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Parte 1 / Parte 2
Un autobús volador
*Tal vez
algunos de ustedes conozcan el exuberante relato de Luis Rafael Sánchez
*The Airbus (...) Lo que conocemos como *cultura puertorriqueña estalla
con un escándalo de risas y de conversación desbordante durante un
rutinario vuelo nocturno entre San Juan y Nueva York. Casi todo el mundo
está viajando constantemente... Lo normal no sería ya preguntar: *_De
dónde es usted?, sino *_De dónde viene y a dónde va? (la pregunta de la
identidad intercultural). Hay puertorriqueños que no pueden soportar la
idea de residir en Nueva York. Que guardan su billete de regreso como si
fuese un tesoro. Puertorriqueños que *allí se ahogan y *aquí resucitan.
"Puertorriqueños permanentemente instalados en un territorio que flota
entre el acá y el allá y que de algún modo deben quitar solemnidad al
viaje, convertirlo en poco más que un breve recorrido en un autobús, en
esta ocasión volador, que flota sobre el riachuelo a que los
puertorriqueños han reducido el océano Atlántico".
(Clifford <1995:70>)
Muchos de
esos viajes no son sino una expresión situacional de las
"territorialidades desarraigadas" de que habla Ortiz . Y del mismo modo
que la figura antropológica del loco puede ser entendida como "un
mensajero interceptado en el umbral entre dos mundos" (Abril<1995>), el
locus al que tratamos aún de adscribir la idiosincrasia de muchas
identidades contemporáneas, incluyendo las nuestras, podría ser
entendido como el resultado de una "sincronización" ideológica, de un
intento casi desesperado por atrapar en las categorías estáticas del
localismo el devenir astuto de los nuevos modos de ser y de sentir que
sólo alientan en la errancia, ya sea geográfica, simbólica, imaginaria o
virtual. Porque contra el trasfondo histórico de los viejos
territorios étnicos, lingüístico-semióticos, nacional-estatales, más
o menos colapsados, más o menos recalcitrantes en su legibilidad y en su
legitimidad, lo que hoy se dibujan son las figuras -nuevamente con
prefijo- de los proterritorios, los paraterritorios y los
transterritorios de múltiples tendencias y querencias "reterritorializadoras": El
proterritorio , territorio en el modo incoativo, o frontera que
propende a territorio, florece en los espacios limítrofes. Lo
"limítrofe" consta de límite más alimento (limes + tréf_
), pues es originariamente la zona de cultivo que defiende una frontera:
*campo atribuido a los soldados que guardaban las fronteras, para
atender a su subsistencia (Diccionario Etimológico de Corominas). Las
ciudades de frontera (las Tijuanas del mundo) ejemplifican hoy la
potencia reterritorializadora de esas encrucijadas que, aun siendo
puestos de vigilancia y control selectivo de poblaciones y clases, son
también generadoras de intercambio, interfaz e hibridación cultural.
Son
estrategias de lo limítrofe , en algún momento de la metamorfosis
que va de lo liminar a lo territorial, las que rigen algunos nuevos
modos de vida, de producción y de expresión, en la frontera entre la
resistencia y el pacto, entre la supervivencia y el mercado, el
asentamiento y el desplazamiento, la "necesidad radical" y la
oportunidad coyuntural: es el caso de los "centros sociales okupados"
que, en los bordes de los centros urbanos sometidos a gentrificación,
y en condiciones de asentamiento precario, reúnen a jóvenes radicales de
la clase media con inmigrantes y grupos muy diversos de activistas
culturales y políticos, que tratan de constituirse en "laboratorios" de
comunidad y de modos de vida alternativos.
El
paraterritorio no es un territorio local ni un territorio incoativo,
sino un circuito parcialmente aleatorio, a través de umbrales y "no
lugares", en el que se producen relaciones contingentes. En Abril <1995>
tomé el ejemplo de lo que entonces se llamaba "ruta del bakalao" para
ilustrar esta cronotopía; en ella se tejían y destejían lazos a través
de los umbrales del tiempo y el espacio reglados por los adultos: la
noche, la madrugada, el fin de semana ampliado, la periferia urbana, o
más bien las áreas metropolitanas en cuanto espacios de flujo, de
circulación. A juzgar por las interpretaciones de l@s partícipes, en
general muchachos muy jóvenes y de diferentes clases sociales, el paraterritorio es un circuito, una red de itinerarios sólo en parte
programados: se circula a través de "sitios", encrucijadas contingentes
y débilmente diferenciadas: la discoteca, el aparcamiento o el propio
coche. La relación social consta de contactos múltiples con personas
conocidas y desconocidas, de las que se valora, precisamente, la
disposición al contacto ("abiertos", "simpáticos", "cachondos"). La ruta
teje una comunidad proxémica en constante mutación, que se mueve gracias
a y en pos de la experiencia de la flotación (el "flipe") inducida por
el alcohol y los estimulantes, la hiperestesia (pantallas, chorros de
luz y de sonido en las discotecas), el trance del baile. El circuito es,
en la práctica, recursivo, hecho de circuitos concéntricos: el de la
deriva automovilística, el del tráfico de las drogas, el de los afectos
y afinidades.
