Quisiera
reflexionar un momento con ustedes sobre un tema de
profunda actualidad y que yo titularía de la manera
siguiente: “Los medios de comunicación de masas en la
era de la globalización”.
En mi
opinión, es un tema capital. No es un problema marginal
ni periférico, con respecto al problema de la
globalización liberal. Es capital porque la información,
durante mucho tiempo, en el marco de las democracias,
fue un recurso de los ciudadanos frente a los abusos del
poder. Durante mucho tiempo, en los países democráticos,
se estimaba que los poderes tradicionales –legislativo,
ejecutivo y judicial– podían equivocarse y cometer
atropellos contra los ciudadanos. No me refiero a los
países autoritarios o dictatoriales, donde es obvio que
el poder político es el principal responsable de todos
los abusos contra los derechos humanos y de todas las
censuras contra las libertades. No, me estoy refiriendo
a los países democráticos en los cuales las leyes
(votadas democráticamente), el gobierno (elegido
democráticamente) y la justicia (independiente del poder
político) pueden cometer graves abusos, cada uno a su
manera: por ejemplo, condenar a un inocente –recordemos
el caso Dreyfus en Francia–, votar leyes
discriminatorias respecto a alguna minoría –como en
Estados Unidos durante decenios contra los
afroamericanos–, o tomar decisiones de orden social, por
parte del Ejecutivo, que también pueden afectar
negativamente a un sector de la sociedad, como lo
estamos viendo en muchos países europeos respecto de los
inmigrantes.
Los medios
de comunicación y los periodistas, en ese contexto,
siempre consideraron como un deber denunciar esos
atropellos, discriminaciones y abusos. Por eso, durante
mucho tiempo, se habló del “cuarto poder”, y se
consideraba que la prensa y los periodistas, en tanto
que “cuarto poder” constituían, en realidad, un
contra-poder.
El “cuarto
poder” era, en definitiva, gracias a los medios de
información, el poder del que disponían los ciudadanos
para criticar, rebatir, oponerse, en un marco
democrático, a decisiones legales que podían ser
inicuas, injustas, y hasta criminales contra algunos
ciudadanos inocentes.
Estimo que
desde hace unos 15 años, a medida que se aceleraba la
globalización liberal, ese “cuarto poder” iba perdiendo
su función de contra-poder. Lo que hemos descubierto, al
analizar la globalización, al estudiar de qué manera hoy
se establecía un capitalismo de nuevo cuño, un
capitalismo que ya no es meramente industrial, sino
financiero, un capitalismo de la especulación, en la
fase actual de la globalización en la que el poder lo
poseen esencialmente unos grupos económicos planetarios,
en esta fase en que, en definitiva, el debate principal
reside en enfrentamientos frontales entre el mercado y
la sociedad, entre lo privado y lo público, entre lo
individual y lo colectivo, entre el egoísmo y la
solidaridad, observamos que los medios de información
dejaron de constituir un contra-poder.
En el marco de esa
filosofía de la globalización económica, las empresas
globales tienen ahora un papel más importante, a veces,
que el de muchos gobiernos o de muchos Estados. Esas
empresas y los empresarios que las dirigen son los que
cada año se reúnen en Davós, en el marco del Foro
Económico Mundial precisamente, donde se juntan los
nuevos amos del mundo. En ese marco, en ese contexto
geoeconómico y geopolítico de lo que significa hoy la
globalización, se produjo una importante transformación
de los medios de comunicación de masas. En el corazón
mismo de la estructura industrial y de la propiedad
económica de los medios.
Globalmente, hoy día, los medios de
comunicación (emisoras de radio, prensa escrita, canales de televisión,
Internet) pertenecen, cada vez más, a grandes grupos mediáticos que
tienen también una vocación global, una vocación mundial. Como el grupo
News Corp del Sr. Rupert Murdoch, o AmericaOnline, o Viacom, o
Microsoft. Grupos que tienen nuevas posibilidades de expansión, gracias
a la transformación de la técnica, en la medida en que la “revolución
digital” rompió las fronteras que antes separaban escritura, sonido e
imagen. Esta revolución ha permitido el surgimiento de Internet que
aparece como un cuarto medio, una cuarta manera de expresarse.
