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Si a los periodistas de mi generación nos
preguntan en cuáles son los medios de comunicación los
que nos hubiera gustado trabajar idealmente, aquellos
que han sido los baluartes del buen periodismo y de la
libertad de expresión sobre todos los demás, los iconos
mediáticos de la mejor democracia, hubiéramos mencionado
casi de modo unánime, entre otros, los diarios The
New York Times y Le Monde, o la cadena de
radiotelevisión británica BBC. Pues bien: los tres
acaban de padecer graves problemas y una triple crisis
de confianza, conciencia y objetivos. Si The New York
Times, Le Monde o la BBC tienen problemas
¿cómo no los vamos a tener los demás y, entre ellos, los
medios de comunicación españoles y varios
latinoamericanos que nos hemos acercado a la libertad de
expresión y a la profesionalidad del periodismo mucho
tiempo después de los citados, con interrupciones y de
una manera mucho más compulsiva que ellos? ¿Qué errores
y abusos no cometeremos nosotros, más allá de los de
ellos, si actuamos generalmente con muchos menos
recursos y con unas reglas de juego todavía prendidas
con alfileres?
Reflexionar sobre esos problemas desde
adentro del periodismo conlleva reconocer que en el
marco de referencia de la globalización, que es el que
vivimos, además de los problemas y las dificultades
específicas del periodismo de cada lugar y de cada
situación, hay también una globalización de los
problemas de este oficio y de las casuísticas que todos
abordamos. Y también que existen semáforos, reglas de
juego globales.
Encuentros como el que propicia esta mesa
redonda son buenos porque, además de servirnos para
contrastar experiencias, nos llevan de vez en cuando al
principio para reconocer que, aunque hay nuevas
tecnologías y nuevos soportes, hay aspectos sustantivos
del periodismo que no varían. Se redefinen, pero no
cambian su esencia. El propósito del periodismo sigue
consistiendo en proporcionar al ciudadano la información
que necesita para ser libre y gobernarse a sí mismo. No
es baladí recordarlo en estos días en los que se cumple
el décimo aniversario del denominado sexto medio, el
digital: en el año 1994 se comenzaban a diseñar las
páginas Web de los primeros periódicos digitales.
Siempre es oportuno hacer una reflexión sobre lo que
está ocurriendo en nuestro mundo, y mucho más ahora,
cuando cada vez se habla menos de periodismo en las
redacciones, que viven acosadas por el exceso de trabajo
y por la cuenta de resultados que deben mostrar a las
empresas de comunicación, sobre las cuales también hemos
pasado a preocuparnos, por estar vinculadas al concepto
de independencia.
En nuestros medios hablamos de política
internacional, nacional, economía, deportes, cultura,
sociedad, etcétera, pero poco de periodismo y de sus
limitaciones actuales. David Randall, autor de El
periodista universal, comenta que los medios de
comunicación, sean de la naturaleza que sean y tengan el
soporte que tengan, deberían reflejar en todos sus
números las limitaciones con las que trabajan, para que
los clientes que creen en la tendencia a la perfección,
no se equivoquen. Los periódicos, por ejemplo, deberían
llevar al lado del espacio noble de sus editoriales una
nota aclaratoria que dijese: "Este diario y las
centenares de miles de palabras que contiene han sido
producidas en aproximadamente 15 horas por un grupo de
seres humanos falibles, que desde despachos atestados
tratan de averiguar qué ha ocurrido en el mundo,
recurriendo a personas que a veces son remisas a
contárselo y, otras veces, decididamente contrarias a
hacerlo".
A estas limitaciones objetivas se les
debería añadir otra nota aclaratoria adjunta que dijese:
"Su contenido está condicionado por una serie de
valoraciones subjetivas realizadas por los periodistas y
los fijos de la redacción, influidos por su conocimiento
de los prejuicios del director y los propietarios.
Algunas noticias aparecen sin el contexto esencial, pues
éste les restaría dramatismo o coherencia, y parte del
lenguaje empleado se ha escogido deliberadamente por su
impacto emocional y no por su precisión. Algunos
reportajes se han publicado con el único objetivo de
atraer a determinados anunciantes".
Actualmente los periodistas españoles amén de los
medios en sí mismos tienen dos problemas principales que, en mi
opinión, se pueden extender geográficamente de modo universal: la
autocensura y el amarillismo. La autocensura es producto del miedo
que tienen los profesionales a investigar hasta las últimas
consecuencias cada información.
