Resumen
De vuelta en un tema de larga
permanencia en el estudio de la comunicación, este artículo destaca
algunas características y elementos importantes presentes en la génesis
de la teoría de la información; y recorre parte de las críticas
que ha recibido. Su objetivo es mostrar como una propuesta de alcance
muy acotado y en extremo vulnerable a la crítica, se convirtió en un
referente obligado, llegando a tener un sentido paradigmático. La
proposición final indica que la persistencia en mantener este marco de
referencia, ha puesto severas dificultades a los esfuerzos por
comprender la comunicación desde una perspectiva psicológica y social
Un antecedente obligado en el estudio de
la comunicación ha sido por mucho tiempo la llamada teoría de la
información, formulada a finales de los 40 por el ingeniero Claude E.
Shannon. En su intención original esta teoría es de un alcance muy
acotado, debido a que se refiere sólo a las condiciones técnicas que
permiten la transmisión de mensajes, pero eso no impidió que lograra una
amplia repercusión y terminara elevada a la calidad de paradigma. En su
primera versión apareció en el Bell System Technical Journal
de octubre de 1948, perteneciente a la Bell Telephone Laboratories,
organización a la que Shannon se encontraba profesionalmente ligado. Poco
después el sociólogo Warren Weaver redactó un ensayo destinado a
enfatizar las bondades de esta propuesta, que fue publicado junto al texto
anterior en julio de 1949.
El trabajo de Shannon se titula The
Mathematical Theory of Communication, y el de Weaver Recent Contributions
to the Mathematical Theory of Communication. En conjunto dieron
lugar a un pequeño libro que tomó el título del primero de ellos. De
este modo, la unión de dos textos y de dos disciplinas diferentes produjo
una obra de referencia duradera en el campo de la comunicación. Lo
habitual es que se aluda a estas concepciones como el modelo de Shannon y
Weaver o como la teoría de la información.
El especialista norteamericano Bernard
Berelson en una revisión sobre el estado de la investigación, ubica
tempranamente esta teoría dentro de un grupo de "aproximaciones
menores", para diferenciarlo de las grandes líneas que han
determinado la orientación de los estudios. Este calificativo implica
poner de manifiesto su escasa influencia sobre la evolución posterior de
la investigación comunicacional, (1959).
En lo que se refiere al desarrollo teórico en el área esta afirmación
puede ser aceptada. Efectivamente la teoría de la información no
se ha mostrado muy fértil en cuanto a estimular nuevos desarrollos teóricos,
pero hay otros aspectos en que su presencia es muy sensible. Las ideas no
siempre se popularizan por su consistencia o sus propiedades heurísticas.
No son pocas las ocasiones en que determinadas interpretaciones,
convertidas en creencias de cómoda asimilación, adquieren respaldo y
notoriedad, sin que sus méritos les permitan superar las barreras de una
crítica más cuidadosa y exigente.
La teoría tiene una expresión gráfica
de notable sencillez:
FUENTE >
TRANSMISOR >
CANAL >
RECEPTOR >
DESTINO
Fuente de Ruido
A continuación Weaver hace la siguiente
descripción:
En la figura se presenta simbólicamente
un sistema de comunicación. La fuente de información selecciona a
partir de un conjunto de posibles mensajes el mensaje deseado. El
transmisor transforma el mensaje en una señal que es enviada por el canal
de comunicación al receptor.
El receptor hace las veces de un
transmisor invertido que cambia la señal transmitida en un mensaje y pasa
este mensaje a su destinatario. Cuando yo hablo con usted, mi cerebro es
la fuente de información, el suyo el destinatario, mi sistema vocal es el
transmisor, y su oído, con su octavo par de nervios craneanos, es el
receptor.
