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0605 - Fuente
Red Voltaire -
Concebida inicialmente para impedir que la información
fuese falsificada en cualquier sentido, la información en tiempo real se
ha transformado paradójicamente en un espectáculo en que la veracidad es
algo accesorio. Debido al lugar central que ocupa en este sistema, la CNN
se ha convertido en un instrumento de propaganda global, como lo muestra
Thierry Meyssan en una conferencia brindada en la Accademia Nazionale
della Politica, cuyo texto reproducimos integralmente
En 1990-1991, la operación «Tormenta del Desierto» movilizó una amplia
coalición internacional para obligar a Irak a retirarse de Kuwait. La
opinión pública de los Estados implicados se unificó en torno a una fuente
común de información: la CNN. La cadena estadounidense, creada hace 10
años, se ha metamorfoseado en una cadena con audiencia internacional y ha
impuesto al resto del mundo su concepto de «información continua».
Durante todo el conflicto,
en todas partes del mundo, las demás cadenas de televisión retomaban en
directo sus imágenes y era frecuente que reprodujeran prácticamente sus
mismos comentarios.
El dispositivo de
propaganda que los Estados Unidos erigieron durante la Guerra Fría para
luchar contra la propaganda soviética se extendió con rapidez por todo el
planeta. A falta de un competidor soviético, la propaganda de Washington
no tuvo límites y se volcó en los países aliados, inclusive en los propios
Estados Unidos. Retrospectivamente, el procesamiento de la información por
CNN nos parece tergiversado, parcial, hasta burdamente insidioso.
En los años siguientes, la
mayoría de los Estados desarrollados crearon a su vez cadenas de
información continua con la esperanza de que el control de los medios
masivos audiovisuales pudiese garantizar su objetividad. Ahora bien, todos
pudieron constatar que cuando los atentados del 11 de septiembre de 2001,
y después cuando las operaciones «Libertad Infinita» y «Libertad para
Irak», este dispositivo, lejos de proteger a la opinión pública de la
propaganda estadounidense, la hizo más vulnerable aún.
De hecho, tal como lo ha
señalado el sociólogo Marshall McLuhan, el problema reside ante todo en la
forma y no el contenido del mensaje, ya que «el medio es, en sí mismo, un
mensaje». 1990: la imposición del modelo «de información continua»
El concepto de información
continua consiste en difundir en tiempo real imágenes de un suceso de
manera que los televidentes puedan experimentar las emociones derivadas de
ellas, inclusive sentir la misma sensación de sus protagonistas. La
inmediatez del procesamiento aspira a proteger contra las falsificaciones.
Asimismo, la información continua se presenta como un avance del
periodismo, posibilitado por el uso de nuevos medios técnicos.
En realidad, es la negación
del periodismo. Este oficio, de hecho, consiste en distanciarse de un
acontecimiento para analizarlo, seleccionar los hechos más relevantes,
confirmar las fuentes, verificar las imputaciones y emitir un criterio. El
periodismo no es una técnica de descripción, sino un arte de la
comprensión. Lejos de garantizar la verdad, la inmediatez la hace
vulnerable a las apariencias y a los prejuicios.
En el modelo CNN, la
información no es una herramienta de conocimiento, sino un espectáculo. La
puesta en escena se inspira en la tragedia griega. Los presentadores y
corresponsales desempeñan ahí el papel del coro antiguo. En 1991, tal como
en 2003, todos conocían de antemano el desenlace de la historia: la
primera potencia militar del mundo aplastaría al insignificante ejército
iraquí.
Al igual que en la tragedia
griega, los espectadores no aguantan la respiración debido a un suspenso
inexistente, sino por la fascinación del destino inexorable. En esas
condiciones, el criterio de la información continua no es el de la
veracidad, sino el de la tragedia.
En 1990, cuando el
secretario de Estado James Baker se esforzaba por convencer a la opinión
pública de la necesidad de entablar una guerra con Irak, un gabinete de
relaciones públicas, Hill & Knowlton, difundió el rumor de que soldados
iraquíes habían robado incubadoras en los hospitales de maternidad en
Kuwait, dejando morir a más de 300 recién nacidos prematuros.
El rumor fue confirmado por
un informe de Amnesty International. Se organizaron audiencias públicas en
el Congreso de los Estados Unidos que fueron retransmitidas en directo por
la CNN y enviadas a todo el mundo. Una enfermera joven, mantenida en el
anonimato, entre sollozos dio fe de estos crímenes.