Con esta “revolución
digital”, las empresas mediáticas agrupan ahora, no sólo a los medios de
comunicación tradicionales (prensa, radio y televisión), sino también a
todo lo que podríamos llamar el sector de la cultura de masas, de la
comunicación y de la información. Estas tres esferas estaban antes
aisladas: por una parte la cultura de masas, con su lógica comercial,
sus creaciones populares, sus objetivos de mercado planetario; por otra
parte, la comunicación, en el sentido tradicional, o sea la publicidad,
el mercadeo, la propaganda; y, en fin, la información, con las agencias
de prensa, los noticieros, los diarios, los canales de información
continua, los periodistas de todo tipo.
Esas tres áreas –cultura
de masas, comunicación e información– antes tan separadas, constituyen
hoy día una sola y única área, en la que, cada vez hay menos diferencias
entre la actividad que se hace en el marco de la información y la
actividad que se puede hacer en publicidad o en cultura de masas.
Pero, además, estas nuevas
empresas mediáticas gigantescas, estos productores de símbolos, también
suman a sus actividades mensajes de otro tipo, como los video-juegos,
los DVD, los CD musicales, la música popular, las distracciones, las
ciudades de ocio tipo Disneyland por ejemplo, y también pueden integrar
el cine de diversión, la televisión, los dibujos animados, las tiras
cómicas, el deporte-espectáculo, la edición de libros, etc.
Es decir, tenemos ahora
unos grupos mediáticos que poseen dos características nuevas. Primera
característica: se ocupan de todo lo que puede ser escrito, todo lo que
puede ser filmado y todo lo que puede ser difundido mediante el sonido
y, además, lo difunden por todo tipo de canales, ya sea a través de la
prensa tradicional de papel, por las radios, por las televisiones
hertzianas o satelitarias, así como por Internet, y por todos los tipos
de difusores posibles, en técnica digital. Segunda característica: son
grupos mundiales, planetarios, y no sólo nacionales o locales. Por
ejemplo, Orson Wells criticaba el “super–poder” de “Citizen Kane” en los
años 40. Pero hoy nos damos cuenta de que en definitiva el Sr. Kane no
era más que el propietario de unos cuantos periódicos de prensa escrita
en un único país. Es decir disponía de un poder enano (aunque no por
ello dejaba de ser eficaz a escala local o provincial) frente a los
archipoderes de los magagrupos mediáticos de nuestro tiempo.
Hoy, estas hiper-empresas
poseen todos los sectores mediáticos en muchos países, en casi todos los
continentes y, por consiguiente, los megagrupos mediáticos –como la News
Corp Viacom, NBC, AOL-Time-Warner– son ahora actores centrales de la
globalización económica. Y su capacidad de adquirir aún más poder
mediante una mayor concentración sigue aumentando, como lo muestra la
decisión adoptada el 4 de junio de 2005 por la Federal Communications
Commission (FCC) y que permite a los mastodontes de los medios en
Estados Unidos aumentar aún más su tamaño.
La globalización es
también la globalización de los medios de comunicación y de información,
y estos megagrupos ya no se plantean como objetivo cívico el de ser un
“cuarto poder” para corregir los disfuncionamientos de la democracia y
perfeccionar así este sistema político. Ni desean ser un “cuarto poder”,
ni tampoco se proponen de actuar como un contra-poder.
Podríamos decir que si
estos grupos constituyen un eventual “cuarto poder”, sería en el sentido
de que ese cuarto poder se une, se añade, se suma a los otros poderes
existentes –Legislativo, Ejecutivo y Judicial–, al poder político y al
poder económico, para aplastar a su vez, como poder suplementario, al
ciudadano.
