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I Concepto
El término
opinión pública es en realidad más antiguo de lo que
inicialmente se piensa. Es un término que ha tenido y tiene una variedad muy
grande de definiciones, a tal punto que hace más de treinta años el profesor
Harwood Child había encontrado, después de una copiosa recopilación, que se
manejaban cincuenta definiciones en la literatura especializada. Por ello,
Phillips Davison, profesor de la Universidad de Columbia en su artículo “Opinión
Pública” para la International Encyclopedia of the Social
Sciences, señalaba en forma pesimista que “no hay una definición
generalmente aceptada de opinión pública”. Pese a ello el término se ha
utilizado con mayor frecuencia. El mismo reconoce que los esfuerzos por
definir el término han llevado a expresiones de frustración tales como que
la opinión pública “no es el nombre de ninguna cosa, sino la clasificación
de un conjunto de cosas”1. Algunos fueron más
allá, como Jean Padioleou quien irónicamente señalaba que a la “opinión
pública le ocurre como a los elefantes: puede ser difícil definirlos, pero
es muy fácil reconocer uno” o cuando sostiene que a “la opinión pública le
sucede lo que al diablo, debe existir puesto que pronunciamos su nombre”2.
Muchas de estas diferencias
están sustentadas en el hecho que algunas definiciones colocan el acento en
relación con los marcos de referencias conceptuales en que se sustentan. Por
ejemplo:
• Desde una perspectiva
racional y voluntarista, Ferdinand Tönnies (1902) entiende: “Opinión pública
como conglomerado de puntos de vista, deseos y propósitos diversos y
contradictorios, y opinión pública como potencia unitaria, expresión de la
voluntad común”.
• Desde una perspectiva
mental-estereotipada, Walter Lippmann (1922) sostiene que: “Las imágenes que
se hallan dentro de las cabezas (...) de los seres humanos, las imágenes de
sí mismos, de los demás, de sus necesidades, propósitos y relaciones son sus
opiniones públicas”.
•
Desde una perspectiva liberal-democrática, Hans Speier (1950) entiende: “por
opinión pública (...) las opiniones sobre cuestiones de interés para la
nación expresada libre y públicamente por gentes ajenas al gobierno, que
pretenden tener el derecho de que sus opiniones influyan o determinen las
acciones, el personal o la estructura de su gobierno”.
•
Desde una perspectiva crítica-normativa, Jürgen Habermas (1962) señala que:
“Opinión pública significa cosas distintas según se contemple como una
instancia crítica con relación a la notoriedad normativa pública,
‘representativa’ o manipulativamente divulgada, de personas e instituciones,
de bienes de consumo y de programa”.
•
Desde una perspectiva sistémico-informativa, Otto Baumhauer (1976) sostiene
que: “La opinión pública es el producto del proceso transformativo de
información introducida en el sistema abierto de clima de opinión pública”3.
•
Desde una perspectiva psicosocial, Elisabeth Noelle-Neumann (1974) construye
una definición operativa en la que sitúa la opinión pública como “las
opiniones sobre temas controvertidos que pueden expresarse en público sin
aislarse”4.
•
Desde una perspectiva de la ciencia política, Giovanni Sartori (1987)
sostiene que la opinión pública es ante todo y sobre todo un concepto
político. Para el investigador italiano la opinión
pública es “un público, o multiplicidad de públicos, cuyos
difusos estados mentales (de opinión) se interrelacionan con corrientes de
información referentes al estado de la res pública”5.
Para otros, parte de la
confusión conceptual dominante tiene que ver con el hecho que hay una
variedad de especialidades que han intentado estudiarlo. Para el derecho y
ciencia política la opinión pública es una
abstracción que permite verificar el sistema político
democrático; en cambio para algunos enfoques de la sociología se trata de un
instrumento del control social; y, para otros especialistas, la
opinión pública no es más que una categoría formal
bajo la que se clasifica los resultados de los sondeos de
opinión pública.
Estas y otras disciplinas
académicas, sin reconocerse y más bien ignorándose entre ellas, han moldeado
sus propias concepciones y métodos de acercamiento. Por ejemplo, la
opinión pública no es –como muchos políticos y
juristas pretenden de buena fe– una institución democrática de la sociedad.
