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0205 - Fuente
Universidad de Palermo
«Las imágenes, fuerzas psíquicas primarias, son más fuertes
que las ideas, más fuertes que las experiencias reales.»
Gaston Bachelard
«Desde el principio, la imagen fue a la vez medio de
expresión y, también, de adivinación e iniciación.»
J. Martín Barbero
«La introducción de la imagen en la vida social,
mediante la fotografía, el cine y la televisión, ha cambiado completamente
nuestra mirada sobre las funciones sociales.»
Marcel Gauchet
Objetivo temático
Desde la llegada de la televisión vivimos, de pleno, en la civilización de
la imagen. Ya en 1969, Enrico Fulchignoni publicó un libro con este
título: «La civilisation de l’ imagen». Para Abraham Moles (1985) esta
interpretación «se impone de nuevo en detrimento del signo lingüístico»
puesto que la imagen puede utilizarse en forma rápida y a un costo
razonable. Además, es susceptible de transmitirse y repro-ducirse sin
mayores complicaciones tanto técnicas como económicas. En otra obra, el
mismo Moles (1995) sostiene que en el desarrollo social de la imagen se
reconoce claramente una prehistoria y tres etapas de masificación. Durante
la prehistoria, las imágenes eran el producto único de un artesano,
igualmente único. «Aquellas imágenes participaban de una especie de magia,
en la medida en que eran escasas y raras, y tenían el estatus de reflejo
de la realidad».
La primera etapa de la masificación fue la copia múltiple del grabado,
durante el Renacimiento, y con la multiplicación de las prensas de
impresión gráfica. La segunda es el descubrimiento de la trama fotográfica
que posibilitó el triunfo de la imagen en un sinnúmero de publicaciones;
la revista Life fue emblemática en este aspecto. Ahora estamos en la
tercera etapa, donde la imagen está al alcance de casi todos los
bolsillos; de este modo no es solo un subproducto de la comunicación sino
una experiencia que invade la vida cotidiana. Anticipando un poco el
análisis que sigue, se puede confirmar que la imagen, lejos de ser una
plaga amenazante y contemporánea, «es un medio de expresión y de comunicación
que nos vincula con las tradiciones más antiguas y más ricas de nuestra
cultura» (Joly, 1999). En suma, una herramienta de autonomía más que de
pasividad. La razón suficiente de este fenómeno la da Moles (1995) al
reelaborar el concepto de freezing machine de Milgren. En una muy apretada
síntesis, se puede afirmar que la imagen es la cristalización de lo real
sensorial.
La imagen y la comunicación
La función esencial de la imagen es comunicar. Desde los bisontes, los
ciervos y los jabalies cuaternarios de las cuevas de Altamira hasta los
vitrales de Chartres y de Notre Dame, los frescos de la Capilla Sixtina y
las ilustraciones de los comics, las imágenes sirvieron y sirven para
comunicar órdenes, figuras (personajes), valores, historias y toda suerte
de mensajes. En «Adventures in Wonderland» (1970), Alicia se pregunta de
qué sirve un libro que no tenga ilustraciones. Por eso, la imagen visual
es siempre, y en todos los casos, una experiencia mediática y mediadora.
La imagen contemporánea tiene una historia que viene de lejos. En el
comienzo de los tiempos, como lo recuerda Joly (1999) hubo imagen y en
cualquier lado que se busque también abundan. «En todo el mundo, el hombre
dejó la huella de sus facultades imaginativas en forma de dibujos en las
rocas que van de los tiempos más remotos del paleolítico hasta la era
moderna». Todos estos dibujos están destinados a comunicar mensajes.
Porque las imágenes, tal como lo comenta Moles (1991) son una experiencia
vicaria óptica que se establece entre un individuo y otro para comunicar
mensajes a través del tiempo y del espacio. La tarjeta postal que registra
una experiencia, la fotografía de los seres amados que ya no están, el
álbum de fotos de los pequeños que atesora recuerdos familiares.
En este proceso, la imagen no está sola y, en algunas ocasiones, no
siempre es la que prepondera. Se da en determinado contexto y está
integrada en una experiencia donde hay palabras, intencionalidad y todos
los elementos que precisan los modelos de comunicación, como el canónico
de Shannon – Weaver y el más elaborado de Jakobson (Aprile, 2000). En
consecuencia, es un hecho que la significación de un mensaje visual se
alcanza por la interacción de distintos factores. El citado Joly (1999)
señala expresamente estos tres: los signos plásticos, los icónicos y los
lingüísticos. Al considerar explícitamente las funciones de la imagen,
Jacques Aumont (1990) detalla tres amplios modos: el simbólico, el
epistémico y el estético. En base a esta propuesta y para subrayar el
protagonismo de la imagen, vale enunciar aunque sea esquemáticamente,
estos cuatro modos que siguen a continuación.
