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Inspirándome en las exposiciones clásicas del concepto
de opinión pública, quisiera aducir un informe empírico sobre el proceso
de formación de ésta, que parte de la observación que hace el individuo de
su entorno social.
Entre las distintas ponencias procedentes, de
Tocqueville, Tönnies, Bryce y Allport, apenas Allport presenta el ejemplo
de un proceso de formación de la opinión pública: la presión que se ejerce
sobre los habitantes de un barrio para que despejen de nieve sus aceras.
Este ejemplo demuestra que las convenciones sociales, las costumbres y las
normas, junto con las cuestiones políticas, están entre las "situaciones"
y las "proposiciones de significación" capaces de multiplicar las posturas
públicas.
Si la opinión pública es el resultado de la interacci6n
entre los individuos y su entorno social, deberíamos encontrar en
ejecución los procesos que Aschs y Milgram han confirmado de modo
experimental. Para no encontrarse aislado, un individuo puede renunciar a
su propio juicio. Esta es una condición de la vida en una sociedad humana;
si fuera de otra manera, la integración sería imposible.
Ese temor al aislamiento (no sólo el temor que tiene el
individuo de que lo aparten sino también la duda sobre su propia capacidad
de juicio) forma parte integrante, según nosotros, de todos los procesos
de opinión pública. Aquí reside el punto vulnerable del in-dividuo; en
esto los grupos sociales pueden castigarlo por no haber sabido adaptarse.
Hay un vínculo estrecho entre los conceptos de opinión pública, sanción y
castigo.
¿Pero en qué momento uno se encuentra aislado? Es lo que
el individuo intenta descubrir mediante un "órgano cuasiestadístico" al
observar su entorno social, estimar la distribución de las opiniones a
favor o en contra de sus ideas, pero sobre todo al evaluar la fuerza y el
carácter movilizador y apremiante, así como las posibilidades de éxito, de
ciertos puntos de vista o de ciertas propuestas.
Esto es especialmente importante cuando, en una
situación de inestabilidad, el individuo es testigo de una lucha entre
posiciones opuestas y debe tomar partido. Puede estar de acuerdo con el
punto de vista dominante, lo cual refuerza su confianza en sí mismo y le
permite expresarse sin reticencias y sin correr el riesgo de quedar
aislado frente a los que sostienen puntos de vista diferentes. Por el
contrario, puede advertir que sus convicciones pierden terreno; cuanto más
suceda esto, menos seguro estará de sí y menos propenso estará a expresar
sus opiniones. No hablamos de ese 20% de los sujetos de la experiencia de
Asch cuyas convicciones siguen inquebrantables, sino del 80% restante.
Estas conductas remiten, pues, a la imagen cuasiestadística que se forma
el individuo de su entorno social en términos de reparto de las opiniones.
La opinión dividida se afirma cada vez con más frecuencia y con más
seguridad; al otro se lo escucha cada vez menos. Los individuos perciben
estas tendencias y adaptan sus convicciones en consecuencia. Uno de los
dos campos presentes acrecienta su ventaja mientras el otro retrocede. La
tendencia a expresarse en un caso, y a guardar silencio en el otro,
engendra un proceso en espiral que en forma gradual va instalando una
opinión dominante.
Basándonos en el concepto de un proceso interactivo
que genera una "espiral" del silencio, definimos la opinión pública como
aquella que puede ser expresada en público sin riesgo de sanciones, y en
la cual puede fundarse la acción llevada adelante en público.
Expresar la opinión opuesta y efectuar una acción
pública en su nombre significa correr peligro de encontrarse aislado. En
otras palabras, podemos describir la opinión pública como la opinión
dominante que impone una postura y una conducta de sumisión, a la vez que
amenaza con aislamiento al individuo rebelde y, al político, con una
pérdida del apoyo popular. Por esto, el papel activo de iniciador de un
proceso de formación de la opinión queda reservado para cualquiera que
pueda resistir a la amenaza de aislamiento.
Entre los autores clásicos ya encontramos a quienes
escribieron sobre la opinión pública y mencionaron que la opinión pública
es asunto de palabra y silencio.
Tönnies escribe: "La opinión pública siempre pretende
ser autoridad. Exige el consentimiento. Al menos obliga al silencio o a
evitar que se sostenga la contradicción". Bryce habla de una mayoría que
permanece en silencio pues se siente vencida: "El fatalismo de la multitud
no depende de una obligación moral o legal. Se trata de una pérdida de la
capacidad para resistir, de un sentido debilitado de la responsabilidad
personal y del deber de combatir por las propias opiniones"·.
El proceso de formación de la opinión pública fundado en
la "espiral del silencio" es descrito por Toequeville, en El Antiguo
Régimen y la Revolución. Tocqueville, al mostrar cómo el desprecio por
la religión se convierte en una actitud ampliamente difundida y dominante
durante el siglo XVIII francés, propone la siguiente explicación: la
Iglesia francesa "se volvió muda": "Los hombres que conservaban la antigua
fe temieron ser los únicos que seguían fieles a ella y, más amedrentados
por el aislamiento que por el error, se unieron a la multitud sin pensar
como ella. Lo que aún no era más que el sentimiento de una parte de la
nación pareció entonces la opinión de todos, y desde ese momento pareció
irresistible ante los mismos que le daban esa falsa apariencia".
