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220908 - Tiempo Muerto - Oscar Delfor Ibañez - Como casi toda historia, la mía tiene una prehistoria.  Es esta.  A principios de los 50s, me convertí de la noche a la mañana, o para mejor decir, de un domingo al otro, en el basquetbolista favorito del entonces Presidente de la Nación, Juan Domingo Perón. 

Por aquel entonces, los Harlem Globetrotters visitaban la Argentina y actuaban en el Luna Park que era el único estadio con capacidad para hacer frente, por la capacidad, a la erogación que significaba su contratación.   Era muy común también que, quienes vivíamos en la Capital Federal, practicábamos básquet y teníamos la suerte de poder verlos, al día siguiente (y durante unos cuantos días mas), nos convertíamos en malabaristas circunstanciales.

Fue así como un domingo, en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) que quedaba en Republiquetas 1050 de Núñez (donde ahora esta el CENARD), nos juntamos un grupo de amigos y como estábamos prácticamente solos en el gimnasio cubierto, nos pusimos a imitar a los “Globe” haciendo un sinnúmero de payasadas mientras jugábamos.  Tan concentrados estábamos en ese divertimento que no advertimos la entrada de Perón a las instalaciones, hasta que después de pasar por el sector dedicado a la esgrima, llegó a uno de los laterales de la cancha.  Quedamos todos tan impresionados por su presencia, que cortamos la exhibición de destrezas, para jugar “normalmente”.  Pero a poco de ponernos serios, el primer mandatario nos llamó y pidió que siguiéramos jugando como lo estábamos haciendo antes de que el llegara a sentarse en el pequeño palco presidencial preparado para la comitiva en forma permanente.

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Con beneplácito y la “obediencia debida”,  continuamos con la diversión deportiva por una larga media hora mas, hasta que nos anunció que se iba de regreso a la quinta presidencial de Olivos, saludándonos a uno por uno.    Exactamente una semana después, volvió a aparecerse en el gimnasio donde disfrutábamos el deporte dominguero y justamente yo estaba en posesión del balón cuando hizo su entrada. Volvimos a quedar “petrificados” y por una cuestión de respeto, además de poder saludarlo, paré el juego señalando la llegada del primer mandatario. Fue cuando me dijo-“Seguí jugando Ibañez, que yo me siento a verlos desde el palco”.

No lo podía creer. Cuando escuche de su boca mi apellido, sentí como si las medias se me metían dentro de las zapatillas y los pelitos de las piernas me hacían cosquillas en las rodillas.  Me sentí tan impactado que debo haber jugado mejor que nunca, ya que cuando estaba por irse, se acercó para charlar conmigo.  Me dijo si me animaba a formar un “equipo de locos” que imitara a los Globetrotters en una fiesta para estudiantes.  Le dije que si, que nos pusiera un Entrenador y nos diera un lugar para ensayar, que todo era cuestión de intentarlo.  Así nacieron los “Uestrotters”.

Entrenamos casi 60 días entre 6 y 8 horas diarias, las distintas rutinas del “círculo mágico” con que hacen su presentación, en un salón con espejos y sin tableros ni canastos, en la UES masculina. Perón nos facilitó el microcine de la quinta de Olivos, donde vimos cientos de veces el primer rollo de la película “Campeones de Ébano”  que cuenta la historia de los “Globe” y en el cual hacen el famoso círculo.  Fue un domingo por la mañana que compartimos con los auténticos Globetrotters la cancha abierta de la Quinta (por entonces sede de la UES femenina) y allí los negros nos enseñaron algunos trucos, nos regalaron el vinilo de The Brothers Bones con el tema “Sweet Georgia Brown”, que es el “himno” de los trotamundos de Harlem hasta el presente. Pintados de negros por uno de los mejores maquilladores del cine argentino (Cesar de Combi o algo así, se llamaba), con pelucas simulando motas y una vestimenta de raso con colores celeste, blanco y rojo combinados y con la musica de "Dulce Georgia Brown" grabada por el clarinetista argentino Marito Cosentino, actuamos ante un Luna Park repleto (habían quedado mas de tres mil personas sin poder entrar) haciendo primero el circulo mágico con luz negra y repitiéndolo dos veces mas con toda la iluminación a pleno, a pedido de la multitud de estudiantes secundarios que festejaba ese 21 de Septiembre de 1954. 

