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Universidad de Chile
Parte 1 /
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/ Parte 3
Fuente: Revista Mad. No.2. Mayo 2000. Departamento de
Antropología. Universidad de Chile
Introducción
El propósito de éste trabajo es elaborar una línea
temática que nos acerque a la comprensión, énfasis, alcances y críticas -de
y hacia- algunos de los más relevantes modelos teóricos que propugnan que,
de alguna manera, la exposición a los medios de comunicación de masas tiene
efectos en la esfera de la vida psíquica de los seres humanos,
específicamente en su valoración del fenómeno político, ya sea este en el
orden de las actitudes de quienes vivimos diariamente expuestos a sus
múltiples mensajes, formas o recursos de presentación (o representación),
como en las conductas manifiestas y los afectos del espectador de este nuevo
escenario, recurrentemente caracterizado por frases como "globalizado", "hiperreal";
unido por "autopistas de información".
La primera distinción que se intentará establecer es entre
el mensaje y el medio como unidades primarias de análisis, lo que responde a
la necesidad de entender el fenómeno de influencia de una manera
comprehensiva, pero a su vez restringida a los supuestos efectos de los
medios de comunicación de masas en las gentes, en específico frente a lo que
se ha denominado "opinión pública" como una suma hipotética de las actitudes
individuales, dentro de un contexto social, acerca de un tema de interés
común. También responde a la intención de que el análisis no llegue sólo
hasta lo denotativo, lo racional o del common sense, capaz de
confundir "lo evidente" por lo "de contenido"; problemas en que incluso la
supuesta "ciencia dura" (y, como todo buen sólido, lenta en sus reacciones,
pesada y, porque no decirlo, obtusa a veces hasta el fundamentalismo en sus
creencias) muchas veces ha tendido a caer, problema óptico que en la medida
de lo posible será evitado en el desarrollo de este trabajo.
Evidentemente debemos ser cautos con respecto al tema de
la opinión pública ya que este parece estar en una encrucijada entre la
psicología social, la llamada psicología de la comunicación, la retórica, la
semiótica, la filosofía del lenguaje, la lingüística, las ciencias
políticas, la antropología, la sociología, las relaciones públicas, el
periodismo y el "marketing electoral", por nombrar algunos. Pretender dar
coherencia a visiones aparentemente segmentadas y a veces contrapuestas
tanto entre sí mismas como en su propio seno por sus disputas internas, no
es tarea fácil y tal vez requiera el perfeccionamiento que sólo la
experiencia, sea cual sea su índole, puede entregarnos.
Debemos precisar también que el enfoque que adoptaremos en
la distinción mensaje/medio no implica un énfasis en los aspectos
tecnológicos o de procedimiento y estilo que puede implicar el uso ambos
términos, sino que se centrará en los efectos en la interpretación del texto
mediático, la suma compuesta de imágenes y sonidos y su propio lenguaje,
culturalmente cercano y representativo de la sociedad que posibilita este
tipo de comunicación como al lenguaje propio del cine y la televisión, cuyos
códigos estilísticos están fuertemente arraigados en el público como para
que este sea capaz de descifrar el mensaje de forma más o menos predecible,
enmarcando este proceso dentro de la complejidad a la que está sujeta la
persona dentro como fuera de su cabeza y de las convenciones y posibilidades
técnicas del medio, en este caso el cine y la televisión, ambos principales
medios donde se enfoca este trabajo.
Es claro que el centrar el análisis meramente en los
efectos de los medios sobre la actitud y la conducta es una distinción
causalista que parece ficticia y hasta equívoca. Ficticia en tanto separamos
por conveniencia puramente analítica el continuo que existe entre lo que
denominamos actitud y su función conductual. ¿Ficticia?, casi fantástica, ya
que simbólicamente separamos a fortiori un contexto de otro que lo
abarca, como es el mundo socio-cultural y sus efectos en lo individual, así
como de las propias formas de organización mínimas del individuo. Es una
distinción discutible además, por los posibles errores epistemológicos que
implica cualquier intento de aunar las visiones acerca del caso tanto desde
perspectivas literarias, humanistas, metodológicas, de las ciencias
sociales, o claramente ideológicas o interesadas; así como por la
descontextualización o falta de profundización de los supuestos efectos del
mass-media dentro otros marcos de influencia, como la pertenencia a
grupos, el conformismo, el consumismo, los modelos de cumplimiento,
obediencia (compliance), las variables socioeconómicas, nivel de
escolaridad, el liderazgo, el género, la edad, el poder, entre otros.
Separamos un fenómeno de su contexto para describirlo y
finalmente de entenderlo, siguiendo de cierta forma al anticuado y criticado
"modelo de los efectos de los medios" (Lemert, 1983; Eco, 1986; Capozzi,
1999; Chandler, 1994, 1999; McQuail, 1991; Gauntlett, 2000), que más que una
hipótesis estructurada es una presunción de que un fenómeno es función de
otro, en donde definimos una serie de hechos dispersos y diversos,
intervenidos por diversas variables multifuncionales y heterogéneas en sus
niveles de análisis, todo en búsqueda de un verdadero modelo explicativo. Si
a esto agregamos que los modelos de análisis muchas veces son prestados
de otras disciplinas y, por tal muchas veces pensados para explicar otros
hechos, no nos queda más que seguir adelante con lo que tenemos o adoptar
una postura crítica. De estas dos opciones este trabajo opta por la primera;
una postura revisionista requiere un compromiso no sólo discursivo, sino
intelectual y metodológico lejano a las pretensiones de esta monografía.
No olvidemos que todas las teorías que a continuación
revisaremos son considerablemente miopes a la influencia de lo afectivo en
la decodificación del mensaje y más bien plantean una visión de hombre
atrapado por diversos condicionantes o determinaciones -algo frente a lo
cual podemos discutir sin esperanzas de un acuerdo cercano.
No podemos permitir que las teorías nos pinten el retrato
de un hombre frío y sin pasiones que ejerce o es compelido a un proceso de
decodificación y semiosis bajo una perspectiva meramente cognitivista e
ingenua, y a veces ciega -o selectiva-, según se guste. Tampoco debemos caer
en el error de tratar de abarcar muchos ámbitos, lo desdibujaría el fenómeno
que tratamos de explicar; volviéndolo una masa informe, intelectualmente
intragable, tal vez digno reflejo del caos conceptual e intelectual que
genera el tratar de abarcar un fenómeno tan en boga como el de la
comunicación como conjunto posible donde podemos enmarcar actualmente al
fenómeno político.
A pesar de lo anterior, debemos hacer un intento serio de
comprender la compleja interacción persona/medio que supondremos, en primera
instancia, de nacimiento y cambio de actitudes por medio de estímulos
remotos transmitidos por los medios de comunicación, en especial los de
comunicación de masas. Construiremos entonces una línea temática que partirá
sucintamente con los inicios de los estudios acerca de la comunicación
persuasiva, las ideas acerca de los medios de Marshall McLuhan y el
pensamiento marxista, para luego seguir con los modelos psicológicos acerca
de la persuasión. Luego intentaremos una aproximación semiótica, enfoque
elegido por su pertinencia para explicar nuestro fenómeno de interés, ya que
es una herramienta actual para codificar y decodificar el mensaje, tanto por
intensión u omisión. Finalmente trataremos de abordar la revisión de Lemart
acerca de la posible influencia de los medios en la opinión pública según su
óptica, donde confluyen nuevamente desde los aportes de la psicología social
hasta las ciencias políticas.
Me permito, de modo de facilitar la lectura y el mejor
entendimiento de este trabajo, hacer dos precisiones. Primero, este texto en
sí fue afectado por las problemáticas acerca de las traducciones que
se derivan de los planteamientos de Sapir y Whorf. O sea, que la
reformulación del significado afecta muchos de los enunciados y modelos de
este ensayo, ya que ellos fueron, como es costumbre en Latinoamérica y por
lo tanto en nuestro país, traducidos y reelaborados a partir de textos en
inglés. Si bien se afirma que "lo que se pierde" en la traducciones afecta
más que nada a los textos literarios, la jerga científica o especializada
indudablemente gana y -la mayor de las veces- pierde connotaciones y
sutilezas retóricas de un lenguaje a otro, así como muchas veces lo que las
palabras y su disposición en los textos transmiten en cierto idioma no son
exitosamente replicados en otros sistemas o códigos lingüísticos. En estos
casos se ha preferido poner junto a la traducción la palabra anglosajona
original, para que esta sea en lo posible entendida en el idioma que las dio
a luz.
Segundo, cualquiera que se fije atentamente en algunas
fechas de las citas textuales o ideas de diversos autores dentro de otros
textos, notará que estas no necesariamente coinciden con las que fechan del
texto mismo en la bibliografía final. Esto se explica porque estos trabajos
en particular son publicaciones "en línea" (on-line o de Internet) y que,
dadas las características especiales de estos nuevos textos, ellos son
constantemente revisados, reordenados y actualizados, por lo tanto lo que se
fechó en 1994 puede perfectamente aludir a su revisión de 1999
1. Persuasión: "...desde el Ágora hasta sus
pantallas..."
1.1 El Agora
Hoy en día, la mayor parte de los hombres están insertos o
participan en algún tipo de organización o sistema social, por lo que
podemos lícitamente suponer que casi la totalidad de los individuos disponen
de un estímulo propagandístico o como denominaremos más adelante,
persuasivo en su campo perceptual, por ello son objeto de estrategias
comunicacionales orientadas a los cambios de actitud e, idealmente, de su
conducta.
La persuasión, según la psicología social es, en esencia,
una modalidad de comunicación entre los hombres (Kretch y Crutchfeld, 1965;
Packard, 1969; Estévez, 1974; Morales, 1994), donde existiría consenso en
que se pretende influir o "llevar a los demás a sostener su mismo punto de
vista" (Aristóteles en "Retórica", en Estévez, 1974). Los inicios en el arte
de la persuasión son rastreables en su origen hasta los Griegos y Romanos,
que elaboraron disciplinas de leyes y comunicación agrupadas
sistemáticamente en el Córax griego, que presentaba el cómo argumentar un
caso legal, cosa común en aquella época y que practicaban los hombres libres
por sí mismos. Los jurados eran compuestos por alrededor de 500 personas,
por lo que se requería la habilidad de producir discursos sintácticamente
correctos e impactantes sobre las audiencias. Esto originó una floreciente
actividad de escritores fantasmas o logógrafos, encargados de
escribir estos discursos.
Los griegos apreciaban la palabra hablada y ocupaban a la
oratoria en lo legal, lo forénsico, lo político, lo deliberativo, lo
ceremonial, lo dramático y lo poético (Liska & Cronkhite, 1995). Este
enfoque fue adquirido también por los romanos y fue preservado hasta
nuestros días al subyacer dentro de los muchos contenidos que definen a la
cultura occidental.
Podemos palpar la vigencia de este legado en De Bono
(1991), cuando habla de la "...costumbre occidental de la discusión" en la
línea de "...los modismos que utilizaban los griegos para pensar y que los
monjes medievales refinaron y desarrollaron como un medio para probar que
los herejes estaban equivocados", donde el autor sostiene (en relación al
pensamiento y el desarrollo de el pensamiento crítico como una reacción ante
algo propuesto por otro, sin creatividad ni generatividad de nuevos
contenidos, sólo como una respuesta cognitiva inmediata de criticar) que
existe una tonta creencia, basada en la mala interpretación de los
grandes pensadores griegos, que sostiene que el pensamiento se construye en
el diálogo y la argumentación dialéctica.
