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Frost-Nixon

110509 - Christian Ramírez - (230407) - Las confesiones de Richard Nixon

En marzo de 1977 el británico David Frost consiguió que
Richard Nixon se sentase a hablar con él frente a la cámara, con total franqueza, sin evitar tema alguno. El resultado –una serie de programas titulados “The Nixon interviews”– cumple hoy 30 años y hace poco fue editado en DVD. Se trata de un documento único, porque para desconcierto de su propio entrevistador, el ex presidente optó por lo inesperado, por primera y última vez: pedir perdón.

Conseguir el entrevistado imposible es la fantasía favorita de mucho periodista, más aún de los regalones que tienen acceso a casi todo. Y, sin embargo, varios de esos sueños solo se quedan en categoría de tales. Hay gente que simplemente no habla, porque nunca lo ha hecho, o porque en su momento habló más de la cuenta.

En agosto del 74, derribado por el escándalo de Watergate, el recién renunciado Richard Nixon entraba a la perfección en esa última categoría, aunque es probable que por entonces ya supiera que la cacería de los medios por obtener su personal versión de los hechos estaba por comenzar. De hecho, el ex presidente estadounidense había tomado medidas al respecto: su representante para estos asuntos era Swifty Lazar, un agente de las estrellas, un miembro de la comunidad hollywoodense que debutó en su cargo firmando con Warner Books un contrato de dos millones de dólares por las memorias del mandatario, a solo un mes de su renuncia. De modo que el nicho del libro estaba ocupado. Pero aún quedaba la TV.

Entra en esta historia David Frost (67). El animador británico, que en los 60 había pasado de actor y presentador de variedades a serio entrevistador de actualidad, andaba tras Nixon casi desde el momento mismo de su renuncia: “Las preguntas sin respuesta sobre su presidencia estaban casi igualadas a las respecto de su personalidad”, comentaría más tarde. “Sin lugar a dudas era en ese momento el entrevistado más misterioso del mundo y tal vez el que menos se prestaría a ser interrogado, pero no podía dejar de pensar que, conociéndolo, algún día tal vez estaría dispuesto a hablar”. Y aparentemente lo estaba.

Los primeros intentos de negociación del británico fueron bien recibidos. El problema, como ocurre tantas veces, fue el precio. A principios de 1975, las tres cadenas más importantes (NBC, CBS y ABC) habían elevado la puja por los derechos hasta 400 mil dólares, pero Frost –que necesitaba urgentemente un golpe periodístico, después de la cancelación de sus shows en Estados Unidos y Australia– elevó la oferta hasta 600 mil por un total de cuatro programas de 90 minutos. Claro que con unas cuantas condiciones: exclusividad, salir al aire antes de la aparición del libro de memorias, total control editorial y libertad para discutir sobre Watergate.

A su vez el equipo del ex mandatario puso sus propias condiciones: la entrevista solo saldría al aire después de las elecciones presidenciales del 76 y una vez finalizadas las apelaciones de Bob Haldeman y John Ehrlichman, para no afectar ninguno de esos procesos. Las partes llegaron a acuerdo y el 9 de agosto de 1975, exactamente un año después de la salida de Richard Nixon de la Casa Blanca, David Frost se reunía con él para firmar el contrato en Casa Pacífica, la mansión del político en San Clemente, California. “Se veía confiado. Había ganado peso. No era ni la sombra del tipo que habíamos visto en los últimos meses”.

Frost le pagó a Nixon 200 mil dólares de adelanto y de inmediato se lanzó a dos tareas clave: conformar un equipo de producción y asegurar la participación de canales y avisadores. Reunir a un grupo de periodistas que recopilasen toda la información, estudiaran la psicología y anticiparan las respuestas del ex presidente fue relativamente fácil comparado con los esfuerzos por vender el programa. Cierto que existía mucho interés, pero, como marca, Nixon estaba más que dañado y pronto fue claro que el británico y su gente estarían vendiendo comerciales hasta el último minuto.

Para cuando Frost se sentó por fin frente a Nixon, a fines de marzo del 77, la tarea por delante estaba clara: durante 12 días repartidos en varias semanas conversarían dos horas continuas en cámara, la ronda de entrevistas televisivas más larga a la que jamás se hubiera sometido un presidente norteamericano. El animador estaba más que advertido por académicos y amigos. Puesto en la posición del adversario, Nixon tendría todas las de ganar. No era cosa de llegar y “apretar” al personaje y, sin embargo, la primera pregunta que salió de la boca del inglés fue:

-Sr. Presidente, ¿por qué no quemó las cintas de Watergate?
 


