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Puntal de la democracia, según la teoría liberal
clásica.
Recoger o reunir información;
transmitirla y comunicarla; publicar, divulgar y emitir noticias,
así como el derecho irrestricto a recibir noticias y opiniones por
cualquier medio de información, son principios que consagra la
teoría liberal clásica, porque el derecho a la información, como
disciplina jurídica, nace ante la necesidad de reglamentar y
organizar el ejercicio de un derecho natural del hombre, reconocido
en las leyes fundamentales de los diversos países modelados en el
ámbito jurídico-político de los Estados de Derecho.
Después de que el alemán Johann
Gutenberg creó en Maguncial los tipos metálicos móviles para echar a
andar la prensa en occidente en 1450, su invento debió enfrentar a
dos enemigos poderosos: por un lado, aquellos que veían como un
instrumento del demonio el nuevo sistema de difusión múltiple
de mensajes escritos y trataron de acallar su voz para que no se
produjeran sin autorización libros, folletos ni hojas noticiosas, y
por otro, aquellos que hicieron mal uso de tan valiosa herramienta
para llenar de textos incendiarios y difamatorios su entorno.
En sus inicios, el invento de
Gutenberg fue sometido por el poder político y eclesiástico
principalmente. Por su parte, la lucha de los sectores culturales de
la época se centró en conseguir una amplia libertad de imprenta para
editar libros que después se extendería al campo de la prensa,
cuando se vio, a partir de 1505, la utilidad de los zeitungen
en Alemania, las gacetas italianas, que antes eran manuscritas, los
news, corantos y mercurios ingleses y las nouvelles o
courrieres francesas.
Sin embargo, el camino se vio
sumamente estropeado por las malas artes de quienes se dedicaban a
producir libros prohibidos en Francia, llamados libelles
(ataques calumniosos a las figuras públicas a quienes se conoce
colectivamente como les grands y ahora los famosos).
Esos libros eran subgéneros de la literatura de escándalo desde el
Renacimiento, y pertenecían a una vieja variedad del enlodamiento
que casi siempre se quedaba en la alcantarilla, en donde entran esos
libelles, especialmente los de los años setenta y ochenta del siglo
XVIII.
En lo legal, el libelo (del latín:
libellus, dimunitivo de liber=libro) o librito
subrepticio, representa el delito de difamación, pues se le asocia
en su origen francés a todo panfleto que contiene ataques
calumniosos contra personas prominentes. En síntesis: es un escrito
ofensivo u obra injuriosa.
En 1560, de acuerdo con
investigaciones de Robert Darnton,1
apareció esta proclama en Francia:
Todos los productores de carteles
y libelles difamatorios [...] que tiendan a infamar al pueblo y
provocarlo hasta la sedición, serán condenados como enemigos de la
paz pública y criminales culpables de lése-majesté.
Calumnia y sedición –continúa Robert
Darnton– parece caracterizar la historia de los libelles políticos
desde el siglo XVI hasta el XVIII.
Entre 1648 y 1653 se publicaron en
toda Francia cinco mil panfletos con el mismo tipo de vituperio
personal y relato de intrigas, lo cual demuestra que la
efervescencia política y la consecuente lucha por el poder propició
que esos escritos se utilizaran para conspiraciones o golpes bajos
contra rivales de una causa.
Los enemigos del Rey y de su esposa
se amparaban en estos textos salidos de las prensas a escondidas y
repartidos de noche, para destilar todo el veneno contra ellos y
tratar de minimizar su poder, atacando de igual forma a cuanta
figura pública les mereciera desprecio o fuera considerada un
obstáculo en la consecución de sus metas.
Ante estas circunstancias, la
autoridad constituida y la Iglesia desconfiaban de todo lo que salía
de la imprenta y le ponían la lupa especialmente cuando, en 1631, el
médico Teofrastro Renaudot obtuvo del Rey de Francia el privilegio
de la exclusividad de las noticias para su Gaceta de Francia,
con el amparo de sus protectores, el padre José y el cardenal
Richelieu.
