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María C Mata es Profesora
investigadora en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Fuente:
La Iniciativa de la
Comunicación
El ejercicio de la ciudadanía ha desbordado hace tiempo, en el marco de la
teoría política, la estrecha esfera de la titularidad y ejercicio de los
derechos civiles y políticos de carácter universal íntimamente
relacionados con el sistema de gobierno y la estructura social y económica
de un país"(1) para complejizarse y expandirse, incorporando la
problemática de la diversidad y la diferencia y sobrepasando los marcos de
referencia estrechamente estatales.
Así, reconociendo la lógica de la globalización, la noción de ciudadanía
es el recurso necesario para re-pensar un modo de ser en el mundo
ampliado; es decir, para pensar el intercambio y la vinculación simbólica
de los individuos en un espacio vuelto común por las tecnologías de
producción y distribución de información y productos mediáticos, así como
por la desterritorialización de procesos productivos, los procesos
migratorios y las interacciones mundiales en términos de negocio y
entretenimiento.
En esta esfera, la noción de ciudadanía se tematiza en vinculación con la
problemática de las identidades y el multiculturalismo; en referencia a
consumos y comunidades hermenéuticas; pero también a demandas y
reivindicaciones que trascienden las fronteras. El Estado nación, fuente
de reconocimiento y marco jurídico de pertenencia, garante de derechos
cívicos, ya no es capaz de contener problemas que lo sobrepasan como lo
expresan los movimientos ecológicos o de género -para dar sólo dos
ejemplos clásicos- ni resulta el proveedor sustantivo de imágenes
colectivas. Mundo y mercado configuran nuevos espacios en los cuales el
individuo sufre constricciones -obligaciones- y puede demandar o esperar
reconocimiento.
A su vez y concomitantemente con el proceso de globalización, en América
Latina, la redefinición de los Estados de bienestar, su achicamiento en
razón de su sometimiento a la fuerza del mercado ha provocado, como bien
lo padecemos, ajustes estructurales que han erosionado anteriores
modalidades colectivas de satisfacción de los requerimientos básicos para
la vida de las grandes mayorías. Esta transformación multiplicó
objetivamente los espacios de poder con las cuales los individuos deben
vincularse en orden a satisfacer sus necesidades, produciendo una
consecuente multiplicación de esferas de negociación y enfrentamiento para
hacer valer los derechos individuales y colectivos que el Estado ya no
respalda. La multiplicación de agrupaciones o movimientos constituidos en
torno a la provisión de servicios y al consumo, da cuenta de ello.
Pero esa redefinición de los Estados latinoamericanos no puede leerse sólo
en clave economicista como producto de políticas de ajuste de corte
neoliberal. En ella se hacen patentes profundas mutaciones políticas:
desde las denominadas crisis de representatividad que afectan a
estructuras políticas y reivindicativas, incapaces de contener a los
individuos en su calidad de espacios de construcción de idearios y
proyectos comunes, hasta la pérdida de centralidad de esas organizaciones
en términos de referencia, como señales demarcatorias del orden social.
Esta dupla, constituida por la diversificación de las fuentes del poder y
el estallido o debilitamiento de los lugares colectivos que históricamente
habían aglutinado a la ciudadanía en orden a la reproducción o
confrontación del mismo, se produce, como precisa Manuel Garretón, en el
marco de una experiencia social que se "presenta como irreductiblemente
multidimensional", es decir, como una experiencia en que anteriores
correspondencias entre economía, organización social, política y cultura,
también son cuestionadas en tanto se revelan dinámicas no reductibles a un
único principio de articulación.
"La ciudadanía -planteará el mismo Garretón- es la reivindicación y
reconocimiento de derechos y deberes de un sujeto frente a un poder. Si
los ámbitos o esferas de la sociedad no se corresponden, si se separan y
se autonomizan, si a su vez la política se restringe en su ámbito de
acciones y pierde su función integrativa, si aparecen múltiples
dimensiones para poder ser sujeto y si, a su vez, los instrumentos que
permiten que esos sujetos se realicen son controlados desde diversos focos
de poder, lo que estamos diciendo es que estamos en presencia de una
redefinición de la ciudadanía en términos de múltiples campos de su
ejercicio"(2)
Así, la ciudadanía comenzó a nombrar, en la última década del siglo
pasado, un modo específico de aparición de los individuos en el espacio
público, caracterizado por su capacidad de constituirse como sujetos de
demanda y proposición en diversos ámbitos vinculados con su experiencia:
desde la nacionalidad y el género hasta las categorías laborales, y las
afinidades culturales. Pero esta ampliación que lleva a algunos pensadores
a hablar de "nuevas ciudadanías" definidas en el marco de la sociedad
civil no llega a encubrir, como bien lo señala Hugo Quiroga (3), que el
debilitamiento de la clásica figura de la ciudadanía -marcado por un
evidente escepticismo hacia la vida política- implica serios desafíos para
pensar en la transformación de los órdenes colectivos injustos vigentes en
nuestras realidades.
Asociada con esta remozada noción de ciudadanía, la comunicación ha
adquirido, desde diversas perspectivas, un estatuto polivalente y de
primer rango.
La creciente exhibición en los medios masivos de comunicación de distintas
prácticas tradicionalmente reconocidas como prácticas políticas -desde las
habituales presentaciones de gobernantes, funcionarios y candidatos
exponiéndose ante "la opinión pública" hasta las sesiones de debates
parlamentarios-, suele ser tematizada como un enriquecimiento y ampliación
del espacio público que contribuiría al fortalecimiento de la ciudadanía,
entre otras razones, debido al incremento de las posibilidades
informativas de la población, una creciente expresividad de lo social, una
mayor posibilidad de ejercer la vigilancia y el control de los actos de
gobierno y de otros sectores de poder.
