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Opinión
pública y democracia. Dos miradas: El modelo normativo de Habermas y el
modelo psicosocial de Noelle-Neumann
Introducción
El presente trabajo pretende dar cuenta
de dos miradas contrapuestas que tratan de explicar el fenómeno de la
opinión pública: el modelo normativo de Habermas y el modelo psicosocial
de Noelle-Neumann. Estos modelos parten de supuestos distintos y, por esta
misma razón, difieren radicalmente en sus definiciones de la realidad
social en la que este fenómeno opera. Así, lo que se propone en este
artículo es en primer término revisar la concepción de opinión pública en
la visión habermassiana para luego hacer lo mismo con la de Noelle-Neumann.
En un segundo momento, se intentará establecer la relación entre opinión
pública y democracia en las sociedades modernas. Esto nos permitirá
después establecer las diferencias en la conceptualización del término
democracia en estas dos tradiciones de pensamiento. La idea es plantear
una visión comparativa -que no pretende ser exhaustiva, sino simplemente
plantear algunas cuestiones generales- entre ambos modelos para plantear
finalmente un par de interrogantes acerca de la reflexión actual en torno
a este complejo proceso llamado opinión pública.
La opinión pública como proceso
racional
El modelo normativo de Habermas se
establece como uno de los principales ámbitos de crítica a la sociedad.
Para él, la opinión pública no es sólo un problema científico, es un
problema práctico moral. En este sentido, el principal interés de este
autor es analizar las condiciones comunicativas bajo las cuales se forma
la opinión pública en las sociedades actuales. Enmarcado en el modelo
normativo, el estudio de este fenómeno se sitúa en la teoría crítica de la
sociedad. De acuerdo a Habermas la comprensión de la opinión pública sólo
puede ser posible a la luz de esta teoría.
En un primer momento, encontramos en la
teoría habermasiana una crítica feroz al abordaje empírico con el cual se
ha encarado el fenómeno de la opinión pública durante este siglo. Para él,
las mediciones cuantitativas conducen a una posición acrítica que tiende a
echar de lado el sentido general más amplio del fenómeno y sus dimensiones
ético-políticas. "Frente a esta opción, Habermas no asume simplemente el
concepto ideal y mítico de opinión pública elaborado por el liberalismo.
Pretende redescubrir un nuevo paradigma de LO PÚBLICO y la OPINIÓN PÚBLICA
que sirva como prueba –o como denuncia en caso de ausencia-, de que la
sociedad es verdaderamente democrática" (MUÑOZ, 1992: 199).
Esta es una cuestión central para
Habermas: la opinión pública, formada en un proceso racional de consenso
al interior de la sociedad, otorga legitimidad al régimen democrático.
Dicho en otras palabras, la opinión pública se erige como garante de la
democracia. En relación a esta cuestión abundaremos más adelante, de
momento sólo señalamos esta formulación, ya que nos parece central para
comprender el planteamiento normativo en este modelo.
A continuación definiremos algunos
conceptos centrales en la teoría de la acción comunicativa de Habermas que
nos permitirán comprender el término de opinión pública en este marco
conceptual. Estos son acción comunicativa, mundo de la vida y sistema.
Con respecto al primer concepto, acción
comunicativa, debemos decir que la definición de este término resulta
compleja, debido a que "en la sociología no hay unanimidad acerca de qué
se entiende por acción (social)" (MARDONES, 1985: 103). El interés del
presente ensayo no es debatir en torno a la definición exhaustiva de
acción en su sentido sociológico ni filosófico más general. Nos
limitaremos a plantear el lugar y la importancia que el término reporta en
el marco de la teoría habermasiana. Para esto iniciaremos señalando que el
mismo Weber realizó un esfuerzo considerable por definir este concepto.
Recuperando algunos puntos de la visión fenomenológica weberiana, Habermas
construye una tipología de la acción. De ahí deviene la comprensión de la
acción a través de dos formas, como acción estratégica y
como acción comunicativa. A saber, la acción estratégica es
aquella que se orienta a la consecución de fines y la acción
comunicativa está orientada a la comprensión. Decimos, así, que la
teoría de la acción comunicativa postula una relación de complementariedad
entre el concepto de acción comunicativa y el mundo de vida. La evolución
de la sociedad conduce a una progresiva diferenciación entre ámbitos de
acción integrados normativamente por la vía de un consenso que se da
comunicativamente y sistemas de acción funcionalmente especificados que
confían la integración a una regulación de decisiones particulares (BADIA,
1998).
De aquí se desprende esta visión dual de
la sociedad planteada en el modelo normativo habermasiano. Con base en los
supuestos planteados por Durkheim en La división del trabajo,
Habermas presenta esta diferenciación entre integración social e
integración sistémica, lo cual da pie a establecer una distinción entre
racionalización del mundo de la vida y aumento de la complejidad de los
sistemas sociales.
Es esta visión dual de la sociedad la
que establece entonces dos niveles de acción susceptibles de ser
analizados: mundo de la vida y sistema. El sistema es el campo propio de
la acción estratégica y, por tanto, de las acciones orientadas al éxito.
