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“Sostiene Pereira”
Sostiene Pereira que el periodista siempre debe denunciar las
injusticias, aunque tan sólo se ocupe de una sección de literatura. Sostiene
Pereira que el periodista siempre debe decir lo que ocurre a su alrededor y
que él debe ser el que primero que se atreva a exponer sin temor lo que pasa
en el mundo, aunque de lo que pase nadie se atreva a hablar.
Sostiene Pereira que su historia, narrada por la excelente
pluma de Antonio Tabucchi, no es un texto histórico, pero que a través de un
comentario aquí y una insinuación allá, nos aproxima a lo que ocurría en
Portugal, y en Europa, en los años 30 del siglo pasado.
Sostiene Pereira que tampoco es un libro político, aunque el
trasfondo político que contiene es demasiado alto como para hacerle caso.
Pereira sostiene que su relato es sólo la historia de un
viejo periodista viudo a cargo de la página cultural de un diario
cualquiera. Todo su mundo se condensa en su solitaria redacción, su casa y
el restaurante donde come, un día sí y otro también, una tortilla de finas
hierbas y donde bebe limonadas. Curiosamente, y pese a su profesión, es en
el restaurante, a través del camarero, donde se entera de lo que ocurre
fuera de su mundo.
Pero, sostiene Pereira, su vida da un giro inesperado cuando
otro periodista, joven y con más ganas de vivir, irrumpe en su vida.
Monteiro Rossi, que así se llama este joven impulsivo, hace que la historia
que nos narra Pereira comience a correr y despierta, sostiene Pereira aunque
sin confesarlo claramente, al verdadero Pereira que siempre quiso ser.
Sostiene Pereira que su historia es, en cierta forma, la de un converso.
Pereira sostiene que, en el fondo, quiere realizar un
llamamiento a la conciencia dormida de muchos periodistas y a liberarles del
miedo al compromiso que atenaza a tantos profesionales. Sostiene Pereira que
se puede luchar entre líneas y que se puede luchar abiertamente, asumiendo
todas las consecuencias, pero que es imposible que alguien como él, con
sentido de la dignidad y de la justicia, pueda convivir mucho tiempo con la
injusticia y la agresión a los débiles.
Pero, ¿qué sostiene Tabucchi?
Según una entrevista que Asbel López, periodista del “Correo
de la UNESCO”, realizó a Antonio Tabucchi en 1998, éste sostiene que
“cuando un crimen ofende la naturaleza humana, nos ofende también
personalmente. Te sientes al mismo tiempo escandalizado y culpable”
.
Esta es la razón por la que escribió “La cabeza perdida de Damasceno
Monteiro”, y también, sin duda, “Sostiene Pereira”.
Sostiene Tabucchi que el periodista, el escritor, no debe ser
un mero espectador y narrador de los hechos, cuando es necesario debe
intervenir para intentar mejorar las cosas.
En la misma entrevista, Tabucchi sostiene que: “la democracia
no es tampoco la perfección. Hay que mejorarla, y para ello hay que
vigilarla y permanecer siempre atentos. Pensé entonces que debía sobrepasar
el hecho real y hablar a través de una novela, encargarle a la ficción este
hecho violento. Si escribía una novela, mi emoción y mi indignación
encontrarían un modo de expresión más amplio porque es más simbólico,
aplicable a muchos países de Europa”. Y continúa sosteniendo: “Yo reivindico
el derecho a las tomas de partido ocasionales. Cuando una cosa oscura está
pasando en el mundo o en tu casa, tienes el deber de salir a explorar este
problema para ver si lo detectas, lo particularizas, lo transmites y das la
alarma: ‘Cuidado, está pasando esto en mi casa, en mi ciudad, o en el mundo,
que también es mi casa.’ De lo contrario el intelectual sería un personaje
completamente insensible que dice: ‘Algo sucio está pasando en mi casa, pero
no puedo interesarme en él porque estoy organizando el catálogo de la
próxima exposición de pintura del museo de mi ciudad’.”
