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090109 -
Frank López Blog
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Sus impresionantes victorias y medallas en los Juegos Olímpicos de
Berlín de 1936 le han convertido en el
atleta olímpico más recordado de todos los tiempos.
Pero la hazaña de Jesse Owens no se redujo a conseguir lo que nadie
había conseguido hasta entonces.
Adolf Hitler soñaba con utilizar los Juegos Olímpicos para
demostrar al mundo entero la superioridad de la raza aria.
Pero fue Jesse Owens quien utilizó los JJ.OO. de Berlín. Para demostrar
al mundo entero todo lo contrario.

James Cleveland Owens
Nació el 12 de septiembre de 1913 en Oakville, Alabama,
Estados Unidos .
Fue el séptimo de los once hijos que tuvieron Emma
y Henry Owens, un granjero hijo de esclavos. De niño trabajó en una
plantación de algodón al igual que sus hermanos, hasta que las máquinas
algodoneras sustituyeron la mano de obra. La mayoría de negros,
descendientes de esclavos, quedó sin trabajo.
Con ocho años se muda con su familia a Cleveland (Ohio) y en su primer
día de escuela la profesora le preguntó el nombre, a lo que respondió
“J.C. Owens”, pero debido al acento de Alabama la profesora entendió
“Jesse Owens“. A partir de ese momento todos le conocerían como Jesse.
Cleveland no era tan próspero como Emma y Henry creían, y la familia
vivía en la pobreza, por lo que Jesse compaginó sus estudios primarios
con los varios trabajos: vendedor de periódicos, empleado de una
gasolinera, ayudante de zapatero, ascensorista y chico de los recados.
Los únicos que podía conseguir un chico negro.
Charles Riley
Con 15 años de edad, hizo una visita a su colegio el
campeón olímpico de 100 metros en Amberes 20, Charles Paddock. Entre
otros actos, se programaron carreras de 100 m. para todos los alumnos.
El entrenador Charles Riley se sorprendió del talento innato de Jesse y
le ofreció unirse al equipo de atletismo. Como Owens trabajaba después
de la escuela, Riley se ofreció para entrenarlo personalmente antes de
las clases.
Owens empezó a destacar a nivel nacional en 1933 cuando, como estudiante
del instituto East Technical High School de Cleveland, rompe el récord
mundial de salto de longitud para estudiantes de instituto, con una
marca de 7.55 metros e iguala el récord mundial en 100 yardas (91
metros) con una marca de 10.4 segundos.
Muchas universidades quieren hacerse con él, pero finalmente Owens
escoge la Universidad Estatal de Ohio y sólo después de que le
prometieran trabajo a él y a su padre, asegurándose la estabilidad
económica de su familia.
Siempre bajo la tutela del entrenador Riley, se disponía a competir en
un campeonato de la NCAA (National Collegiate Athletic Association).
Nadie podía imaginar lo que iba a suceder ese día.
El
Antílope
de Ébano
El 25 de mayo de 1935, en Ann Harbor, Michigan, se
disputó una competición reservada a los atletas de las diez
universidades más importantes del medio oeste estadounidense: La “Big
Ten Conference”.
Ese día, Jesse estaba lastimado en la espalda y su entrenador le
recomendó que no compitiera. Jesse sabía que era una gran oportunidad y
compitió.
Y en
apenas 45 minutos estableció cuatro récords mundiales:
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Salto de longitud: 8.13 metros (récord que
ha durado 25 años).
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201 metros lisos (220 yardas): 20.3
segundos.
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201 metros vallas: 22.6 segundos,
convirtiéndose en la primera persona en bajar de los 23 segundos.
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91 metros lisos: 9.4 segundos.
Esta increíble gesta es considerada una
de las proezas más grandes del atletismo de todos los tiempos.
Y a partir de aquel día se le conoció como “El Antílope de Ébano”.
El récord de cuatro oros en un año en la NCAA sólo ha sido igualado por
Xavier Carter, en 2006, pero sus títulos incluyen la medallas de las
carreras por relevos.
Owens volvió a lograr cuatro oros el año siguiente.
A pesar de sus logros y el reconocimiento internacional, sigue sufriendo
la segregación racial existente en los
Estados Unidos
y en los viajes con el equipo de la Universidad se ve obligado a
comer en restaurantes para negros y a utilizar las puertas de servicio y
escaleras de emergencia para acceder a los hoteles.
El 20 de junio de 1936, tras batir en Chicago el récord mundial de 100
m. con 10.2 segundos, demostró que estaba en plena forma para los Juegos
Olímpicos de Berlín’36. También conocidas como “Las Olimpiadas de
Hitler”.