Cabe decir, por otro lado, que la acción comunicativa es propia del mundo
de la vida. Es éste el espacio de las acciones orientadas al
entendimiento. El espacio en el que los individuos reconocen
intersubjetivamente, a través del lenguaje, las pretensiones de validez
del otro. El lugar en el que los individuos confrontan no sólo saberes
sino quereres. El ámbito en el que opera la opinión pública.
La opinión pública como control
social
El modelo psicosocial elaborado por
Noelle-Neumann ha sido desarrollado ampliamente por la autora en su
hipótesis de la Espiral del Silencio. Para ella, la opinión pública es
definida como esa especie de censura que se observa a través del control
social que de manera natural todos los individuos de una sociedad tienden
a reconocer intuitivamente. Podemos encontrar una gran coincidencia entre
los planteamientos de Noelle-Neumann acerca del control social con los de
Emile Durkheim acerca del consenso y la cohesión.
La idea de una conciencia colectiva
que toma forma de consenso normativo está desarrollada por el autor
en Las reglas del método sociológico. Para él, el individuo se
encuentra sujeto por una conciencia pública que ata y restringe las
posturas de los individuos en la sociedad. Se diferencia, sin embargo, de
los planteamientos de Durkheim en tanto que, mientras para este autor "la
conciencia colectiva (funciona) como elemento diferenciador de las
sociedades tradicionales o tribales, (en las) sociedades modernas, al
evolucionar desde una solidaridad mecánica a una orgánica, se habrían
liberado de aquel mecanismo de control. Noelle-Neumann va a sostener, por
el contrario, que la sujeción irracional del individuo a esa coerción
indeterminada se mantiene exactamente igual en la sociedad contemporánea"
(MUÑOZ, 1992: 205).
De esta manera, la hipótesis de la
Espiral del Silencio se basa en la idea del miedo al aislamiento social.
La principal preocupación de Noelle-Neumann es identificar cómo se forma
la opinión pública en el marco de una sociedad que castiga a los
individuos que no piensan como la mayoría. El supuesto de fondo es que las
personas suelen reaccionar ante el conjunto del que forman parte, lo cual
indica que "es probable que teniendo que decidir dónde ubicarse respecto a
un problema de importancia pública, muchas personas no se basen en su
propia opinión sino en sus propias lealtades sociales para decidir (…) no
eligen dónde posicionarse, sino con quién estar" (WOLF, 1992: 66). La
hipótesis de la Espiral del Silencio señala que los individuos realizan
una constante supervisión del entorno, de tal suerte que son plenamente
conscientes acerca de cuáles opiniones son "políticamente correctas" o van
"ganando terreno". Esta supervisión del entorno que, de acuerdo a lo que
afirma la autora, se da de manera intuitiva y natural, permite al
individuo adherirse a la opinión de las "mayorías". Así, se inicia un
proceso en espiral, en el cual, los individuos tienden a responder con
solicitud, ya sea con el consentimiento o con el silencio. De esta manera
"quienes se sienten portadores de opiniones discrepantes de las mayorías
tenderán, por la presión social del miedo, a sentirse aislados o en choque
con lo mayoritario bien visto, a silenciar sus verdaderas opiniones,
favoreciendo así la impresión de los que opinan en mayoría, de que su
preponderancia social es incluso más extensa de la existente en realidad.
A la inversa, los minoritarios se sentirán más aislados de lo que
verdaderamente están y esto irá creando un proceso en espiral: las
personas de convicciones menos firmes o más indecisas irán adoptando con
más facilidad las tesis de moda y la consideración social de las opiniones
minoritarias será cada vez más escasa" (MUÑOZ, 1992: 206).
La autora reconoce que sus
planteamientos acerca del fenómeno opinión pública han estado trabajados,
o al menos señalados, por distintos pensadores en otros momentos. Admite
que lo que ella hace es brindarle cuerpo y desarrollo a esta larga
tradición de pensamiento a través de sus planteamientos teóricos y su
abordaje metodológico. En este sentido, hay cuatro autores con los que la
autora discute y compara los significados que del término opinión pública
se vierten, y con ellos estructura su mirada . Ellos son Locke, Hume,
Madison y Rosseau.
De Locke retoma su formulación de la Ley
de la Opinión Pública. Locke establece una distinción entre tres clases
distintas de leyes: la ley divina, la ley civil y la ley moral. La primera
alude al orden de las cosas establecido por una entidad divina, la segunda
está relacionada con el poder legislativo del Estado y la tercera es la
también conocida como ley de la opinión o de la reputación. A esta
concepción hace referencia Noelle-Neumann cuando establece la relación que
se da entre las ideas acerca de la fama, el honor o la reputación con el
concepto mismo de opinión pública. Esta ley de la opinión pública ha sido
"objeto de más numerosas elucidaciones y discusiones que todas las
restantes formas de ley, poseedora de una asombrosa autoridad, pero que
todavía no ha sido plenamente reconocida en su origen y en su importancia"
(CANEL, 1993: 284).
