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Parte 1 /
Parte 2
El título
de esta exposición cita en un sentido bastante laxo la noción de "cronotopo",
que acuñó el gran teórico de la literatura Mijail Bajtin <1989> para
referirse a las formas en que las novelas relatan el tiempo y el
espacio, creando escenarios dialógicos en los que los sujetos
interactúan de una forma particular. Le antepongo un "post" para aludir
a la condición de nuestro presente postmoderno. No estoy muy seguro de
que "posmodernidad" sea la mejor denominación para referirse al
multiforme universo cultural del capitalismo postindustrial, del
capitalismo en la era de la información, pues podría hablarse con buenas
razones de "tardomodernidad" o de "sobremodernidad", como hacen algunos
autores, pero en todo caso utilizo el término de manera puramente
descriptiva. Lo que me interesa es exponer algunas observaciones en
torno a las nuevas formas en que el espacio y el tiempo se construyen,
se representan y experimentan en el mundo contemporáneo, tanto en la
actividad social más general como en las prácticas textuales.
Relojes, mapas, textos
El tiempo
es invención o no es absolutamente nada, dijo el filósofo
Bergson. Siglo
y pico antes, un héroe de la revolución burguesa americana, Franklin,
invitaba a tener muy presente que el tiempo no es otra cosa que dinero.
Creo que ambos enunciados son verdaderos, y que esa aparente paradoja
constituye una clave central del proceso de la modernidad.
Comenzaré
con unas notas genealógicas: qué se hizo del tiempo y el espacio desde
los inicios de ese proceso. Lo fundamental se resume en una noción de
Giddens <1993>, el "desanclaje" (disembedding): la modernidad,
en un proceso que aún hoy continúa, ha desanclado o desarraigado la
actividad y la relación social de los contextos de la experiencia
espacio-temporal inmediata y de la interacción personal, cara a cara,
para reconstruir acciones y relaciones en ámbitos distanciados, no presenciales o, como hoy suele decirse, virtuales. Los medios de
transporte, los medios de comunicación moderna, el dinero, son algunos
de esos contextos desanclados. Murdock <1993: 530> explica que esa
desvinculación estuvo acompañada por un segundo y, en muchos aspectos,
contradictorio movimiento hacia la estandarización, basado en la
imposición de medidas abstractas, uniformes e invariantes. La
estandarización de los calendarios, emparejada a la ascendencia del
tiempo del reloj y a la construcción de una rejilla global de zonas
horarias (medida en grados al este o al oeste del meridiano de Greenwich)
desplazó otros modos de marcar el paso del tiempo, relegándolos a
posiciones subordinadas o localizadas. Estos incluían los movimientos
diurnos de la luz a la oscuridad, los ciclos estacionales, los ritmos
corporales, y los intervalos litúrgicos de fiestas y vigilias. De modo
similar, las unidades estandarizadas de distancia y medida territorial
incorporaron el espacio a un único régimen de medida.
Aunque el
papel de las tecnologías en el desanclaje, la abstracción y la
universalización del espacio-tiempo se hace evidente en hechos
históricos como la generalización del uso del reloj y la estandarización
mundial del tiempo (a partir de 1884), el reloj y su métrica temporal se
impusieron gracias a una compleja confluencia de cambios materiales y
simbólicos: de la economía tradicional al industrialismo, de la
vinculación de la experiencia temporal con los eventos de la comunidad y
con los ciclos cosmológicos a su dependencia de los ritmos de las
máquinas, de la organización de la producción y la distribución
industrial, &c. Este proceso, indistinguible del desarrollo,
implantación y progresiva racionalización del capitalismo, adquiere pues
sentido a la vez en el orden tecnológico y en el económico, en el
político y en el semiótico.
La
temporalidad premoderna tiene carácter cíclico : el tiempo se
mide y representa por referencia a ritmos recurrentes de tipo
cosmológico, biológico, productivo (agricultura y artesanía) y
ritual-religioso. Muchos científicos sociales, desde Durkheim, han
advertido que en las sociedades premodernas la temporalidad cíclica
aportaba a la comunidad "un sentimiento de sí misma" y sustentaba formas
características de socialización, como las de tipo iniciático (Maffesoli
<1985: 169>).
El mito,
escribe Durand <1981: 344>, "es repetición rítmica, con ligeras
variantes, de una creación. Más que contar, como hace la historia,
el papel del mito parece consistir en repetir , como hace la
música". Los mitos, y en general las narraciones orales, responden a un
régimen de temporalidad cíclica tanto en el nivel del relato (la
historia narrada) cuanto en el del discurso (la actividad y el
modo de narrar el relato). La narración de los mitos es cíclica en el
nivel del discurso : está normalmente regida por los ciclos
rituales que los actualizan y de los cuales los propios mitos dan
justificación reflexiva. Pero también es cíclica, por lo general, la
estructuración de los acontecimientos en el nivel del relato
mítico. En particular los antiguos mitos cosmogónicos, según los
célebres análisis de Eliade <1963>, suelen proponer el eterno retorno,
la renovación periódica del mundo y de los héroes como un escenario
mítico-ritual común. Y esos mitos proporcionan también las matrices de
los antiguos calendarios: la renovatio de los ciclos temporales
es una recreación de modelos cosmogónicos.
El mercado
capitalista y la revolución industrial impusieron un régimen de
temporalidad social que ya no era la repetición cíclica: se instauró un
tiempo contable como las mercancías, formal como el valor de cambio,
acumulativo y universalizable como el propio capital. Como señala Martín
Barbero <1987: 99-100>, con la implantación del reloj se hace posible
"la unificación de los tiempos, y el *descubrimiento por el
mercader del valor del tiempo da origen a una nueva moral y una
nueva piedad". Del tiempo del mercader al del capitalismo industrial se
conservará la primacía del tiempo como valor y medida frente al tiempo
vivido, pero también se producirá un cambio profundo: centrándose más en
la producción que en la circulación, la temporalidad se hará lineal,
irreversible y homogénea. Por efecto del industrialismo ya no son los
ritmos cosmológicos del ciclo agrícola sino las secuencias temporales
del nuevo modo de producción (horarios de trabajo y descanso,
calendarios laborales, etc.) las que caracterizan la medida social del
tiempo en la sociedad burguesa.