Al invocar a los "grandes pensadores griegos" se nos viene
a la mente, entre otros, primeramente a Sócrates y su mayéutica
(método donde las ideas verdaderas son paridas en la
discusión, mediante un método dialéctico de preguntas y respuestas
evidentemente dirigido a persuadir al nuestro interlocutor de que no sabe de
lo que habla. Mayéutica se deriva del vocablo griego para el partero
(matrón) y su trabajo. Esto, junto a la influyente poesía de Homero, dieron
origen a las visiones de Platón y Aristóteles acerca de la oratoria o
retórica.
Platón reveló las enseñanzas de Sócrates en Gorgias
y Fedro, donde argumentó que la retórica no entregaba la verdad, sino
más bien la manejaba al basarse en sofismos y al fundamentarse en la
experiencia empírica, idea que Platón rechazaba a favor de su mundo de las
ideas y los conocimientos que supuestamente ya poseemos al nacer.
Aristóteles, alumno de Platón, tenía una visión más
empiricista que su maestro, creyendo que nuestras experiencias constituyen
conocimientos compartibles con otros mediante el uso del discurso retórico.
En su compilación, llamada Retórica, adopta una aproximación más
sistemática acerca del tema, elaborando una especie de manual del discurso
público. Delineó entonces los elementos envueltos en el proceso de
persuasión y como ser más efectivos en lograr impactar a las audiencias. La
retórica para Aristóteles era más bien amoral, y por lo tanto, puede ser
usada tanto para hacer el bien como el mal.
Las distinciones que hace McGuire (en Estévez, 1974) en
psicología, por ejemplo, -siglos más tarde- acerca de los componentes del
mensaje persuasivo son tomados exactamente como los enunció Aristóteles:
ethos o carácter de quien habla, homologable a lo que hoy denominamos
"credibilidad"; pathos, acerca de la habilidad del orador de mover
emociones en su audiencia y logos o verdad lógica de los argumentos
presentados, categorías que serán analizadas más adelante.
¿Acerca de la vigencia de una clasificación hecha hace
2300 años? Lo cierto es que la influencia de Aristóteles todavía se siente
en las aproximaciones contemporáneas acerca del fenómeno de la comunicación
(López, Parada & Simonetti, 1991; Simonetti y Cortéz, 1994) y
particularmente acerca de la persuasión. El énfasis que el filósofo puso en
el análisis de las creencias, valores y opiniones de la audiencia, notando
la mayor efectividad de los oradores que ocupaban las líneas de razonamiento
típicas de la audiencia originó toda una tradición a mediados del siglo
pasado que buscaba en la estructura del mensaje y en el emisor las causas
del fenómeno persuasivo en las audiencias.
En la práctica, los políticos siguen y seguirán afinando
sus discursos (...o pagando logógrafos...) agregando valores, necesidades y
preocupaciones de interés público. No olvidemos que en los seminarios y
currículos relativos a las ciencias políticas, así como en las jornadas de
capacitación en comunicaciones para dirigentes políticos prominentes, las
enseñanzas de Aristóteles todavía son material de enseñanza y discusión.
En otro ámbito, su influencia se siente aún cuando las
compañías siguen la tradición del estudio de su público blanco o target
de sus mensajes, por lo que gastarán pequeñas fortunas en analizar
nuestros hábitos de compra, detallando posibles audiencias para cada
producto en particular, y donde la gente de relaciones públicas, marketing y
otros seguirán intentando igualar sus productos con nuestros sueños, valores
y esperanzas.
1.2 Nuestras
Pantallas
Pero a pesar de este legado y su vigencia en nuestras
formas de pensar, que mantienen aún la puerta principal -y la de servicio-
abierta a los mismos sistemas persuasivos y educacionales de antaño, el
mundo que habitamos evidentemente no es el mismo que dio origen a tales
razonamientos. La cultura no es la misma y nosotros cambiamos con ella desde
nuestras ropas hasta nuestra complexión y tamaño.
¿Es posible también que hayamos mutado incluso en nuestras
formas de percibir el mundo? Tal vez la pregunta deba ser reformulada:
¿Cuáles son las fuentes a partir de las cuales actualmente formamos nuestra
opinión acerca del mundo que nos rodea? Las respuestas a estas preguntas son
variadas, algunas interesadas en persuadirnos de que ese es el
punto al cual debemos darle importancia (¡y éste es el método!).
Otras incluso pueden expeler un vaho a naftalina.
Podríamos mencionar a la familia, podríamos invocar al
aprendizaje o al currículum. Está, por supuesto, el grupo de pares -los
amigos- como grupos de pertenencia y por lo tanto de identificación. Por su
parte, los medios de comunicación de masas, llamados así por las
enormes estimaciones de audiencias que los usan y atienden, también tienen
algo que decir, como es la tesis que sustenta este trabajo. Primero fueron
los escritos, las epístolas. Luego el libro fue el medio de comunicación más
refinado durante centenios, luego ocurrió el advenimiento de los diarios,
periódicos y revistas, finalmente surgieron los magazines
estratificados según el gusto del público. El telégrafo y el teléfono son
otros exponentes primordiales del avance tecnológico, después fue la radio y
el cine. Antaño, los analistas más osados apuntarían su índice a la
televisión, mientras que hoy en día esos dedos apuntan a la Internet...
Todos ellos tienen en común en que se engloban bajo la
denominación medio, que viene de la observación fenoménica acerca de
cualquier manifestación física que cargase con el contenido de la
comunicación, lo que según el modelo de comunicación de Shannon y Weaver y
Berlo correspondería a un canal (López, Parada y Simonetti, 1991).
Pero hoy en día el significante "medio", en el uso común, se usa en función
del referente "los medios", que engloba tanto a la radio, la televisión, la
Internet, los diarios, periódicos y revistas, el teléfono, el telégrafo u
otras formas tanto presentes como pasadas que hacen las veces de vehículo o
canal de la información, medios de igual manera.
Pero la connotación práctica acerca del uso y efectos de
los nuevos medios fue, en su momento, fuente de preocupación para los
literatos contemporáneos y para representantes de la academia. George Orwell
puso una pantalla que observaba e interactuaba con(tra) Winston -sin
relación inversa-, cuando él miraba a la pantalla, sólo veía propaganda,
siendo naturalizado en los mitos del INGSOC. Arthur C. Clarke puso una
interrogante acerca de la lógica propia que pueden adquirir los propios
medios sobre nosotros, en una de las tantas interpretaciones posibles a
"2001: a Space Odissey", otras películas más recientes ("Wag the Dog", "The
Fourth Power", entre otras discurren en los engaños y los efectos a que los
medios nos someten, simulacros, siguiendo a Baudrillard).
La preocupación acerca de la creciente deshumanización y
alienación del hombre por el desarrollo de los medios de comunicación, las
tecnologías que los sustentan, así como de esas mismas tecnologías con
respecto a los medios de producción plagan desde los escritos de Asimov
hasta las más malas de las tiras cómicas y las películas "B" de Hollywood.
Si el arte es también un reflejo de la realidad, de las preocupaciones del
momento, estamos entonces frente a síntomas de un cuestionamiento de la
intelectualidad y la percepción de que efectivamente los medios influyen a
su público, de acuerdo a las tensiones políticas que imperaban en aquellos
años producto de la polarización mundial en el marco de la "guerra fría".
En ese contexto político/ideológico, a su vez que
fuertemente marcado por el acelerado desarrollo de los medios de
comunicación, surgen las ideas acerca de los efectos de los medios en los
diversos hábitos de nuestra vida. Estos cambios, según algunos teóricos como
McLuhan y la escuela de Toronto y a diferencia de las aproximaciones de
izquierda, implica el paso a un nuevo paradigma rector del radio de
extensión de nuestras percepciones, según su formulación el cambio en
nuestras actitudes y conductas no ocurre en tanto la ideologización y la
enseñanza, sino de acuerdo a una ampliación exponencial del campo perceptual
humano producto de los propios medios, aunque a la larga el cambio parece
afectarnos de manera integral al gatillar nuevos y diversos procesos y
subprocesos culturales que realimentarán el nuevo proceso sin posibilidad de
volver atrás. Veamos cómo.
La raíz de la idea de que el cambio tecnológico determina
a la cultura es rastreable, entre otros autores, a historiadores como Erik
Havelock y Walter Ong, que sugieren fuertes cambios en el desarrollo
personal, cognitivo y cultural de los pueblos occidentales (y en especial en
la Grecia antigua, y por lo tanto en occidente) sólo por el hecho del cambio
desde la tradición oral a la escrita en este pueblo. Este es el llamado paso
del paradigma oral al escrito, producto del alfabeto. También bajo esta
óptica se explica que el poder pertenecerá invariablemente a la clase que
posea los conocimientos acerca de la nueva tecnología. Esto sería efectivo
en el plano político de esta posición, pero los efectos psicológicos serían
también la desconexión entre el sujeto de su entorno, una nueva posibilidad
de abstraerse en un medio de comunicación -el libro- que exige la atención
del sujeto y que abre una forma de aprendizaje distinta, como se expondrá
más adelante. El caso del un paradigma oral se expresa en la frase "la
canción (sea musical o poética) y el ritual eran la tinta del conocimiento"
(Andrews, 1995). Esto cambió radicalmente, no abruptamente.
Este proceso de cambio fue lento, abarcando centurias
hasta finalmente imponerse, a pesar de que la escritura ya era conocida en
Grecia desde mucho antes del llamado cambio de paradigma. La cultura griega
dependía de la codificación de la información en textos poéticos para ser
aprendidos por repetición, que proveían una enciclopedia cultural de
conductas y actitudes. El cambio de paradigma vino principalmente en la
forma de la filosofía (Birkerts, 1994). Una vez establecido el cambio según
un lento proceso que logró la hegemonía gracias al nacimiento de la imprenta
de Gutemberg y sus supuestos efectos consecuentes en la forma de aproximarse
a conocer el mundo, orientada hacia lo visual y la organización lineal de
los conceptos, se postula aún un nuevo cambio de paradigma, esta vez
cimentado en los cambios causados por la tecnología eléctrica y
posteriormente electrónica y las nuevas posibilidades y alcances de la
codificación del mensaje y el medio que la transmite, así como su impacto en
la psiquis individual y colectiva.
Los teóricos más conocidos acerca del "medio electrónico",
"proto-electrónico", o "mass-mediático", adjetivos que denominan la
época que estamos viviendo y los cambios producidos por los medios de la
comunicación, tienen una visión casi consensuada acerca de las
características anteriores a éste, refiriéndose a los medios impresos y a la
época electrónica actual que sería su sucesor.
Marshall McLuhan, Walter Ong y Neil Postman, por nombrar
algunos, se basan en la tesis de que lo impreso tiene un orden lineal, atado
a la lógica, según los imperativos de la sintaxis, entendida como una
subestructura del discurso, un mapeado de las formas en que la mente
construye el sentido a través del lenguaje.
La comunicación impresa requiere de la atención del
lector, al ser la lectura principalmente un acto de traducción, en que los
símbolos son traducidos en sus referentes verbales para luego ser
interpretados. La interacción con el texto impreso es un hecho privado,
donde el contenido pasa desde la privacidad del emisor hasta la privacidad
del receptor. Lo impreso impone, de igual manera, un eje temporal en la
vuelta de las páginas, aparte del descenso vertical en las páginas, así como
en el orden natural para nosotros de leer de izquierda a derecha, donde los
contenidos anteriores sirven de base para lo que sigue. El material impreso
es estático, es relativamente inmutable (salvo accidentes, malos cuidados o
pérdidas), más aún, es consistente con nuestra forma tradicional de
organizar las historias. (Birkerts, 1994). El tempo de la lectura es
variable, dependiendo del progreso según nuestra focalización, entendimiento
y motivación.