Este planteamiento de Locke respecto a
lo que se entiende por opinión pública se relaciona directamente con las
ideas de Noelle-Neumann. Ella encuentra algunos elementos en el
pensamiento de Locke que, a su juicio, describen de forma cercana el mismo
fenómeno de su preocupación. De esta manera la autora explica la cercanía
con esta tradición de pensamiento, la Ilustración Escocesa, de la que
Locke forma parte: "aunque la expresión opinión pública no aparece en la
obra de Locke, está presente indirectamente de dos maneras: primero en su
idea de acuerdo, que sólo puede interpretarse como una cuestión de unidad
social, y por lo tanto, pública; segundo en su insistencia en el lugar,
con su connotación de espacio público por excelencia" (NOELLE-NEUMANN,
1995: 100).
Por otro lado, las ideas de Madison
concuerdan en gran medida con los postulados de Locke. Para este pensador
"la razón humana es, como el propio hombre, tímida y precavida cuando se
la deja sola. Y adquiere fortaleza y confianza en proporción al número de
personas con las que está asociada" (NOELLE-NEUMANN, 1995: 106). La idea
de que el poder de la opinión opera sobre el individuo y que la influencia
sobre su conducta depende mayoritariamente del número de personas con las
que comparte su opinión se relaciona con los supuestos centrales del La
Espiral del Silencio.
Hume, por su parte, describe en su
Treatise of Human Nature que la opinión del grupo de referencia
condiciona al individuo. Hume parte de un análisis psicológico sobre la
formación de la opinión individual para después dirigirse al más amplio
sentido político que reporta este fenómeno. Noelle-Neumann se adhiere a la
reflexión psicológica de Hume en este sentido: "nada es más natural que
acogernos a las opiniones de otros; tanto por la simpatía, que hace que
todos los sentimientos de otros se nos presenten como íntimos a nosotros,
como por el razonamiento que nos hace tomar en consideración las razones
por las que afirman lo que afirman" (CANEL, 1993: 299). Como se puede
observar, para Hume estos dos principios básicos de autoridad y simpatía
comportan una influencia que se ve reflejada en casi todas nuestras
opiniones y tienen una influencia peculiar también en la forma en que nos
percibimos y nos juzgamos a nosotros mismos.
Finalmente, en el pensamiento de
Rousseau, Noelle-Neumann (1995) encuentra una mirada contradictoria y
ambivalente en cuanto a la forma de comprender el fenómeno de la opinión
pública. Esta aparente contradicción se manifiesta en el doble papel que
este fenómeno comporta. Por una parte, la opinión pública es para Rousseau
ese fiel guardián de la moral pública, y, por otra, cierne un férreo
control sobre el individuo. Así, Rosseau parece plantear un aspecto
esencial en la comprensión del fenómeno de la opinión pública, que de
acuerdo a Noelle-Neumann se representa en esta negociación que se da entre
el consenso social y las convicciones individuales. Dicho de otra manera,
la opinión pública refleja la tensión existente entre lo macro y lo micro,
entre el nivel individual y lo social, entre el plano psicológico, en
donde se encuentran las motivaciones, las pulsiones y los intrincados
mecanismos del pensamiento y el plano social, que es el terreno de las
normas, las reglas y las costumbres; el eterno debate individuo vs.
sociedad, lo público vs. lo privado. En este sentido Noelle-Neumann
describe la opinión pública en un sentido rousseaneano como la enemiga del
individuo y la protectora de la sociedad.
Sintetizando esta parte, podemos
observar claramente cómo esta autora se basa en las concepciones que de la
opinión pública elaboran estos cuatro pensadores. De Locke y Madison
rescata esta relación entre ley de opinión y la amenaza que se cierne
sobre el individuo si disiente de su grupo de referencia. Por otra parte,
de Hume rescata la idea de opinión como elemento de distinción. Y
finalmente, de Rosseau, como se acaba de indicar, recupera esta visión más
compleja que parece definir y contrastar ella misma con su hipótesis, la
opinión pública como elemento de cohesión social que, sin embargo aplasta
–o silencia- al individuo.
Esta concepción del fenómeno que nos
ocupa es plasmada por Noelle-Neumann (1995) en la metáfora biologicista
con la que habla de la opinión pública como esa piel social que
envuelve y protege a la sociedad. Entendida así, en un marco psicosocial,
la opinión pública es comprendida de manera central en este modelo como
"el conjunto de las presiones sociales básicas entendidas y sentidas por
todos los individuos de una comunidad, independientemente del grado de
sujeción a ellas experimentado por cada particular" (MUÑOZ, 1992: 206).
Son cuatro los supuestos básicos que
sustentan el modelo de Noelle-Neumann:
1.- La sociedad amenaza a los individuos
desviados con el aislamiento.
2.- Los individuos experimentan un
continuo miedo al aislamiento.
3.- Este miedo al aislamiento hace que
los individuos intenten evaluar continuamente el clima de opinión.
4.- Los resultados de esta evaluación
influyen en el comportamiento en público, especialmente en la expresión
pública o el ocultamiento de sus opiniones (NOELLE-NEUMAN, 1995: 261).
