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0605 - Fuente
Red Voltaire -
Idealmente, se percibe a la prensa como un contrapoder y se le acusa de no
realizar su trabajo crítico y fabricar el consentimiento en torno a los
poderes. La crítica tradicional de los medios estima que ahí está la mano
de algunos grandes grupos económicos. Pero se puede pensar que el punto de
bloqueo es más profundo: reside en la noción misma de «información». Ese
término, utilizado con frecuencia, lleva en sí un punto de vista
filosófico y una manera de ser en el mundo. La ideología de la información
se ha convertido en un instrumento de consentimiento y de sometimiento de
las poblaciones
Contrariamente a lo que parece, la libertad de información es una noción
opuesta a la libertad de expresión. La primera consiste en difundir algo
conocido y seguro. La segunda en presentar públicamente una visión
personal. La libertad de información presupone una verdad objetiva, la
libertad de expresión implica que esa verdad lleva a la relación que
mantenemos con algo y no a ese propio algo.
El sistema de la objetividad /
subjetividad
Lo que llamamos
«información» se presenta como un término técnico: se trata de un dato
sobre algo. Ese dato para nosotros tiene un carácter científico: debe ser
exacto. Una información puede ser verdadera o falsa. Cuando se presentan
dos informaciones contradictorias, una debe dar paso a la otra: «No es
posible decirlo todo y lo contrario.» Sin embargo, las informaciones que
tenemos sobre algo puede estar incompletas, pero una información en sí
misma no puede estar incompleta. Es un dato conocido y seguro que puede
completarse con otros datos.
Para describir algo, un
acontecimiento, un hecho, debemos suministrar informaciones objetivas al
respecto. Ciertamente, nos es difícil escapar a nuestra subjetividad, pero
a pesar de todo se debe buscar, con el máximo de fuerza y de honestidad,
la objetividad: entrecruzando los diferentes puntos de vista subjetivos y
abstrayéndonos, en lo posible, de nuestras propias opiniones. Por ende, la
objetividad es un ideal, inaccesible, pero hacia el cual tenemos que
tender con tenacidad.
De ese modo, la objetividad
es la noción fundamental que acompaña a la información. Si podemos
proporcionar informaciones objetivas sobre un hecho, es porque el hecho es
objetivo. Un hecho objetivo no necesita de nosotros para existir, existe
fuera de cualquier relación que podamos tener con él. Ese hecho se nos dio
para observarlo.
La lógica aparente de todo
esto no debe suprimir el debate filosófico sobre la objetividad. Con
frecuencia, ese debate se vincula con la cuestión de la subjetividad.
Estamos de acuerdo en que no es posible conocer un hecho de manera
objetiva y en que debemos admitir y dar a conocer la subjetividad con la
que lo conocemos. Pero entonces, la subjetividad aparece como la crítica
que la objetividad acepta hacerse a sí misma. Se sitúa en el mismo sistema
de pensamiento. La objetividad afirma que las cosas están en sí mismas.
La crítica subjetiva es
conveniente. Le basta con presentar un método de observación: todo depende
del punto de vista con que se mire; por consiguiente debemos decir desde
donde hablamos y también, para acercarnos a la verdad objetiva,
entrecruzar puntos de vista diferentes. Lo ideal de una verdad objetiva
perdura. En su forma más fuerte, la crítica subjetiva hace que parezca
imposible conocer esa verdad. En su forma más débil, se limita a dar una
opinión, una opinión al respecto, sin ponerla en dudas: «Esto es lo que
pienso de lo que todos conocen.» El debate filosófico sobre la información
no se limita, por consiguiente, a afirmar subjetividades.
La relación y la cuestión de nuestro lugar
en el mundo
Esta discusión de aparente
buen sentido entre la objetividad y la subjetividad crea un impassse sobre
un elemento fundamental: la relación. Es cierto que quizás algo no
necesite de mí para existir, pero si hablo del tema establezco una
relación con él. En un momento determinado, en mi campo de percepción está
al mínimo.
Precisamente porque tiene
una relación conmigo hablo del tema, de lo contrario, ni siquiera lo
conocería. Por otra parte, considero que es útil hablar del asunto porque
pienso que eso que tengo en mi campo de percepción incide en mi vida,
directa o indirectamente, física o intelectualmente, etc. La relación que
mantengo con ese algo del que hablo es ahora el punto fundamental. Lo que
diré sobre el tema hablará de nosotros, de la relación que existe entre el
asunto y yo.
