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100811 - Esther Ceceña
- La
Jiribilla - Las lógicas del poder, que se transforman
aparencialmente de acuerdo con las situaciones y circunstancias
históricas, adoptan formas imperiales, como las que se expresan
con los procesos de militarización, pero también formas
“consensuales” para imponer sus reglas del juego. Los “acuerdos”
aprobados en la OMC (Organización Mundial de Comercio), las
reglas legitimadas del
Fondo Monetaria Internacional (FMI), las
disposiciones perversas de los tratados de libre comercio e
incluso las reglas de las democracias formales que padecemos son
algunas de las más destacadas formas de establecimiento
consensual de las relaciones de dominación. El imperialismo es
una de las formas que asume la dominación, pero no es la única.
Con la desaparición del imperialismo no se resuelve la
dominación, que abarca dimensiones tan complejas como las de las
relaciones de género, de cultura, de lengua y muchas otras que
significan las prácticas relacionales en los micro y macroniveles.
Como estudiosos de los fenómenos económicos y
sociopolíticos contemporáneos, como pensadores críticos y
actores políticos, estamos obligados a ser muy precisos y
desentrañar la sustancia oculta de éstos sin simplificaciones
abusivas que en vez de contribuir a una buena comprensión y al
diseño de estrategias de lucha inteligentes, nos lleven a
enfrentamientos de conjunto, incapaces de penetrar por las
porosidades del poder.
En la lucha de los pueblos americanos, el problema no se
terminaría aboliendo las relaciones de explotación, aunque
seguramente es un punto fundamental, sino que tenemos que
enfrentar simultáneamente problemas de clase, de discriminación
racial, de género y muchos otros que tienen que ver con la
difícil conformación de una socialidad impuesta, contradictoria
y resistida. La colonización no solo se realizó en la esfera del
trabajo o de la producción, sino que sobre todo se enfocó a los
cambios de mentalidad, a la extirpación cultural e histórica de
los pueblos mesoamericanos, caribeños y andinos, a la conquista
de las mentes.
(Ver: Latinoamérica 2011)
La esencia de las relaciones sociales, de las relaciones entre
sujetos que no están establecidos o conformados de una vez y
para siempre, no emanan “naturalmente” de las estructuras. Los
sujetos se construyen a sí mismos en el proceso social, en la
lucha, en la resistencia, y a través de esa lucha se van
modificando también las formas y modalidades de la dominación.
No sería posible explicar de otro modo la tónica militarista que
invade las escenas de la “libertad de mercado” impulsadas por el
neoliberalismo como mecanismo privilegiado de reordenamiento
social. No hay más libre mercado, si es que lo hubo. Las
normativas que se van estableciendo universalmente por la vía de
los tratados económicos y de las negociaciones en organismos
internacionales, como la OMC, no propician la libertad sino la
imposición; pero además se acompañan, cada vez más, de medidas
de control militar y militarizado ahí donde el rechazo de la
población se manifiesta de forma organizada y/o masiva.
La modalidad militarizada del capitalismo de nuestros días juega
con mecanismos de involucramiento generalizado y aborda
“científicamente” 1 la dimensión simbólica y de creación de
sentidos que permite construir un imaginario social sustentado
en la existencia de un enemigo siempre acechante y legitimar la
visión guerrera de las relaciones sociales y las políticas que
la acompañan (Ceceña, 2004). Esto supone que la militarización
de las relaciones sociales es un fenómeno complejo que no se
restringe a las situaciones de guerra abierta, sino que incluye
acciones de contrainsurgencia muy diversas, que comprenden el
manejo de imaginarios, todos los trabajos de inteligencia, el
control de fronteras, la creación de bancos de información de
datos personales, la introducción de nuevas funciones y estilos
en las policías ocupadas de la seguridad interna, e incluso la
modificación del estatuto de la seguridad en el conjunto de
responsabilidades y derechos de los Estados.