Después de la guerra, un
periodista del Harper’s Magazine demostró que esta acusación era falsa y
que la joven enfermera era en realidad la hija de un diplomático kuwaití.
La superchería había sido montada por una de las directoras de Hill &
Knowlton, Victoria Clarke. Con este asunto, el gobierno de Bush Senior no
sólo trató de envenenar al Parlamento, sino también a la opinión pública
internacional. Y lo logró dejando correr «el efecto CNN».
Instantáneamente, todos los periodistas pasaron por alto las
verificaciones referentes a la información que de manera habitual y
obligatoria hacían para comprobar los hechos.
Todos consideraron
aceptable un testimonio anónimo del cual, normalmente, hubiesen
desconfiado.
Más alarmante aún es que no
se tomó ninguna medida para impedir que se reprodujera semejante
manipulación. Y lo que es peor, nadie protestó cuando Victoria Clarke se
convirtió en la actual vocera del departamento de Defensa.
Durante la operación
«Tormenta del desierto», el secretario de Defensa en aquellos momentos,
Dick Cheney, y el jefe del estado Mayor, Colin Powell, anunciaron que
Sadam Husein había abierto las compuertas de sus pozos de petróleo,
arrojando el crudo en el Golfo y provocando «el mayor desastre ecológico
de todos los tiempos».
La CNN confirmó que mantos
de petróleo amenazaban las costas y difundió imágenes de un cuervo marino
cubierto de petróleo en una playa. No obstante, desde el primer día, la
agencia Reuters había explicado que una pequeña marea negra se había
producido después que un buque cisterna iraquí había sido atacado por el
ejército estadounidense al creer este, probablemente sin razón, que el
buque transportaba una gran cantidad de armas.
La acusación lanzada contra
Sadam Husein permitía a Washington enmascarar una vileza militar y, de
paso, presentar una imagen diabólica de Sadam Husein a los ojos de los
ecologistas.
Una vez más «el efecto CNN»
bastó para dar credibilidad a la información. Además de que, a partir de
ese instante, ningún periodista verificó la amplitud de la marea negra y
tampoco nadie observó atentamente las imágenes ni reflexionó sobre la
credibilidad de la acusación. Fue sólo mucho más tarde, al examinar viejas
imágenes de ITN, que se observó que esos mantos de combustible no podían
inundar una playa porque se desviaban hacia el mar, y que esa raza de
cuervo marino no vivía en el Golfo. Se notó, sobre todo, que esa acusación
era estúpida porque los iraquíes no tenían ningún interés en destruir las
costas de Kuwait que, precisamente, estaban reivindicando.
Esto nos llevó a otra
constatación: una información no necesita ser creíble para beneficiarse
del efecto CNN, basta con que tenga una dimensión trágica. Así, Dick
Cheney, tratando de demostrar que Irak no había invadido a Kuwait para
restablecer sus fronteras iniciales, sino por designios expansionistas,
afirmó que Sadam Husein, previendo conquistas futuras, se había dotado del
«cuarto ejército del mundo» (después de EE.UU., la URSS y el Reino Unido).
Puede parecer arriesgado
que un responsable político haga una declaración tan estúpida. Durante la
guerra entablada con Irán, en efecto, Irak dedicó el grueso de su energía
a su presupuesto militar, hasta convertirlo en el noveno del mundo. Pero
el país había salido exangüe de una decena de combates atrozmente
salvajes, sin haber podido vencer. No era más que un Estado del Tercer
Mundo equipado con un montón de blindados obsoletos, reciclados de los
desechos de los ejércitos occidentales.
No se trata en este caso de
una mentira retomada sin verificarse, sino de algo absurdo repetido como
una evidencia debido a que la sobrestimación de Irak es indispensable para
la calidad del espectáculo. Este asunto no nos remite, como los
precedentes, a la imposibilidad estructural del trabajo periodístico en el
marco de la información continua, sino a la fuerza de la comunión global.
Antaño, la ciudad entera se reunía en el teatro para comulgar en la
tragedia. Hoy, impugnar el espectáculo CNN significa excluirse de la
«aldea global». Ya no es la Razón la que identifica a la Verdad, sino que
esta es determinada por una estrategia gregaria.