La
implementación de las técnicas métricas, topográficas, tipográficas y
cartográficas dio sustento instrumental a lo que podría llamarse la
"modernización" del espacio. El dinero y los medios de comunicación son
los mecanismos más notorios del "desanclaje espacial", pero también los
sistemas de transporte, derivados del desarrollo de los mercados y de la
obtención de materias primas para la industria; así se "acortó" el
espacio vivido y adquirieron un nuevo sentido los viajes, los
itinerarios, la percepción de lo local y lo foráneo, las
representaciones que las gentes se hacían del mundo y del transcurrir
del tiempo. Como ha señalado Schudson <1993: 225-226>, el desarrollo del
ferrocarril durante el siglo XIX forzó y brindó la oportunidad a nuevos
estilos de gestión, a nuevos hábitos de los consumidores y, finalmente,
a nuevos modos de ser en el mundo (...) De este modo la historia de la
comunicación no es precisamente la historia de los cambios tecnológicos
que reducen el impacto del tiempo y del espacio en la interacción
humana, sino (de) cambios organizativos sociales que hacen alterar las
coordenadas del tiempo y del espacio deseables y manejables (...) El
efecto directo de una nueva tecnología de la comunicación no se realiza
sobre la *cognición o *la mente tanto como sobre las pautas de
organización y coordinación social a través de las que se organiza la
organización.
Del mismo
modo que las representaciones temporales de la premodernidad remiten a
los ciclos naturales, productivos y rituales de las sociedades
precapitalistas, sus representaciones espaciales hacen referencia a los
territorios ecológicos, geográfico-productivos, habitacionales y
simbólicos en que se desarrolla la vida de la comunidad tradicional. Su
territorio se define por marcas simbólico-rituales y la relación de los
sujetos con el espacio está caracterizada por experiencias directas y
por vinculaciones afectivas. Al tiempo del ciclo corresponde el espacio
del lugar , en el que se "anclan" la vida y las interacciones
cotidianas.
Sin duda
el modelo "insular" del territorio premoderno es una construcción,
incluso una "metáfora", de la antropología clásica, que quizá subestimó
en muchos casos las tramas supralocales al definir los recintos
culturales a los que se aplicaba la observación etnográfica, pero la
discontinuidad entre los lugares y la asincronía de los ciclos es la
base misma de las diferencias culturales tradicionales (Cruces <1997>) y
no cabe negarles, cuando menos, la "objetividad" propia de las
"descripciones densas", es decir, la derivada de las percepciones e
interpretaciones nativas.
Alegato de un jefe indígena al Presidente de
los EE.UU. (1855)
*_"
¿Cómo intentar comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? La idea
nos resulta extraña. Ya que nosotros no poseemos la frescura del aire o
el destello del agua. _Cómo pueden comprarnos esto? (...) Sabemos que el
hombre blanco no entiende nuestras razones. Una porción de nuestra
tierra es lo mismo para él que la siguiente (...) La tierra no es su
hermana, sino su enemiga, y cuando la ha conquistado se retira de ella.
Deja atrás la sepultura de su padre, no le importa. Olvida tanto la
sepultura de su padre como el lugar en que nació su hijo."
(citado
por Ibáñez <1991: 166>)
En los
albores de la modernidad, las técnicas de relojería implementaron la
formalización y la cuantificación del tiempo. Paralelamente, el
desarrollo de la geometría descriptiva condujo a racionalizar las
representaciones espaciales en torno a una concepción perspectiva y a
regularizar y perfeccionar también las representaciones cartográficas
que venían exigidas por la navegación, por la ampliación de los mercados
y por la institución y expansión de los territorios estatales.
A la vez
que acabó con la ordenación tradicional del tiempo, la producción
industrial exigió nuevas formas de agrupamiento espacial: los
emplazamientos fabriles, las zonas de vivienda del proletariado en
nuevos espacios urbanos. Y también formas específicas de vigilancia y de
control de los movimientos espaciales, como el dispositivo del panóptico
aplicado a la planificación urbana o al diseño de las cárceles. La
reorganización espacial se sirvió, consecuentemente, de la creación de
imágenes y procedimientos sígnicos nuevos, geométricos y numéricos, en
sustitución de las expresiones concretas, cualitativas y afectivamente
marcadas de la espacialidad tradicional.
Las casas numeradas
Simmel
<1977: 666 > observó que en la Edad Media las casas se designaban por un
nombre propio, pero la progresiva racionalización del espacio urbano
-coincidente con el proceso mismo de desarrollo de la ciudad- llevó a
sustituir esta forma de denominación por un simple número. La casa
mencionada por un nombre propio, escribe Simmel, *produce una sensación
de individualidad local, evoca la idea de su pertenencia a un mundo
espacial cualitativamente determinado; merced al nombre, asociado
a la representación de la casa, ésta adquiere una existencia
independiente, con matiz individual; gana para el sentimiento una
determinación más precisa que cuando se la designa con números repetidos
uniformemente en todas las casas, y entre los cuales sólo existen
diferencias cuantitativas.
El trabajo
de Alpers <1987>, evidencia que en la pintura holandesa del XVII, en el
diseño de mapas geográficos y de dibujos anatómicos, se da una actitud
epistémica común, orientada hacia una visibilización que, en
estrecha correspondencia con las creencias científicas de la modernidad
temprana, produce representaciones correctas más que "objetos de
interpretación" (Olson <1998:228>). La "representación" se opone aquí,
obviamente, a las orientaciones simbólico-narrativas e interpretativas
premodernas. La nueva episteme de la representación se sustenta
en una cultura psicotécnica a la que Latour caracteriza por la
"consistencia óptica", que permitirá producir inscripciones a la
vez inmutables y móviles del mundo (Latour <1998>). La homogeneización
sensorial y cognitiva hizo posible un control visual universalizable en
el contexto de emergencia de la economía mundial, de la "domesticación
de los flujos" (Mattelart <1995>) y/o de la instauración del
imperialismo.
El mapa
moderno presenta una imagen espacial regida por signos convencionales y
universalizables, válidos por tanto para la representación de cualquier
espacio. Esa imagen es, también, exclusivamente visual, a diferencia de
las representaciones del espacio tradicionales y de las dimanadas de la
experiencia directa (el espacio vivido ), que son imágenes
afectivas y multisensoriales: se suele recordar, por ejemplo, el barrio
o la aldea de la infancia como un ámbito de recorridos y de
acontecimientos sentimentalmente cargados, de sonidos, de aromas, y no
sólo como un entorno visual. El mapa es un procedimiento de objetivación
del espacio que la modernidad ha superpuesto a los croquis del espacio
vivido y, sobre todo, a los croquis compartidos de las tradiciones
locales.
