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Parte 2
El papel de los medios de comunicación en la política
contemporánea nos obliga a preguntar por el tipo de mundo y de sociedad en
los que queremos vivir, y qué modelo de democracia queremos para esta
sociedad.
Permítaseme empezar contraponiendo dos conceptos distintos de
democracia. Uno es el que nos lleva a afirmar que en una sociedad
democrática, por un lado, la gente tiene a su alcance los recursos para
participar de manera significativa en la gestión de sus asuntos
particulares, y, por otro, los medios de información son libres e
imparciales. Si se busca la palabra democracia en el diccionario se
encuentra una definición bastante parecida a lo que acabo de formular.
Una idea alternativa de democracia es la de que no debe permitirse que la
gente se haga cargo de sus propios asuntos, a la vez que los medios de
información deben estar fuerte y rígidamente controlados. Quizás esto suene
como una concepción anticuada de democracia, pero es importante entender
que, en todo caso, es la idea predominante. De hecho lo ha sido durante
mucho tiempo, no sólo en la práctica sino incluso en el plano teórico. No
olvidemos además que tenemos una larga historia, que se remonta a las
revoluciones democráticas modernas de la Inglaterra del siglo XVII, que en
su mayor parte expresa este punto de vista. En cualquier caso voy a ceñirme
simplemente al período moderno y acerca de la forma en que se desarrolla la
noción de democracia, y sobre el modo y el porqué el problema de los medios
de comunicación y la desinformación se ubican en este contexto.
Primeros apuntes históricos de la propaganda
Empecemos con la primera operación moderna de propaganda llevada a cabo
por un gobierno. Ocurrió bajo el mandato de Woodrow Wilson. Este fue elegido
presidente en 1916 como líder de la plataforma electoral Paz sin
victoria, cuando se cruzaba el ecuador de la Primera Guerra Mundial. La
población era muy pacifista y no veía ninguna razón para involucrarse en una
guerra europea; sin embargo, la administración Wilson había decidido que el
país tomaría parte en el conflicto. Había por tanto que hacer algo para
inducir en la sociedad la idea de la obligación de participar en la guerra.
Y se creó una comisión de propaganda gubernamental, conocida con el nombre
de Comisión Creel, que, en seis meses, logró convertir una población
pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir
todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y salvar así
al mundo. Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor
todavía: precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron
las mismas técnicas para avivar lo que se conocía como Miedo rojo.
Ello permitió la destrucción de sindicatos y la eliminación de problemas tan
peligrosos como la libertad de prensa o de pensamiento político. El poder
financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron
un gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez, obtuvieron todo tipo de
provechos.
Entre los que participaron activa y entusiásticamente en la guerra de
Wilson estaban los intelectuales progresistas, gente del círculo de John
Dewey Estos se mostraban muy orgullosos, como se deduce al leer sus escritos
de la época, por haber demostrado que lo que ellos llamaban los miembros
más inteligentes de la comunidad, es decir, ellos mismos, eran capaces
de convencer a una población reticente de que había que ir a una guerra
mediante el sistema de aterrorizarla y suscitar en ella un fanatismo
patriotero. Los medios utilizados fueron muy amplios. Por ejemplo, se
fabricaron montones de atrocidades supuestamente cometidas por los alemanes,
en las que se incluían niños belgas con los miembros arrancados y todo tipo
de cosas horribles que todavía se pueden leer en los libros de historia,
buena parte de lo cual fue inventado por el Ministerio británico de
propaganda, cuyo auténtico propósito en aquel momento —tal como queda
reflejado en sus deliberaciones secretas— era el de dirigir el
pensamiento de la mayor parte del mundo. Pero la cuestión clave era la
de controlar el pensamiento de los miembros más inteligentes de la sociedad
americana, quienes, a su vez, diseminarían la propaganda que estaba siendo
elaborada y llevarían al pacífico país a la histeria propia de los tiempos
de guerra. Y funcionó muy bien, al tiempo que nos enseñaba algo importante:
cuando la propaganda que dimana del estado recibe el apoyo de las clases de
un nivel cultural elevado y no se permite ninguna desviación en su
contenido, el efecto puede ser enorme. Fue una lección que ya había
aprendido Hitler y muchos otros, y cuya influencia ha llegado a nuestros
días.
