La publicidad
es un producto cultural doblemente determinado. Cabe reconocer en ella,
por un lado, una lógica social de orientación marcadamente económica. Y,
por otra parte, en cuanto experiencia de mediación comunicativa, la
publicidad debe ser considerada como un importante factor de socialización
y representación cultural.
La función económica de la publicidad se orienta a la
difusión social de los productos, empresas e instituciones económicas en
el marco de la competencia que favorece, estructuralmente, la orientación
y ampliación de la demanda según las exigencias de reproducción del
sistema productivo, garantizando no ya la circulación de los productos,
bienes o servicios, en el mercado, sino más bien la producción misma de
bienes y servicios, y, por lo tanto, la acumulación de capital.
La diferencia de atributos simbólicos que muestra la
publicidad en cada producto tiene por objetivo una jerarquización y
organización planificada de los tipos de consumo público, organizando el
mercado, en favor de la competencia y reproducción de los capitales. La
publicidad cumple así una importante función de redistribución de los
gastos públicos de consumo, según diferentes tipos de mercancías, afecta
positivamente la demanda agregada, y condiciona los niveles de ahorro en
favor del gasto. El profesor González Martín destaca además como funciones
económicas de la publicidad : la regulación de acceso al mercado de
determinados productos; la promoción del consumo de las mercancías y la
determinación del lanzamiento de nuevos productos. Por ello, " la
publicidad , en suma, es un instrumento económico de producción de
consumo, imprescindible para desarrollar el sector de bienes de consumo,
evitando el descontrol tecnológico y social de los bienes de producción"
(1). Desde el punto de vista económico, la publicidad es pues una fase del
proceso de circulación mercantil, dirigida a estimular la realización y
venta de los bienes y servicios de la sociedad de consumo. La publicidad,
en otras palabras, es la imagen del propio proceso de producción
capitalista como forma de comunicación que limita y favorece la
programación del mercado, subvencionando la cultura de masas.
Como bien apunta Mattelart, los portavoces de la
industria publicitaria se han revestido de una función de ideólogos en un
contexto en el que una de sus principales metas es la redistribución de la
hegemonía entre el Estado y la empresa, esto es, entre el Estado y el
mercado, y entre el Estado-nación y el espacio transnacional. Se produce
así una creciente identificación entre políticas de comunicación y
publicidad, con la consiguiente deslegitimación del Estado moderno. La
libertad de expresión comercial, que entra directamente en competencia y
contradicción con la libertad de expresión de los ciudadanos, es el
argumento esgrimido hoy por las mega empresas publicitarias en su presión a
las instituciones públicas para la desreglamentación , consistente en la
autorregulación, la autodisciplina (más libertad, menos gobierno, menos
Estado y más iniciativa privada) y la reordenación del espacio público
comunicativo, en función de sus intereses. Organizaciones corporativas
como la European Association of Advertising Agencies (EAAA) o la European
Advertising Tripartite (EAT) han sido artífices de una legislación
regresiva en la protección a los consumidores ante el bombardeo de los
anuncios de la industria publicitaria. Entre los logros de estas
organizaciones cabe destacar la efectividad de sus campañas en contra del
Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación de la UNESCO y la
liberalización del derecho de anunciantes y agencias publicitarias, que
lograron de la Comunidad Europea el reconocimiento de los derechos a
vender y anunciar libremente sus productos a los consumidores sin
restricciones significativas en los medios de comunicación ("Ampliar las
posibilidades de elección de que dispone el consumidor. Dar a los
anunciantes nuevos medios de llegar a un determinado público. Contribuir a
contener el costo de los medios favoreciendo la competencia. Nosotros
apoyamos y preconizamos la publicidad, tanto la haga el gobierno, las
municipalidades o los minoristas. Todos contribuyen a agrandar la tarta
publicitaria que roen los ratones marxistas"). Considerando la importancia
capital como industria del sector publicitario, nos encontramos pues ante
unos macro poderes que ordenan las legislaciones nacionales e
internacional, cuando no actúan al margen de las directrices de las
Naciones Unidas, en materia de protección al consumidor, o de la Comunidad
Europea, en la resolución de normativas públicas como la Directiva
Televisión Sin Fronteras, en el reconocimiento del derecho a la
información veraz, equilibrada y ecológica del sistema de comunicación y
la información publicitaria dirigida a los consumidores.