Ello porque la opinión pública no sólo tiene
una entidad política, no siempre es plural, no sólo se encuentra en
sociedades democráticas, por sólo señalar algunas características que se le
quiere atribuir6.
Estamos hablando pues de un
objeto de estudio que desde ya debe ser abordado de manera
interdisciplinaria. Así lo proponía el profesor alemán Jürgen Habermas
décadas atrás en su famoso trabajo Historia y Crítica de la Opinión
Pública7.
II. Teorías de la
opinión pública
Si las variadas
concepciones conviven y debaten académicamente, todas ellas se han nutrido
de diversas posturas teóricas construidas históricamente. Y es que la
expresión opinión pública que se usa
actualmente, se remonta a mediados del siglo XVIII. No obstante antes de
aquel momento se manejaban términos parecidos como opinión común, opinión
popular, voluntad general, vox populi, etc. que hacen
referencias indirectas sobre la opinión pública.
De esta manera, Protágoras
hace referencia a “creencias (opinión) de las mayorías”, Herodoto de la
“opinión popular”, Demóstenes de la “voz pública de la patria”, Cicerón
habla del “apoyo del pueblo” y Tito Libio de la “opinión unánime”. Pero,
como es sabido, son los filósofos griegos quienes hacen los mayores aportes
y precisiones. Platón, hace por ejemplo una separación entre doxa (opinión)
y epistema (ciencia), es decir el saber del vulgo, frente al auténtico
conocimiento de la ciencia reservado a una minoría. En cambio, para
Aristóteles la doxa es solo un conocimiento probable, de esta manera, el
hombre para opinar no requiere acudir a la ciencia, pues posee el criterio
del sentido común, de sus experiencias directas y de las comprobaciones
empíricas8.
Pero la Edad Media cambiará
los términos de las referencias antes planteados por el de la fe y que no
serán abandonados sino con el Renacimiento. Será Nicolás Maquiavelo, en
El Príncipe, quien desarrollará las ideas básicas de la
comunicación política entre gobernantes y gobernados. Más tarde, Hobbes
señalará que la conciencia se convierte en opinión, nivelando los actos del
crear, del juzgar y del imaginar, en tanto Locke, habla de la Ley de la
opinión, de gran importancia como la Ley divina y la Ley estatal.
Ella no es otra cosa que la idea que de uno tienen los demás. De los
fisiócratas, Mercier de la Riviere, en 1767, expondrá su doctrina de la
opinión señalando que quien manda no es el rey, sino el pueblo a través de
la opinión pública.
Pero quien utilizará por
primera vez el término opinión pública será
J.J. Rousseau, quien desde 1750 se preocupará sistemáticamente del poder que
reviste9. En medio de esta preocupación, la
revolución francesa será el movimiento histórico que permitirá que se
traslade el monopolio de la opinión pública
por parte del pequeño círculo de los ilustrados, a manos del pueblo. Pero
será el liberalismo el que articule de manera más precisa una teoría de la
opinión pública. Desde el comienzo de la
escuela clásica con Adam Smith, David Ricardo y otros defenderán el régimen
de opinión frente al despotismo. Cada uno de sus representantes aportarán
elementos favorables para el desarrollo de las libertades individuales,
entre ellas las de opinión. Frente a este planteamiento se eleva la
concepción marxista. Para Marx y Engels, no existe una
opinión pública general que nace en la sociedad civil, sino una
opinión que pertenece a la clase dominante. Por ello, para el marxismo la
‘falsa conciencia’ se condensaría en la opinión pública
oficial10.
En el siglo XX, quienes se
interesarán por la opinión pública serán los
que comparten las tesis de la sociología del conocimiento (Max Scheler, Karl
Mannheim, Robert K. Merton, P. Berger y T. Luckmann,
entre otros), para quienes el individuo aislado en pocas oportunidades crea,
de manera individual, opiniones. Pero, otras relaciones sociales, distintas
a las de clase (religión, grupo étnico, nacionalidad, grupo político, etc.),
pueden ser determinantes en la construcción de las opiniones de los
individuos11.