Información. Aquí están las fotografías de los diarios
y las revistas, los relatos visuales de los noticieros y documentales de
la televisión, las ilustraciones de los libros, de los avisos y de los
afiches. En su más lograda expresión, estas imágenes pueden llegar a valer
más que cien palabras.
Intelección. Aunque generalmente, y como veremos en su oportunidad, la
imagen necesita ser anclada por la palabra. También sucede en algunos
casos, que la imagen sirve para connotar el mensaje y encaminar su
interpretación. Por caso, la percepción de la belleza o de la fealdad, de
la alegría o de la tristeza se logra de manera más directa y eficaz por
medio de las imágenes que apelando a otros recursos comunicacio-nales. En
este sentido, Barhes habla de frapper des sens: otorgar sentido.
Diversión. Desde el cine mudo, con Chaplin y Keaton, hasta el arte
mímico de Marcel Marceau, pasando por las telenovelas y los efectos
especiales, las imágenes son las encargadas de concretar y potenciar el
grado connotativo del entretenimiento. La escalera de «El acorazado
Potemkin» (1925), las enormes ruedas y engranajes de «Tiempos modernos»
(1940) y la sala de proyección de «Sherlock Jr.» (1924) son ilustres
ejemplos de connotación fílmica.
Contemplación. Esta experiencia está asociada con la intelección pero
con un notable plus de emoción. En «El ritual de la televisión», Goethals
(1986) afirma que «aunque los símbolos visuales no pueden desempeñar las
completas funciones descriptivas del lenguaje, su poder de evocar
sentimientos no tiene rival». Para Aumont (1992) «la imagen en general es
vista a menudo como una especie de extensión de la imagen artística»
porque el placer que procuran es del mismo orden. El escultor no siente
que está inventando o dándole forma a la curva de un pecho o de un brazo
sino liberando la imagen de su prisión (Anais Nin).
La imagen y sus atributos
El mensaje visual se construye por la interacción de distintos datos,
signos, instrumentos y experiencias que, aunque diversos y complejos,
conforman un todo orgánico.
Particularmente, desde la postura del emisor, debe tomarse en cuenta las
características heterogéneas de la imagen para potenciarlas y
direccionarlas. A renglón seguido se indican las relevantes.
Iconicidad. Sin extraviarnos en los muchos vericuetos
semiológicos, es importante señalar la estrecha vinculación de la imagen
con la realidad. En un primer nivel, espontáneo e ingenuo, la imagen es la
representación fiel del objeto, no importa cual sea. Tal como lo señala
Zecchetto (2003), recordando a Pierce, las imágenes visuales son íconos
porque «tienen una cierta semejanza innata con el objeto al que se
refieren». En una vuelta más de tuerca, se debe vincular la semejanza con
la capacidad de hacer verosímil el dato visual; esto es, que el dato tenga
apariencia de verdadero. Bueno (2000) recuerda que Hutchinson, en una
publicación que lleva ya medio siglo, señaló que «la pantalla televisiva
es la ventana que le es dado abrir diariamente a millones y millones de
televidentes de la sociedad industrial para asomarse a la realidad del
mundo».
Polisemia. Esta característica modifica sensiblemente la anterior ya
que, aunque verosímil, el dato visual no significa lo mismo para cada uno
de los receptores. Todos los antecedentes y experiencias culturales,
contextuales y personales, van connotando el mensaje visual. La
tradicional experiencia de los distintos relatos sobre un mismo suceso que
aportan los testigos visuales es la prueba más sencilla y contundente de
que «todo es según el color del cristal con que se mira». Por eso es
imprescindible anclar el mensaje visual para direccionar su sentido y su
significación. En palabras de Joly (1999), «la función del anclaje
consiste en detener esta cadena flotante del sentido que engendraría la
necesaria polisemia de la imagen, designando ‘el buen nivel de lectura’;
lo que significa privilegiar una entre las distintas y posibles
interpretaciones».
Heterogeneidad. Potenciando la polisemia se verifica el carácter diverso
y múltiple de la imagen. Un clásico ejemplo fueron las experiencias de los
impresionistas y el clásico ejemplo de Claude Monet con su «Impresión del
amanecer» (1874) para demostrar como el mismo objeto se puede ver distinto
a partir de las variaciones de la luz. En síntesis, el gran aporte de la
pintura de los impresionistas, que también se plasmó en la música con
Debussy y Ravel, es el valor que toma la mirada o la audición, tanto en el
emisor como en el receptor. Son todas estas interacciones las que producen
el sentido y la significación del dato visual; esta experiencia se va
aprendiendo de manera más o menos consciente y se completa con una
observación más sistemática.