La democracia del espectador
Otro grupo que quedó directamente marcado por estos éxitos fue el formado
por teóricos liberales y figuras destacadas de los medios de comunicación,
como Walter Lippmann, que era el decano de los periodistas americanos, un
importante analista político —tanto de asuntos domésticos como
internacionales— así como un extraordinario teórico de la democracia
liberal. Si se echa un vistazo a sus ensayos, se observará que están
subtitulados con algo así como Una teoría progresista sobre el
pensamiento democrático liberal. Lippmann estuvo vinculado a estas
comisiones de propaganda y admitió los logros alcanzados, al tiempo que
sostenía que lo que él llamaba revolución en el arte de la democracia
podía utilizarse para fabricar consenso, es decir, para producir en
la población, mediante las nuevas técnicas de propaganda, la aceptación de
algo inicialmente no deseado. También pensaba que ello era no solo una buena
idea sino también necesaria, debido a que, tal como él mismo afirmó, los
intereses comunes esquivan totalmente a la opinión pública y solo una
clase especializada de hombres responsables lo bastante
inteligentes puede comprenderlos y resolver los problemas que de ellos se
derivan. Esta teoría sostiene que solo una élite reducida —la comunidad
intelectual de que hablaban los seguidores de Dewey— puede entender cuáles
son aquellos intereses comunes, qué es lo que nos conviene a todos, así como
el hecho de que estas cosas escapan a la gente en general. En
realidad, este enfoque se remonta a cientos de años atrás, es también un
planteamiento típicamente leninista, de modo que existe una gran semejanza
con la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el
poder mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza
necesaria para ello, para conducir después a las masas estúpidas a un futuro
en el que estas son demasiado ineptas e incompetentes para imaginar y prever
nada por sí mismas. Es así que la teoría democrática liberal y el
marxismo-leninismo se encuentran muy cerca en sus supuestos ideológicos. En
mi opinión, esta es una de las razones por las que los individuos, a lo
largo del tiempo, han observado que era realmente fácil pasar de una
posición a otra sin experimentar ninguna sensación específica de cambio.
Solo es cuestión de ver dónde está el poder. Es posible que haya una
revolución popular que nos lleve a todos a asumir el poder del Estado; o
quizás no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que detentan el
poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos haciendo lo mismo:
conducir a las masas estúpidas hacia un mundo en el que van a ser incapaces
de comprender nada por sí mismas.
Lippmann respaldó todo esto con una teoría bastante elaborada sobre la
democracia progresiva, según la cual en una democracia con un funcionamiento
adecuado hay distintas clases de ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos
que asumen algún papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno
y la administración. Es la clase especializada, formada por personas que
analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que
se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, y que
constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población total. Por
supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es parte de
este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué hacer
con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría de
la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño
desconcertado: hemos de protegemos de este rebaño desconcertado
cuando brama y pisotea. Así pues, en una democracia se dan dos
funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres
responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan,
entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño
desconcertado también con una función en la democracia, que, según Lippmann,
consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de
forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos
últimos llevan a término algo más que una función: de vez en cuando gozan
del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de
la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos
que seas nuestro líder, o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder,
y todo ello porque estamos en una democracia y no en un estado
totalitario. Pero una vez se han liberado de su carga y traspasado esta a
algún miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se
apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en
participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como
Dios manda.
Y la verdad es que hay una lógica detrás de todo eso. Hay incluso un
principio moral del todo convincente: la gente es simplemente demasiado
estúpida para comprender las cosas. Si los individuos trataran de participar
en la gestión de los asuntos que les afectan o interesan, lo único que
harían sería solo provocar líos, por lo que resultaría impropio e inmoral
permitir que lo hicieran. Hay que domesticar al rebaño desconcertado, y no
dejarle que brame y pisotee y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar
la misma lógica que dice que sería incorrecto dejar que un niño de tres años
cruzara solo la calle. No damos a los niños de tres años este tipo de
libertad porque partimos de la base de que no saben cómo utilizarla. Por lo
mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño
desconcertado participen en la acción; solo causarían problemas.