Caracterizar el momento actual sobre la base de la
militarización de las visiones y estrategias hegemónicas no
descarta la identificación de la guerra, de la sustancia de la
guerra, como un elemento inmanente, consustancial, de las
relaciones capitalistas. Pero si bien la guerra es solo otra
forma de entender la competencia, históricamente se van
modificando los énfasis o los terrenos en los cuales se desatan
las estrategias de clase, en este caso de la clase dominante, y
en que se configuran las diferentes modalidades o momentos en
las relaciones de dominación. Hace algunos años nadie hablaba
del militarismo como elemento dominante y, sin embargo,
estábamos en este mismo sistema. Se hablaba del neoliberalismo,
del mercado, de que el eje ordenador de la sociedad eran las
relaciones de mercado y que era a través de estas relaciones de
mercado como se disciplinaba y como se concebía a la sociedad en
su conjunto.
(Ver:
¿Está EE.UU. al borde de la bancarrota?)
Hoy eso nos resulta insuficiente para entenderla, pero también
le resulta insuficiente al poder para reorganizarla y
controlarla; entre otras cosas porque es una sociedad que se
mueve tanto, que se insubordina tanto, que no permitió que el
mercado la disciplinara, obligando a los poderosos a usar otro
tipo de herramientas. No quiere decir que el mercado desaparezca
como disciplinador, quiere decir que la dimensión militar se
sobrepone al mercado desplazándolo de su carácter de eje
ordenador, que la visión del mundo adopta un contenido
particularmente militarizado, y que es a partir de la visión
militar que la totalidad no solo se reordena sino que cobra un
nuevo sentido.
La hegemonía consiste en universalizar una visión del mundo,
pero la universalización se hace de muchas maneras. A través de
imágenes, a través de imposiciones, de discursos, de prácticas.
Con respecto a la militarización de los últimos tiempos, la
batalla más importante la están ganando los poderosos en el
terreno cultural, a través de una serie de mecanismos entre los
cuales destacan los medios de comunicación. Están ganando la
batalla en la medida en que logran convencer de que el mundo es
un lugar de competencia, de disputa, en el que tenemos que
batirnos unos con otros para ocupar nuestro espacio, por lo
demás, siempre incierto. Tenemos que competir entre nosotros por
un empleo, por los planes de desempleo, por la seguridad social.
Batirnos a muerte para que nos incluyan en el reino de los
explotados y precarizados, como si esa fuera nuestra utopía de
mundo para el futuro.
Esa batalla cultural es una batalla por la construcción de
sentido, no es de colocación de bases militares. La
militarización se está metiendo en las cabezas y no solamente en
las bases militares. Se está metiendo en las leyes,
antiterroristas o simplemente de control de movimientos como son
los regímenes de tolerancia cero que nos convierten a todos en
sospechosos.
Percibo que en términos de los paradigmas de militarización para
América hay una construcción de capas envolventes en las cuales
se van abarcando diferentes dimensiones de establecimiento de
relaciones de sometimiento. Entre esas capas envolventes se
encuentran, como círculos concéntricos, los cambios de
normativa, el establecimiento de normas continentales para la
seguridad interna, el cuidado de las fronteras, los ejercicios
militares en tierra, los ejercicios en los ríos y canales de
internación en los territorios, el establecimiento de una red
continental de bases militares y los ejercicios navales que
permiten circundar todo el continente, estableciendo una última
frontera, más allá de las jurisdicciones nacionales.
Desde Irak hasta la Patagonia, los poderosos han puesto hoy
especial cuidado en construir una legalidad que justifique sus
acciones de intromisión. Ante una legitimidad fuertemente
cuestionada se generalizan las leyes antiterroristas que tienden
a crear, por un lado, una complicidad entre todos los Estados y
por esa vía van imponiendo políticas y juridicidades
supranacionales y, por el otro, una paradójica situación similar
a la de un estado de excepción permanente en el que todos los
ciudadanos serán rigurosamente vigilados porque todos son
sospechosos, aunque todavía no se sepa ni siquiera de qué.