2001: la mentira premeditada
A fines de los años 90, por
iniciativa del general Colin Powell, convertido en administrador de AOL (America
Online), un complejo proceso de fusiones-adquisiciones permite crear el
gigante de la comunicación AOL-Time-Warner, en el que se incluye la CNN.
En 2001, el equipo Cheney, Powell, Clarke y socios regresa al poder en
Washington.
El 11 de septiembre de
2001, un poco antes de las 9 am, la CNN es el primer medio masivo de
comunicación en difundir imágenes de la torre norte del World Trade Center,
que acababa de recibir el impacto de un avión. La cadena, que dispone
permanentemente de una cámara instalada sobre un techo de New York que
permite filmar la ciudad, simplemente puso en pantalla un plano fijo, mal
encuadrado. El comentarista ignora lo ocurrido exactamente, de qué tipo de
avión se trata y si el drama fue accidental o criminal.
Sin embargo, algunos
minutos más tarde, y a pesar de no haberse iniciado aún ninguna
investigación, afirma saber por una fuente oficial anónima que se trata de
un atentado orquestado por Osama Bin Laden. Las cadenas de información
continua del mundo entero están ya retransmitiendo esta acusación anónima
y sin fundamento cuando un segundo aparato penetra en la torre sur del
World Trade Center.
Cerca de las 10 am, la CNN
anuncia que también se han producido dos explosiones en el Pentágono con
un saldo de siete muertos. Una hora después, la cadena afirma que un avión
desviado se dirige hacia el Pentágono. Cerca del mediodía, la CNN anuncia
que, según Victoria Clarke, un avión desviado había atacado el Pentágono.
Las cadenas del mundo entero retransmiten minuto a minuto la versión de la
CNN sin destacar la incoherencia de la cronología.
Es oportuno recordar aquí
que Victoria Clarke, vocera del departamento de Defensa, es la persona que
montó el falso testimonio en el Congreso sobre el caso de las incubadoras
de Kuwait en 1990. De acuerdo con sus comentarios, la Sra. Clarke sabía
que el atentado se había cometido con un avión desviado porque Donald
Rumsfeld en persona se lo había comunicado de primera mano. De hecho, el
secretario de Defensa, en un acto de valentía, había dejado su oficina en
esos momentos de peligro para brindar un fuerte apoyo a los bomberos en el
otro extremo del Pentágono.
Desde lejos, él había
identificado claramente en el edificio los restos de un avión,
precisamente de un Boeing 757, mientras que los propios bomberos,
penetrando con sus trajes a prueba de fuego en el mismo centro del
incendio, afirmaron no haber visto nada que pareciese un pedazo de avión.
Debe recordarse también que
el arma que atacó el Pentágono entró por el piso a nivel de la calle, por
una puerta de garaje, sin dañar la fachada, y se trasladó al interior del
edificio, donde hizo explosión. No obstante, el corresponsal militar de la
CNN, Jamie McIntyre, que tiene una oficina dentro del propio Pentágono,
afirma sin reírse que un Boeing 757, de más de 100 toneladas, de 38 metros
de largo y 12 metros de alto, entró por una puerta de garaje sin dañar el
marco de esta, y que después se desintegró en el edificio.
En el mismo momento, se
incendiaba un piso del anexo de la Casa Blanca que alberga los servicios
técnicos de la presidencia y las oficinas del vicepresidente. Como es ABC
quien difunde en directo imágenes del drama y no la CNN, este hecho no
aparece en las pantallas extranjeras.
En el transcurso del día,
las grandes redes estadounidenses acuerdan realizar el libre intercambio
recíproco de imágenes. Para ellos, la prioridad consiste en tener imágenes
que permitan la transmisión en directo. Poco importa la visión que dan
estas imágenes. En otras palabras, lo que les preocupa es mostrar las
apariencias, sin buscar el sentido, so pena de ser víctimas de ilusiones.
Un logo aparece en las pantallas: «Atacados los Estados Unidos». Se dice
que los atentados serían obra de una potencia extranjera (estatal o no).
No obstante, en ese momento ningún periodista es capaz de confirmar esa
acusación.
Hacia las 3 pm, la CNN
anuncia que se han movilizado los equipos del Centro de Control de
Enfermedades (CDC), situado en Atlanta al igual que la sede de la cadena.
Se preparan para un ataque con ántrax contra Estados Unidos preparado por
Bin Laden. No se da ninguna explicación que permita comprender por qué las
autoridades temen un ataque precisamente de Bin Laden, ni tampoco por qué
con ántrax.