Desde la década de los ochenta, la acelerada
internacionalización y concentración de la actividad publicitaria en
grandes compañías transnacionales, bajo la hegemonía del capital
estadounidense, ha convertido al sector de la publicidad en un poderoso
grupo de presión, constituyéndose en un verdadero quinto poder de la
sociedad global que regula, administra y condiciona en parte el mundo de
la comunicación , la cultura, la economía y la política. Procesos de
integración regional como, por ejemplo, el Mercado Único o el Tratado de
Libre Comercio tienen en la publicidad un factor de unificación esencial,
que garantiza la eficaz expansión y reproducción de los movimientos de
capitales. Tal y como señala el profesor Zallo, la publicidad global es
hoy la manifestación económica más relevante de la apertura liberalizadora
de los nuevos mercados económicos (2). En el marco precisamente de la
integración regional, la llamada internacional publicitaria ha
experimentado un crecimiento y evolución significativos :
- La concentración ha hecho posible la creación de
grupos de agencias y macro grupos a escala internacional favoreciendo la
concentración de los propios anunciantes y de la propia competencia entre
agencias.
- El desarrollo estratégico de grandes agencias
publicitarias ha impulsado un crecimiento concentrado de la facturación
total del negocio de los anunciantes.
- La industria publicitaria ha experimentado además una
creciente vinculación con el sector financiero internacioal que, a través
de compra de agencias y grupos nacionales, han favorecido el mismo proceso
de integración horizontal y vertical de actividades al calor de las
políticas neoliberales de transnacionalización económica.
- Por último, se ha producido además una tendencia a la
formación de centrales de compras de medios y de megacentrales
internacionales que controlan y planifican la compra de espacios
publicitarios en los medios de información a escala planetaria, haciendo
realidad la experiencia de la publicidad global en la cultura de consumo
público.
En otras palabras, la dimensión económica de la
publicidad se caracteriza en estos momentos por una estructura
centralizada, jerárquica y crecientemente oligopólica de la producción, lo
que favorece un mayor control global de las formas, símbolos, estrategias
y representaciones sociales del contenido cultural vehiculado en los
anuncios. Hoy el proceso de globalización económica en la que vive inmerso
el sector comienza a hacer necesario la concentración de la producción, la
planificación y la difusión de las campañas publicitarias, por las
necesidades mismas de homogeneización y transnacionalización del consumo
de mercancías. En esta lógica, las agencias nacionales cumplen una función
reproductora de las decisiones y estrategias persuasivas de la casa
matriz, y los consumidores acceden al consumo de valores, normas, estilos
de vida, patrones culturales, necesidades, símbolos y representaciones
sociales diseñadas globalmente para el consumo público local, lo que
además de generar procesos de control y centralización de los medios de
comunicación social por los macropoderes de las principales agencias
publicitarias internacionales en función de los intereses estratégicos, a
nivel económico y político, de estos grupos, favorece una mayor
redundancia y estereotipa de los mensajes, por razones de simplificación
codificada de la realidad persuasora del universo comunicacional en la
sociedad de consumo, produciendo así una progresiva homogeneización de
comportamientos, valores y pautas de consumo similares, en virtud de las
categorías mentales y los estilos de vida identificados por la propia
"publicidad global".
