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0297 -
Dto Estado
USA - En una democracia de mercado
libre, es el pueblo el que toma la decisión final acerca de cómo
debe actuar su prensa, dice George Krimsky, ex jefe de la
sección de noticias de Servicios Mundiales de The Associated
Press y autor de "Paren la Prensa (La Crónica Interna de los
Periódicos)" En el artículo que sigue a continuación Krimsky
examina la historia de los medios de comunicación
estadounidenses y bosqueja los retos que encaran en esta era
electrónica.
Se han escrito volúmenes acerca de la función de los medios de
comunicación masivos en una democracia. El peligro de todo este
examen es sumergir el tema bajo un torrente de lugares comunes.
La cuestión de si una prensa libre es la mejor solución del
problema de las comunicaciones en una democracia ha cobrado
demasiada importancia al llegar el fin de este siglo, y es
necesario examinarlo sin apasionamiento.
Antes de entrar en el tema, es útil definir la terminología. En
el sentido más amplio, los medios de comunicación incluyen las
industrias de la televisión y el cine como espectáculo, una
vasta gama de material impreso que aparece con regularidad y
hasta las relaciones públicas y la publicidad. Se supone que la
"prensa" es un miembro serio de la familia, que se ocupa de la
vida real en lugar de la fantasía y sirve al público más amplio
que sea posible. Un buen término genérico para la prensa en la
era electrónica es el de "medios de comunicación noticiosos".
Esta definición hace hincapié en el contenido, no en la
tecnología ni en los sistemas de distribución, porque en estos
días a la prensa -- al menos en los países desarrollados -- se
la puede encontrar en la Internet, las líneas del telefax o las
ondas de radio.
Por definición, una sociedad que se gobierna a sí misma tiene
que tomar sus propias decisiones. No puede hacer eso sin
disponer de información sólida, fermentada con un intercambio
abierto de opiniones.
Abraham Lincoln formuló esté concepto de la manera más
sucinta posible cuando dijo: "Que el pueblo conozca los hechos,
y el país estará a salvo".
Algunos considerarán un poco ingenuo el punto de vista de
Lincoln, dadas las complejidades y tecnologías del siglo XX;
pero la necesidad de que haya una prensa pública ha sido una de
las piedras fundamentales del sistema norteamericano casi desde
sus comienzos.
Thomas Jefferson abrigaba sentimientos tan fuertes acerca del
principio de la libre expresión que dijo algo que los que no son
demócratas deben considerar absurdo: "Si yo tuviera que decidir
entre un gobierno sin prensa y una prensa sin gobierno, no
vacilaría un instante en preferir lo segundo".
Lo que implican estas palabras es que el autogobierno es más
importante que el gobierno mismo. Algo que no es quizás tan
absurdo si uno acaba de librar una guerra contra un gobierno
opresor.
Luego de la exitosa revolución norteamericana, se decidió que,
en realidad, debería haber un gobierno, pero sólo si fuera
responsable ante el pueblo. El pueblo, a su vez, sólo podía
hacer responsable al gobierno si sabía lo que ese gobierno hacía
y podía interceder, si fuera necesario, utilizando, por ejemplo,
la papeleta del voto. Esta función de "perro guardián" la
asumió, en consecuencia, una prensa ciudadana y, como resultado,
al gobierno de Estados Unidos se lo ha mantenido fuera del
negocio de la prensa. Los únicos medios de comunicación de
propiedad del gobierno o controlados por él en Estados Unidos
son aquellos que transmiten al extranjero, tales como la Voz de
los Estados Unidos de América. Por ley, a este servicio no se le
permite transmitir dentro del país. En Estados Unidos hay un
subsidio gubernamental parcial en favor de la radio y la
televisión públicas, pero ciertas salvaguardias las protegen de
la interferencia política.
Debido a que la Constitución es la ley máxima del país,
cualquier intento de los tribunales, los legisladores y los
funcionarios de ejecución de la ley de debilitar las libertades
protegidas por aquélla, tales como la libertad de expresión,
pueden en general prevenirse.