Pero para nosotros que
interpretamos los hechos con posterioridad, estas imputaciones nos parecen
muy extrañas. En octubre de 2001, una semana después del ataque contra
Afganistán, cuando la opinión pública estadounidense comenzaba a dar
señales de fatiga, cinco cartas deliberadamente infectadas con ántrax
causaron cinco víctimas.
Numerosos indicios,
revelados a la prensa por los investigadores, permitieron establecer una
gama de conjeturas que demostraba que las cartas infectadas habían sido
fabricadas de antemano por los terroristas del 11 de septiembre.
Provocando el pánico general, el presidente Bush declaró en tono grave
ante las cámaras de televisión que él no estaba personalmente infectado.
El secretario de Defensa,
Donald Rumsfeld, ordenó con carácter urgente la compra masiva de diversos
antídotos y vacunas principalmente fabricadas por los laboratorios
farmacéuticos de los cuales él había sido jefe. Después, nada más. Pronto
se confirmó que las cepas de ántrax provenían de un laboratorio del
ejército de EE.UU. y que antes del 11 de septiembre una organización de
extrema derecha estadounidense había enviado numerosas cartas de ese tipo
a médicos que practicaban abortos. Retrospectivamente, podemos
preguntarnos si todo ese teatro hubiese funcionado de la misma manera en
caso de que la CNN no hubiese sembrado ya el miedo el 11 de septiembre.
Hacia las 4:30 pm, la CNN
difundió con el rótulo «en directo» imágenes del bombardeo de Kabul por
los Estados Unidos, como respuesta a los atentados. Ahora bien, el
verdadero bombardeo sólo ocurrió cuatro semanas más tarde. Interrogada
posteriormente sobre este invento, la dirección de la CNN afirmó que las
imágenes eran realmente en directo, pero que habían sido mal
interpretadas. Aquel día, un depósito de municiones habría explotado en
Kabul dando la impresión de que la ciudad estaba siendo bombardeada.
Pero, investigado el hecho,
nadie en Kabul recuerda explosiones de esta importancia. Las imágenes «en
directo» correspondían probablemente a viejas filmaciones de una de las
tantas batallas que hubo en la capital durante la guerra civil.
Una vez más, para nosotros
que interpretamos los hechos con posterioridad, esta mentira requiere una
explicación. Podemos legítimamente preguntarnos si la CNN estaba encargada
de preparar a la opinión pública internacional para el ataque contra
Afganistán que, aunque estaba previsto desde hacía varios meses,
necesitaba una justificación honorable.
Observaciones sobre la máquina de mentir
Se podrá objetar que la
rápida reseña que acabo de hacer sobre la cobertura del 11 de septiembre
por la CNN está orientada de modo a inducir una conclusión. Esa es
exactamente la función del periodista y la responsabilidad del
intelectual. Yo analicé con distanciamiento, de manera objetiva, lo
ocurrido en esos días y sólo me referí a los elementos que consideré más
significativos. Puede impugnarse el significado que les atribuyo, pero no
los hechos que destaco.
La CNN cumplió bien esa
jornada difundiendo informaciones que no podía comprobar. Además, en el
episodio del supuesto avión sobre el Pentágono, la cadena retransmitió
conscientemente un absurdo, mientras que en el caso del pseudo bombardeo
de Kabul, fabricó una mentira. No estamos ante un programa de información,
sino de propaganda, comparable a la del doctor Goebbels al anunciar que el
incendio del Reichstag era responsabilidad de terroristas extranjeros y
exigía leyes de excepción para «salvar la democracia».
«El efecto CNN» funciona
con esta eficacia porque la cadena cubre todos los acontecimientos
internacionales y brinda sus imágenes a sus colegas del mundo entero.
Desde este punto de vista, a los Estados Unidos les interesaba alentar la
creación de cadenas de información continua en todas partes del mundo para
que retransmitieran la programación de la CNN.
No obstante, cuando la
batalla de Afganistán, una pequeña cadena de información continua se
convirtió por sí misma en un punto de referencia para sus colegas,
poniendo así en peligro el monopolio y el efecto CNN. Al-Jazeera,
propiedad del emir de Qatar, se le fue de las manos a quienes la crearon.
Destruirla, por tanto, se convirtió en una obsesión para el Pentágono.
Durante la batalla de Afganistán, su oficina en Kabul fue bombardeada.