De acuerdo a Noelle-Neumann, su modelo
hace posible la recuperación de la dimensión política y pública que se le
dio en los siglos pasados "dentro del juego dialéctico de las opiniones
publicadas y las opiniones silenciadas" (MUÑOZ, 1992: 288). Su modelo
ubica a la opinión pública en la tradición de los efectos a largo plazo,
en la compleja intersección medios de comunicación, dinámicas psicológicas
de aislamiento y miedo al rechazo y la sociología positivista al estilo de
la más clásica escuela de Durkheim del consenso social.
Esta visión psicosocial se contrapone a
la visión crítica de Habermas. Como vemos, proceden de dos tradiciones de
pensamiento antagónicas. Para observarlo más de cerca proponemos
complejizar la discusión trayendo a colación un nuevo elemento que
subyace en el fondo de estos planteamientos y por eso mismo realza las
diferencias entre estos dos modelos teóricos. Pensemos la opinión pública
en relación a la democracia.
Opinión pública y democracia
Antes de continuar consideramos
necesario establecer una breve aproximación al concepto de democracia.
Encontramos en el discurso de los políticos muy a menudo la referencia a
este sistema como el gobierno del pueblo. Esta conceptualización de
la democracia, no obstante, trae consigo una serie de connotaciones que
vale la pena desmenuzar. En primer término, "puede significar actuar
como un mandatario que se limita a cumplir estrictamente la voluntad
de sus mandados (...) pero esta expresión puede significar también
actuar en lugar del pueblo, en el sentido en que se dice de un
representante legal que actúa en representación de una persona menor de
edad o incapacitada y, que por tanto, no sabe lo que quiere o lo que es
bueno para ella" (CHAMPAGNE, 1996: 107).
Así tenemos por un lado el significado
de democracia como esta forma de representación popular, en la cual el
gobernante actúa en representación de los intereses del pueblo, acatando
los deseos y la voluntad de sus representados. Y, por otro, la democracia
como esa forma de gobierno en la cual se actúa en representación de,
lo cual presupone una total incapacidad del pueblo para saber qué es lo
que le conviene. Estas dos visiones contrapuestas de lo que debe
significar la democracia ejemplifican la discusión elitistas vs.
populistas que tanto ha marcado el debate político. La discusión se
extiende aún hasta nuestros días a través de los cuestionamientos acerca
de los quiénes, los qués y los cómos.
La democracia puede ser, vista en estos
términos, directa o representativa: "la diferencia básica entre una
democracia directa y una representativa es que en esta última el ciudadano
sólo decide quién decidirá por él (quién le representará), mientras que en
la primera es el propio ciudadano quien decide las cuestiones: no elige a
quien decide sino que es el decisor" ( SARTORI, 1999: 6). Suena muy bien,
dicho de esta manera, la democracia directa. Sin embargo, señalaremos
algunas consideraciones que matizarían el optimismo inicial con el que
acogeríamos esta visión.
La discusión acerca de la democracia
representativa y la democracia directa tiene qué ver con la controversia
elitista-populista con respecto a la competencia del individuo (CRESPI,
1997); es decir, en el fondo la cuestión es qué capacidad tienen los
individuos en las sociedades modernas para discutir públicamente los
asuntos políticos y, en todo caso, emitir sus opiniones racionalmente
informadas.
Es éste un problema central. La cuestión
de la representatividad en las democracias modernas. A este respecto
Giovanni Sartori (1999) comenta que: "la representación es necesaria (no
podemos prescindir de ella) y que las críticas de los directistas son en
gran parte fruto de una combinación de ignorancia y primitivismo
democrático" (SARTORI, 1999: 2). Hay dos situaciones que establecen la
necesidad de una democracia representativa. En primer lugar, el número de
individuos que componen un Estado- Nación y en segundo la gran cantidad de
asuntos sobre los cuales discutir y decidir. Acerca del acelerado
crecimiento de las sociedades modernas debemos decir que esta situación
crea también una sensación de distanciamiento entre gobernantes y
gobernados, lo cual en muchas ocasiones acarrea valoraciones negativas del
quehacer político como tal. Asunto que evidentemente trae consigo una
serie de efectos negativos en la valoración de la política y del político
en estas sociedades. Atendiendo ahora al segundo punto, la gran cantidad
de asuntos sobre los cuales discutir y decidir, debemos decir que
justamente es ésta una de las cuestiones por las cuales frecuentemente los
individuos permanecen desinformados. La cuestión de la política se vuelve
una gran cantidad de asuntos sobre los cuales se tiene un conocimiento
vago. En opinión de Sartori (1999) es por estas razones fundamentalmente
que la democracia representativa se hace imprescindible. Es necesario,
ante tales circunstancias, delegar la autoridad en otro para poder
resolver los asuntos de la política. El ciudadano común y corriente
no los podría atender directamente y en todo momento. En teoría política
esta condición necesaria de la representatividad se define en estos
términos: "cuanto menor sea una unidad democrática, tanto mayor será el
potencial de la participación ciudadana y tanto menor la necesidad de que
los ciudadanos deleguen las decisiones políticas en representantes. Cuanto
mayor sea la unidad, tanto mayor será la capacidad de éstos para lidiar
con los problemas importantes de sus ciudadanos y tanto mayor será la
necesidad de que los ciudadanos deleguen decisiones en sus representantes"
(DAHL, 1999: 128). La democracia en el contexto actual no puede ser sino
representativa, dadas las condiciones en las que las sociedades actuales
han ido desarrollándose en el último siglo.