Por ello, necesitamos algo que sirva para domesticar al rebaño perplejo;
algo que viene a ser la nueva revolución en el arte de la democracia: la
fabricación del consenso. Los medios de comunicación, las escuelas y la
cultura popular tienen que estar divididos. La clase política y los
responsables de tomar decisiones tienen que brindar algún sentido tolerable
de realidad, aunque también tengan que inculcar las opiniones adecuadas.
Aquí la premisa no declarada de forma explícita —e incluso los hombres
responsables tienen que darse cuenta de esto ellos solos— tiene que ver con
la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad para tomar decisiones.
Por supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente que tiene el
poder real, que no es otra que los dueños de la sociedad, es decir, un grupo
bastante reducido. Si los miembros de la clase especializada pueden venir y
decir Puedo ser útil a sus intereses, entonces pasan a formar parte
del grupo ejecutivo. Y hay que quedarse callado y portarse bien, lo que
significa que han de hacer lo posible para que penetren en ellos las
creencias y doctrinas que servirán a los intereses de los dueños de la
sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer con maestría esta
autoformación, no formarán parte de la clase especializada. Así, tenemos un
sistema educacional, de carácter privado, dirigido a los hombres
responsables, a la clase especializada, que han de ser adoctrinados en
profundidad acerca de los valores e intereses del poder real, y del nexo
corporativo que este mantiene con el Estado y lo que ello representa. Si
pueden conseguirlo, podrán pasar a formar parte de la clase especializada.
Al resto del rebaño desconcertado básicamente habrá que distraerlo y hacer
que dirija su atención a cualquier otra cosa. Que nadie se meta en líos.
Habrá que asegurarse que permanecen todos en su función de espectadores de
la acción, liberando su carga de vez en cuando en algún que otro líder de
entre los que tienen a su disposición para elegir.
Muchos otros han desarrollado este punto de vista, que, de hecho, es
bastante convencional. Por ejemplo, él destacado teólogo y crítico de
política internacional Reinold Niebuhr, conocido a veces como el teólogo
del sistema, gurú de George Kennan y de los intelectuales de Kennedy,
afirmaba que la racionalidad es una técnica, una habilidad, al alcance de
muy pocos: solo algunos la poseen, mientras que la mayoría de la gente se
guía por las emociones y los impulsos. Aquellos que poseen la capacidad
lógica tienen que crear ilusiones necesarias y simplificaciones
acentuadas desde el punto de vista emocional, con objeto de que los
bobalicones ingenuos vayan más o menos tirando. Este principio se ha
convertido en un elemento sustancial de la ciencia política contemporánea.
En la década de los años veinte y principios de la de los treinta, Harold
Lasswell, fundador del moderno sector de las comunicaciones y uno de los
analistas políticos americanos más destacados, explicaba que no deberíamos
sucumbir a ciertos dogmatismos democráticos que dicen que los hombres son
los mejores jueces de sus intereses particulares. Porque no lo son.
Somos nosotros, decía, los mejores jueces de los intereses y asuntos
públicos, por lo que, precisamente a partir de la moralidad más común, somos
nosotros los que tenemos que asegurarnos de que ellos no van a gozar de la
oportunidad de actuar basándose en sus juicios erróneos. En lo que hoy
conocemos como estado totalitario, o estado militar, lo anterior resulta
fácil. Es cuestión simplemente de blandir una porra sobre las cabezas de los
individuos, y, si se apartan del camino trazado, golpearles sin piedad. Pero
si la sociedad ha acabado siendo más libre y democrática, se pierde aquella
capacidad, por lo que hay que dirigir la atención a las técnicas de
propaganda. La lógica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia
lo que la cachiporra al estado totalitario. Ello resulta acertado y
conveniente dado que, de nuevo, los intereses públicos escapan a la
capacidad de comprensión del rebaño desconcertado.
Relaciones públicas
Los Estados Unidos crearon los cimientos de la industria de las
relaciones públicas. Tal como decían sus líderes, su compromiso consistía en
controlar la opinión pública. Dado que aprendieron mucho de los
éxitos de la Comisión Creel y del miedo rojo, y de las secuelas
dejadas por ambos, las relaciones públicas experimentaron, a lo largo de la
década de 1920, una enorme expansión, obteniéndose grandes resultados a la
hora de conseguir una subordinación total de la gente a las directrices
procedentes del mundo empresarial a lo largo de la década de 1920. La
situación llegó a tal extremo que en la década siguiente los comités del
Congreso empezaron a investigar el fenómeno. De estas pesquisas proviene
buena parte de la información de que hoy día disponemos.
