La información es una medida
(estadística) de la frecuencia relativa, o de la probabilidad de
ocurrencia, de una señal o de un mensaje. En este sentido la información
de que se ocupa la TI no es sino un grado de novedad o imprevisibilidad.
O también, desde un punto de vista operativo, la medida de la libertad
de elección de que dispone el emisor al seleccionar un mensaje o señal
entre varios posibles.
El bit
(digito binario), unidad básica de medida de la información, es el valor
de una elección entre dos alternativas igualmente probables. Así, cuando
hay "N" ocurrencias equiprobables, la cantidad (en bits) de información
"H" viene dada por "log2
N" (se opera con logaritmos binarios por conveniencias matemáticas que
son bien explicadas en J. Singh, 1972: 24-33). Por ejemplo, al
seleccionar un objeto entre 8 objetos igualmente probables:
Hbits
= log2 8 (= 3
bits).
Cuando las señales no son equiprobables,
es decir, cuando proceden de una fuente con memoria, el valor
promedio de la información (la cantidad de información potencial de
un sistema de 'N' señales) se expresa en la fórmula de Shannon:
[donde 1 designa la suma de todos los
términos que tienen la misma forma desde el 1° (i= 1) hasta el enésimo
(n); y pi designa la probabilidad de la señal i].
Esta fórmula viene a representar que el
contenido informativo de un repertorio es función de la probabilidad de
ocurrencia de cada una de las señales comprendidas en él.
1.1.2. Redundancia y entropía
Junto a las nociones básicas relativas a
la medida de la información, vale la pena comentar brevemente otros dos
conceptos de la TI que han ejercido notable influencia en los estudios
sobre comunicación: la redundancia y la entropía.
La redundancia equivale a la reducción
informativa respecto a la cantidad de información que podría haberse
transmitido mediante la misma cantidad de señales si todas ellas
hubieran sido elegidas como igualmente probables (información máxima de
una fuente). Siendo 'H' la información efectiva de un mensaje y 'H0' la
información máxima, la redundancia se expresa así:
y se mide en un porcentaje. "En la
práctica la redundancia es también una medida del excedente relativo de
signos con relación al número mínimo que habría sido necesario para
transmitir la misma cantidad de originalidad" (A. Moles, dir., 1975:
595-596).
La redundancia asegura las condiciones de
transmisión de un mensaje contrarrestando el ruido, es decir, las
perturbaciones o distorsiones no intencionadas que afectan al canal
(el sistema físico- técnico que sirve de vehículo a las señales). En
un sentido más general que el puramente probabilística, y próximo al
significado común de la palabra, la redundancia es una repetición
tendente a hacer inteligible, o más fácilmente inteligible, un mensaje.
Como explica D. Pignatari (1977: 41).
¿Por qué no se llama a
la puerta menos de dos veces? justamente para neutralizar el ruido
ambiente, evitar la ambigüedad y garantizar la efectiva transnúsi6n de¡
mensaje. La redundancia puede ser entendida simplemente como repetición;
es causada por un exceso de reglas que confiere a la comunicación un
cierto coeficiente de seguridad ( ... ) Hay sistemas no-redundantes,
sistemas íntegramente informacionales, que agotan todas las
posibilidades combinatorias de la fuente: los sistemas numéricos, por
ejemplo. Si erramos en un número dígito de un cálculo matemático ( ... )
tendremos información errónea, pues el sistema no posee margen
absorbente de ruido. No ocurre lo mismo con otros sistemas, como las
lenguas; incluso en ellas hay índices diversos de redundancia. En este
ejemplo: The yellow houses /Las casas amarillas, podemos
observar la mayor redundancia del castellano, cuyas normas exigen la
aposición de la serial de plural (s) en el sustantivo y en los
atributos adjetivos, de manera que es posible eliminar una y hasta dos,
sin pérdida de información: Las casa amarilla.
La entropía es una noción que procede de
la mecánica estadística, y más concretamente de las teorías de la
termodinámica de Carnot, Clausius y Boltzman. Se refiere a una medida
del grado de desorden que se da en la combinación entre elementos
dispares dentro de un sistema cerrado. Según el teorema de Camot, la
entropía es una función siempre creciente en la naturaleza. El aumento
de entropía de un sistema supone el paso desde un estado menos probable
a uno más probable,
Es un buen ejemplo lo que ocurre al
barajar un mazo de cartas: comenzando con el conjunto de la baraja
ordenado (por palos y figuras), la barajadura tiende a introducir mayor
desorden (entropía) en su disposición. Si se comienza a barajar un mazo
desordenado es altamente improbable que la barajada lo ordene. Existen,
en suma, más disposiciones desordenadas que ordenadas, el desorden es
más probable que el orden para un mazo de cartas.
A la vez que medida del desorden, la
entropía es medida de la improbabilidad de una configuración: cuanto más
desordenado esté un sistema, tanto menos predecible será. Así Boltzman
pudo cuantificar la entropía (de un conjunto de moléculas en un recinto)
mediante el logaritmo de la improbabilidad de su combinación. La fórmula
recuerda obviamente a la de la información en la TI, y por eso Shannon y
otros autores
han puesto de
manifiesto que la información - o complejidad de un mensaje
elaborado con elementos extraídos de un repertorio y agrupados
dentro de ese conjunto secuencias que constituye el mensaje- se mide con
la misma fórmula que la entropía, cambiándola simple- mente de signo. Y
así, la información sería una "entropía negativa" (neguentropía); el
mensaje, en el conocimiento que nos da de la posición relativa de los
elementos, aparece en oposición al desorden espontáneo de¡ universo de
los signos, tal como lo realizaría, por ejemplo, un chimpancé que tomase
de un sombrero signos para ponerlos al azar unos a continuación de
otros: el mensaje es intencional y en esto subsana el desorden del
universo (Moles, dir., 1975: 263).