Antes de someter a prueba ese modelo interactivo del
proceso de formación de la opinión pública, expondré cinco hipótesis.
1. Los individuos se forman una idea del reparto y del
éxito de las opiniones dentro de su entorno social. Observan cuáles son
los puntos de vista que cobran fuerza y cuáles decaen. Este es un
requisito para que exista y se desarrolle una opinión pública, entendida
como la interacción entre los puntos de vista del individuo y los que él
atribuye a su entorno. La intensidad de la observación de su entorno por
parte de un individuo determinado varía no sólo conforme su interés por
tal o cual asunto en especial sino también según pueda o no ser impelido a
tomar partido públicamente respecto de eso.
2. La disposición de un individuo a exponer en público
su punto de vista varía según la apreciación que hace acerca del reparto
de las opiniones en su entorno social y de las tendencias que caracterizan
la fortuna de esas opiniones. Estará tanto mejor dispuesto a expresarse
que piensa que su punto de vista es, y seguirá siendo, el punto de vista
dominante; o si bien aún no es dominante, comienza a expandirse con
creces. La mayor o menor disposición de un individuo para expresar
abiertamente una opinión influye en su apreciación del favor que hallan
las opiniones que suelen exponerse en público.
3. Se puede deducir de esto que si la apreciación del
reparto de una opinión está en flagrante contradicción con su efectiva
distribución es porque la opinión cuya fuerza se sobrevalora es la que con
más frecuencia se expresa en público.
4. Hay una correlación positiva entre la apreciación
presente y la apreciación anticipada: si a una opinión se la considera
dominante, es plausible pensar que seguirá siéndolo en el futuro (y
viceversa). Esta correlación, no obstante, puede variar. Cuanto más débil
es, la opinión pública más se enreda en un proceso de cambio.
5. Si la apreciación de la fuerza presente de una
opinión determinada difiero de la de su fuerza futura, lo que determinará
el punto hasta el cual el individuo esté dispuesto a exponerse será la
previsión de la situación futura, pues se supone que la mayor o menor
buena disposición de un individuo depende de su temor a encontrarse
aislado, del temor a ver su confianza quebrantada en sí, en caso de que la
opinión mayoritaria o la tendencia de ésta no confirmara su propio punto
de vista. Si está convencido de que la tendencia de la opinión va en su
misma dirección, el riesgo de aislamiento es mínimo.
Para probar estas hipótesis me he servido de encuestas
sobre temas varios, organizadas por el Institut für Demoskopie Allenbasch,
sobre todo entre 1971 y 1972. Estas encuestas representan en total entre
1000 y 2000 entrevistas, mediante cuestionarios referidos a muestras
representativas de la población. Se formulaban cuatro tipo de preguntas:
a) preguntas sobre la opinión del entrevistado,
concernientes a temas controvertidos (una persona o una organización, un
tipo de conducta, una propuesta);
b) preguntas sobre el punto de vista del entrevistado,
referidas a lo que la mayoría ("la mayor parte de los alemanes
occidentales") piensa sobre un tema;
c) preguntas referentes a la evolución de la opinión en
el porvenir;
d) preguntas relacionadas con la disposición del
entrevistado a tomar partido públicamente. Por eso les pedí a los
entrevistados que imaginaran una conversación vinculada con un tema
controvertido entre los pasajeros de un tren de línea principal y que
indicaran si intervendrían o no, y de qué manera, en semejante
conversación.
De este modo se sometieron a los entrevistados doce
temas que más o menos daban lugar a controversias:
-
la ley sobre el aborto (abril de 1972);
-
el nivel reprensible del porcentaje de alcohol en
sangre de los conductores de automóviles (abril de 1972);
-
la pena capital (junio de 1972);
-
la unión libre (septiembre de 1972);
-
los castigos corporales a los niños (noviembre de
1972);
-
los trabajadores extranjeros en la República Federal
(mayo de 1972);
-
el triunfo social (agosto de 1972);
-
los tratados de Moscú y de Varsovia (mayo de 1972);
-
el reconocimiento de la RDA (enero de 1971);
-
la prohibición del Partido Comunista (septiembre de
1972);
-
la influencia creciente de Franz Josef Strauss
(octubre/noviembre de 1972);
-
¿Hay que dejar a Willy Brandt como canciller?
(octubre de 1972).
Como podemos ver en la Tabla 1 (ver anexo al final), la
disposición a discutir sobre un tema en público varía según el sexo, la
edad, la profesión, la renta y el lugar de residencia. Los hombres, las
categorías más jóvenes y las clases media y superior se expresarán en
general con más gusto. Estas mismas discrepancias se encuentran respecto
de todos los demás resultados de la investigación. Por eso me pondré a
examinarlos sin hacer distinciones entre estos subgrupos demográficos.