Paraterritorio urbano
"El
miércoles por la mañana aparecí en Toledo; no sabía como había llegado
allí, me dolía todo el cuerpo, adelgacé cinco kilos, los pantalones de
cuero me habían hecho heridas de tanto bailar y en mi casa no sabían
nada de mí desde el sábado" (...) Mi movida fue el 22 de abril, un
sábado. Estaba en el cumpleaños de un amigo, en Torrejón, y me perdí (ya
llevaba un montón de cubatas) pero me encontré con un amigo en un pub y
me dijo "vámonos a Madrid de marcha". Me quedé dormido y cuando desperté
estábamos en Radikal (Alcalá), a eso de las 6 de la mañana. Lo típico:
beber, beber...Luego nos fuimos a Panteón (Alcalá), nos metimos una
tralla de coca, pastillas de éxtasis, un cachito, otro cachito...Luego a
Attika (San Fernando) , bakalao hasta las dos de la tarde del domingo.
Otra vez a Radikal, el domingo por la tarde. En el parking llevaba un
cuelgue total, me dio una cosa rara y no sé por qué me metí debajo de un
camión...Pero luego se me pasó, más pastillas, más hablar con todo el
mundo, hablaba por los codos, gente que conocíamos y que no conocíamos"
(...) "En La Industria (Coslada) más baile, más cachondeo: en la
discoteca, en el coche, en el parking" (...) "Luego creo que nos fuimos
a Speka, en Nuevos Ministerios (Madrid); más baile, gente muy
psicodélica, muy abierta y simpática" (...) "En Saratoga, más cachondeo,
más música, bailando como si te dieran cuerda , daba igual que fuera de
día o de noche... Yo, incluso, bailaba con los intermitentes del coche"
(...) "El lunes, a las siete de la mañana, estábamos en un pub de Oporto
(Madrid), en el parking. Se nos metía gente en el coche" (...) "Nos
metimos otra vez en el coche, J. R., el amigo que ponía la pasta y yo
con una rubia de Tres Cantos, y desde ahí no recuerdo casi nada. Me
suena haber estado en un dentista, en un restaurante chino, un Corte
Inglés " (...) "El miércoles por la mañana me desperté en el chalé del
amigo del coche, en Toledo" (Carlos)
(Fuente: Reportaje de Rafael Carrasco para la agencia COLPISA, Madrid,
1993)
Puede que
la ruta del bakalao haya sido un fenómeno efímero y sobredramatizado por
los medios. Pero constituye, en todo caso, un ejemplo de un proceso más
extenso: la rearticulación incipiente de los modos de agrupamiento,
sobre todo entre los jóvenes, en un contexto de falta de espacios
propios (una cultura, pues, más del "sitio" efímero y de la circulación
que del "lugar") y sin regularidad temporal pautada (una cultura, pues,
del "instante"). Algunos estudios sociológicos hablan de la "cultura de
la urgencia", de las formas efímeras de comunidad y del ethos
individualista que parecen imponerse entre sectores populares jóvenes de
todo el mundo, pero falta por conocer las condiciones del "reanclaje",
de la reconstrucción del vínculo y de la identidad que en cada caso
permiten singularizarse, inscribirse como locales, los entrecruzamientos
de las lógicas globales; pues, como afirma Cruces <1997>, "las
reconversiones de la localidad distan de ser un efecto mecánico de
tendencias globales". Por más que alimente nuestras incertidumbres, esta
afirmación contradice el supuesto de que la globalización implica una
inexorable homogeneización cultural: si nunca los territorios culturales
han sido conmensurables, tampoco habrían de serlo necesariamente los
paraterritorios tardomodernos.
Por otra
parte los paraterritorios pueden ensamblar no sólo itinerarios
virtuales, umbrales y sitios contingentes, sino también "lugares" más o
menos estables. Homosexuales de todo el mundo entablan relaciones
virtuales en Internet, pero pueden citarse y viajar para conocerse
personalmente; pueden llevar la guía "Spartacus" que les
permitirá visitar en distintas ciudades los locales de ambiente de tal o
cual estilo, entablar si lo desean alguna relación ocasional en una
sauna o discoteca, pasear por la zona rosa, comprar una publicación gay
o asistir a algún espectáculo de su preferencia. Seguramente harán y
vivirán otras muchas cosas no directamente relacionadas con su
orientación sexual, pero las que hemos mencionado forman parte de un
paraterritorio, y este paraterritorio consta de las rutas, conexiones
virtuales, lugares, encuentros ocasionales, textos... que permiten la
constitución de una "comunidad de deseo" más allá de un territorio
tradicional.