Las relaciones públicas constituyen una industria inmensa que mueve, en
la actualidad, cantidades que oscilan en torno a un billón de dólares al
año, y desde siempre su cometido ha sido el de controlar la opinión
pública, que es el mayor peligro al que se enfrentan las corporaciones.
Tal como ocurrió durante la Primera Guerra Mundial, en la década de 1930
surgieron de nuevo grandes problemas: una gran depresión unida a una cada
vez más numerosa clase obrera en proceso de organización. En 1935, y gracias
a la Ley Wagner, los trabajadores consiguieron su primera gran victoria
legislativa, a saber, el derecho a organizarse de manera independiente,
logro que planteaba dos graves problemas. En primer lugar, la democracia
estaba funcionando bastante mal: el rebaño desconcertado estaba consiguiendo
victorias en el terreno legislativo, y no era ese el modo en que se suponía
que tenían que ir las cosas; el otro problema eran las posibilidades cada
vez mayores del pueblo para organizarse. Los individuos tienen que estar
atomizados, segregados y solos; no puede ser que pretendan organizarse,
porque en ese caso podrían convertirse en algo más que simples espectadores
pasivos.
Efectivamente, si hubiera muchos individuos de recursos limitados que se
agruparan para intervenir en el ruedo político, podrían, de hecho, pasar a
asumir el papel de participantes activos, lo cual sí sería una verdadera
amenaza. Por ello, el poder empresarial tuvo una reacción contundente para
asegurarse de que esa había sido la última victoria legislativa de las
organizaciones obreras, y de que representaría también el principio del fin
de esta desviación democrática de las organizaciones populares. Y funcionó.
Fue la última victoria de los trabajadores en el terreno parlamentario, y, a
partir de ese momento —aunque el número de afiliados a los sindicatos se
incrementó durante la Segunda Guerra Mundial, acabada la cual empezó a
bajar— la capacidad de actuar por la vía sindical fue cada vez menor. Y no
por casualidad, ya que estamos hablando de la comunidad empresarial, que
está gastando enormes sumas de dinero, a la vez que dedicando todo el tiempo
y esfuerzo necesarios, en cómo afrontar y resolver estos problemas a través
de la industria de las relaciones públicas y otras organizaciones, como la
National Association of Manufacturers (Asociación nacional de fabricantes),
la Business Roundtable (Mesa redonda de la actividad empresarial), etcétera.
Y su principio es reaccionar en todo momento de forma inmediata para
encontrar el modo de contrarrestar estas desviaciones democráticas.
La primera prueba se produjo un año más tarde, en 1937, cuando hubo una
importante huelga del sector del acero en Johnstown, al oeste de Pensilvania.
Los empresarios pusieron a prueba una nueva técnica de destrucción de las
organizaciones obreras, que resultó ser muy eficaz. Y sin matones a sueldo
que sembraran el terror entre los trabajadores, algo que ya no resultaba muy
práctico, sino por medio de instrumentos más sutiles y eficientes de
propaganda. La cuestión estribaba en la idea de que había que enfrentar a la
gente contra los huelguistas, por los medios que fuera. Se presentó a estos
como destructivos y perjudiciales para el conjunto de la sociedad, y
contrarios a los intereses comunes, que eran los nuestros, los del
empresario, el trabajador o el ama de casa, es decir, todos nosotros.
Queremos estar unidos y tener cosas como la armonía y el orgullo de ser
americanos, y trabajar juntos. Pero resulta que estos huelguistas malvados
de ahí afuera son subversivos, arman jaleo, rompen la armonía y atenían
contra el orgullo de América, y hemos de pararles los pies. El ejecutivo de
una empresa y el chico que limpia los suelos tienen los mismos intereses.
Hemos de trabajar todos juntos y hacerlo por el país y en armonía, con
simpatía y cariño los unos por los otros. Este era, en esencia, el mensaje.
