200908 -
. Dieguito
.
Transi
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Diego, que Dios te lo pague
. Maradona
.
Final
Dieguito
José Pablo Feinman
Según su padre, que tal vez lo odiara, Dieguito era decididamente idiota.
Según su madre, que algo había accedido a quererlo, Dieguito era sólo un
niño con problemas. Un niño de ocho años que no conseguía avanzar en sus
estudios primarios -había repetido ya dos veces primer grado-, taciturno,
solitario, que apenas parecía servir para encerrarse en el altillo y jugar
con sus muñecos: los cosía y los descosía, los vestía y los desvestía, vivía
consagrado a ellos. Un idiota, insistía el padre, y un marica también,
agregaba, ya que ningún hombrecito de ocho años juega tan obstinadamente con
muñecos y, para colmo, con muñecas. Un niño con problemas, insistía la
madre, no sin deslizar en seguida alguna palabreja científica que amparaba
la excentricidad de Dieguito: síndrome de tal o síndrome de cual, algo así.
Y no un marica, solía decir contrariando al padre, sino un verdadero
varoncito: ¿acaso no amaba el fútbol? ¿Acaso no se prendía a la tele siempre
que Diego Armando Maradona aparecía en la mágica pantalla haciendo,
precisamente, magia, la más implacable de las magias que un ser humano puede
hacer con una pelota?.
Lea: Historia del Fútbol
Dieguito se deslizaba por la vida ajeno a esos debates paternos. Se
levantaba temprano, iba al colegio, cometía allí todo tipo de errores,
torpezas o, siempre según su padre, imbecilidades que luego se expresaban en
las estólidas notas de su libreta de calificaciones, y después, Dieguito,
regresaba a su casa, se encerraba en el altillo y jugaba con sus muñecos y
con sus muñecas hasta la hora de comer y de dormir.
Cierto día, un día en que incurrió en el infrecuente hábito de salir a
caminar por las calles de su barrio, presenció un suceso extraordinario. Fue
en un paso a nivel. Un poderoso automóvil intentó cruzar con las barreras
bajas y fue arrollado por el tren. Así de simple. El tren siguió su marcha
de vértigo y el coche, hecho trizas, quedó en un descampado. Dieguito no
pudo dominar su curiosidad. ¿Quién conduciría un coche tan hermoso? Corrió
-¿alegremente?- a través del descampado y se detuvo junto al coche. Sí,
estaba hecho trizas, negro, humeante y con muchos hierros retorcidos y
muchísima sangre. Dieguito miró a través de la ventanilla y se llevó la
sorpresa de su corta vida: allí dentro, algo deteriorado, estaba él, el
hombre que más admiraba en el mundo, su ídolo.
Una semana después todos los diarios argentinos dedicaban su primera
plana a un suceso habitual: Diego Armando Maradona llevaba más de diez días
sin acudir a los entrenamientos de su equipo. Hubo polémicas, reportajes a
variadas personalidades (desde ministros a psicoanalistas y filósofos) y
conjeturas de todo calibre. Una de ellas perseveró sobre las otras: Diego
Armando Maradona había huido del país luego de ser arrollado por un tren
mientras cruzaba un paso a nivel con su deslumbrante BMW. ¿A dónde había
huido? Muy simple: a Colombia, a unirse con el anciano y desfigurado Carlos
Gardel, quien aún sobrevivía a su tragedia en el país del realismo mágico.
Ahora, desfigurados horriblemente, los dos grandes ídolos de nuestra
historia se acompañaban en el dolor, en la soledad y en la humillación de no
poder mirarse a un espejo. Ellos, en quienes se había reflejado el gran país
del sur
Lea:
Historia del deporte en el
Tercer Mundo
Dieguito - Mario Benedetti
Hoy tu tiempo es
real, nadie lo inventa.
Y aunque otros olviden tus festejos,
las noches sin amor quedaron lejos
y lejos el pesar que desalienta.
Tu edad de otras edades se alimenta,
no importa lo que digan los espejos,
tus ojos todavía no están viejos
y miran sin mirar más de la cuenta.
Tu esperanza ya sabe su tamaño
y es por eso que no habrá quién la destruya.
Ya no te sentirás sólo ni extraño.
Vida tuya tendrás, y muerte tuya.
Ha pasado otro año
y otro año le has ganado a tus sombras
¡Aleluya!