Tradicionalmente, la publicidad ha servido para
promocionar todo tipo de productos, ideas, instituciones y personas,
construyendo mensajes fácilmente percibibles por el público y altamente
eficaces en su poder persuasivo. Es quizás este el factor de concentración
empresVerdana más importante que ha "montado" y "desmontado" al "homo
consumens" (Erich Fromm) en la adaptación a las nuevas formas de consumo y
a las pautas culturales del cambio social capitalista. La publicidad, como
práctica comunicativa, media entre el proceso de producción y el universo
simbólico de las prácticas de reproducción social a través del acto de
consumo como garantía de retroalimentación de la circulación de capital.
Por ello decimos que, históricamente, la publicidad es un instrumento
esencial de consumo simbólico vinculado a la investigación y reproducción
de las pautas socioculturales de reproducción social. Más aún, la
publicidad es la producción industrializada de la realidad, un espacio de
socialización de las pautas culturales dominantes, cuya función esencial
es la reproducción de las formas de producción y reproducción cultural. La
publicidad busca, en última instancia, influir, determinar y dirigir la
conducta y representaciones sociales de los públicos, convertidos en
consumidores, a través de la referencia artificial que integra en los
productos valores, atributos y caracteres simbólicos, planificados por los
técnicos y especialistas en virtud de los objetivos predeterminados por
los anunciantes. "La publicidad es, en suma, un medio de difusión de ideas
ajenas y una técnica de persuasión orientada a dar a conocer de forma
positiva, laudatoria y plena la existencia de productos y servicios,
procurando suscitar su consumo" (3).
El carácter cotidiano que adquiere la publicidad en
nuestro tiempo ha transformado así la cultura corporativa en una
manifestación obvia y natural de nuestro entorno, resultando que, pese al
crecimiento de la hiperinflación de los mensajes publicitarios, menos
somos conscientes de su poder y de los efectos que condicionan nuestro
comportamiento. De hecho, el actual poder de la publicidad es el poder de
la ubicuidad y de la permanencia, el poder de la permeabilidad y de la
representación, cuya eficacia depende de la mayor o menor capacidad de
realización pública de tres funciones básicas que la constituyen: " a) La
denominación, a través de la cual se crea la marca de los productos. b) La
predicación, utilizada para producir la imagen y la personalidad de éstos.
c) La afirmación , por medio de la cual se positivan los productos y se
trata de implicar en el mensaje al propio receptor" (4).
Este proceso de designación de la realidad, de
nombramiento y calificación del universo simbólico del consumo socialmente
necesario, a fuerza de ser habitual y universalizado socialmente por la
cultura de masas, se considera hoy un proceso de "nominación económica"
más o menos natural. Anunciantes y publicistas argumentan, en ocasiones, a
favor de la publicidad como una forma de representación cultural, cuyo
objetivo no es otro que reflejar la realidad social. Sin embargo, la
publicidad, lejos de representar el mundo lo produce, constituye pues una
forma de poder. La publicidad modela, estructura y determina nuestro modo
de percepción mediatizando el lenguaje y la cultura cotidiana de los
ciudadanos. La publicidad ha universalizado en la cultura de masas una
manera y un estilo de comunicación que han estereotipado el discurso
público (5) y que, paradójicamente, ha transformado en público lo privado,
privatizando el espacio de comunicación, por efecto de la operación
mercantil que cosifica y despersonaliza la cultura
Las marcas y el mercado
La marca funciona como señuelo que identifica y reclama
al consumidor. Se trata, en cierto modo, de una forma de jerarquización y
distinción del mercado, estratificando la demanda en un proceso de
individualización y diferenciación social que discrimina y unifica, a la
vez, paradójicamente, el consumo social. La marca posiciona e identifica
pues tanto al producto como a los consumidores, desmaterializando el acto
de consumo público mediante los atributos simbólicos que integran a los
consumidores en el valor de cambio imaginario del producto, a condición de
dotar de vida y existencia subjetiva metafóricamente a los objetos y
productos finales de la circulación de capital.