Y se hizo un gran esfuerzo para hacerlo público; después de todo, estamos
hablando del poder financiero y empresarial, es decir, el que controla los
medios de información y dispone de recursos a gran escala, por lo cual
funcionó, y de manera muy eficaz. Más adelante este método se conoció como
la fórmula Mohawk VaIley, aunque se le denominaba también métodos
científicos para impedir huelgas. Se aplicó una y otra vez para romper
huelgas, y daba muy buenos resultados cuando se trataba de movilizar a la
opinión pública a favor de conceptos vacíos de contenido, como el orgullo de
ser americano. ¿Quién puede estar en contra de esto? O la armonía. ¿Quién
puede estar en contra? O, como en la guerra del golfo Pérsico, apoyad a
nuestras tropas. ¿Quién podía estar en contra? O los lacitos amarillos.
¿Hay alguien que esté en contra? Sólo alguien completamente necio.
De hecho, ¿qué pasa si alguien le pregunta si da usted su apoyo a la
gente de lowa? Se puede contestar diciendo Sí, le doy mi apoyo, o
No, no la apoyo. Pero ni siquiera es una pregunta: no significa nada.
Esta es la cuestión La clave de los eslóganes de las relaciones públicas
como Apoyad a nuestras tropas es que no significan nada, o, como
mucho, lo mismo que apoyar a los habitantes de Iowa. Pero, por supuesto
había una cuestión importante que se podía haber resuelto haciendo la
pregunta: ¿Apoya usted nuestra política? Pero, claro, no se trata de
que la gente se plantee cosas como esta. Esto es lo único que importa en la
buena propaganda. Se trata de crear un eslogan que no pueda recibir ninguna
oposición, bien al contrario, que todo el mundo esté a favor. Nadie sabe lo
que significa porque no significa nada, y su importancia decisiva estriba en
que distrae la atención de la gente respecto de preguntas que sí significan
algo: ¿Apoya usted nuestra política? Pero sobre esto no se puede
hablar. Así que tenemos a todo el mundo discutiendo sobre el apoyo a las
tropas: Desde luego, no dejaré de apoyarles. Por tanto, ellos
han ganado. Es como lo del orgullo americano y la armonía. Estamos todos
juntos, en tomo a eslóganes vacíos, tomemos parte en ellos y asegurémonos de
que no habrá gente mala en nuestro alrededor que destruya nuestra paz social
con sus discursos acerca de la lucha de clases, los derechos civiles y todo
este tipo de cosas.
Todo es muy eficaz y hasta hoy ha funcionado perfectamente. Desde luego
consiste en algo razonado y elaborado con sumo cuidado: la gente que se
dedica a las relaciones públicas no está ahí para divertirse; está haciendo
un trabajo, es decir, intentando inculcar los valores correctos. De hecho,
tienen una idea de lo que debería ser la democracia: un sistema en el que la
clase especializada está entrenada para trabajar al servicio de los amos, de
los dueños de la sociedad, mientras que al resto de la población se le priva
de toda forma de organización para evitar así los problemas que pudiera
causar. La mayoría de los individuos tendrían que sentarse frente al
televisor y masticar religiosamente el mensaje, que no es otro que el que
dice que lo único que tiene valor en la vida es poder consumir cada vez más
y mejor y vivir igual que esta familia de clase media que aparece en la
pantalla y exhibir valores como la armonía y el orgullo americano. La vida
consiste en esto. Puede que usted piense que ha de haber algo más, pero en
el momento en que se da cuenta que está solo, viendo la televisión, da por
sentado que esto es todo lo que existe ahí afuera, y que es una locura
pensar en que haya otra cosa. Y desde el momento en que está prohibido
organizarse, lo que es totalmente decisivo, nunca se está en condiciones de
averiguar si realmente está uno loco o simplemente se da todo por bueno, que
es lo más lógico que se puede hacer.
Así pues, este es el ideal, para alcanzar el cual se han desplegado
grandes esfuerzos. Y es evidente que detrás de él hay una cierta concepción:
la de democracia, tal como ya se ha dicho. El rebaño desconcertado es un
problema. Hay que evitar que brame y pisotee, y para ello habrá que
distraerlo. Será cuestión de conseguir que los sujetos que lo forman se
queden en casa viendo partidos de fútbol, culebrones o películas violentas,
aunque de vez en cuando se les saque del sopor y se les convoque a corear
eslóganes sin sentido, como Apoyad a. nuestras tropas. Hay que hacer
que conserven un miedo permanente, porque a menos que estén debidamente
atemorizados por todos los posibles males que pueden destruirles, desde
dentro o desde fuera, podrían empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy
peligroso ya que no tienen la capacidad de hacerlo. Por ello es importante
distraerles y marginarles.