La
producción-lectura del texto escrito, objetivante y orientada a una
acumulación lineal del sentido, inscribió en los discursos el nuevo
régimen de la temporalidad. Las formas textuales de la modernidad
reorganizarán la representación social del tiempo en todos los dominios:
filosófico, científico, histórico, novelesco, y se adscribirán a
formatos homologables también en su identidad espacial. Proceso
inseparable de la ordenación de los flujos textuales que conformará el
espacio público moderno.
El
periodismo, al hacerse masivamente presente en la cotidianidad urbana,
instituye una generalizada expectativa de periodicidad e historicidad
, una percepción de los acontecimientos que, aunque dispersa y
fragmentada, los racionaliza por relación a previsiones y tendencias
históricas, por su referencia a marcos ideológicos y de opinión y por su
relevancia en términos de un supuesto interés nacional: el marco
cultural del estado-nación será reflexivamente construido gracias a la
identidad idiomática de los periódicos y a su jerarquización de las
jurisdicciones geopolíticas. Los periódicos racionalizan y nacionalizan,
produciendo un espacio nuevo de experiencia política y cultural.
Las
concepciones filosóficas del espacio y del tiempo contribuyeron también
a la formación de la subjetividad burguesa. Colón Zayas <1994:
21> advierte el significado que adquiere la concepción filosófica de
Kant en este contexto: al situar el espacio y el tiempo como
condiciones a priori, el autor de la Crítica de la razón pura
estaba suponiendo "un sistema homogéneo en donde los individuos
comparten una subjetividad universal" que les permite una percepción
común, es decir, un nuevo fundamento para el sentido socialmente
compartido del espacio-tiempo. La ilustración construyó una
representación del tiempo que, además de lineal, era teleológica,
orientada a fines: la concepción del progreso histórico, la de la
historia misma entendida como estructura dinámica y totalizadora,
como despliegue de la razón y del sentido moral de los acontecimientos,
son parte fundamental de esa representación del discurrir temporal.
El dominio
del espacio y del tiempo era condición para el proyecto ilustrado de
control del futuro y se trató de conseguir, como señala Harvey <1989>,
mediante la predicción científica, la organización social y la
planificación racional. Como tantas veces se ha dicho, un proyecto de
esa naturaleza supone la extrapolación de la lógica instrumental al
manejo abstracto de las personas. La nueva organización social del
espacio y del tiempo condicionó la transformación de las narraciones
modernas, pero la "modernización" del relato contribuyó a su vez a
construir la cultura y la subjetividad de la modernidad burguesa. Las
siguientes observaciones de Murdock <1993: 532-533> merecen ser citadas:
el supuesto básico del realismo novelesco según el cual una historia
podía ser relatada como si se fuese desenvolviendo de un modo coherente,
un hecho tras otro (Harvey, <1989: 265>) fue socavado por las crecientes
complejidades y conflictos de la dinámica profunda de la modernidad. Las
estructuras del realismo *eran inconsistentes con una realidad en la
cual dos sucesos que ocurrían al mismo tiempo en espacios totalmente
diferentes podían confluir haciendo que cambiase el funcionamiento del
mundo (Harvey, <1989: 265>). Flaubert fue uno de los primeros en
comprenderlo. Él soñaba con narrativas en las que *Todo pudiera sonar
simultáneamente... uno podría escuchar los mugidos del ganado, el
cuchicheo de los amantes, y la retórica de los funcionarios, todo al
mismo tiempo.
Murdock y
Harvey hablan de una estructuración de los acontecimientos narrativos
(en "Madame Bovary" ) que aproxima los espacios y
acorta los tiempos exactamente como la producción y el mercado
capitalistas los comprimen en la actividad económica y social. Y también
del mismo modo en que el procedimiento discursivo del estilo
indirecto libre aproxima los lenguajes y las voces sociales, hasta
confundirlos, bajo la soberanía de una voz narrativa múltiple y
polifónica. El cronotopo novelesco posrealista es, pues, un nuevo
espacio simbólico en el que se representan y constituyen formas
emergentes de la subjetividad y de la experiencia, el cronotopo del
proyecto hegemónico burgués que se realiza como un discurso diálogico
entre hablas y voces sociales. Los análisis de Bajtin <1977, 1986> sobre
el dialogismo novelesco del diecinueve permiten entender que las hablas
sociales y dialectal-regionales así como los discursos ideológicos
subalternos entran en coloquio con una voz autorial simpatizante, del
mismo modo que las clases subalternas y las fracciones de clases estaban
siendo incorporadas en el proceso más amplio de la hegemonía social , un
proceso que es también en sí mismo dialógico (Pechey <1989: 54>).
Por otra
parte, el montaje simultáneo de los mugidos, los cuchicheos y las
retóricas de Flaubert recuerda extraordinariamente la composición
mosaica de los relatos, verbales y diagramáticos en la página del
periódico. Como la narración flaubertiana, el periódico moderno acumula
voces enunciativas que comparecen en una rapsodia de procedimientos
citacionales, proyectando mapas del espacio político y social en el
espacio textual.
Ana-,
multi-, hiper-, des-...: Cronotopos con prefijo
Como en la
narración flaubertiana, la percepción de las "simultaneidades
anacrónicas" en el discurso de las ciencias sociales y del arte de
vanguardia ha sido un ingrediente fundamental del ethos moderno.
Esta percepción está condicionada, más en profundidad, por un doble
proceso: en primer lugar, el de la implementación progresiva de los
procedimientos de inscripción visual que, sustentándose en la
"consistencia óptica", hace posible superponer "imágenes de orígenes y
escalas totalmente diferentes" en todos los órdenes de actividad y de
producción discursiva, como ha señalado Latour <1998>; en segundo lugar,
el proceso de modificación del sensorio en los contextos urbanos
y cosmopolitas, precursivamente explorados por Baudelaire y releídos por
Benjamin, en los que las anacronías más inesperadas, las convergencias
más insólitas de espacios culturales heterogéneos se hacen posibles. Por
ejemplo, y como anota Buck-Morss <1995: 280-281> citando a Benjamin, en
la ciudad moderna el *rostro amenazante y seductor del mito está vivo en
todas partes. Se anuncia en los carteles publicitarios que anuncian
*pasta dental para gigantes, y se escucha el murmullo de su presencia en
los planes urbanos más racionalizados que, *con sus calles uniformes y
sus hileras infinitas de edificios, han realizado el sueño
arquitectónico de los antiguos: el laberinto
El
cronotopo de Nueva York prefigura la antropología.