Por consiguiente, la
cuestión cívica que se plantea es: ¿Cómo resistir, reaccionar, cómo
oponerse, frente a lo que fue durante mucho tiempo el único poder de los
ciudadanos en oposición a los poderes dominantes? ¿Cómo resistir frente
a la ofensiva de este nuevo poder que en cierta medida traicionó al
ciudadano pasándose al adversario?
Pienso que lo que se
debería hacer es crear sencillamente un “quinto poder”. Un quinto poder
que nos permita oponer una fuerza cívica ciudadana a esa nueva suma, a
esa nueva alianza de poderes. Un “quinto poder” cuya función sería la
denuncia del nuevo superpoder de los medios, de las grandes industrias
mediáticas, vectores y cómplices de la globalización. Esos medios que
hoy, en algunas circunstancias, no sólo han dejado de defender a los
ciudadanos sino que a menudo actúan contra el pueblo en su conjunto.
Como lo estamos viendo en el enfrentamiento que se desarrolla
actualmente en Venezuela. En Venezuela, donde la oposición política fue
derrotada en 1998 en elecciones libres y democráticas, donde la
oposición política fue democráticamente barrida, los grupos mediáticos
de prensa, radio y televisión más importantes del país se lanzaron en
una guerra mediática contra la legitimidad democrática que representa el
gobierno del Sr. Hugo Chávez. Se piense lo que se piense de éste y de su
gobierno, hay que constatar que contra ellos, los medios de información
en manos de unos cuantos privilegiados han utilizado toda la artillería
de las manipulaciones, de las mentiras, de las falsedades para intentar
intoxicar las mentes de los ciudadanos, en una guerra ideológica abierta
para defender sus privilegios y oponerse a toda reforma social y a todo
reparto equitativo de la riqueza.
El caso de Venezuela es
ejemplo de la nueva situación internacional en la que unos grupos
mediáticos enfurecidos asumen abiertamente su nueva función de perros
guardianes del orden económico establecido y su nuevo estatuto de poder
antipopular y anticiudadano. Esos grupos no se asumen sólo como poder
mediático, sino –sobre todo– como poder ideológico. Un poder ideológico
que trata de contener las reivindicaciones populares y que ambiciona
apoderarse del poder político (como lo hizo, democráticamente, en
Italia, el Sr. Silvio Berlusconi).
El caso de Venezuela, esa
“guerra sucia mediática” contra el presidente Chávez –varias veces
elegido democráticamente– que le impide realizar las reformas sociales
votadas por la mayoría de los ciudadanos, esa manera de oponerse y de
sabotear el resultado de una elección totalmente democrática, es lo que
en los años 70 hizo el diario El Mercurio en Chile contra el
gobierno democrático de Salvador Allende, o lo que hizo en los años 80
el diario La Prensa en Nicaragua contra los sandinistas, o la
misma campaña que mañana los grandes medios pueden lleva a cabo en
Ecuador o en Brasil o en Argentina contra toda reforma democrática que
modifique la jerarquía del poder y de la riqueza.
Ya no son sólo los poderes
de la oligarquía tradicional, ya no son sólo los poderes de la reacción
tradicional, ahora los poderes mediáticos son los que pasan a dar la
batalla política –¡en nombre de la libertad de expresión!– contra los
programas que defienden los intereses del conjunto de los ciudadanos.
Esta es la fachada mediática de la globalización. Y esta fachada es la
que revela de la manera más clara, más evidente, más caricaturesca, la
ideología de la globalización liberal.
De ahí que medios de
comunicación y globalización sean dos conceptos íntimamente ligados, y
que sea necesario desarrollar una reflexión sobre cómo nosotros, los
ciudadanos, podemos exigir de los medios más ética, cómo podemos exigir
que simplemente digan la verdad, exigir el respeto de una deontología
que obligue a los periodistas –la mayoría de ellos, serios y honestos– a
actuar en función de su conciencia y no a actuar en función de los
intereses de los grupos, de las empresas o de los patronos que los
emplean.