Nixon y Frost durante la entrevista


Frost y Nixon en la reconstrucción cinematográfica


EL CAMPO DE BATALLA


Al mirar 30 años después el match verbal entre Frost y Nixon –hace unos meses, el programa sobre Watergate fue editado en un DVD que se vende a través de Amazon.com– no da la impresión de estar frente a una batalla campal, pero sí en un escenario que fue cargándose lentamente de tensión hasta el punto de hacerse incontenible.

Frost siempre había sido un entrevistador pertinaz, obstinado e incluso agresivo, pero esta vez no podía adoptar su disfraz de cazador en busca de la presa. Su entrevistado resultaba alternativamente suspicaz, esquivo, derivativo, robótico y –respecto de los temas más delicados– profundamente vulnerable. Pocos rostros políticos han sido tan escrutados con tanto detalle por las cámaras y, en esta serie de entrevistas, la versión de Nixon que emerge es la de un hombre obviamente a la defensiva, pero antes que como una suerte de actor, alguien que, de tanto repasar lo dicho por él mismo en público y en privado –a través de la prensa o en las cintas privadas de la Casa Blanca– y compararlo con el registro de sus propios recuerdos, había terminado por elaborar sus respuestas como si fuesen los parlamentos de una obra. Una obra que le provocaba visible dolor físico tener que volver a representar.

El equipo se había preparado a conciencia para pasear a su entrevistado por los temas clave de su presidencia: las cintas secretas, Rusia, China, Medioriente, Camboya, los derechos civiles, la relación con Kissinger… Pero la conclusión de los primeros días era clara: muchas de las respuestas de Nixon eran evasivas, cuando no parecían derechamente preparadas. “Fuiste demasiado tolerante, Frost”, le increpaba el columnista Joe Kraft, uno de los colaboradores de la producción. “Se nota que llegaste preparado a la grabación, pero por cada dos frases tuyas, Nixon se despacha respuestas de dos y tres páginas”. De modo que no cabía otra posibilidad, si el británico quería integrarse al diálogo, tendría que comenzar a hacer valer su punto de vista, a opinar en cámara.

Lo que más desconcertaba al presentador era la capacidad del político para creer sus propias historias fueran estas apócrifas o no, como la de la adolescente que lo había escupido en Virginia en 1970 acusándolo de asesino (“ella era bellísima, pero en ese momento se volvió fea, la guerra tenía la culpa”). Recordando el episodio en el libro I gave them a sword, su relato sobre la trastienda de las entrevistas, Frost concluía que “Nixon no solo manipulaba las emociones para conseguir apoyo a sus políticas, sino que se manipulaba a sí mismo para aguantar, para mantener su paz interior y, en un caso extremo, su cordura”. Las erost tenía cmociones. Claro que éstas tomarían un lugar central una vez que se dedicaran de lleno a discutir sobre Watergate. Como era esperable, Nixon se derrumbó. Pero casi arrastró a su entrevistador en la caída.
 


Frost-Nixon

DERROTA SIN REDENCIÓN

Con las dos sesiones más delicadas por delante, el método de extrema crítica del material que Frost había diseñado junto a sus colaboradores estaba haciendo agua: por un lado, el animador prestaba oídos a quienes le decían que Nixon era un luchador, que habría que atacarlo con todo; por el otro, si iba a obtener las respuestas que quería, había que establecer una narrativa, un medio por el cual el ex presidente pudiese contar por sí mismo la historia sin tener que arrancársela a tirones. La víspera de la primera conversación sobre el tema, el inglés estaba totalmente descorazonado.

La mejor chance de poder escuchar de su boca cómo se ocultó la información, de si hubo o no conspiración y actividad criminal, era ponerlo de frente a sus propias palabras, a las transcripciones de las cintas. “Nixon estuvo particularmente a la defensiva cuando discutimos sobre el dinero pagado a los involucrados en Watergate para que cerrasen su boca”, comentó Frost el año pasado con motivo del lanzamiento del DVD con la sesión. Y es evidente: en la cinta, el mandatario no puede ocultar su incomodidad mientras el entrevistador comienza a leer citas textuales de los asuntos por él discutidos en las cintas. Hasta que simplemente no puede más:

