1988 - Recién
estrenado el gobierno de Miterrand, un coloquio de humoristas en
la TV francesa convulsionó al público bienpensante: los
participantes, presuntamente borrachos, habían utilizado
numerosas palabras "sucias" y habían llegado a alguna exhibición
obscena. Más de un comentarista ¿de izquierda? opinó que, si
bien la TV ha de abrirse a todas las ideas, debe ponerse límite
a aquellos modos de expresarlas que chocan con el buen gusto y
la decencia. Supongo que es el punto de vista compartido por
todos los directivos de las televisiones oficialmente
democráticas. Pero no sé porque razón los criterios de buen
gusto y decencia presentan un carácter más universal e
inapelable que las ideas. A fin de cuentas, las expresiones
(verbales o no) reputadas de soeces forman parte del patrimonio
y estilo cultural de ciertos grupos sociales, que a su vez
pueden considerar insultantes, amén de ininteligibles, los
buenos modales expresivos oficializados por la TV.
Se trata sólo de un ejemplo en el
que se evidencia cómo la proscripción de "otros" estilos
expresivos es una operación de censura que resulta habitualmente
invisible, por la sencilla razón de que estamos acostumbrados a
percibir solamente la censura de los contenidos. Y sin embargo
en nuestra sociedad esta última forma de censura (de la que
Bertold Brecht culpaba a una pequeña burguesía incapaz de digerir todo
cuanto puede tragar) tiende a convertirse en excepcional, o
residual, mientras la violencia sobre modalidades de expresión
se ejerce de modo masivo y cotidiano. Puede parecer una
reflexión inoportuna cuando están en candelero asuntos tan
escandalosos como los de Vinader, Arzumendi, Erauskin, etc., y
cuando temas como el ejército, la monarquía o la cuestión vasca
continúan siendo seriamente vedados; pero no pretendo ser
oportuno sino señalar una tendencia en la estrategia actual de
la represión comunicativa que puede ser tanto más eficaz cuanto
más la ignoremos en nombre de las cuestiones "urgentes" (que
siempre constituyen, independientemente de su importancia, una
coartada).
En su sentido amplio, la censura
se produce en cualquier sistema público de comunicación. Y ello
no se debe sólo ni necesariamente a una explícita voluntad
censora de los poderes políticos y económicos. En cierto modo la
censura, en cuanto a constricción o limitación, es inherente al
uso de cualquier lenguaje, que nunca es un instrumento
transparente y que inevitablemente contiene tipificaciones
derivadas de las relaciones de dominación. Aunque no al modo de
un reflejo, como entendía cierto marxismo tosco, porque también
el lenguaje produce relaciones de dominación y poder y la
interacción lingüística es un escenario, como otros, de los
conflictos sociales. En palabras de
Michel Foucault, el discurso "no es
simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de
dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se
lucha".
Machado ponía en boca de Juan de Mairena esta
pregunta inquietante: "¿De qué nos serviría la libre emisión de
un pensamiento esclavo?". Pregunta que cuestiona a la vez la
inocencia del lenguaje y la del pensamiento, que lejos de fluir
virgen y espontáneo dimana también en virtud de confrontaciones
de fuerzas, en función de lo que Giles Deleuze ha denominado la
"violencia selectiva de la cultura": En resumidas cuentas, la exigencia de una libertad de
expresión sin la crítica radical de los medios expresivos, del discurso,
puede conducir a la reproducción, eso sí, aparentemente libre, del
discurso del otro (de la dominación), a que sea el otro quien hable a
través de nosotros. Por poner un ejemplo algo torpe, si reivindicamos
que los héroes de la cultura de masas eran los sojuzgados (mujeres,
negros, homosexuales, viejos, etc.) en lugar de los varones blancos
heterosexuales y jóvenes, estamos proponiendo una inversión de los
contenidos, pero libramos de la crítica al propio discurso que hace
girar las relaciones humanas en torno a los avatares de los héroes. Los
cómics de la revolución cultural maoísta son un buen ejemplo real del
fracaso de esa estrategia contenidista: los "nuevos" héroes proletarios
eran vehículos tan potentes como los viejos héroes burgueses para
transmitir valores jerárquicos y autoritarios.