Por otra parte, la democracia directa es
una aberración para Sartori (1999). El autor afirma que los directistas
dejan de lado la cuestión de la información del ciudadano en las
cuestiones de la política. Esto resulta de un populismo y de una miopía
enorme, en opinión de este autor. Para él, la desinformación en la
sociedad actual, producto de una cultura política pobre, situación que por
cierto, han potenciado los medios masivos de comunicación, ha creado un
individuo poco informado. Y "en un sistema en el que los decisores no
saben nada de las cuestiones sobre las que van a decidir equivale a
colocar la democracia en un campo de minas. Hace falta mucha ceguera
ideológica y, ciertamente, una mentalidad muy "cerrada" para no caer en la
cuenta de esto. Y los directistas no lo hacen" (SARTORI, 1999: 6).
A pesar de que todas las democracias
modernas son, sin duda y en la práctica, democracias representativas, es
decir, sistemas políticos democráticos que giran en torno a la transmisión
representativa del poder, es cierto también que hay una tendencia a creer
que la democracia debe ser directa, o en términos de Sartori, directista.
A nuestro juicio, ambas, democracia representativa y democracia directa,
pueden ser susceptibles de crítica. Por un lado, la democracia
representativa puede caer en un círculo cerrado, el gobernante
gobernándose a sí mismo, y, por el otro, la democracia directa puede
caer en el populismo más barato, en este caso, gobernar de acuerdo a la
medida de los gobernados. Gran parte de la apatía de los ciudadanos
por la política puede ser causada por esta especie de sensación de
lejanía, los individuos sienten que sus gobernantes actúan en función de
sus intereses particulares. Esto genera un efecto de desconfianza y, a la
larga, de desinterés. En parte, podríamos decir, que el gobernante
populista se sirve de esta situación para crear un gobierno a la medida
del pueblo que gobierna. Aquí, invariablemente, los medios masivos de
comunicación juegan un papel importante a través de lo que se ha
denominado videopolítica y el marketing político.
Así, tenemos cada vez más gobernantes
que actúan, hacen, dicen y deciden de acuerdo al mandato del pueblo. En
este contexto los sondeos de opinión que se vierten a través de las
encuestas juegan un papel central. La democracia se apoya en la
sondeocracia. En esta forma directista de gobernar midiendo el
pulso de los ciudadanos.
El papel de la opinión pública en un
sistema democrático
Antes de abordar el papel de la opinión
pública representada a través de los sondeos de opinión en un régimen
democrático, asunto que trataremos en este apartado, debemos señalar que
la crítica empírico - epistemológica ha señalado ya algunas deficiencias
conceptuales al mirar la opinión pública como la suma de opiniones
individuales. En este sentido se señala que "las insuficiencias de las
investigaciones cuantitativas sobre opinión pública descansan justamente
en este punto: una definición operacionalista de opinión pública que
subordina el objeto de estudio al aparato técnico de la investigación" (BADIA,
1996: 62). En efecto, la idea asociada a la democracia del sufragio
universal que comprende un ciudadano, un voto implica una visión
operacionalista del fenómeno. Este reemplazo de los conceptos abstractos
por entidades operativas se convierte en la finalidad misma de la
investigación empírica en este campo. Veamos sin embargo, las
repercusiones que ha tenido sobre la democracia la entrada en escena de
los sondeos de opinión, la utilización que se les ha dado y su capacidad
de reconfigurar las fuerzas políticas en la sociedad actual.
A partir de la segunda mitad de este
siglo, la incursión de los sondeos de opinión en el campo de la política
ha transformado las relaciones de fuerza en los regímenes democráticos.
Los gobiernos tienden a guiarse a partir de los resultados obtenidos en
las encuestas, asociando así el concepto de opinión pública con los
sondeos de opinión, y "esta redefinición del contenido de la noción
(resulta) políticamente irrecusable, puesto que se realiza de acuerdo con
la lógica democrática (directa): para saber lo que piensa el pueblo ¿no
basta, en efecto, con ir a preguntarle directamente, en lugar de
interrogar a aquellos que pretenden hablar en su nombre?" (CHAMPAGNE,
1996: 111). A través de esta práctica, hoy tan generalizada, se pretende
medir de una manera científica y, por tanto, indiscutible en su veracidad,
la opinión pública. Este argumento se basa en la idea de que la voluntad
popular está contenida en los resultados de las encuestas, que este ir
y preguntar directamente a la población a través de una especie de
referéndum representa una manera efectiva de conocer lo que el pueblo
piensa. Y, en este sentido, poco a poco se ha ido modificando la lógica de
la representatividad que caracterizaba al antiguo régimen democrático
(CHAMPAGNE, 1996).