(Canevacci
<1993: 90-91> comenta las observaciones de J. Clifford sobre la estancia
de Lévi-Strauss en NY, durante los años 40, en la época en que los
artistas del dadá y del surrealismo están también trabajando allí)
*El
destino del estructuralismo fue prefigurado y también concebido en tal
contexto urbano; sin él, sería inconcebible. Aquel método, que refinaba
los instrumentos para interpretar las culturas supervivientes del pasado
más arcaico lleva los indicios de poder haber sido elaborado sólo en el
interior del futuro más sorprendente. Es Nueva York quien, en último
análisis, explica los Nhambiquara. Ella es la metrópolis en cuyo
cronotopo (un "escenario de ficción") fueron escritas Las estructuras
elementales del parentesco , en la que un indio emplumado que usaba
una pluma Parker estaba simultáneamente sentado al lado del antropólogo
y dentro de los libros que éste consultaba en la biblioteca pública de
Nueva York, a pocos metros -como recuerda el propio etnólogo- de donde
Claude Shannon "estaba creando la cibernética" (...)
Todos los
años 40 fueron atravesados por una corriente de correspondencias
vanguardistas entre el arte primitivo y el arte moderno, y un
antropólogo amigo de los surrealistas vivió y elaboró su método
experimentando en primera persona del singular un clima cultural
percibido como "estructural" y "barroco".
La
contracción del tiempo acometida por el desarrollo del industrialismo
alcanza su culminación en la era de la información con el apogeo de los
medios electrónicos, la digitalización de las señales y la implantación
de las tecnologías de la instantaneidad. Las cronologías
derivadas del reloj y la comprensión historicista del discurrir
temporal, consecuencias ambas de la modernidad, son cuestionadas tanto
desde el pensamiento científico-técnico cuanto desde las condiciones de
la experiencia cotidiana. Para el espectador de televisión que, gracias
al tratamiento digital de la imagen, puede presenciar cómo Nat King Cole,
el gran pianista y cantante de jazz muerto en 1965, acompaña a su hija
en un videoclip de los noventa, la simultaneidad de los tiempos
históricos, la vigencia de "contemporaneidades no contemporáneas", no es
una idea abstracta de la sociología de la cultura, sino un percepto, una
experiencia normalizada en lo cotidiano. Para la mujer Masai que puede
"monitorear" en la pantalla sus canciones y relatos "nativos" al cabo de
unos meses, gracias al video y a los procedimientos reflexivos de la
etnografía contemporánea, la sincronización de las diacronías y
diatopías culturales es igualmente normal.
Precisamente como una "contemporaneidad no contemporánea", el tiempo
cíclico de los mitos pervive en la experiencia popular moderna. El
tiempo del ciclo tiene su eje en la fiesta, señala Martín Barbero <1987:
99>, y a través de la fiesta jalona la temporalidad social en las
culturas populares. Pero es también incorporado por los discursos de los
medios masivos: un hecho que hay que interpretar dentro del proceso
global que, desde mediados del XIX, asimila contradictoria,
hegemónicamente, la "cultura popular" y/o las "culturas subalternas", a
la producción y a la distribución simbólicas industrializadas. Algunos
estudios sobre recepción muestran que, junto a las prácticas de
interpretación constituidos en el ejercicio de la lectura lineal
"ilustrada", otros modos de leer actualizan la experiencia de la
temporalidad cíclica. Muñoz <1995: 78-79>, en el contexto urbano
colombiano, observa que las mujeres jóvenes, insertas en la cultura
escolar y educadas desde la infancia en los lenguajes audiovisuales,
hacen una lectura "gramaticalizada" de las telenovelas, una lectura que
activa su competencia letrada y un amplio conocimiento de las reglas del
lenguaje televisivo (géneros, citas, montaje, &c.). Las mujeres mayores
de las clases populares, en cambio, practican una lectura "textualizada"
(basada en operaciones analógico-referenciales) de los melodramas
televisivos, que se incardina intensamente en sus sentimientos y
experiencias cotidianas, en los que la vivencia de la repetición cíclica
ocupa un destacable lugar.
La
temporalidad construida por los discursos masivos es, en suma,
multitemporal , las representaciones del tiempo en la cultura de
masas son deudoras de matrices culturales múltiples . Martín
Barbero <1987: 236-237> lo ha señalado específicamente respecto al
discurso televisivo. En nuestra sociedad coexisten un "tiempo
productivo", un tiempo del capital que "corre" y se mide, y un tiempo de
la cotidianeidad que es repetitivo, cíclico y hecho de fragmentos. El
discurso de la televisión no sólo hace amalgama de ambas temporalidades;
es también una instancia de mediación entre ellas:
_Y no
es insertándose en el tiempo del ritual y la rutina como la
televisión inscribe la cotidianidad en el mercado? El tiempo en que
organiza su programación la televisión contiene la forma de la
rentabilidad y del palinsesto , de un entramado de
géneros. Cada programa o, mejor, cada texto televisivo, remite su
sentido al cruce de los géneros y los tiempos. En cuanto género
pertenece a una familia de textos (...). En cuanto tiempo
"ocupado", cada texto remite a la secuencia horaria (...)
Así,
el tiempo de la serie habla el idioma del sistema productivo
-el de la estandarización- pero bajo él pueden oirse también otros
idiomas: el del cuento popular y la canción con estribillo y el
relato de aventura (...)
La
serie y los géneros hacen ahora la mediación entre el tiempo del
capital y el tiempo de la cotidianidad.
Si las
representaciones ilustradas del tiempo tienen su matriz en la imagen
lineal y proyectiva de la cronología histórica , muchas
representaciones massmediadas del tiempo son deudoras de las
anacronías y sincronías entre tiempos histórico-culturales
heterogéneos. Y, retroactivamente, la cultura espectacularizante de los
medios, a través de una influencia ubicua y capilar, se inscribe en las
prácticas populares (fiestas, contextos cotidianos, &c.) para
transfigurar los proceso simbólicos de la tradición, como ha mostrado
Cruces en diversos trabajos etnográficos <1994, 1997>.
