leídas y escuchadas por miles
de personas. Ahora bien, el periodista sabe que debe suministrar un suave
tranquilizante, no un poderoso somnífero.
Podemos exagerar un poco y decir que el periodista es una
suerte de hipnotizador que debe aplicar suaves dosis de su medicina para que
el diálogo se encarrile de manera productiva.
De modo que si hay un campo donde el entrevistador no
puede dejar de desarrollar una maestría es el de los vínculos. Si no es
capaz de lograr un buen rapport con sus personajes, es mejor que se dedique
a otra especialidad periodística, y aun así probablemente tendrá
dificultades en este oficio.
Capítulo 2
Un abordaje práctico
Podemos distinguir los tipos de entrevistas en sus grandes
variantes, según lo que busca el periodista y según el grado de presencia
del entrevistado, desde la forma más personalizada hasta el anonimato:
· de personaje,
· de declaraciones (consultas e interpelaciones al poder, a políticos,
economistas o funcionarios públicos o privados)
· de divulgación,
· informativas,
· testimoniales,
· encuestas.
En todos los tipos de entrevistas hay un juego de
confrontación, pero este juego alcanza su punto máximo en las entrevistas de
personaje y las de declaraciones. En ambas, el diálogo busca no sólo la
cooperación del sujeto – como sucede en las encuestas, las entrevistas
informativas, de divulgación y las testimoniales – sino que también debe
avanzar en contra de él. Es decir, en aquello que el entrevistado no muestra
voluntariamente o, incluso, desea ocultar.
En general, el periodista y el entrevistado tienen
intereses distintos y, a veces, muy poco convergentes. Por eso, la
construcción del diálogo se vuelve un trabajo elevadamente artesanal. Por la
compleja estrategia y la delicada sensibilidad que demanda durante el
encuentro mismo, y por la enorme importancia que tiene el antes y el
después: la cuidadosa preparación de la entrevista y la tarea crucial de
editarla.
El primer paso del “antes” reside en la elección del
entrevistado, que puede estar en manos del periodista o venir ya determinada
por el editor. En cualquiera de las dos formas, el entrevistador debe actuar
como si él lo hubiera elegido, y ser consciente de por qué prefirió a ese
sujeto.
Algunas razones para elegir al entrevistado:
- Porque es un personaje famoso,
- es un personaje curioso,
- es muy representativo de algo,
- es clave en una circunstancia, está ligado a una noticia,
- es portador de un saber muy valioso,
- por el valor de sus ideas.
El periodista debe ser perfectamente consciente de las
razones por las que ha sido elegido su entrevistado y, muy especialmente, de
lo que espera lograr con esa conversación:
- Conseguir que haga una revelación inédita,
- Llevarlo a formular una importante denuncia,
- Mostrar un ángulo desconocido del personaje,
- Lograr que el sujeto profundice en algo que ha llamado la atención de la
gente,
- Producir con él una exposición fascinante sobre un tema de interés
público,
- Obtener un retrato completo de su personalidad,
- Exponerlo como un caso testigo.
En el noventa y nueve por ciento de los casos recomendamos
no lanzarse a una entrevista improvisada. Es decir, agregar durante la
charla todas las preguntas que valgan la pena, pero armar un cuestionario
antes de sentarse con el sujeto. Ahora bien, sólo cuando el periodista tiene
claros los motivos de la elección del personaje y lo que espera lograr de
esa conversación puede dar un rumbo inteligente a su cuestionario. Entonces
sí, con una sólida retaguardia podrá sentarse con toda naturalidad frente al
sujeto, explorarlo en busca de su nota e improvisar todo lo que sea
necesario.
Una sólida retaguardia es contar con diez buenas
preguntas, unos tres o cuatro temas diferentes y un firme conocimiento del
personaje.
El primer problema es definir qué es una buena pregunta.