El orden electrónico, en cambio, es en muchas formas
opuesto al orden impreso. La información y los contenidos no sólo se mueven
de un espacio privado a otro, sino que lo hacen por medio de redes de
transmisión. El involucramiento es intrínsecamente público y tiene lugar
dentro de un extenso circuito de conectabilidad. Los vastos recursos de la
red electrónica siempre están potencialmente allí, aunque no los ocupemos.
La comunicación electrónica puede ser tanto de forma pasiva, como en el caso
de la televisión, o activa como en el caso de la Internet. Los contenidos, a
menos que sean registrados, grabados o impresos son percibidos como si se
desvanecieran, ya que la mayor parte de las veces no quedan vestigios
físicos de que algo realmente estuvo allí en pantalla.
En el caso de los computadores, la información puede ser
borrada y/o cambiada con sólo un click, mientras que en los medios visuales,
como en la televisión, la impresión y la imagen superan a la lógica y el
concepto, resultando que el detalle y la linearidad son finalmente
sacrificados en función del medio en tanto su valor económico como
sustentados en los límites que la tecnología actual permite. El tempo
entonces es rápido y plagado de cortes; su movimiento básico es lateralmente
asociativo más que verticalmente acumulativo. La presentación estructura la
recepción, generando finalmente expectación acerca de cómo se espera que se
organice la información.
Birkerts (1994), afirma de igual manera que la tecnología
visual refuerza un aumentado y siempre mutable "darse cuenta" (awareness)
del presente, trabajando en contra de la percepción histórica, que a su vez
se apoya en la sucesión lógica y secuencial. Así el medio impreso exalta la
palabra, fijándola en la permanencia, mientras su contraparte electrónica lo
reduce todo a una señal, a un fin en sí mismo. "Las telecomunicaciones son
la nueva red arterial, en parte análoga a lo que los ferrocarriles fueron
para el capitalismo del siglo XIX. Es este sustituto electrónico para la
geografía las entidades corporativas y nacionales están moldeando" (Crary en
Birkerts, 1994).
Inevitablemente surge la discusión acerca de si no estamos
en presencia de otra concepción determinista de la naturaleza humana al
plantearse la fuerte influencia de los medios por sobre sus creadores.
Actualmente, los círculos académicos preocupados acerca del tópico, en
particular en la tradición británica, discuten acerca de la validez de este
llamado determinismo tecnológico. Esta idea en sí no es nueva,
incluso Karl Marx, pensador que efectivamente generó toda una tradición de
concepciones acerca de los medios y su influencia es frecuentemente
interpretado como un autor dentro de esta línea de pensamiento por frases
aisladas como:
"El molino de viento le entrega la sociedad con el
señor feudal: la industria a vapor, una sociedad con el capitalista
industrial" (Marx, 1847, La pobreza de la
filosofía).
Desde esta concepción llamada determinista, las
transiciones desde la tradición de lo impreso (comenzada, según McLuhan
1967, por Johannes Gutemberg al imprimir la Biblia) hasta el medio
electrónico están, según este mismo autor, reentramando el tejido social y
cultural, provocando ulteriormente cambios psicológicos importantes. Se
postula que los sistemas educacionales declinan, y que los estudiantes cada
vez son menos capaces de comprender y focalizarse en los textos requeridos,
mientras su rendimiento va en declive (Birkerts, 1994. El psicólogo chileno
Eduardo Llanos, en una entrevista personal, se pronunció en este mismo
sentido).
Ahora bien, aun si adscribimos o no a esta concepción, en
nuestras pantallas, los llamados "bite-speak" o "sound-bites" que aparecen a
diario en los medios como representación previamente editada del discurso
político están destruyendo o al menos condicionando al discurso mismo,
muchas veces basado en la vieja retórica. Las razones de este cambio en el
estilo y contenido de los mensajes políticos hacia el público no responde
únicamente en función de binomios como medio/mensaje ni emisor/receptor, ni
en las variables como la economía política (quién es dueño de los medios)
que sustentan a los mismos.
No podemos desconocer a la llamada opinión pública como
una zeitgeist o signo de los tiempos, y su comprensión implica
entender la interacción entre los medios masivos y las audiencias en función
de varios factores, como por ejemplo, el uso de los tiempos en función de
maximizar el valor económico de los medios de comunicación de masas, lo que
implicó acotar los tiempos totales de duración del mensaje y la velocidad y
elección de las tomas, el estilo, los temas y los énfasis del discurso
político (según los códigos paralelamente desarrollados en el cine), ya que
este nuevo discurso, en general e incluso en los actos públicos, está
pensado para las audiencias sentadas en sus hogares o lugares públicos
conectados a un medio más que para concentraciones o actos masivos.
Ahora bien, ahora el público tiene a su disposición, en el
caso de la televisión, al conocido zapping o conducta repetitiva y, a
veces, compulsiva de cambiar los canales de televisión sin moverse, por
medio de los controles remotos, lo que redujo considerablemente el coste de
la respuesta conductual del simple hecho de cambiar un canal, por lo que el
político moderno y los medios que llevan el mensaje compiten por la
preferencia de los espectadores, y los medios más aún siguen compitiendo
entre sí. ¿Por cuantos cortes y revisiones pasa un discurso presidencial o
una conferencia de prensa política antes de ser entregado a la opinión
pública? Los logógrafos son representantes de un negocio que todavía
rinde y los editores de prensa son parte del staff de cualquier canal
de televisión. ¿Y por cuántos filtros ideológicos pasa el mismo mensaje? Una
cita, una idea: Fernando Paulsen, conocido periodista chileno, aludió a los
tiempos en que los políticos "llamaban pueblo a la gente" (Revista
Caras, enero de 2000).
Contextualizándonos nuevamente en la panorámica actual de
los cambios a nivel personal por causa del uso de los medios, Birkerts
(1994), por su parte, plantea los siguientes efectos en el advenimiento (o
actualidad) de la era electrónica:
La erosión del lenguaje:
parece no haber duda que la transición desde la cultura del libro hasta la
cultura de la comunicación electrónica alterará los usos del lenguaje en
todo nivel social. La complejidad y la distintividad de la expresión escrita
y hablada, unidas a la tradición literaria de lo impreso, será gradualmente
reemplazada por un habla más chata y telegráfica. Neil Postman (en Birkerts,
1994) ha sugerido ya que ciertas pérdidas han ocurrido por la necesidad de
comunicarse a distancias, como en los casos del telégrafo y la televisión y
como los complejos patrones de discurso del siglo XIX han sido
simplificados, según la tendencia. La prefabricación lingüística simple es
una cosa común, en desmedro de la ambigüedad, la paradoja y la ironía. El
lenguaje "slang", el coa o los modismos juveniles son un muestrario de este
proceso de la eliminación de los sinónimos, que son varios significantes con
un solo significado por lo contrario, un significante con varios
significados, que en este caso en particular representa un empobrecimiento
del lenguaje tan brutal que la comunicación expresiva se dificulta de
sobremanera, llegando a la estereotipia lingüística dentro del mismo grupo,
tanto como a la falta de entendimiento entre generaciones, ya ni siquiera
tan lejanas en el tiempo. Un ejemplo es la palabra "lata", cuyo significado
varía desde una aleación de metal hasta el hastío, abulia, aburrimiento,
timidez, entre muchos otros.
El "achatamiento" de las perspectivas históricas:
los cambios en el acceso a la información tanto como en su almacenamiento
deberían afectar nuestra memoria histórica. La profundidad del campo es un
concepto lingüístico de utilidad que nos puede servir para representar la
presencia del libro y la acumulación física de libros en las bibliotecas. La
contemplación de ese espacio ocupado nos da una representación visual del
tiempo pasado en un sentido de profundidad y dimensionalidad. Las notables
bases de datos actuales rompen este contexto, este sentido cronológico, por
algo intangible. No quedan muchas pruebas tangibles de la existencia de algo
(o alguien) en el medio electrónico, ya que la materia física se hace
innecesaria a este tipo a las comunicación actual. No existirán pruebas de
que algo se construyó, y lo que se preserve será sólo el supuesto original
publicado, en el caso de los libros. No veremos "obras inconclusas", ni
garrapateos en hojas, ni "obras póstumas", que representan documentos de
valor histórico y sentimental. Ya no se trabaja de esa manera, usamos
una mucho más pragmática y rápida, capaz de ser modificada a voluntad, pero
que no deja huellas tangibles detrás de sí.
La palidez del yo privado:
estamos quizás, según Birkerts (1994), frente a las primeras etapas del
proceso de colectivización social que en el transcurso del tiempo borrarán
el ideal del individuo aislado. Durante décadas hemos presenciado el quiebre
de la idea de la vida privada alejada, opaca y cerrada al mundo para aceptar
la llegada de una época donde la vida está enmarcada dentro de sistemas
tanto sociales como electrónicos. Si existiese un mundo ficticio dentro de
lo electrónico, ese lugar carece de tiempo y de estaciones, y mientras
vivamos en un sistema donde el tiempo sea oro y el oro valga,
siempre deberemos estar potencialmente en línea, ubicables si
se prefiere. Esto no implica en ningún caso la muerte del yo privado, sino
un cambio en la conceptualización de la(s) vida(s) que enfrenta una persona
no en el futuro lejano sino hoy, siendo este un modelo que se impone según
los avances tecnológicos y la consecuente globalización (1). El yo en
sí mismo debería cambiar según cambia la naturaleza del espacio subjetivo, y
nuestro país es, sin duda, un testigo (perplejo) de los cambios psicológicos
y sociales que implica la abolición de las distancias.
El transitar por tantas redes de información, aparte de
nuestras diversas necesidades tanto afectivas como laborales, ya no dejan
tanto tiempo para atender a los diversos espectáculos que se desarrollan
simultáneamente, y nadie se quiere perder la fiesta. Esta falta de tiempo y
espacio privado tiene varias soluciones, algunas obvias y desesperadas como
el escapismo, otras no tan evidentes pero si coherentes con lo que vivimos;
tomamos "instantáneas" de lo que ocurre a causa de los cambios con las
mismas herramientas que provocan ese cambio, ahora grabamos esos
mensajes. Los grabamos en apariencia o virtualmente, ya que muchos de ellos
se borran con una tecla. Grabamos cintas que acumulamos hasta el punto de
que no sirven a su propósito inicial, ya no las vimos porque pasaron a ser
añejas de inmediato, grabamos archivos que nunca abrimos, no hay tiempo
porque ya hay otro. Es difícil diferenciar esta conducta de las derivadas
del consumismo, tal vez nos enfrentamos al mismo proceso en otra de sus
encarnaciones.
¿Alarmismo? ¿Otra visión sombría? Esto no es parte de una
queja, más bien es parte de la observación. Este discurso no ensalza la vida
bucólica ni mucho menos. Es parte de un coro de voces tanto desde la
academia como desde la praxis, que murmuran (gritan) acerca de cambios que
afectan nuestra vida. Lo subjetivo del problema es mientras algunos sienten
una fuerte angustia por el vértigo de los cambios, otros se acostumbran a
ellos y, hasta les gusta el ritmo vertiginoso (2). Otros son aún más astutos
y sacan dinero y hasta fama con este asunto como gurú de las
comunicaciones, mientras que muchos más somos educados dentro de este
esquema y ya no tan centrados en los efectos de la televisión, sino viviendo
ya en la era de la telefonía celular y la Internet.