-Alto, pare. Usted está haciendo algo que yo no haré durante esta transmisión, aunque tiene el derecho, pero está leyendo (mis citas) fuera de contexto, sin orden, porque yo las he leído y las conozco mejor que usted, porque yo estaba allí (sonríe). Usted las sabe mejor que cualquiera que yo conozca, se lo concedo… Pero la última cita que leyó –“acaso hay alguna alternativa con Howard Hunt”–… no leyó lo que seguía a continuación. No, no. La siguiente frase, la recuerdo tan bien: “pero con Hunt uno nunca tiene alternativa, porque a final de cuentas, todo se reduce a otorgarle clemencia”. (…) Ustedes nunca leen la frase que sigue…

La puntualización anticipó lo que vendría: al día siguiente, en la segunda “sesión Watergate” Nixon bajó la guardia, o mejor dicho, rehusó volver a levantarla. Su equipo asesor, el que lo apoyaba en la redacción de sus memorias y para la entrevista, no tenía plan B. Uno de sus integrantes, la futura conductora de ABC Diane Sawyer, explicó a la gente de Frost que ni siquiera ellos sabían qué podía ocurrir a continuación. Para el inglés, todo lo que había precedido a este momento había sido un notable relato, “pero hasta ahí era solo Nixon hablando de la culpa de otros. ¿Qué había sobre él mismo, y su propia culpa?”

Frost optó por atacar la lenta reacción del mandatario en torno a los pagos ilegales efectuados por Haldeman y Ehrlichman a Howard Hunt, uno de los implicados en el escándalo: “Lo que todavía no puedo entender es por qué usted no tomó el teléfono y llamó a la policía. No hay evidencia ninguna de una reacción. En ninguna parte les dice: debemos llevar esta información directo a la justicia, o que es una conducta reprobable. En ninguna parte les dice: están despedidos”.

La presión surtió efecto y el político comenzó a ceder terreno, a aceptar su propia responsabilidad e indecisión. Visto en pantalla ahora el efecto es casi magnético, y da la razón a quienes ven en Nixon dos personalidades complementarias. Aquella que está dispuesta a defender su punto hasta las últimas consecuencias y aquella que no puede resistir sus pulsiones autodestructivas. Tal como él mismo dice casi al final de la entrevista: “Creo que podría resumirlo en las palabras de aquel primer ministro inglés, Gladstone. El dijo que la primera cualidad de un premier es la de ser un buen carnicero. Hice las grandes cosas bastante bien. Me equivoqué terriblemente en lo que parecía una cosa pequeña y que acabó siendo grande, pero lo admito: no fui un buen carnicero”.

Todavía quedaban un par de sesiones de grabación, pero el trabajo esencial ya estaba hecho. Nixon comentó fuera de cámara que más que entrevista, esto había sido casi como volver a vivir otra vez las mismas experiencias. El propio Frost estaba consciente de lo especial y conmovedor de todo el proceso, pero antes que todo estaba seguro de tener una extraordinaria pieza de televisión. Ahora restaba emitirla (lo que ocurrió unas semanas más tarde, el 4 de mayo del 77), esperar las críticas (fueron excelentes), recibir las felicitaciones y, a su debido tiempo, el juicio de la historia (James Reston, viejo y gran columnista, uno de los integrantes del equipo de Frost, sacará un libro sobre las entrevistas, en junio próximo). En cuanto al propio Nixon, el mejor testimonio a favor y en contra, es su notable don para la palabra. Salidas de su boca pueden funcionar tanto como cuchillo o bálsamo, como terrible mea culpa y ambigua petición de redención, una que jamás volvería a formular en términos tan directos:

“Defraudé al pueblo americano y tendré que llevar ese peso conmigo el resto de mi vida. Mi vida política está terminada. (…) Técnicamente no cometí un crimen, una ofensa punible. Pero esos son legalismos. Mi manejo de esa materia fue tan defectuoso, cometí tantos errores de juicio, los peores; errores del corazón antes que de la cabeza, como ya indiqué. Digamos que un hombre en un puesto difícil debe tener corazón, pero su cabeza siempre debe regir a su corazón”.

LA CONFESIÓN

David Frost no esperaba que Nixon se abriría de tal modo durante la discusión de su responsabilidad en el caso Watergate y él mismo tuvo que dejar sus apuntes de lado cuando el propio ex presidente lo instó a expresar su opinión sobre el escándalo. He aquí un extracto del momento cúlmine de la conversación:

Frost: ¿Nos explicará cómo se vio metido en esto, cuáles fueron los motivos? ¿Iría más allá de los errores? Las palabras no parecen suficientes para que la gente lo entienda…

Nixon: ¿En que palabras lo expresaría usted?