En efecto, una de las consecuencias más
notables que están teniendo lugar a partir de la proliferación de los
sondeos de opinión en la vida política de las sociedades modernas es la
mentalidad popular que tiende a asociar los sondeos con la transparencia
democrática de la opinión pública, sin embargo "la trampa lógica que
asalta a casi todos los protagonistas de nuestra comunicación política es
la siguiente: a) según todos los pensadores demoliberales, la democracia
se sustenta en el respeto a la opinión pública, b) los sondeos (bien
hechos) miden la opinión pública expresada libremente, luego c) gobernar
guiado por los sondeos es democrático y desoírlos o prohibirlos es
dictatorial" (DADER, 1992: 488). Este tipo de razonamiento es
característico del pensamiento directista, que ya anteriormente
caracterizamos. Resulta, sin embargo, peligroso por varias razones.
Primero, debemos tener en cuenta que más allá de la presentación pública
de los resultados obtenidos por las encuestas está la abundante
interpretación que se vierte sobre ellos. No son sólo los datos los que se
dan a conocer, es la valoración que sobre ellos enuncian los diferentes
analistas políticos, sobre todo, en la prensa diaria. Así, este efecto
aparentemente positivo de que el ciudadano común y corriente pueda estar
informado a través de los sondeos se nos vuelve un mecanismo que actúa
normalmente a la inversa. Ante la cantidad de encuestas que se publican,
sobre todo en los períodos electorales, se suscita el efecto de que "los
ciudadanos sean cada vez menos libres y se crean cada vez más libres" (DADER,
1992: 489).
Por otro lado, la publicación de los
resultados de las encuestas frecuentemente sustituyen el debate público de
los mismos asuntos consultados en este tipo de estudios. En este sentido,
la sondeocracia puede ser caracterizada como un mecanismo de sintetización
de las valoraciones que sobre un tema podrían debatirse ampliamente a
través del diálogo. Los individuos se quedan así con un referente numérico
muy preciso en el mejor de los casos: "el 85.8% de los ciudadanos cree
que el Presidente debería preocuparse más por la seguridad pública",
pero se dejan de lado los distintos elementos que confluyen en el
enunciado simple que se vierte como resultado de una pregunta incluida en
una encuesta pública.
En tercer lugar, debemos señalar la
utilización de las encuestas por parte de los políticos. Con mucha
frecuencia los mandatarios tienden a gobernar guiándose por los resultados
de los sondeos. Esta situación, evidentemente, trae consigo consecuencias
perjudiciales para el ejercicio de la democracia, ¿por qué? Bueno,
fundamentalmente porque "no perder puntos de imagen a corto plazo se
convierte en más importante que cumplir un programa de gobierno legitimado
en las urnas, ya que los logros de esto sólo se verían a largo plazo. Por
lo mismo, cualquier posibilidad de medidas racionales para resolver en
profundidad problemas públicos, está descartada si desde el primer momento
no resulta popular" (DADER, 1992: 493). Está claro que el populismo ha
traído efectos desastrosos a largo plazo en los regímenes democráticos en
los que ha tenido lugar. Es la forma más barata de venderle la idea
de democracia a un pueblo. Y la más segura de acabar con la idea de
representatividad en términos de Sartori (1999) que ya señalamos
ampliamente en el apartado anterior.
Finalmente acabaríamos señalando el
abuso con el que se ha asociado el término opinión pública a la
distribución mayoritaria de respuestas que se obtienen a través de los
cuestionarios que se aplican a una población determinada. Con este
ejercicio se les concede amplio margen de juego a los analistas políticos.
Ellos de manera cotidiana elaboran sus interpretaciones a partir de estos
datos. Algunos autores han señalado ya este abuso de poder por parte de
los politólogos, quienes por cierto se escudarían afirmando que "no hacen
otra cosa que lo que hace ordinariamente la lógica electoral (democracia
representativa) que suma papeletas de voto con significaciones múltiples"
(CHAMPAGNE, 1996: 111).
Frente a esta nueva dinámica política
mediante la cual la opinión pública ha sido reducida a los sondeos de
opinión, varios autores han reflexionado arduamente. No deja de sorprender
la forma en que la noción de público se ha transformado y la manera
también en que esta reorganización de fuerzas en el ámbito político ha
venido a reconfigurar el concepto mismo de la democracia.
En este sentido, el papel que han jugado
los medios masivos de comunicación nos parece un asunto relevante, aunque
para efectos de este trabajo no ahondaremos exhaustivamente en el tema.
Sin embargo, vale la pena señalar que el desarrollo de los medios de
comunicación ha modificado también el concepto burgués de la publicidad.
Entre otras cosas, "con el desarrollo de los medios de comunicación, el
fenómeno de la publicidad se ha desvinculado del hecho de la participación
en un espacio común. Se ha des-espacializado y ha devenido no-diálogica,
a la vez que se ha vinculado crecientemente a la clase específica de
visibilidad producida por los medios de comunicación (especialmente la
televisión) y factible a través de ellos" (THOMPSON, 1996: 95). La
modificación del espacio público y la asociación de la publicidad con los
medios de comunicación constituyen dos de los aspectos que marcan las
transformaciones que habría que mirar con detenimiento, pues afectan no
sólo el concepto mismo de la publicidad, sino evidentemente el de la
opinión pública y la democracia.