Se hizo una comparación entre dos grupos de personas que
comparten una visión similar sobre la evolución de Alemania. Piensan que
la República Federal se encamina. al socialismo. La diferencia entre esos
dos grupos es que uno se congratula por eso; el otro se inquieta. Los
resultados mostraron diferencias de grado en la propensión a expresarse de
cada uno de los dos grupos. La "facción preocupada" en realidad es
numéricamente más importante que la "fracción triunfante", pero la
tendencia de esta mayoría a guardar silencio es considerable y da la
impresión de una "mayoría silenciosa".
Conviene ahora examinar si la propensión a la expresión
del grupo que se alegra por el avance del socialismo se debe a un interés
más pronunciado por la política. El resultado fue que la tendencia a
hablar en la facción victoriosa y la tendencia a guardar silencio en la
facción perdedora es evidente tanto en los que refieren interés por la
política como en los que no lo refieren.
Si los partidarios de las tesis de izquierda parecen más
inclinados que los conservadores a situarse en la brecha, es porque sus
previsiones sobre la evolución de los acontecimientos se han revelado
correctas. Respecto de este punto se llevó a cabo una encuesta sobre el
reconocimiento de la RDA. La investigación se realizó en 1971, unos dos
años antes de la firma del tratado entre la República Federal de Alemania
y la República Democrática Alemana. En 1971, en líneas generales, había
igual cantidad de personas a favor y en contra del reconocimiento. Ambos
grupos diferían poco cuando se les preguntaba si pensaban que tenían
consigo a la mayoría. Esta diferencia se acentuaba desde el momento en que
se interrogaba a los dos grupos acerca de lo que esperaban de la evolución
venidera. Los que pensaban que representaban a la mayoría tenían la clara
impresión de que el tiempo les daría la razón.
En esta serie de pruebas, dos ejemplos modifican la
hipótesis del silencio. En dos temas, las facciones perdedoras (minorías
entre el 17 y el 25%, frente a mayorías de entre el 53 y el 61%) muestran
una disposición a tomar partido por lo menos igual, si no superior, a la
de la mayoría. Se trata de minorías opuestas a los tratados con Moscú y
Varsovia, que apoyaban al político conservador Franz Josef Strauss. Estos
resultados sugieren que tras un combate prolongado, una facción
minoritaria se puede reducir a un núcleo compacto cuyos miembros no están
dispuestos a adaptarse, a cambiar de opinión, o incluso a guardar silencio
ante la opinión pública. Algunos de los miembros de este grupo son capaces
de enfrentar su aislamiento. En su mayoría, podrán seguir manteniendo sus
puntos de vista apoyándose en un círculo selectivo y eligiendo los medios
de los que se dispone.
Para lograr una confirmación inequívoca de la hipótesis
3 se necesitarían otros estudios. En especial, habría que examinar la
diferencia entre los repartos reales y supuestos de la opinión. Además
habría que saber si la percepción de las opiniones expresadas en público
con mayor frecuencia se correlaciona con la opinión del entrevistado mismo
o con su apreciación de lo que es la opinión dominante en torno de él.
Tengo la hipótesis de que en los procesos de formación de la opinión la
observación que un individuo hace de las modificaciones de su entorno
precede a las modificaciones de su propia opinión. De este modo, mis
estudios han demostrado un cambio en la voluntad de votar durante la
campaña de las elecciones de 1972 a favor de la opinión que se presentaba
públicamente con la mayor fuerza. El balanceo aparece más marcado entre
las mujeres, que suelen estar menos seguras de sí en materia política.
Basándonos en esta comprobación de un efecto diferido
de la previsión de los resultados de una elección acerca de las
intenciones de voto, examinemos el valor predictivo de la hipótesis del
silencio.
Las ponderaciones sociográficas habituales sobre la
distribución de las opiniones en la población deben ser completadas con
preguntas concernientes a la evaluación de las opiniones en e entorno
-¿cuáles son las opiniones que predominan y cuáles ganarán terreno?-, así
corno con preguntas acerca de la disposición del entrevistado para
defender determinado punto de vista en público.
Disponiendo de semejante información es posible
considerar, en el análisis de un grupo, la opinión de parámetros tales
como la confianza que tiene él en sí mismo (de acuerdo con su seguridad de
tener consigo o no a la mayoría presente o futura), así como su
inclinación a defender cierto punto de vista en público. Partiendo de los
resultados de este análisis, podemos deducir si hay que contar con un
cambio de opinión. ¿Cuáles son las opiniones que deberían difundirse y
cuáles deberían decaer? ¿Cuál es la forma de la presión conformista?
Entonces es posible hacer previsiones tales como:
-
Si una mayoría se considera minoría, tenderá a
declinar en el futuro. A la inversa, si una minoría es vista como
mayoritaria, irá en aumento.
-
Si los miembros de una mayoría no prevén que ésta
pueda mantenerse en el porvenir, fracasará. A la inversa, si la creencia
en una evolución favorable es compartida por muchos, sus miembros
necesitarán mucho tiempo para cambiar de opinión.
-
Si la inseguridad en cuanto a lo que es la opinión
dominante, o lo que será, aumenta, es porque está ocurriendo un cambio
profundo en la opinión dominante.
-
Si dos facciones se distinguen claramente por su
respectiva disposición para exponer sus puntos de vista en público, la
que muestre mayor disposición será quizá la que predomine en el futuro.