Algo bien simple en teoría, pero, ¿cómo ha funcionado en la
práctica? En términos generales, bastante bien, aunque al
concepto de una prensa libre se lo impugna y se lo defiende día
a día en una u otra comunidad a través del país. La prensa
norteamericana siempre ha sido influyente, a menudo poderosa y
en ocasiones se la ha temido, pero raramente se ha sentido amor
por ella. De hecho, los periodistas se ubican hoy en los
escalones más bajos de la popularidad pública. Se los considera
por un lado demasiado poderosos, y por el otro indignos de
confianza.
En sus primeros tiempos, la prensa norteamericana era poco más
que una industria del panfleto, de propiedad de intereses
políticos en competencia o afiliada a ellos e incursa en una
guerra de propaganda constante. Que inspirara o no confianza no
era un problema. Lo que hizo que la prensa se convirtiera en un
instrumento de la toma de decisiones democrática fue la variedad
de opiniones. De un modo u otro, la verdad común a todas ellas
se las arregló para surgir de una pila caótica de información e
información falsa. El resultado fue una búsqueda de la
objetividad.
Muchos críticos han puesto en tela de juicio si existe algo como
la "objetividad". De hecho, ningún ser humano puede ser
verdaderamente objetivo; sólo en la búsqueda de la verdad
podemos ir en procura de la objetividad y la imparcialidad. Los
periodistas pueden tratar de mantener sus opiniones personales
fuera de la noticia, y emplean una cantidad de técnicas para
hacerlo, tales como obtener y citar múltiples fuentes y puntos
de vista opuestos.
La cuestión es si la verdad siempre está al servicio del
público. En ocasiones, la verdad puede causar daño. Si el
reportaje sincero de un pequeño conflicto comunal en, digamos,
el África, desemboca en más desasosiego civil, ¿se presta
realmente un servicio al público? Los puristas del periodismo --
a menudo aquellos que están cómodamente sentados lejos del
conflicto -- dicen que su trabajo no consiste en arrogarse
poderes divinos en tales asuntos, y que no se debe "matar al
mensajero de desgracias". Este es, sin duda el acertijo más
perturbador del periodismo, y fuerza los profesionales de mente
imparcial (sí, todavía los hay) a situarse en un plano
intermedio que podría denominarse de "moderación responsable".
Sin embargo, si uno adopta el punto de vista rígido de que
siempre es necesario controlar la verdad -- o cree en lo que
dijo
Lenin acerca de que la verdad actúa de una manera
parcializada -- se abre de par en par la puerta a abusos
enormes, como lo ha demostrado la historia una y otra vez. Es
esta comprensión (y este temor) lo que movió a Jefferson a
enunciar ese absurdo acerca de la importancia suprema de una
prensa libre de censura.
Lo que Jefferson y los redactores de la Constitución no podían
prever, sin embargo, fue cómo se expandirían y explotarían el
concepto simple de la libre expresión las fuerzas modernas del
mercado. En tanto que los medios de comunicación de escasos
recursos luchan todavía en la mayoría de los países en
desarrollo para impedir que los gobiernos supriman noticias que
en Occidente se da por sentado que pueden difundirse, a los
medios de comunicación masiva de Norteamérica, Gran Bretaña,
Alemania y otras partes del mundo les preocupa su función como
empresas capaces de obtener ganancias y la tarea de asegurarse
un lugar en la supercarretera electrónica del mañana. En un
ambiente tal, la verdad en el servicio público parece casi un
extraño anacronismo.
