Los inventores y empresarios Thomas Alva Edison y George Westinghouse
pelearon por este método de ejecución, pero lo que estaba en juego, en
realidad, era la concesión del
tendido eléctrico de las principales
ciudades de los Estados Unidos.
Hace poco más de cien años la palabra electrocución no existía.
Se puede deducir que la palabra nació con la electricidad pero no es
tan así pues electrocución es la combinación de dos términos: electro
y ejecución. ¿Cómo se llegaron a unir la electricidad y la pena
capital? Una fuerte disputa comercial, dos inventores que se ganaron
un lugar en la historia del progreso humano, millones y millones de
dólares en juego, un pobre obrero que se quedó pegado a un generador
eléctrico, un dentista sorprendido por la terrible escena y un
saltimbanqui que andaba quemando patos, vacas, caballos y orangutanes
por todos los Estados Unidos hace más de 100 años, tienen la
respuesta. Son estas las circunstancias y estos los protagonistas del
nacimiento de la silla eléctrica.
Hubo quien pensó que haría un aporte a la Humanidad propiciando un
tipo de eliminación física del ser humano que causase menos suplicio
que los que se conocían hasta ese momento, como la decapitación o la
horca. Pero la silla no fue un mandato del corazón misericordioso sino
del bolsillo.
Thomas Alva Edison bien pudo conformarse con el invento del fonógrafo
y también, en 1879, con el de la primitiva lamparita eléctrica con
filamento de carbono, que mantuvo encendida durante dos días en Nueva
York. El también inventor, ingeniero e industrial George Westinghouse
pudo haberse contentado con el freno de aire comprimido para los
ferrocarriles que le había dado una fortuna en 1869, o con su sistema
de tuberías para conducir gas natural en condiciones seguras a las
casas (había inventado de paso el medidor de gas).
Pero no. Los dos eran indomables hombres de negocios. Edison quería
dotar a las ciudades de EE.UU. de corriente eléctrica continua, de
baja tensión, conducida por cables subterráneos. Westinghouse, gracias
a la contratación del ingeniero
Nikola Tesla, era partidario de la
corriente alterna de alta tensión y conducida por cables aéreos
(sistema inventado por Tesla). Luego, le compró a Lucien Gaulard y
John C. Gibbs la patente del transformador para elevar o reducir
voltajes de ese tipo de corriente.
Mucho en juego
Pero lo que estaba en juego, en realidad, era nada menos que el
tendido y suministro eléctrico de las nuevas y grandes ciudades de los
Estados Unidos.
La diferencia de la corriente alterna con la corriente continua, es
que la continua circula sólo en un sentido y la otra (como su nombre
lo indica) circula durante un tiempo en un sentido y después en
sentido opuesto, volviéndose a repetir el mismo proceso en forma
constante.
Pues bien, en 1881 el dentista Albert Southwick estaba caminando por
una calle en la ciudad de Buffalo, al norte del estado de Nueva York,
cuando vio a un obrero tocar las terminales de un generador eléctrico.
El pobre quedó carbonizado.
Sorprendido por la rapidez del desenlace el dentista pensó
inmediatamente que la víctima no había sufrido nada. No tuvo mejor
idea, dadas las consecuencias futuras, que comentarle el episodio a un
amigo, el senador David McMillan, que a su vez le relató la anécdota
al gobernador de Nueva York, David B. Hill, justo cuando el gobernador
estaba pensando en un método distinto al de la horca como forma de
ejecución
debido a que cada vez recibía más críticas por el sistema de la soga
al cuello. Hill pidió entonces a la Legislatura que tomara en cuenta
la electricidad para reemplazar a la horca. Como en todo organismo
burocrático se tardó cuatro años en conformar una comisión en el
Congreso estatal para discutir la cuestión.
Mientras, la anécdota y lo que había provocado en el más alto nivel
del gobierno del Estado disparó los reflejos de Edison con la
velocidad de la luz de sus lamparitas. El generador que había tocado
el obrero era de corriente alterna, de los usados por la firma
Westinghouse. Era mejor aún. El obrero trabajaba para Westinghouse.