La última frase de la cita llama la
atención sobre el papel que desempeñan los procesos
comunicativo-informativos como procesos de organización, de introducción
de "entropía negativa" (aunque sea en un sentido metafórico respecto a
la entropía física): la sociedad debe su alta complejidad precisamente
al hecho de que ha desarrollado formas de intercambio de la información
y de signos que desvinculan sus actividades y su propia reproducción de
la "proximidad" de los intercambios energéticos y de la correspondiente
degradación entrópica. Como señala A. Wilden (1979: 151-152), citando a
W. Buckley:
Los sistemas de nivel
más elevado poseen un vasto potencial de energía, interna o externa, que
puede ser disparado por el flujo de la información, sin la necesidad de
una proximidad espacial o temporal requerida en los sistemas de nivel
más bajo ( ...)
Buckley concluye
diciendo que la 'información' 'representa' en el verdadero sentido la
estructura o la organización, pudiendo así preservarla, trasmitirla en
el tiempo y en el espacio y cambiarla. Esta representabilidad está en
función del orden de complejidad del sistema: "La evolución de los
niveles que conduce al sistema sociocultural muestra una dependencia
cada vez mayor con respecto a la vinculación independiente, arbitraria o
comunicacional de los componentes, y cada vez menor respecto a la
vinculación sustantivo y energética, hasta el punto que en el nivel
sociocultural el sistema está vinculado casi exclusivamente por el
intercambio convencional de información..."
1.1.3. Usos y abusos del modelo "E
M
R".
La representación que se hacía la TI del
proceso comunicativo fue extrapolada rápidamente como modelo teórico de
la comunicación universalmente válido. La indefectible polisema de la
propia noción de "comunicación" alentó su extensión a dominios múltiples
y heterogéneos. Este éxito teórico - científico entre las disciplinas
humanísticas y sociológicas excedía con mucho el propósito para el que
había sido concebida la TI. Pero también es cierto que el modelo
comunicativo E
M
R.
atribuido a Shannon y las definiciones conceptuales implicadas en el
mismo (emisor, mensaje, receptor, canal, código, etc.) perdieron, al
divulgarse, sus perfiles físico-matemáticos originarios y se
convirtieron a veces en caricaturas más o menos intuitivas o en nociones
- comodín.
No todas las extrapolaciones fueron
triviales. Desde la teoría lingüística, R. Jakobson, uno de los grandes
maestros de la lingüística estructural-funcionalista, encontró en el
modelo de la TI la posibilidad de articular su concepción
comunicativa del lenguaje. Según Jakobson (1975: 79) -se producen
unas coincidencias y unas convergencias sorprendentes entre las más
recientes etapas de la metodología del análisis lingüístico y la forma
en que se considera el len- guaje en la teoría matemática de la
comunicación..
Hay, en efecto, grandes concomitancias
entre la concepción selectiva/digital de las señales que componen el
mensaje informacional en la TI y la concepción funcionalista de los
signos lingüísticos que, a partir de los estudios de fonología de la
Escuela de Praga y del estructuralismo de Saussure, desarrollan Jakobson
y otros lingüistas de su época. Como expondremos en el cap. Y, 1.2,
jakobson propuso sus seis funciones del lenguaje, inspiradas en
la teoría de¡ signo de K. Bühler, como derivaciones del modelo
comunicativo de la TI.
El modelo universal de la comunicación,
cuya representación canónica es la siguiente:
ofrecía un esquema simple, coherente y
operativo a la incipiente investigaci6n de la comunicación de masas
norteamericana, y concordaba con los supuestos ideológico-científicos
dominantes a media- dos de siglo.
Las corrientes funcionalistas y
conductistas de la sociología y de la psicología social fueron
especialmente sensibles al hechizo «económico» del modelo "E
M
R",
porque la TI facilitaba su inclinación epistemológica hacia un "sistema
de relaciones de interdependencia funcional, cuantificables y
formalizables, entre elementos empíricos descompuestos en variables" (Quéré,
1982: 18). El esquema "E
M
R"
sugiere más fácilmente la objetivación de la acción comunicativa en
términos de estímulo- respuesta, en términos de actividad
unidireccional e instrumental, que en cuanto interacción simbólica o
acción estratégica. Quéré sostiene que las concepciones
lineal-instrumentales de la comunicación reproducen, en sus operaciones
de conocimiento, el tipo de racionalidad imperante en el funcionamiento
social contemporáneo, en el que predomina "la perspectiva de una
disposición técnica de los procesos sociales con fines de
racionalización de la actividad social" (Quéré, 1982: 27). Al apoyarse
en la confortable evidencia de dos actores comunicativos, el emisor y el
receptor, con un reparto de papeles perfectamente simétrico, las
metodologías empiristas se ahorran el rodeo por las múltiples instancias
de mediación que intervienen en los procesos comunicativos de la
sociedad humana. Ese rodeo puede ser superfluo para la ingeniería, pero
no lo es para las ciencias sociales: la dimensión simbólica de la
interacción, las instituciones, y entre ellas el mismo lenguaje (espacio
en que las relaciones sociales sé auto constituyen y se expresan), la
heterogeneidad interna de los sujetos y de la cultura... son problemas
que cuestionan la posibilidad de objetivar válidamente la comunicación
social en términos de una secuencia "E
M
R".