Infortunadamente, es característico del
proceso de transmitir la señal que se agreguen a ésta ciertas cosas que
no son proporcionadas deliberadamente por la fuente de información. Estos
aditamentos indeseados pueden ser distorsiones de sonido (en telefonía,
por ejemplo), o estáticos (en radiotelefonía), o distorsiones de la
forma o sombreado de una imagen (televisión), o errores de transmisión
(telegrafía o facsímil). Todos estos cambios en la señal pueden ser
llamados ruidos.
Los problemas que han de estudiarse en un
sistema de comunicación tienen que ver con la cantidad de información,
la capacidad del canal de comunicación, el proceso de codificación que
puede utilizarse para cambiar el mensaje en una señal y los efectos del
ruido, (1984,
pág.36).
A lo largo de este movimiento orientado
linealmente se encuentra un conjunto de componentes que pueden ser
distinguidos en forma precisa, por su ubicación y su función. Fuente:
Componente de naturaleza humana o mecánica que determina el tipo de
mensaje que se transmitirá y su grado de complejidad. Transmisor: Recurso
técnico que transforma el mensaje originado por la fuente de información
en señales apropiadas. Canal: Medio generalmente físico que
transporta las señales en el espacio. Cumple una función simple de
mediación y transporte. Ruido: Expresión genérica utilizada para
referirse a variadas distorsiones originadas en forma externa al proceso
de comunicación. Receptor: Recurso técnico que transforma las señales
recibidas en el mensaje concebido por la fuente de información. Destino:
Componente terminal del proceso de comunicación, al cual está dirigido
el mensaje. Es el elemento decisivo para pronunciarse sobre la fidelidad
de la comunicación.
A poco andar estos términos pasaron a
formar parte de la jerga comunicacional y aun del lenguaje corriente,
desarrollando una existencia propia, con independencia del marco
explicativo en que tuvieron origen. Comenzó a ser común hablar de
fuente, emisor, mensaje, canal, destinatario o receptor. Su representación
gráfica se ha usado una y otra vez agregando o quitando algún elemento,
pero siempre manteniendo su apego a una estricta causalidad lineal. A título
de ejemplo, se puede mencionar la propuesta de David K. Berlo, publicada
en 1960, de gran aceptación en círculos académicos; y los intentos de
Wilbur Schramm en la década del 70, por interpretar desde la teoría
de la información el proceso de la comunicación humana y los medios
de comunicación social, (Berlo,
1981; Schramm,
1982).
Del mundo de los cables telefónicos se
saltó a las interacciones humanas sin demasiadas precauciones; y
corresponde sin duda a Warren Weaver el mérito de haber sacado esta teoría
desde los restringidos límites de la dimensión técnica, dotándola de
universalidad. Su esfuerzo fue sin duda deliberado:
Este trabajo se aplica en primera
instancia sólo al problema técnico, pero la teoría tiene una
significación más amplia. Para comenzar, el significado y la efectividad
están inevitablemente restringidos por los límites teóricos de la
exactitud en la transmisión de símbolos. Más aun, el análisis teórico
del problema técnico pone en evidencia que éste se superpone a los
problemas semánticos y de efectividad más de lo que se podría
sospechar, (1984,
pág. 35)
Weaver alude concretamente a los tres
niveles en que tradicionalmente se abordan los problemas de la comunicación:
Técnico, semántico y pragmático. Cada nivel se abre en una dimensión
de análisis e interpretación diferentes. En el nivel técnico se
enfrentan problemas relacionados a la fidelidad con que cierta información
puede ser transmitida desde un emisor a un receptor, en el nivel semántico
se estudian cuestiones relativas al significado e interpretación de un
mensaje; y en el nivel pragmático se enfoca la comunicación desde el
punto de vista de sus consecuencias en el comportamiento manifiesto de las
personas.