Por otro lado el mercado mediático -pero sustantivamente la televisión y
la radio-, reproduce constantemente rostros y voces sufrientes demandando
justicia, servicios, trabajo, vivienda, la restitución de hijos muertos o
perdidos, ayuda para curar enfermedades. Se trata de imágenes y sonidos
acompañadas por los rostros y voces de los periodistas y conductores de
programas convertidos en hermanos en desgracia, en padres o madres que
contienen el sufrimiento, en abogados y jueces recusadores de las normas y
mecanismos institucionales que se revelan incapaces de responder a los
dramas privados, lo que justifica su puesta en escena, su "aparición"
pública.
Ante ello se habla de los medios masivos como lugar del encuentro, del
reconocimiento, de la construcción plural de la opinión. Los medios son,
para algunos, el lugar de realización plena de esa comunidad inclusiva que
nuestros países niegan, de esa ciudadanía meramente nominal o incompleta
derivada de las profundas desigualdades económicas y sociales en que
vivimos y que conculca no sólo los derechos ciudadanos sino que impide el
cumplimiento de las obligaciones que esa condición conlleva y hasta la
misma posibilidad de reconocer y reivindicar aquellos derechos.
"La presencia de otros que ven lo que vemos y oyen lo que oímos -ha
señalado Hanna Arendt- nos asegura la realidad del mundo y de nosotros
mismos"; de ahí que afirme el valor de la "apariencia" para el ser en el
mundo, es decir para que sea posible la "existencia de una esfera pública"
que asegure esa realización y que necesariamente es precedida por "el
espacio de aparición" ese espacio "que cobra existencia siempre que los
hombres se agrupan por el discurso y la acción"(4).
Desde perspectivas que asumen este horizonte filosófico, la comunicación
se reconoce como fundante de la ciudadanía en tanto interacción que hace
posible la colectivización de intereses, necesidades y propuestas. Pero,
al mismo tiempo, en tanto dota de existencia pública a los individuos
visibilizándolos ante los demás y permitiendo verse -representarse ante sí
mismos. Ese reconocimiento de la comunicación como condición de
posibilidad de la ciudadanía es, al tiempo, condición de posibilidad de la
política. Sergio Caletti ha desarrollado in extenso esa proposición. A su
juicio, ello es así en un doble sentido. En primer lugar porque la
política no puede ser pensada al margen de la "puesta en común de
significaciones socialmente reconocibles"; en segundo lugar porque es ese
procedimiento de puesta en común lo que habilita que justamente "lo común"
pueda convertirse en "horizonte" para las aspiraciones provenientes de
múltiples y diversas aspiraciones y acciones ciudadanas.(5)
Llegados a este punto, creo necesario formularnos una interrogación.
Preguntarnos si acaso este modo de pensar la vinculación de la
comunicación con la política y la ciudadanía -presente por otra parte en
significativas experiencias de comunicación que aunque en muchos casos han
comenzado a designarse como "ciudadanas" hay quienes no resignamos seguir
denominando alternativas, populares o comunitarias (6)-, reconoce en el
funcionamiento y las ofertas del mercado mediático la realización de esas
ideas -de esos ideales de comunicación.
En un texto escrito hace muchos años que titulé "Comunicación Popular, de
la Exclusión a la Presencia", trataba de reflexionar acerca de la
monocorde voz que ahogaba, desde los medios masivos, la polifonía que una
comunicación y una sociedad democrática requerían. Postulaba entonces que
esa polifonía no podía restaurarse a través de la simple y llana
"inclusión mediada" de hablantes, refiriéndome a su aparición en
pantallas, emisiones radiofónicas e impresos, según la lógica mercantil y
mediática. Hoy, cuando la presencia de lo individual y lo particular y la
sobreexposición de protagonistas satura los impresos, las ondas y las
pantallas, me parece pertinente continuar aquella reflexión asociándola a
la consideración de la cuestión de la representación, como vía para
contribuir al esclarecimiento de lo que valdría la pena interrogar, para
distinguir y confrontar las perspectivas antes enunciadas.
Acerca de la noción de representación
Es al historiador francés Roger Chartier a quien debemos aportes
sustantivos para comprender la vinculación productiva existente entre las
prácticas sociales y su representación simbólica. Buscando superar las
oposiciones entre objetividad de las estructuras y subjetividad de las
representaciones, Chartier retomará el pensamiento de Luis Marin para
reconocer en toda representación dos dimensiones: una dimensión
transitiva, en tanto toda representación es la presentificación por algún
medio de algo ausente y otra dimensión reflexiva, en tanto aquello que se
presentifica se exhibe auto-representándose de un modo específico
solicitando para sí la condición de imagen legítima o creíble.(7)
Trabajando con esa noción, Chartier postula la posibilidad de comprender
"la construcción de las identidades sociales como resultantes de una
relación forzada entre las representaciones impuestas por aquellos que
poseen el poder de clasificar y designar y la definición, sumisa o
resistente, que cada comunidad produce de sí misma", pero también la
posibilidad de analizar "la traducción del crédito acordado a la
representación que cada grupo hace de sí mismo, por lo tanto, su capacidad
de hacer reconocer su existencia a partir de una exhibición de unidad"(8).
Nuestra actual cultura puede definirse como un "mercado de
representaciones"; ellas no son sólo espacios donde se libra la lucha por
los sentidos hegemónicos sino, al mismo tiempo elementos de esa misma
disputa. De ahí que el análisis de los dispositivos de representación
mediática de las prácticas políticas y ciudadanas y de los sujetos que las
encarnan resulte una tarea insoslayable si tratamos de comprender de qué
modo ellas se inscriben productivamente en la definición de dichos
sujetos, en sus modos de constituirse y actuar como tales.