Su director local, Tayssir
Allouni, que pudo sobrevivir, se refugió en la oficina de Abu Dhabi TV,
que fue bombardeada de inmediato. Escapando de nuevo a la muerte, se
refugió en el hotel Palestina, donde se alojaba la mayoría de los
corresponsales extranjeros. Un blindado estadounidense tiroteó entonces el
hotel. Simultáneamente, el sitio Internet en lengua inglesa de Al-Jazeera
fue atacado y destruido. Presionadas, las sociedades informáticas
asociadas a la cadena de Qatar anularon todos sus contratos, de modo que
Al-Jazeera se vio de pronto sin sitio ni técnico web.
Es probable que los
próximos ataques se dirijan contra Abu Dhabi TV, la nueva cadena del Sheik
Zayed, que está tratando a su vez de imponerse como punto de referencia
internacional.
La evolución del modelo CNN
para los Estados Unidos está influida por las teorías filosóficas de los
neoconservadores y corresponde al cambio de tono de Fox News. Discípulos
de Carl Schmitt, Leo Strauss y Alan Bloom, los neoconservadores piensan
que la política es, ante todo, saber distinguir a sus amigos de sus
enemigos. De ello se deriva que las entrevistas de personalidades ya no
tienen por objetivo explicar sus puntos de vista, sino dar a conocer a los
televidentes si son amigos o enemigos y, en este caso, ridiculizarlos
públicamente.
La mayoría de las
entrevistas de CNN son preparadas por un pequeño equipo editorial que
previamente pone por escrito las preguntas. El presentador se limita a
leerlas en el teleprompter sin tomar en cuenta las respuestas que recibe.
Ya no hay diálogo, ni deseo de entender, sino un realce o un menosprecio
del invitado según sea este amigo o enemigo.
Los responsables de este
equipo editorial participarán también en lo adelante, junto con los
principales jefes de la prensa estadounidense, en un encuentro semanal en
el Metropolitan Club de Washington para debatir sobre «deontología» con
los responsables de Comunicación de la Casa Blanca. Así, no es por la
fuerza, sino en forma de «gentlemen agreement» y en nombre del «sentido de
las responsabilidades nacionales» que se fija la línea política de la
propaganda del Estado.
La vulgaridad y la
repetición de mentiras por el momento no han afectado «el efecto CNN». Por
el contrario, la cadena ha aprendido a jugar con la inmediatez, para
aumentar la labilidad de memoria de los televidentes, y con la
reminiscencia de los símbolos inducidos por analogía. 2003: la rutina de
la mentira
A partir del trauma de la
guerra de Vietnam, el general Colin Powell desarrolló dos principios de
comunicación:
1)
El costo de sangre debe ser el más bajo posible para la población
estadounidense. De ahí el «cero muerto» en nuestras filas, y el actual
recurso masivo a reclutados extranjeros.
2)
Para librarnos de las infamias de la posguerra, hay que implicar de
antemano a los Estados aliados haciéndolos participar simbólicamente en
las operaciones militares. De ahí el deseo de establecer coaliciones, más
o menos ficticias, y de reformar la OTAN para confiarle el mantenimiento
de la paz en Yugoslavia, Afganistán y, muy pronto, en Irak. También en
esto «el efecto CNN» se muestra eficaz.
1)
En la guerra vista por CNN, los «buenos» nunca derraman lágrimas ni
sangre. Así, cuando la primera Guerra del Golfo, Powell hizo embarcar
cámaras de CNN en las cabinas de los aviones de bombardeo. El espectador
participa en la operación como si se tratara de un video-juego. Nunca ve
el drama humano que se desarrolla en tierra. Durante la segunda Guerra del
Golfo, los periodistas se embarcaron junto con las unidades de combate.
No obstante, primero tenían
que firmar un contrato de 50 puntos mediante el cual se comprometían
especialmente a no relatar los horrores de la guerra. La CNN pudo entonces
difundir imágenes de la vida cotidiana de los soldados estadounidenses. El
televidente puede participar de su epopeya, pero ignora todo de los
combates reales.
La guerra se ha convertido
en un espectáculo grandioso y correcto. Sólo los molestos Al-Jazeera y Abu
Dhabi TV difunden imágenes de los prisioneros de guerra estadounidenses y
de su descalabro moral. El departamento de Estado vocifera a menudo que se
violan las convenciones de Ginebra. Para conservar su posición de cadena
mundial de referencia, la CNN está obligada a transmitir esas imágenes,
pero únicamente en sus emisiones para el extranjero y las censura para el
público estadounidense. En este preciso momento, hay algo que no marcha
bien: la CNN ha optado ahora por priorizar la propaganda interna y no la
externa. La máquina de mentir se vuelve contra el pueblo de los Estados
Unidos.