Un discurso es un repertorio de
contenidos y de formas (como las fórmulas de "género" que acabo de
mencionar) y también es, en negativo, una ausencia de las formas y
contenidos excluidos: en ocasiones resulta más importante lo que no se
dice que lo dicho. Es sobre todo la actividad de un sujeto, que puede
resultar tan impersonal como la "racionalidad burguesa" o el "buen
sentido" (del poder). Por eso la pregunta definitiva no es quien emite,
sino qué voz habla a través del emisor, quién habla el discurso que
circula, es decir, que circunda a emisores y receptores.
Vuelvo al problema del principio: un
lenguaje aparentemente neutro y consensual (como el de tantos debates
televisivos) es represivo en la medida en que se ha encubierto su
carácter hegemónico, o sea, el hecho de haber sido impuesto por las
clases o grupos dominantes como una "lengua franca". Sabemos que la
necesidad de recurrir a ese tipo de lenguajes en las relaciones
institucionales, públicas, etc., supone para ciertos sectores de la
sociedad de articular su biografía simbólica, su expresión emocional y
su memoria colectiva. Sabemos, por ejemplo, que difícil puede resultarle
a un alumno expresar su discrepancia (o su simple deseo de discrepar)
cuando se ve obligado a aceptar los códigos (represivos) del profesor,
independientemente de que éste sea tolerante con ideas opuestas a las
suyas. Si trasponemos este ejemplo a la comunicación masiva entenderemos
mejor el significado de una anécdota como la que refería al principio.
Aparece, pues, el problema de las
minorías, o más bien, puesto que la nuestra es una sociedad de minorías,
el problema de las subculturas subordinadas. Una subcultura es una
solución específica en cuanto al modo de vivir y entender la vida y un
modo de expresar la propia experiencia. Ciertamente los modos masivos de
comunicación no ignoran hoy la existencia de alternativas culturales,
pero suelen hablar de y por ellas en lugar de dejarlas hablar. Los
medios masivos nombran a los drogadictos, a los gitanos o a las
lesbianas, pero evitando que sus propias palabras, actitudes corporales
o estilos de conversación se manifiesten de modo autónomo (aun con todas
las limitaciones de tal autonomía).
El meollo del asunto es que los medios
funcionan como modelos reguladores de las prácticas discursivas y así
ejercen, sin que en ello intervenga necesariamente una mala voluntad,
como gendarmes de una cultura cohesiva y totalitaria, no por la vía de
una censura rudimentaria ni por una persuasión mágica, a lo Goebbles,
sino por la absorción versallesca y formal de las diferencias. Todo
puede ser trivializado o, lo que para los efectos es lo mismo,
etiquetado de "exotismo" ("que programa tan crudo el de los maricas,
pobrecillos..."). No olvidemos que en la TV, avanzadilla de las nuevas
estrategias del orden, imperan, por encima de cualquier censura, la
fascinación y la espectacularización. Como ha señalado recientemente S.
Blum, la TV no extrae su poder de la representación, de la ideología, de
la conexión con los movimientos de conciencia social, sino de cuanto en
la gente es experiencia informe y rutinaria, de la repetición, del
ceremonial, de la trivialidad. La pantalla actúa como un sumidero en el
que el sentido y la diferencia (política, ideológica, cultural) vienen a
desvanecerse con el chisporroteo de una gota de agua sobre una plancha
caliente.
Por todo ello puede resultar muy ingenua
la reivindicación de objetividad o de certidumbre: los medios de masas
respaldan su poca o mucha eficacia precisamente en el mito de la
veracidad (de una verdad incontrovertible más allá de las diferencias de
opinión y lenguaje). Las estrategias del sinsentido y de la parodia,
como entendieron en Radio Alicia, pueden, al menos ocasionalmente,
resultarnos hoy más útiles, por conmovedoras, que las estrategias de
(re) producción de sentido y de certidumbre.
En resumen, la aspiración radical a una
libertad expresiva no puede "pisar el palito" de los contenidos
censurados ni agotarse en una acomplejada actitud de defensa: es preciso
conquistar una expresión no hipócrita del pluralismo cultural y luchar
en el terreno de las formas y los usos comunicativos. Es preciso,
también, abandonar la confrontación de "ideas" en aquellos espacios
comunicativos que disuelven la confrontación. Tenemos que reapropiarnos
nuestro discurso, si es verdaderamente nuestro, y exigir también el
derecho al silencio cuando no se quiere hablar, porque la charlatanería
de la cultura de masas alienta la confianza en la vigencia de la Palabra
y evita la apertura de un espacio de distancia, de reflexión y de
respuesta.