III. Principales
conceptualizaciones contemporáneas de la
opinión pública
Si bien hay un número
importante de académicos contemporáneos que han reflexionado sobre el tema
de la opinión pública es el proveniente del
mundo alemán el que en los últimos tiempos ha aportado el liderazgo
intelectual en esta materia. Las grandes tendencias podrían clasificarse
gruesamente en la perspectiva político valorativa de Jürgen Habermas, la
antropológico social de Elisabeth Noelle-Neumann y la sociopolítica
funcionalista de Niklas Luhmann. No siendo éstas las únicas, son las que han
marcado los estudios y las reflexiones más interesantes sobre el tema.
A. La perspectiva
política valorativa: el diálogo democrático
Jürgen Habermas, es
heredero de la tradición normativa de la opinión
pública en la que han transitado desde Platón, Maquiavelo, Hume,
Locke, Rousseau, Tocqueville, Bentham, entre otros. Todos ellos, de una u
otra manera se han preocupado de la relación entre gobernantes y gobernados,
los derechos ciudadanos, el diálogo político, etc. Es decir, de las
condiciones precisas para hablar de un sistema político
democrático. Esta es una línea de reflexión que proviene de la tradición del
derecho, la filosofía y la ciencia política. Por ello, trata de vincular la
existencia de un Estado democrático con la legitimación popular de la
opinión pública. Distingue entre una
opinión pública real o crítica, que
permitirá hablar de un Estado democrático auténtico y una seudo
opinión pública o manipulada que no es más que la
triste realidad cotidiana que muestran, en opinión de Habermas, la mayoría
de las democracias formales, en donde hay una carencia de mediaciones
críticas en la comunicación política. Frente al reduccionismo positivista
que se expresa en la asociación de la opinión pública
con los sondeos, Habermas reivindica la opinión pública
como el resultado de un diálogo racional y plural.
B. La perspectiva
antropológica: el mecanismo sicosocial
En la orilla opuesta a la
de Habermas se encuentra Elisabeth Noelle-Neumann. Para la profesora alemana
la opinión pública debe ser explicada como
un hecho social, desprovista de categorías normativas que la analizan a
partir de lo que debería ser y no de lo que realmente es. El esfuerzo
debería centrarse en describir y analizar a la opinión
pública tal y como se presenta, sin pretender asociarla a ningún
tipo de valoración, por más justa que ésta parezca o pretenda ser. Ella
considera a la opinión pública como un
conjunto de comportamientos que constituyen la expresión de las mentalidades
y actitudes de las colectividades sobre temas de cualquier índole. Así las
opiniones están ligadas a tradiciones, valores, prejuicios o modas antes que
posturas racionales ligadas a los aspectos político-institucionales. En su
teoría del Espiral del Silencio señala que las personas están
atentas a las opiniones de su entorno para construir la suya. De alguna
manera, ésta se encuentra dependiente de aquella, basada en el profundo
temor al aislamiento, es decir, sometidos a la presión social. Dicho
mecanismo sicosocial está presente en el ambiente social del que no puede
escapar el individuo. Los que se encuentran en minoría, en relación a sus
opiniones, las silenciarán antes de recibir el rechazo y la sanción social.
La investigadora analizó empíricamente este comportamiento a partir de
sondeos de opinión por muchos años en su Institut für Demoskopie, en la
ciudad alemana de Allensbach.
C. La perspectiva
sociopolítica funcionalista: el haz de luz
Una tercera perspectiva es
la que encabeza Niklas Luhmann. Para este también profesor alemán, la
opinión pública es la estructura temática de
la comunicación pública, en la medida que es esta estructura común de
sentido la que permite una acción intersubjetiva en un sistema social. Esta
posición, que está a mitad de camino entre las dos anteriores, considera que
si bien la opinión pública es un aspecto
particular de la interacción social, tiene presente las funciones políticas
del fenómeno y traduce el consenso de un reconocimiento de unos temas de
interés general. Es, en otras palabras, la tematización común que permite el
diálogo político-social.