El airbus
de Luis Rafael Sánchez, antes citado, es una buena imagen del
transterritorio : el que sustenta una identidad o una comunidad
construida entre espacios locales geográfica y culturalmente alejados,
como la que comprende, a través del contacto telefónico, de la
transferencia de dinero y del viaje, a los habitantes de un pueblecito
de Michoacán, en México, y a sus numerosos familiares y convecinos
emigrados al Silicon Valley (ejemplo referido por García Canclini
<1990>).
Pero fuera
de toda posibilidad de reterritorialización, proliferan también los
desterritorios de la exclusión extrema, del exilio y de la pobreza,
los de las grandes mayorías poblacionales condenadas por las
desigualdades estructurales de los procesos de globalización y por las
guerras del nuevo desorden mundial.
Espacio semiótico y lectura posletrada
En las
sociedades en las que la comunicación oral y el saber narrativo regían
los procesos simbólicos, el habla estaba "enmarcada por coordenadas
espaciotemporales de acción dramática" y el yo se construía como una
posición de enunciación a través de su inserción en una totalidad de
relaciones cara a cara (Poster <1990:>). El espacio de la enunciación
-pues no puede hablarse propiamente de "espacios textuales" a falta de
los dispositivos objetivadores que aportarán la escritura y las técnicas
de inscripción e impresión- no es sino el recinto semiótico del
"anclaje" social. Aun en la Grecia clásica las dimensiones de la polis
coincidían, según la sentencia aristotélica, con el ámbito acústico
definido por el alcance de la voz.
La
escritura desarraigó la acción de la localidad, de la interacción
lingüística en un aquí y un ahora. Con la progresiva extensión de los
soportes escritos, y particularmente de la imprenta, las prácticas
lingüístico-semióticas se enmarcan en un espacio-tiempo virtual de
escritura-lectura que hará posible la existencia de las comunidades
hermenéuticas modernas (públicos, culturas nacionales, de clase,
profesionales, &c.) En el estadio de la imprenta, el yo se construye
como un agente centrado en su autonomía racional/imaginaria. El sujeto
es un ego racional y autónomo, un intérprete estable que, en
aislamiento, establece conexiones lógicas entre signos; en la práctica
de la lectura solitaria el sujeto se enfrenta a un objeto textual, a
representaciones del mundo y de la sociedad objetivadas en los textos.
Ese modo de constitución de la subjetividad, en principio privativo de
una minoría letrada y masculina, se fue extendiendo con el desarrollo
del capitalismo a cada vez más sectores sociales, mediante la
generalización progresiva de la enseñanza. Una condición para el proceso
moderno de la subjetividad es que el yo se desprenda de la
identificación con los roles y las normas dados en la vida grupal o
comunitaria: la "universalización" de la subjetividad como fundamento
del sentido compartido, de la legibilidad y la legitimidad, encontró su
más poderosa racionalización en la filosofía kantiana, como ya se ha
señalado, pero no es desde luego un mero "ideologema": es la condición
cultural más estable de las prácticas textuales y enunciativas modernas.
Es
importante distinguir entre los modos de lectura y de subjetividad
lectora que proceden de la primera modernidad de aquellos otros que se
desarrollan en el contexto de la cultura de masas. En los orígenes de la
prensa popular, a mediados del siglo XIX, se puede detectar -como hace
Martín-Barbero <1987: 139>- la ruptura del "aislamiento y la distancia
del escritor", que es llevado a un espacio de "interpelación permanente
de parte de los lectores". Espacio de interacciones que servirá de
escenario a la contaminación y la rearticulación de dominios simbólicos
como la información y la ficción, el debate y el juego: Morin <1962:46>
propuso la noción de "sincretismo" para denominar la tendencia de la
cultura de masas "a homogeneizar bajo un denominador común la diversidad
de las contenidos", tendencia que se corresponde en el dominio simbólico
a la homogeneización sensorio-cognitiva de los medios de comunicación y
que hará posible enclavar el "naturalismo social" de la hegemonía en la
experiencia cotidiana contemporánea.
En la era
de la información el yo es dispersado, descentrado y multiplicado,
conducido a una permanente inestabilidad, mientras el lenguaje, mediado
electrónicamente, "está en todas partes y en ninguna, siempre y nunca,
es material e inmaterial" (Poster <1990>) y pierde referencia respecto a
coordenadas culturales particulares como las propias de las comunidades
hermenéuticas. Esta es la razón por la que much@s entusiastas de
Internet, y con un sentido muy norteamericano de la corrección política,
celebran el hecho de que, además de difuminar la "autoría", las
conversaciones electrónicas desdibujan las diferencia étnicas,
nacionales, de género o de estatus entre l@s partícipes.