Distintas formas de mirar el mismo
fenómeno
Como ya mencionábamos al inicio de este
artículo, el modelo normativo de Habermas caracteriza a la opinión pública
en una amplia dimensión ético-política. Esta dimensión es la que permite
la existencia de una sociedad plural y democrática. De acuerdo a esta
visión, se plantea un deber ser en torno a la opinión pública, este
ideal normativo es el que le confiere un estatus de autenticidad al mismo
tiempo que otorga legitimidad a una sociedad que se precie de ser
realmente democrática (MUÑOZ, 1992).
Aquí debemos mencionar que Habermas
habla de lo público en un sentido bastante estricto, "este autor llama
no-públicas a todas las corrientes de opinión que aun siendo
representativas de algún grupo, o una suma más o menos fabricada de
opiniones individuales, no pueden ser consideradas desde su enfoque como
lo público o lo consensuado básica y racionalmente" (MUÑOZ, 1992: 200).
Por lo tanto, nos alerta acerca del uso indiscriminado del término. Lo
público no puede significar entonces la voz colectiva que reviste en el
fondo los intereses específicos de un grupo. La concepción de lo público
va más allá de las manifestaciones y declaraciones de grupos particulares
que pugnan por hacer valer su propia visión de las cosas. La opinión
pública no debería ser el eco de voces dispersas que aglutinan la
reivindicación de grupos específicos, dado que su discurso no estaría
persiguiendo un asunto de interés general sino la resolución de una
problemática concreta. Es ésta una cuestión central en la visión
habermasiana: el modelo normativo de opinión pública implica la
contrastación empírica de este tipo ideal, apuntado en términos de
Weber, con la dinámica social. Dicho en otras palabras, deberían
desarrollarse criterios que nos permitieran medir empíricamente el
carácter más o menos público de las distintas opiniones. El criterio para
la consecución de estos fines estaría representado por el principio
democrático de la publicidad, cuyas características principales serían
"el diálogo racional, transparente y abierto a la participación de todos
los ciudadanos en la búsqueda de soluciones consensuadas para las
cuestiones de incumbencia general" (MUÑOZ, 1992: 200). Lo normativo
conserva su valor como "una clase de criterio crítico mediante el cual las
deficiencias de las instituciones existentes pueden ser evaluadas" (THOMPSON,
1996: 86).
Queda claro que para Habermas la opinión
pública tiene "la función de legitimar el dominio público por medio de un
proceso crítico de comunicación sustentado en los principios de la
argumentación y del consenso racionalmente motivado" (BADIA, 1996: 70). El
punto es averiguar a través del marco normativo de una teoría crítica de
la democracia bajo qué condiciones comunicativas las sociedades actuales
permiten la formación de una opinión pública.
Más allá de que podamos cuestionarnos la
posibilidad de que en sociedades como las nuestras se puedan establecer
las condiciones comunicativas para la existencia de una opinión pública
comprendida en los términos de Habermas, queda claro que este modelo
normativo nos permite pensar la opinión pública en el marco de una teoría
crítica de la sociedad. Y en este deber ser, la democracia puede
ser pensada en los términos más amplios de diálogo y de racionalidad.
El modelo psicosocial de Noelle-Neumann
no desarrolla la idea de democracia que tan bien acabada aparece en el
modelo normativo de Habermas. Sin embargo trataremos de definir aquí qué
idea de democracia subyace en el fondo del modelo de la autora alemana. En
la Espiral del Silencio el concepto de opinión pública es entendido como
control social, en este sentido Noelle-Neumann "no infiere las
características de la opinión pública del grado de participación
democrática en la vida política ni de la naturaleza cualitativa que
presentan las argumentaciones esgrimidas en las discusiones colectivas" (BADIA,
1996: 59). Por el contrario, su desinterés por la dimensión discursiva de
los procesos comunicativos de la opinión pública parte de la asociación
que establece entre consenso e integración social. Así, parece dejar de
lado los principios de la ética y del derecho que habrían de garantizar la
identificación normativa entre opinión y razón que han garantizado el
proyecto de modernidad en las sociedades occidentales. En su lugar
establece una relación entre opinión y reputación. O en todo caso el miedo
por no aislarse del grupo de referencia define, en su modelo, la dinámica
de los individuos frente a la presión social que se ejerce a través de la
opinión pública.
A Noelle-Neumann no le preocupa tanto la
instrumentalización política del fenómeno de la opinión pública, más bien
se centra en las consecuencias que aquél tiene sobre los individuos. Este
es uno de los puntos más controvertidos en la Espiral del Silencio. Tal
parece que el fenómeno de la opinión pública queda reducido a su
contemplación en el nivel individual y social, pero no político. En este
sentido "plantea una actitud resignada o realista que, por oposición al
idealismo de denuncia de Habermas, niega la posibilidad de una opinión
pública racional y dialogante y se queda instalada en la contemplación
conservadora de ese acrítico e irreflexivo control social anónimo" (MUÑOZ,
1992: 208).