Generalmente de pretenderse sujetos. El derecho se coloca al
servicio de la impunidad aunque se reivindique democrático y los
cuerpos de seguridad empiezan a construir el panóptico que
vigila desde todos los ángulos: con cámaras de video en los
bancos, en los semáforos, en las calles transitadas; que permite
la interceptación telefónica en casos que así lo ameriten; que
permite la tortura cuando se trata de detenidos catalogados como
terroristas sin ningún juicio previo, y que admite la detención
de cualquier ciudadano sin orden de aprehensión previa,
simplemente para investigar. Es decir, se trata de imponer la
cultura del miedo en una población que no podrá saber
previamente a la detención si era sospechosa de algo, como medio
para paralizar y disuadir de conductas
terroristas o
insurgentes. Los delincuentes comunes tienen construida toda
otra red de relaciones que solo casualmente son tratados de
acuerdo a estas mismas normas.
Como parte del panóptico y nuevamente como otra de las paradojas
de los discursos del poder, al lado de la pregonada libertad de
tránsito para las mercancías, las inversiones y los cuerpos de
seguridad, se ha ido restringiendo cada vez más el libre
tránsito de personas. Los mejores y más trágicos ejemplos son
las fronteras impuestas al pueblo palestino en su propia tierra
y los muros de contención a migrantes desesperados en la
frontera entre
México y
Estados Unidos y en el sur de
España, no
obstante, las fronteras no siempre se cierran de manera tan
visible y evidente. Mucho más sutil pero quizá más peligroso por
la amplitud y alcances que puede llegar a tener es el control de
inteligencia que hoy utiliza los adelantos de la tecnología para
aprovechar el tránsito a través de las fronteras como mecanismo
de seguimiento personalizado. El panóptico se materializa en las
nuevas fotografías que incluyen los pasaportes, con
reconocimiento de iris o con otro tipo de identificación
biogenética que inmediatamente incorporan los movimientos de la
persona a un banco de datos centralizado en
Estados Unidos y que está a
disposición de los servicios migratorios de la región (en el
caso nuestro del continente americano) como en otro momento y
con menos recursos tecnológicos ya se hizo con el Plan Cóndor.
La eficacia macabra con la que el Cóndor desarticuló los
movimientos sociales en los años de las dictaduras militares en
América del Sur tiene hoy posibilidades multiplicadas al poder
usar tecnologías que son a la vez mucho más precisas y mucho más
abarcadoras; sin embargo, tiene en contra, evidentemente, el
aprendizaje de los pueblos y su capacidad de lucha y
resistencia.
Este control de fronteras y la imposición de leyes con
implicancias supranacionales, combinado con la dilución de los
límites internacionales, convierten en una ilusión las
soberanías nacionales. La pretensión de privatizar las aduanas
de México, los tratados transfronterizos para la gestión de
recursos naturales que caen bajo la jurisdicción de más de un
Estado y que están permitiendo evadir leyes nacionales, por
ejemplo, son mecanismos de conculcación de soberanía. En el
acuífero guaraní, por citar un caso muy delicado y relevante, la
negociación se hace entre los cuatro países implicados y con la
intervención de
Estados Unidos (en el esquema del cuatro más uno)
mediante el apoyo experto del
Banco Mundial. Lo mismo ocurre con
selvas, oleoductos u otros recursos que pasan a ser tratados ya
sea como novedosos y por tanto no contemplados en las
legislaciones nacionales, ya sea como problemas de “seguridad
nacional”. Y en este continente se sabe que seguridad nacional
es seguridad de
Estados Unidos en el territorio que no es de
Estados Unidos, o
no solo en territorio que es de
Estados Unidos Las fronteras, que hasta
ahora eran custodiadas por las fuerzas garantes de la seguridad
interna en la vieja acepción, hoy se han convertido en zonas de
seguridad estratégica custodiadas cada vez más por los cuerpos
de seguridad del gendarme mundial.