Pensemos en el libro, representante natural del llamado
paradigma de lo impreso, como un desarrollo antropológico similar a la rueda
(Birkerts, 1994). Aparte de ser una demostración de la capacidad del hombre,
es un medio de transporte en el espacio de la experiencia a la velocidad de
la vuelta de una página. Este vuelo, como sabemos, es de lo privado hacia lo
privado. La lectura en grupos no parece tener los mismos efectos y es más
bien un ritual de comunión entre grupos, no parece ser una buena metodología
de estudio o debate de ideas, por lo que podríamos afirmar que el viaje que
hacemos con el libro es en dirección tanto a la autonomía como a la
privacidad. El movimiento de la sociedad electrónica, en cambio, es hacia
colectivización en los contenidos de ese nuevo orden, es decir una
colectivización electrónica, en el plano teórico por cierto. ¿Existe alguna
relación entre los procesos derivados de la inclusión de las nuevas
tecnologías en el fenómeno de la opinión pública? Las ideas de Marshall
McLuhan nos pueden servir de piedra fundacional para un análisis que de una
respuesta -positiva- a tal pregunta.
1.2.1
Understanding McLuhan
Herbert Marshall McLuhan (1911-1980), nacido en Canadá,
recibió su PhD. en Literatura Inglesa de la Universidad de Cambridge.
McLuhan se dedicó a teorizar acerca de la comunicación y los medios
actuales, y la influencia de la tecnología y los medios del hombre para
comunicarse y su influencia en la esfera psicológica y cultural, con un
soporte en la interpretación histórica y filosófica para afianzar sus
argumentos más que en la experimentación empírica, por lo que muchas veces
fue criticado, según se dice, por seleccionar la información para realzar
sus argumentos (Lesley, 1998), presentar a los mismos de forma críptica o
aforística con fines argumentativos (Eco, 1967), y presentar un
"determinismo tecnológico" de la conducta y cognición humana (Chandler,
1994), aparte de no ocupar el método científico para contrastar sus
aciertos.
Según sus ideas, "el medio, los procesos, de nuestro
tiempo -la tecnología eléctrica (electrónica)- está reformulando y
reestructurando los patrones de interdependencia social y cada aspecto de
nuestra vida personal. Está forzándonos a reconsiderar y reevaluar
prácticamente cada pensamiento, cada acción y cada institución antes dada
por hecho (McLuhan, 1967)". Y sigue "las sociedades siempre han sido
moldeadas más por la naturaleza del medio por el cual se comunican más que
por el contenido de la comunicación. El alfabeto, por ejemplo, es una
tecnología que es absorbida por el niño de una manera inconsciente, casi por
osmosis. Las palabras y su significado predisponen al niño a actuar
automáticamente de ciertas maneras. El alfabeto y la tecnología impresa usan
y refuerzan un proceso de fragmentación, un proceso de especialización y
separación. Es imposible el entendimiento de los cambios sociales y
culturales sin un conocimiento de la influencia de los medios".
McLuhan se apoya en las ideas de Erik Havelock y Walter
Ong acerca del cambio de la memoria oral de un pueblo a su estructuración en
lo escrito, que implica un orden que va desde lo alfabético a lo sintáctico,
traspasando a quien lo aprehende una visión del mundo más o menos acorde a
la que conocemos hoy en día, es decir, lógica y secuencial. La escritura fue
definida por McLuhan como "la traslación del sonido en un código visual"
(3).
La primera escritura fue jeroglífica o pictográfica, lo
que permitía al código visual ser fácilmente relacionado con el significado.
En cambio, la invención del alfabeto fonético cambió esta relación al usar
un código sin relación aparente con el significado. Para McLuhan esto causó
la "separación del pensamiento de la acción" (McLuhan, 1962, en Lesley,
1994). El alfabeto fonético fue la fuerza que de-tribalizó al hombre, pero
no logró ese efecto inmediatamente, ya que el hecho de ser letrado era una
habilidad escasa entonces.
La invención de la imprenta, extendió la literalidad,
teniendo en su opinión dramática en la sociedad, inaugurando lo que denominó
"La Era (Galaxia) de Gutemberg", una época que privilegiaba lo visual y
entregaba un orden del mundo lineal como los párrafos de los libros con los
cuales la gente aprendía. Recordemos, como plantea Lesley (1994) que a
partir del siglo XVI se hizo imposible para el iletrado conseguir riquezas e
influencia; una razón más para acercarse a los libros, ya sea por placer o
como una manera de sobrevivir. La imprenta fue el nuevo medio de la
comunicación de los hombres, que les enseñó un orden del mundo, dado por la
lógica y la secuencialidad elementos que incluso son rastreables en la
gramática y la sintaxis que este nuevo medio poseía y diseminaba.
1.2.2 El
medio es el mensaje/El medio es la mass-age
¿Podría un aparentemente simple avance tecnológico ser la
causa de un nuevo medio de comunicación, que afecte e incluso cambie al
hombre? McLuhan plantea en su clásico análisis acerca de los medios que
éstos nos afectan de manera completa y penetrante en sus "consecuencias
personales, políticas, económicas, estéticas, psicológicas, morales, éticas
y sociales, hasta que ninguna parte de nosotros que no afectada o alterada"
(McLuhan, 1967).
Para este autor es imposible entender el cambio social y
cultural sin un conocimiento de los medios como "ambientes" ya que ellos
alterarían y luego reconstruirían un nuevo ambiente para los hombres, dentro
del cual ellos vivirán, hecho que implica una adaptación a las nuevas
condiciones externas. La argumentación de McLuhan es que los medios "evocan
en nosotros radios únicos de percepciones sensoriales", siendo "todos los
medios una extensión de alguna facultad humana -psíquica o física" (McLuhan,
1967).
En la época en que la oralidad dominaba en las sociedades
pre-alfabéticas, el órgano perceptivo usado con preeminencia era el oído,
que nos ubicaba en un espacio acústico sin fronteras, sin dirección ni
horizonte. El alfabeto fonético, en cambio, privilegia el ojo como órgano
perceptivo del nuevo ambiente de la comunicación en dicha sociedad,
desplazando al oído a favor "del mundo neutral del ojo. Al hombre se le dio
un ojo por una oreja" (McLuhan, 1967).
El alfabeto fonético está construido por partes sin
significado semántico en sí, organizado en líneas según un orden prescrito.
Su uso reforzó el hábito de percibir el ambiente en términos visuales y
espaciales particularmente uniformes, lo que a la larga se transformó en el
principio organizador de la vida, "Como empezamos, seguiremos".
"Racionalidad" y lógica pasaron a depender de la
presentación de hechos y conceptos conectados y secuenciales" (McLuhan,
1967). La era de Gutemberg, con la imprenta, "un aparato de reproducción",
confirmó y alentó a la percepción visual en su rol rector. "Estamos tan
visualmente sesgados que llamamos a nuestros hombres sabios visionarios
o videntes" (McLuhan, 1967).
La imprenta creó el primer "lujo" uniformemente respetado,
el libro, y la primera línea de ensamble, la imprenta, así como un nuevo
tipo de hombre educado uniformemente en contenidos predeterminados y que
organizaba su percepción según la tecnología que lo hizo hombre: un medio de
comunicación para ser entendido en la privacidad, sin involucrarse,
aportando su cuota en la creación del individualismo actual.
McLuhan asume que el ambiente que genera el flujo de la
información por canales electrónicos actúa como una extensión de nuestro
sistema nervioso central, variando el radio de nuestras percepciones, lo que
tendrá efectos cognitivos importantes, ya que un medio impone sus
condiciones en la matriz cultural donde este medio en particular opera,
haciéndose invisible para quienes viven en él (Andrews, 1994). "Cuando esos
radios (perceptuales) cambian, los hombres cambian" (McLuhan, 1967).
McLuhan no se centra tanto en el uso de los medios, ni en
su contenido, sino en el proceso perceptual necesario para vivir en aquél
medio, que finalmente nos impone ciertas reglas de decodificación de los
mensajes. Según sus palabras "nuestra respuesta convencional a todos los
medios, en referencia a que es el cómo se usan lo que cuenta, es la posición
adormecida del idiota tecnológico. Ya que el "contenido" de un medio es como
el jugozo pedazo de carne que lleva el ladrón para distraer al perro
guardián de la mente. El efecto de un medio es fortalecido e intensificado
sólo porque se le da otro medio como contenido. El contenido de una película
es una novela, una obra teatral o una opera. El efecto forma de una película
no se relaciona con el contenido del programa" (McLuhan 1962, en Andrews,
1994). Sintetizando, para McLuhan hubiera sido lo mismo si en vez de la
Biblia se hubiera impreso el Corán, ya que los efectos más importantes de
los medios no son función de su contenido sino de la posibilidad que estos
ofrecen de ampliar o al menos condicionar nuestras percepciones del mundo.
"El medio es el mensaje" es un aforismo que nos habla de
que este ambiente en que vivimos nos habitúa a cognoscerlo según sus propias
reglas comunicativas, configurado gracias a los patrones de reconocimiento
necesarios para lograr la percepción de lo externo, hecho que refuerza
ciertas formas lógicas y secuenciales de captar el ambiente mediante ciertos
sentidos y en determinados patrones. El "mensaje" de este nuevo medio
electrónico es la velocidad, la saturación de información, la interconexión;
una nueva realidad captable no sólo por el ojo, sino también por el oído (Symes,
1994). Una realidad multimedia; "a la alta velocidad de la comunicación
electrónica, los medios puramente visuales de aprehender el mundo ya no son
posibles; son demasiado lentos para ser relevantes o efectivos" (McLuhan,
1967).
El mundo instantáneo del medio de la información eléctrica
nos envuelve a todos, simultáneamente. No es posible el estar alejado, no
requiere la privacidad de la misma manara que el libro. El mundo ocurre en
un todo-a-la-vez que borró al tiempo y al espacio.
"El medio es la mass-age (era de las
masas)". El juego de palabras es el estilo de McLuhan. Con esta variación de
una letra nos habla de la interconexión entre los grupos. Los medios
electrónicos nos muestran compartiendo un espacio común con otros distintos
a nosotros, donde las minorías ya no pueden ser ignoradas, a la vez que la
electrónica nos hace visibles al resto. Es globalización, llevado por
McLuhan al extremo con la idea de "la aldea global" un mundo retribalizado,
un mundo en el que compartimos este nuevo medio electrónico como si fuéramos
peces; respiramos lo mismo que quienes no vemos, compartimos formas y
contenidos nuevos. Es una vuelta a lo infinito e indefinido del espacio
acústico. "La tecnología de la imprenta creó al público. La tecnología
electrónica creó a la masa. El público consiste de individuos separados
caminando por ahí con puntos de vistas fijos y separados. La nueva
tecnología demanda que abandonemos el lujo de esa postura, esa mirada
fragmentaria" (McLuhan, 1967).
Entonces vivimos en el mito, "un modo simultáneo de
darse cuenta de un complejo grupo de causas y efectos" (McLuhan, 1967).
Vivimos juntos compartiendo el mismo medio que nos transmite tanto formas
para ver la realidad, como contenidos para entenderla, un proceso de
masificación que empezó con la producción a gran escala de los libros.
Evidentemente McLuhan no cuestiona a este mito (4), ya que el autor no se
preocupa acerca del sentido, la significación detrás de cierta forma
de ver el mundo. Tampoco se preocupa mucho acerca de quienes se podrían
beneficiar con las asunciones dentro de una forma de conceptualizar.
1.2.3
Tipología de los Medios en McLuhan: medios
calientes y medios helados
Partamos con un ejemplo gráfico de un medio caliente: el
libro. Contrariamente a lo que la palabra nos podría sugerir, los medios
calientes (hot media) amplían, según McLuhan a un alto poder de definición
un único sentido (en este caso la visión), saturando de datos e
informaciones precisas al receptor, pero dejándolo libre en tanto sus otras
facultades. En cierto sentido lo hipnotizan, fijando uno de sus sentidos en
un punto único. Los medios fríos (cool media), en cambio, proveen datos
vagamente definidos, obligando al receptor a llenar los vacíos y comprometen
de tal manera todos sus sentidos y facultades. Le vuelven copartícipe, pero
bajo la forma de una alucinación global que lo compromete por entero. La
prensa es caliente, la televisión es fría (Eco, 1967).