Ese miedo a la libertad se sustenta en la
impotencia a la hora de resistir las todavía hipotéticas presiones
que van a recibir de sus fuentes, de los propietarios de los medios,
de los poderes legalmente constituidos o de los poderes fácticos.
Hay quien banaliza el problema atribuyendo la autocensura a una
especie de coartada de la pereza, pero su realidad es más profunda y
tiene que ver, también, con las condiciones de trabajo. El desempleo
masivo, la precariedad laboral, la economía sumergida en el sector,
el intervencionismo de los gobiernos influyen en esta autocensura de
manera determinante, aunque no son la última causa de la misma.
Se dice que en el periodismo de investigación los
reporteros no aguantan la segunda derivada, porque tras la misma
aparece siempre un amigo del propietario.
Está tan extendida esta autocensura que, por ejemplo,
cuando Juan Pedro Valentín, director de informativos de Telecinco,
hace una entrevista profesional al presidente del gobierno en
funciones, José María Aznar, en los días previos a las elecciones
generales pasadas, y le pregunta y repregunta una y otra vez sobre
lo que no le contesta, se produce una especie de revolución no sólo
en la sociedad sino en el propio sector mediático. Nos hemos salido
de lo habitual. Nos hemos olvidado de lo que es el periodismo libre.
Los que dicen que Valentín acorraló a Aznar se olvidan de que el
periodismo no es propaganda.
Los periodistas asumimos hoy sin resistencia que en
una rueda de prensa no se puede repreguntar. Ahora se han puesto de
moda las "comparecencias" sin preguntas.
Esta autocensura -tan dolorosa en un país que sufrió
tantos años la censura del Estado- es la que facilita la descripción
del periodismo como una profesión gregaria, los medios como una
gigantesca industria de reciclaje en la que la mayor parte publica
la misma información conformista. En esta época, en la que hay
programas informativos de 24 horas al día, muchos periodistas pasan
más tiempo buscando algo que añadir a las noticias ya existentes,
que buscando lo que está oculto. En cuanto una noticia sale del
cascarón, toda la manada reacciona igual; es un solo medio
-periódico, radio o televisión- el que establece los hechos. El
gregarismo es un subproducto de la autocensura.
Es muy oportuno reflexionar sobre estos asuntos en la
España de hoy, donde hay un profundo debate político y mediático
sobre los atentados del 11-M y sus consecuencias, 48 horas después,
en el voto de los españoles.
Hemos visto que cuando un medio de comunicación se
sale de la verdad oficial causa un terremoto en la sociedad. No sólo
es necesario acercarse a la verdad de lo ocurrido, sino hacerlo en
el tiempo adecuado. En el libro Elementos del periodismo,
escrito por Bill Kovach y Tom Rosenstiel, hay una reflexión muy
adecuada para el análisis de este suceso y sus consecuencias
posteriores. La reproduzco literalmente, para insistir en la
influencia del periodismo independiente y no gregario ni
autocensurado: "En las primeras horas de un suceso, cuando ser
preciso es más difícil, circunscribirse a los hechos es quizá lo más
importante. Es en esos momentos cuando los ciudadanos se forman una
opinión, a veces con no poca testarudez, gracias al contexto
empleado para presentar la información. ¿Supone una amenaza para
mí?, ¿me beneficia?, ¿debería preocuparme?
"Las respuestas a estas preguntas determinarán con
cuánta atención seguirá cada uno de nosotros esta noticia, con
cuánto interés demandaremos una verificación de los hechos.
Basándonos en esta experiencia, Holding Carter, veterano periodista
que aceptó un cargo en la administración Carter, ha dicho que en
esta época el gobierno puede ejercer mayor control sobre la mente
del ciudadano que anteriormente. Si no se plantea, por parte de los
medios de comunicación, una oposición seria antes de tres días, el
gobierno habrá fijado el contexto de un suceso y podría controlar la
percepción que el ciudadano tenga del mismo."
La reflexión parece escrita para el ya citado caso
español, pero no fue así. El libro fue escrito en 1997, con una
metodología muy interesante: 23 periodistas (directores de
periódicos, figuras influyentes de la prensa, radio y televisión,
académicos, etcétera) se reunieron en Harvard, preocupados por el
deterioro de una profesión que en vez de servir a un interés
público, lo estaba socavando.