Un camino semejante nos parece productivo para superar una lógica a menudo
presente en los estudios que vinculan comunicación, ciudadanía y política,
deudora de concepciones deterministas, incapaces de dar cuenta de la
índole de los dispositivos que obran como sustrato de ciertas
transformaciones que se producen tanto a nivel político como a nivel de
los medios de comunicación y en los vínculos existentes entre ambas
instancias de la acción social. Transformaciones complejas, como lo
reconocen diversos analistas (9), en las que se ponen en juego una
variedad de dimensiones: desde los modos en que la política y los asuntos
públicos adquieren visibilidad en los medios masivos de comunicación,
hasta la pérdida de la función integradora y ordenadora de la política
respecto de las sociedades y la multiplicación de fragmentarios espacios
de encuentro e interacción social, de la mano de tecnologías que operan
según la lógica del contacto y la virtualización de la experiencia.
Pero, fuera de todo determinismo, bien ha señalado Germán Rey que "la
política se transforma casi a la misma velocidad y profundidad que la
comunicación"(10). Imposible diferenciar nítidamente los cambios;
imposible asociarlos causalmente; imposible asimilarlos pero también
imposible desvincularlos. El desafío sigue consistiendo en reconocer, en
el campo de la producción de la cultura, es decir, en el terreno donde se
construyen las convenciones colectivas con que se diseña y sustenta el ser
de los hombres en el mundo, algunas zonas de articulación.
El devenir público de la sociedad
En anteriores investigaciones y ensayos (11) venimos analizando las
consecuencias de lo que denominamos el "devenir público de la sociedad" o,
dicho de otro modo, la definición de nuestra sociedad como "sociedad de
los públicos", categoría que designa una socialidad particular que,
siguiendo a J. Habermas, registraría sus orígenes a fines del Siglo XVII,
cuando la "publicidad representativa" se reduce dando paso a la
"publicidad burguesa" (12) y que no cesará de modificarse, en estrecha
interacción con las transformaciones económicas, sociales, culturales y
tecnológicas propias de la modernidad hasta devenir un principio
identitario central en la actual sociedad mediatizada. Es decir, en una
sociedad impensable por fuera de las existencia de unas tecnologías que
implican modelaciones de las formas de interacción social y del individuo
consigo mismo.(13)
Una sociedad en la cual, al decir de Jean-Marc Ferry, "el público es
virtualmente toda la humanidad y, de modo correlativo, el 'espacio
público' es el medio en el cual la humanidad se entrega a sí misma como
espectáculo"(14). Una sociedad integrada por individuos que aceptan un rol
genérico diseñado desde el mercado mediático -que abre sus escaparates
para diversificadas elecciones y usos de sus productos- con arreglo a
normas y competencias que él mismo provee y que se entrecruzan con las
adquiridas por los sujetos en otros ámbitos de la vida social (15). Lo que
nos permite caracterizar a nuestra sociedad como "sociedad de los
públicos" es justamente la adopción de ese rol como un nuevo y
significativo referente identitario.
En tal sentido, el ser públicos deviene una condición disciplinada que
supera el mero consumo y/o recepción de determinados tipos de medios o
bienes culturales. Una condición que implica la aceptación de constantes
sistemas de interpelación mediados técnicamente como vía de construcción
de colectividades o comunidades, es decir, como vía de inclusión social.
Además, implica el reconocimiento de una capacidad preformativa en la
aceptación o rechazo de las interpelaciones recibidas: la capacidad de
legitimar al interpelante y de crear las condiciones básicas que aseguran
la eficacia de su interpelación.
Desde la instauración del rating televisivo o el porcentaje de venta de un
título editorial como instancias que determinan la perdurabilidad de
programas y libros, hasta la calificación y estabilidad de programas
educativos de acuerdo a la cantidad de inscripciones que reciben, ser
público opera imaginariamente como recurso efectivo de intervención en la
toma de decisiones en el ámbito institucional y en el espacio del mercado.
Al mismo tiempo, sustraerse a las interpelaciones implica la desconexión:
no conocer -en nuestro país- la última disputa entre los hermanos Süller
resulta tan sospechoso, tan restrictivo de una mínima socialidad como no
incorporar en términos alimenticios las proposiciones (benéficas o no) de
un régimen rico en fibras. Pero, en un mismo movimiento, aceptar algunas
interpelaciones y desechar otras sienta las bases del reconocimiento entre
iguales y la diferenciación, la ubicación en franjas, rangos, espacios
distintivos que proveen cierta seguridad en un mundo cada vez más
homogéneo y contradictoriamente fragmentado.
Ser público implica así una suerte de obligación y una esfera de
posibilidad: la obligación de integrarse superando incluso mediante ese
procedimiento diferencias económicas, territoriales, étnicas, de género u
otras, y una doble posibilidad, la de distinguirse y la de participar
mediante demandas -en que se traman complejamente intereses
contradictorios y hasta antagónicos y cuya satisfacción es clave para la
estabilidad de diversos poderes- en la dinámica social.
Este devenir "público" de la sociedad constituye un dispositivo clave con
consecuencias significativas para lo que se representa hoy como sistema
democrático y para la representación de la política y la ciudadanía. Una
de sus manifestaciones más nítidas, en la escena política argentina
anterior al momento de ruptura que significó diciembre de 2001, fue la
fundamentación de los actosde gobierno en variados sistemas de consulta
individual a los ciudadanos: candidatos que encargaban sondeos de opinión
para traducir sus resultados en plataformas electorales, funcionarios que
utilizaban datos proporcionados por encuestas de diversa naturaleza como
razónsuficiente de decisiones, reparticiones públicas que "evaluaban " su
labor mediante cuestionarios sometidos a los contribuyentes en las boletas
de pago de servicios.
Esas estrategias -al igual que las permanentes consultas implementadas por
los medios masivos de comunicación y ofrecidas como base para decisiones
de políticos, gobernantes y ciudadanos-que colocan a los individuos
particulares y aislados en el centro de la formulación de lo que se
convertirá en "acción política", son deudoras de una de las tecnologías
que, como señalan entre otros Jacques Rancière y Loïs Wacquant, modelan
hoy con mayor pregnancia la idea de colectividad y de saber: la encuesta
de opinión (16).