Para Luhmann las sociedades
contemporáneas son cada vez más complejas, como consecuencia de la mayor
especialización y diversificación funcional. Este proceso creciente podría
hacer estallar el propio sistema, en la medida que los individuos perciben
cada vez menos dicha complejidad –menos aún la globalización–, tendiendo por
lo tanto a regirse por criterios muy particulares y minifundistas. Ante esta
situación el sistema demanda un mecanismo reductor que canalice las fuerzas
centrífugas sicosociales, produciéndose de esta manera las observadas
simplificaciones globalizantes. Es este papel funcional el que le consigna
Luhmann a la opinión pública. A ésta el
autor alemán la identifica como un espejo, en la medida en que no es más que
el reflejo de los pocos observadores. Es decir, “el medio y las formas de la
opinión pública no son nada más que la mirada auto-referencial que los
protagonistas de la opinión pública se dirigen a sí mismos y a sus
actuaciones. Dicho ‘espejo social’ también podríamos compararlo con un
‘cañón de luz’ o un ‘haz de luz’ que focaliza y concentra la atención en un
escenario”12. La mirada se concentra en un
solo punto, así no sea éste relevante, permitiendo que todos compartan un
tema en común.
Para Luhmann la
opinión pública cumple también una función política,
pero distinta a la otorgada por Jürgen Hebermas. Se convierte en la base de
la democracia, pero no por una valoración
ética, sino por razones pragmáticas, en la medida que permite una
interconexión entre las personas que por lo menos tienen ciertos temas
básicos que compartir, que en caso contrario, la estructura social carecería
de sentido. En la percepción luhmanniana los medios y el Parlamento cumplen
el papel de ser simplificadores de la complejidad.
IV. Público y opinión pública
El término público tiene
también a varios sentidos. Ya se señaló, líneas arriba, que la ambigüedad
del término opinión pública, según algunos
autores, deviene de estos varios sentidos del público. Existe una acepción
legal que se centra en la idea de “apertura”, en el sentido de ámbito
abierto a todos (plaza pública, lugar público, juicio público, etc.), en
contraste al de la esfera privada. Un segundo sentido, desarrollado por el
derecho y el poder público, es el otorgado por la relación con el Estado. Es
decir, en el sentido de los asuntos relacionados con el bienestar general.
Por último un tercer sentido, sociológico, coloca el énfasis en que el
individuo no desarrolla su vida hacia adentro, en su intimidad, sino hacia
afuera dirigida no sólo a otras personas sino también a la sociedad como un
todo13.
Los públicos están
compuestos –dicen Gerth y Mills– por gente que no está en relación cara a
cara, pero que, sin embargo, manifiestan intereses similares, o está
expuesta a estímulos semejantes, aunque más o menos distantes”. Público es,
entonces, aquella pluralidad de personas que constituyen el soporte de la
opinión pública. A diferencia de otras
pluralidades, como masa, muchedumbre o multitud, este término incorpora
implícitamente, valoraciones positivas14. Por
lo tanto, sólo el público es portador de opinión
pública. Es por ello que, “cuando el público deja de ser crítico
–sentencia R.E.Park–, se disuelve o se transforma en multitud”15.
Una característica, por lo tanto, del público es el desacuerdo, la
diferencia en los intereses similares. La investigación de la
opinión pública permite desprender que existe un
contínuo que va de masa a público, en las siguientes formulaciones
colectivas:
a) El público en general.
Es el que corresponde a aquellos que consideran al público como a la
totalidad de la población. Allport, en el primer número de la prestigiosa
revista Public Opinion Quarterly (1937), se define
decididamente en esta concepción y que ayudó a las prácticas de las
encuestas. Existía detrás de esta concepción, la idea democrática de la
inclusión de todos los miembros de la sociedad. El problema es que de este
universo sólo un porcentaje –que varía en el tiempo y de una sociedad a
otra– está interesado e informado de las cuestiones públicas.
b) El
público que vota. Es una de las más comunes operacionalizaciones del
público, siendo el resultado de las elecciones
–para quienes la defienden– la mayor visibilidad de la
opinión pública en un sistema de democracia
representativa. Pero, este colectivo indiferenciado representa, en EEUU por
ejemplo, sólo a la mitad de la población apta para votar. Pero, muchas
evidencias señalan que muchos electores,
particularmente en sistemas de voto
obligatorio, realizan el acto de votar sin información e interés en la
campaña que los convoca.
c) El
público atento. Es aquel sector de la ciudadanía
que está informado e interesado en los asuntos públicos y que conforma la
audiencia de las élites públicas. D.J.Devine, señala cinco medidas para
reconocer al público atento: el interesado en política
en general, el interesado en campañas electorales,
el que habla de política, el que se expone a
las noticias políticas de los medios y el que lee sobre
política en revistas16.