Esta es una idea de democracia. De hecho, si nos re montamos al pasado,
la última victoria legal de los trabajadores fue realmente en 1935, con la
Ley Wagner. Después tras el inicio de la Primera Guerra Mundial, los
sindicatos entraron en un declive, al igual que lo hizo una rica y fértil
cultura obrera vinculada directamente con aquellos. Todo quedó destruido y
nos vimos trasladados a una sociedad dominada de manera singular por los
criterios empresariales. Era esta la única sociedad industrial, dentro de un
sistema capitalista de Estado, en la que ni siquiera se producía el pacto
social habitual que se podía dar en latitudes comparables. Era la única
sociedad industrial —aparte de Sudáfrica, supongo— que no tenía un servicio
nacional de asistencia sanitaria. No existía ningún compromiso para elevar
los estándares mínimos de supervivencia de los segmentos de la población que
no podían seguir las normas y directrices imperantes ni conseguir nada por
sí mismos en el plano individual. Por otra parte, los sindicatos
prácticamente no existían, al igual que ocurría con otras formas de
asociación en la esfera popular. No había organizaciones políticas ni
partidos: muy lejos se estaba, por tanto, del ideal, al menos en el plano
estructural. Los medios de información constituían un monopolio
corporativizado; todos expresaban los mismos puntos de vista. Los dos
partidos eran dos facciones del partido del poder financiero y empresarial.
Y así la mayor parte de la población ni tan solo se molestaba en ir a votar
ya que ello carecía totalmente de sentido, quedando, por ello, debidamente
marginada. Al menos este era el objetivo. La verdad es que el personaje más
destacado de la industria de las relaciones públicas, Edward Bernays,
procedía de la Comisión Creel. Formó parte de ella, aprendió bien la lección
y se puso manos a la obra a desarrollar lo que él mismo llamó la
ingeniería del consenso, que describió como la esencia de la
democracia
Los individuos capaces de fabricar consenso son los que tienen los
recursos y el poder de hacerlo —la comunidad financiera y empresarial— y
para ellos trabajamos.
Fabricación de la opinión
También es necesario recabar el apoyo de la población a las aventuras
exteriores. Normalmente la gente es pacifista, tal como sucedía durante la
Primera Guerra Mundial, ya que no ve razones que justifiquen la actividad
bélica, la muerte y la tortura. Por ello, para procurarse este apoyo hay que
aplicar ciertos estímulos; y para estimularles hay que asustarles. El mismo
Bernays tenía en su haber un importante logro a este respecto, ya que fue el
encargado de dirigir la campaña de relaciones públicas de la United Fruit
Company en 1954, cuando los Estados Unidos intervinieron militarmente para
derribar al gobierno democrático-capitalista de Guatemala e instalaron en su
lugar un régimen sanguinario de escuadrones de la muerte, que se ha
mantenido hasta nuestros días a base de repetidas infusiones de ayuda
norteamericana que tienen por objeto evitar algo más que desviaciones
democráticas vacías de contenido. En estos casos, es necesario hacer tragar
por la fuerza una y otra vez programas domésticos hacia los que la gente se
muestra contraria, ya que no tiene ningún sentido que el público esté a
favor de programas que le son perjudiciales. Y esto, también, exige una
propaganda amplia y general, que hemos tenido oportunidad de ver en muchas
ocasiones durante los últimos diez años. Los programas de la era Reagan eran
abrumadoramente impopulares. Los votantes de la victoria arrolladora
de Reagan en 1984 esperaban, en una proporción de tres a dos, que no se
promulgaran las medidas legales anunciadas. Si tomamos programas concretos,
como el gasto en armamento, o la reducción de recursos en materia de gasto
social, etc., prácticamente todos ellos recibían una oposición frontal por
parte de la gente. Pero en la medida en que se marginaba y apartaba a los
individuos de la cosa pública y estos no encontraban el modo de organizar y
articular sus sentimientos, o incluso de saber que había otros que
compartían dichos sentimientos, los que decían que preferían el gasto social
al gasto militar —y lo expresaban en los sondeos, tal como sucedía de manera
generalizada— daban por supuesto que eran los únicos con tales ideas
disparatadas en la cabeza. Nunca habían oído estas cosas de nadie más, ya
que había que suponer que nadie pensaba así; y si lo había, y era sincero en
las encuestas, era lógico pensar que se trataba de un bicho raro. Desde el
momento en que un individuo no encuentra la manera de unirse a otros que
comparten o refuerzan este parecer y que le pueden transmitir la ayuda
necesaria para articularlo, acaso llegue a sentir que es alguien excéntrico,
una rareza en un mar de normalidad. De modo que acaba permaneciendo al
margen, sin prestar atención a lo que ocurre, mirando hacia, otro lado, como
por ejemplo la final de Copa.