Como señala Jesús Ibáñez, la publicidad opera sobre los
consumidores operando sobre los productos. Mediante productos
transformados en metáforas, transforma a los consumidores en metonimias.
Los consumidores son parte de los objetos de consumo, son cosificados,
mientras los productos y bienes de consumo público son subjetivados,
adquieren personalidad por efecto del discurso publicitario. La publicidad
desmaterializa idealmente los objetos y productos de consumo hasta el
punto de personalizarlos por efecto de la proyección con valores, normas y
estilos de vida deseados por los consumidores potenciales. El objeto u
objetos de consumo igualan, de este modo, al consumidor en el acto
imaginario del consumo publicitario, a la vez que el discurso publicitario
personaliza, distingue e individualiza a los receptores. La
personificación del producto a través de la publicidad crea así un marco
estético en el que la experiencia del receptor queda manipulada
ilusoriamente por la proyección del deseo no realizado que anuncia el
mensaje. " El papel de la publicidad es , por tanto, crear objetos
personalizados (es decir, predicarlos, crear imagen de marca), su función
de uso decae en favor de su función de intercambio simbólico. Los objetos
son ya - a través del discurso publicitario - sinceros, espontáneos,
simpáticos o bravos, aventureros u hogareños" (6).
González Martín caracteriza, en este sentido, la
sociedad de consumo sugerida por la publicidad a través de los siguientes
argumentos retóricos :
"a) Personalización de los objetos y servicios. El
principio y el fin de toda actividad económica es el tú individual. El
individuo está completamente cautivado por el hedonismo del consumo; b)
Propuesta de goce inmediato. Una sociedad muy productiva, como la actual,
precisa un consumo muy planificado y una rotación continua de stocks. Si
se para el consumo, se para todo el sistema; c) Producción gracias a la
publicidad , de necesidades, como si se tratase de crear otro cualquier
tipo de mercancía; d) Mercantilización de los modos de vida : son los
objetos los que producen la sociedad, y no al contrario; e) Utilización
del hombre como sujeto de consumo y no como fuerza productiva. El consumo
objetualiza a las personas y personaliza los objetos" (7).
La publicidad mistifica y cosifica la realidad del
consumidor convirtiendo al sujeto en objeto de consumo. La publicidad
impone así la creencia de un orden social benefactor, proyectado a través
de la imagen feliz del goce que parece proporcionar el cuadro de atributos
que marca el producto. Como decimos, la marca de un producto no marca ya
al producto sino al consumidor mismo. "Cuando la marca marcaba al
producto, la publicidad metaforizaba el producto : lo condensaba. Cuando
la marca marca al consumidor, la publicidad metonimiza el consumidor y lo
desplaza. Su posición y su estado de movimiento - una posición real y un
estado de movimiento imaginario - quedan fijados por la publicidad (...)
Los consumidores son clasificados, ordenados y medidos por las marcas que
consumen" (Ibáñez dixit). La publicidad condensa los productos para
desplazar a los consumidores. Pues la transformación cultural de la
publicidad es la construcción de los productos de consumo en lo real
mediante la expansión imaginaria en los anuncios. La publicidad opera, en
este sentido, según la lógica de un simulacro : la realidad destruída,
oculta o manipulada, se transforma en imágenes sintéticas de lo posible y
deseado. La publicidad recrea el mundo : crea una simulación imaginaria
del mundo real para que nos recreemos en ella.
El lenguaje conativo y la representación imaginaria de
la realidad busca en el anuncio borrar la distinción entre emisor y
receptor, por medio de la ocultación de los límites entre texto y
realidad. El secreto de la publicidad es pues el intercambio de un hecho
(el deseo de placer por el consumo) por un dicho (la realización del deseo
en el acto de consumo de la publicidad). Por ello, el discurso de la
publicidad es una reivindicación posmoderna del hedonismo y del culto al
cuerpo aquí y ahora, entendido como la realización momentánea de la
proyección del deseo en el acto voyeurista de la mirada, del consumo de la
publicidad y su mundo maravilloso. Más aún, la publicidad es una forma de
sueño electrónico y de idealismo comunicacional. La publicidad no
promociona productos, sino placeres, y no precisamente placeres
materializables, sino más bien placeres de goce estético o imaginario.