No existe una clasificación universal, pero entre las virtudes que puede
tener una buena pregunta se cuentan el que sea clara; que provoque
información; que se haga cargo de una demanda colectiva o que exprese las
dudas de la gente si se trata de un personaje público; que sea abierta; que
permita profundizar; que consiga explicaciones; que dé lugar a oposiciones;
que busque lo nuevo; que invite al personaje a usar imágenes y fantasías;
que seleccione lo importante; que piense en lo global y en los detalles; que
atraiga anécdotas.
Desde luego, hay que usar hasta el cansancio las famosas 5
“W” inglesas (en nuestro idioma “qué”, “quién”, “por qué”, “cuándo” y
“dónde”) y la “H” de “how” (cómo”). En toda conversación periodística se
emplean en un ochenta por ciento estas preguntas clásicas, que son como una
verdadera locomotora que acarrea información y también consigue precisa
detalles, mientras que el resto de la charla está compuesta de preguntas más
elaboradas o específicas.
Las preguntas son portadoras de conjeturas, hipótesis, inquietudes y
perspectivas del mundo. Cuando más ricas sean las hipótesis que llevamos
ante el personaje, más impresionados estaremos de descubrir cosas que no
había expresado en otras entrevistas.
Las preguntas pueden agruparse en bloques de temas. Los
objetivos de una entrevista pueden girar alrededor de un asunto central,
pero suelen traer más de un tema. Así debe ser para que puedan transmitir la
atmósfera de una conversación, pero, sobre todo, porque el periodista debe
tener alternativas cuando el entrevistado no muestra interés o no tiene nada
valioso que decir sobre el primer asunto que le expuso. La propuesta es que
el cuestionario que hemos armado antes de la entrevista transite por tres o
cuatro temas.
Hay un factor importante del que dependen los núcleos de
temas y las buenas preguntas: un generoso conocimiento del personaje, que se
obtiene de un trabajo riguroso de archivo. Para investigar a un personaje,
existe una fuente complementaria al archivo: realizar consultas previas a
gente que conoce al personaje para construir un verdadero relato antes de
sentarse a dialogar con él.
Hay entrevistas que no requieren investigar previamente al
personaje pero sí el tema, para poder diseñar un buen cuestionario. Una
dificultad es que hay veces que no hay información ni bibliografía sobre el
personaje o el tema.
Pero la dificultad más común de todas se plantea en
innumerables notas en las que no nos dan tiempo para consultar el archivo ni
construir buenas preguntas ni armar núcleos de temas. Hay que hacer la
entrevista ya mismo. Siempre habrá un tiempo de viaje o de espera del
personaje en el cual se puede diseñar una mínima estrategia. En primer
lugar, tenemos que trabajar alrededor de una cuestión: ¿qué necesita saber
el lector/oyente sobre esta nota? De inmediato, nos ponemos a escarbar con
el equipo básico: las valiosísimas 5 “W”, que nos garantizan, de movida, un
buen caudal de información.
Lo cierto es que una buena retaguardia, lo que en nuestra
jerga llamamos un buen background, es como media nota ya resuelta
(difícilmente una entrevista que parte de una sólida preparación previa
resulte un estruendoso fracaso). Sin embargo, cuando durante la conversación
aparecen vetas inesperadas hay que tirar el equipaje por la ventana y
escuchar con los oídos bien atentos y la mayor flexibilidad.
El entrevistado se entrega y nosotros guiamos. Hay que
permitir dispersión porque es indispensable garantizar un clima sereno y
predisponer al entrevistado a las confesiones, pero en todo momento
estaremos atentos a nuestros objetivos para evitar que todo termine en un
caos absoluto y en un trabajo estéril. Cuando el periodista queda atrapado
en la anarquía del diálogo, luego se encuentra con que en los mejores
pasajes de la charla nos hemos quedado sin profundizar asuntos clave.
Si existe una tensión en todo diálogo periodístico, es,
como decimos, en las entrevistas de personaje y en las de declaraciones
cuando se incluye un poco de “sangre” (preguntas que molestan, presión
máxima del interrogatorio, juegos de evasión y captura, cuestionamientos al
sujeto, puesta en evidencia de sus contradicciones, diálogo comprometido).