Con el nacimiento de tal órgano
oficioso del gobierno, semanalmente, se inicia el sistema
informativo de la prensa en el mundo hasta conseguir a mitad del
siglo XIX el nombre propiamente de periodismo. Por eso, se considera
que Renaudot fue quien arrojó la primera simiente de las
publicaciones con estructura noticiosa y periodicidad, cuyo avance
fue sorprendente para su época, a pesar del nulo desarrollo de la
prensa de Gutenberg.
Los orígenes
Coincidentemente por esas mismas
fechas, en Inglaterra comienza la lucha por la libertad de prensa,
pues diversas trabas legales limitaban la difusión de las hojas de
noticias impresas en forma periódica, debido a la consolidación del
régimen parlamentario.
El monarca de entonces, Carlos I,
quien gobernó de 1625 a 1649, provocó el enojo de los críticos de su
gobierno, quienes lograron ser los líderes en el mundo en su
aspiración por soltar los amarres de la imprenta para la libre
circulación de las ideas, pues su respuesta a los afanes represores
sentó las bases para que en Francia también se levantaran los grupos
inconformes contra quienes querían el silencio o la complicidad de
los medios escritos.
Todo empezó cuando Carlos I de
Inglaterra disolvió el parlamento en varias ocasiones porque la
Cámara trató de imponer el criterio único de la mayoría
parlamentaria sobre los muchos criterios individuales del
monarca. En una de esas clausuras parlamentarias decretadas por el
rey, su consejero político principal, el arzobispo de Canterbury,
William Laud, lo previno sobre los efectos de su mandato sobre la
democracia.
El rey le propuso al Arzobispo que se
despreocupara, pues “la democracia es sólo una bufonada de los
griegos, que atribuye cualidades extroardinarias a las personas
ordinarias. Todos sabemos que eso no es posible: ¡que disuelvan el
Parlamento!”
Craso error del principio absolutista
de Carlos I, y después del mismo Parlamento al promulgar en 1643 las
leyes de censura durante la guerra civil, pues la democracia se
sustenta en el poder del pueblo y el ideal de la democracia jamás ha
dejado de estar influido por las versiones liberales primigenias, en
las que el derecho a la manifestación del pensamiento ha sido objeto
de afanes teórico-prácticos significativos desde la antigüedad. Por
eso el ingrediente individualista, que tal corriente enarbolaba,
ganó y defendió un espacio de expresión opuesto a las actitudes
monopolizadoras de los regímenes monárquicos y de sus intelectuales
orgánicos.
Y si en tiempos de Carlos I en
Inglaterra se promovió en el ámbito económico la producción y el
intercambio de mercancías sin barreras, la demanda en el plano
intelectual fue idéntica y triunfó el grupo que abogó por la libre
circulación de las ideas y la expresión sin cortapisas de opiniones
y razonamientos orales o impresos, ajenos de sometimiento alguno a
los poderes del dinero, de la política y de la religión, sustrato de
lo que hoy llamamos libertad informativa y opinión pública.
Inglaterra es la cuna de ese
movimiento emancipador que tiene como símbolo a John Milton
(1608-1674), pues con sus obras, en particular con su
Aeropagítica, en 1644 sentó las bases para la defensa de uno de
los derechos naturales de los seres humanos y argumentó la necesidad
de cambio social y exterminio de la tiranía de los señores feudales,
así como el poder de los dos pilares del trono: la Iglesia y la
nobleza.
Sostén de la libre opinión escrita en
inglés, la Aeropagítica planteó a los magistrados una
pregunta inquietante que no quieren oír ni siquiera hoy día los
déspotas del poder: “¿Qué ocurriría si la libertad de imprenta se
redujera al poder de unos pocos?”
Esta postura sobre la paternidad
británica de la teoría liberal clásica fue reforzada por John Stuart
Mill (1806-1873), en su libro titulado Sobre la libertad en 1859,
que todavía es considerado como el análisis liberal más convincente
acerca de los límites que deben respetar los gobernantes en el
ejercicio de su poder sobre los ciudadanos.
Antes de Stuart Mill, otro inglés,
John Loke (1632-1704) había defendido las condiciones de libertad e
igualdad perfectas de la especie humana, y en su libro Ensayo
sobre el gobierno civil (1690) señaló los males de la
autocracia y fue guía para el reformador de la prensa británica,
Joseph Addison (1672-1719), fundador de The Spectator, que
apareció de marzo de 1711 a diciembre de 1712, y al que siguieron
Jonathan Swift (1667-1745), Daniel Defoe (1660-1731) y Samuel
Johnson (1709-1784), representantes de la mejor tradición del
periodismo crítico, a través de sus creaciones literarias y sus
luchas políticas.