Así pues, hasta cierto punto se alcanzó el ideal, aunque nunca de forma
completa, ya que hay instituciones que hasta ahora ha sido imposible
destruir: por ejemplo, las iglesias. Buena parte de la actividad disidente
de los Estados Unidos se producía en las iglesias por la sencilla razón de
que estas existían. Por ello, cuando había que dar una conferencia de
carácter político en un país europeo era muy probable que se celebrara en
los locales de algún sindicato, cosa harto difícil en América ya que, en
primer lugar, estos apenas existían o, en el mejor de los casos, no eran
organizaciones políticas. Pero las iglesias sí existían, de manera que las
charlas y conferencias se hacían con frecuencia en ellas: la solidaridad con
Centroamérica se originó en su mayor parte en las iglesias, sobre todo
porque existían.
El rebaño desconcertado nunca acaba de estar debidamente domesticado: es
una batalla permanente. En la década de 1930 surgió otra vez, pero se pudo
sofocar el movimiento. En los años sesenta apareció una nueva ola de
disidencia, a la cual la clase especializada le puso el nombre de crisis
de la democracia. Se consideraba que la democracia estaba entrando en
una crisis porque amplios segmentos de la población se estaban organizando
de manera activa y estaban intentando participar en la arena política. El
conjunto de élites coincidían en que había que aplastar el renacimiento
democrático de los sesenta y poner en marcha un sistema social en el que los
recursos se canalizaran hacia las clases acaudaladas privilegiadas. Y aquí
hemos de volver a las dos concepciones de democracia que hemos mencionado en
párrafos anteriores. Según la definición del diccionario, lo anterior
constituye un avance en democracia; según el criterio predominante, es un
problema, una crisis que ha de ser vencida. Había que obligar a la población
a que retrocediera y volviera a la apatía, la obediencia y la pasividad, que
conforman su estado natural, para lo cual se hicieron grandes esfuerzos, si
bien no funcionó. Afortunadamente, la crisis de la democracia todavía está
vivita y coleando, aunque no ha resultado muy eficaz a la hora de conseguir
un cambio político. Pero, contrariamente a lo que mucha gente cree, sí ha
dado resultados en lo que se refiere al cambio de la opinión pública.
Después de la década de 1960 se hizo todo lo posible para que la
enfermedad diera marcha atrás. La verdad es que uno de los aspectos
centrales de dicho mal tenía un nombre técnico: el síndrome de Vietnam,
término que surgió en torno a 1970 y que de vez en cuando encuentra nuevas
definiciones. El intelectual reaganista Norman Podhoretz habló de él como
las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Pero
resulta que era la mayoría de la gente la que experimentaba dichas
inhibiciones contra la violencia, ya que simplemente no entendía por qué
había que ir por el mundo torturando, matando o lanzando bombardeos
intensivos. Como ya supo Goebbels en su día, es muy peligroso que la
población se rinda ante estas inhibiciones enfermizas, ya que en ese caso
habría un límite a las veleidades aventureras de un país fuera de sus
fronteras. Tal como decía con orgullo el Washington Post durante la
histeria colectiva que se produjo durante la guerra del golfo Pérsico, es
necesario infundir en la gente respeto por los valores marciales. Y
eso sí es importante. Si se quiere tener una sociedad violenta que avale la
utilización de la fuerza en todo el mundo para alcanzar los fines de su
propia élite doméstica, es necesario valorar debidamente las virtudes
guerreras y no esas inhibiciones achacosas acerca del uso de la violencia.
Esto es el síndrome de Vietnam: hay que vencerlo.
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