Un procedimiento inclusivo y aglutinador en tanto propone a todos
interrogantes comunes cuyos resultados revelan colectivos abstractos pero
distinguibles por rasgos que reenvían a la materialidad de lo que se es:
mujer u hombre, habitantes de tal o cual sector, jóvenes o viejos. La
"población encuestada" - que en ciertos casos presenta rostros
particulares en sus apariciones gráficas o televisivas constituye un nuevo
modo de ser colectivo en el que cada sujeto se reúne en ausencia con sus
pares, participando en la construcción de un ideario común.
Al mismo tiempo, esa estrategia enunciativa pone en juego un efecto de
igualación: cada individuo sometido a encuesta, interpelado con un
instrumento común tiene, imaginariamente, las mismas posibilidades y
oportunidades de respuesta. La normalización discursiva producida por un
cuestionario encubre la modelación histórica del habla, sus
particularidades y constricciones de clase, de género, de raza, de
localización geográfica, de edad... Se encubre, para decirlo de otro modo,
la regulación política de lo social, el lento pero marcadamente férreo
diseño de un orden hecho de jerarquías y distinciones, los conflictos que,
en razón de los modos de obtención de la información y de su
procesamiento, se disuelven en un sistema de diferencias.
El recurso a los individuos en tanto informantes, pone entre paréntesis la
existencia de organizaciones y grupos como espacios de expresión de
necesidades y problemas y ámbitos de conformación de opiniones
legitimadas. La "opinión pública" es asimilada a lo que cada quien
verbaliza negando su carácter de juicio elaborado colectivamente mediante
el debate de ideas y dificultando la identificación de los procedimientos
y fuentes a partir de los cuales se construye ese pensar particular. La
figura del individuo -con necesidades e intereses subjetivamente vividos-
ocupa el centro de la escena democrática desdibujando la trama constituida
por intereses y vivencias socializadas y la existencia de proyectos
ideológicos más o menos afines o antagónicos.
Por otra parte, las verbalizaciones individuales transformadas en
información -la que resulta del procesamiento de una encuesta y que a
menudo se difunde en los medios- se erigen en incuestionable saber social
en tanto se objetivan y distancian de lo inmediato gracias a
procedimientos estadísticos. Así, la encuesta es propuesta y asumida como
un sistema experto que reduce la incertidumbre y que, en consecuencia,
tendría la capacidad de definir per se los cursos de acción de políticos,
gobernantes y funcionarios que, de tal suerte, quedarían exentos de toda
responsabilidad intrínseca, de todo riesgo, bajo el amparo de la
representatividad y la objetividad.
La centralidad de los hablantes particulares, la centralidad de su decir
como fuente de la acción política, remite a la indeferenciación de los
saberes diluyendo imaginariamente el diferencial de poder que se concentra
en sitios estratégicos y permite encubrir la racionalidad de decisiones
ideológicamente orientadas. De tal modo, políticos y gobernantes diluyen
su rol de formuladores de diagnósticos y proyectos derivados de
particulares comprensiones de lo real y de diferenciables modelos de
sociedad a construir, para asumir crecientemente el de ejecutores de
acciones sustentadas en la transparente evidencia de las cifras, los
datos, las tendencias.
Así, se subvierte la antigua función de representación política, asociada
a la idea de coparticipación en un ideario común y a la figura de sujetos
capaces de resumir en sí y defender un conjunto de intereses opuestos a
otros. Si el representante político hacía suyas voces particulares y las
articulaba en un discurso con pretensión de liderazgo y validez nunca
universal -porque se enunciaba frente a otros como palabra adversativa-
este nuevo político se convierte en un operador que sopesa posibles
estrategias de acción en base a la valoración de información que se
presenta sólo técnicamente manipulada. No hay proyectos: la realidad
particular, colectivizada mediante su procesamiento estadístico y su
exhibición mediática, es la que manda.
Por otro lado, así como se diluyen los propósitos hegemónicos, esa
colectivización de lo individual mediante el recurso de la abstracción,
diluye "el único factor material indispensable para la generación de
poder", según lo plantea Hanna Arendt: "el vivir unido del pueblo",
condición necesaria para que persistan "las potencialidades de la
acción"(17).
Juan Enrique Vega ha señalado que "la asimilación de la idea de comunidad
política a la de mercado de ciudadanos, ha conducido a que la discusión
sobre los bienes públicos, cada vez más, se asemeje a una elaboración de
ofertas en que el mismo ciudadano es entendido simplemente como
consumidor" (18). El dispositivo de la interpelación individual a los
ciudadanos con el fin de distinguir y agregar intereses como sustento de
la acción política, nos enfrenta a un modelo de comunidad constituida
técnicamente y a un modelo de representación fundado en la capacidad de
"interpretación" de las respuestas que pone en cuestión todo discurso o
práctica que quiebre esa lógica dominada por la cantidad y la adecuación a
ella.
Porque no se trata de que los índices que no alcanzan significación
estadística, los porcentajes marginales, representen en este modelo de
construcción del saber para el hacer, una parte desechable. Es decir, no
se trata de que las posiciones o propuestas minoritarias pierdan eficacia,
en un sentido pragmático. El efecto transformador consiste, como bien lo
ha postulado Jacques Rancière, en la desaparición de la política como
forma de cuestionamiento de "todo orden de la distribución de los cuerpos
en funciones correspondientes a su 'naturaleza' y en lugares
correspondientes a sus funciones"(19).