1.1.4. Los sujetos y los códigos
Se han criticado sobre todo, y con buenas
razones, las erróneas representaciones del "receptor" a que invita el
modelo "E
M
R":
la función receptiva tiende a concebirse como una mera identificación
(un "referéndum semántica") por parte del receptor, de los signos
codificados por el emisor. Y sin embargo la recepción es también una
actividad, una construcción del sentido análoga a la que requiere la
producción del mensaje. Como ha escrito López Aranguren (1975: 11):
el proceso de recepci6n
no consiste necesariamente, ni mucho menos, en una mera y pasiva
"aceptación" (... ) Normalmente, hasta la conformidad desencadena un
proceso efector y por tanto hay que mantener a la vista el sentido
siempre activo de la palabra "respuesta".
Las actividades emisiva y receptiva son
interdependientes, se condicionan entre sí: al producir un mensaje o
texto, el "emisor" normalmente ha de anticipar la interpretación -
respuesta de su "receptor"; al interpretarlo, el receptor normalmente
propone ciertas hipótesis sobre los propósitos del emisor, sobre la
forma textual y el contexto, etc. La imagen de un juego de estrategia
proporciona una representación más adecuada de esas relaciones que la
imagen de la transmisión telegráfica, como la que sugiere el
modelo "E
M
R".
Según la ilusión telegráfica., el emisor y el receptor son instancias
vacías que realizan funciones meramente operativas y formalmente
reversibles: codificar y decodificar. Los códigos, lógicamente
anteriores a los mensajes y a la naturaleza específica de cada escenario
comunicativo, garantizan que la comunicación se lleve a cabo:
precisamente como una simple transferencia de información. El
contenido de esa información y la representación que de él se haga el
destinatario están predeterminados por las reglas y límites de uso del
código en cuestión. Se ha dicho que en esta perspectiva teórica el
emisor-hablante, más que hablar, "es hablado" por el código.
Sin embargo, antes que codificar o
decodificar, los sujetos de la comunicación proponen hipótesis
interpretativas y se orientan mediante razonamientos estratégicos
implícitos o explícitos, como antes señalábamos. Desde luego recurren a
códigos (gramáticas, reglas y convenciones muy variadas), pero los
aplican con un sentido contextual, es decir, flexiblemente orientado a
las características de la situación y de la relación comunicativo en que
intervienen.
Se ha llamado competencia comunicativo a
esa capacidad de producir / interpretar de forma razonable y contextual
izada. Hymes (1974), quien ha popularizado la noción, entiende que los
acontecimientos lingüísticos (speech events) no se explican por
la sola aplicación de la competencia lingüística de los hablantes,
porque la capacidad de hablar es inexplicable sin la de comunicar, que
requiere el conocimiento implícito de normas psicológicas, culturales y
sociales.
Los agentes sociales de la comunicación
no son, pues, "operadores vacíos" que codifican y decodifican, sino
sujetos comunicativos competentes.
Examinaremos en breve dos de las formas
en que se aplica la competencia comunicativo: la realización de
inferencias y el uso de metarreglas:
1. Los agentes comunicativos nunca
recibimos informaciones exhaustivas, ni los códigos que posibilitan las
representaciones semánticas (el diccionario sería la compilación de los
códigos léxicos de una lengua) pueden anticipar la incalculable variedad
de contextos comunicativos y de sentidos potenciales de las expresiones.
Así que los interlocutores - en el caso de una comunicación lingüística-
han de llevar a cabo inferencias que: a) completan la información
explícita; b) explican y justifican los motivos, metas y razones
de las propias expresiones y de las del interlocutor. A las primeras,
Brown y Yule (1993: 320-321) las llaman inferencias elaboradoras;
a las segundas, inferencias evaluadoras. Los dos ejemplos
siguientes ilustran las respectivas clases de razonamiento inferencial:
-
/Abre la ventana/
"Abre la ventana más próxima al lugar en el que te encuentras".
-
/Hay demasiado humo/
"Hay más humo del que yo considero aceptable porque usted está
fumando. Esta es la razón por la que le pido indirectamente, ya que
no tengo autoridad para ordenarle, ni deseo ser agresivo y crear un
conflicto serio entre nosotros, que deje usted de fumar".
Estos ejemplos son propios de situaciones
de comunicación cara a cara. Podemos también imaginar inferencias de
ambos tipos llevadas a cabo por un receptor de la comunicación masiva:
-
(Titular de prensa) /El gobierno
rebajará los impuestos/
"El gobierno actual del estado en el que se publica este periódico
ha dicho que rebajará los impuestos".
-
(Eslogan electoral) /Ahora más que
nunca/
"Sabemos que tienes razones de peso para no votar a esta opción
política, ahora bien, nos interesa convencerte de que en la actual
coyuntura electoral se dan las siguientes razones, aún más poderosas
(...) para que pases por alto las primeras y nos votes. Vótanos".
2. Los interlocutores o agentes
comunicativos no llevan a cabo esta clase de inferencias desde la nada:
por una parte poseen un conocimiento enciclopédico (la metáfora de la
"enciclopedia" remite a un saber hacer/interpretar más amplio que el
derivado del "diccionario") basado en su experiencia sociocomunicativa.
Por otra, la que aquí más nos interesa, los sujetos, sin prescindir de
los códigos y convenciones, dirigen su aplicación mediante metarreglas,
principios más generales que las reglas.