En «Video culturas de fin de siglo» (1990), Francesco Casetti propone y
caracteriza lo que denomina posiciones pro y contra de la imagen. Son
estas cinco que siguen.
1) La imagen nada: la imagen como mercancía de
consumo, estandarizada y devaluada, para satisfacer las necesidades de
diversión y distracción.
2) La imagen trampa: también negativa y heredera de la imagen
cuatrocentista, que sirve para darle al sujeto la ilusión de dominar
plenamente el mundo representado.
3) La imagen cuerpo: la imagen
como soporte físico; los elementos que le dan cuerpo son los que le abren
su sentido.
4) La imagen capital: «por su capacidad para recuperar y fundir
lo que constituye el fondo de nuestra cultura». 5) La imagen todo: la que
nos pone en contacto con la globalidad de lo real.
La virtud de todos estos enfoques, propuestas y análisis es demostrar que
la imagen, como tal, es un fenómeno heterogéneo, de una extraordinaria
riqueza. Tiene enorme posibilidades de representación y de lecturas. En
este sentido, hacen falta más de mil palabras para abordar todas sus
posibilidades.
La imagen en televisión
Como lo señalan los investigadores, y muy particularmente Roger Fidler en
«Mediamorfosis» (1988) la televisión tomó y en algunos casos hasta
canibalizó) los géneros, las técnicas, los temas y hasta a los
protagonistas de otros medios, especialmente de la radio y del cine. Un
repaso de los primeros programas televisivos demuestra, ipso facto, el
modo en que se llevó a cabo esta primera apropiación. Con el tiempo y la
experimentación, a base de prueba y error, la televisión fue encontrando
sus propios modos y estilos de manipular las imágenes. La simple
comparación de un informativo de televisión con un diario, para una misma
noticia, deja bien en claro las muchas diferencias y las pocas semejanzas
que hay en ambos medios. A base de este reconocimiento, se puede afirmar
que el medio es el mensaje en el sentido de que la televisión tiene un
tratamiento singular y propio de las imágenes. Y aún en el caso de exhibir
la misma película que en el cine, sea por la reducción de la pantalla, por
la inserción de cortes comerciales y por el propio comportamiento de la
audiencia, la experiencia televisual es netamente distinta.
En términos generales se puede afirmar que la imagen televisiva, respecto
de los informativos y los programas en vivo y en directo, alcanza su mayor
grado de iconicidad. Este fenómeno tiene su mejor expresión en los talk y
reality shows. En estos casos, la ventana al mundo es la que se abre para
curiosear el comportamiento de personas anónimas y, así, acceder al
universo cotidiano de modo natural y asistemático como si se tratara de un
strip-tease del self (Andacht: 2003).
Otro rasgo de la imagen televisiva, en términos genéricos, es su
precariedad y en el sentido más literal de esta acepción. En las tiras,
series, magazines, noticieros, etcétera, a diferencia de los filmes y de
los spots publicitarios, nunca se cuenta con todos los recursos de tiempo,
fondos y presupuestos estimados como ideales. La prueba evidente de este
déficit estructural resulta de comparar el costo proporcional, en tiempo y
dinero, de una película o de un comercial, con el de un unitario.
Evidentemente, la televisión está atada y condenada a la imagen. La
pantalla queda en función de la mirada y aunque hay palabras, sonidos y
música, todos estos recursos imprescindibles pero complementarios están
supeditados a la imagen. Si ya no se escribe ni se lee como antes, afirma
Martín–Barbero (1999) es porque «la visualidad electrónica ha entrado a
formar parte constitutiva de la visibilidad cultural».
Salvando lo que hay que salvar, la imagen en televisión es a la vez
preponderante e invasiva pero, asimismo, superficial, inestable y
contingente.
La imagen en los comerciales
La imagen siempre fue, y sigue siendo, un habitual y extraordinario
recurso publicitario. Los áxones y kyrbeis de la Grecia clásica, las
tabulae y los libelli de la Roma imperial no eran sino carteles y anuncios
que ofrecían artículos, servicios o indicaban negocios. En la
multitudinaria Roma, la imagen de una cabra señalaba una lechería, la de
una mula, un molino harinero y la de un niño azotado en el trasero, una
escuela (sic). Mucho más cerca de nosotros, la publicidad echó mano del
oficio de grandes artistas para ilustrar los mensajes (Aprile: 2003). Una
notable cantidad de estos afiches que ayer poblaban las calles y se
reproducían en las revistas, hoy están en las salas de los museos de
bellas artes.