En muchos casos, sin embargo, es un público pasivo, aunque más activo que
los anteriores.
d) El
público activo. Es un grupo más pequeño, que sale del público atento. Su
compromiso con los asuntos públicos es intenso, incluyendo aspectos formales
de participación política, como informales
pero de manera muy activa (debates y discusiones públicas). Normalmente a
este grupo se le denomina élite, e incluye gente tan variada como líderes
políticos, funcionarios gubernamentales, creadores de opinión, entre otros.
Todos ellos participan y compiten en una suerte de mercado de opinión en
donde buscarán conseguir seguidores y conversos.
Si bien este último grupo
tiene una influencia mayor que el resto (algunos dirán desproporcionada),
merecen la atención de los medios y son los actores de la comunicación
política, no se debe dejar de lado a los espectadores de la misma, en la
medida en que en la interacción de ambos grupos se encuentra la formación y
el impacto de la opinión pública.
V. Distinción entre
opinión pública y opinión publicada
Un
sistema político democrático exige un constante conocimiento de
lo que piensa la ciudadanía, la
opinión pública. Pero, la opinión es “pública”, en
dos sentidos. En primer lugar por ser la “opinión compartida”, la opinión de
la mayoría y en segundo lugar, por ser una “opinión publicada”, gracias a
que se publica17.
A estas alturas vale la
pena hacer una distinción de estas dos asociaciones que se prestan
comúnmente a confusión. La opinión pública
es un juicio más o menos generalizado entre la población respecto a los
asuntos que son de conocimiento colectivo. Se estima que la
opinión pública expresa un grado de
legitimidad acerca del gobierno, sus actos, así como de las demás
instituciones. Su fuerza radica en las acciones de permanencia y cambios en
las actitudes del gobierno y –algunos argumentan incluso– en el grado de
control sobre ellos. “La opinión pública del
público” u opiniones del público, es un proceso cuantitativo de adición de
opiniones. Es una opinión pública que se
suma; la “opinión pública del público” es la
de una gran mayoría, susceptible de ser medida por encuestas.
La
opinión pública, por el contrario, es una noción cualitativa, es
una opinión pública autorizada, es una
opinión pública que se publica. Incluso para
algunos autores la opinión pública es la de
una minoría que tiene medios específicos y directos para hacerse oír por el
público, a través de los voceros de opinión pública.
La opinión pública es una dimensión del
poder político. En esta medida los medios (de comunicación) pueden
desempeñar un papel reforzador de la legitimidad
o cuestionador de la misma.
Para aclarar este punto es
quizá necesario distinguir, entre opinión pública
y opinión privada. Mientras que la primera incide en los temas de interés
público, la segunda hace referencia a las opiniones de los particulares. De
esta manera, así un particular tenga una relevancia política o social (ej.
un columnista de prensa) y publique sus opiniones, éstas no pasan a ser la
opinión pública. Lo que sí puede representar
es una corriente de opinión, aunque no toda opinión publicada es
representativa de una corriente de opinión. A la inversa, no todas las
corrientes de opinión de una sociedad se tienen que ver necesariamente
reflejadas en opiniones publicadas en los medios de comunicación. Por lo
tanto, el agregado de las coincidencias de las opiniones privadas no son
equivalentes a la preocupación colectiva. Pero, en general los temas sobre
los que se crean corrientes de opinión relativamente firmes, presentan una
doble condición de repercusión personal y colectiva (medidas de protección y
seguridad, control de la natalidad, p.ej.), en la que un individuo opina
como ciudadano, como padre de familia, miembro de una organización política
o religiosa. De tal manera que en algunas oportunidades una persona tiene
opiniones duales, cuando lo hace en consonancia con un grupo y cuando lo
hace a partir de defender sus intereses particulares.
VI. Los factores
componentes de la opinión pública
De las varias
clasificaciones es interesante la propuesta por el profesor Bernard C.