Transi - Guillermo Saccomano
Cuando Transi
ve a Diego piensa en la yarará. Transi tiene doce años. Le pusieron
Tránsito, por Cocomarola, pero acá, en la capital, le dicen Transi, por lo
transero. Acá, en la capital, para mantenerse a flote, como los camalotes
que veía bogar en el río desde el orfanato cerca del Paraná, hay que
transar. Por Transi lo conocen en Corrientes y Florida, donde abre y cierra
las puertas de los taxis por monedas. Transi, también le dicen los putos de
Lavalle, Santa Fe y Marcelo T., cuando busca ganarse unos pesos más. Con los
putos se gana más, pero conviene andar con cuidado, piensa Transi. A su
manera, Transi es un solitario y no confía en nadie, ni siquiera en los
pibes de su banda, en la que se ganó el respeto a las piñas y con una
sevillana, sin importarle que le rompieran el tabique.
Cuando por las noches, reflejado en una vidriera, Transi se mira, le
gusta la pinta que le da la nariz quebrada, ese aire de cachorro peligroso.
Y a su manera Transi también es peligroso. Una noche, un puto gordo y fino
se lo llevó a la casa, que quedaba en la provincia. La casa era una quinta
en Moreno, que a Transi le pareció una mansión. El puto era un gordo
bastante amable, le cocinó, lo bañó, le dio de fumar un porro. Y cuando
Transi reaccionó de la modorra, entre almohadones, vio al gordo vestido de
cuero, con una gorra de milico, queriéndolo atar con unas cadenas. Transi
sacó la sevillana, forcejeó con el puto, alcanzó a marcarlo en el cuello y
salió disparando. Desde entonces Transi desconfía del porro y prefiere otra
cosa para dormir.
Diego, que Dios te lo pague
-
Osvaldo Soriano
¡Qué ansiedad,
Dios mío! ¡Los nervios de punta y un cosquilleo en la planta de los pies!.
Un nudo en el estómago. A esta altura la gente se conformaba con el cero a
cero, pero por fortuna apareció el bueno de Tobin y la metió en su propio
arco al desviar un centro de Batistuta. El primer tiempo, mientras Maradona
estaba intacto, pintaba para lujos y goleada; después, con el cansancio
llegaron los sofocones tan temidos. Menos mal que Diego se portó como si el
que estuviera en la cancha fuera su propio monumento. La llevaba atada, la
escondía y la mostraba para embelesar australianos y exigir argentinos. Para
que alguien la llevara hacia el arco. El primer tiempo era la fiesta de
Maradona y el estremecimiento para los que esperábamos que Batistuta y Balbo
se llevaran el mundo por delante. Pero no: los dos delanteros y Ruggeri se
perdieron goles de los que no se perdonan ni en un picado. Y después el
arquero australiano ya se agrandó y parecía como si Islas, harto de esperar
una oportunidad con Basile, hubiera entrado a jugar por Australia.
Estaban mejor parados que allá en Sidney pero pasaba lo de siempre:
agujeros negros en la defensa, porque Ruggeri no siempre llegaba y Vázquez
se salía de la vaina por irse arriba. Redondo empezó bien en el medio pero
después desapareció, se fue al cine o a ver el partido por la tele. Pérez
había empezado sin saber dónde pararse porque la inercia lo empujaba a la
derecha. Pero cuando Redondo se fue a mirar el partido por la tele, Perico
decidió ocupar el medio, todo roto como estaba por los pisotones y los
golpes. Entonces Argentina empezó a apretar. Frente al arco Ruggeri cabeceó
mal, Balbo demoró más en conectar los pases que le ponía Diego que Encotel
en entregar las cartas. Y lo de Diego era eso: cartas de amor ansioso,
ecuaciones de genio chiflado. ¡Qué cosas hace todavía con la pelota!. ¡Cómo
pesa su presencia ahí donde otros hacen nada más que lo grosero!. A decir
verdad hubo un momento en que daba pena que a su alrededor no estuvieran
Gimnasia de Jujuy o Douglas Haig de Pergamino para liquidar el partido de
una vez por todas
Maradona - Eduardo Galeano
Es un enfermo", dijeron.