Weaver advierte que estamos en presencia
de un modelo de gran alcance y no disimula su entusiasmo:
La teoría matemática de la comunicación
es tan general que no es necesario decir qué clase de símbolos se
consideran: Si se trata de palabras o letras escritas, de notas musicales,
de palabras habladas, de música sinfónica o de imágenes. Las relaciones
que la teoría revela se aplican a todas estas formas de comunicación y a
muchas otras. La teoría está tan imaginativamente motivada que se ocupa
del núcleo interior mismo del problema de la comunicación, (1984,
pág. 43)
Todo esto ocurre en circunstancias de que
el propio Shannon en su escrito original, había establecido expresamente
el carácter restringido de su posición, atendiendo a su particular
orientación profesional:
El problema de la comunicación consiste
en reproducir en un punto, sea exacta o aproximadamente, un mensaje
seleccionado en otro punto. Frecuentemente el mensaje tiene significado;
éste se refiere o está correlacionado con algún sistema con ciertas
entidades físicas o conceptuales: Estos aspectos semánticos de la
comunicación son irrelevantes para los problemas ingenieriles. El aspecto
significativo es que el mensaje actual es seleccionado de un conjunto de
posibles mensajes. El sistema debe ser activado para operar cada posible
selección, no sólo de la que fue elegida sino también desde una
desconocida en el momento de ser activada, (Shannon y Weaver, 1964,
pág. 31)
Es evidente que en su origen la propuesta
de Shannon es completamente ajena a la comunicación desde una perspectiva
social. Aquí no están directamente comprometidas ni personas ni grupos.
No hay interacciones, influencias, emociones, percepciones, aprendizajes u
otros elementos de carácter psicosocial. No aparecen variables de tipo
situacional, como tampoco aparece la cultura en ninguna de sus
manifestaciones.
En síntesis, tal como fue concebido,
este modelo no se refiere a las personas como protagonistas de la
comunicación, sino al proceso desde la perspectiva de sus aspectos
mensurables, al estudio de las condiciones idóneas de transmisión de
información entre máquinas; y al cálculo del volumen o pérdida de la
información transmitida a través de un canal. Nada de esto, sin embargo,
restó energía al sociólogo Weaver ni impidió su popularización y
posterior aplicación para representar distintas expresiones de la
comunicación humana. Su esquema simple, de fácil adaptación, y su
apariencia de objetividad, abrieron las puertas para una divulgación
exitosa. Esto se expresó en forma manifiesta en la adopción amplia de su
terminología, y como una contribución a la forma analítica y
descontextualizada de interpretar el proceso de la comunicación.
Weaver ha forzado las cosas hasta un
punto difícil de aceptar. Hablar de un aparato telefónico como
transmisor y de un cable como canal, es muy coherente en un contexto
ingenieril. El teléfono efectivamente transforma la presión del sonido
de la voz en una señal eléctrica, y gracias a esto se produce la
comunicación a distancia desde un punto de vista técnico. Pero homologar
esos elementos, por ejemplo, por el "sistema vocal" o el
"octavo par de nervios craneanos", es un paso arriesgado.
Privilegiar los problemas de codificación, magnitud de la información y
capacidad del canal, es poner la experiencia de la comunicación por
debajo de su complejidad y riqueza.
La teoría de la información es
con toda propiedad una teoría de la transmisión, bien adaptada para
responder a los requerimientos técnicos de una empresa telefónica, pero
incapaz de servir de marco explicativo para una experiencia social como es
la comunicación interpersonal.
Lo anterior es muy evidente, dado que una
de las claves de este modelo es el concepto de información, que
adquiere en este contexto un significado muy preciso. No se trata de
alguno de sus sentidos habituales, como noticia, dato o testimonio, sino
de una magnitud estadística, abstracta, que califica el mensaje con
absoluta independencia del significado que pueda tener para las personas
que participan en una interacción. Se trata de una información ciega en
el contexto de un modelo telegráfico de la comunicación, tal como lo
sostiene Yves Winkin, (1982).