El
lenguaje de los medios electrónicos, masivos o posmasivos, "invita al
receptor a experimentar con el proceso de auto constitución, a rehacer
continuamente su yo en *conversación con diferentes modos de discurso".
Por ejemplo, la lectura de la televisión no está condicionada por la
literalidad, la estabilidad y la univocidad de la palabra impresa,
porque la televisión, en su "vertiginosa multivocalidad" transgrede las
reglas del discurso representacional propio del libro (Poster <1990>).
Los
artefactos de la era de la información son extensiones del yo, pero los
yoes, como señala Dennett <1995>, son también "artefactos de los
procesos sociales que nos crean". Las nuevas tecnologías de la
comunicación y el conocimiento (NTC) presuponen y activan un sujeto
heterogéneo y complejamente conexo a un entorno múltiple: inmediato y
virtual, selectivo y masivo, local y global, posicional y nómada al
mismo tiempo.
La
actividad técnica contemporánea se impregna de subjetividad y de deseo.
Si en la época moderna se había interiorizado e institucionalizado el
espacio psíquico de las pulsiones (el ello es tan moderno como el
yo, ha escrito Voestermans <1991>), antes convencionalizado en
rituales públicos, hoy asistimos a nuevas formas de exteriorización del
deseo en las extensiones de las NTC: la regresión fantasmática, el
placer sinquinésico y el cálculo racional coexisten en la relación con
la pantalla. Pero a la vez los artefactos y las técnicas habitan el
inconsciente intelectual (Lévy <1990>): la actual progresión de las NTC
es un "proceso metafísico molecular" que redistribuye sin tregua las
relaciones entre sujetos individuales, objetos, colectivos virtuales y
dispositivos técnicos en permanente mutación. El sujeto contemporáneo,
en cuanto usuario de las tecnologías, se indiferencia en gran medida de
un colectivo cosmopolita. Lévy habla a este respecto de una
"inteligencia colectiva", una inteligencia que prolonga en la era de la
información la profunda tendencia universalizante de la subjetividad
moderna.
La autoría dispersa
*Entornos
de juego como las MUDs ("mazmorras") y MOOs de Internet,
en que los participantes crean conjuntamente espacios virtuales, rompen
con las fronteras entre las artes y reducen el control de un "autor"
particular. La destreza se desarrolla ahora por familiaridad y placer
más que, como ocurría en las competencias autoriales tradicionales, por
un largo, gramaticalizado y frecuentemente ascético aprendizaje.
La
combinación de la telecomunicación y el ordenador permite proyectos que
conectan la horizontalidad de las redes electrónicas a la verticalidad
de los medios tradicionales. Por ejemplo, H. Grudmann [<1997>] describe
varias experiencias de "radio-acontecimientos telemáticos" simultáneos e
interdependientes en los que ningún sujeto particular puede ejercer el
control sobre el evento total y en los que, obviamente, las barreras de
la difusión tradicional se rompen (Horizontal Radio, 1995 y
Rivers & Bridges, 1996). En la primera de estas experiencias
participaron durante 24 horas más de 20 emisoras públicas de radio,
otras emisoras independientes y piratas y el servicio de onda corta de
Rusia, junto a diversos proyectos para Internet. Hubo actuaciones,
conciertos, instalaciones, actuaciones telefónicas, difusión, grabación
y colage en diferentes tiempos y contextos, sin que pudiera determinarse
quién ni dónde producía el sonido en un momento dado. Una edición,
necesariamente incompleta, de 2 CDs permite evocar la experiencia
escuchándolos simultáneamente en dos reproductores en modo random.
(Abril <1998>)
Las
prácticas de lectura-consumo responden a pautas análogas a las que rigen
la emisión-producción; aún más, las modalidades interactivas de las NTC
darán lugar a prácticas de escritura-lectura indistintas. El
telespectador que hace zapping muestrea y "samplea": construye un
texto fragmentario y efímero con los materiales heterogéneos de la
televisión, igualmente sampleados por sus productores, y para ello toma
numerosas micro decisiones que avalan su competencia como lector:
reconoce con extraordinaria rapidez indicios de género, presupone los
procesos narrativos que están desarrollándose en los distintos canales,
selecciona los núcleos narrativos más significativos como un gourmet
del menú audiovisual, ese megatexto sobre el que el flujo de la
lectura traza su peculiar y sinuoso recorrido. No es, ciertamente, una
lectura lineal y orientada a un sentido global o rector, como la que
idealmente exige la literatura clásica, pero es también activa y
compleja.