Dijeron: "Está acabado". El mesías convocado para redimir la maldición
histórica de los italianos del sur había sido, también, el vengador de la
derrota argentina en la guerra de las Malvinas, mediante un gol tramposo y
otro gol fabuloso, que dejó a los ingleses girando como trompos durante
algunos años; pero a la hora de la caída, el Pibe de Oro no fue más que un
farsante pichicatero y putañero. Maradona había traicionado a los niños y
había deshonrado al deporte. Lo dieron por muerto. Pero el cadáver se
levantó de un brinco. Cumplida la penitencia de la cocaína, Maradona fue el
bombero de la selección argentina, que estaba quemando sus últimas
posibilidades de llegar al Mundial 94. Gracias a Maradona, llegó. Y en el
Mundial, Maradona estaba siendo otra vez, como en los viejos tiempos, el
mejor de todos, cuando estalló el escándalo de la efedrina. La máquina del
poder se la tenía jurada. Él le cantaba las cuarenta, eso tiene su precio,
cl precio se cobra al contado y sin descuentos. Y el propio Maradona regaló
la justificación, por su tendencia suicida a servirse en bandeja en boca de
sus muchos enemigos y esa irresponsabilidad infantil que lo empuja a
precipitarse en cuanta trampa se abre en su camino. Los mismos periodistas
que lo acosan con los micrófonos, le reprochan su arrogancia y sus rabietas,
y lo acusan de hablar demasiado. No les falta razón; pero no es eso lo que
no pueden perdonarle: en realidad, no les gusta lo que a veces dice. Este
petiso respondón y calentón tiene la costumbre de lanzar golpes hacia
arriba. En el 86 y en el 94, en México y en Estados Unidos, denunció a la
omnipotente dictadura de la televisión, que estaba obligando a los jugadores
a deslomarse al mediodía, achicharrándose al sol, y en mil y una ocasiones
más, todo a lo largo de su accidentada carrera, Maradona ha dicho cosas que
han sacudido el avispero
Lea:
¿Quién es Pierre de Coubertin?
Final - Rodrigo Fresán
Jorge Luis Borges
-ese escritor que aborrecía del fútbol porque "es feo estéticamente. Once
jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son
especialmente hermosos.. Mucho más lindas que el fútbol son las riñas de
gallos. Ocurren ahí nomás, al lado de uno, son ideales para miopes"- se
había muerto unos días antes, casi al principio de todo el asunto, el 14 de
junio.
A mí, recuerdo? me divertían las opiniones de Borges. El fútbol nunca me
había atraído demasiado y sí bien podía apreciar la belleza sobrenatural del
segundo gol de Maradona contra Inglaterra, obligado a elegir un deporte,
continuaba prefiriendo la previsibilidad zen del baseball contagiada por
cortesía de un tropical exilio durante los '70. El destino prefijado de
correr alrededor del diamante esmeralda siempre me había parecido más
literario que el fútbol, donde el libre y poco estético albedrío condenado
por Borges me hacía recordar, por momentos la desordenada y suicida carrera
de lemmings en busca de un precipicio. Algo tan ajeno como poco digno de ser
alcanzado.
Durante mi infancia lejos estuve de ser un animal de plaza y pelota. Para
el año '86 todavía no había pisado una cancha más que para asistir a algún
concierto de rock. Mi bautismo de fuego tuvo lugar muchos años después con
el célebre match entre San Lorenzo y Vélez interrumpido por falta de
pelotas. Me hice de San Lorenzo por cuarenta y cinco minutos, me reí mucho y
no volví más.
Tampoco mi familia había profesado devoción alguna por el fenómeno. Mi
padre, creo, supo jugar al básquet en los Campeonatos Evita y eso fue todo.
Y aun así, ahora me había comprometido a no perderme partido alguno.
Compaginaba horarios con mis actividades en una revista gastronómica y
postergaba la escritura de cualquier cuento porque, bueno, acompañar a los
muchachos se había convertido en lo más importante, en lo único digno de ser
tomado en cuenta. Pronto aprendí a reconocerlos de lejos adelantándome
incluso a la voz certera del relator. Pronto tuve la seguridad de que ese
Mundial iba a ser nuestro. México iba a ser una fiesta, supe.
Lea:
Gimnasia
Aeróbica
Claro que todo milagro tiene una explicación racional así como toda
proeza de Schwarzennegger descansa sobre un mullido lecho de efectos
especiales preparado y tendido por especialistas. He aquí el truco detrás de
la magia: México no era una fiesta. La casa de mi madre quedaba en la calle
México y allí había llegado yo el día exacto de la muerte de un escritor
llamado Jorge Luis Borges. Mis días junto a mi pareja de entonces se habían
convertido en lo más parecido a una riña de gallos miopes. Heridas y plumas
y la imposibilidad de verse. Por eso ahora estaba viviendo el Mundial en la
casa de mi madre. Viendo todo en un pequeño televisor blanco y negro como si
fuera la primera vez, reprochándome en voz baja el espanto ahora
incomprensible de haber estado fuera de todo durante todos estos años.
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