Las
Olimpiadas de Berlín de 1936
En 1936, Owens viaja a Berlín, Alemania, para participar
con el equipo de EE.UU. en los Juegos Olímpicos.
Adolf Hitler estaba utilizando estos juegos para mostrar al
mundo una renaciente Alemania nazi. Hitler y otros miembros del gobierno
tienen grandes esperanzas en que los atletas alemanes dominen los juegos
con sus victorias. Mientras tanto, la propaganda nazi promueve el
concepto de la superioridad de la raza aria y muestra a los de origen
africano como seres inferiores (los llamaban “los bastardos de
Renania”).
Al llegar Owens se encontró en Alemania una situación institucional muy
parecida a la que había dejado atrás. Todos contra su raza. En Berlín
denominaban a los afroamericanos: “auxiliares negros del equipo
estadounidense” (Goebbels). Por su color no era respetado en su país,
Estados Unidos, y menos aún en la Alemania nazi.
El primer día, Hitler sólo aplaudió con las victorias de Alemania y se
negó a dar la mano a Cornelius Johnson, que era afroamericano. Los
directivos del Comité Olímpico insistieron a Hitler para que aplaudiera
a todos los medallistas o a ninguno.
Adolf Hitler opta por la segunda opción y no va a las
siguientes presentaciones de medallas.
El 1 de agosto comienzan las series de 100 metros y Owens iguala el
récord olímpico de Thomas Tolan con un tiempo de 10.3. Dos días después,
el 3 de agosto de 1936, en un estadio abarrotado con 110.000
espectadores, en la final de 100 metros lisos vuelve a igualar el récord
olímpico derrotando a Ralph Metcalfe, también de raza negra. Se alza con
el oro y el estadio lo reconoce con frialdad. No era eso lo que les
habían dicho que sucedería.
El duelo de Owens y Long
El 4 de agosto, en la prueba de salto de longitud, Jesse
Owens y Lutz Long protagonizaron una de los enfrentamientos más
emocionantes y bellos del deporte.
Owens ostentaba el récord mundial con 8.13 metros, aunque partía como
favorito el héroe local, Lutz Long, un atleta prototipo del nazismo y el
mimado del régimen. El enfrentamiento se había vendido como mucho más
que una competición deportiva, la propaganda había surtido efecto y el
ambiente en el estadio era infernal. Y apareció Adolf Hitler.
La presión era insoportable. Para acceder a la final era necesario
saltar 7.15 metros, en tres intentos. En sus dos primeros saltos Owens
hizo dos nulos. Nervioso, abucheado por los 11.000 espectadores que lo
veían como único rival de su ídolo, se disponía a efectuar el último
salto. No llegar siquiera a la final sería un fracaso.
En ese momento y ante la mirada atenta de todo el estadio y
especialmente de
Adolf Hitler y su corte, Lutz Long se acercó a Owens y le
dijo:
“Puedes pasar la calificación con los ojos cerrados. Sólo retrasa algo
tu salto para no hacer nulo”.
Owens era velocista y no había tenido un entrenamiento
específico en longitud, y mucho menos como el de los atletas alemanes.
Owens hizo a caso a Long y saltó exactamente 7.15 metros. En el estadio
nadie sabía lo que habían hablado los atletas, pero lo inusual del gesto
y la clasificación in extremis del gran rival hicieron que la tensión
subiera aún más.
Poco
después comenzó la final, y Lutz Long comenzaría saltando.
En su primer intento marcaría 7.54 metros. Todo el estadio, y en
especial el palco de autoridades soñaban con un nulo de Owens. El mazazo
fue tremendo. 7.75 metros.
Es el segundo salto de Lutz, al que se le habían puesto las cosas
complicadas. 11.000 berlineses contuvieron la respiración, con ellos el
resto del país. Lutz apuró hasta el límite… y llegó hasta los 7.75
metros que acababa de hacer Owens.
Lutz Long se dirigió hacia la tribuna de honor y con su brazo derecho en
alto saludó a el führer. En este momento el alemán llevaba el liderato
de la competición, ya que de permanecer el empate, él poseía el segundo
mejor salto del evento.
El turno de Owens, que tiene de nuevo toda la presión en contra, pero
esta vez en vez de los abucheos es el silencio el que reina. ¿La tensión
podía con todos ellos? ¿podía un espectáculo deportivo como aquel diluir
el efecto de la propaganda nazi?. Jesse Owens saltó, se mantuvo en el
aire, y cayó 7.87 metros más adelante. Increíble.
Pero todavía debía saltar una vez más Lutz. De nuevo un silencio
ensordecedor. Podía ser la mayor victoria, las más emocionante y épica
de “los Juegos de Hitler”, o la mayor humillación que cabía imaginar.