Hemos constatado que, por
una parte, los medios son utilizados hoy como un arma de combate en la
nueva guerra ideológica, pero también que la información por su
explosión, por su multiplicación, por su sobreabundancia, se encuentra
hoy literalmente contaminada, envenenada por toda clase de mentiras,
emponzoñada por los rumores, por las distorsiones y por las
manipulaciones. De ahí que los ciudadanos tengan una necesidad urgente
de recurrir a un referente que les garantice o que les asegure que la
información que el ciudadano va a consumir, es una información válida,
seria, segura, verídica, verdadera.
Está pasando con la
información, lo que ha pasado con la alimentación. Durante mucho tiempo
la alimentación fue muy escasa y en muchos lugares del mundo, en los
países pobres del Sur por ejemplo, sigue siendo escasa. En muchos
países, la alimentación se sigue caracterizando por la penuria, y en los
países hoy desarrollados también se caracterizó por la penuria durante
mucho tiempo. Pero cuando, gracias a la revolución agrícola, la
superproducción permitió, por ejemplo en los países europeos, producir
abundancia de alimentación, nos dimos cuenta de que muchos de los
alimentos que consumimos estaban contaminados, envenenados por
pesticidas, mal elaborados, y así causan enfermedades, producen cáncer,
producen toda clase de problemas de salud y pueden hasta causar la
muerte, como la peste de las vacas locas. Antes podíamos morir de
hambre, pero hoy podemos morir por comer alimentos contaminados…
Con la información ocurre
igual. Históricamente, la información ha sido muy escasa, frecuentemente
no había. En las dictaduras no hay una información fiable, de calidad,
pero hoy, en los países democráticos, la información se ha multiplicado,
ha estallado, desborda por todas partes. Empédocles decía que el mundo
estaba hecho de la combinación de cuatro elementos: aire, agua, tierra y
fuego. Pues hoy podemos decir que la información es tan abundante que
constituye un quinto elemento.
A la vez constatamos que
la información está, como los alimentos, contaminada. Hoy, la
información que consumimos muchas veces nos está envenenando el
espíritu, emponzoñando el cerebro, tratando de manipularnos, de
intoxicarnos, está tratando de colocar en nuestra mente ideas ajenas a
las nuestras. Por consiguiente, es necesario elaborar lo que yo llamo
una “ecología de la información”. Hay que limpiar esa información de la
“marea negra” de mentiras, descontaminarla. Los ciudadanos deben hoy
movilizarse para exigir que los medios pertenecientes a esos grandes
grupos tengan un respeto elemental de la verdad, porque la verdad
constituye en definitiva la legitimidad de la información.
Por eso he propuesto que
se cree el Observatorio Internacional de los Medios (Media Watch
Global), para disponer de un arma cívica, pacífica, que van a utilizar
ahora los ciudadanos para oponerse al nuevo superpoder de los medios.
La asociación Media Watch
Global es una de las expresiones del movimiento social planetario
reunido en el Foro Social Mundial. En plena globalización liberal,
expresa la preocupación de todos los ciudadanos ante el poder y la
arrogancia de las industrias gigantes de la comunicación y de los medios
masivos.
Hace tiempo ya que
numerosos medios de comunicación privilegian sus intereses particulares
en detrimento del interés general de la sociedad y confunden su propia
libertad con la libertad de empresa, considerada en estos tiempos de
globalización como la primera de las libertades. Pero la libertad de
empresa no puede prevalecer en ningún caso sobre el derecho ciudadano a
una información rigurosa y verificable. La libertad de empresa no puede
ser el pretexto para difundir falsas noticias, supuestas verdades o
difamaciones.
La libertad de los medios
de comunicación no es más que una extensión de la libertad colectiva de
expresión, fundamento de la democracia. Como tal, implica una
responsabilidad social y su ejercicio está por lo tanto sujeto en
última instancia al control responsable de la sociedad.