Ahora
bien, el zapper es sólo una figura de transición en la
encrucijada histórica entre la cultura massmediática y la cultura de
la interactividad propia de los NTC. En las prácticas vinculadas a
los nuevos medios la identidad y los límites del "texto" quedan aún más
subordinados a la actividad del sujeto. Como ha señalado Bettetini
<1995> respecto a las operaciones del grafismo informático (imagen
digital y realidad virtual), el saber y las modalidades enunciativas
están mucho menos estructuradas y prescritas que en el texto tradicional
y prevalecen ciertas estrategias potenciales que, aunque previstas por
el software , han de ser actualizadas selectivamente por el
usuario. Sin duda hay una predefinición, pero los resultados no son
previsibles; la acción del usuario genera algo novedoso, abre una
situación no completamente codificada.
En la
realidad virtual la referencialidad del objeto pierde toda
pertinencia frente a la interacción entre sujeto y entorno; es el sujeto
quien crea el espacio con su actividad, y la mimesis no tiene otro
carácter que el de una "simulación comportamental". Frente a la
imagen icónica, que ofrece una representación forínseca al objeto, la
imagen virtual supone el conocimiento o la construcción del objeto desde
su interior. Tal como ocurre en los programas de diseño asistido por
ordenador (CAD ), el objeto más que representado es recreado,
mediante el desvelamiento de sus reglas de comportamiento en el espacio;
si algo "representan" estos dispositivos son los movimientos, los puntos
de vista y las perspectivas virtuales de un sujeto. Ramírez Lamus <1995:
128> habla a este respecto de un "imaginario demiúrgico" diverso del
"imaginario contemplativo" de la representación.
Examinándola desde estas premisas, la pérdida de legibilidad de los
espacios, urbanos, textuales, sociales, es también el acicate para
nuevas maneras de leer, para nuevas maniobras de la subjetividad. La
ciudad contemporánea ha padecido la erosión de aquellas
representaciones, ritos y gestos que, más allá de la pura visibilidad,
articulaban su sentido por relación a determinados modelos culturales y
modos de vida (Lynch <1974>). Muchos de los grandes espacios urbanos del
mundo han estallado en multitud de guetos, donde habitan las clases
subalternas, y en pequeñas zonas residenciales, crecientemente
fortificadas, para las clases dominantes. Los tradicionales centros de
vida comunitaria (plazas, mercados tradicionales) tienden a desaparecer
por doquier, la ciudad se convierte en una red de distribución de flujos
y los espacios de encuentro, rearticulados por el consumo (centros
comerciales, multicines, &c.) responden al modelo del "no-lugar".
En suma,
el espacio de la ciudad contemporánea no se deja capturar ya en mapas
mentales integradores del todo y de la posición del sujeto (Jameson
<1984>). Pero entonces los sujetos han de conjeturar sus propios
croquis, más o menos provisionales, y corregirlos según las trayectorias
y las circunstancias del momento (Muñoz <1997>). Las
experiencias-lecturas del entorno urbano, y las propias de las prácticas
de consumo que en él se realizan (en las calles, en los grandes centros
comerciales o en las tiendas de "todo a 100"), responden a las mismas
pautas que el zapping : son lecturas veloces, ocasionales,
erráticas y guiadas por inferencias contingentes. En su interesante
estudio sobre las representaciones de la ciudad que se hace una joven
caleña de hoy, Muñoz <1997> recurre frecuentemente a la metáfora del
zapping , y reconoce también una mirada evaluativa que procede de
manera semejante a la "solución de acertijos", reconstruyendo historias
a partir de indicios o "marcas", poniendo en juego "saberes locales" e
"inteligibilidades mínimas".
Obviamente, detrás de estas prácticas de producción de sentido no se
vislumbra sólo la pauta del mando a distancia, sino el trasfondo de una
cultura receptiva de ciclo tan largo como la propia modernidad: la
cultura de la experimentación y del individualismo perceptivo, no del yo
monádico que a través del "punto de vista" novelesco se contituye como "locus
estratégico" , según el análisis de Jameson <1989> , sino del yo
disperso, posrealista, que presuponen el cine o la imagen cubista; la
cultura, en fin, modelada por la vanguardia artística contemporánea,
cuyas operaciones de colage, de ready made , de seriación, &c.,
que contribuyeron a objetivar la experiencia espaciotemporal de la
modernidad tardía, se normalizaron a lo largo del siglo en el espacio
discursivo de los medios de masas.
De la
traducción a la integración: supertextualidades
La
semiosis de la premodernidad responde a una traducción simbólica.