Adolf estaba sentado, extrañamente confiado. Sabía de la pasta que
estaba hecho Lutz, un ario ejemplar.
Lutz comenzó la carrera convencido de que debía apurar al máximo para
superar a Owens. Si saltaba un par de centímetros antes de la señal lo
lograría. Y si alguien podía hacerlo ese era él. Pero Lutz pisó la
línea. Hizo nulo. Y Owens ganó.
Lo que nadie esperaba acababa de suceder, ante los ojos del mundo
entero. A Owens le queda un último salto, y comienza la carrera ante un
público en estado de shock. Owens, ya vencedor, vuela, vuela hasta los
8.06 metros. Espectacular.
El estadio de Gunterstalt se quedó mudo. Pocos segundos después estalló
un sonoro aplauso. Lutz Long felicitó calurosamente a Owens y le
acompañó en la vuelta al estadio.
Históricamente se cuenta que cuando Jesse Owens pasó frente al palco de
Adolf Hitler, el führer ni siquiera hizo un gesto para
saludarlo. Sin embargo en su biografía el atleta comentó lo siguiente:
“Cuando pasé, el Canciller se levantó, me saludó con la mano y yo le
devolví la señal. Creo que los reporteros tuvieron mal gusto al criticar
al hombre del momento en Alemania."
Las medallas
El 5 de agosto en 200 metros lisos Owens venció con un
récord olímpico de 20.7 segundos.
Y el 9 de agosto, junto al equipo de relevos 4×100 metros consigue su
cuarta medalla de oro, superando también el récord mundial junto a Ralph
Metcalfe, Foy Draper y Frabp Wykoff, dejándolo en 39.8 segundos.
Jesse Owens, ganó cuatro
medallas de oro en unos JJOO. Nadie había logrado nunca algo
similar.
Por países, Alemania arrasó en el medallero, pero a día de hoy es algo
que casi nadie recuerda. En la memoria colectiva ha quedado la proeza de
Jesse, James Cleveland Owens, hijo de un agricultor y nieto de esclavos
que echó por tierra las teorías de la supuesta superioridad de la raza
aria.
Owens no sólo fue aclamado por todo el Estadio Olímpico de Berlín,
muchos berlineses le pedían autógrafos cuando le veían por la calle.
Durante su estancia en Alemania, estaba excluido de la ciudadanía bajo
la Ley de Ciudadanía del Reich del 15 de septiembre de 1935. Sin
embargo, a Owens se le permitió viajar y hospedarse en los mismos
hoteles que los blancos, algo que nunca le fue permitido en los EE.UU.
La
vuelta a los
Estados Unidos
El
entonces presidente de los Estados Unidos de América,
Franklin Delano Roosevelt, presidente demócrata, jamás telefoneó ni
recibió a Owens. Ni a ningún otro medallista negro.
Después de un parada de la bolsa de Nueva York en su honor, Owens vuelve
a su trabajo de botones en el hotel Waldorf-Astoria. Más tarde contaría:
“Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre
Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la
puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a
estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca
a dar la mano al Presidente.”
Durante muchos años conservó la amistad con el alemán
Luzt Long. Años después, éste murió en Stalingrado sirviendo al III
Reich. Owens, se encargó de pagar los estudios a su hijo.
Por no participar con el equipo estadounidense en Suecia, fue
descalificado a perpetuidad, por lo que se pasó al campo profesional,
convirtiéndose en un hombre espectáculo. Competía contra caballos,
motocicletas, jugadores de béisbol (a quienes daba 10 yardas de ventaja
antes de batirlos) y hacía exhibiciones en la previa de los partidos de
Ligas deportivas.
Fundó una institución para niños de raza negra, viajó por Europa con los
baloncestistas de los Harlem Globe Trotters, representó a una empresa
fabricante de tartanes y pasó una larga temporada como pinchadiscos de
música jazz. Posteriormente se dedicó a la dirección de espectáculos,
para finalmente ser encargado de relaciones públicas del deporte de su
país.
Fue premiado con la Medalla Presidencial de la Libertad de los EE.UU. en
1976 por Gerald Ford.
Siendo vendedor de sellos y monedas olímpicas, Jesse Owens, murió en
Arizona el 31 de marzo de 1980 a los 66 años de edad, víctima de cáncer
de pulmón.
En 1984, las autoridades de Berlín dieron el nombre de Jesse Owens a la
antigua avenida de la Victoria, que está junto al Estadio Olímpico, al
igual que una escuela secundaria en el distrito Lichtenberg.
A título póstumo, recibió la Medalla de Oro del Congreso el 28 de marzo
de 1990, la mayor distinción que puede recibir un civil norteamericano.
Diciembre del 2007
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