Podríamos sintetizar las funciones de la
opinión pública en un sistema social democrático, de acuerdo al modelo
psicosocial de Noelle- Neumann, en estos puntos:
-
Genera la estabilidad social, más
allá del simple proceso de integración social, por cuanto fundamenta el
establecimiento de diversas formas de consenso social y político que
permiten el normal desarrollo en la actividad social.
-
Y, finalmente, ejerce una función de
legitimación mediante el consenso en torno a problemas generales que
afectan al sistema social, mediante el mantenimiento de las formas
sociales vigentes o mediante su adecuación al cambio experimentado en el
sistema social (SAPERAS, 1985: 185-186).
Pareciera que para Noelle-Neumann la
opinión pública no constituye, desde su marco conceptual, un pilar de la
democracia, lo que importa no es el diálogo y el debate, sino el silencio.
No es el debate racional, sino el consenso social.
Esta ausencia de visión crítica en el
modelo psicosocial de la Espiral del Silencio ha sido fuente de debate en
la investigación en el campo. Por ejemplo, Aníbal Gómez (1982) critica el
reduccionismo de Noelle-Neumann en tanto que en su hipótesis la autora
conceptualiza el fenómeno de la opinión pública en relación a la tiranía
del control social anónimo en el sentido de Toqueville. Gómez (1982)
señala tajantemente que esta autora coloca el punto final a la
problemática de la opinión pública justo donde debería situarse el punto
de partida.
Concluiremos este apartado diciendo que
Noelle-Neumann obvia la discusión acerca de la democracia en su modelo
teórico, lo cual significa que, de acuerdo a lo señalado en sus textos,
para ella lo más importante es describir este proceso que se da en la
sociedad actual y que lo demás, la discusión acerca del deber ser y
el discurso ético-político, en alusión clara a la visión normativa
de Habermas, es un constructo teórico y no una realidad observable como la
que ella estudia.
Conclusiones
Revisamos en este trabajo la mirada de
Habermas y la de Noelle-Neumann acerca de la relación opinión pública-
democracia. Continuar la reflexión teórica y el trabajo empírico en este
terreno resulta indispensable, sobre todo si atendemos a la dinámica de
nuestros gobiernos actuales, tan preocupados por atender los sondeos de
opinión y guiarse de acuerdo a ellos y a la de los analistas políticos que
vierten día a día una cantidad de interpretaciones tomando como punto de
partida los datos obtenidos en las distintas encuestas que se publican
cotidianamente en la prensa y la TV.
La opinión pública, término de
batalla, componente del discurso de los políticos y fuerza que juega
un papel protagónico en el campo de la política no puede reducirse a los
sondeos de opinión.
La visión de Habermas resulta, a nuestro
juicio, una reflexión teórica acabada, toda vez que se inserta en una
teoría crítica de la sociedad. Sin embargo, el modelo normativo requiere
de una contrastación empírica que dé cuenta de lo que ya señalamos en su
momento: la confrontación del deber ser, del principio democrático
de la publicidad con respecto a las distintas dinámicas sociales en que se
presenta.
A Noelle-Neumann, como ya hemos señalado
también, se le critica en principio por reducir el concepto de opinión
pública al principio de tiranía de la mayoría. Y nosotros añadiríamos su
falta de discusión acerca de la relación de reciprocidad que guardan los
términos opinión pública y democracia. Obviar la discusión en torno a este
aspecto puede resultar peligroso, sobre todo en el nivel político de su
trabajo.
Finalmente, nos interesa señalar que
consideramos una cuestión central el debate actual en torno a la relación
de la opinión pública con la democracia. La reconfiguración del espacio
social y político que se da en gran parte por la influencia que ejercen
los medios masivos de comunicación en la sociedad actual apremian la
investigación en el campo de la comunicación política. Aquí este punto fue
apenas señalado, no obstante merece especial atención y un desarrollo más
detallado a futuro.
La visión normativa de Habermas y la
visión psicosocial de Noelle-Neumann son dos miradas que han desarrollado
un exhaustivo trabajo en el campo. No son los únicos, podríamos citar aquí
también las aportaciones de Luhmann y de la escuela francesa encabezada
por Dominique Wolton a la reflexión en torno a esta problemática.
Badia (1996) señala la necesidad de
abordar este fenómeno de la opinión pública interdisciplinariamente y la
utilización de metodologías cualitativas que permitan identificar
contextos distintos de apropiación y resemantización de los mensajes y los
discursos que son consumidos por los individuos. Creemos que es una
propuesta interesante y que puede aportar elementos enriquecedores que nos
permitan comprender este complejo fenómeno que opera en nuestras
sociedades y que se nos revela en un monstruo de las mil cabezas.
Sólo nos resta decir que nos parece muy
útil retomar la visión normativa del pensamiento habermasiano, pues
consideramos que si no es con un pensamiento crítico no es posible el
conocimiento y el entusiasmo empírico que con tanto ahínco ha desarrollado
Noelle-Neumann, pues sin poner pies en la realidad social tampoco
es posible comprenderla en sus matices, complejidades y contradicciones.
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