La publicidad explota las necesidades y deseos del
consumidor para revestir determinados productos y servicios de imágenes,
símbolos y proyecciones imaginarias. El mundo de la publicidad es pues el
mundo de las apariencias, un universo simbólico dominado por el poder
reificador del valor de cambio. Pues la publicidad, como afirmara Wells,
no es otra cosa que enseñar a la gente a necesitar cosas. Los productos
son significantes que la publicidad llena de significados. A través de la
comunicación, la publicidad equipara el valor de uso y la capacidad
significante de los productos y el valor de cambio y sus posibles
significaciones.
La belleza, la eterna juventud, el éxito, la clase, el
placer, la armonía de la naturaleza y el mundo, entre otros muchos
valores, son puestos en escena por la publicidad para vender un universo
simbólico asociado a los productos. Todo vale para el logro de este
proceso de análisis y síntesis comunicacional: la proyección de nuestros
deseos y aspiraciones, las sugerencias de éxito y virilidad, el encanto
del sexo, la invitación a la aventura, la fabulación de mundos y universos
imaginarios. . . La publicidad explota corporativamente los rituales
culturales, los mitos y valores que conforman normativamente la estructura
sociocultural de un universo simbólico dado, centralizando los atributos
de sociabilidad en el propio objeto de mercadeo.
Los ambientes de fiesta, alegría, felicidad, armonía y
lujo son adaptaciones personalizadas de lo imaginado que el receptor nunca
o casi nunca podrá realizar. El brillo y lujo del mundo, la
espectacularidad y belleza de las representaciones publicitarias son solo
formas de seducción que enmascaran las formas alienadas de cultura y
socialización. La seducción publicitaria tiene por función integrar lo
escindido, unir y vincular los lazos de disolución que el propio proceso
de comunicación publicitaria produce en el acto de enunciación persuasiva.
El lenguaje y la lógica social de los mensajes
publicitarios refuerzan además, ideológicamente, un modelo socioeconómico
individualista y competitivo. Como señala el profesor Eguizábal, la
publicidad, con su proliferación de imágenes, de mensajes contradictorios,
de excesos, de informaciones banales que se solapan y anulan, contribuye
al proceso de atomización social. Pero esta individualización es producto
de una subjetividad alienada, pues la diferenciación social que produce la
publicidad genera antes que nada una cultura de la indiferencia, una
cultura del pastiche, el eclecticismo y la relatividad cultural,
ideológica e histórica, prácticamente absoluta.
El discurso publicitario elimina además la conciencia
del tiempo. Moles y otros muchos autores han señalado el carácter
rupturista y discontinuo del lenguaje publicitario frente a la lógica
sencuencial y racionalizadora del discurso ilustrado de la llamada por
McLuhan galaxia Gutenberg. Este carácter fragmentario de la representación
cultural plantea sin duda numerosas dificultades en la práctica y la forma
de representación con que opera el sistema educativo, que además se
enfrenta al carácter virtual del mundo publicitario.
La publicidad no pierde sólo su dimensión histórica
sino incluso cualquier pretensión representativa del universo referencial.