En diversos casos los ríos o lagos son los que marcan las
fronteras. Pues bien, estos son justamente los espacios
privilegiados de localización de los ejercicios militares
conjuntos (con
Estados Unidos, se entiende) actualmente. Los ríos son un
canal de penetración muy distinto al que se estaba utilizando
cuando se hacían los ejercicios directamente en tierra y
permiten además no solo la utilización de fuerzas anfibias, sino
la definición de actividades tanto en agua, como en tierra,
matando dos pájaros de un tiro. En esta situación se encuentra
la zona del río Paraná, y en algún momento estuvo la del río Usumacinta, entre México y
Guatemala. Curiosamente, cuando se
trata de ejercicios ribereños, es más fácil evadir la aprobación
de los Congresos de los países limítrofes porque el río aparece
como territorio relativamente neutro. Es como si se estuviera
ante una legislación ausente o vacía ya que se refiere a un
territorio fluido y no fijo.
Una de las capas envolventes más importantes por su capacidad de
influir en los modos de uso de los territorios y en los modos de
control de los sujetos críticos consiste en la colocación de
bases militares de
Estados Unidos en puntos seleccionados del continente
con dos propósitos explícitos y evidentes: garantizar el acceso
a los recursos naturales estratégicos y contener, disuadir y/o
eliminar la resistencia ante las políticas hegemónicas y la
insurgencia abierta. Actualmente,
Estados Unidos cuenta con un sistema
de bases que ha logrado establecer dos áreas de control:
1. El círculo formado por las islas del Caribe, el Golfo de
México y Centroamérica, que cubre los yacimientos petroleros más
importantes de América Latina y que se forma ya no solamente con
las bases de Guantánamo, Reina Beatriz, Hato Rey, Lampira,
Roosevelt, Palmerola-Soto Cano y Comalapa, como fue hasta 2009,
sino que ahora incorpora las nuevas posiciones convenidas con
Colombia (7), Panamá (11) y Honduras (2), además de las bases
itinerantes, mucho más flexibles, ubicadas en los 43 buques de
guerra que
Costa Rica ha permitido actuar en sus aguas
territoriales desde julio de 2010.
2. El círculo que rodea la cuenca amazónica bajando desde
Panamá, en el que el canal, las riquezas de la región y la
posición de entrada a América del Sur han sido esenciales, y que
se forma con las bases colombianas ya viejas (Larandia, Tres
Esquinas, Caño Limón, Marandúa y Riohacha), con las posiciones
que comparten en
Perú (Iquitos, Pucallpa, Yurimaguas y
Chiclayo), y con todas las nuevas de
Colombia y
Panamá.
Algo que podría concebirse como la última frontera o la capa
envolvente más externa, está conformada por los ejercicios
militares en los océanos Pacífico y Atlántico y en el mar
Caribe: en todo lo que circunda a América Latina. Hasta ahora la
percepción que se tenía era la de ejercicios circunstanciales y
esporádicos y en parte por esa razón no se les ha concedido
demasiada importancia. Mucho menos se les ha considerado parte
de la estrategia continental de control. Sin embargo, se trata
de ejercicios sistemáticos, que permiten realizar un patrullaje
constante alrededor de América Latina y mantener ahí una
presencia más o menos permanente. Son ejercicios que tienen un
carácter secuencial, evolutivo, y que marcan en verdad un
circuito de frontera que, por ser externa a las aguas
territoriales de los países correspondientes, queda a cargo,
nuevamente, del gendarme mundial a través de su
IV flota.
Ahora bien, estas capas envolventes, que atañen a América Latina
en su conjunto, van a estar focalizadas en tres áreas distintas
en las que parecen atender a tres estrategias diferenciadas.
Esas tres subregiones se caracterizan también por tres
paradigmas distintos de dominación y sus diferencias
geopolíticas son muy claras. En los tres casos, por diferentes
razones, se trata de puntos estratégicos tanto por los recursos
que albergan, como por su posición geográfica específica.