Entiendo por tal un proceso de sentido que moviliza interpretantes
heterogéneos y cuya significación permanece localmente restringida: tal
es el funcionamiento de los símbolos rituales de Turner <1980>,
que median entre un polo de significación relativo al orden moral y
social y un "polo sensorial" relacionado con formas expresivas. Fiske y
Hartley <1978: 89-90> hablan, en un sentido análogo, de la
condensación ritual que proyecta ideas y valores abstractos en
formas sensibles y dramáticas concretas: el proceso reflexivo que
actualiza el mito (un relato) en un rito (una actividad dramática que
involucra la manipulación pautada de determinados objetos) es un ejemplo
paradigmático de este modo de traducción.
La
modernidad desarrolló un nuevo modo de traducción, la
transcodificación o traducción entre signos : el signo es una
unidad funcional cuyo valor dimana de su posición dentro de un
sistema relacional. Como ha explicado Olson <1998>, la adopción de la
escritura había hecho posible la forma de introspección cultural que
discrimina las frases, palabras o fonemas como unidades discretas y
funcionales; pero será la imprenta el dispositivo tecnológico que
diseminará universalmente la práctica y la episteme del signo. Si
los procesos simbólicos premodernos no permitían trascender los
universos de sentido locales, la traducción sígnica hace posible la
trasposición entre lenguajes, discursos, géneros textuales y culturas;
nos hemos referido sumariamente a algunos productos de esas mixturas (la
polifonía, el texto mismo como artefacto intertextual, el
sincretismo mediático, &c.). Hay que subrayar que la potencia de las
transcodificaciones contemporáneas ha permitido romper la discontinuidad
entre dominios de la representación y de la experiencia como lo global
vs. lo local, lo público vs. lo privado, lo ajeno vs. lo propio, e
incluso entre lo real y lo virtual, mucho antes de que se implementaran
las tecnologías de la virtualidad propiamente dichas. Y en la esfera del
discurso televisivo pueden encontrarse buenos ejemplos de ello.
Murphy Brown y el vicepresidente
"En la
campaña presidencial estadounidense de 1992, el entonces vicepresidente
Dan Quayle quiso pronunciarse en defensa de los valores familiares
tradicionales. Armado de sus convicciones morales, inició un debate
inusual con Murphy Brown. Interpretada por una gran actriz, Candice
Bergen, era el personaje principal de una popular serie de televisión
que (re)presentaba los valores y problemas de una nueva clase de mujer:
la profesional soltera que trabaja y tiene sus propios criterios sobre
la vida. En las semanas de la campaña presidencial, Murphy Brown (no
Candice Bergen) decidió tener un hijo fuera del matrimonio. El
vicepresidente Quayle se apresuró a condenar su conducta por impropia,
suscitando la cólera nacional, sobre todo entre las mujeres
trabajadoras. Murphy Brown (no sólo Candice Bergen) se desquitó: en su
episodio siguiente apareció viendo la entrevista televisiva en la que el
vicepresidente la censuraba y se interpuso criticando con contundencia
la interferencia de los políticos en la vida de las mujeres y
defendiendo su derecho a una nueva moralidad. Finalmente, Murphy
Brown aumentó su cuota de audiencia y el conservadurismo anticuado
de Dan Quayle contribuyó a la derrota electoral del presidente Bush,
siendo ambos acontecimientos reales y, en cierta medida, socialmente
importantes. No obstante se había compuesto un nuevo texto de lo real y
lo imaginario a lo largo del diálogo. La presencia no solicitada del
mundo imaginario de Murphy Brown en la campaña presidencial de la vida
real provocó la transformación de Quayle (o, más bien, de su imagen
televisiva *real) en un personaje de la vida imaginaria de Murphy Brown:
se había hecho un supertexto, mezclando en el mismo mensaje discursos
sostenidos apasionadamente y emitidos desde ambos niveles de la
experiencia. En este caso, la virtualidad (esto es, Murphy Brown siendo
en la práctica lo que muchas mujeres eran, sin serlo en nombre de
ninguna mujer) se había vuelto real, en el sentido de que interactuaba
realmente, con cierto impacto significativo, en el proceso de elección
del cargo político más poderoso de la tierra.
(Castells <1997: 406-407)
Una tendencia implícita en la (era de la) información es la de
tratar predominantemente al signo como señal, como operación o
"estimulación informacional", por emplear la expresión de Poster <1990:
6>. La función de un sistema de señales es desencadenar mediante un
conjunto de operaciones-estímulos un conjunto de operaciones-respuestas,
sin necesidad de una mediación semántica. Su fuente de validez es, por
ello, la eficiencia u operatividad del sistema. Conforme a esta
tendencia los sistemas de señalización han sido institucionalizados y
universalizados en los contextos urbanos, industriales, administrativos
o didácticos a fin de convencionalizar toda clase de actividades
instrumentales (y de instrumentalizar todas las clases de acción
convencional).