Llamamos metarreglas a ciertas
propiedades invariantes que gobiernan las condiciones fundamentales de
toda interacción y que indican cómo el actor y el observador deciden lo
que es correcto, normal, regular; que fundamentan, por tanto, la
posibilidad de que exista o se negocie y construya un orden normativo y
un sentido compartido de las acciones comunicativas (Cicourel, 1970.
30-32). A este nivel metarregulativo pertenecen ciertas "expectativas
básicas" como la confianza o las expectativas de cooperación
interlocutiva (por ejemplo, el supuesto de que nuestros
interlocutores no nos engañan ni nos escatiman información sin más ni
más); también los llamados "procedimientos interpretativos" como la
suposición de reciprocidad, el principio de etcétera y otros (cfr.
M. Wolf, 1982).
Consideremos un ejemplo del modo en que
se aplica el "principio de etcétera": en una sala de teatro se ha
colgado el cartel de "no fumar". Cualquier espectador tomará, en
principio, esa norma como obligatoria para sí mismo, pero no para un
ilusionista que esté llevando a cabo en el escenario algún juego de
magia con un cigarrillo encendido. No se entiende, en una situación así,
que el mago esté propiamente infringiendo una norma, y sí se
consideraría, empero, irregular que un espectador le reprochase al mago
su conducta. La prohibición del cartel tiene el significado de "no
fumar, etcétera", y la cláusula etcétera se refiere a
aplicaciones no explícitas pero razonables y consistentes con el sentido
contextual de la norma.
Consideremos otro ejemplo, esta vez
ilustrativo de lo que se llama la cooperación conversacional a partir de
la teoría de Grice (1979): Cuando un interlocutor X me dice que tiene
tres hijos, puedo concluir que tiene dos: es una implicación que se
sigue de la aplicación de una regla lógica según la cual "tres incluye
dos". Pero si me dice que tiene tres hijos, aunque ninguna regla lógica
me impediría concluir que tiene cinco, o en general más de tres,
entiendo que tiene solamente tres. ¿Por qué? Pues porque supongo que X
intenta ser cooperativo y, por tanto, darme la información más exacta
posible, y que si tuviera cinco hijos no me habría dicho que tiene tres.
En este caso no estoy aplicando una regla lógica, sino más bien un
principio comunicativo. Grice diría que se trata de una implicatura
convencional en la que interviene la máxima de cantidad
(no dar ni demasiada información ni demasiado poca).
Estos dos ejemplos, por triviales que
parezcan, ilustran bien que la comunicación no consiste sólo en
"transmitir información", que los sujetos han de ir más allá de los
contenidos informativos y también de las reglas y 'códigos que
supuestamente organizan esos contenidos.
1.1.5. El marco de la comunicación y la
reflexividad.
Los sujetos comunicativos construimos
conjuntamente las situaciones, de tal modo que gran parte de la
actividad comunicativo consiste en producir la inteligibilidad y la
normalidad de nuestras intervenciones y en sostener las de nuestros
interlocutores, definiendo de manera implícita, y con frecuencia por
medio de negociaciones, el sentido compartible de la actividad que
llevamos a cabo.
Esta concepción ha sido ampliamente
desarrollada por E. Goffman, que da gran importancia a los
procedimientos reflexivos mediante los que construimos y definimos las
situaciones: "un elemento reflexivo debe estar necesariamente presente
en la visión de los acontecimientos de cada participante: una correcta
visión de una escena debe incluir el verla como parte de ella misma. (Goffman,
1974: 85). La "reflexividad" es una propiedad de los textos o de los
comportamientos en virtud de la cual éstos pueden referirse a sí mismos.
Pues bien, lo que propone Goffman es que las definiciones subjetivas de
una situación, es decir, las que dan los sujetos que intervienen en
ella, forman parte constitutiva de la propia situación.
Es muy conocido un ejemplo de Goffman:
cuando un individuo es sorprendido por un testigo gateando debajo de una
mesa, no dejará de farfullar algún comentario como: "¿Dónde estará la
maldita lentilla?". Con ello el actor justifica su comportamiento,
presentándolo como orientado a un objetivo racional, no como una
puerilidad o un desatino. El uso de esta clase de justificaciones que
sirven para dar una definición reflexiva de lo que ocurre, es un
componente esencial de las situaciones.
A estas definiciones de las situaciones
construidas por quieres participan en ellas, Goffman las denomina
marcos, adoptando una noción que ya había sido usada anteriormente por
G. Bateson (1976). Para Bateson el "marco metacomunicativo" es una
especie de etiqueta que clasifica el mensaje que se está comunicando. Si
alguien me dice "eres tonto", yo interpreto el Significado de esas
palabras enmarcándolas, según el caso, como un insulto, una broma, una
expresión cariñosa, etc.
Pero en Goffman la noción de marco es más
compleja: los marcos no son sólo etiquetas, ni meramente esquemas
estereotipados de situaciones (como "encuentro en el ascensor",
"fiesta de cumpleaños", "coloquio televisivo") que la gente utiliza
mecánicamente para reconocer ciertas escenarios y actuar en
consecuencia. Los marcos se constituyen por el modo de implicación, por
la participación de los actores en la situación. Así, al mirar al suelo
de modo circunspecto cuando entro en un ascensor donde van personas
desconocidas, no estoy simplemente "respondiendo" a una situación típica
que identifico: estoy contribuyendo a construirla. Al participar
en la construcción de los marcos de sus acciones, los actores las
racionalizaran, y producen la coherencia y la normalidad
de la vida social.