¿Es el impulso capitalista un obstáculo inherente para el buen
periodismo? En cierto sentido, el mercado puede ser el aliado
más bien que el enemigo de los medios de comunicación fuertes y
libres. Para que el público crea en lo que lee, oye y ve a
través de los medios de comunicación masiva, el "producto" debe
ser digno de fe. De otro modo, el público no aceptará el
producto y la firma perderá dinero. De modo que la obtención de
ganancias y el servicio público pueden ir codo a codo. El punto
clave es o que hace con su dinero una firma de medios de
comunicación masiva. Si usa una porción significativa de ese
dinero para mejorar su capacidad de recolección de noticias y
mercadeo y eliminar el tener que depender de otros para
sobrevivir (por ejemplo, los subsidios estatales, las compras de
papel de imprenta o el acceso a los servicios de imprenta), el
producto mejora, y se sirve el interés del público. Si usa sus
ganancias primordialmente para hacer ricos a sus dueños, lo
mismo podría estar vendiendo pasta dentífrica. La Prensa y el
Público
Lo que presupone este argumento es que el público,
abrumadoramente, quiere creer en lo que dicen sus medios de
comunicación masiva, y que usará esta información digna de fe
para gobernar activa y razonablemente sus asuntos públicos.
Desafortunadamente, esta presunción no es tan válida como lo era
en épocas más simples. En las sociedades ricas de hoy, los
consumidores de los medios de comunicación masiva buscan más y
más entretenimiento, y la veracidad de las noticias que difunden
esos medios (incluso su credibilidad aparente) es menos
importante que su capacidad de atraer una audiencia. Esta
tendencia no pasa desapercibida para los grandes conglomerados
de los medios de comunicación masiva, tales como Time-Warner,
Disney/ABC y el imperio mundial de los medios de comunicación
masiva construido por Rupert Murdoch. Puede argumentarse que
estas compañías han creado tanta de la demanda pública de
entretenimiento incesante como han tratado de satisfacerla.
Pero, se dirá, obsérvese la nueva tecnología que puede penetrar
en cualquier sistema de censura del mundo. Obsérvense las
opciones de que dispone hoy la gente. Obsérvese cuán accesible
es hoy la información. Sí, las opciones pueden ser mayores, pero
se puede argüir que que no son más profundas, que el gran
capital reemplaza productos y servicios de calidad con aquellos
que sólo tienen el máximo atractivo masivo. La mesa del banquete
puede ser más grande, pero si sólo contiene alimentos que no
nutren, ¿hay realmente más opciones? Por ejemplo, la declinante
capacidad de leer y escribir es un problema real en lo que se
conoce como el mundo desarrollado. Esa es una de las razones por
las que a los periódicos les preocupa tanto su futuro. Pero si
el pánico hace que los medios de comunicación masiva impresos
corran a refugiarse en la Internet y la televisión por cable
para poder servir a una audiencia cuyo intervalo de atención se
ha reducido, es difícil percibir cómo se servirá la causa de la
alfabetización.
De qué manera concierne todo esto a las democracias que surgen
en todo el mundo. Por cierto que la experiencia norteamericana,
con toda su confusión, ofrece un precedente útil, ya que no
siempre puede servir de modelo.
Por ejemplo, cuando se habla de medios de comunicación masiva
independientes, es necesario incluir como prerrequisito, además
de la independencia política, la independencia económica. El
modelo norteamericano de generación de ganancias, con su fuerte
dependencia de la publicidad, resulta sumamente sospechoso en
muchos países que fueron comunistas, pero hay que ponderar las
alternativas. ¿Son menos aprisionantes los subsidios del
gobierno y los partidos? Si los periodistas sienten tanto temor
de contaminarse con la presión de los anunciantes, pueden
levantar paredes internas entre las funciones noticiosas y
comerciales, similares a las que las que los periódicos
norteamericanos levantaban a principios de este siglo.
Si temen que se contamine políticamente el proceso de
recolección de noticias, pueden levantar otra pared que separe
la sala de redacción del departamento editorial, otro concepto
importante en el periodismo norteamericano moderno.
En muchas de las nuevas democracias, el problema consiste en que
los periodistas que en una época tuvieron que seguir la línea
del único partido hacen un solo concepto de la independencia y
la oposición. Porque hablan en contra del gobierno, dicen que
son independientes. Pero, ¿no han cambiado simplemente una
afiliación por otra? En una prensa partidista hay poco espacio
para la verdad desnuda.