Frost: Oh Dios …no esperaba… Creo que hay tres cosas que me gustaría escucharle decir, que el pueblo americano quiere escuchar. Una es: tal vez hubo algo más que errores. Hubo mala conciencia, más allá de si existió crimen o no. Segundo, y lo digo sin cuestionar sus motivos: abusé de mi poder como presidente, no honré lo que encarna la oficina oval. Y tres: sometí al pueblo americano a dos años de agonía inútil y pido disculpas por ello. Sé lo difícil que puede ser, pero la gente lo necesita y a menos que usted lo diga, le va a pesar el resto de su vida.

Nixon: No ando por ahí con la idea de que fui víctima de un golpe o una conspiración. Yo mismo me derribé. Les di la espada: ellos la clavaron y la hundieron con gusto. Si yo hubiese estado en su posición, habría hecho lo mismo (…). Tuve muchas reuniones difíciles en esos días previos a la renuncia, y la más difícil, la única donde me puse a llorar –la primera vez que lo hacía de verdad, desde la muerte de Eisenhower– fue al momento de reunirme con mi círculo íntimo, media hora antes de aparecer por televisión. Durante 25 minutos nos sentamos, nos reímos. Era gente con la que yo llegué al Congreso, demócratas y republicanos, mitad y mitad, hombres maravillosos. Al final de la junta, tras darles las gracias por el apoyo en esos años difíciles, por lo que hicieron… la mitad de la gente en esa habitación estaba llorando… y no pude soportarlo. Me quebré. Lloré y entonces lo dije: “Lo siento, espero no haberlos defraudado”. Y en cuanto lo pronuncié, lo dije todo. Lo hice. Defraudé a mis amigos, al país, a nuestro sistema de gobierno. Los sueños de toda esa gente joven que le da duro al gobierno, porque piensa que es corrupto. Más aún: perdí la oportunidad de tener dos años y medio para perseguir proyectos y programas, para construir una paz perdurable.

CHILE, ALLENDE Y PINOCHET


Entre la multitud de temas por los que Frost paseó a Nixon, la muerte de Salvador Allende y el golpe militar en Chile, pusieron al ex presidente en una ambivalente postura: “ Si la dictadura de derecha no está exportando su revolución, si no está interfiriendo con sus vecinos, si no toma acción en nuestra contra, no representa para nosotros un problema de seguridad. Es un asunto de derechos humanos. Una dictadura de izquierda puede exportar su subversión a otros países. Y eso se mezcla con nuestros intereses”. A lo que Frost respondió: “Pero lo que Chile tiene hoy con Pinochet es una dictadura de derecha. Lo que había con Allende era una democracia de izquierda o marxista. Nunca fue una dictadura”.

Nixon: Entiéndame…

Frost: ¿Lo era o no?

Nixon: No. No estoy de acuerdo con lo que está diciendo… Yo….

Frost: ¿Pero era o no una dictadura?

Nixon: Usted dice que no lo era, pero mi punto es que Allende era un hombre bastante sutil y muy inteligente…

EL ENTREVISTADOR


Los diálogos con Richard Nixon acabaron por ganarle a sir David Frost la reputación del “entrevistador más famoso del mundo”, pese a que buena parte de su fama inicial provenía de los programas satíricos de actualidad grabados para la BBC durante los años 60. No deja de ser curioso que alguien que empezó como cómico de cabaret sea hoy la única persona que ha entrevistado a los últimos siete presidentes norteamericanos y seis primer ministros de Inglaterra. El otro detalle es que el tipo, aunque no muy querido por algunos, sabe negociar muy bien: después de doce años con su programa dominical en la BBC, en noviembre del año pasado comenzó las emisiones de Frost over the world, especiales semanales emitidos por la señal en inglés de Al Jazeera.

LA OBRA DE TEATRO


Casi coincidiendo con los 30 años de las entrevistas, el guionista Peter Morgan (recientemente nominado al Oscar por The Queen) debutó como dramaturgo con el montaje Frost/Nixon, y en el que Michael Sheen se hace cargo del entrevistador y Frank Langella del entrevistado. Estrenada con buenas críticas en agosto de 2006, en Londres, la obra llegará a Broadway en las próximas semanas y eventualmente al cine, ya que Ron Howard (El código Da Vinci) compró los derechos para la pantalla.

 


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