La interpretación de los mensajes -
discursos de la comunicación masiva llevan también consigo una
permanente aplicación/conjetura de marcos. Examinemos este ejemplo:
cuando miramos al televisor y aparece la imagen de un personaje que
habla y mira frontalmente (hacia el lugar virtual del espectador)
podemos interpretarla en términos de dos situaciones muy distintas: si
conjeturamos que se trata de un programa informativo (un noticiario o un
telerreportaje), entendemos que esa convención significa que somos
nosotros, espectadores, los destinatarios del discurso. Si conjeturamos
que se trata de una película tendemos a interpretar la convención de
otra manera: suponemos que según el procedimiento de plano/contraplano
el personaje se está dirigiendo a otro personaje de un relato (ficticio)
cuya ubicación espacial queda definida mediante una toma de "cámara
subjetiva" (a no ser que, como hace Woody Allen en algunas de sus
comedias, el personaje nos interpele siguiendo la vieja convención del
"aparte" teatral). En otras palabras, enmarcarnos la primera situación
como una interlocución virtual, y la segunda como una situación de
discurso en la que somos espectadores o testigos de un relato que no nos
interpela en cuanto interlocutores.
La aplicación de este tipo de
interpretaciones enmarcadoras tiene mucho que ver con nuestra
competencia respecto a los géneros de la comunicación masiva, es decir,
con nuestra distinción de lo "informativo", lo "documental", lo
"dramáticos", lo "ficticio", etc.
Por otra parte, la comparación entre
estos distintos enmarque suscita la diferencia entre el relato
-lo narrado- y el discurso -la relación comunicativo establecida
al narrar- (cfr. cap. IV, 3.2); y entre el papel de receptor
(espectador) y el de destinatario (interlocutor virtual) del
discurso. Obviamente, tales matices escapan a las posibilidades
descriptivas y explicativas del modelo comunicativo E
M
R.
1.1.6. La reducción estadística de la
información y la reducción objetivista del mensaje.
Una teoría general de la información no
puede ignorar la definición de información que proporciona la TI, pero
debe al mismo tiempo acotar el ámbito de su pertinencia. La importancia
del concepto estadístico, formal, de la información en la conformación
del mundo contemporáneo es evidente: ha permitido la dígitalización de
cifras, letras, sonidos e imágenes y el diseño de máquinas capaces de
procesar, almacenar y transmitir a distancia esos signos. Con ello ha
intervenido en la gigantesca modificación del sistema productivo, de las
relaciones sociales y de la "semiosfera" cotidiana en que hoy nos toca
vivir.
Pero todos esos efectos hacen aún más
necesaria la diferenciación entre un concepto estadístico -
probabilístico de información y el concepto de significado del
sentido, que por definición escapa a la calculabílidad de las
señales informacionales. Lepschy (1971: 203-204) escribe:
Un punto delicado lo
constituye la sustitución del concepto "inocente" de FRECUENCIA RELATIVA
por el más ambiguo de PROBABILIDAD. Pero parece evidente que en los
conceptos de probabilidad, previsión, espera (más que en el de
frecuencia) se encuentra la raíz de muchas extensiones más bien
"sospechosas" de la teoría; y parece evidente también que la confusión
provocada por dichas extensiones se ha visto agravada por los equívocos
y las ambigüedades inherentes al término "información". Shannon ha
insistido repetidas veces en la afirmación de que su teoría permite
medir la CANTIDAD de información (una función relativa a la rareza de
determinados símbolos) y no la información en el sentido usual de este
término. Pero otros autores han sido menos cautos y han intentado
aplicar los cálculos de Shannon a un concepto cada vez más extenso y no
bien definido, que incluía también el "significado" lingüístico.
Y en efecto, los problemas del
significado, y más aún los del sentido, son inasequibles al
cálculo informacional propiamente dicho: entre la concepción
cuantitativo-estadística de la TI y la concepción cualitativo-semiótica
de las modernas teorías de la comunicación social hay un abismo teórico.
El abismo que ilustra perfectamente el ejemplo de E. Morin (1977):
Isolda espera la llegada del barco de Tristán. Si éste trae velas
negras, le indicarán que su amante ha muerto. Si blancas, que vive. En
términos informacionales la alternativa equivale a un bit, la
cantidad más pequeña de información. Pero en términos de sentido... ¿por
qué no le preguntamos a Isolda?
Si un primer abuso teórico ha consistido
en extender la noción de información hasta invadir el significado, uno
segundo, aún más frecuente, consiste en extrapolar la noción
infromacional de mensaje como un objetivo de transacción
comunicativo. En efecto, el concepto de mensaje es demasiado objetivista,
demasiado cosificador: nos hace pensar que en los procesos comunicativos
se lleva a cabo el intercambio de alguna "cosa". Es también un concepto
atomista: produce la ilusión de que puede aislarse una unidad dotada por
sí misma de sentido con independencia de las interpretaciones de los
sujetos y de la trama de relaciones sociales y culturales que subyacen a
cualquier proceso de comunicación social.
La "ilusión del mensaje" ha sido
complementaria de "la ilusión de los efectos": si podemos aislar un
conjunto organizado de signos que en una determinada situación se
transmiten de un emisor a un receptor, ¿por qué no identificar también
los efectos que esa transmisión particular produce -locamente- en la
mente o en la conducta del receptor? .