La primera región es la constituida por
Colombia y su área
circundante. Yo destacaría dos elementos en este caso,
relacionados con la estrategia contrainsurgente y de ocupación
militar: 1. el experimento de la polarización, acompañado de una
sistemática ruptura de tejido comunitario, para valorar hasta
dónde es posible dominar, controlar e incluso hegemonizar a
través de un esquema de polarización exacerbada con solo dos
opciones antagónicas, y 2. hasta dónde es posible, a partir de
asentamientos o de construcciones sociales como la colombiana,
el control de la que
Estados Unidos
considera la mayor amenaza hoy en el
continente, que es
Venezuela, evaluando el carácter de las
tensiones fronterizas que se desarrollan y la capacidad de
control de la insurgencia venezolana desde Colombia.
La segunda subregión es la del Caribe y la cuenca del Golfo de
México, extendida hasta Venezuela. La estrategia regional en
esta zona avanza por dos líneas: la ocupación directa por un
lado, y la creación de acuerdos que propician la
extraterritorialidad de
Estados Unidos, asumida por el Comando Conjunto
mediante el establecimiento de la jurisdicción del Comando Norte
del ejército abarcando el área Canadá-Estados Unidos-México completa,
por el otro.
El enclave paradigmático de ocupación directa en este momento se
localiza en Haití, aunque, evidentemente, con fuertes
implicaciones para Cuba. Haití es un caso muy importante porque
es donde se está ensayando otra manera de establecer la
hegemonía a través de la complicidad casi obligatoria de todos
los ejércitos del continente, sin olvidar la de Francia, que
asegura tener ahí un conflicto de intereses. La ocupación de
Haití, así sea por los llamados cuerpos de paz, es una ocupación
militar impuesta. Todos sabemos que la figura de cuerpos de paz
fue creada como parte de los mecanismos de penetración
contrainsurgente de la USAID en los momentos inmediatos
posteriores a la
Segunda Guerra Mundial. Aunque ahora esta
figura esté sancionada por la ONU, la conformación
latinoamericana de los ocupantes de Haití está involucrando una
estrategia que hasta ahora no había tenido éxito, y es que los
países de América Latina todavía no acaban de aceptar en las
Conferencias Hemisféricas la construcción de la fuerza militar
hemisférica, como fuerza multinacional, porque saben el riesgo
que tiene en términos de pérdida de soberanía y, sin embargo, en
los hechos ha sido puesta en funcionamiento a través de su
participación en Haití; son soldados latinoamericanos los que
están a cargo del disciplinamiento y la represión al pueblo
haitiano, de la destrucción de sus organizaciones políticas en
razón de su supuesta incapacidad para autogobernarse.
Después del terremoto de 2010 la ocupación militar de Haití
cambió de carácter, pues fue directamente el Comando Sur el que
se estableció en este territorio, subordinó a la misión
internacional de la ONU y tomó el control de las comunicaciones
y del funcionamiento interno del país, estableciendo un enclave
militar de primer nivel en el centro del Caribe.
La línea de la extraterritorialidad que ha impulsado
Estados Unidos
avanza en el otro costado del Golfo de México bajo el manto de
un acuerdo, una “alianza”, que construye como fronteras externas
las que circundan el bloque trinacional de América del Norte.
Frontera externa compartida que debe ser defendida en
colaboración por los cuerpos de seguridad y fuerzas armadas de
los tres países cuyos territorios conforman el área de seguridad
interna. La Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América
del Norte (ASPAN), mediante un acuerdo ejecutivo no sometido a
las instancias de representación ni mucho menos a la sociedad en
su conjunto, ha entregado la soberanía, de manera voluntaria, a
las fuerzas del orden de
Estados Unidos y abrió la puerta para implantar
el Plan México (Iniciativa Mérida), que combina y en cierto
sentido supera al Plan Colombia.
De este modo, el
Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(TLCAN) se amplía hacia la integración energética que resolverá
la crisis de
Estados Unidos en este renglón y hacia la integración de
políticas y acciones de seguridad bajo los criterios dictados
por el Comando Conjunto de
Estados Unidos que incluyen, entre otras
cosas, la misión de garantizar el acceso irrestricto a los
recursos considerados indispensables para la seguridad nacional
(de
Estados Unidos, claro). Es decir, las riquezas de México quedan
legítimamente encadenadas a los intereses estratégicos
estadounidenses, además de la extensión de las medidas adoptadas
después del 11 de septiembre de 2001 en la Ley patriótica,
referentes al combate a la subversión, terrorismo y disidencia.