En ese sentido, y tal como él mismo lo plantea, la conjunción de lo
científico y lo mediático -de la abstracción estadística y de la
visibilización de las regularidades y discontinuidades de personas
contables en función de sus opiniones-, impide el reconocimiento de lo "no
contable", "la constitución política de sujetos no identitarios que
perturban la homogeneidad de lo sensible al hacer ver juntos mundos
separados, al organizar mundos de comunidad litigiosa"(20).
La lógica de la interacción y el consenso
Ranciére cuestiona -como verdadera borradura del obrar democrático- esa
idea del consenso que se postula como su ideal: el acuerdo razonable de
individuos y grupos sociales imbuidos de la convicción de que "el
conocimiento de lo posible y la discusión entre interlocutores" es para
todos -y para cada uno preferible al conflicto como vía para obtener lo
mejor, a partir de los datos objetivos con que se cuenta. El conocimiento
de las ofertas y las capacidades de negociación (búsqueda, selección,
estrategias de transacción) en función de intereses particulares, como
comportamientos habilitantes para integrar una sociedad de públicos y
consumidores, asoma así en la esfera política. La gestión será el nuevo
nombre de la política, con el cual se estigmatiza la confrontación.
"No son las quejas las que producen cambios, sino las reflexiones, las
propuestas y la acción. Si queremos otro país, un país mejor, debemos
cambiar primero nosotros mismos. Tenemos que participar y ser más activos.
Depender de otro no nos hace feliz. En la democracia es el Ciudadano, es
Usted la máxima autoridad. Quiero abrir el diálogo con usted, quiero
escuchar su opinión. ¿Cuál es el problema que le preocupa? ¿Cómo se puede
resolver? ¿Cuál es su propuesta?"
Así se vinculaba con la ciudadanía un candidato de la Unión Cívica Radical
en las últimas elecciones legislativas realizadas en Argentina en octubre
de 2001 invitando a cada elector a responder una carta que llegaba a cada
hogar. En la misma carta, el candidato planteaba una explícita oposición
entre los "habituales rituales" de la práctica política -entendida como
lucha por el poder- y actividades tales como el escuchar y el pensar que
adquirían así una significación positiva, asociada a la idea de diálogo
racional entre individuos iguales: el candidato que destinaba la carta y
el destinatario poseedor de opiniones y propuestas, equiparados en esa
posibilidad epistolar.
Esa positivización de un recurso comunicativo interactivo y personalizado
como modo de construcción de propuestas para la construcción de la
República -en su más lata significación de res-pública- (21), como opción
frente a las estrategias propagandísticas propias de los momentos
electorales, bien hubiera podido interpretarse como una respuesta adecuada
frente al creciente descrédito de los políticos, las instituciones
partidarias y sus típicos modus operandi. También podría haberse
interpretado como un saludable llamado a la actividad ciudadana, como
promoción de una cultura superadora de instaurados modos de individualismo
e indiferencia.
Intenciones aparte, el recurso es parte de variados dispositivos
orientados a reconfigurar la política como esfera y práctica de
articulación entre demandas y satisfacciones, entre individuos con
necesidades, carencias, expectativas, e individuos con competencias para
satisfacerlas. La figura del "interpretante" se consolida aquí como
caución de participación. La condición de político y legislador habilita
para solicitar la palabra reservada (privada) de la ciudadanía que será
tenida en cuenta en la construcción colectiva del cambio.
El interpretante-analista fundirá cada voz (cada texto recibido) en el
crisol de una homogeneidad incuestionable: ni siquiera sabrá -como ocurre
mediante la técnica del sondeo- a qué categoría pertenece ese decir. Tras
la hipostasiada búsqueda de un espacio de recreación del debate como
recreación del sentido de la política y la participación ciudadana, el
candidato ofrece la más palmaria reducción de los individuos a
preocupaciones y problemas particulares, a la esfera de la pura
contingencia y la necesidad. El ciudadano corresponsable se transforma en
ciudadano corresponsal en un movimiento asimilable a la ficción
comunicativa que a diario puebla las trasmisiones radiales y televisivas
de la mano de conductores que leen mensajes de espectadores participativos
o simplemente los agradecen porque el tiempo es tirano y es tan grande la
voluntad de decir que desborda las posibilidades del compartir y del
confrontar.
Pietro Barcellona indica que "el conflicto que estructura la democracia
lleva en sí, inevitablemente, el valor de la convivencia, pues de por sí
consiste en la posibilidad de un orden infundado y, por tanto, de un orden
que se hace cargo de la pluralidad de las razones, de la posibilidad de
que una gane y que otra pierda, sin ser negada definitivamente por ello"
(22). Cuando el conflicto se diluye en problemas y cuando los problemas se
asumen como consecuencia de una falta o un retardo de los medios para
solucionarlos sobreviene una suerte de "despolitización tecnológica": la
que hace recaer en la construcción de consensos en torno a las soluciones
viables el sentido último de la democracia.
Por el contrario, la idea del antagonismo y la confrontación, la de la
lucha por el poder -que necesariamente tiene inscripta la posibilidad de
la derrota y su aceptación como riesgo democrático-, resultan
estigmatizadas como no incluyentes de la heterogeneidad, de las
diferencias. Quien no opina bajo los formatos establecidos, no participa y
se margina del cambio; quien radicalmente se silencia o profiere una
palabra no normalizada deja de hacerse visible en las pantallas. Quien en
tiempos de crisis rechaza las visiones o versiones mayoritarias, merece la
exclusión del campo de interlocutores (23).
Refiriéndose a la televisión, Beatriz Sarlo ha afirmado que "construye a
su público para poder reflejarlo, y lo refleja para poder construirlo; en
el perímetro de este círculo, la televisión y el público pactan un
programa mínimo, tanto desde el punto de vista estético como ideológico.