Pero los mensajes, como las desgracias,
nunca vienen solos. Incluso para que el mensaje pueda ser entendido por
el receptor es necesario que éste lo coteje (al menos implícitamente)
con otros mensajes, con sus experiencias previas, con sus expectativas
respecto a otros mensajes posibles. Pensemos en un enunciado como el del
ejemplo (b,) del apartado 1.1.4: su interpretación, en el sentido
inferencial que allí presentábamos, está condicionada por una gran
cantidad de presupuestos. El destinatario se enfrenta al enunciado como
si éste arrastrase consigo un conjunto de textos anteriores, y también
como una propuesta que compite, en el escenario de una campaña
electoral, con otras propuestas alternativas.
Por lo que se refiere al posible -efecto.
de ese enunciado; ¿cómo calcularlo con independencia de las
predisposiciones y las expectativas del destinatario?, ¿cómo determinar
la influencia del enunciado particular con independencia del conjunto de
enunciados en que aparece contextualizado?, ¿cómo averiguar la parte del
efecto que se debe al enunciado singular y la que se debe a un clima de
opinión o a un contexto cultural más general? Estas son las preguntas
que se formulan los diseñadores de las campañas políticas, precisamente
porque saben (al menos de forma práctica) que la comunicación pública no
consiste en un intercambio de mensajes, sino en una interacción de
textos- discursos y de prácticas discursivas.
Ya en los años setenta algunos autores
que anteriormente habían dado por buena la orientación informacionalista
propusieron un cambio de perspectiva. U. Eco y P. Fabbri (1978: 570)
sintetizaron de la siguiente manera el programa de una investigación
semiótica de las comunicaciones de masas.
-
los destinatarios no reciben mensajes
particulares reconocibles, sino conjuntos
textuales
-
los destinatarios no comparan los
mensajes con códigos reconocibles como tales, sino con conjuntos
de prácticas textuales, depositadas (en el interior o en la base
de las cuales es posible sin duda reconocer sistemas gramaticales de
reglas, pero sólo a un ulterior nivel de abstracción
metalingüística;
-
los destinatarios no reciben nunca un
único mensaje: reciben muchos, tanto en sentido sincrónico [en una
secuencia temporal] como en sentido diacrónico [simultáneamente].
M. Wolf (1987: 143 y 147) acierta a
explicar el modo en que esta clase de propuestas textualistas pusieron
en crisis no sólo el excesivo centramiento de la problemática
comunicativo en tomo al mensaje, sino sobre todo la preponderancia del
papel emisivo en los procesos de comunicación:
[anteriormente] la
disimetría de los papeles de emisor y receptor no era suficientemente
tenida en cuenta ( ... ) En el medio semiótico - textual, este límite
aparece superado: ya no son los "mensajes" los que son transferidos en
el intercambio comunicativo (lo que supondría una posición de igualdad
entre emisor y receptor) sino que es más bien la relación comunicativo
la que se construye en tomo a "conjuntos" de prácticas "textuales" (...)
La asimetría de los
papeles comunicativos confiere un particular relieve a los elementos que
en las estrategias textuales se refieren a los destinatarios, a su labor
interpretativa, a los conocimientos que los emisores poseen sobre ellos.
1.2. Las acepciones básicas de
"información".
1.2.1. Acepción operacional, acepción
semántico-cognitiva y acepción socio-discursiva
El siguiente cuadro presenta las tres
acepciones básicas de la noción de información que pueden extraerse de
la literatura contemporánea sobre comunicación.
Del primer nivel representado en el
cuadro nos hemos ocupado sumariamente: es el que corresponde a las
perspectivas informacionalistas clásicas. Algunas de las concepciones de
la TI y de la cibernética serán recogidas por la psicología cognitiva
contemporánea (segundo nivel), aunque generalmente depuradas de
supuestos mecanicistas y conductistas. A ello se refiere Mayer (1985:
25) cuando afirma: "el humano se transforma así, de un ejecutor pasivo
de respuestas, en un procesador activo de información".
Pero la segunda acepción de la
información, la semántico- Cognitiva, recubre una amplísima extensión
conceptual.
En la tradición moderna de la lógica, se
tiende a identificar la "información" con el contenido de las
proposiciones, y éste con el conjunto formado por la referencia y el
significado. La distinción entre (Bedeutung) y significado
(Sinn) fue propuesta por G. Frege (1984) a finales del siglo
pasado: la referencia consiste en la denotación de algún objeto
extralingüístico por parte de las expresiones; el segundo equivale al
"modo en que se da el objeto". U. Eco (1972: 77) propone el siguiente
ejemplo:
/ Walter Scott/
y /EI autor de "Waverley"/ son dos formas
significantes que tienen la misma Bedeutung (se refieren al mismo
ser humano), pero tienen dos Sinnen presentan la misma cosa bajo dos
aspectos diversos o, como dirían los escolásticos, bajo dos suppsitiones.
En los estudios lingüísticos generalmente
se ha identificado la información con el contenido semántica de una
proposición o frase, aunque a veces también con una descripción global
que abarca tanto las representaciones semánticas cuanto los sentidos
pragmáticos que se producen en un contexto de comunicación lingüística
particular.