La fuerza de Media Watch
Global es ante todo moral, en la medida en que amonesta desde la ética y
sanciona las faltas de honestidad profesional por medio de informes y
estudios que publica y difunde.
Media Watch Global
constituye un indispensable contrapeso al exceso de poder de los medios,
cuando en materia de información prevalece una sola lógica –la del
mercado–, y una sola ideología –neoliberal– que permiten al mercado
extender su influencia a dominios de la vida colectiva, preservados
hasta ahora.
Esta asociación
internacional desea ejercer una responsabilidad colectiva, en nombre del
interés superior de la sociedad y del derecho de los ciudadanos a ser
correctamente informados. Se propone, asimismo, proteger a la sociedad
de las manipulaciones mediáticas.
Media Watch Global reúne
tres tipos de miembros, con idénticos derechos:
-
- periodistas
profesionales o colaboradores, en actividad o jubilados, de todos
los medios;
-
- universitarios e
investigadores de todas las disciplinas, en particular especialistas
en medios, información y comunicación, porque estimamos que la
universidad, en el contexto actual, sigue siendo uno de los pocos
lugares aún parcialmente protegidos contra las ambiciones
totalitarias del mercado;
-
- consumidores de
medios, ciudadanos comunes y personalidades conocidas por su
estatura moral (intelectuales, filósofos, creadores, artistas…).
Puesto que la información
es un bien común, su calidad no puede estar garantizada por
organizaciones compuestas solo por periodistas, frecuentemente apegados
a sus intereses corporativos. Los sistemas actuales de regulación de
medios son insatisfactorios. Los códigos deontológicos de cada empresa
mediática (cuando existen) se revelan poco aptos para sancionar y
corregir las desviaciones, las ocultaciones y las censuras. Es
indispensable que la deontología y la ética de la información sean
definidas y defendidas por una instancia imparcial, creíble,
independiente y objetiva, en la que los universitarios tengan un papel
decisivo.
La función de los
ombudsmen o mediadores, que resultó útil en los años 80 y 90, está
hoy mercantilizada, desvalorizada y degradada. Con frecuencia es
instrumentalizada por las empresas, responde exclusivamente a
imperativos de imagen o constituye una coartada de bajo costo, destinada
a reforzar artificialmente la credibilidad del medio.
Uno de los derechos más
preciados del ser humano es el de comunicar libremente su pensamiento y
sus opiniones. Ninguna ley debe restringir arbitrariamente la libertad
de palabra o de prensa. Pero esa libertad no puede ejercerse sino a
condición de no infringir los derechos ni las leyes que protegen a la
sociedad contra la difusión de falsas noticias y contra el peligro de
las manipulaciones mediáticas.
Media Watch Global estima
por lo tanto que la absoluta libertad de los medios pregonada por los
propietarios de los grandes grupos de comunicación no debe concretarse a
costa de la libertad de todos los demás.
Los grandes grupos
mediáticos deben saber que ha nacido un contra-poder. A partir de ahora
deben recapacitar, deben saber que si efectivamente ellos defienden la
globalización liberal, muchos ciudadanos se alistan en el nuevo
Movimiento Social Mundial que se da cita cada año en Porto Alegre.
Periodistas,
Universitarios, y simples ciudadanos estamos colectivamente forjando un
arma nueva para este siglo nuevo.
Los globalizadores dijeron
que este siglo sería el siglo de las empresas globales; nosotros decimos
que este siglo será el siglo en el que la comunicación y la información
pertenecerán por fin los ciudadanos.
Nos apoderaremos de la
verdad, y, con la verdad, la democracia triunfara.
Santo Domingo, abril de
2006.
Ignacio Ramonet
es director de Le Monde
Diplomatique. Esta es la conferencia
inaugural que dictó en la V Cumbre Iberoamericana de Comunicadores
realizada en Santo Domingo, del 6 al 8 de abril de 2006, y se reproduce
con la autorización de Infomega.