Entonces Edison y sus hombres comenzaron a propalar que, obviamente,
la corriente de su contrincante era muy peligrosa.
¿Quién querría que un elemento de semejante poder destructivo fuese de
uso urbano y doméstico? Obviamente, la electricidad que debía llegar a
las casas de los estadounidenses era la suya, segura, confiable.
Quienes se oponían a Edison decían que los dispositivos DC (corriente
continua) eran caros y no funcionan a una gran distancia de la fuente
de corriente, los generadores. La corriente continua podía tener otras
aplicaciones pero no dar electricidad a los hogares. Edison redobló la
apuesta. Era la hora del show.
Un charlatán
Un tal Harold P. Brown, inventor, electricista, ingeniero y hay quien
dice que, mucho más que eso, un gran charlatán, preparó un aparato
singular, en forma de pequeña silla y hasta lo patentó. Algunos decían
que Edison conoció a Brown de casualidad, al leer en el New York
Post una carta de Brown en la que describía la muerte de un chico
que había tocado cables eléctricos con corriente alterna. Otros dicen
lo contrario: que Brown trabajaba en el equipo de A.E. Kenelly, jefe
de investigadores del laboratorio que Edison tenía en Menlo Park,
Nueva Jersey.
El asunto es que Brown, igual que los pintorescos y embaucadores
ambulantes que vendían todo tipo de brebajes que hacían de un viejo un
joven, de un pusilánime un valiente y de un tímido debilucho un amante
apasionado (además de hacerle crecer el pelo si faltaba), fue de
ciudad en ciudad, armando un pequeño escenario en la calle principal
del pueblo o en la avenida central de la ciudad y hacía la siguiente
demostración: amarraba a esa pequeña silla a un gato y le aplicaba la
corriente alterna de Westinghouse.
Este tipo de demostraciones fue en aumento. Brown frió perros,
liebres, caballos, vacas, ponies y hasta un orangután, éste último en
la ciudad de Albany.
Edison avaló esos experimentos y se atrevió a hacer personalmente
algunos otros. Sus conclusiones fueron claras: la corriente de
Westinghouse mataba, la de él, a lo sumo, golpeaba un poco pero era
inofensiva.
La prensa estaba encantada con esta pelea y se hacía un festival,
sobre todo con las demostraciones de Edison y de Brown. En 1888 el
gobernador de Nueva York firmó el decreto que establecía la silla
eléctrica como método legal de ejecución de criminales. Y se eligió la
corriente alterna. Esto indignó a Westinghouse, quien se negó a
prestar sus aparatos para matar delincuentes. No quería que su sistema
quedara asociado con la muerte.
Pero en marzo de 1889, el inventor Brown mantuvo una reunión con
Austin Lathorpo, superintendente de cárceles de Nueva York para
arreglar la instalación de generadores Westinghouse AC (corriente
alterna) para las sillas. Como el industrial no quería vendérselos a
las prisiones, Edison y Brown, mediante intermediarios, compraron
tres, a 8.000 dólares. ¿Qué podía hacer Westinghouse? Comenzó a dar
discursos donde apelaba a la conciencia de los ciudadanos para a
terminar “con esta ejecución inhumana y antinatural, equivalente a
quemar vivo”. Pero no pudo hacer nada. La primera ejecución en la
silla fue la de un tal Ernest Chapeleau, un francés nacionalizado
estadounidense, en la prisión de Sing Sing en Nueva York. Lo que
ocurrió no se sabe a ciencia cierta pero lo seguro es que una falla de
alguna naturaleza hizo que Chapeleau saliera de la sala con quemaduras
de tercer grado pero vivo. Como su sentencia era ser ejecutado en la
silla eléctrica, no insistieron pues no decía “ejecutado hasta morir”.
William Kemmler fue el segundo. Era un verdulero de origen alemán de
unos 40 años, sentenciado por matar a hachazos a su amante-novia, la
pobre Matilda Tille Ziegler, por celos.
Inapelable
Kemmler apeló alegando que la electrocución en la silla era
inconstitucional por tratarse de un método cruel e inusual,
casualmente el mismo argumento utilizado en 1972 por la Corte de los
Estados Unidos para abolir la pena de muerte, al menos por un tiempo.