En este segundo nivel la noción de
información supone mayor complejidad que en el primero. A ello se
refiere L. Thayer cuando la describe corno un proceso de segundo
grado. En los usos lingüísticos coloquiales la palabra "información"
designa una actividad primaria de acopio de datos o de mera aprehensión
de estímulos. Es la acepción a que hace referencia R. Bretz (citado por
Bernal, 1985: 17) en las primeras líneas de este fragmento:
La información está
mucho menos estructurado que el conocimiento: de hecho, gran parte de la
información consiste en hechos aislados y no relacionados. En general,
la información presenta una forma incoherente que se puede ordenar en la
memoria humana solamente cuando se ha llegado a asociar con alguna
estructura preexistente de entendimiento y llega a formar parte del
conocimiento de una persona.
Thayer (1975: 52-53) afirma que los
procesos de comunicación organizan y convierten los datos propiamente
dichos en unidades de información, y que es precisamente la
información, no los datos, lo que constituye la materia prima del
pensamiento, la decisión y el aprendizaje. Los datos remiten a algo que
"está potencialmente a nuestro alcance", pero que ha de ser organizado
selectivamente. La información remite a algo que ya es
inteligible para nosotros "en forma de mensajes susceptibles de ser
consumidos o elaborados en relación con hechos específicos de nuestro
contexto externo". Es, por ello, un "proceso de segundo grado" respecto
a los datos mismos.
En las perspectivas actuales de la
ciencia cognitiva se tiende a identificar el conocimiento como
procesamiento de información conceptual, o de información
lingüísticamente artliculada/able. De tal modo que hay también un
nivel "sub-cognitivo" de la información: por ejemplo, la información
neuroquímica de los genes, que se puede procesar sin cognición. El nivel
sub-cognitivo del procesamiento de información tendría por contenido
datos, señales o estímulos (se correspondería,
nuevamente, con el primer nivel del cuadro), mientras que el nivel
semántico-cognitivo tendría por contenidos signos o símbolos
(término, este último, que recibe muy variadas acepciones teóricas).
Pero aunque hable de "símbolos" y no de "señales" o "frecuencias
relativas", es frecuente que la ciencia cognitiva ignore también la
complejidad de los procesos semiótico-culturales, porque una cosa es
procesar símbolos y otra interpretarlos o utilizarlos en la interacción
entre sujetos.
Dentro de la "ciencia cognitiva" actual,
el área conocida como inteligencia artificial (IA), otro campo
científico derivado de la cibernética, trata de conseguir "constructos
cibernéticos que se comporten inteligentemente" a partir de una
convicción básica: que el ordenador y la mente son dos variantes de los
sistemas de procesamiento de información (SPI). "Las normas que
rigen el conocimiento (...) tendrían un carácter universal, y afectarían
tanto al software [programa] del computador como a la mente
humana". Para muchos estudiosos de IA, incluso los estados psíquicos
podrían considerarse perfectamente afines a lo que acontece en el
software informático (Fuentes y Robles, 1988: 87-88).
La metáfora maquinita (ordenador = psique
humana) contiene numerosos supuestos que Sfez (1993: 380) enumera: el
pensamiento es una especie de proceso de información; algunos procesos
cognitivos y motores están preprogramados; algunas informaciones se
codifican en la memoria por una especie de "etiquetado", otras bajo la
forma de imágenes; el aprendizaje es una respuesta adaptativa de una
máquina autoorganizada; la conciencia es un fenómeno de feed back
(retroalimentación), etc.
La noción de SPI tiene una extensión muy
amplia en la ciencia contemporánea. Además de utilizarse para los
procesos de trata- miento automático de datos por parte de máquinas, se
usa para referirse a la codificación neural, a la transmisión de
mensajes por los genes, hormonas y enzimas y para casi cualquier proceso
de organización e interacción en los organismos vivos. Los psicólogos
cognitivos con frecuencia extrapolan la noción de SPI a un terreno de
dudosa validez: el de los significados. Fuentes y Robles (1988: 88-89)
hacen suya la critica del filósofo J. Searle al abuso de los modelos de
SPI, caracterizados por la "incompetencia semántica": un programa
informática es ante todo una construcción formal y sintáctica, y aun
cuando los SPI puedan operar con símbolos (que no son ya simples
unidades sintácticas) "tales símbolos carecerían de significado para el
sistema que 'opera' con ellos". Citaré extensamente el ejemplo de Searle
que los autores presentan:
Un grupo de
programadores confecciona un programa para la comprensión del chino,
dándose el caso que las respuestas de ordenador son tan buenas como las
de un hablante nativo chino. Ahora bien, ¿a partir de este hecho cabe
inferir una comprensión efectiva del chino por parte del programa? (...)
Imaginemos que se nos introduce en una habitación en la cual se
encuentran diferentes cestas que contienen símbolos chinos; se nos
proporciona, además, un libro de reglas para manipular símbolos chinos -
las reglas especifican la sintaxis del chino y no su semántica -, junto
con las reglas necesarias para devolver símbolos chinos fuera de la
habitación. A una determinada cadena simbólica que los de afuera de la
habitación denominan "pregunta", nosotros devolvemos otra cadena,
después de manipular símbolos según las reglas sintácticas, denominada
"respuesta". Así ( ...) nos hallamos en la habitación manipulando y
devolviendo símbolos chinos pero sin entender una sola palabra de chino
( ... ) Comprender un lenguaje, o bien, poseer estados mentales, no son
cuestiones que quepa dilucidar y explicar por medio de un puñado de
símbolos y reglas formales; sin embargo, no otra cosa es un software de
computador.