"Meter
deprisa al santo, que vienen las Mamachichos"
*Las "Mamachichos"
habían sido anunciadas como plato fuerte de la programación municipal:
el número consistía en un desfile de bailarinas brasileñas a ritmo de
tambor por las mismas calles por donde minutos antes pasara el apóstol
Santiago. La denominación hace alusión a un programa televisivo cuya
principal característica es la desnudez y la opulencia de las
presentadoras. Ese, precisamente, era el único rasgo en común con el
espectáculo de samba. Cuatro o cinco intérpretes morenas, escasas de
ropa, interpretaron danzas acordes con lo que quienes nunca hemos estado
en Río de Janeiro imaginamos que son sus carnavales. Entre los miembros
del público hubo opiniones variadas sobre el mérito y la moralidad de la
actuación; de lo que no cupo duda es de que opacaba el protagonismo de
la procesión.
(...) Hay
que señalar que lo que se da no es propiamente una sustitución de
tiempos (fiestas de verano vs. fiestas de carnaval), ni de un tipo de
práctica pasada de moda por otra puesta al día (procesión vs. show),
sino una revoltura de esas distintas cosas, que coexisten de forma más o
menos conflictiva.
La
irrupción de las mamachichos brasileñas con su samba extemporánea en el
espacio de las montañas cacereñas resulta especialmente sintomática
teniendo en cuenta que viene a producirse justamente en la fiesta del
patrón -el momento tradicionalmente marcado para afirmar la renovación
del ciclo.
(...) Lo
que aquí interesa es es el hecho de que [los procesos de re-tradicionalización]
suponen el desbordamiento de los límites territoriales y temporales que
venían contenidos en el modelo de la fiesta local, tradicional y
comunitaria. Hoy día no cabe mirar los hechos de identidad al margen de
los circuitos mediáticos, políticos y de mercado que los resitúan en una
órbita supralocal
(Cruces<1997>)
Hoy pueden
reconocerse en distintos contextos simbólicos formas de temporalidad,
hipercronías, que, conjuntamente trabajadas por las ficciones
massmediáticas y por las nuevas experiencias tecnológicas nos permiten
concebir y experimentar no ya sólo la "revoltura" de cronotopías
heterogéneas, sino la inversión cronológica (como el "retorno al
futuro"), la detención del tiempo, su aceleración y el efecto de
instantaneidad. Imágenes, en suma, transversales y reversibles
del tiempo.
Es también Cruces <1997> quien, evocando nuevamente las
observaciones de Benjamin respecto al sensorio de la modernidad,
especifica algunos patrones estéticos y éticos del sujeto contemporáneo
en su relación con el tiempo: la contrafacticidad ,
racionalización que trata de someter el curso temporal a planificación y
programa (un efecto resultante de la pervivencia del proyecto
ilustrado); el presentismo , o invasión del "aquí-ahora" , que
ensancha las dimensiones del presente "difuminando las del futuro e
instrumentalizando las del pasado"; y la aceleración de los
ritmos de vida impuesta por los procesos de obsolescencia y competencia
del mercado, que suscita un intenso ethos de fugacidad e
impaciencia, precozmente descrito por Simmel <1988> en su ensayo sobre
la moda.
Moderno viene de moda: cronotopía simmeliana
*La
enorme primacía que adquiere la moda en la cultura contemporánea
-penetrando en territorios aún no hollados y en los ya poseídos desde
mucho antes intensificándose, esto es, intensificando sin cesar el
tempo de su variación- no es sino la concreción de un rasgo
psicológico de la época. Nuestro ritmo interno exige períodos cada vez
más breves en el cambio de las impresiones. O dicho de otro modo: el
acento de los estímulos se desplaza de modo creciente desde su centro
sustancial a su comienzo y a su final. Esta circunstancia se pone de
manifiesto aun en los síntomas más mínimos, como por ejemplo, la
sustitución cada vez más extendida del cigarro por el cigarrillo. Se
hace asimismo patente en el ansia de viajar, que fracciona los años en
un gran número de períodos breves y acentúa fuertemente los momentos de
las despedidas y los recibimientos. El tempo *impaciente
específico de la vida moderna indica no sólo el ansia de un rápido
cambio de los contenidos cualitativos de la vida, sino también la
potencia que adquiere el atractivo formal de los límites, del comienzo y
del final, del llegar y del irse.
(Simmel<1988:
36>)
Virilio <1992: 40-41> habla de la nueva "tiranía del tiempo real" que
favorece la extensión de la desocupación en la misma medida en que
incrementa la velocidad de los intercambios, y que nos aleja de las
personas "próximas" en el mismo grado en que nos aproxima a las
"lejanas". Con la comunicación en tiempo real las relaciones sociales en
su conjunto, y la vida urbana en particular, experimentan mutaciones que
este autor aproxima a modelos patológicos:
La vieja
Ciudad se convierte poco a poco en una Metaciudad, una aglomeración más
"teletópica" que tópica y territorial, donde las habituales relaciones
de contigüidd ceden el puesto a las interrelaciones a distancia (...)
Allí donde
la motorización de los transportes y de la información (el automóvil, el
cine, &c.) provocó en su día una movilización general de las poblaciones
arrastradas al éxodo del trabajo y del ocio, los medios de transmisión
instantánea provocan, por el contrario, una inercia creciente (...)
Teleadquisiciones, teletrabajo a domicilio, cocooning, smart house,
smart building : (...) "urbanización del tiempo real" que no es otra
cosa que la del cuerpo mismo del ciudadano, "ciudadano terminal"
sobreequipado de prótesis de todo tipo, y cuyo modelo patológico es la
"minusvalía motorizada", parapléjica o tetrapléjica.
Desterritorios astronáuticos
*Ocurrió
hace unos años, durante el espectáculo de la entrega del Oscar, en las
pantallas de casi todos los televisores del planeta (el acto no se
transmite a todo el mundo porque sea muy importante, sino que es muy
importante porque se transmite a todo el mundo). En el momento
"estelar", conexión en directo con la nave espacial Atlantis: su
tripulación se incorpora al show , al gran reparto de estrellas, y lo
estelar totaliza por fin todo su capital semántico. Por si había alguna
duda sobre la afinidad entre las ficciones galácticas del cine y las
aventuras "reales" de la NASA, los astronautas felicitan al cineasta G.