Si en su origen, en verdad, los anuncios publicitarios tenían por función
informar la oferta y la demanda mediante un discurso referido a los
atributos y contraprestaciones de los productos y servicios anunciados hoy
la publicidad es una forma, en cambio, de asociación implícita de los
productos con valores, normas, deseos y necesidades psicológicas o
sociales de los receptores. La publicidad habla cada vez menos de los
productos y más de los propios consumidores, de sus deseos, preferencias y
valores. El anuncio renuncia así a informar al consumidor para dar forma
al universo simbólico del consumo y el entorno social. De nuevo como
explica Ibáñez, "los anuncios señalaban antes , en una dimensión
referencial, a los productos : a un objeto real idealizado. Pero la
idealización era una ornamentación del objeto real. Ahora la publicidad no
habla de los objetos : los objetos hablan de sí mismos (se exhiben), y la
publicidad los simula. Los objetos se transforman en símbolos : sim-bolo
(de "syn-ballein" = lanzar juntos) es lo que uno lo que estaba separado, a
los objetos entre sí y al sujeto con los objetos".
La pérdida de referencialidad en el discurso
publicitario es el proceso por el cual el anunciante logra este efecto
estético de integración imaginaria del sujeto con el objeto. El producto
anunciado se priva de su marco referencial y adquiere vida propia mientras
el sujeto pierde autonomía en el acto de consumir la publicidad. Así, el
producto aparece descontextualizado en una perspectiva irreal,
fantasmagórica, surrealista y simulada. El sujeto es influido
disimuladamente en su proyección imaginaria, mientras el objeto se
personaliza simuladamente. Claro que este proceso se produce a costa de la
significación de los anuncios, que dejan de tener sentido para producir
encanto, y renuncian a informar para dar forma a la superficie del consumo
informativo. Los anuncios organizan el sentido del público receptor como
un universo semántico que presiona y orienta las actitudes de los
consumidores para persuadirles motivacionalmente sobre el valor de los
productos. La dimensión motivacional de los anuncios tiene por objetivo
crear artificialmente un vínculo estrecho entre el producto anunciado y
los deseos, aspiraciones y necesidades más profundas del público
destinatario :
"La mayoría de los anuncios se construyen atendiendo
a tres necesidades persuasivas : la necesidad de hacer conocido-deseado el
producto; la necesidad de vincular el producto con una dimensión
motivacional más o menos pertinente, fundada en una carencia que afecta a
zonas amplias del público; y la necesidad de motivar no sólo la compra,
sino también la recepción del anuncio, haciendo que éste se convierta en
un objeto atractivo, grato, fácil de inteligir y generador de una
satisfacción puramente estética" (8).
La publicidad busca , por tanto, conectar
motivacionalmente un producto con un público heterogéneo a partir de un
deseo o estructura profunda de persuasión común, a partir de una carencia,
deseo o gratificación de los individuos destinatarios. La función
paradójica de la publicidad es mostrar lo no aparente, manteniendo siempre
oculto más de lo que se dice. Por ello, el lenguaje publicitario es hoy un
lenguaje cada vez más fabulado y fabuloso , que exalta la
espectacularidad, que embruja, hechiza, seduce y silencia. Se trata de un
lenguaje poético, lírico, eufemístico, hiperbólico y hasta eufóricamente
exaltado. En anuncios y discursos publicitarios prima el código
humorístico, el lenguaje desenfadado, paradójico, inofensivo y banal. La
búsqueda del placer musical de las palabras favorece una estética de la
creación verbal inocua, trivial y chabacana, propia de una cultura ligera
y, en lo esencial, paródica, capaz de ironizar y reírse de sí, para
cumplir eficaz y racionalmente la función que la estructura económica ha
asignado. Por ello, las referencias continuas de los anuncios al producto,
a la competencia y a otros textos publicitarios, más allá de la compleja
trama de diálogos intertextuales que teje en la recepción de la audiencia,
tiene un sentido no sólo estético, sino esencialmente económico.
Los guiños , las citas, las referencias intertextuales,
las distancias de los actores de la comunicación forman una dinámica
compleja y contradictoria de comunicación, basada en el encanto de la
imaginación, el absurdo, la fantasía onírica y los sueños no realizados de
la audiencia. La veracidad rara vez forma parte de la retórica aplicada
por los mensajes publicitarios. Los anuncios son más bien una forma
valorativa, ornamental y esteticista, alejada de cualquier intencionalidad
informativa. La sensualidad, el placer objetual-sensorial, el deseo, la
imitación, la conservación , la proyección negativa son algunos de los
factores de influencia utilizados por los publicistas en sus mensajes para
influir en la norma de consumo del público.