A juicio de Eco (1967), siempre con respecto a los
planteamientos de McLuhan, el advenimiento de la electricidad dio
verdaderamente inicio a fenómenos revolucionarios. Si realmente el medio es
el mensaje, independientemente de su contenido, entonces la luz eléctrica
fue la primera vez que se presentó en la historia un medio sin contenido. Si
aceptamos que la tecnología eléctrica sustituyó de cierta forma al sistema
nervioso central, ofreció entonces como su producto primario la
información. Los demás productos derivados de esta civilización
electrónica en una época de creciente automatización, comunicaciones
rápidas, economía crediticia y nuevas formas de operaciones financieras, son
secundarios respecto al producto información. La producción y compraventa de
la información ha superado las propias diferencias ideológicas. En el
intertanto, el advenimiento de un medio frío por excelencia como la
televisión ha contribuido portentosamente a la destrucción del universo
lineal de la anterior civilización mecánica inspirada en el modelo
gutembergiano y reconstruido una especie de unidad tribal de aldea
primitiva. Una aldea global, un mundo global: globalización es el nombre del
juego.
Para McLuhan, el advenimiento de la imagen televisiva, un
medio que no permite la perspectiva ni la linearidad en el modo de vivir,
desaparece de la industria la línea de montaje, como desaparecen las
estructuras jerárquicas y lineales de los cuadros directivos de las
empresas. Han desaparecido las filas de hombres sentados solos en los
bailes, las líneas políticas de los partidos, los despliegues de personal a
la llegada de un cliente en los hoteles. El nuevo modo de percibir el mundo
actual es sinestésico, y como tal, implicando totalmente los sentidos del
receptor. Para McLuhan (en Eco, 1967) el niño, empapado de la imagen en
mosaico de la televisión observa el mundo con una nueva aproximación, con un
impulso automático a la implicación en profundidad y multimediática, que
logra que todos los lejanos objetivos visualizados de la cultura dominante
se les aparezcan no sólo irreales, sino irrelevantes y anémicos. Esta
actitud cambiada no tiene que ver con los programas y su contenido, y
probablemente ocurriría lo mismo si los programas tuvieran un contenido
cultural más alto. En resumen, la tesis es la siguiente: la tecnología
eléctrica extiende el proceso instantáneo del conocimiento mediante la
relación entre sus componentes, de manera análoga a como se desarrolla en el
interior de nuestro sistema nervioso central. Esta velocidad constituye una
unidad orgánica que pone término a la era mecánica que puso en marcha
Gutemberg. Si está la electricidad para dar energía y sincronización, todos
los aspectos de la producción, del consumo y de la organización se vuelven
incidentales respecto a la comunicación (McLuhan en Eco, 1967). Nuevamente
the medium is the message.
1.2.4
Críticas y Aportes del Razonamiento de McLuhan
La dominación de los medios fríos es típica de nuestro
tiempo, envolvente y coparticipativo, que es particularmente afecto a la
entrega de configuraciones de escasa definición (imágenes compuestas de
mosaicos de puntos luminosos en nuestras pantallas). No recibimos, según
este razonamiento, productos terminados sino procesos, y por lo tanto, no
una sucesión lineal de objetos, momentos y argumentos, sino una especie de
totalidad y simultaneidad de los datos en cuestión .
Lo cierto es que el razonamiento que sustenta tales
afirmaciones es tan vertiginoso como los tiempos y efectos que describe.
McLuhan ocupa una línea argumental basada en aforismos, no en silogismos o
argumentos. Los aforismos, como sabemos, son incompletos, y como tales,
requieren de una implicación profunda, una forma sutil de introducirnos al
nuevo universo descrito. El defecto de esta técnica argumentativa es que por
cada afirmación McLuhan ofrece una opuesta y ambas son asumidas como
congruentes (Eco, 1967). Así, sus ideas podrían "ser citados por un marxista
chino que pretenda denunciar nuestra sociedad, (así como son) argumentos
demostrativos para un teórico del optimismo neocapitalista" (Eco, 1967).
Marshall McLuhan no contrasta sus argumentos, sino más
bien se preocupa de que éstos sean. Está plenamente consciente de su
retórica, que ocupa dentro de los límites del medio impreso una cadena de
baja definición que nos implica en su discurso y cumplimos nosotros el rol
de un receptor capaz de llenar los vacíos argumentales con un "consiguiente"
y un "por lo tanto" según nuestra costumbre gutembergiana de hilar los
argumentos que nos encontramos en una misma página según ejes causales o
correlacionales.
La conmutación desfadada de las connotaciones habituales
de los términos son producto de una regeneración voluntaria de las
terminologías con fines provocativos en el discurso, sus palabras valen en
tanto impactan al lector. Eco (1967) nos da luz al respecto con su análisis
de la terminología de McLuhan, donde caliente significa "capaz de
permitir el distanciamiento crítico" y frío "implicante".
Distanciamiento es "empeño crítico" y participación "desempeño
alucinatorio", por citar algunos términos.
De igual manera, el pensamiento de McLuhan conlleva serios
errores para un teórico de la comunicación, como las ambigüedades entre
canal, código y mensaje. Así, la famosa monserga "el medio es el mensaje" es
deconstruíble en una serie de fórmulas coexistentemente contradictorias,
significando según Umberto Eco (1967):
-
La forma del mensaje es el verdadero contenido.
-
El código (la estructura de una lengua o de otro
sistema de comunicación) es el mensaje, como en la tesis de B.L. Whorf,
para quien la visión del mundo viene determinada por la estructura de la
lengua.
-
El canal es el mensaje, o sea, el medio físico
elegido para transportar la información determina ya sea la forma del
mensaje, sus contenidos o la estructura misma de los códigos, idea sacada
de la estética, donde la elección de la materia artística determina las
cadencias del espíritu y el propio argumento.
Los estudiosos de la comunicación anteriores a McLuhan sí
se habían preocupado de desarrollar instrumentos útiles para formalizar las
diferentes fases del paso de la información, ofreciendo posibilidades para
diferenciar fenómenos diferentes que son y se consideran diferentes. Al
aplicarse estas conceptualizaciones al pensamiento de McLuhan, este puede
ser desglosado y razonado de forma crítica, lo que nos deja finalmente más
que con una teoría consistente de la comunicación con un caso o argumento en
estilo brumoso y provocador. Así, el principio de que los avances
tecnológicos impone cambios en el cuerpo social no son satisfactoriamente
explicados por el autor canadiense si es que acaso estos se producen en
virtud de un nuevo canal, un nuevo código, de un nuevo modo de articular el
código, de las cosas que el mensaje dice articulando el código o si acaso
por el modo en que un determinado grupo está dispuesto a acoger el mensaje
(Eco, 1967).
La propuesta de McLuhan es interesante y plantea un caso
alucinante, una perspectiva metaideológica (si eso realmente existe) de los
medios, donde el poder de cambiar está en el medio en sí y no en su
propiedad y control o ideología y significado, sino en como la extensión de
nuestro aparato perceptual nos cambiaría y, en cierta forma acercaría al
hombre a una conexión holística con su entorno, idea por cierto discutible,
ya que como todo avance, estos nuevos medios trajeron consigo tanto nuevas
riquezas económicas como alienación y soledad.
El problema con el pensamiento de McLuhan también se
relaciona con la pregunta acerca de si las tecnologías condicionan a quienes
crearon tales avances. Si es así, como en efecto la idea el medio es el
mensaje plantea, entonces hay poco que hacer frente a tal verdad, pero,
como lo plantea Eco (1967), la cultura tiene la posibilidad de construir
descaradamente otras verdades, tal vez valdría la pena construir otras más
productivas.
Es indudable que el advenimiento de los medios
electrónicos afectó al hombre en diversas esferas tanto sociales y
económicas como psicológicas y estéticas: he allí el poder del razonamiento
de McLuhan. Tom Wolfe, escritor norteamericano siempre se mostró muy de
acuerdo en lo que McLuhan planteó, ya que el tiempo, según Wolfe, siempre
terminó dándole la razón a McLuhan, ya que, como todo buen gurú, terminó por
acertar, en términos generales, en muchos de los cambios producto de las
nuevas tecnologías de comunicación, lo que evidentemente fortalece su caso a
la vez que obscurece su particular estilo y fallas conceptuales y
metodológicas. Los efectos parecen enmarcarse en su planteamiento a pesar de
los diversos vacíos.
Más aún, Marshall McLuhan es actualmente un icono, un
símbolo representativo de la vieja y la nueva camada anónima de "integrados"
-en la jerga de Eco- que deambulan en las redes de información. La revista "Wired",
por ejemplo, ha reeditado recientemente sus obras, consideradas como
fundamentales para entender la génesis de los actuales fenómenos
comunicacionales, como el caso de la Internet que McLuhan no conoció. El
centro de estudios que lleva el nombre del teórico canadiense mantiene su
legado, así como este sigue siendo ampliado en la Universidad de Toronto.
Las tesis y artículos que vinculan al mcluhanismo con el fenómeno Internet
siguen dando vida a McLuhan ... el autor incluso apareció en un cameo
en una película de Woody Allen ("Todo lo que siempre quizo saber acerca del
sexo y temía preguntar").
Sus ideas no son propiamente una aproximación al tema de
la opinión pública, pero si un salto al futuro o presente acerca de la
temática de los diversos medios de comunicación y su impacto, en este caso,
de las formas de hacer política. La llamada abulia en la participación
ciudadana producto, entre otras causas, de la televisión es ahora
reemplazada por una interconexión de bajo costo por grupos separados por
barreras infranqueables en el pasado. La Internet, el nuevo medio, no sólo
ha permitido la integración económica, sino la intercomunicación entre
grupos ideológicos, activistas o recreacionales que sólo gracias ha este
medio se han podido potenciar entre sí, algo que no logró (o tal vez truncó)
la televisión y el teléfono.
Es sólo cosa de ver la organización en red de los grupos
neonazis o los amantes de la pedofilia y la red de proveedores que
sustentan, o el estudio de Nie (2000) de la Universidad de Stanford que
revela que el uso de Internet en medidas 5 a 10 horas diarias puede
conllevar a un congelamiento y hasta un retroceso en las relaciones sociales
cara a cara, por citar extremos negativos. También tenemos como referencia
el fenómeno político-informático que ocurrió al revelarse en línea el
informe del fiscal Kenneth Starr acerca del caso Clinton-Lewinsky y como
reaccionó la gente a favor de un presidente inmoral en tiempos de
relativización valórica.
Dick Morris, asesor comunicacional de Clinton, publicó su
libro "Vote.com: How Big-Money Lobbysts and the media are losing their
influence, and the Internet is giving power to the people" donde postula la
pérdida de influencia de los grupos económicos y de poder al imponerse el
poder de la libre información en Internet, ejemplificando con el caso
de Clinton, y el consiguiente descrédito que sufrieron los medios masivos
frente a la opinión pública por el tratamiento del tema. La idea, el cambio
social por causa de la tecnología no es nueva, si consideramos los
postulados de McLuhan y otros antes que él, pero con respecto a la
relevancia que adquieren los grupos minoritarios en función de los nuevos
escenarios públicos y privados producto de un ambiente interconectado, es
algo ya vaticinado hace más de treinta años que hoy es una realidad. Es una
práctica sana el acudir a las fuentes de las ideas.