Para producirse como televisión basta leer el libro del público; para
producirse como público, basta leer el libro de la televisión. Después el
público usa la televisión como le parece mejor o como puede; y la
televisión no se priva de hacer lo mismo" (24). Una misma lógica de
mercado -fundada en el exhaustivo conocimiento del otro como portador de
necesidades e intereses a satisfacer garantizando la reproducción
económica-, prima en la acción política característica de las democracias
liberales, en las cuales esa primacía no puede ponerse en tela de juicio
porque, como sostiene Barcellona, "la posibilidad de decidir/innovar sobre
el tipo de conflicto permitido y de introducir intereses no negociables
(...) que permitirían establecer por consiguiente una 'jerarquía de
valores' queda fuera de este esquema" (25).
Al relacionar ambas consideraciones no estamos tratando de establecer una
suerte de analogía. Lo que postulamos, es una unicidad de pensamiento y
acción. Los ciudadanos, como los públicos, son resultado de un orden
categorial que define los límites de lo que puede problematizarse y los
modos para hacerlo. Luego, cada quien, puede formular sus propuestas y
acordar con unos u otros representantes. Pero lo que no puede hacerse,
bajo esos dispositivos regulatorios, es "dar valor a algo que todavía no
está definido, incluido en el orden existente, en los lenguajes
codificados" (26). Lo que no puede construirse -pensarse- es otra idea de
comunidad y de acción expresiva que no sea la de quien interactúa en base
a interpelaciones normalizadas y virtualizadas.
Representaciones propuestas, impuestas e interrogantes
Frente a esta lógica dominante - que excede el caso argentino emergen y se
desarrollan, sin embargo, movimientos, agregaciones y luchas colectivas
que refiguran práctica y simbólicamente los modos de expresión y
representación de actores, interacciones, intereses y demandas,
entrelazando fuertemente dimensiones políticas y ciudadanas. Germán Rey,
en su sugerente trabajo "Espacios abiertos y diversidad temporal. Las
relaciones entre comunicación y política", incluye un variado abanico de
experiencias que se resisten a ser normalizadas para expresar viejos y
nuevos conflictos vinculados a la nominación y ubicación de los individuos
en la sociedad.
Hoy, son millares los argentinos que demandan desde plazas y calles pero
también desde pantallas televisivas y en los minúsculos espacios de
conversación cotidiana "Que se vayan todos". Esas demandas por lograr la
revocatoria de mandatos de los representantes políticos trascienden en
algunos casos la mera consigna y se materializan en acciones: la propuesta
de una nueva asamblea constituyente, la movilización político-jurídica
para dar por finalizada la función de algunos gobernantes. Hoy, miles de
argentinos sin trabajo cortan calles y caminos. Con sus cuerpos
-estadísticamente depositados fuera de los márgenes del circuito
productivo- los llamados piqueteros interrumpen la circulación, en un
gesto que tal vez persiga menos alcanzar las reivindicaciones planteadas,
que restaurar aunque más no sea simbólicamente la existencia del Estado
como garante de pactos y derechos y decir a la sociedad que cuentan y que
rechazan ser excluidos por su condición de "desocupados".
Hoy, miles de argentinos restauran la creencia en que la puesta en común y
la organización son vías que deben re-transitarse: las plazas cobijan
asambleas -algunas incluso llegan a denominarse "populares" reponiendo el
uso de una palabra casi caída en el olvido-; los barrios ven florecer
múltiples espacios de cooperación e intercambio comedores comunitarios,
cooperativas de producción, clubes del trueque- que responden a la
necesidad de colectivizar la carencia pero en los que apuntan nociones de
solidaridad y, en ciertos casos, búsquedas de órdenes alternativos. Pero
hoy también miles de ahorristas exigen la devolución de los dólares que
creyeron tener por obra y gracia de los mismos políticos cuyo alejamiento
reclaman y que, sin duda, produjeron el desempleo, el hambre, la privación
de quienes esos mismos ahorristas miran temerosamente porque representan,
de algún modo el límite del país posible.
Lenta y desigualmente, estas prácticas ciudadanas novedosas, realizan esa
conjunción de discurso y acción que confiere poder. En ciertos casos, sea
con el recurso a medios y tecnologías de información -emisoras,
publicaciones, redes informáticas-, o sea con el recursos a los cuerpos,
las cacerolas, las teatralizaciones, los escraches, es decir, con la
producción de un espacio público urbano que altera la fisonomía de los
ámbitos cotidianos de interacción (27), hay una ciudadanía que se
constituye desde lugares diferenciados y que desde ellos busca no sólo su
expresividad particular sino imaginar un futuro común y diferente.
Pero ello no borra las representaciones que se construyen hegemónicamente
acerca del poder político y el rol ciudadano, una construcción en la cual
el espacio de los medios y redes informativas es central. Ello no borra la
estigmatización del conflicto político y la idea de consenso como acuerdo
de partes ya constituidas e inmodificables en tanto ideal democrático.
Ello no altera esa creciente despolitización del espacio público
construido desde los medios en el cual los referentes y actores políticos
han sido sustituidos de manera creciente, por personas privadas que
exhiben a toda hora conflictos en torno a temas íntimos que,
manifestándose incluso con extrema violencia, siempre resultan zanjados
por acuerdos negociados.
Como escribiera en octubre de 2001 José Nun, "El malestar y la bronca no
son lo mismo que la voluntad de cambio y, mucho menos democrática...
Máxime cuando la composición de los sectores populares es tan heterogénea
y fragmentada y son tan escasas todavía las instancias de representación
genuina capaces de dar formar, de expresar y unificar sus demandas. Para
construir se pueden emplear muchos tipos de materiales. Pero es decisivo
no confundirse y saber cómo y con qué se emprende la construcción"(28).
Es decisivo reconocer que junto a esa ciudadanía que pugna por
desarrollarse y reconfigurar lo político y los modos de pensar el poder,
desde el mercado mediático se busca diluir toda posibilidad de
reconstrucción de lazos y proyectos comunes.