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Cuando Perón fue derrocado en el 55, recibí ofertas de muchos clubes para seguir mi carrera y me decidí -a pesar de tener chances de fichar en primera- por una Institución que militaba en tercera de ascenso de la Asociación Porteña de Básquetbol: Deportivo San Andrés.  Tanto tiempo imitando a los Globe hizo que fuera muy dura la primera parte de mi carrera.  Los adversarios ponían mas postura defensiva de boxeo que de básquet para marcarme, porque mi manera de jugar les hacia pensar que los estaba “cargando”. Sin embargo en dos años estábamos en Primera División y comencé a ser respetado cuando todos advirtieron que “esa era mi manera de sentir el básquetbol”.  Claro que a mis habilidades agregaba una buena cantidad de puntos por partido que me convertían en el goleador del equipo. 

Ya los medios me daban como “el globetrotter blanco”, Mandrake (antes que el apodo fuera a parar al inigualable Alberto Cabrera), el malabarista, el mago y un montón de otros calificativos.  Eso hizo que mi juego fuera disfrutado -muy especialmente- por una gran cantidad de chicos que gozaban con mis “locuras” y se reían de mis “bermudas”

El paso previo

En 1960, por una cuestión de diferencias económicas, dejé Deportivo San Andrés y me fui a Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque a hacer dupla con Ricardo Alix, a quien considero el mejor jugador argentino de todos los tiempos.  Hicimos un dúo que sacó chispas aquí y en varios países de Sudamérica durante esa temporada.  Pero mi corazón seguía estando en San Andrés. Al año siguiente regresé y puse como condición dirigir una categoría formativa para tener una mayor retribución.  En realidad los dirigentes aceptaron porque me querían como jugador; ninguno de ellos pensaba que duraría mucho en esa función y mucho menos que lograría algo.  Me inicié con la que hoy es la categoría Cadetes y por aquel entonces se denominaba “Menores”; 15 y 16 años. Me picó tanto el bichito que hice reclutamiento personal en las calles de San Andrés, Malaver y Villa Ballester del Gran Buenos Aires.  Ese año fuimos subcampeones de la APB, habiendo perdido un solo juego y por un punto (con Comunicaciones, que fue el campeón).  La reglamentación “amateurista” de esos años impedía que un jugador en actividad dirigiera otro club que no sea en el que jugaba, porque si lo hacia lo declaraban “profesional” y no podía jugar mas en el país. Por suerte, con aquella campaña de los Cadetes y el “arrastre” que tenía como jugador recibí el respaldo para hacerme cargo de todas las formativas del “Depor”.  Época en que los menores de 12, no entraban en los planes de los directivos del básquetbol argentino.  Los chicos me abrumaban pidiéndome que también los entrenara a ellos. Recuerdo que en una oportunidad,  vinieron en “patota” y me exigieron que les de bolilla. Eran tantos que, para sacármelos de encima les prometí que “el sábado a la 4 de la tarde” los entrenaría.   Mi salida con una noviecita ocasional hizo que ese día ni siquiera pusiera los pies en el Club para juntarme con amigos: olvidé por completo el “compromiso”.   Cosa que no perdonaron mis diminutos “fans” al Lunes siguiente cuando llegué a los entrenamientos de la tarde.  El grupo me trató de “falluto”, chanta, mentiroso y otras cosas por el estilo.  Los noté tan contrariados que les mentí una enfermedad de “mi vieja” que vivía conmigo en el barrio porteño de San Telmo.   Hubo casi un juramento para el sábado posterior y el “no te vayas a olvidar” repetido hasta el cansancio los cinco días previos a la cita.  Si me hubiera olvidado, la historia del Mini en la Argentina hubiera tenido otro camino…