Así que, sostiene Tabucchi: “si la función de un político es
tranquilizar, mostrar que todo anda bien gracias a su presencia, la mía es
desasosegar, poner a dudar a la persona. La facultad de dudar es muy
importante para el hombre ¡Caramba, si no dudamos estamos perdidos! El
intelectual va a dudar, por ejemplo, de una doctrina religiosa
fundamentalista, de un sistema político exacto e impuesto o de una estética
perfecta, que no dan cabida a ninguna duda. (...) La función del intelectual
y del escritor es dudar de la perfección. En la perfección creen los
teólogos, los dictadores y el pensamiento totalitario”.
La espiral de silencio
La teoría de “la espiral de silencio”, expuesta en los años
70 del s. XX por la socióloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, viene a
explicar que en una sociedad las ideas menos correctas políticamente son
sistemáticamente silenciadas por los medios de comunicación y por los
propios individuos, que al no ver reflejadas sus ideas en la prensa asumen
que no son ideas acordes al pensamiento mayoritario y optan por no hablar de
ellas en público para no sentir un rechazo social por parte de la mayoría
que, al parecer, piensa diferente a lo que ellos piensan. Así, por un efecto
multiplicador, las ideas más “políticamente correctas” son divulgadas en
mucha mayor medida que las ideas menos correctas, llegando a casi
desaparecer de las conversaciones ideas que muchas veces están en la mente
de muchos.
Esto, aunque no lo llamaba “espiral de silencio”, ya lo
explicó el gran sociólogo francés Alexis de Tocqueville
con el caso de la Iglesia en la Francia de mediados del s. XVIII. Según él:
“los que seguían creyendo en las doctrinas de la Iglesia
tenían miedo de quedarse solos con su fidelidad y, temiendo más la soledad
que el error, declaraban compartir las opiniones de la mayoría. De modo que
lo que era sólo la opinión de una parte de la nación llegó a ser considerado
como la voluntad de todos y a parecer, por tanto, irresistible, incluso a
los que habían contribuido a darle esa falsa apariencia.”
El Dr. Fermín Galindo, profesor del Departamento de “Ciencias
da Comunicación” de la Facultad de Ciencias da Información de la Universidad
de Santiago de Compostela, en un artículo titulado “El periodista, ante la
espiral de silencio” y publicado en la Revista Latina de Comunicación
Social” (La Laguna -Tenerife, abril de 1998, nº 4), dice lo siguiente:
“En los años noventa, el papel que ocupan, o que deben tener,
los periodistas en la opinión pública ha ocupado un espacio central en la
actualidad política e informativa. Se ha escrito mucho sobre este asunto, ya
sea sobre el periódico como actor político (Borrat,1984), sobre la relación
entre el poder y la prensa (Sinova, 1995), sobre la función del periodista
en el espacio público (Dader, 1992) y en general sobre las múltiples
relaciones encontradas entre el poder y los medios de comunicación. (...)
Éste es un tema complejo, pero es sabido que la posición de los medios, o un
cambio en la posición de los medios, suele preceder a un cambio en las
actitudes personales. La conducta de la gente se suele adaptar a la
evaluación del clima de opinión pero, recíprocamente, también influye en las
evaluaciones del clima de opinión en un proceso de retroalimentación que
suele provocar una suerte de tendencias de opinión de distinta intensidad,
pudiendo alcanzar su máximo grado en la conocida como espiral de silencio”.
Casi podemos decir que la opinión pública no es un reflejo de
lo que piensa el público, o sea la gente, sino más bien es el reflejo de lo
que la gente piensa que piensa la gente.