En la actualidad prácticamente no se
encuentra un texto especializado de orientación social en que no se
aborde críticamente el examen de esta teoría. Yves Winkin resume la
posición de los autores de la universidad invisible, que incluye a
pensadores tan prestigiosos como Gregory Bateson, Ray Birdwhistell, Edward
Hall, Erving Goffman, Don Jackson y Paul Watzlawick, mostrando su clara
coincidencia abandonar este modelo. Winkin resume las cosas del siguiente
modo:
Dicho consenso se funda en una oposición
a la utilización en las ciencias humanas del modelo de la comunicación
de Shannon. Según estos investigadores, la teoría de Shannon ha sido
concebida por y para ingenieros de telecomunicaciones, y hay que dejárselas
a ellos. La comunicación debe estudiarse en las ciencias humanas según
un modelo que le sea propio. Estos investigadores estiman que la utilización
del modelo de Shannon en lingüística, antropología o psicología ha
conducido al resurgimiento de los presupuestos clásicos de la psicología
filosófica sobre la naturaleza del hombre y de la comunicación. Según
ellos, la concepción de la comunicación entre dos individuos como
transmisión de un mensaje sucesivamente codificado y después
decodificado, reanima una tradición filosófica en la que el hombre se
concibe como un espíritu enjaulado en un cuerpo, que emite pensamientos
en forma de ristras de palabras. Esas palabras salen por un orificio ad
hoc y son recogidas por embudos igualmente ad hoc, que las envían
al espíritu del interlocutor, el cual las analiza y extrae su sentido.
Según esta tradición, la comunicación entre dos individuos es, pues, un
acto verbal, consciente y voluntario, (1982,
págs. 20 y 21).
Precisamente, en este ambiente
intelectual, la pragmática de la comunicación, con seguridad un
enfoque de gran desarrollo teórico ya a partir de los 70, marca un
quiebre que implica saltar fuera del modelo de causalidad lineal, y
avanzar hacia un planteamiento interaccional de perspectiva antropológica
y circular. Una elemental consideración de los axiomas exploratorios
de la comunicación, reposiciona todo el estudio de la comunicación
interpersonal respecto al modo como se desprende del modelo de Shannon y
Weaver, (Watzlawick y otros, 1982,
cap. 2). Paul Watzlawick renuncia a todo intento de atomizar la
investigación apoyándose en otras categorías de análisis:
Sin embargo, no nos parece solamente
permitido sino imprescindible el concebir la tríada emisor-signo-receptor
como la unidad más pequeña de cualquier análisis pragmático y el
tratarla como invidisible. (...) Es inútil analizar la relación entre
emisor y signo sin tener también en cuenta al receptor y su reacción, o
la relación entre el receptor y signo dejando de lado al emisor. (...) De
esta forma se ha dado un paso decisivo: Nuestra perspectiva se desplaza
del individuo hacia la relación entre individuos como fenómeno sui
generis, y en el momento en que esto sucede entramos en conflicto con
viejas concepciones del hombre y su comportamiento, (1992,
pág. 12).
Surge ahora una mirada de carácter
constructivista, que se opone a cualquier pretensión de concebir la
realidad como independiente de la experiencia, y con una existencia
asegurada más allá de la intervención de los observadores y de la
comunicación. Las ideas no discutidas de neutralidad y de objetividad,
siempre implícitas en el modelo de Shannon y Weaver, pierden desde este
momento su alto valor tradicional, (Watzlawick, 1993;
Watzlawick y Krieg, 1994).
Así, las críticas han ido surgiendo por
todas partes. En Europa el lingüista Bernard Rimé de la Universidad de
Lovaina, asociado a las investigaciones del psicólogo social Serge
Moscovici y a la Escuela de Ginebra, formula el siguiente
planteamiento:
Este modelo sirvió de base al estudio
psicológico del lenguaje y de la comunicación, llevado a cabo desde 1952
con el nacimiento de la psicolingüística. Sin embargo, presenta un límite
que implicará graves consecuencias para la orientación de estos
trabajos. Inspirado en las máquinas, este modelo hará que los
investigadores desprecien el hecho de que la fuente y el destinatario son
los seres humanos y que entre ellos, en la comunicación, se establece una
relación psicosocial. Los psicolingüístas han puesto entre paréntesis
la cuestión del locutor, del auditor y de la interacción de sus
expectativas, características, actitudes, intereses y motivaciones, para
preocuparse únicamente de las operaciones de codificación y
desciframiento, (1984,
pág. 536).