Lukas: lealtades entre la gran familia incestuosa de la superproducción
tecnomilitar y cultural.
Por
aquellos días un astronauta soviético largamente abandonado a la
fatalidad de su órbita _por problemas presupuestarios? acababa de ser
recuperado, en un gesto casi compasivo, decididamente humanitario, de
Yeltsin. Aterrizada metáfora, el cosmonauta regresaba a un Estado que
era ya otro que el que lo había propulsado, recubierto quizá de
símbolos en pretérito perfecto (las siglas CCCP, alguna hoz con martillo
todavía fuertemente hilvanada entre los pliegues del traje espacial...)
e inhabilitado para el deseo de alguna condecoración (_"héroe de la
Unión Soviética"?) que imprimiría en su solapa la solemnidad del
epitafio. Hace muy poco, para tornar verosímiles desfases de este tipo,
los novelistas de ciencia-ficción debían recurrir a tediosas teorías de
física paracientífica. _El astronauta volvía al futuro, o al pasado; a
un estado destruido o a otro por construir? Si Yeltsin no le arrancó la
imaginería bolchevique del traje espacial , con el gesto decidido de la
degradación, fue quizá porque, mientras abría su sonrisa de vendedor de
vehículos siniestrados, se apiadó de verlo tan desterrado en el tiempo,
tan extemporáneo en el espacio, tan impertinente.
Los
astronautas del Oscar, extrañamente laicos, sin escafandras ni
llamativos uniformes militares, como un jovial equipo olímpico de
vacaciones, presentaron su contribución al show : un bonito
número de ingravidez con la estatuilla del Oscar.
El
símbolo emblemático del espectáculo transnacional , ingrávido, flotante,
se hacía enseña de la potencia victoriosa. _Cómo no pensar en los
emblemas contrapuestos de la potencia derrotada, aquellas cataratas de
chatarra condecorativa que ampollaban con pesantez gerontológica los
bustos de los mariscales ? Todo lo que pesa demasiado acaba por caer,
como la nave del astronauta despresupuestado. La flotación (no sólo de
los signos, sino de todos los valores, incluidos los monetarios) ha
vencido. Y el tiempo aniquila al espacio: la instantaneidad viriliana
que me conecta en tiempo real , teleciudadano de Cosmolandia, con el
bombardeo spielbergiano de Bagdad, con la ocupación coppoliana de
Mogadiscio. Haciéndome partícipe de la victoria performativa que se
efectúa ya en la instantaneidad y la telecomunicación de la imagen, aun
antes de que se desvele el efecto mortífero de las armas. _Qué
territorio resiste semejante velocidad?
La
potencia derrotada es la que ha perdido su hora, la que ha perdido el
tiempo , tanto el tiempo histórico de la experiencia bolchevique
como el poder tecnológico de la instataneidad. La victoria del tiempo
(de la circulación y la teleconexión ) sobre el espacio (territorial)
deja definitivamente descolocado, en desterritorio, al cosmonauta ruso
que aterriza sobre el estruendo sangriento de las re-territorializaciones
de la Europa oriental (pues no se rehace territorio sin terror).
Y cada
televidente, frente al espectáculo del Oscar, puede preguntarse si es
vencedor, víctima, rehén o saqueador del botín más abstracto de la
historia. (Abril, 1995)
La
temporalidad moderna, lineal, irreversible y medible, "se está haciendo
pedazos en la sociedad red", afirma Castells <1997: cap. 7>, mientras se
crea un tiempo atemporal, autosostenido, aleatorio, incurrente,
que gracias a la tecnología puede "escapar de los contextos de su
existencia y apropiarse selectivamente de cualquier valor que cada
contexto pueda ofrecer al presente eterno". El autor recorre las
múltiples dimensiones y escenas de la sociedad contemporánea en la que
parece imponerse el tiempo atemporal: el mercado de capital global y
unificado funciona en tiempo real; el tiempo se flexibiliza y procesa en
la "empresa red"; los ritmos biológicos y sociales asociados al ciclo
vital se rompen; el tiempo laboral a lo largo de la vida se acorta y
pierde su centralidad social; la referencia a la muerte se borra para
propucir una ilusión de eternidad; las guerras se pretenden
instantáneas, &c.
La música del presente eterno
*Quizá la
música de la New Age, tan característica del gusto de los profesionales
actuales de todo el mundo, sea representativa de la dimensión atemporal
de la cultura emergente, uniendo la meditación budista reconstruida, la
creación de sonido electrónico y la complicada composición californiana.
El arpa eléctrica de Hillary Staggs, que modula la gama de las notas
elementales en una variación infinita de una melodía simple, o las
largas pausas y las repentinas alteraciones de volumen de la dolorosa
serenidad de Ray Lynch, combinan dentro del mismo texto musical un
sentimiento de distancia y repetición con el surgimiento súbito de un
sentimiento contenido, como señales luminosas de vida en el océano de la
eternidad, un sentimiento que suele subrayar un sonido de fondo de olas
marinas o del viento del desierto en muchas composiciones de la New Age.
Al asumir, como yo hago, que ésta es la música clásica de nuestra época
y al observar su influencia en tantos contextos diferentes, pero siempre
entre los mismos grupos sociales, cabe sugerir que la manipulación del
tiempo es el tema recurrente de las nuevas expresiones culturales. Una
manipulación obsesionada por la referencia binaria a la instantaneidad y
a la eternidad: yo y el universo, el yo y la red. Esa reconciliación,
que funde realmente al individuo biológico con el todo cosmológico, sólo
puede lograrse si se fusionan todos los tiempos, de nuestra misma
creación al fin del universo. La atemporalidad es el tema recurrente de
las expresiones culturales de nuestra era, ya sea en los destellos
súbitos de los videoclips o en los ecos eternos del espiritualismo
electrónico. (Castells, 1997: 498)
La sociedad postindustrial lleva también a sus últimas consecuencias los
procesos modernos de organización desanclada del espacio: la plena
separación del espacio comunicativo de los contextos de presencia; la
imposición de formas de relación social que combinan la intimidad y la
distancia y que "deslocalizan" el lazo social hasta hacerlo puramente
funcional a los movimientos del capital (Martín Barbero <1997>); la
transformazación del entorno urbano en una red de transportes y
servicios, no estructurado ya en torno a centros comunitarios. Murdock
<1993: 535> escribe al respecto:
Los
nuevos procedimientos de comunicación también engendran formas
enteramente nuevas de espacio. Lo que hoy se llama "dataspacio", por
ejemplo, es el más reciente resultado de un largo proceso por el
cual las medidas del valor de cambio se han hecho cada vez menos
tangibles. A medida que se fue desarrollando la dinámica económica
de la modernidad, la acuñación en oro fue cediendo el paso a los
billetes impresos respaldados por el oro, que a su vez cedieron paso
al "puro" papel moneda, que es luego traducido a registros en un
ordenador, de tal modo que el dinero de mi cuenta bancaria hoy día
existe *sólo como un objeto en el dataspacio, ubicado en la sección
definida por el ordenador de mi banco. En tanto que tiene una
representación física como un patrón de magnetización en un disco,
su "realidad" se da en el dominio del dataspacio definido por el
ordenador [B. Thompson].