El propio Westinghouse presentó los argumentos de Kemmler, pero Edison
y su lazarillo Brown quisieron ser testigos del Estado para desmentir
que se tratase de una pena cruel. En 1890 la Corte quería estar a la
altura de los avances tecnológicos y rechazó la apelación.
A Kemmler se le informó que sería ejecutado a las 6 del 6 de agosto de
1890. Aunque parecía nervioso, no perdió el control. Al despertar se
vistió con un traje que habían escogido para él.
Caminó resueltamente hacia la cámara de la muerte. Le preguntaron si
tenía algo que decir. Dijo: “Bien, caballeros, les deseo a todos buena
suerte en este mundo. Y pienso que voy a un buen lugar y los papeles
han estado diciendo muchas cosas que no han sido”.
El mismo Kemmler se desabrochó el traje y se sometió a la preparación
de la que se encargó el ayudante del verdugo. Este, un tal Durston,
cortó el pantalón a la altura de la rodillas y fijó un electrodo sobre
la pierna. Las manos del guardia se sacudieron abrochando las correas
que asegurarían a Kemmler a la silla.
Un electrodo, con la forma de una tapa de metal conteniendo una
esponja, fue conectado a la cabeza. Otro fue conectado a su espina
dorsal, para proporcionar un sendero claro por el cuerpo para la
corriente. Los electrodos se humedecieron con una solución salina.
Todos estaban nerviosos, desde el director de la cárcel hasta el
capellán. Kemmler, que se daba cuenta de esto, les pidió tranquilidad.
“Todo va bien”, los
calmó. Se arrellanó en la silla asegurándose de que su espalda cayera
exactamente sobre el hilo mortal, y con voz sonora advirtió: “Estoy
dispuesto”. Pero luego cambió de idea e hizo señas de que quería
hablar. Expresó su deseo de que comprobasen por última vez los
electrodos.
En otro cuarto, el generador Westinghouse aumentaba el voltaje. Las
lámparas en su panel de control se iluminaron, indicando que habían
alcanzado 700 voltios (antes, se había determinado experimentalmente
que era el voltaje óptimo para matar a un ser humano). Edwin Davis
accionó el interruptor que permitió a la corriente fluir hacia la silla. La electricidad corrió por el
cuerpo de William Kemmler por 17 segundos. Se convulsionó contra las
correas y su rostro se volvió rojo brillante. Un idiota que estaba
presente dijo, exaltado: “¡Vivimos en una mejor civilización a partir
de este día!”.
Su impertinente parlamento quedó ahogado frente al grito del médico
que fue a examinar al verdulero: “¡Está vivo! ¡La corriente, pronto!”.
Los funcionarios dieron apresuradamente la orden de conectar de nuevo
la corriente. El generador estaba apagado y pasó algún tiempo hasta
alcanzar el voltaje otra vez. Mientras tanto, Kemmler gimió y luchó
para tomar aire. Los testigos estaban horrorizados. Cuándo el
generador alcanzó 1.030 voltios la corriente se conectó otra vez a la
silla. Esta vez se mantuvo algo más de un minuto.
El humo subió de la cabeza de Kemmler. Había un olor a carne quemada y
un curioso sonido crujiente. Cuándo la corriente fue retirada, Kemmler
estaba muerto.
La cobertura periodística del hecho fue desde lo sobrio a lo
sensacionalista. Algunos informes de periódicos decían que habían
salido llamas de la boca de Kemmler. Algunos de los testigos se
preocuparon por lo que
vieron y opinaron contra este método de ejecución. Aunque había una
protesta pública considerable, no fue suficiente para mover a los
legisladores a revocar la ley de electrocución.
Westinghouse comentó después: “Lo hubieran podido haber hecho mejor
con un hacha”, más molesto que nunca porque ya se empezaba a decir que
los electrocutados eran en realidad Westinghauseados.
Edison parecía cerca de un triunfo espectacular. Pero así como la
silla eléctrica funcionó con corriente alterna, la industria de la
electricidad eligió la misma, la de Westinghouse, como sistema
estándar de electricidad para los hogares estadounidenses. Por más
segura y más confiable.