Combinando estas ponderaciones, podemos concluir que una
minoría convencida de su predominio futuro y, por consiguiente, dispuesta
a expresarse, verá hacerse dominante su opinión, si se confronta con una
mayoría que duda de que sus puntos de vista sigan prevaleciendo en el
futuro y, por lo tanto, menos dispuesto a defenderlos en público. La
opinión de esta minoría se convierte en una opinión que en adelante no se
puede contradecir sin correr el riesgo de alguna sanción. De este modo
pasa de la jerarquía de simple opinión de una facción a la de opinión
pública.
Este tipo de análisis puede aplicarse a la previsión de
las opiniones políticas, a la de las tendencias de la moda o a la de la
evo- lución de las costumbres y las convenciones sociales, es decir, a
todos los campos respecto de los cuales la actitud y la conducta del
individuo están determinados por la relación entre sus propias
convicciones y el resultado de la observación de su entorno social. A mi
modo de ver, esta interacción es el principal aspecto del proceso de
formación de la opinión pública. La importancia del papel de la
observación del entorno hace que todas las ponencias sobre la opinión
pública sólo valgan para períodos y sitios determinados.
Se suele afirmar que los medios de comunicación
masiva influyen en la opinión pública, pero en realidad esta relación no
es para nada clara.
Los medios de comunicación masiva pertenecen al sistema
por el cual el individuo consigue informarse sobre su entorno. Respecto de
todas las preguntas que no atañen a su esfera personal, depende casi
totalmente de los medios de comunicación masiva tanto en lo que se refiere
a los hechos mismos como a la evaluación del clima de la opinión. Por
regla general, reaccionará ante la presión de la opinión en la forma en
que ésta se ha hecho pública (o sea, publicada). Habría que dirigir
investigaciones acerca del modo como una opinión sobre una persona o un
tema específico llega a prevalecer a partir del sistema de los medios.
¿Cuáles son los factores que facilitan este proceso o, por el contrario,
que lo inhiben? ¿Este proceso depende de las convicciones de los
periodistas? ¿Está vinculado con las obligaciones del oficio de
periodista? Los partidarios de la opinión predominante, ¿ocupan, en el
sistema de los medios, los sitios clave que les permiten tener a distancia
a grupos numéricamente considerables de contradictores?
No se puede estudiar la influencia de los medios de
comunicación masiva en la opinión pública sin proponer un concepto opera-
torio del origen de la opinión pública. La "espiral del silencio" es un
concepto así. Las preguntas que plantea son las siguientes: ¿cuáles son
los temas que los medios de comunicación masiva presentan como opinión
pública (función de agenda) y, entre éstos, cuáles son los temas
privilegiados? ¿A qué personas y a qué argumentos se confiese un prestigio
especial y se profetiza una importancia futura? ¿Hay unanimidad en la
presentación de los temas, en la evaluación de su urgencia, en la
anticipación de su futuro?
La pregunta acerca de saber si los medios anticipan la
opinión pública o si solo la reflejan constituye el centro de las
discusiones científicas desde hace ya mucho tiempo. Según el mecanismo
psicosocial que hemos llamado "la espiral del silencio", conviene ver a
los medios como creadores de la opinión pública. Constituyen el entorno
cuya presión desencadena la combatividad, la sumisión o el silencio.
Conceder atención pública, privilegio del
periodista
«He experimentado la espiral del silencio en mi club.»
«La he visto funcionar en mi equipo de voleibol.» «Así son exactamente las
cosas en mi empresa-» La gente confirma a menudo de esta manera el
concepto de la espiral de silencio. Y es lo que cabía esperar, porque hay
múltiples ocasiones para observar este comportamiento tan humano de
conformidad. Las experiencias como las que todos tenemos en los grupos
pequeños forman parte del proceso. Cuando se está formando la opinión
pública, la comprobación por parte de los individuos observadores de
idénticas o similares experiencias en los distintos grupos lleva a suponer
que «todo el mundo» va a pensar igual. Sin embargo, cuando la espiral del
silencio empieza a desarrollarse en público sucede algo único. Lo que da
una fuerza irresistible al proceso es su carácter público. El elemento de
la atención pública se introduce en el proceso con máxima eficacia a
través de los medios de comunicación de masas. De hecho, los medios de
comunicación encarnan la exposición pública, una «publicidad» informe,
anónima, inalcanzable e inflexible.
La sensación de impotencia ante los medios de
Comunicación
La comunicación puede dividirse en unilateral y
bilateral (una conversación, por ejemplo, es bilateral), directa e
indirecta (una conversación es directa), pública y privada (una
conversación suele ser privada). Los medios de comunicación de masas son
formas de comunicación unilaterales, indirectas y públicas. Contrastan,
pues, de manera triple con la forma de comunicación humana más natural, la
conversación. Por eso los individuos se sienten tan desvalidos ante los
medios de comunicación. En todas las encuestas en que se pregunta a la
gente quién tiene demasiado poder en la sociedad actual, los medios de
comunicación aparecen en los primeros lugares. Esta impotencia se expresa
de dos formas. Las primera sucede cuando una persona intenta conseguir la
atención pública (en el sentido de Luhmann), y los medios, en sus procesos
de selección, deciden no prestarle atención. Lo mismo sucede cuando se
realizan esfuerzos infructuosos para que la atención pública se fije en
una idea, una información o un punto de vista. Esto puede desembocar en un
estallido desesperado en presencia de los guardianes que han denegado el
acceso a la atención pública: uno tira un bote de tinta a un Rubens en el
museo de arte de Munich; otro arroja una botella de ácido contra un
Rembrandt en un museo de Amsterdam, otro secuestra un avión para que la
atención pública se fije en un mensaje o en una causa.