En el consumo de los mensajes publicitarios, la
comunicación pone en juego elementos sociológicos, psicosociales,
cognitivos y culturales. La producción y descodificación de los anuncios
se produce a partir de factores actitudinales, perceptivos, conductuales y
pragmáticos. La publicidad explota, por ejemplo, los factores fisiológicos
activando sensorialmente las capacidades perceptivas y , por tanto, de
recuerdo de los consumidores. El aumento del volumen a diferencia de los
programas de relleno de la televisión con el fin de captar el interés y
atención de la audiencia o el uso de colores, formas y movimientos muy
llamativos con el fin de sorprender visualmente al espectador son
frecuentes elementos de orientación de la recepción. Los mensajes
estructuran además la información para la formación y cambio de actitudes
cognitiva, afectiva y volitivamente. Los anuncios generan actitudes de
imitación de modelos y estilos de vida , de interiorización de actitudes,
creencias y valores, y de sumisión al producto del deseo, de la promesa o
beneficio sugerido en la misma comunicación publicitaria.
Por último, otros recursos utilizados, en este proceso,
son habitualmente:
- La explotación estética de la moda y la lógica
posmoderna de la estética del revival, cuya intención, además de lograr la
participación activa del espectador mediante el acto de identificación y
recuerdo, tiene como resultado la eficaz actualización del propio discurso
publicitario, reforzando la pérdida de referencia y la asociación del
producto con el recuerdo, la añoranza y los deseos del público receptor.
- Los juegos de palabras, en los que el simple deleite
del juego irónico, perverso, contradictorio o paradójico resulta
funcionalmente recurrente en la seducción y retención selectiva de la
audiencia. El uso arbitrario de sufijos, campos semánticos, construcciones
gramaticales y aliteraciones, cacofonías o encabalgamientos de todo tipo,
entre otros recursos lingüísticos, sirven a la publicidad como un
instrumento placentero de promoción pública, que exige además una
complicidad y la complicación con el texto del público, convertido en
lector con-vencido y copartícipe del código elaborado por el emisor.
- Y la repetición, una técnica que, conforme a la
lógica conductista de reforzamiento del mensaje, es una estrategia
frecuentemente utilizada en las campañas de promoción, pues la repetición
garantiza la familiaridad del espectador con el producto y los valores o
ideas fundamentales de una campaña.
Cabe recordar, en este sentido, que la publicidad busca
en último término la consecución de un determinado comportamiento. No se
trata de una comunicación desinteresada, sino más bien una forma de
distribución y ordenación de las formas y objetos de consumo público. La
industria publicitaria, no hay que olvidarlo, es antes que nada una
industria de la persuasión.
NOTAS
1.- J. A. González Martín, Publicidad , en Ángel
Benito (Dir.) , Diccionario de Ciencias y Técnicas de la Comunicación,
Ediciones Paulinas, Madrid, 1991, p.1180.
2.- Cfr. Ramón Zallo, El mercado de la cultura.
Estructura económica y política de la comunicación , Editorial Gakoa,
Guipúzcoa, 1992 , pp.159-189.
3.- González Martín, op.cit. , p.1179.
4.- Ibid. , p.1182.
5.- Véase Neil Postman, Divertirse hasta morir. El
discurso público en la era del show business , Ediciones La Tempestad,
Barcelona, 1991.
6.- Raúl Eguizábal, "Publicidad y consumo" , en Revista
TELOS, número 24, Madrid, 1990, p.24.
7.- Martín, op.cit. , p.1183.
8.- Ibid. , p.1054.