También el gran pensador canadiense
Marshall McLuhan se refiere al modelo de Shannon y Weaver, atribuyéndole
una inusitada importancia. En un libro póstumo, en que aparece en calidad
de coautor con su hijo Eric, retoma la crítica señalando que la
influencia de este modelo ha sido poderosa, al extremo de constituirse en
el punto de referencia privilegiado de toda la teorización occidental
sobre comunicación. Sostiene McLuhan:
El modelo de comunicación de Shannon-Weaver,
base de todas las teorías occidentales contemporáneas de los medios
informativos y de comunicación, tipifica la tendencia lineal del
hemisferio izquierdo. Esta es una especie de modelo de plomería de un
recipiente de hardware para un contenido software. Subraya
la idea de "dentro" y "fuera" y presupone que la
comunicación es una especie de apareamiento real y no de creación
resonante. ( ... ) El modelo Shannon-Weaver y sus derivados siguen la
pauta lineal de la causa eficiente: La única forma secuencial de
causalidad, (1990,
págs. 99 y 100).
La influencia de este modelo ha sido
importante. McLuhan le atribuye la responsabilidad de provocar una
particular interpretación de los fenómenos comunicacionales, en términos
de un transporte secuencial y lineal de datos como simples contenidos
destacados, pasando por alto completamente el campo de los usuarios y de
la sensibilidad. Cuestiona también el haber condenado al olvido todos los
efectos laterales que siempre posee un sistema de comunicación,
pretendiendo que un canal puede ser concebido como un recurso neutro. Los
tres conceptos que McLuhan utiliza con mayor frecuencia para calificar el
legado de Shannon y Weaver son lineal, secuencial y lógico.
Desde luego, si nos atenemos a la fuerza
de toda esta crítica y a la autoridad intelectual de sus autores, no
parece quedar nada que nos permita seguir insistiendo en su vigencia. En
el plano de las ideas, el modelo de Shannon y Weaver está superado para
las ciencias sociales, pero no podemos dejar de reconocer el hecho de que
este modelo, excesivamente analítico, lineal, causal, verbal y
descontextualizado, ha sido por décadas una poderosa influencia para
quienes se ocupan de la comunicación. Permitió visualizar, medir y
objetivar elementos de un proceso continuo e interconectado. Petrificó el
movimiento y lo hizo accesible. Ciertamente, no se trata de una influencia
siempre abierta, sino lo contrario. Sin que se lo recuerde explícitamente,
sin que sea citado con toda formalidad, sin que habitualmente se mencionen
los nombres de sus autores, su presencia ha dejado hasta hoy una huella
evidente. Esto, por lo demás, está implícito en el mismo hecho de que
haya suscitado tanta energía crítica. No se explica que autores de
conocida respetabilidad intelectual, dediquen toda esa tinta para
referirse a un modelo que sólo pasó sin impresionar a nadie.
En último término, la fuerza de este
modelo está en haber proporcionado una terminología pegajosa de fácil
aplicación, y un marco conceptual simple que inadvertidamente se instala
en el discurso de divulgadores y pedagogos cuando eligen la comunicación
como centro de sus preocupaciones. Al final, se trata de una herencia que
más que ayudarnos a reconocer y comprender la profundidad de la
comunicación como fenómeno psicológico y social, nos ha mantenido
alejados de ella
Ricardo López Pérez, filósofo, académico
del Departamento de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la
Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.
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