El segundo aspecto de la impotencia entra en juego
cuando se usan los medios como una picota; cuando orientan la atención
pública anónima hacia un individuo entregado a ellos como un chivo
expiatorio para ser «exhibido». No puede defenderse. No puede desviar las
piedras y las flechas. Las formas de réplica son grotescas por su
debilidad, por su torpeza en comparación con la tersa objetividad de los
medios. Los que aceptan voluntariamente aparecer en un debate o una
entrevista televisiva sin pertenecer al círculo interior de los
«cancerberos» de los medios están metiendo la cabeza en la boca del tigre.
Un nuevo punto de partida para la investigación sobre
los efectos de los medios
La atención pública puede experimentarse desde dos
puntos de vista diferentes: el del individuo expuesto a ella o ignorado
por ella - que acabamos de describir -, y desde la perspectiva del
acontecimiento colectivo, cuando cientos de miles o millones de personas
observan su medio y hablan o se quedan callados, creando así la opinión
pública. La observación del entorno tiene dos fuentes, dos manantiales que
nutren la opinión pública: por una parte el individuo observa directamente
su medio; por otra, recibe información sobre el entorno a través de los
medios de comunicación. En la actualidad la televisión crea, con el color
y el sonido, una gran confusión entre la propia observación y la
observación mediada. «Buenas tardes», dijo el hombre del tiempo al
comenzar la información meteorológica. «Buenas tardes», respondieron los
clientes de un hotel en el que yo estaba pasando las vacaciones.
La gente lleva mucho tiempo cuestionando los efectos de
los medios de comunicación, creyendo que hay una relación muy simple y
directa entre la causa y el efecto. Han supuesto que las afirmaciones que
se transmiten por cualquier medio producen cambios de opinión o - lo que
también sería un efecto- refuerzan la opinión de la audiencia. La relación
entre los medios de comunicación y la audiencia tiende a compararse con
una conversación privada entre dos personas, una de las cuales dice algo y
la otra queda reforzada o convertida. La influencia real de los medios es
mucho más compleja, y muy diferente del modelo de la conversación
individual. Walter Lippmann nos lo enseñó mostrando que los medios graban
los estereotipos mediante innumerables repeticiones, y que éstos sirven de
ladrillos del (mundo intermedio(, de la pseudorrealidad que surge entre la
gente y el mundo objetivo exterior. Ésta es la consecuencia de la «función
del agenda-setting de Luhmann», la selección de lo que debe ser atendido
por el público, de lo que debe considerarse urgente, de los asuntos que
deben importar a todos. Todo esto lo deciden los medios.
Además, los medios influyen en la percepción individual
de lo que puede decirse o hacerse sin peligro de aislamiento. Y, por
último, encontramos algo que podría llamarse la función de articulación de
los medios de comunicación. Esto nos devuelve al punto de partida de
nuestro análisis de la espiral del silencio, el test del tren como
situación paradigmática de un pequeño grupo en el que se crea opinión
pública mediante el habla y la resistencia a hablar.
Pero por ahora vamos a seguir con el tema de cómo
experimentan las personas el clima de opinión a través de los medios de
comunicación.
El conocimiento público legitima
Todos los que leyeron reimpresiones del «memorial» que
hizo público un grupo de estudiantes con ocasión de la muerte de Buback,
un fiscal federal asesinado por terroristas en 1977, sabían que la
reimpresión no pretendía sólo documentar. El texto, firmado por el
seudónimo «Mescaleros», volvió a ser publicado, evidentemente, para que el
máximo número de personas pudiera leerlo y formarse una opinión sobre él.
La publicidad activa que acompañó a su reimpresión incremento el impacto
del texto. A pesar de comentarios editoriales tibiamente condenatorios,
que apenas ocultaban una aprobación subyacente, la publicidad produjo la
impresión de que se podía estar secretamente satisfecho por saber que un
fiscal federal hubiera sido asesinado, y que esto podía expresarse
públicamente sin correr riesgo de aislamiento. Algo semejante sucede
siempre que una conducta tabú se conoce públicamente - por el motivo que
sea- sin que la califiquen de mala, de algo a evitar o a empicotar. Es muy
fácil saber si nos encontramos con una notoriedad que estigmatiza o con
una que perdona un comportamiento. Dar a conocer una conducta que viola
normas sin censurarla enérgicamente la hace más adecuada socialmente, más
aceptable. Todos pueden ver que esa conducta ya no aísla. Los que rompen
normas sociales anhelan con frecuencia recibir las mínimas muestras de
simpatía pública. Y su avidez está justificada, porque de ese modo la
regla, la norma, queda debilitada.