Una buena entrevista es el resultado de haber conseguido
un delicado equilibrio para acercarnos lo suficiente al sujeto, guardando,
la mismo tiempo, las distancias.
La entrevista es el arte del vínculo.
El periodista debe convertirse para el entrevistado en una
figura no peligrosa ante quien se puede sincerar.
Además de nuestra buena fe y de haber alcanzado un
generoso conocimiento del sujeto y de su obra, debemos respetarlo como
persona, escucharlo con atención, confesar nuestras ideas siempre que no
vayan a influir demasiado sobre el discurso del personaje. Entonces, se
trata de confesar algunas de nuestras ideas con sobriedad, principalmente
con el objeto de disminuir el misterio que representamos para el
entrevistado.
Aún en el caso de la entrevista gráfica, donde no hay
terceras personas en el cuarto en que están sentados periodista y
entrevistado, el lugar está poblado de fantasmas: los juicios de
instituciones, colegas, el saber oficial, el público en general.
Para conseguir una conversación fluida y bastante
espontánea, el periodista debe desplegar una gran habilidad que haga olvidar
– aunque él los tenga presentes – todos los factores de control social.
El entrevistado célebre, absolutamente entrenado frente a
las preguntas, es el más consciente de la presencia de aquellos fantasmas,
aunque muchas veces su lugar público está tan afianzado que contesta sin
temores. Y el entrevistado ignoto, sin experiencia, es muchas veces el menos
consciente de los fantasmas y suele contestar en forma ingenua, sin calcular
los efectos. En el medio de los dos está el grupo más numeroso de los
entrevistados con relativa experiencia, sujetos que no son demasiado
ingenuos pero tampoco calculan el efecto de cada respuesta.
Los tres grupos plantean dificultades: el primero, el de
los hiperentrevistados, ofrece menos márgenes al entrevistador cuanto menos
conocido sea como periodista y menos influyente sea el medio al que
representa. Es más renuente a aceptar la entrevista; si la acepta, le
concede menos tiempo, y es menos tolerante con ciertas preguntas, a las que,
incluso, en ocasiones juzga en forma negativa o directamente rechaza. Ésta
es una experiencia bastante frecuente para los periodistas jóvenes. Es
cierto que en ocasiones el personaje famoso actúa más confiado y solidario
precisamente cuando el periodista es joven. Es decir que en muchos casos ser
joven puede constituir una ventaja. Pero en la mayoría de los casos la
relación inversa reduce los márgenes para que el entrevistador pueda
desarrollar su estrategia.
En éstos se vuelve más recomendable que nunca un profundo
conocimiento previo del personaje – en parte porque puede impresionarlo muy
favorablemente y doblegar su resistencia, además de ser imprescindible para
lograr una buena entrevista.
En el otro extremo, los entrevistados sin experiencia con
la prensa frecuentemente son ingenuos, balbuceantes al principio pero más
tarde muy proclives a confundir la situación con una charla confidencial.
Pierden la noción de que aquello que dicen tiene la importancia de una
declaración, y por eso pueden sorprenderse mucho de ciertas frases que ellos
olvidan haber formulado y que el periodista capturó como una mosca durante
la conversación y puso en letras de molde. Tampoco calculan la gravedad que
cobra un comentario cuando es publicado. Aun cuando el personaje ha sido
informado de que se trata de una entrevista para los medios, el periodista
puede advertir cuando es ingenuo y, si se trata de alguien inexperto, debe
ser cuidadoso con la difusión de sus declaraciones.
Si se trata de un asunto muy delicado, y tenemos la
impresión de que el sujeto cree que lo que acaba de decir no va a ser
divulgado – sólo en ese caso – advirtámosle que vamos a usarlo.
Desde luego que no vamos a pasarnos recordando a cada
momento de la conversación que se trata de una entrevista periodística.
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