La conculcación de derechos ciudadanos a que se ha sometido al
pueblo estadounidense se extiende al tratamiento de los pueblos
canadiense y mexicano.
Desde una perspectiva geopolítica, poner a las fuerzas de
seguridad estadounidenses como custodia de las fronteras
mexicanas no afecta solamente a los mexicanos, sino a toda la
región caribeña y centroamericana.
Con la ASPAN, la Iniciativa Mérida y la ocupación de
Haití; con
las bases militares y los patrullajes y ejercicios constantes en
esta región se garantiza el cuidado de las cuencas petrolíferas
del Golfo de México y
Venezuela; se controlan los pasos más
importantes de los migrantes y las drogas; se mantienen bajo
vigilancia los procesos cubano, venezolano y en general del
bloque del ALBA; y se sienta el precedente de los nuevos
tratados de integración que se intenta imponer en el continente
y que han permitido recientemente la creación de la Iniciativa
de Seguridad del Caribe.
(Ver:
British Petroleum: Ganancias criminales)
(Ver:
Haití, el botín
del Caribe)
El otro eje del paradigma, el otro ensayo de estrategia, es el
caso de Paraguay. Corazón de una subregión que si bien ha sido
escenario de acción de dictaduras militares que se significaron
por su creatividad perversa en todo tipo de torturas y por ser
máquinas implacables de desaparición y muerte, hasta ahora solo
tenía la base de
Mariscal Estigarribia, con una pista de
aterrizaje para tránsito pesado en el centro de la zona
hidrocarburífera (el Chaco). Los ejercicios conjuntos en
Paraguay han sido sistemáticos y hoy se complementan con la
instalación de una Base de Operaciones en la zona norte,
concedida a
Estados Unidos.
(Ver:
Paraguay, paraíso militar yanqui)
El cono sur concentra una enorme porción del agua dulce del
planeta en sus abundantes ríos y lagos, en los acuíferos
subterráneos y en los glaciares del sur, además de minerales y
otros recursos valiosos como
petróleo y gas, particularmente en
Argentina y
Bolivia. Es en este sentido de una importancia
indudable.
El sobredimensionamiento de la presencia militar estadounidense
en la región amazónica-caribeña ocurrido en los últimos cinco
años principalmente, hace pensar que los próximos movimientos se
harán hacia el sur, intentando llenar los vacíos o escasos
posicionamientos en el cono sur.
Paraguay ha sido hasta ahora uno de los principales puertos de
entrada y es donde tienen ya sentadas algunas posiciones
importantes. Perú es el otro punto con el que se logran tender
algunos entramados que en conjunto permiten un control bastante
aceptable de la región.
Las nuevas elecciones en Perú podrían significar un cambio en
las posibilidades de
Estados Unidos en esta región, pero es previsible
que la estrategia trazada previamente siga su curso y vaya
permitiendo una nueva situación de dominio y articulación
continental a través de la Alianza del Pacífico, del nuevo
estilo del protagonismo colombiano con el presidente Santos y de
la complicidad de las oligarquías locales con los proyectos de
Washington.
Para nosotros, pensadores críticos y luchadores sociales, esta
coyuntura abre nuevos retos y desafíos más profundos.
Nota:
1- Así como la introducción del "taylorismo" y "fordismo" supuso
un estudio cuidadoso de los procesos de trabajo y su
transformación “científica” con base en su desagregación en
tiempos y movimientos, a la vez que el ambiente y organización
del trabajo era objeto de la aplicación de dinámicas de
estimulación y corresponsabilidad, recientemente los estudios
sobre sistemas complejos experimentan con estímulos al
comportamiento de colectivos diversos, y los medios de
comunicación buscan las mejores alternativas para la creación de
sentidos, no solo en términos de contenidos, sino de imágenes y
manejo de tiempos y secuencias. Todo esto vinculado a los campos
de control y contrainsurgencia directamente generados por el
Comando Conjunto de
Estados Unidos.
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