Pero este
dataspacio no es más que una dimensión del que Castells <1997> denomina
"espacio de los flujos" (por oposición al "espacio de los lugares"). Las
redes informáticas proporcionan el soporte material del poder
financiero, del control militar y policial, del conocimiento científico
y de todas las instituciones informativas contemporáneas. Suministran
también un ámbito de mediación: es en la nueva tecnoesfera donde se
conectan "la organización de las redes que rigen la producción y
circulación de las mercancías con las imágenes que orientan el consumo"
(Martín Barbero <1997>).
El espacio
de los flujos abre un nuevo ámbito de la experiencia. Murdock <1993:
531> evoca la figura del "hiperespacio" ejemplificada por el análisis
que Jameson <1984> realiza del hotel Bonaventure, en Los Angeles:
en él es ya imposible la certidumbre de una localización que remita a un
"mundo externo cartografiable"; los ascensores conducen directamente a
los pisos, sin espacios de distribución, y los visitantes se ven envueltos
en el "entorno autocontenido del edificio", desgajado del exterior (una
impresión que se refuerza por los cristales reflectantes del exterior).
Este hiperespacio es para Jameson un símbolo de "la incapacidad de
nuestra mente para cartografiar la inmensa red global de comunicación
multinacional y descentrada en que nos hallamos atrapados como sujetos
individuales". Espacios como éste, como el aeropuerto, el centro
comercial o el autoservicio de autopista, han recibido de Augé la
exitosa denominación de "no-lugares", aun cuando les convendría también
la de "no-entornos": son encrucijadas o nudos en la red de los flujos
desprovistos de identidad local, señalizados funcionalmente y extendidos
por todo el mundo; "su capacidad para evocar un sentimiento de
familiaridad en el usuario estriba, paradójicamente, en haber abolido
suficientemente toda marca particular" (Cruces <1997>).
El espacio
de los flujos trasciende incluso las barreras materiales y simbólicas
entre los reinos biológicos, entre la naturaleza y la cultura: la oveja
Dolly es el emblema más notorio de esa extrapolación, los
xenotrasplantes (trasplantes de órganos animales a cuerpos humanos)
abren la posibilidad de una interconexión funcional ilimitada entre los
organismos vivos... Las prácticas tecnológicas ejercen ya un monismo
aplicado .
Querencias y astucias territoriales
Ante un
paisaje como el descrito, el de la disolución del tiempo cronológico y
del lugar, el de los destiempos y los flujos, el de los espacios
sociales que han de ser denominados con prefijo para señalar modos de
sociabilidad sui generis, los filósofos y los científicos
sociales suelen hablar de crisis, de una crisis profunda, civilizatoria,
que afecta a las dos dimensiones complementarias de la Ley
social: la leg ibilidad y la leg itimidad, es decir, al
ámbito de las instituciones simbólicos-interpretativas y al de las
instituciones político-jurídicas.
Respecto a
la primera se tematiza, por ejemplo, la ininteligibilidad de la ciudad
contemporánea, la ilegibilidad de los textos, la pérdida de valor del
lenguaje como vínculo y como parapeto simbólico frente a la semiorragia,
la incapacidad de interpretar los acontecimientos y de comprender las
relaciones humanas... Se diagnostica así la pérdida del sentido y el
inevitable naufragio del sujeto, incluso de la posibilidad misma de
constituirse reflexivamente, en un contexto de quiebra del tiempo y el
espacio entendidos como condiciones kantianas de la experiencia.
Respecto a
la segunda se habla de la crisis del estado-nación y de la democracia
política moderna, amenazados desde "arriba" y desde "abajo" por un
enfrentamiento polarizado entre el proceso globalizador y los brotes de
las "reterritorializaciones" nacionalistas, étnicas, religiosas, &c. El
escenario se dibuja a veces de forma maniquea, cuando se recuerdan los
componentes premodernos y bárbaros de las querencias "reterritorializadoras"
pero se silencian los pecadillos de imperialismo y de eurocentrismo de
que adolecen las prácticas económicas, políticas y culturales de la
mundialización, e incluso muchos discursos ideológicos sobre el
"universalismo" y la "multiculturalidad" que tratan de legitimarlas.
Me atrevo
a decir que, pese a su deslumbrante y poderosa maquinaria sociológica,
Castells <1998: 23-24> incurre en cierto reduccionismo cuando opone
"globalización" a "identidad", cuando frente a la "sociedad red" que
emerge de la revolución tecnológica, de la reestructuración del
capitalismo y del espacio de los flujos, presenta como fuerza antagónica
la "marejada de vigorosas expresiones de identidad colectiva que
desafían la globalización y el cosmopolitismo en nombre de la
singularidad cultural y del control de la gente sobre sus vidas y
entornos", expresiones tan diversas, por otro lado, como el
fundamentalismo religioso, el nacionalismo, los movimientos etnicistas,
el feminismo o el ecologismo. La dicotomía de Castells es, por otro
lado, muy congruente con la que anteriormente ha presentado como
"esquizofrenia estructural entre dos lógicas espaciales que amenaza con
romper los canales de comunicación de la sociedad": la lógica de los
flujos , que organizan la función y el poder, y la lógica de los
lugares, que proporcionan el ámbito de la experiencia y del sentido.