Desde los primeros tiempos de la televisión, tal como ya se expuso, las
imágenes fueron su principal activo. En franca competencia con la radio,
las imágenes pronto le dieron a la televisión la carta de triunfo. No era
lo mismo escuchar a los Pérez García en un receptor de AM que ver a la
familia Falcón en pantalla, aunque fuera en blanco y negro. Uno de los
ejemplos más curiosos de la atracción de la imagen son los patapúfetes de
Pepe Biondi. Al mes de llegar a la televisión tenía 30 puntos de rating y,
en pocas semanas más, alcanzó récords de 60 puntos. Como en los clásicos
del cine mudo, el éxito de este tipo de humor se debe, fundamentalmente, a
los gags visuales.
La publicidad ya había aprendido esta lección mucho tiempo antes puesto
que la imagen publicitaria debe connotar una intencionalidad manifiesta en
todos sus mensajes. En este sentido, hay que advertir un pro una contra.
Per se, la imagen es mucho más apta para mover y conmover al espectador.
Pero en razón de su carácter polisémico, puede confundir y/o desviar el
mensaje si no está anclada por palabras o sonidos. Es lo que acontece con
toda construcción metafórica. En este caso, como lo subraya Moles (1991)
«hay entonces una dimensión asociativa o connotativa del mensaje , lo que
se siente, más que lo que se recibe». Se trata de todas las asociaciones,
de todas las armonías que llegan de manera más o menos necesaria al
espectador que recibe el mensaje.
Otro dato ya ha insinuado es que cada vez, y en mayor medida, los
comerciales de televisión tienden a integrarse en el espectáculo
televisivo y como espectáculo. Es el fenómeno que Borrini, en sus notas
periodísticas, remarca insistente-mente con el concepto híbrido de
advertainment. En este proceso, en los mensajes publicitarios
predominantemente visuales predomina la connotación respecto de la
denotación. A diferencia de décadas pasadas, los spots publicitarios ya
casi no rematan con un pack final en tanto que la locución en off y los
textos son los imprescindibles para orientar la inten-cionalidad del
mensaje. En alguna medida, se vuelve al concepto platónico de la imagen
como estímulo para recuperar los contenidos y las significaciones que
están ya implícitas, vía asociaciones metafóricas. En este punto, y
exagerando, se puede decir que una imagen vale más que mil palabras. En
paralelo, y tal como lo observa Gonzélez Requena (1992) el discurso
televisivo dominante se asemeja cada vez más a la lógica discursiva del
espot publicitario. De este modo, prevalecen estos seis rasgos
discursivos: 1) comprensible para el target; 2) accesible de modo
genérico; 3) fragmentado de modo sistemático; 4) continuo de manera
permanente; 5) redundante coherentemente y 6) espectacular para lograr
impacto.
Durand (Metz: 1982) al vincular las figuras retóricas con la creatividad,
señala que la función de la imagen publicitaria «es la de provocar el
placer del espectador, ahorrándole el esfuerzo psíquico necesario, o la
inhibición o represión por un lado y, por otro, permitiéndole soñar con un
mundo donde todo es posible».
En síntesis, la imagen publicitaria deber ser fácilmente interpretada por
el público al cual va dirigida (target), caso contrario resultará ineficaz
o inoportuna. En consecuencia, la tarea del creativo es generar imágenes
compatibles con determinada estrategia de comunicación y de persuasión. En
este sentido, tiene que tomar en cuenta que los televidentes más
experimentados y atentos captarán todas las alusiones, las citas y las
referencias que, por el contrario, podrán escurrirse en las lecturas más
simples o menos atentas. Pero en todos los casos, es imprescindible
compartir una común significación a riesgo de fracasar.
«Las imágenes en la comunicación de masas se transmiten en forma de textos
culturales que contienen un mundo real y posible, incluyendo la propia
imagen del espectador».
(Vilches: 1983).
Bibliografía
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Aprile, Orlando (2000). La publicidad estratégica. Buenos Aires: Paidós.
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Fidler, Roger (1988). Mediamorfosis. Buenos Aires: Granica.
Fulchignoni, Enrico (1972). Ls civilization de l’image. Paris: Payot.
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Vilches, Lorenzo (1993). La televisión: los efectos del bien y del mal.
Barcelona: Paidós.
Zecchetto, Victorino (2003). La danza de los signos. Buenos Aires: La
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