América Televisión, uno de los canales capitalinos con alcance nacional
mediante su retrasmisión vía cable, comenzará a emitir desde fines de
septiembre "El candidato de la gente". El programa propondrá 16
"candidatos" seleccionados por el equipo de producción a través de un
casting al que concurrieron 800 personas. Ellos competirán a través de la
pantalla, mediante el voto telefónico de la audiencia, por el premio
mayor: presentarse como candidato a una banca legislativa por el "Partido
de la Gente" creado por el propio canal de televisión.
En declaraciones a la agencia AP (29), Sebastián Meléndez, productor del
programa, manifestó que ante "la falta de representatividad política que
atraviesa Argentina, buscamos generar un canal para fomentar la aparición
de políticos nuevos". La novedad de esa aparición consistirá, siempre
según los dichos de Meléndez, en que los candidatos no serán vistos por
los televidentes-electores "diciendo discursos sino en acción, tratando de
poner en práctica sus proyectos". En cada emisión del programa el público
irá eliminando participantes a través de su voto hasta elegir a dos
finalistas; la gran final consistirá en que ambos candidatos "dejarán de
lado su propuesta original para ocuparse de los temas que les impongan sus
seguidores televisivos".
El programa de América puede inscribrse en la saga exitosa de espacios en
los cuales se fabricaron y fabrican grupos musicales, modelos y jugadores
de fútbol. Sus índices de audiencia serán propuestos como indicadores de
la búsqueda de renovación deseada por el público argentino identificado
plenamente con el ciudadano. Las pantallas y los sistemas de producción
standarizados de personajes introducirán, en el tenso y complejo proceso
político nacional, un nuevo tópico de discusión cotidiana y se
constituirán en nuevo término de referencia para pensar el futuro.
Si como se afirma la política es el espacio en el cual se define la vida
en común, ella resulta amenazada hoy por una doble fragmentación: por un
lado, por las exclusiones impuestas por los modelos sociales y económicos
hegemónicos; por otro, porque la regulación técnica de lo representable
como práctica ciudadana y política en el espacio público dificulta la
aparición en él de la diferencia radical, única posibilidad de construir
alternativas de poder. Y cuando hablamos de diferencia radical no nos
referimos a una radicalización violenta de las presencias, sino a la
aparición de lo que hoy hace inviable la democracia como sociedad de
iguales.
Como ha señalado Hanna Arendt, "la pobreza es mucho más que la indigencia;
es un estado de constante indiferencia y miseria extrema cuya ignominia
consiste en su poder deshumanizante" en tanto pone a los hombres "bajo el
dato absoluto de la necesidad"(30). En contextos de esa naturaleza y con
sociedades civiles débiles, la falta de alternativas no supone "la
eliminación de las diferencias -diferencias que, por el contrario, tienden
a agravarse socialmente-, sino la anulación misma de la instancia de
conciliación. Y negando la conciliación, debido simplemente a la
marginación política, se expone al riesgo de instalar la violencia en los
bordes de la sociedad"(31).
La conciliación no es el acuerdo sino la búsqueda necesaria, aunque
siempre resulte imposible e inacabada, de la restauración de la unidad.
Frente a ella, la unanimidad de las representaciones es, efectivamente su
contrario. "El fin del mundo común ha llegado cuando se ve sólo bajo un
aspecto y se le permite presentarse únicamente bajo una perspectiva" (32).
En ese sentido, la posibilidad de la comunicación, de una ciudadanía
redefinida -porque no se restringe a sus dimensiones jurídicas y
estatalistas y se amplía para dar cuenta de la multiplicidad de poderes
que los individuos debemos construir y confrontar- y de la vigencia de la
política, son una misma posibilidad.
Notas
(1) Torcuato Di Tella, Hugo Chumbita y otros, Diccionario de Ciencias
Sociales y Políticas, Emecé, Buenos Aires, 2001, pp. 85-88.
(2) Mauel A. Garretón, "Democracia, ciudadanía y medios de comunicación.
Un marco general" en AAVV Los medios: nuevas plazas para la democracia,
Calandria, Lima, 1995, pp. 102-103.
(3) Hugo Quiroga, "El ciudadano y la pregunta por el Estado democrático",
Colección Papeles de Investigación, Documentos.
(4) Hanna Arendt, La condición humana, Paidós, Barcelona, 1993, pp. 60 y
222.
(5) Sergio Caletti, Comunicación, política y espacio público. Notas para
repensar la democracia en la sociedad contemporánea. Documento Borradores
de Trabajo 1998-2002, p. 13.
(6) Me refiero concretamente a experiencias de comunicación radiofónica
vinculadas, por ejemplo a la Asociación Latinoamericana de Educación
Radiofónica (ALER) o a FARCO, para el caso argentino. Pero también a
numerosas experiencias impulsadas en Perú por la Asociación Calandria y
otras tantas a las que se refiere Germán Rey, para el caso colombiano en
Balsas y medusas. Visibilidad comunicativa y narrativas políticas, CEREC,
FESCO, Fundación Social, Santafé de Bogotá, 1998.
(7) De Roger Chartier ver, entre otros, Escribir las prácticas. Foucault,
de Certau, Marin, Manantial, Buenos Aires 1996 y El mundo como
representación. Historia cultural entre práctica y representación, Gedisa,
Barcelona 1996. Como el señala en este último texto, "cualquiera que sean
las representaciones, no mantienen nunca una relación de inmediatez y de
transparencia con las prácticas sociales que dan a leer o a ver. Todas
remiten a las modalidades específicas de su producción, comenzando por las
intenciones que las habitan, hasta los destinatarios a quienes ellas
apuntan, a los géneros en los cuales ellas se moldean", p. VIII.
(8) "Entrevista con Roger Chartier" en Historia y Educación, Buenos Aires
1998, p. 139.