Una
segunda tendencia, bien patente en la comunicación multimedia, es la de
integrar los mensajes de cualquier tipo en un "modelo cognitivo
común": "los modos diferentes de comunicación tienden a tomar los
códigos unos de otros: los programas educativos interactivos parecen
videojuegos; las noticias se construyen como espectáculos audiovisuales;
los juegos se emiten como culebrones", señala Castells <1997: 404>, y
acierta al reconocer, implícitamente, que los procedimientos de
transcodificación inherentes a la comuniación masiva habían prefigurado
el marco cultural de la actual transcodificación multimedia. Pues, en
efecto, la prensa, la radio y la televisión desarrollaron sus
respectivos lenguajes a través de continuos préstamos e interacciones.
La
transcodificación moderna de los signos culmina en el uso de las
tecnologías digitales : ahora las imágenes sonoras y visuales
pueden ser reproducidas y transfomadas indefinidamente, y mediante la
reducción digital del alfabeto al código ASCII, los mensajes
lingüísticos, por extensos que sean, pueden ser almacenados,
transmitidos y copiados casi instantáneamente. La actual cultura del
muestreo (sampling ), es el resultado de una
"miniaturización" del montaje (la clase de operaciones que han
llegado a compartir los lenguajes masivos y la vanguardia artística)
gracias a la digitalización, que permite tratar los signos de casi
todos los lenguajes audiovisuales como datos que se pueden
descontextualizar, formatear, deformar, registrar, ensamblar, combinar y
comunicar.
El proceso
histórico de la transcodificación desemboca, así, en un proceso
de plena integración , que afecta a todos los niveles de la
semiosis. En primer y segundo lugar, al sensorial y al cognitivo, porque
"la elección de varios mensajes bajo el mismo modo de comunicación, con
un paso fácil de uno a otro, reduce la distancia mental entre varias
fuentes de participación cognitiva y sensorial", de tal modo que se
crean contextos semánticos multifacéticos, "compuestos por una mezcla
aleatoria de diversos significados" (Castells <1997: 405>). En tercer
lugar, se produce también una integración operativa, porque el manejo de
signos visuales o sonoros responde a pautas y rutinas homogeneizadas por
los sistemas de software .
La
integración semiótica da lugar a lo que, de un modo deliberadamente
impreciso, llamaré supertextualidad . La imprecisión viene
exigida por la naturaleza misma de este tipo de procesos, que
difícilmente pueden ser subsumidos en el concepto tradicional de
"texto". Baste con sugerir, metafóricamente, que el texto define y
singulariza un "territorio" semiótico: no sólo por la identidad material
de su soporte o formato, sino también por el acabamiento o cierre de un
universo de representación (por ejemplo, el "mundo" virtual de un relato
novelesco o fílmico). Las supertextualidades manifiestan, contrariamente
una "transterritorialidad" material y semántica. Mientras el sentido del
texto clásico se (re)construye en una operación de lectura solitaria y
más o menos lineal, las supertextualidades requieren operaciones de
lectura-escritura y la participación, al menos potencial, de una autoría
"dispersa" o "distribuida". La supertextualidad ha recibido la
legitimación teórica del pensamiento lingüístico postestructuralista
(Barthes, Foucault, Derrida, &c.), con sus concepciones sobre la
escritura no secuencial, el montaje y el desbordamiento intertextual
(Landow <1995>).
Pueden
hallarse los precedentes culturales de lo que aquí llamo
supertextualidad en las narrativas posrealistas, pero también en los
textos periodísticos que dan inicio al periodismo de masas, y más
particularmente en el procedimiento de la "pirámide invertida" que
institucionalizó una duradera matriz textual de las noticias a mediados
del siglo pasado (Abril <1997: 227-231>). También entonces una
innovación tecnológica, el telégrafo, condicionó las operaciones
textuales y de organización productiva que dieron lugar a la nueva forma
del texto. Con la pirámide invertida se inició un "régimen (cognitivo)
de la información" diverso del "saber" premoderno y del "conocimiento
científico-representativo" de la modernidad, un modo de conocimiento
basado, otra vez, en el montaje de datos, en la modularidad
de los segmentos y subordinado al designio de la comunicabilidad
ilimitada. Los procedimientos de la pirámide invertida presuponen una
teoría implícita de la atención, de los mecanismos
receptivo-cognitivos de la audiencia, según la cual la lectura está más
condicionada por los parámetros espacio-temporales de la lectura (la
organización visual-espacial de la noticia, el tiempo invertido en
leerla) que por los mecanismos lógicos de la persuasión (la estructura
argumentativa de las ideas). En otros términos, son las concepciones de
la psicología y no ya las de la retórica las que subyacen
a la imagen implícita del lector y de la lectura que se proyecta en el
discurso informativo: una tendencia que ha sido agudamente señalada por
Colón Zayas <1994> respecto a los orígenes de la publicidad. Pero
además, y esto afecta al conjunto de la producción del texto
periodístico, en su composición textual la noticia es un texto
polifónico y abigarradamente citacional, y el periódico un megatexto que
yuxtapone registros semióticos heterogéneos (escritura, imagen
fotográfica y dibujo, diagramación). En el nivel de la producción
textual es el resultado de una autoría múltiple y dispersa, estructurada
según criterios de división funcional y de optimización productiva.