Hennessy en su libro “Opinión pública”, para
quien los factores o componentes de la opinión pública
se pueden agrupar de la siguiente manera18:
• La presencia de un tema. La
opinión pública se forma alrededor de un
tema o conjuntos de temas públicos que se encuentran en el tapete y que
ocasionan posturas contrapuestas.
· La
naturaleza del público. Hay muchos públicos volcados hacia diferentes focos
de interés. Cada tema genera su propio público, aunque en muchos casos
algunos individuos se sitúen en diversos públicos.
· Un
complejo de creencias del público. Se trata de la distribución de las
opiniones sobre un tema. Hay que tener en cuenta que algunas creencias y
sólo algunas son mutuamente excluyentes entre sí. Ellas están en función de
las actitudes y experiencias anteriores, como de la complejidad del tema.
Algunos temas homogenizan públicos y otros no. Este conjunto se denomina
“complejo de creencias”. En política suele
presentarse una situación dicotómica: posición de mayoría y de minoría.
· La
expresión de la opinión pública. Resulta
desde los medios de comunicación de toda su variedad hasta los gestos,
mímica y todos los códigos simbólicos.
· El
número de personas involucradas: en cada caso el número es diferente y quizá
incierto; lo importante es que el número sea capaz de producir algún efecto.
Estos componentes son
básicos para entender los complejos pasos que conforman la estructuración y
cambios en la opinión pública.
VII. La
opinión pública en el orden político
Más allá del debate sobre
el concepto de opinión pública, se encuentra
el hecho que su desarrollo está ligado íntimamente a un
sistema político preciso, y este no puede ser otro
que uno basado en un régimen de derecho. No existe
opinión pública en Estados autocráticos, ello debido a que el
debate público es inexistente. Sólo existe la voz oficial, que es
rutinariamente favorable al gobierno. Se manifiesta la
opinión pública de la opresión, no de la expresión. En estos
casos se pueden desarrollar opiniones privadas que suelen extenderse en
condiciones de represión, hasta un momento en que puedan expresarse e
irrumpir libremente, en forma de cambio de régimen por medio de un proceso
transicional o revolucionario, como ocurrió en Chile de Pinochet, en 1989, y
en Europa del este, el mismo año.
El sistema democrático
requiere de la opinión pública en la medida
que es un elemento importante en la supervivencia del sistema. Por esto
algunos autores consideraban como una de sus funciones la vigilancia y
control de la vida política. Por lo tanto, la
democracia y la opinión pública
se necesitan y complementan mutuamente. Por un lado la
democracia, garantiza los derechos y libertades de los
ciudadanos, especialmente la libertad de opinión y expresión. Y, por otro,
la opinión pública desarrolla una conciencia
colectiva que participa, vigila y expresa sus puntos de vista sobre los
temas de interés general. Como bien recuerda Monzón19
“los controles, manipulaciones y obstáculos que se pongan a la
opinión pública repercutirán necesariamente en el desarrollo democrático de
la sociedad”.
Si el sistema democrático
gira alrededor de una fluida relación entre gobernantes y gobernados, con
reglas de juego previamente estipuladas, son las
elecciones el momento en que encontramos al “pueblo gobernante”.
Pero, las elecciones no son sino la
cristalización de un proceso que la envuelve, que es la formación de la
opinión pública. Es decir, las
elecciones se convierten en el medio para llegar a un
fin particular, el “gobierno de opinión”, que no es otra cosa
que un gobierno “sensible y responsable para con la opinión pública”20.
Bibliografía:
Dader, José Luis: El Periodista en el
Espacio Público. Bosh Casa Editorial, Barcelona, 1992.
Gómez, Luis Aníbal: Opinión Pública y
Medios de Difusión. Ciespal/Fundación Friedrich Ebert. Quito, 1982.
Habermas, Jürgen: Historia y Crítica
de la Opinión Pública. Gustavo Gili, Serie MassMedia, 2da. Edición.
Barcelona, 1981.
Monzón, Carlos: La opinión pública:
Teorías, conceptos y métodos. Tecnos, Madrid, 1987.
Noelle-Neumann, Elisabeth: El Espiral
del Silencio (Opinión Pública. Nuestra piel social). Paidós Comunicación
62. Barcelona, 1995.
Price, Vicent: La opinión pública.
Esfera pública y comunicación. Paidós Comunicación, No.62. Barcelona,
1994.