El segundo problema que quiero resaltar es el
amarillismo periodístico. Éste es aquel que ataca el honor o invade
la intimidad de los ciudadanos, conculcando principios
constitucionales en nombre de la libertad de expresión. Este
amarillismo sobre los particulares no tiene relación alguna con la
función de la prensa como garante del pluralismo y de una opinión
pública -como a veces oímos ampulosa y exageradamente en algunos
programas de radio o de televisión cuyos protagonistas se presentan
de modo abusivo como periodistas- y se está contagiando desde los
medios audiovisuales a los escritos, en una extraña reedición
analógica de la Ley de Gresham, que dice que la moneda mala expulsa
a la buena del mercado. A veces, la mala información también expulsa
a la buena.
La norma básica sobre los asuntos relativos al
dominio privado sigue siendo la misma de siempre: la vida privada de
los funcionarios públicos es asunto suyo, a no ser que la conducta
privada interfiera en el desarrollo de su labor pública. Borracho en
casa, asunto privado. Borracho en los pasillos del Congreso, asunto
público.
Nuestra profesión debe ser transparente. Debemos
poder contestar con claridad a las preguntas que sobre nosotros se
hacen los ciudadanos. ¿Cuáles son esas preguntas? El director de la
redacción de Le Nouvel Observateur, Laurent Joffrin,
describió hace tiempo lo que él denominó Los diez secretos del
periodismo, que deben tener respuesta para limitar esa
desconfianza que a veces ha devenido en odio. Esos secretos son los
siguientes:
1) ¿Los periodistas somos poderosos frente a los
individuos?
2) ¿Ocultamos parte de lo que sabemos, en el
entendido de que información es poder?
3) ¿Somos amigos de los poderosos? ¿Compartimos de
forma vicaria parte de su vida, los artesonados del poder?
4) ¿Estamos a las órdenes de los propietarios. La
búsqueda de la calidad periodística y la transformación del
periodismo profesional de los medios en los que trabajamos o tenemos
alguna otra lealtad prioritaria?
5) ¿Quién nos paga? Aquí no se pregunta sólo por los
ingresos espurios o vergonzantes sino por el salario del que
vivimos. O lo que es lo mismo: ¿quiénes son los auténticos
propietarios últimos de los medios en los que trabajamos?
6) ¿Somos manipulados consciente o inconscientemente?
¿Garganta profunda no manipuló a Woodward y Bernstein?
7) ¿Somos competentes? ¿Tenemos formación suficiente
para hablar al mismo tiempo del caso Enron, la contabilidad
creativa, el Protocolo de Kyoto, las células madre, la guerra
preventiva o el Tribunal Penal Internacional?
8) ¿Tenemos los medios suficientes para investigar?
9) ¿Somos borregos o tenemos la capacidad de
investigar asuntos propios o fuera de la agenda pública?
10) ¿Somos intocables? ¿Es posible que en sociedades
repletas de casos de corrupción y personas corruptas no haya
periodistas que pertenecen a esta última clase? ¿Hay sanciones en
nuestras redacciones para quien abusa o se corrompe?
11) A pesar de esos defectos y abusos, la mayor parte
de las noticias importantes son divulgadas. Corregidas las
manipulaciones, se critica a los poderosos y se presentan con
amplitud los males de la sociedad. Ésa es la grandeza y la
fascinación del periodismo. Su milagro. A la vista de los
resultados, hay que poner en cuarentena la versión arqueo marxista
de quienes afirman que como la prensa está sometida a las cada vez
más difíciles leyes del mercado, también está forzosamente vendida a
los poderes económicos o de otro tipo. Además de sumisión, hay
espacios de autonomía.
Eso es lo que al final separa a un periodismo de
otro. Lo que sigue vigente es el propósito último del periodismo:
proporcionar al ciudadano la información que necesita para ser libre
y capaz de gobernarse a sí mismo. La búsqueda de la calidad
periodística y la transformación del periodismo profesional.
Director de la Escuela de Periodismo de la
Universidad Autónoma de Madrid-El País. Ha sido director de
publicaciones del grupo Prisa.
Éste, y los siguientes tres ensayos, que hasta ahora
no han sido publicados, formaron parte de los seminarios Ética,
calidad y empresa periodística en América Lartina (Monterrey, 2003),
y La búsqueda de la calidad periodística y la transformación del
periodismo profesional (Monterrey, 2004), organizados por la
Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y la Corporación Andina de
Fomento, a quienes agradecemos la autorización para publicarlos.
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