1.2.5 Teoría
Marxista de los Medios
El análisis de los medios por parte de algunos teóricos de
la comunicación tanto de la Escuela de Toronto (legado de McLuhan en la
Universidad de Toronto como en el instituto de investigaciones que
actualmente lleva su nombre) como de los modelos "funcionalistas" de la
sociedad, dejan fuera asuntos económicos importantes que afectan a la
edición, orden de presentación, énfasis, la cobertura de un fenómeno y a la
ideología que subyace en los medios y sus mensajes. La teoría de los medios
de inspiración marxista fueron comunes en Europa, y por exyensión en América
Latina desde finales de los años sesenta hasta principios de los años
ochenta, hasta que comenzaron a perder popularidad después de la caída de
los regímenes comunistas que existían en diversas partes del mundo. Aún así,
su legado tanto en su enfoque como en su jerga, aunque no tan predominantes
en los análisis de los medios como antaño, siguen siendo utilizados por
diversos analistas de los medios o subyace en sus apreciaciones.
En general, ya que no parece existir un acuerdo absoluto
entre los autores representantes de esta corriente, los teóricos marxistas
ven a la sociedad capitalista como una lucha de dominación entre clases; los
medios son conceptualizados como parte de una "arena ideológica" en que las
varias visiones de clase luchan entre sí. El control, en última instancia,
estará concentrado en el capital monopólico, mientras que los profesionales
de los medios disfrutan de una ilusión de autonomía y son socializados en
las normas de la cultura dominante, internalizando sus contenidos y
categorías. Los medios, tomados como un todo, entregan esquemas
interpretativos en consonancia con los intereses de las clases dominantes,
mientras que las audiencias de los medios, aunque a veces negocian y
cuestionan estos esquemas, carecen de fácil acceso a sistemas alternativos
de significado que les daría la posibilidad de rechazar las definiciones que
los medios ofrecen a favor de definiciones oposicionales consistentes.
El economismo o economisismo o "marxismo vulgar" es
fundamental para entender esta línea de pensamiento. Según este concepto, la
base económica de la sociedad es vista como el factor determinante de todo
lo demás en la superestructura social, incluyendo a la conciencia social,
política e intelectual y finalmente al individuo. El "materialismo
histórico" de Marx es una teoría que posiciona a las relaciones económicas
como la causa básica del fenómeno social.
Las investigaciones ortodoxas de los medios de masas en
esta tradición interpretan a las "industrias culturales" en términos de su
determinación económica, en el sentido de que "los contenidos de los medios
y los significados que llevan sus mensajes están primariamente determinados
por la base económica de las organizaciones en donde ellos son producidos" (Chandler,
1994). En consecuencia, las organizaciones mediáticas comerciales deberán
adaptarse a las necesidades de los avisadores y por lo tanto producir
productos que maximizen a la audiencia (entonces aparecen las fuertes dosis
de contenido con sexo y violencia), mientras que aquellas instituciones
mediáticas controladas o vinculadas de alguna con el estado tienden a
gravitar hacia un punto medio o hacia el espíritu del consenso
prevaleciente. El modelo de base/ superestructura aplicado hacia los medios
está asociado con una preocupación por la propiedad y el
control de los medios.
Los medios masivos, en términos marxistas clásicos, son
"medios de producción", los cuales en la sociedad capitalista están bajo la
pertenencia de la clase poderosa. Según la posición marxista, los medios de
masas simplemente diseminan las ideas y las visiones de mundo de esa clase,
negando o difuminando a las ideas alternativas. Marx que afirma que:
"La clase que posee los medios de producción material
posee al mismo tiempo el control sobre los medios de producción mental y,
por tanto, en sentido general, las ideas a que están sometidos los que
carecen de medios de producción mental... en consecuencia, gobiernan
ampliamente como una clase y determinan la extensión y el ámbito de una
época, con lo que evidentemente... entre otras cosas... regulan la
producción y distribución de las ideas de su época. Es así como sus ideas
son las ideas dominantes de su época" (Marx y
Engels, La Ideología Alemana, citado en McQuail, 1991 y Chandler,
1994).
De acuerdo a esta proposición, los medios de masas
funcionan al producir una "falsa conciencia" en las clases trabajadoras.
Esta idea nos lleva, según Chandler (1994), a una instancia extrema donde
los productos mediáticos son vistos como una expresión monolítica de los
valores de la clase predominante, ignorando cualquier diversidad de valores
dentro de esa misma clase y dentro de los medios en sí, así como las
lecturas opuestas por las audiencias. En la teoría marxista de los medios,
estas organizaciones son referidas como "cerradas dentro de la estructura de
poder, y consecuentemente, actuando ampliamente en conjunto con las
instituciones dominantes en la sociedad. No las reproduce dentro del número
de visiones alternativas, sino que como la perspectiva "obvia" y "natural".
Ideología. Un punto central
de la teoría Marxista es la posición materialista acerca de que el
ser social determina a la conciencia, o sea, que las posiciones
ideológicas personales son funciones de las posiciones de clase, y que la
ideología dominante en la sociedad es en verdad la ideología de la clase
dominante. No es posible afirmar que todos los "marxistas" estén de acuerdo
con este punto, ya que algunos interpretan la relación entre ser social y
conciencia como una relación de determinación directa, mientras otros
subrayan una relación dialéctica y dinámica.
En su versión más fundamentalista, el marxismo clasifica a
la ideología como una "falsa conciencia" como resultado de la emulación de
la ideología dominante por quienes cuyos intereses no son reflejados en
ella. Desde esta perspectiva los medios masivos diseminan la ideología
dominante: los valores de la clase que posee y controla los medios. De
acuerdo a los adherentes a la economía política marxista, los medios ocultan
la base económica de la lucha de clase. "La ideología se transforma en la
ruta a través de la cual la lucha es obliterada más que el sitio de la
lucha" (Curran, 1982, en Chandler, 1994).
Louis Althusser, por su parte, rechaza la noción de
falsa conciencia, subrayando la idea que la ideología es el medio por el
cual el mundo es experienciado. El marxismo de Althusser destaca la
irreductibilidad y materialidad de la ideología, posicionándola como una
fuerza determinante por derecho propio. La operación ideológica de los
medios de masas en el Oeste contribuye a la reproducción del sistema
capitalista.
En contraste con Althusser, Valentin Volosinov, un teórico
de la ideología de gran influencia en los estudios culturales británicos,
argumentó por su parte que una teoría de la ideología que le otorga al
puramente abstracto concepto de conciencia una existencia previa a las
formas materiales en las cuales están organizados es solamente metafísica.
Las formas ideológicas no son entonces productos de la conciencia, sino que
más bien la producen. Más que ser consideradas como productos de las formas
de conciencia cuyos contornos son determinados en otra instancia, en la
esfera económica, los sistemas de significancia que constituyen la esfera de
la ideología son en sí mismos considerados como vehículos a través de los
cuales la conciencia de los agentes sociales es producida (Chandler, 1994).
Stuart Hall, sociólogo inglés dentro de esta tradición y
propulsor del revival de la izquierda política inglesa durante los
años sesentas y setentas, se ha aproximado al tema de la violencia en la
televisión como una forma de legitimar a las fuerzas de la ley y el orden,
construyendo consenso para una regulación estatal coercitiva, desligitimando
a los que están fuera del sistema y a los disidentes. El poder de los medios
en esta perspectiva está en que renueva, amplifica y extiende las
predisposiciones que constituyen a la cultura dominante, no tanto en
crearlas. Algunos comentaristas marxistas han expuesto que las
representaciones de los medios presentan a las elecciones como rituales
dramatizados que legitiman la estructura de poder en las democracias
liberales, donde el acto de votar es visto como una práctica ideológica que
sostiene el mito de una democracia representativa, de la igualdad política y
de la auto- determinación colectiva. El impacto de la cobertura de la
elección concebido en términos de refuerzador de los valores compartidos en
las democracias occidentales y que son activamente inculcados por el sistema
educacional, las principales organizaciones políticas y el aparato estatal (Chandler,
1994).
Louis Althusser. Louis
Althusser fue un filósofo marxista quien vio en el marxismo una ciencia. Su
trabajo se enmarca, según los comentadores, en la tradición estructuralista
(concepto a tratar en las Críticas al Marxismo). El pensamiento de Althusser
se caracteriza por un rechazo al esencialismo que Marx heredó de
Hegel. El esencialismo es una de las muchas facetas que puede asumir lo que
también se conoce como determinismo, reduccionismo o causalismo, o sea, la
reducción de las cosas a un mismo principio o esencia. Althusser rechazó dos
tipos de esencialismo Marxista: el economicismo (o determinismo económico) y
el humanismo (en donde los desarrollos sociales son conceptualizados como
expresiones de una naturaleza humana preexistente, en la cal el hombre es un
ser autoconciente y autónomo explicable en términos de creencias, actitudes,
preferencias, etc. )
Al rechazar al economismo y al humanismo, Althusser
posicionó a la ideología en sí misma como una fuerza determinante en la
construcción de la conciencia que es capaz, inclusive, de dar forma a la
misma. De esta manera Althusser desarrolló el concepto de mecanismo de
interpelación, en donde los sujetos son constituidos como los efectos de
estructuras previamente dadas. La ideología funciona para constituir a los
individuos (productos de la naturaleza) en sujetos (productos de la
cultura). Los individuos son interpelados (teniendo identidades sociales
conferidas sobre ellos) primariamente a través de aparatos de estados
ideológicos, que incluyen a la familia, la escuela y los medios de
masas. Es a través de estos aparatos que la gente logra tanto un sentido de
la identidad como un entendimiento de la realidad.
La noción de interpelación desarrollada por Althusser
permitió a los teóricos marxistas de los medios explicar la función política
de los textos mediáticos ya que, como una estructura preexistente, el texto
interpela al espectador, así constituyendo a él o ella como un sujeto
(espectador, escucha o lector),. El poder de los mass media reside en
su habilidad para "posicionar" al sujeto de forma tal que sus
representaciones sean tomadas como reflejos de la realidad cotidiana.
El marxismo de Althusser no permite la posibilidad a los
individuos de resistirse al proceso de interpelación, de la misma forma que
los aparatos de estado ideológico no son invariable y completamente
exitosos, ya que el sujeto puede ser tanto agente como efecto del proceso, o
sea, puede darse cuenta del proceso y de cierta forma tomar una parte más
activa de interpretación de los contenidos que los medios le entregan o
ciertamente abandonarse a las representaciones sin cuestionamientos acerca
de su modalidad y fines. De la misma manera, el marxismo de Althusser tiende
a ver a los textos como el único determinante de las respuestas del sujeto.
A diferencia de otras líneas teóricas marxistas más pesimistas como la de
Herbert Marcuse y su concepción de los medios como una fuerza casi
irresistible de dominación ideológica capaz, inclusive, de destruir el
individualismo burgués y el potencial revolucionario de la clase
trabajadora, Althusser ve al sujeto como unificado entre su ideología
producto de la interpelación y los discursos donde participa, capaz de
adaptar los sistemas dominantes de significado.
Aportes y Críticas del Análisis Marxista.