¿Es la objetividad un lujo en las sociedades que sólo
recientemente han empezado a disfrutar de la libertad de
expresar sus opiniones? Oigamos el comentario del director de un
periódico lituano, hecho poco después de que su país obtuvo la
independencia: "Quiero que mis lectores sepan para qué tienen la
cabeza". Sus lectores estaban acostumbrados a que se les dijera
no sólo en qué pensar, sino cómo pensar. La democracia requiere
que el público escoja y tome decisiones. Este director quería,
con artículos que informaran pero que no pasaran juicio,
preparar a los ciudadanos para ejercer esa responsabilidad. La
circulación del periódico aumentó.
Aunque cerca del 60 por ciento de las naciones del mundo de hoy
se declaran democráticas -- un cambio fundamental en relación
con apenas una década atrás -- la mayoría de ellas, empero, han
instituido leyes de prensa que prohíben informar sobre toda una
gama de temas, que van de las actividades y operaciones internas
del gobierno a las vidas privadas de los dirigentes. Algunos de
estos son esfuerzos bien intencionados para "preservar la
estabilidad pública". Pero todos ellos, TODOS ellos, socavan el
concepto del autogobierno.
La función de perro guardián de la prensa puede parecer a menudo
inspirada en un espíritu mezquino. Cómo se protegen el gobierno
y el público de los excesos de la prensa? En Estados Unidos, se
lo hace de varias maneras. Una, por ejemplo, es el "ombudsman"
(conocido en ciertos países como el procurador o el defensor del
ciudadano. En este caso, las organizaciones noticiosas emplean
un crítico interno para oír las querellas del público y publicar
o difundir sus juicios. Otra consiste en la creación de consejos
ciudadanos que oyen las querellas que presenta el público contra
la prensa y luego emiten veredictos, a los cuales, aunque no
tengan fuerza de ley, se los difunde ampliamente.
Por último, está la legislación sobre difamación y calumnia, que
es lo más efectivo de todo. En Estados Unidos, un ciudadano
puede obtener de una organización noticiosa una indemnización
monetaria substancial si prueba ante un tribunal que aquella
incurrió en difamación o calumnia. A un funcionario público o un
personaje célebre le resulta mucho más difícil que a un
ciudadano común y corriente ganar un caso por difamación y
calumnia contra la prensa, porque los tribunales han determinado
que la notoriedad es una consecuencia de la exposición pública.
En la mayoría de los casos, el demandante debe probar que hubo
premeditación.
No hay nada en la Constitución de Estados Unidos que diga que la
prensa debe ser responsable y debe rendir cuentas. Estos
requisitos quedaron reservados para el gobierno. En una
democracia de mercado libre, el pueblo
-- es decir, los votantes y el público comprador -- decide en
último término cómo debe actuar su prensa. Si por lo menos no
queda como fuerza motivadora de los medios de comunicación
masiva del futuro un resto de la obligación de decir la verdad
como un servicio público, en mi opinión ni el periodismo libre
ni la verdadera democracia pueden abrigar grandes esperanzas.
La naturaleza y el empleo de la nueva tecnología no constituyen
el problema esencial. Si a los verdaderos periodistas les
preocupa su futuro en una era en que cualquiera que tenga una
computadora puede llamarse a sí mismo periodista, entonces la
profesión tiene que demostrar que es algo especial, que ofrece
algo de valor real y puede probarlo ante el público. Existe hoy
todavía una necesidad - - tal vez más que nunca antes -- de
identificar lo que tiene sentido en medio del absurdo, de
separar lo importante de lo trivial y, sí, de decir la verdad.
Estas metas constituyen todavía el mejor mandato de una prensa
libre en una democracia.
La admonición de
George Washington, expresada en la convención
constitucional, todavía tiene validez: "Alcemos una bandera a la
que puedan acudir los sabios y los honrados".
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