(9) Ver, entre otros muchos, los trabajos de Jesús Martín Barbero, Germán
Rey y Fabio López de la Roche en Jorge I. Bonilla y Gustavo Patiño, (eds)
Comunicación y política. Viejos conflictos, nuevos desafíos, CEJA, Santafé
de Bogotá, 2001 y el trabajo de Sergio Caletti, "Repensar el espacio de lo
público", ponencia presentada al Seminario Internacional "Tendencias y
retos de la investigación en Comunicación en América Latina", FELAFACS-PUC
del Perú, Lima, julio de 1999.
(10) "Espacios abiertos y diversidad temporal: las relaciones entre
comunicación y política" en Bonilla y Patiño (eds) cit, p.166.
(11) Nos referimos a nuestros estudio "La Sociedad de los públicos.
Nociones e Historia de su Constitución" realizada en el Centro de Estudios
Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba con subsidios de la SECYT
(Secretaría de Ciencia y Tecnología) de dicha universidad. También a
reflexiones como las contenidas en "La construcción técnica de la
democracia", Revista Conciencia Social Nº 2, Escuela de Trabajo Social-UNC,
Córdoba, 2002.
(12) Cfr. Historia y crítica de la opinión pública, Gustavo Gilli,
Barcelona, 2ª. Edición, 1994, pp. 53 a 56.
(13) Ver al respecto nuestro trabajo "de la cultura masiva a la cultura
mediática" en Revista Diálogos de la comunicación Nº 56.
(14) "Las transformaciones de la publicidad política" en Ferry, Wolton y
otros, El nuevo espacio público, Gedisa, Barcelona, 1992, p. 20.
(15) Asumimos, en este sentido las reflexiones de Adorno y Horkheimer en
sus consideraciones acerca del público de los medios masivos: un conjunto
de "seres genéricos" donde el sujeto se desdibuja pasando a ser parte de
nuevas categorías constituidas desde la propia industria cultural:
oyentes, audiencias, público de espectáculos.
(16) En Las cárceles de la miseria (Manantial, Buenos Aires, 2000),
desentrañando la vinculación entre el "menos Estado social" y el "más
Estado policial y penal" característico de las sociedades neoliberales,
Wacquant resalta el lugar ocupado entre los dispositivos que naturalizan
esa creciente sustitución por lo que denomina la configuración científica.
Una operación en la que convergen de manera sistemática intelectuales,
representantes del poder político y medios masivos de comunicación y uno
de cuyos recursos emblemáticos para justiciar el incremento de la
represión es un particular manejo de los datos estadísticos. Por su parte,
en El desacuerdo.Política y Filosofía, (Nueva Visión, Buenos Aires, 1997),
Ranciére reflexiona también sobre "la ciencia que se realiza
inmediatamente como opinión", una ciencia que gobierna la comunidad
poniendo"a cada uno en su lugar con la opinión que conviene a ese lugar"
(p.134).
(17) Op.cit, p. 224.
(18) En "Globalización y política: Chile, las tres transiciones",
documento presentado en el "Taller Internacional Efectos de la
Globalización en Bolivia", CEDLA, septiembre de 1999.
(19) Rancière, op.cit, p. 128.
(20) Idem, p.132.
(21) Ver al respecto el trabajo de Sergio Caletti, "¡Quién dijo República?
Notas para un análisis de la escena pública contemporánea, o de cómo el
orden ha vuelto a imperar" en Versión. Estudios de Comunicación y
Política, Nº 10, UAM, México 2000.
(22) Posmodernidad y comunidad. El regreso de la vinculación social. Ed.
Trotta, Madrid, 1992, p. 132
(23) Los docentes universitarios argentinos transitamos, como muchos otros
sectores de la sociedad, un conflicto de envergadura que no sólo se
expresa en recortes salariales sino en la inminencia de un cambio del
sistema de la educación superior. En medio de esa coyuntura, y a raíz de
las elecciones que se realizaron en una asociación gremial del sector,
quienes consideramos necesario confrontar la conducción sindical existente
en función de otra propuesta político-gremial, resultamos estigmatizados
por provocar "desunión" y debilitamiento". La posibilidad de una
alternativa que se nombra como tal, es combatida en nombre de una "unidad"
que asimila consenso con fuerza y conflicto con desintegración.
(24) Escenas de la vida posmoderna, Ed. Ariel, Buenos Aires,1994, p. 89.
(25) Op. Cit., p.129.
(26) Idem, p.132.
(27) Al respecto nos parecen de gran interés los aportes de Sydney Tarrow
en su trabajo Poder en movimiento. Los movimientos sociales, la acción
colectiva y la política. En él, refiriéndose a lo que denomina la "acción
directa disruptiva", indica que, "al sentarse, levantarse o caminar juntos
en un espacio público, los manifestantes ponen de manifiesto su existencia
y refuerzan su solidaridad... la disrupción obstruye las actividades
rutinarias de los oponentes, los observadores o las autoridades... la
disrupción amplía el círculo del conflicto", p. 180.
(28) "El enigma argentino" en www.Bazaramericano.com, Bazar opina. (la
página de la revista argentina Punto de vista)
(29) Difundidas por diversos medios periodísticos a nivel nacional e
internacional, como lo prueba su aparición en la edición del domingo 22 de
septiembre de Las Ultimas Noticias de Santiago de Chile. 30. Sobre la
Revolución, Alianza, Madrid, 1988, p.61.
(31) María de los Angeles Yanuzzi, "Ciudadanía y derechos fundamentales;
las nuevas condiciones de la política" en Kairos, Año 3, Nº 4, 2do
Semestre 1999.
(32) Hanna Arendt, La condición humana, cit, p. 67.
Fuente:
<" http://www.felafacs.org/dialogos/pdf64/5.Marita.pdf "target="_blank">
Revista Diálogos
En La Iniciativa de Comunicación desde enero 17 2004.
Actualizado en marzo 17 2004.
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