La opinión Pública tiene dos fuentes: una de
ellas, los medios de comunicación
A principios de 1976, medio año antes de las elecciones
federales de Alemania, se montó por primera vez todo el instrumental de
investigación demoscópica disponible para seguir el desarrollo del clima
de opinión y la consiguiente configuración de las intenciones de voto a
partir de la teoría de la espiral del silencio. El principal método
empleado fue la entrevista repetida de una muestra representativa de
votantes, lo que se llama técnicamente un estudio panel. Se emplearon,
además, encuestas representativas normales para no perder de vista lo que
iba sucediendo. Se realizaron dos encuestas a periodistas, y se grabaron
en vídeo los programas políticos de los dos canales nacionales de
televisión.. Sólo expondremos aquí una pequeña parte del esfuerzo total
realizado, para mostrar cómo la teoría de la espiral de silencio orientó
la investigación empírica (Noelle-Neumann 1977b; 1978; Kepplinger 1979;
1980a).
Habíamos diseñado preguntas pertinentes desde las
elecciones federales de 1965. Se referían a las intenciones de voto de los
entrevistados, sus creencias sobre el posible ganador, su disposición a
demostrar públicamente sus preferencias políticas, su interés por la
política en general y su grado de utilización de los medios de
comunicación (periódicos y revistas leídos -y televisión vista-), con una
atención especial a los programas políticos de televisión.
Cambio súbito del clima de opinión antes de las
elecciones de 1976
En julio, en plena temporada de vacaciones, llegó al
Instituto Allensbach una remesa de cuestionarios contestados. Constituían
la segunda ola de un panel de aproximadamente 1.000 votantes
representativos de toda la población de Alemania Occidental. En aquella
época yo me encontraba en Tessin (Suiza), disfrutando de los soleados días
de verano, y recuerdo vivamente el contraste entre las grandes hojas
verdes de los viñedos y la mesa de granito sobre la que descansaban los
resultados de las encuestas. Faltaban pocos meses para las elecciones y no
era el momento de olvidarse completamente del trabajo. De los impresos se
desprendía algo con claridad: la medición más importante, la pregunta
sobre la percepción que la gente tenía del clima de opinión, mostraba un
dramático descenso de los cristianodemócratas. La pregunta era ésta: «Por
supuesto nadie puede estar seguro pero, ¿quién cree usted que va a ganar
las próximas elecciones federales? ¿Quién va a recibir más votos, la Unión
Cristianodemócrata o el Partido Socialdemócrata- Partido Demócrata
Libre?». En marzo de 1976, los entrevistados del panel habían dado una
ventaja del 20 por ciento a la Unión Cristianodemócrata, esperando que
triunfase en las elecciones; pero ahora la sensación había cambiado y sólo
una diferencia del 7 por ciento separaba las estimaciones de la Unión
Cristianodemócrata y del Partido Socialdemócrata- Partido Demócrata Libre.
Poco después el Partido Socialdemócrata- Partido Demócrata Libre alcanzaba
a la Unión Cristianodemócrata (tabla 2, al final del artículo).
Mi primera suposición fue que los que apoyaban a los
cristianodemócratas se habían comportado aproximadamente igual que en las
elecciones de 1972, permaneciendo públicamente en silencio y no
demostrando, incluso una vez empezada la campaña electoral, cuáles eran
sus convicciones.
Yo sabía que la jefatura de campaña de todos los
partidos, incluida la Unión Cristianodemócrata, había intentado hacer ver
a sus votantes lo importante que era pro- clamar su posición públicamente;
pero, como sabemos, la gente es precavida y miedosa. Telefoneé a
Allensbach y pregunté por los resultados de las preguntas sobre la
disposición a apoyar públicamente a un partido. El resultado fue
sorprendente: no cuadraba con la teoría. En comparación con los resultados
de marzo, los seguidores del Partido Socialdemócrata tendían a mostrarse
más remisos que los de la Unión Cristianodemócrata. En respuesta a la
pregunta de qué estaban dispuestos a hacer por su partido, y dada una
lista de actividades posibles incluida la respuesta «nada de todo esto»,
el número de votantes del Partido Socialdemócrata que dijeron que no
harían nada aumentó entre marzo y julio del 34 al 43 por ciento, mientras
que los de la Unión Cristianodemócrata permanecían casi constantes (el 38
por ciento dijo que no haría nada en marzo, y el 39 por ciento en julio).
Una disposición decreciente de los partidarios cristianodemócratas a
apoyar públicamente a su partido no podía explicar el cambio en el clima
de opinión (tabla 3, al final del artículo).
Con el ojo de la televisión
Después pensé en las dos fuentes de que disponemos para
obtener información sobre la distribución de las opiniones en nuestro
medio: la observación de primera mano de la realidad y la observación de
la realidad a través de los ojos de los medios. De modo que pedí que en
Allensbach se tabulasen los datos de acuerdo con la cantidad de prensa
leída o de televisión vista por los encuestados. Cuando tuve los
resultados desplegados sobre la mesa, eran tan sencillos como una cartilla
escolar. Sólo los que habían observado el entorno con mayor frecuencia a
través de los ojos de la televisión habían percibido un cambio en el
clima; los que habían observado el entorno sin los ojos de la televisión
no habían notado ningún cambio en el clima (tabla 4, al final del
artículo).