Por su parte Sfez (1993: 380) no evita el
sarcasmo ante el supuesto abuso de las metáforas computacionales, cuando
afirma que en ellas se revela
un rasgo importante de
las teorías actuales de la psicología cognitiva: están fundadas sobre la
analogía entre el espíritu humano y los ordenadores. He ahí un rasgo
característico de todas las teorías de psicología cognitiva post-behavioristas.
Se percibe claramente
cómo se lleva a cabo este giro: se ve que el ordenador, en algunos de
sus resultados, imita al espíritu humano. Se adivina que el
proceso podría no ser idéntico. Pero, saltando de una cosa a la otra, se
hace "como si", y se dice que el espíritu humano podría ser semejante a
un ordenador. Se puede aún ir más lejos (es la etapa de hoy día) y
preguntarse si el ordenador no podría verdaderamente funcionar algún día
como el espíritu humano. Se busca el camino especialmente por el lado de
las neuro-computadoras (...) A partir de ahí, el giro final: se dice que
el espíritu humano mismo funciona como un ordenador.
El tercer nivel del cuadro es el que nos
ocupará en lo sucesivo. Nos interesaremos por una concepción muy amplia
de la información puesto que, presuponiendo a la vez los procesos
cognitivos, semióticos y técnicos, la información se nos presenta como
una actividad social compleja. En este nivel el acopio,
tratamiento y transmisión de datos es imposible sin una elaboración o
construcción reflexiva de marcos de interpretación y sin un contexto de
actividad social que defina las condiciones (técnicas, lingüísticas,
económicas, institucionales, políticas) de esa elaboración.
La tercera acepción concierne a la
información como discurso, como práctica discursiva y como institución
de la sociedad moderna. Hemos de contar, pues, con su dimensión
histórica. La información no es ya un concepto formal (estadístico,
cibernético o cognitivo) sino un fenómeno sociohist6ricamente
determinado: en la época premoderna puede hablarse de ideas, saberes o
representaciones, pero no de información. La información se desarrolla
en el mismo proceso de expansión de la imprenta y de las publicaciones
impresas; conoce un nuevo despliegue con la adopción de medios de
comunicación electrónicos y llega a adquirir una importancia central en
la organización social, política y cultural del mundo contemporáneo.
1.2.2. La complejidad de la información
en la sociedad contemporánea
Desde mediados del siglo XX, el
capitalismo se reorganiza dentro de un proceso de cambio histórico sin
precedentes: la producción, el consumo, el espacio político, la vida
cotidiana se ven sacudidas por la progresiva implantación de nuevos
medios electrónicos, como la televisión y los ordenadores, por el papel
fundamental de la información como proceso y recurso estratégico (en la
producción, en la organización y en el control social), y por la
creciente "mundialización" de la economía y del mercado.
La "información" en expresiones como
"sociedad de la información" (que trata de dar nombre a esta fase
postindustrial del capitalismo) remite a un complejo de fenómenos nada
fáciles de deslindar:
-
Por supuesto incluye un
significado técnico - operativo (el de la teoría
matemática de la información y la cibernética) que concierne al modo
en que los ordenadores, y en general las tecnologías electrónicas,
tratan hoy el lenguaje y el conocimiento y pueden transmitirlos a
distancia. En este sentido la sociedad actual es una sociedad
ínformacional.
-
Esta primera acepción se superpone a
la acepción cognitiva: la sociedad de la información se
caracteriza por una gigantesca producción y acopio de conocimientos.
junto a los procesos técnicos señalados en el punto anterior, los
procesos científicos, la ciencia como sistema de producción de
conocimientos -y también como sistema de control social- desempeñan
un papel central en la sociedad contemporánea. Que es, en este
segundo sentido, una sociedad informada.
-
También se superpone a las anteriores
la acepción discursivo- institucional., en la sociedad
de la información circulan numerosos y variados discursos
informativos. La producción de esos discursos, en complejas
organizaciones públicas y privadas, ha adquirido una enorme
importancia económica y política. El acceso a ellos (a su consumo)
se ha convertido en un medio fundamental de socialización, de
participación política y de logro de una identidad ciudadana. La
información, en esta acepción, reúne los modos de discurso
informativo heredados de la cultura de masas (noticias) y de
la cultura ilustrada (conocimientos), junto a nuevos modos
discursivos derivados del procesamiento informático (datos).
Y la sociedad actual es, en este tercer sentido, una sociedad
informativa.
De todo ello se deriva el carácter
totalizador de la información en el mundo contemporáneo: la información
es un proceso que envuelve todas las actividades sociales,
confiriéndoles una nueva racionalidad (la informatización es la parte de
ese proceso que se refiere a la instrumentalización de las actividades
lingüísticas y cognoscitivas mediante los ordenadores). Es también un
conjunto de prácticas profesionales de selección, procesamiento y
difusión de conocimientos; y es por fin el conjunto (heterogéneo) de
conocimientos producidos por esos procesos y prácticas.
La gran complejidad de fenómenos y
procesos a los que se refiere la "información" en el mundo contemporáneo
queda recogida en esta definición de J. Timoteo Álvarez (1987: 289):
Por información,
materia básica del sistema productivo de la sociedad nueva, se entiende:
"1. Acumulación de saber: gnoseológico (modelos, simulaciones, sistemas,
teoría de decisiones, etc.); científico - técnico (electrónica,
semiconductores, óptica, ordenadores, láseres, etc.); de actividades
propias de los sectores terciario (transportes, servicios al público),
cuaternario (finanzas, seguros, inmobiliaria), y quinario (salud,
educación, investigación, ocio). 2. Codificación del saber. 3.
Transformación y transmisión del saber (...).