La gran ventaja que posee la aproximación marxista con
respecto de la influencia de los mass media no se remite sólo a la
influencia de los medios en la opinión pública en términos de cambio de
actitud o conductas, sino que también en como ellos contribuyen a la
creación de la conciencia de las personas que en su conjunto componen ese
constructo. Ciertamente el gran alcance de fenómenos que pueden llegar a ser
explicados desde esta perspectiva es amplísimo, ya que este tipo de análisis
está fuertemente enraizado en una teoría causalista, explícita y cerrada en
sí misma. Las tesis de Marx y de sus seguidores pueden perfectamente ser
clasificadas como una teoría reduccionista, hegemónica, materialista u otras
clasificaciones de otro orden, a veces fruto más de la ignorancia y el miedo
que del análisis teórico o las críticas de los investigadores. Lo cierto es
que la óptica de esta teoría crítica expone los diversos mitos
que circulan dentro de las ciencias sociales dentro de la sociedad de "libre
intercambio", exponiendo en última instancia a la ciencia como otro de los
ámbitos interpelados por el sistema económico hasta el punto de que todo
producto cultural o las lecturas del medio sean sensibles a la ideología
imperante.
El marxismo como perspectiva de análisis nos llama a
centrar nuestra atención con respecto a los intereses políticos y económicos
–que son unidades interdependientes, sino una sola- en los medios de
comunicación de masas y también resaltar las iniquidades sociales de las
representaciones mediáticas. De igual forma el marxismo ayuda a situar a los
medios dentro de formaciones sociales más amplias, mientras que sus
planteamientos acerca de la naturaleza de la ideología nos es útil para la
deconstrucción de los valores e ideales, muchas veces dados por sentado en
la lectura de los medios. El análisis ideológico nos ayuda a desentrañar a
quien corresponde la realidad que nos ofrecen los textos mediáticos.
En el caso específico del marxismo de Althusser, esta es
aún otra concepción contraria al mito del individuo autónomo, mientras que
otras posiciones neo-marxistas ven a los medios como "campos de batalla"
para la significancia ideológica, abriendo la posibilidad a lecturas
oposicionales de los textos mediáticos. De cualquier forma, la teoría
marxista enfatiza la importancia de la clase social con respecto a los
medios, lo que sigue siendo un factor importante en los análisis de los
medios, tal vez más en la tradición europea y latinoamericana que
norteamericana. Mientras que las técnicas de análisis de contenido y el
enfoque semiótico pueden dar luz acerca de los contenidos de los medios, la
teoría marxista nos señalan las condiciones materiales de la producción y
recepción de los medios.
Los economistas políticos formados en esta línea crítica
estudian la pertenencia y control de los medios y la influencia del capital
en los contenidos de los medios como variable que no puede ser ignorada.
También es un asunto contingente el acceso diferencial y muchas veces
elitista a los medios, pregunta que vuelve al tapete luego del explosivo
crecimiento de los servicios informáticos y su impacto tanto en la economía
como en diversas esferas, así como la presunta influencia de los grupos
socio económicos en los modos de interpretación de los contenidos de los
medios.
Los estudios mediáticos de orientación marxista poseen una
tradición de análisis acerca de las representaciones en los medios, como la
cobertura noticiosa política o de grupos o subculturas, con el fin de
revelar la ideología -las versiones de la realidad- que subyacen en el texto
producto de la distribución del poder en la sociedad.
Acerca de las limitaciones de análisis marxista, la
crítica más común apunta a que el marxismo no es otra cosa que una ideología
en sí misma y que no permite más que la lectura marxista, a pesar de las
tesis de quienes sostienen al materialismo histórico como otra ciencia
objetiva. El marxismo tiende a un crudo determinismo en su materialismo,
dejando márgenes reducidos para la acción humana y para la subjetividad. El
marxismo es comúnmente considerado como una teoría hegemónica, capaz de
literalmente tragarse a la investigación empírica. De todas formas esto no
es absoluto: los estudios en la tradición de la economía política
utiliza métodos empíricos, mientras que el análisis de las representaciones
mediáticas incluye estudios profundos acerca de textos particulares.
En el plano teórico, la noción de "falsa conciencia"
plantea conflictos acerca naturaleza de la influencia de la mediación, esto
en función de la falta de consenso acerca de la génesis y desarrollo de la
ideología. Autores como Althusser y Gramsci rechazan al determinismo
económico, mientras que otros autores efectivamente sitúan, a partir de la
propiedad y control de los medios, el análisis de las representaciones como
reflejo de la realidad de los poderosos.
Otra crítica común al pensamiento marxista hace alusión a
la creencia asociada a la tesis de la "falsa conciencia" que postula el
irresistible influjo que ejercen los medios sobre la conciencia de las
masas, idea que no permite de buena manera -en su raigambre teórica- las
lecturas oposicionales de los textos mediáticos por parte de las audiencias.
Las perspectivas marxistas no pueden llevarnos a ignorar las múltiples
maneras en que las gentes hacen uso de los medios. A pesar de lo anterior,
las posiciones neo-marxistas han buscado, en la tradición europea y en
cierta medida la latinoamericana, eludir esos puntos ciegos de la teoría
pasando desde el énfasis en la lucha de clases hasta abarcar otras
categorías como el género y la etnia.
Noam Chomsky se apoya en esta tradición cuando afirma que
la pertenencia de los medios a grandes conglomerados tiene un efecto que
disemina una ideología, mientras que sesga las percepciones y presenta una
buena imagen de aquellos verdaderos imperios de las comunicaciones. En el
caso de los medios nacionales, estos también pertenecen a un par de
oligopolios empresariales (como por ejemplo Copesa o la familia Edwars, los
Claro) o instituciones de consenso social relativo como el Estado o bien
pertenecen o están bajo la influencia de la Iglesia Católica.
Casos acerca de la diseminación de cierta ideología según
quien posea los medios de producción mental no excluyen al caso de regímenes
comunistas como el antiguo imperio soviético, China y Cuba sólo por el hecho
de que supuestamente su sustento ideológico está en Marx. La propaganda en
los medios, la represión sistemática, la diseminación de un ideal de ser,
las lecturas y énfasis interesados de los hechos, y el acceso diferencial a
los medios de ciertos candidatos presidenciales, ejemplo aplicable también a
Chile, no es sólo exclusiva del comunismo sino de varios sistemas políticos
disímiles que contienen a los medios dentro de una lógica empresarial y como
tal permeable a los intereses del poder. Años atrás tuvimos los chilenos el
dudoso privilegio de presenciar como Ricardo Claro, dueño de Megavisión y
otros conglomerados empresariales, usó su canal cual patrón de latifundio
para mostrar como dos correligionarios de Renovación Nacional, partido
derechista, se trampeaban entre sí para arreglar un foro televisivo y así
enlodar ante la opinión pública la imagen del otro, todo esto con ciertas
implicancias que llegaban incluso hasta el ejército chileno. Este fue el muy
publicitado y posteriormente olvidado "Piñeragate".
1.3 Persuasión
y Propaganda
Dentro de las aproximaciones clásicas al tema de la
interrelación entre los políticos y la ciudadanía se encuentra la propuesta
de que estamos constantemente sometidos a procesos, tanto conscientes como
inconscientes, que pretenden el cambio de la actitud (o conversión a la
actitud opuesta), el reforzamiento de la actitud existente, la formación de
una nueva actitud o el cambio de objeto de la actitud (5), con el fin de
lograr cambios conductuales específicos.
Efectivamente, los estudios de la psicología social acerca
de la persuasión y la propaganda comenzaron en Estados Unidos, enfocados en
el cómo construir un mensaje persuasivo, influenciados por los primeros
estudios acerca de la comunicación humana. Liska & Cronkhite (1995),
sostienen la idea de que este tipo de estudios persuasivos declinaron porque
estaban concentrados en los discursos públicos, al tiempo que los
investigadores de la comunicación se dieron cuenta que el habla y el
entendimiento de mensajes complejos estaba en declinación, producto del
cambio en los hábitos de lectura a favor de la televisión y la radio (cambio
en el medio paradigmático de la comunicación), así como el interés del
público con respecto a los mensajes políticos en los medios de comunicación
de masas a favor del entertainment y el amusement, siendo
reemplazada por otras formas de influencia social.
En cierto momento se creyó, producto de algunos memorables
discursos de Richard Nixon en 1952 o los de J.F. Kennedy, que el viejo
ritual político de las arengas persuasivas encontraba un aliado en la
televisión ya la radio, al tiempo de que Carl Hovland experimentaba con
medios de lograr discursos públicos más persuasivos, variando las
características de dichos discursos y midiendo la efectividad de esas
variaciones.
En los años subsecuentes, la televisión no cumplió las
expectativas de ser el gran medio de comunicación para los discursos largos,
en especial los políticos. Las audiencias progresivamente perdieron su
interés en los largos discursos, prefiriendo los reportes de los noticieros
acerca de esos discursos. Eventualmente la fragmentación del discurso dio
origen a los llamados sound-bites o bite-speaks, en referencia
a la imagen-sonido editada de quince segundos acerca de esos discursos
reemplazaron al discurso mismo, mientras los televidentes, como lo plantea
Neil Postman, "esperaban ser entretenidos cada vez más" (Birkerts, 1994 y
Liska & Cronkhite, 1994).
Ciertamente existen momentos en que las audiencias
nacionales atienden discursos enteros (El estado de cuenta de la nación del
21 de Mayo, anuncios presidenciales importantes, cambios de mando, la Parada
Militar, etc.) pero sólo una proporción del total de televidentes los ve,
posiblemente menos que los que antes veían Martes 13 y hoy
disfrutan de Viva el Lunes.
Ahora bien, los autores suelen definir a la propaganda
cuando la actividad comunicativa forma parte de un proceso deliberado y esta
busca influir al individuo o grupo al cual está destinada, en favor de los
objetivos específicos a que ella está sirviendo, punto clave en la
diferenciación de la propaganda de otras instancias comunicativas (Estévez,
1974).
Kretch y Crutchfeld (1965), en su ya clásico manual de
Psicología Social, creyeron ver constantes en los objetivos del
propagandista y el tipo de respuesta que se busca con ella, donde este
tratará de influenciar las actitudes, valores y creencias -y por lo tanto
las acciones y conductas de la gente-, siendo generalmente asumido por los
investigadores que las creencias y actitudes específicas que el
propagandista busca inducir no son valiosas o deseables socialmente por
derecho propio, y que son buscadas por el propagandista por algún propósito
ulterior -antisocial o derechamente reñido con la moral y la ética- que él
ya tiene en mente. Finalmente los autores asumen frecuentemente que el
individuo propagandizado, afectado por esta modalidad de comunicación
en su repertorio conductual, es de respuesta no crítica o no razonada, según
los estudios y testimonios de, por ejemplo, gente que vivió bajo los
regímenes nacionalsocialista y soviético.
Pero ¿existen diferencias entre persuasión y
propaganda? La respuesta no está del todo clara. Muchos teóricos
americanos, primeros en estudiar el fenómeno de forma sistemática,
designaban muchas veces como propaganda a lo que hoy conocemos como
publicidad, o comunicación persuasiva. Este hecho puede
originarse en que muchos de los estudios acerca del tema comenzaron a
sistematizarse en modelos y revisiones críticas del fenómeno temporal y
espacialmente cercanos a la Segunda Guerra Mundial, donde el uso del
panfleto, el folletín, la radio, el cine y otros medios informativos y hasta
estéticos al servicio de las ideologías en pugna fue descarado, a la vez que
pionero. Joseph Goebbels, célebre Ministro de Propaganda Nazi, fue sólo uno
de los exponentes más conocidos por el uso precursor de los medios como
forma de imponer una visión política, aunque tengamos siempre presente que
la efectividad en este campo está dada por la sutileza, por lo que asumimos
la existencia de otros varios personajes de esta índole -el buen
propagandista opera en las sombras.
Los estudios acerca de la comunicación persuasiva
posteriores a la gran guerra asumían de cierta forma comunicación masiva era
una herramienta de cambio irresistible (Lemert, 1983, McQuail, 1991),
enfoque cuestionado a partir de los hallazgos que indicaban que en las
clases más educadas bajaba la efectividad de esos mensajes al ser
identificados como claves con una orientación clara hacia un objetivo
manipulativo deducible críticamente desde el mensaje, el emisor y el medio,
fenómeno que demostró que el modelo de la comunicación de masas era una
multivariado y que el receptor finalmente era quién otorgaba el sentido a la
comunicación.