Los medios de comunicación, además, como dice Fermín Galindo,
colaboran decisivamente en esta espiral con un objetivo claramente
económico. Un medio no puede permitirse el lujo de estar continuamente dando
opiniones contrarias a la mayoría. Tan sólo los medios marginales lo pueden
hacer, pero están reducidos a eso, a ser marginales. Un medio que quiera
abarcar a grandes sectores del público debe, en general, seguir la estela de
lo que manda la opinión pública. Así, como el público tiende a decir que
opina lo que dicen los medios, y los medios tienden a opinar de lo que la
gente dice que opina, la espiral se va completando y va dando vueltas sobre
sí misma más y más.
Algunas críticas a la teoría de la espiral de silencio
Si bien la teoría de la espiral de
silencio parece muy sólida y que siempre se debe cumplir, creo que debemos
considerarla como un paradigma que, como todo paradigma, funciona bien hasta
que deja de funcionar.
Como todo lo que se explica
por las ciencias sociales por medio de paradigmas, esta teoría de la espiral
de silencio no es más que una explicación de lo que dentro de la sociedad
ocurre habitualmente. Pero esta explicación es válida hasta que surge una
explicación mejor. No ocurre aquí como con las ciencias naturales, o las
ciencias exactas, que ya hace tiempo que pasaron la fase de pre-ciencia y en
las que la mayoría de sus paradigmas ya son teorías perfectamente
demostrables y válidas universalmente. En las ciencias sociales todavía
estamos hablando en fase pre-científica, y los paradigmas de hoy son los
errores del mañana.
Una de las críticas que se le suele hacer a la teoría de la
espiral de silencio es que su autora se basó en encuestas, y precisamente
son las encuestas las que son puestas en duda por esta teoría.
Victor Sampedro, profesor de Opinión Pública de la
Universidad de Salamanca, en su reciente libro “Opinión pública y democracia
deliberativa”, apunta que la teoría de la espiral de silencio, como la de la
Agenda Setting o la de la aguja hipodérmica, percibe al público indefenso
ante unos medios controlados por grupos de poder. Para él la espiral de
silencio “no es la ley única e inapelable de la opinión pública porque exige
unas condiciones determinadas (...) y ni el miedo al aislamiento es el único
motor de la expresión de opiniones”.
Otra de las críticas que me atrevo a hacer es exponiendo aquí
un caso práctico, y para mí bastante claro, en el que no funcionó este
paradigma. Me estoy refiriendo a lo ocurrido en las últimas elecciones al
Parlamento Vasco, hace ahora un año.
Siempre se había apuntado que la gente que no vota es por
miedo a que se conozcan sus ideas, y que representa a un sector de la
población con unas ideas diferentes a los de los nacionalistas vascos, pero
que no se atreven a expresar sus ideas, por lo que lo que se percibe en las
conversaciones de la calle son principalmente las ideas nacionalistas
vascas, pero que en realidad no son tan mayoritarias como podría parecer.
Pues bien, con el porcentaje de votantes más alto de los
últimos años el voto a los partidos nacionalistas vascos fue mayor aún que
otras veces.
“Sostiene Pereira” y la espiral de silencio
Antonio Tabucchi nos presenta en su novela “Sostiene Pereira”
un ejemplo magnífico del dilema del periodista ante este tipo de situaciones
que pueden provocar una espiral de silencio.
Durante toda la novela se describen situaciones, como hemos
visto, en la que el protagonista, azuzado por la presencia de Monteiro Rossi
y su novia, toma conciencia de su entorno político y de su deber como
periodista para con la verdad y para con los demás. El personaje del
camarero que le informa y le echa en cara en parte a Pereira que no esté más
comprometido, es quizás el que le incita a romper con esta espiral de
silencio.