La lectura
massmediática fue educada en esas condiciones y, como todo el mundo sabe
por su experiencia abnegada de lector/a de periódicos, la atención y el
orden de la lectura se atiene a criterios selectivos variables, a
condicionamientos circunstanciales, a recorridos espaciotemporales no
lineales. De tal forma que gran parte de las observaciones que hace
Castells <1997: 497-498> sobre los actuales hipertextos multimedia puede
aplicarse mutatis mutandis a la experiencia común de la lectura
de prensa:
La
mezcla de tiempos en los medios, dentro del mismo canal de
comunicación y a elección del espectador/interactor, crea un collage
temporal, donde no sólo se mezclan los géneros, sino que sus tiempos
se hacen sincrónicos en un horizonte plano, sin principio, sin
final, sin secuencia. La atemporalidad del hipertexto de los
multimedia es una característica decisiva de nuestra cultura, que
moldea las mentes y memorias de los niños educados en el nuevo
contexto cultural. La historia se organiza en primer lugar según la
disponibilidad de material visual, luego se somete a la posibilidad
informatizada de seleccionar segundos de estructuras para que se
unan o separen según los discursos específicos. La educación
escolar, el entretenimiento de los medios de comunicación, los
reportajes de noticias especiales o la publicidad se organizan
temporalmente como convenga para que el efecto general sea un tiempo
asecuencial de los productos culturales disponibles de todo el
ámbito de la experiencia humana. Si las enciclopedias han organizado
el conocimiento humano por orden alfabético, los medios electrónicos
proporcionan acceso a la información, la expresión y la percepción
según los impulsos del consumidor o las decisiones del productor. Al
hacerlo, todo el ordenamiento de los sucesos significativos pierde
su ritmo cronológio interno y queda dispuesto en secuencias
temporales que dependen del contexto social de su utilización.
Evidentemente no todas las propiedades de las supertextualidades estaban
ya dadas en las estructuras y en los procedimientos lectores del
periódico. El hipertexto -en su sentido estricto: el tipo desoftware
que se desarrolla a partir del sistema Hypercard , de 1987 y
que a partir de la implementación de la WWW, en 1992, se incorpora a
Internet- integra imágenes sonoras y visuales muy variadas. No es, como
hemos insistido, un texto espacialmente delimitado, sino un espacio
virtual en el que, más que leer, se "navega" (la metáfora de la
navegación se ha hecho muy popular para referirse a la escritura-lectura
en cualquier espacio virtual), se explora un entorno semiótico,
"visitando más que comprendiendo, recorriendo más que aprendiendo" (Vidali,
en Bettetini<1995: 273-274>). Como este autor señala, la navegación no
es una lectura en el sentido clásico, porque no se fundamenta en una
competencia frástica: la competencia necesaria es la que permite no ya
interpretar un nodo concreto, sino navegar entre nodos, reconociendo los
significantes de transporte (iconos, estilos tipográficos, cambios del
cursor), saber utilizar un menú de operaciones para posicionarse (back-tracking,
graphical browser , funciones de búsqueda...), saber (re)organizar
constantemente un mapa del hipertexto, que cambia en cada
desplazamiento. Para navegar por el hipertexto es preciso saber perderse
en él o, mejor, saber afrontar el riesgo del vuelo ciego contando con el
dominio seguro de los instrumentos de navegación.
Así
descrita, la navegación hipertextual adquiere un aire de familia con
otros cronotopos del viaje: no, desde luego, con los viajes organizados
que encarrilan a la clase media transnacional por los pasillos
fortificados del exotismo, pero sí con los recorridos urbanos de la
joven caleña de que trata Muñoz <1997>, con las errancias de l@s
adolescentes madrileñ@s y de los viajeros gays, con el airbus
puertorriqueño.
Y con
cualquier forma de viaje que presuponga la incertidumbre, el descoloque,
la precariedad del sentido, pero que active también la seducción del
umbral y la astucia de esos "atajos" que, según Cruces <1997>, pueden
permitir salvar las discontinuidades entre el lugar y los nuevos
dominios espaciotemporales, entre los niveles de realidad
"inconmensurables, fragmentados o híbridos" en que se desarrolla la
existencia de la mayoría de la gente.
Un aire de
familia, en fin, con el conjunto de la experiencia cultural de fin de
siglo.
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