El espacio interconectado y ahistórico de los flujos tiende a imponerse
a los lugares, cada vez más segmentados e incapaces de compartir códigos
culturales (Castells <1997: 461-462>).
Mis
objeciones a este enfoque serían demasiado mostrencas sin el respaldo de
argumentos de sociología de la cultura mucho más autorizados que los
míos:
Un
sociólogo brasileiro, R. Ortiz, propone reinterpretar las relaciones
entre lo global/nacional/local como transversalidad y no como una
jerarquía de unidades estancas, intrínsecamente opuestas entre sí.
Erróneamente, argumenta Ortiz <1996: 15-18>, se suele asociar lo
cotidiano a los hábitos enraizados en el espacio local, pero lo nacional
y lo global también requieren ser encarnados en vivencias, y de hecho lo
han sido en virtud de un largo proceso de rutinización de los modos de
vida: la ideología de Estado se transforma en cultura, pero también el
espacio global "se materializa en cuanto cotidianeidad" -inscribiendo,
obviamente, en ella los intereses políticos y económicos dominantes- en
los nuevos "lugares" del entrecruzamiento. Y aquí las comillas son
pertinentes, porque no se trata, en efecto, de localidades físicamente
reconocibles, pero tampoco de "no-lugares", sino de "territorialidades"
desvinculadas del medio físico que se constituyen en los modos de vida
de cada vez más grupos sociales:
Algunos comportamientos relativos al consumo y al modo de
organización de la vida son análogos en Tokio, París, Nueva York,
Sao Paulo o Londres. Esas semejanzas posibilitan a los
administradores de las transnacionales concebir y llevar a cabo una
estrategia de persuasión y de ventas a escala planetaria. A tales
modos análogos de comportarse, divertirse y desplazarse corresponde
un marketing global. Así son ensamblados pedazos de estratos
espaciales de consumo, distribuidos de manera desigual por el
planeta. Esto sucede también con la *juventud, es decir con los
jóvenes de una clase media mundializada: sus hábitos, símbolos,
héroes juveniles, músicas, gusto y vestimenta son los mismos,
independientemente de las nacionalidades.
La
reterritorialización se hace posible en virtud de una cultura y de
un imaginario "internacional-popular" (como los denomina Ortiz, buscando
seguramente un eco contrapuntístico a lo "nacional-popular" de Gramsci)
que consta de la referencias desterritorializadas construidas en los
medios masivos y, cada vez más, en el ciberespacio. Emergen así una
"territorialidad desarraigada" en un espacio global que no se define ya
geográficamente, ni se limita al proceso económico de la mundialización,
y un sentido del "lugar" que inscribe el entrecruzamiento de
espacialidades diversas, y por supuesto de vectores de dominación en
distinto grado de acomodación y conflicto.
Martín
Barbero <1997>, al hacer una lectura de la contemporaneidad cultural
latinoamericana, diagnostica tres hechos: la crisis del estado-nación,
la revalorización de la identidad y el estallamiento de la equivalencia
nación=identidad por efecto de la globalización y de la reivindicación
de lo local. Hasta aquí no hay incongruencia con la perspectiva de
Castells. Pero sí puede haberla, me parece, a la hora de entender el
dinamismo de las identidades: según Martín Barbero, en el mundo
contemporáneo tanto la idea como la experiencia de la identidad desborda
los marcos interpretativos tanto de una antropología de lo
tradicional-autóctono (es decir, la "lógica del lugar"), cuanto de una
sociología de lo moderno-universal (es decir, la "lógica de los
flujos"). El ejemplo de las "Mamachichos" y los comentarios de Cruces
antes mencionados ilustran esta idea, pero vale la pena citar un poco
más extensamente a Martín Barbero <1997>:
Redefinida como "una construcción imaginaria que se relata" [N.
García Canclini] la identidad no puede seguir siendo pensada como
expresión de una sola cultura homogénea perfectamente distinguible y
coherente (...) Hoy nuestras identidades -incluidas las de los
indígenas- son cada día más multilingüísticas y transterritoriales.
Y se constituyen no sólo de las diferencias entre culturas
desarrolladas separadamente sino mediante las desiguales
apropiaciones y combinaciones que los diversos grupos hacen de
elementos de distintas sociedades y de la suya propia.
Lo que
nos devuelve a la multiculturalidad de la ciudad; es en ella mucho
más que en el Estado donde se incardinan las nuevas identidades
hechas de imaginerías nacionales, tradiciones locales y flujos de
información transnacionales, y donde se configuran nuevos modos de
representación y participación política, es decir nuevas modalidades
de ciudadanía.
Pensar
desde ahí la multiculturalidad implica serios retos teóricos y
metodológicos para los investigadores de las ciencias sociales pues
su comprensión exige el estallido de las fronteras disciplinarias y
la configuración de objetos (de conocimiento) móviles,
nómadas, de contornos difusos, imposibles de encerrar en las
mallas de un saber positivo y rígidamente parcelado. Ahí apunta
lúcidamente C. Geertz cuando señala: "lo que estamos viendo no es
simplemente otro trazado del mapa cultural -el movimiento de unas
pocas fronteras en disputa, el dibujo de algunos pintorescos lagos
de montaña- sino una alteración de los principios del mapeado"
El lugar como ámbito virtual y no ya geográfico de
entrecruzamiento y transglosia cultural, la constitución
transterritorial de las identidades y el desdibujamiento de las
raíces... Nada de esto puede entenderse sin una simultánea revisión de
nuestras concepciones sobre el desplazamiento , que hoy día
remite a fenómenos tan extraordinarios y tan heterogéneos como la
migración masiva de las poblaciones, el viaje turístico convertido en la
industria global más productiva o el "viaje virtual" a través de
Internet. De ahí el interés de exhortaciones como las de Clifford <1995>
respecto a los cronotopos del viaje, cuando invita a indagar los
itinerarios/enraizamientos de tribus, barrios y favelas de inmigrantes,
que atraviesan y cuestionan la "interioridad" de las viejas comunidades
tanto como la "exterioridad" del viaje tradicional; a examinar la
frontera como espacio de "hibridación y lucha, vigilancia y
trasgresión",
a vérselas con culturas que pueden ser estudiadas a la vez en su espacio
geográfico de origen y en los grandes centros metropolitanos... cuando
no en el intervalo del transporte que los une.
Parte 1 /
Parte 2
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