Francia se encumbra
François Marie Arouet, mejor conocido
como Voltaire (1694-1776) vivió en Inglaterra entre 1726 y 1729. A
su regreso a Francia añoraba que su país tuviera a su servicio
libros, periódicos y sociedades organizadas como los británicos, que
tanto les ayudaban a éstos a tener una innegable independencia de
espíritu para “decir lo que pensaban” y comunicar al público cuanto
querían.2
David Hume (1711-1776), filósofo e
historiador escocés, reconocía que eso que expresaba Voltaire era lo
que más sorprendía a los extranjeros que llegaban a Inglaterra, pues
el avance en su defensa de la libertad de prensa era digno de
imitarse en todas partes.
Por eso Voltaire popularizó de
inmediato los principios de Milton y la filosofía de Locke –a manera
de catecismo antiabsolutista– como base teórica de la democracia
liberal fincada en el individualismo y sustrato de las
Declaraciones de derechos y muy pronto serían la bandera de los
estadunidenses en su lucha por la independencia en 1776, y por los
revolucionarios de Francia en 1789, que bebieron hasta las heces de
La Enclopedia o diccionario de las ciencias, de las artes y
de las materias, preparado durante 21 años por Jean Le Rond
D’Alambert (1717-1783) y Denis Diderot (1713-1784), empeñados en
exaltar el derecho de las personas a ejercer su pensamiento y
expresión sin trabas, cuya consagración quedó plasmada en la
Declaración de los Derechos del Hombre en agosto de 1789 y que un
siglo y medio después, la Organización de las Naciones Unidas
refrendó en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, en
diciembre de 1948.
El derecho a la información
Todo el peso de las ideas de los
intelectuales ingleses y franceses, más el sometimiento que hizo de
la política al derecho el alemán Emmanuel Kant (1724-1804),
desembocó en la consagración del Derecho a la Información, cuando
los modernos medios de comunicación, al desplazar a la prensa de su
sitio único, fueron considerados como una plataforma para que
pudieran utilizarlos todos los seres humanos o beneficiarse de
ellos.
El Derecho a la Información abarca,
por tanto, todas las antiguas y nuevas libertades de derecho natural
en relación con el fenómeno informativo, porque si bien es cierto
que la libertad de imprenta era exactamente para la impresión de
libros y la libertad de prensa era cabalmente para la prensa, ahora
ya no es posible hablar de otro derecho que no sea el que pertenece
a los hombres, tanto a los emisores como a los receptores del
proceso comunicacional.
Recoger o reunir información;
transmitirla y comunicarla; publicar, divulgar y emitir noticias,
así como el derecho irrestricto a recibir noticias y opiniones por
cualquier medio de información, son principios que consagra la
teoría liberal clásica, porque el Derecho a la Información, como
disciplina jurídica, nace ante la necesidad de reglamentar y
organizar el ejercicio de un derecho natural del hombre, reconocido
en las leyes fundamentales de los diversos países modelados en el
ámbito jurídico-político de los Estados de Derecho.
Todos tenemos derecho a informar y a
estar informados, a expresar ideas y recibirlas, y a no ser objeto
de persecución por lo que decimos o escribimos apegados a las leyes
y a la ética.3
Notas
1) Nexos, México, agosto de 1995, pp. 37-45.
2) Edmundo González Blanco, Historia del periodismo, Biblioteca
Nueva, Madrid, 1919, pp. 137-138.
3) José Luis Martínez Albertos, La información en una sociedad
industrial. Función de los medios masivos en un universo
democrático, Tecnos, Madrid, 1981.
José Luis Esquivel
es Profesor de periodismo en la Universiad Autónoma
del Nuevo León.
Doctor por la complutense de Madrid.
El siguiente
es un ejemplo de cómo debe citar este artículo:
Esquivel, José Luis, "De la libertad de prensa al derecho a
la información",
en Revista Mexicana de Comunicación, México, No. 105,
junio- julio 2007, pp 22.
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