Otro personaje que aparece en la obra y que va minando la
resistencia del viejo Pereira a actuar es la señora Delgado, una mujer judía
alemana que huye de una Europa en la que los judíos no son bien vistos. En
la conversación que tiene en un tren con ella, Pereira se justifica ante la
insistencia de la mujer en que un periodista intelectual como él debe tomar
partido:
“Quizá yo tampoco esté contento con lo que está sucediendo en
Portugal, admitió Pereira. La señora Delgado bebió un sorbo de agua mineral
y dijo: Pues, entonces, haga algo. ¿Algo, como qué?, contestó Pereira.
Bueno, dijo la señora Delgado, usted es un intelectual, diga lo que está
pasando en Europa, exprese su libre pensamiento, en suma haga usted algo.
Sostiene Pereira que hubiera querido decir muchas cosas. Hubiera querido
responder que por encima de él estaba su director, el cual era un personaje
del régimen, y que, además, estaba el régimen con su policía y su censura, y
que en Portugal estaban amordazados, en resumidas cuentas, que no se podían
expresar libremente las propias opiniones, y que él pasaba sus jornadas en
un miserable cuartucho de Rua Rodrigo de Fonseca, en compañía de un
ventilador asmático y vigilado por una portera que probablemente era una
confidente de la policía. Pero no dijo nada de todo ello, Pereira, dijo
solamente: Haré lo que pueda, señora Delgado, pero no es fácil hacer lo que
se puede en un país como éste para una persona como yo...”. Pág. 61.
Y finalmente Pereira, con prudencia pero con valentía, actúa
y rompe el silencio tras el asesinato en su misma casa, delante de sus
narices, del joven Rossi. Sabe que esto significa su destierro y su huida,
pero a la vez sabe que es lo único que puede hacer para poder estar
tranquilo con su conciencia y con el retrato de su mujer, sostiene Pereira.
Bibliografía:
Noelle-Neumann, Elisabeth. La espiral de silencio. Paidós,
Barcelona, 1995.
Price, V. La opinión pública. Paidós Comunicación, Barcelona,
1994.
Tabucchi, Antonio. Sostiene Pereira. Anagrama, Madrid, 1995.
Sampedro Blanco, Victor. Opinión pública y democracia
deliberativa. Medios, sondeos y urnas. Istmo, Madrid 2001
Notas:
“...y ¿quién podía tener el valor de dar una noticia de este tipo, que
un carretero socialista había sido asesinado brutalmente en Alentejo en
su propio carro y que había cubierto de sangre todos los melones? Nadie,
porque el país callaba, no podía hacer otra cosa sino callar, y mientras
tanto la gente moría y la policía era la dueña y señora.” Pág. 13.
“...dudaba de que los periódicos portugueses hablaran de los
acontecimientos a los que se refería el camarero.” Pág. 49.
Esto es lo mismo que dijo John Donne: “...la muerte de cualquier hombre
me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente,
nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti”.
Algo parecido decía Carl Sagan en su libro "El mundo y sus demonios":
“El escepticismo tiene por función ser peligroso. Es un desafío a las
instituciones establecidas. Si enseñamos a todo el mundo (...) unos
hábitos de pensamiento escéptico (...), quizás desafiarán las opiniones
de los que están en el poder”.
También, el miedo a que se desafiaran sus opiniones fue
lo que indujo a Pitágoras y sus discípulos a ocultar la existencia del
quinto sólido regular (el dodecaedro) y la irracionalidad de la raíz
cuadrada de 2, pues temían que algo ajeno a sus creencias hicieran al
vulgo dudar de su infalibilidad.
William Temple, explica así el paradigma de la espiral de silencio: el
hombre “difícilmente esperará o se arriesgará a introducir opiniones
nuevas donde no conozca a nadie, o a pocos que las compartan, y donde
piense que todos los demás van a defender las que ya habían recibido”.
“Historia de la Revolución Francesa”, 1856.
“...la gente no cuenta para nada, la opinión pública no cuenta para
nada. Silva le miró y dejó el tenedor. Escúchame con atención, Pereira,
dijo Silva, ¿tú crees aún en la opinión pública?” Pág. 55
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