Reynié, Dominique: “Las cifras en la
política moderna”. En Ferry, Wolton y otros: El nuevo espacio
público. Gedisa Editorial. Barcelona, 1995.
Rivadeneira, Raúl: La opinión
pública. Análisis, estructura y métodos para su estudio. Trillas, cuarta
edición. México, 1995.
Rovigatti, Vitaliano: Lecciones sobre
la ciencia de la opinión pública. Ciespal/FFE. Quito, 1981.
Sartori, Giovanni: Teoría de la
Democracia, 1. El debate contemporáneo. Alianza Universidad No. 566.
Madrid, 1988.
Tuesta Soldevilla, Fernando: No
sabe/No opina (Medios y encuestas políticas). Fundación Konrad
Adenauer/Universidad de Lima. Lima, 1997.
NOTAS
1 Noelle-Neumann,
Elisabeth: El Espiral del Silencio (Opinión Pública. Nuestra piel
social). Paidós, Barcelona, Comunicación 62, 1995. Pág. 84.
2 Otros fueron más
allá como Georges Gallup quien declaró que “la opinión pública es algo muy
simple: lo que miden los sondeos” o Rovigattil cuando señala que “el
significado de la expresión opinión pública no ha sido uno solo en el
tiempo; se ha usado y se usan promiscuamente expresiones consideradas
erróneamente como sus equivalentes: opinión común, espíritu público, opinión
general, voluntad general, opinión popular, voluntad popular. Rovigatti,
Vitaliano: Lecciones sobre la ciencia de la opinión pública.
Quito: Ciespal/FFE, 1981. Pág. 64.
3 Citas tomadas de
Carlos Monzón (La opinión pública: Teorías, conceptos y métodos.
Tecnos, Madrid, 1987. Pág. 136), quien tomando en cuenta a estos y otros
autores ensaya una definición de opinión pública: “la discusión y expresión
de los puntos de vista del público (o los públicos) sobre los asuntos de
interés general, dirigidos al resto de la sociedad y, sobre todo, al poder”.
Raúl Rivadeneira (La opinión pública. Análisis, estructura y
métodos para su estudio. México: Trillas, cuarta edición, 1995. Pág. 63)
hizo lo propio años antes cuando sintetizando varias definiciones sostuvo
que la opinión pública era “el fenómeno sicosocial y político que consiste
en la discusión y expresión libres, de un grupo humano, en torno a un objeto
de interés común”.
4 Noelle-Neumann,
Elisabeth: op. cit. pp. 88.
5 Sartori,
Giovanni: Teoría de la Democracia, 1. El debate contemporáneo.
Alianza Universidad, No.566, Madrid, 1988. Pág. 118.
6 Dader, José Luis:
El Periodista en el Espacio Público. Bosh Casa Editorial,
Barcelona,1992. Pág. 21.
7 Habermas, Jürgen:
Historia y Crítica de la Opinión Pública. Gustavo Gili, Serie
MassMedia, 2da.edición, Barcelona, 1981. Págs. 37-39.
8 Monzón, Carlos:
op.cit. pp.16.
9 Noelle-Neumann,
Elisabeth: op.cit. pp. 112.
10 Dader, José Luis:
op.cit. pp. 116.
11 Ibid. pp. 118.
12 Ibid. pp. 107.
13 Noelle-Neumann,
Elisabeth: op.cit. pp. 86-87.
14 Rovigatti,
Vitoriano: op.cit. pp. 130.
15 Price, Vicent:
La opinión pública. Esfera pública y comunicación.
Paidós, Barcelona, Comunicación, No.62, 1994. Pág. 44.
16 Ibid. pp. 59.
17 Reynié, Dominique:
“Las cifras en la política moderna”. En Ferry, Wolton y otros: El
nuevo espacio público. Barcelona, Gedisa, Barcelona, Editorial, 1995.
Pág. 181.
18 Citado en Gómez,
Luis Aníbal: Opinión Pública y Medios de Difusión.
Ciespal/Fundación Friedrich Ebert, Quito, 1982. Pág. 116-122.
19
Monzón, Carlos: op.cit. pp. 150.
20
20 Sartori, Giovanni: op.cit. pp.
116.
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