Las diversas comprobaciones que realizamos para ver si
el filtro de la realidad por la televisión cambió el clima de opinión en
el año electoral de 1976 se describen detalladamente en otro lugar (Noelle-Neumann
1977b; 1978). De todas formas, no podemos evitar sentir curiosidad por el
modo en que se produjo esta impresión de un cambio de clima de opinión. De
nuevo entramos en territorios escasamente explorados por la investigación.
Los periodistas no manipularon. Refirieron lo que
vieron
Para acercarnos al menos a la solución de este enigma,
analizamos las encuestas realizadas a periodistas y, los videos de
programas políticos de televisión de ese año electoral. Según las tesis de
Walter Lippmann, no es en absoluto sorprendente que los televidentes
vieran esfumarse las posibilidades de la Unión Cristianodemócrata. Los
propios periodistas no creían que los cristianodemócratas pudieran ganar
las elecciones federales de 1976. En realidad, los dos bandos políticos
tenían prácticamente la misma fuerza, y la Unión Cristianodemócrata habría
vencido el día de las elecciones, el 3 de octubre de 1976, si 350.000 de
los aproximadamente 38 millones de votantes (un 0,9 por ciento) hubieran
cambiado su voto del Partido Socialdemócrata o el Partido Demócrata Libre
a la Unión Cristianodemócrata. Una estimación objetiva de la situa- ción
anterior a las elecciones hubiera conducido a los periodistas a responder
a la pregunta «¿Quién cree que va a ganar las elecciones?» con un «Está
completamente en el aire». Por el contrario, más del 70 por ciento
respondió que creía que iba a vencer la coalición socialdemócrata-liberal,
mientras que sólo un 10 por ciento esperaba una victoria
cristianodemócrata.
Los periodistas veían el mundo de un modo muy distinto
al electorado y, si Lippmann tiene razón, sólo podían mostrar el mundo tal
como lo veían ellos. En otras palabras, la audiencia tenía dos visiones de
la realidad, dos impresiones distintas sobre el clima de opinión: la
impresión propia, basada en observaciones de primera mano, y la impresión
basada en el ojo de la televisión. Se produjo un fenómeno fascinante: un
«clima doble de opinión» (tabla 5).
¿Por qué veían de manera tan diferente la situación
política la población y los periodistas? El electorado, al fin y al cabo,
todavía creía (en el verano de 1976) que una victoria de los
cristianodemócratas era un poco más probable que una victoria de los
socialdemócratas y liberales.
Una razón era que la población y los periodistas
diferían considerablemente en sus convicciones políticas y sus
preferencias por unos u otros partidos. Y, por supuesto, como deja claro
Lippmann, las convicciones guiaron sus puntos de vista. Los partidarios
del Partido Socialdemócrata y del Partido Demócrata Liberal (los
Liberales) veían más indicios de victoria para sus partidos, mientras que
los partidarios de la Unión Cristianodemócrata consideraban más probable
la victoria de su propio partido. Esto es así en general, y así fue en el
caso de la población y de los periodistas en 1976. Como la población en
general estaba dividida a partes casi iguales entre el Partido
Socialdemócrata- Partido Demócrata Libre, por una parte, y la Unión
Cristianodemócrata por la otra, mientras que los periodistas se decantaban
en una proporción de tres a uno a favor del Partido Socialdemócrata y el
Partido Demócrata Libre, era natural que percibieran la realidad de manera
distinta.
La descodificación del lenguaje de las señales visuales
Así comenzó la expedición por el territorio virgen para
la investigación del modo en que los periodistas de televisión transmiten
sus percepciones a los televidentes mediante las imágenes y el sonido.
Primero dirigimos nuestra mirada hacia los Estados Unidos, Gran Bretaña,
Suecia y Francia en la esperanza de que los investigadores de la
comunicación de esos países ya hubieran resuelto el problema. Pero no
encontramos nada. Después organizamos un seminario - de estudiantes,
ayudantes y profesores - y nos examinamos a nosotros mismos.
Contemplamos, sin discusión previa, grabaciones en vídeo
de congresos políticos o de entrevistas con políticos, e inmediatamente
después respondimos cuestionarios sobre el modo en que nos habían influido
las personas que habíamos visto. Donde coincidíamos en nuestra
descodificación del mensaje visual, intentábamos indagar las claves que
hablamos empleado para obtener esa impresión particular. Por último,
invitamos a conocidos investigadores de la comunicación -como Perey
Tannenbaum, de la Universidad de California (Berkeley), y Kurt y Gladys
Engel Lang, de la Universidad Stony Brook de Nueva York- al Instituto de
Publicística de Maguncia. Les mostramos los videos de los programas
políticos y les pedimos consejo. Percy Tannenbaum sugirió que hiciéramos
una encuesta a los cámaras preguntándoles qué técnicas visuales empleaban
cuando querían lograr un efecto determinado. O podíamos preguntarlo al
revés: cómo evaluaban el efecto de los distintos planos y las distintas
técnicas sobre los televidentes. Llevamos a la práctica esta sugerencia en
1979 (Kepplinger 1983; Kepplinger y Donsbach 1982). La mayoría de los
cámaras, el 51 por ciento, respondió a nuestras preguntas escritas, y
recibimos 151 cuestionarios. El 78 por ciento de los cámaras creía «muy
probable» y el 22 por ciento «bastante posible» que «un cámara pudiera
conseguir, por métodos puramente ópticos, que se viera a las personas mas
positiva o más negativamente». ¿Qué técnicas pueden producir estos
efectos?