El debate sobre la
objetividad de las cosas y el del punto de vista objetivo o subjetivo no
tienen valor alguno si nos colocamos en el campo de la relación. Por el
contrario, la cuestión de la relación aporta una claridad nueva sobre el
uso de la noción de información y objetividad. Cuando pienso en términos
de relación, me pregunto sobre la influencia que ese algo tiene sobre mí y
a la inversa, sobre la que yo puedo tener sobre el asunto.
Cuando me sitúo en el
sistema de la información y la objetividad, aprendo sobre algo y ese
conocimiento, a priori, no tiene ninguna incidencia sobre mí, de igual
modo no se plantea mi capacidad de acción. Por consiguiente, el
pensamiento de la relación implica la interacción entre el mundo y yo:
sondea la influencia, la determinación del mundo con respecto a mí y se
interroga sobre mi capacidad de acción.
Pensar en términos de
relación hace que aparezca la problemática de nuestro lugar en el mundo.
Se percibe entonces que la palabra «información» no es un término técnico,
sino una noción filosófica que lleva en sí misma una concepción del mundo.
El giro de pensamiento objetivo implica un objeto de estudio. La
objetividad supone la objetivización del mundo. Nosotros no vivimos ya en
relación con el mundo, vivimos entre las cosas. Nuestra actividad no se
piensa en términos de relaciones, sino de gestión de las cosas con
respecto a las que conocemos.
De ese modo, el insensible
desplazamiento que se produce de la libertad de expresión a la libertad de
información es paralelo a la disminución de la capacidad de acción del
ciudadano y a la aparición de la figura de gestor. Vemos el mundo como un
conjunto de objetos, nuestra vida en el mundo consiste ahora en
administrar los objetos. Y si todo lo percibimos como tal, aceptamos
también ser transformados en objetos. El triste desencadenamiento del
mundo surge entonces como el producto de la ideología de la objetividad.
Periodistas, sociólogos y otros expertos objetivos trabajan en ese
sentido.
La no posesión del mundo
Para la lógica de la
información, la adquisición de los conocimientos es un fin en sí mismo. Es
objeto de atención de todas las universidades y el objetivo de cualquier
persona culta.
De ese modo, la formación
de un periodista corresponde al aprendizaje de algunas técnicas del oficio
y a la absorción de una «cultura general». La figura del sabio, que no
existe en la sociedad de la información, es remplazada por la del hombre
culto cuyo conocimiento enciclopédico produce admiración, pero mientras
«la suma del conocimiento» se infla vertiginosamente, el ser humano pierde
el vínculo con el mundo. De El Extranjero de Camus a los personajes de
Kafka, la literatura es recorrida por un ser ajeno a su vida.
Perdido en un mundo
incoherente y absurdo, lo observa, lo diseca, lo destruye y no encuentra
en definitiva nada que lo una a él. El hombre enciclopédico no conoce la
experiencia, le interesa todo pero no se implica en nada.
Así, el concepto de
información conduce a nuestra desposesión consentida del mundo. A partir
de ahí, ya no nos parece intolerable que otros vean la realidad por
nosotros y nos digan como es: son simples técnicos que recepcionan y
transmiten informaciones. Un periodista objetivo es un intermediario
técnico. Sus opiniones no deben transparentarse para no crear
interferencias entre nosotros y la información. Los medios no se perciben
como mediadores entre nosotros y la realidad, sino como soportes de
informaciones neutras. Y sin embargo, como vimos que la «información» no
es un término técnico, el «medio» no es tampoco un soporte técnico.
Los medios no conocieron la
revolución vivida por el cristianismo con la Reforma. Antes de la protesta
de Martín Lutero, los sacerdotes eran percibidos como intermediarios
naturales entre los creyentes y la realidad divina. Después de la Reforma,
cada cual pudo leer y comprender la Biblia sin necesidad de una autoridad
eclesiástica.
La prensa ha llevado a las
poblaciones de las democracias a una situación anterior a la Reforma. Ya
no es posible conocer la realidad sin la ayuda de un tercero. En la mente
de cada cual, el periodista no es el que nos vincula con la realidad, sino
alguien sin el cual es imposible conocerla.