El término persuasión, en cambio, parece hacer
referencia a un proceso más sutil, que no genera tanta resistencia como la
propaganda dentro de los grupos a los cuales el mensaje se destina. El grupo
a ser persuadido de algo es investigado y caracterizado según sus intereses,
esquemas cognoscitivos, nivel socioeconómico, aspiraciones,
identificaciones, pertenencias, con el fin de ser intervenidos sin despertar
grandes objeciones o disonancias.
Esa visión de la propaganda como una forma comunicacional
intencionada hacia el cambio e interesada en los beneficios de quien ocupaba
tiñó a los términos propaganda y propagandista con una
denotación y connotación negativa, denotando, valga la redundancia, el
interés de alguien que quiere convencernos para su beneficio de que hagamos,
o no hagamos, pensemos o no pensemos, acerca de algún asunto específico, y
connotando un silogismo que afirma que todo propagandista
no es digno de confianza. Este uso del
vocablo se mantiene y lo podemos observar incluso en el discurso político
actual de nuestro país, donde a cierto de candidato de inclinación
derechista se le asignan lo calificativos de "demagogo", con una campaña "de
slogans y sin contenido", rodeado de "propaganda y propagandistas".
Podemos también apreciar gestos de disgusto en los
profesionales de la publicidad y marketing cuando decimos "propaganda" en
vez de "campaña" o "publicidad". El uso común también parece asociar a la
propaganda con las esferas del mensaje político o económico más que en los
mensajes que buscan el cambio prosocial.
Por su parte, los teóricos americanos parecen haber
ocupado los términos persuasión y propaganda de forma laxa y caprichosa, por
lo que nuestro referente acerca del significado no es la ciencia, sino el
uso común del cual ellos también fueron víctimas.
La nebulosa que rodea a ambos términos no nos debe nublar
el juicio. La propaganda no es un fenómeno de segundo orden, una curiosidad
psicológica o parte de una creencia en las diversas teorías de conspiración
por parte del poder; sus efectos pueden ser devastadores como bomba nuclear
o más pacificadores que el mismo Papa.
Por ejemplo, el uso de esta herramienta por parte del alto
mando Nazi en la Segunda Guerra Mundial es proverbial y ha sido
detalladamente estudiado (ver "Public opinion and Propaganda", de Daniel
Katz para una detallada referencia). Joseph Goebbels, Jefe del Ministerio de
Propaganda (¡Ministerio!), hacía uso de la información a su antojo,
editándola, tergiversándola y condensándola en archivos secretos, en un
momento histórico en que los únicos que sabían que pasaba en Alemania
vestían un uniforme de General, con una Cruz de Hierro en el pecho. El
Ministerio financiaba actividades culturales que enaltecieran el sentimiento
germano, como festividades de vendimia, películas acerca de héroes
germanos, con el fin de elevar la moral (recordemos al Kaiser Guillermo, al
Barón Münchhausen, entre otros), y se filmaban documentales acerca del
milagro económico por medio de la industria bélica o la construcción de la
carretera más grande de Alemania (o del mundo en ese momento). Goebbels fue
el ideólogo del hecho de firmar de la rendición de Francia en el mismo vagón
de tren donde los alemanes firmaron su propia y humillante rendición en la
Primera Guerra Mundial, el efecto en el sentimiento de una nación en una
guerra azuzada por el nacionalismo es imaginable...
El Ministerio también planificaba obras arquitectónicas
monumentales, de estilo cercano al romano preferentemente, y se encargó de
financiar, con apoyo directo de Hitler, la creación del Nietzsche
Archiv, instituto dirigido por Elizabeth Nietszche, hermana antisemita
del eminente filósofo, donde se "reinterpretaban" los postulados de sus
obras para que calzaran perfectamente con los principios del
Nacionalsocialismo, tergiversación y descrédito de sus ideas que dura hasta
nuestros días.
Recordaremos que la administración de Stalin en la ex
Unión Soviética también hizo lo suyo en el campo de la propaganda para
mantener unida a la nación bajo los ideales comunistas y, hoy en día en Cuba
se pueden apreciar diversos mensajes oficiales de "Revolución o Muerte", la
iconografía del Che Guevara como héroe nacional e ideal-del-ser, que
califican para ser propaganda.
Frente a lo expuesto podemos deducir el hecho de que la
propaganda -como intención y acciones de y para cambiar nuestras conductas y
actitudes- y la persuasión como método son instrumentos o herramientas al
servicio del poderoso (con poder en cualquier ámbito, ya puede ser éste
político, económico, social, religioso, etc.), que usa los conocimientos de
áreas como la Psicología, la Filosofía, la Retórica, la Economía, la
Sociología, y hasta la Religión para lograr sus fines. El caso de Haití, por
ejemplo, es emblemático, ya que su dictador Papa "Doc" Duvalier se valía de
las creencias de su gente en el vudú para controlarlos de mejor forma
mediante el miedo. Su policía secreta, los touton macoute eran
supuestamente versados en las artes de vudú y Duvalier utilizaba los
significantes y símbolos del Barón Samedi, el señor de la muerte que
habitaba los cementerios del folklore haitiano, para inspirar miedo, y por
lo tanto respeto y obediencia. La propaganda y los propagandistas no son
puristas ni metodólogos, son pragmatistas en búsqueda de un fin dado, por lo
que se valen de los modelos y teorías de estas ciencias para el éxito de sus
empresas.
Incluso Estados Unidos, nación que usa la palabra
libertad y sus significantes icónicos -la Estatua de la Libertad- hasta
el hastío, se usa la propaganda no sólo para vendernos productos varios,
sino ideas políticas . Si recordamos el conflicto del Golfo Pérsico, cuando
Saddam Hussein tomó control de Kuwait, el gobierno norteamericano financió
una campaña sistemática y costosa para lograr que la ciudadanía apoyara la
intervención militar de la zona y evitara un conflicto costoso e impopular,
como fue el precedente de Vietnam tanto en tiempos de su desarrollo y
oposición, como así también el fantasma de la derrota que este conflicto
dejó en la opinión pública tanto en la autoimagen nacional como las
relaciones de confianza entre la clase política y la ciudadanía. Esta era la
oportunidad de ganar una guerra y mostrarse como una la nación más poderosa
del mundo (¡Heil Goebbels!).
Previamente los soviéticos se aprovecharon del declive de
la imagen internacional de Estados Unidos durante el conflicto de Vietnam
para "exportar la revolución" mediante el uso de comerciales que mostraban a
Estados Unidos como un imperio que reaccionaba violentamente contra
quienes percibía como amenazas (recordemos la guerra de Corea, Bahía
Cochinos y Vietnam, por ejemplo) y que imponía un capitalismo salvaje que
despojaba de las riquezas económicas y culturales a los pueblos. El énfasis
de tales mensajes políticos en los medios era lograr que la gente -tanto los
soviéticos como el llamado Tercer Mundo, el nuevo campo de combate real e
ideológico en esos años- percibiera a Estados Unidos como un poder contrario
a la cultura local e intrínsecamente violento.
Distinguimos entonces en esta propaganda dos procesos: el
primero, el reforzamiento de la actitud antiamericana en el pueblo soviético
por medio de mensajes procesados una ruta central (según el modelo de Petty
y Cacioppo, que veremos más adelante) coherente con el ambiente de temor que
ya la propaganda sistemática y la violencia estatal de Stalin habían
previamente formado, ya que el régimen siempre se presentó como posible
víctima de ataques nucleares y que el arsenal soviético tenía propósitos
defensivos, en un pueblo pasmado por el medio tanto al exterior como a ellos
mismos. El nuevo mensaje que los soviéticos interpretaron (por la ruta
central de modelo) producto de las intervenciones bélicas norteamericanas
era congruente al marco interpretativo que la propaganda había instaurado,
caracterizable en un: "Hey, nosotros no diremos nada más, juzgen ustedes con
sus propios ojos, (lo que les decíamos era cierto, ¿o no?)".
El segundo proceso también se producía mediante la entrada
de la información por la ruta central, pero esta vez afectaba a los países
donde la guerra ideológica y económica se llevaba a cabo -el Tercer Mundo.
Los cambios sociales, económicos y políticos de tales estados, Chile
incluido, nos dejaban como caldo de cultivo para experimentos de ambos ejes
ideológicos. La propaganda soviética al respecto era cuidadosamente
estudiada y orquestada como la mejor campañas publicitarias, donde el
producto que se vendía, en este caso, era una cosmovisión roja. Ocurre acá
un proceso de formación y reforzamiento de la actitud antinorteamericana
producto de las necesidades básicas insatisfechas de tales poblaciones, las
experiencias con regímenes capitalistas que de una u otra manera fallaron,
y, por supuesto, la propaganda mediática y la infiltración de activistas
soviéticos, así como, finalmente, la interpretación de la violenta amenaza a
los pueblos y su patrimonio cultural por parte del capitalismo "yanqui",
como los hechos demostraban.
Volviendo al caso de la Guerra en el Golfo pérsico, la
maquinaria propagandista norteamericana utilizó tal vez a su mejor arma, sus
megaestrellas mediáticas, apoyando a las medidas de fuerza. También se
imprimió material de apoyo a la guerra, se cambiaron las letras de canciones
famosas para que la gente tarareara el apoyo de misiles contra un "árabe
fanático". (Recordaremos que la canción "She drives me crazy" de Fine Young
Cannibals se cambió a "Hussein is crazy", e incluso esta versión sonó
también en nuestras radios chilenas). Es en este escenario bélico donde se
acuñó el nombre "Perception (Information) Management", como técnicas
sistemáticas de control de la información y montaje acerca de movimientos
políticos, ideológicos, e incluso estratégicos, sabiendo que cada bando
observaba a su enemigo por CNN.
Ahora bien, con respecto a las virtudes de la propaganda,
como técnica de control, se considera su relativa economía, en términos
costo-beneficio para el propagandista, su posible sutileza y casi ilimitado
potencial. Biddle (1931, citado en Krutch y Crutchfeld, 1965) ha señalado
que "muchas formas de cohersión crean disturbios emocionales diversos en los
sometidos, resentimientos, sobrecompensaciones y deseos por revueltas. La
propaganda es diferente ya que controla sin ocasionar emociones antagónicas.
Cada individuo se comporta como si sus respuestas fueran por decisión
propia. Muchos individuos pueden ser cohercionados para comportarse de una
misma manera, cada uno aparentemente guiado por su propio juicio".
Lasswell (en Krutch y Crutchfeld, 1965), caracteriza a
esta modalidad comunicativa como "Propaganda, en su sentido más lato, es la
técnica de influenciar las acciones humanas por medio de la manipulación de
representaciones… como propuestas para la acción y de nuevas líneas de
pensamiento, se eleva para competir por apoyo moral y físico de las masas.
La propaganda mantiene eminencia como uno de los medios de movilización de
masas más baratos que la violencia, el matonaje u otras formas de control
posibles".
La implicancia final del uso del concepto de propaganda es
que el hombre aquí tiene una fuerza única para que, de alguna forma, por el
uso del lenguaje y la imagen, él puede cambiar el eje del control de la
conducta y las actitudes fuera de los procesos psicológicos ordinarios o
inherentes a la persona. No se encontraron autores que hablaran del costo
psicológico o de otra índole de quienes son expuestos a la propaganda
política sistemática.
Parte 1 /
Parte 2 /
Parte 3
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