Los cámaras encuestados estaban mayoritariamente de
acuerdo en un punto. Dos tercios de los cámaras harían un plano frontal a
la altura de los ojos a los políticos que les gustasen, ya que, en su
opinión, esto tendería a despertar simpatía y a causar una im- presión de
calma y de espontaneidad. Ninguno de ellos los enfocaría desde arriba
(plano picado) o desde abajo (plano contrapicado), ya que estas posiciones
tenderían a provocar antipatía y a producir una impresión de debilidad o
de vacuidad.
El profesor Hans Mathias Kepplinger y un grupo de
trabajo estudiaron después las grabaciones en vídeo de la campaña
electoral tal como la habían cubierto las dos cadenas de televisión
alemanas, la ARD y la ZDF, entre el 1 de abril y las elecciones del 3 de
octubre de 1976. Entre otras muchas cosas descubrieron que Helmut Schmidt
apareció sólo 31 veces en planos picados o contrapicados, mientras que
Kohl apareció así 55 veces. Pero hubo que interrumpir la investigación por
las protestas de los periodistas y los cámaras, que se oponían a que se
analizasen los efectos de los ángulos de las cámaras.
Actualmente, más de una década después, seguimos
investigando cómo transmiten los periodistas de televisión sus
percepciones a los televidentes mediante las imágenes y el sonido. Pero en
este tiempo ha remitido la indignación causada por el estudio científico
de los cámaras y de los montadores. Estudios experimentales publicados
posteriormente han confirmado definitivamente la influencia ejercida por
las técnicas de filmación y montaje sobre las concepciones de la realidad
de los televidentes. Estos estudios, sin embargo, se han escrito tan
desapasionadamente, que probablemente no vayan a servir de estímulo para
ulteriores investigaciones (Kepplinger 1987, 1989b).
Además, no ha habido elecciones federales en Alemania
con unos resultados tan igualados como los de las elecciones de 1976. No
habrá, por supuesto, acusaciones virulentas sobre la influencia de los
medios en el clima de opinión, si esa influencia no puede ser decisiva,
por depender el resultado de unos pocos centenares de miles de votos. Esta
ausencia de interés público ha sido en realidad favorable para la
investigación de la comunicación que aspira a determinar la influencia de
las imágenes de la televisión sobre los televidentes. Michael Ostertag
dedicó su tesis (1992), elaborada en el Instituto de Publicística de
Maguncia al tema de cómo afectan las preferencias políticas de los
periodistas a los políticos entrevistados en la televisión, y cómo este
efecto, a su vez, configura las impresiones que los políticos causan en el
público. Analizando 40 entrevistas televisadas con los principales
candidatos -Sehmidt, Kohi, Strauss y Genscher- realizadas durante la
campaña de las elecciones federales de 1980, Ostertag y sus colaboradores
trabajaron con el sonido apagado. Querían evitar ser influidos por los
argumentos esgrimidos y el lenguaje utilizado, así como por los elementos
relacionados con el habla, tales como el timbre de voz, la entonación y
las pausas deliberadas; en otras palabras, por los considerados «modos de
expresión paraverbales» o «paralingüísticos». Su único interés residía en
los contenidos visuales.
La investigación de Ostertag incluía una comparación de
las expresiones faciales y los gestos de los cuatro políticos alemanes
principales según fuesen entrevistados por un periodista con opiniones
políticas similares o por uno que se inclinara hacia el otro bando. El
resultado fue que las expresiones faciales y los gestos típicos de los
cuatro políticos eran esencialmente los mismos en todas las entrevistas.
Habla, sin embargo, un cambio de grado. Cuando hablaban con un periodista
de otra tendencia política, el asentimiento rítmico con la cabeza de los
políticos se volvía más intenso al hablar; y el proceso de apartar la
mirada o mirar fijamente a la otra persona se prolongaba. Esta intensidad
parecía producir un efecto desfavorable en el televidente. Entrevistados
por periodistas con los que parecían estar de acuerdo, los cuatro
políticos recibieron una mayoritaria valoración positiva de los
televidentes, "mientras que los políticos que discutían con el
entrevistador obtenían una valoración negativa (Ostertag 1992, 191 y sigs.).
Sin embargo, aunque ahora podemos identificar algunas de
las señales visuales que influyen en la opinión sobre los políticos que
aparecen en la televisión, la investigación aún tiene que avanzar mucho
antes de poder determinar realmente cómo transmite la televisión el clima
de opinión.
Fuente. El
nuevo espacio público, Gedisa, Barcelona, 1992 y NOELLE-NEUMANN,
Elisabeth. La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel
social, Paidós. Barcelona, 1995 (capítulos 20 y 21)
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