Esta situación se justifica
por la contradicción entre nuestra falta de tiempo o de medios y la sed de
conocimientos que tenemos. Quisiéramos conocer lo que sucede de un extremo
al otro del mundo, pero no disponemos de los medios para ir a esos
lugares, tanto más cuanto que nos interesan otros temas. Pero ¿qué
significa ese «interés»?
El interés se manifiesta
hacia las cosas con las que no somos capaces de relacionarnos: no podemos
ir al lugar, y no tenemos tiempo para dedicarle al asunto..., pero
pretendemos que influya en nuestra vidas, incluso que podamos tener una
influencia en el mismo.
¿Cómo puede ser posible?
¿Cómo podríamos actuar sobre algo que no podemos ni siquiera ver con
nuestros propios ojos y con lo que no podemos relacionarnos? Delegando,
por supuesto que sí. Confiamos una vez más en otros para que actúen por
nosotros. Ya no son periodistas, cuya función se limita a reportar, sino,
por ejemplo, políticos humanitarios o militares. De esa manera, actuamos
por delegación sobre las cosas que conocemos por intermediarios.
Podríamos calificar nuestro
margen de maniobras como sigue: consentimos en que se actúe a nuestro
nombre según lo que otros nos han asegurado. La información no produce la
acción sino el consentimiento.
Los intelectuales de los
Estados Unidos Noam Chomsky y Edward S. Herman analizaron principalmente
la fabricación del consentimiento por parte de la prensa como resultado
del sistema económico (Manufacturing Consent, Pantheon
Books, 1988. Éd. francesa: La Fabrique de l’opinion
publique, Le Serpent à plumes, 2003). Además, la formación del
consentimiento no es un derivado del periodismo de información, sino su
propia función.
Que los diarios sean
sometidos a firmas multinacionales y a anunciantes publicitarios poco
importa. Fueron concebidos para informar y no pueden hacer otra cosa que
fabricar consentimiento. Han constituido un proceder intelectual de
sumisión a terceros. El hombre enciclopédico es ajeno a la acción.
Es receptáculo pasivo de
informaciones abstractas. Como espectador educado, a veces no consiente y
critica. Critica sin alcance, y su efecto es darle seguridad en sí mismo
al propio espectador. El estado de espectáculo en que nos encontramos
puede analizarse entonces como provocado por la ideología de la
información.
Debemos tomar conciencia de
las implicaciones fundamentales de la noción banal de «información». La
ideología de la información implica un estado de ánimo, una manera de ser
en el mundo: conocimiento abstracto, alejado de cualquier relación
personal o colectiva; conversión del mundo en un simple objeto de estudio;
gestión de las cosas; gestión de los seres reducidos al estado de cosas;
pasividad en la adquisición del conocimiento; sumisión con respecto a
terceros y delegación, también, de la capacidad de actuar sobre el mundo;
estado de espectáculo; consentimiento; crítica de espectador; pasividad...
La salvaguarda de la
ideología de la información es el método utilizado para mantener a los
ciudadanos en el estado de espectadores que consienten o critican. No se
puede llevar a cabo ninguna lucha democrática aceptando esa ideología que
le es fundamentalmente opuesta. Para la democracia, la información -y por
consiguiente «la libertad de información»- debe combatirse como ideología
de servilismo. En su lugar, debemos defender la libertad de expresión que
implica la relación, la acción, el compromiso.
Hablar del mundo no es un
acto descriptivo, es una acción con resultados: no nos contentamos con
decir algo tal como es, lo hacemos existir de una manera particular. La
información, a través de una descripción seudo científica, reduce al mundo
a una aparente objetividad. La expresión hace que el mundo exista para
nosotros de mil maneras.
La libertad de expresión
lleva a una realidad mucho más rica, más densa y más compleja que la
instituida por la ideología de la información. Sobre todo, nos vuelve a
dar un lugar en el mundo y hace que nuestra capacidad de acción sea
efectiva.
0605 - Fuente
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Idealmente, se percibe a la prensa como un contrapoder y se le acusa de no
realizar su trabajo crítico y fabricar el consentimiento en torno a los
poderes. La crítica tradicional de los medios estima que ahí está la mano
de algunos grandes grupos económicos. Pero se puede pensar que el punto de
bloqueo es más profundo: reside en la noción misma de «información». Ese
término, utilizado con frecuencia, lleva en sí un punto de vista
filosófico y una manera de ser en el mundo. La ideología de la información
se ha convertido en un instrumento de consentimiento y de sometimiento de
las poblaciones.
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