2)
Si Washington no tuvo dificultad alguna en crear una amplia coalición en
1990 porque Irak había violado la soberanía de Kuwait, le fue difícil
hacerlo en el 2002. Colin Powell, convertido en secretario de Estado, opta
entonces por pretender que el Irak tercermundista constituye una amenaza
para la primera potencia del mundo.
Para hacer creíble este
absurdo, afirma que Bagdad cuenta con armas de destrucción masiva, que
Sadam Husein es un psicópata capaz de utilizarlas contra los Estados
Unidos y que, además, era el verdadero responsable de los atentados del 11
de septiembre, hasta entonces, sin embargo, atribuidos a Osama Bin Laden.
En su presentación ante el
Consejo de Seguridad, Colin Powell pretende, por medio de fotografías
satélites, probar con evidencias la fabricación de armas bacteriológicas.
La metodología es grotesca: el color de los techos de una fábrica no
muestra lo que se fabrica en ella. La CNN difunde mundialmente en directo
este discurso.
La puesta en escena permite
dar una cierta credibilidad a propósitos que no la tienen. Powell imita a
Adlai Stevenson al mostrar fotos de los misiles rusos cuando la crisis en
Cuba. Muestra a los televidentes un frasco de ántrax, no en fotografía,
sino en su mano. Es a los televidentes a quien se dirige y no a los
miembros del Consejo de Seguridad, ya que estos sólo pueden interpretar
este gesto como una amenaza contra ellos.
Concluyamos sobre este
objetivo. Una consecuencia inesperada del hundimiento del Imperio
soviético habría sido el desarrollo descontrolado del sistema de
propaganda estadounidense. Este ha encontrado en la CNN un nuevo
instrumento de difusión. Su fuerza reside en el concepto de información
continua que transforma la actualidad en un espectáculo e impide toda
forma de análisis.
La multiplicación de las
cadenas nacionales de información continua, que retransmiten en directo
las imágenes de la CNN, ha minimizado el efecto CNN y la vulnerabilidad de
los televidentes.
La cadena está ya
articulada con el aparato estatal de Washington y sus competidores
potenciales son atacados por las fuerzas armadas estadounidenses. La
información continua se ha convertido en un modo de condicionar la opinión
pública. No obstante, lejos de quejarnos de esta libertad, nos complace
esta manipulación de la cual somos parcialmente conscientes. Ya nadie cree
en la veracidad de la CNN, pero todo el mundo la ve, directamente o
mediante retransmisión por otras cadenas.
El espectáculo CNN nos
fascina: nos permite, a escala planetaria, entrar en comunión con una
misma tragedia. Y, como la embriaguez, el disfrute de la «catarsis» que
nos brinda nos hace olvidar que, en el Imperio Global, la huida ya no es
posible, y la libertad no es más que un recuerdo
Thierry Meyssan
es Periodista y escritor, presidente de la Red Voltaire y de la sección
francesa Réseau
Voltaire con sede en París, Francia. Es el autor de
La gran
impostura y del
Pentagate
La Accademia Nazionale
della Politica celebró del 22 de marzo al 24 de junio de 2003 su quinto
ciclo de estudios políticos titulado: «Poder y comunicación: tótem y
tabú». La Academia es una institución de derecho italiano, con sede en
Palermo y presidida por el profesor Bartolomeo Sammartino. Este ciclo de
estudios fue auspiciado por la presidencia de la República Italiana, la
presidencia del Senado, la presidencia de la Cámara de Diputados y la
presidencia del Consejo de Ministros. El 15 de mayo de 2003, Thierry
Meyssan (presidente de la Red Voltaire), Mimmo Candito (profesor de
periodismo de la Universidad de Turín, jefe del servicio exterior de La
Stampa), y Augusto Sinagra (profesor de Derecho Europeo de la Universidad
La Sapienza de Roma, director de la Rivista della Cooperazione Guiridica
Internazionale), impartieron un curso magistral sobre «Las guerras, el 11
de septiembre y el efecto CNN». La reunión se llevó a cabo en el
prestigioso marco de la villa Malfitano de Palermo.
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