Se sube el telón

Hice mi aparición en el Deportivo San Andrés manejando la Siambretta que me había regalado Perón cuando ganamos el Argentino de estudiantes secundarios en el 55, a las 4 de la tarde. El “Depor” todavía tenía cancha abierta y los pibes estaban todos protegiéndose del sol, sentados en el piso y apoyando sus espaldas en el paredoncito que daba a la confitería.  Griterío, carrera y cimbronazos de mi humanidad ante el efusivo recibimiento del que fui objeto por los casi 20 pibes que me aguardaban.  Había solo un par de pelotas chicas con la que jugaban los Infantiles, marca Pintier de cuero, con unos gramos mas de la que usaban oficialmente los futbolistas profesionales. Ese era el material de entrenamiento y con el hicimos el primer ensayo.  Fue impactante ver como obedecían cada indicación que les daba.  Con ellos aprendí a ser Entrenador; fueron esos pibes los que me enseñaron mas que los libros, las películas y los videos.   El “feeling” de ida y vuelta era tan intenso que nunca mas les falle, ni en los entrenamientos, ni en sus conflictos personales. Ya a las dos semanas querían jugar partidos y los entendía; ni mil entrenamientos reemplazan a un partido.  Pero como esa categoría, a la que le inventamos el nombre de “Pulguitas”, no existía, debimos comenzar a “investigar” quien tenía equipo de niños menores de 12.  El “Scouting” nos llevo a saber por boca del Delegado del Club de Villa Pueyrredon, que ellos tenían un grupito de pibes de esa edad y debutaron como visitantes contra el equipo en el que jugaba Miguel Mateos (hoy roquero famoso) y su hermanito Alejandro,.baterista de Zas. Los “nuestros” usaron una musculosa blanca con un escudito del “Depor”, ya que ni siquiera teñíamos camisetas.  Esos “pulguitas” jugaron posteriormente en Morón, Ituzaingó, Caseros y otros clubes del Gran Buenos Aires e hicieron “fama” porque ganaban y deleitaban con su estilo rápido, vistoso y eficaz.  La euforia contagió a padres y directivos y a principios del 63 ya se guardaban en la utilería los mas de 6 equipos completos de camisetas y pantaloncitos que se recibieron de diferentes donaciones.  En un cuadrangular en el cual intervenía San Lorenzo  (de la Asociación Buenos Aires, que nucleaba a la mayoría de los clubes de fútbol) perdieron el invicto frente a los azulgrana. 

Jamás había visto llorar a tantos con semejante sufrimiento por una derrota, como aquella noche en el vestuario de San Andrés.  Yo (que también desparramé un par de lágrimas y las escondí antes de entrar al vestuario) les explique por primera vez como debían afrontar el sinsabor de la derrota, que es parte de la labor docente que deben profesar quienes conducen el mini o cualquier actividad de chicos.  Rápidamente llegó la revancha en la final de ese mismo cuadrangular.  En aquel partido hubo un solo “santo” y no precisamente fue “Lorenzo”.    El resultado a favor de San Andrés fue tan abultado, que nadie hubiera podido imaginar que ese mismo equipo lo había derrotado 48 horas antes.  En los corrillos del ambiente basquetbolero se hablaba de los “Pulguitas de San Andrés” y llegó a trascender tanto, que se instaló en la cúpula de la Asociación Porteña de Básquetbol, cuyo Secretario, Manuel Solaguren, tenía un hijo integrando el equipo…

Comienza la historia “oficial”del Mini

Una noche de no me acuerdo que mes del segundo semestre del 63, recibí una invitación por parte del Presidente de la APB, Juan Esteban Della Valle, para una reunión. En ella, se me pidió que redactara un reglamento para chicos de hasta doce años, para oficializar la competencia. Junto con el dirigente Pedrero (no recuerdo su nombre) y Della Valle (el mejor dirigente deportivo que conocí en mi vida) basándonos en las reglas que inventó Jay Archer en 1950 (lo bautizó “Biddy (Pollito) Basket” copiando el seudónimo de su pequeña hija), en las que había distribuido la Pepsi Cola en Perú y otras latitudes, confeccionamos el Primer Reglamento Oficial y “bautizamos” a la categoría con el nombre de “Niños”.  Como punto importante, recuerdo que en las reglas originales limitaban la estatura de los participantes a 1.70 metros, cosa que hice modificar, basándome en la dificultad que tenemos en nuestro país para conseguir jugadores grandes. Me pareció que cerrarle la puerta a los “lunguitos” era como “hacer un pacto a favor del enemigo”. ¡Salvemos a nuestros altos!      La primera competencia que se llevó a cabo en el país fue organizada en 1964 por la APB e intervinieron cerca de 30 clubes, siendo ganada por Deportivo San Andrés. Al respecto transcribo textualmente unos párrafos del libro “Minibásquetbol y su Proyección al Básquetbol” (1994) del Entrenador Jorge Gutiérrez que con el subtitulo de El Minibásquetbol en la Argentina, en su página 22 dice: El objeto primordial de esta gestión es lograr hombres de bien, por medio de deportistas aptos. (-) Con estos conceptos, la APB presentaba su Reglamento y Normas Generales para la disputa de los partidos de Biddy Básquetbol; que tuvieron a Oscar Ibañez a uno de los integrantes de la Comisión de Reglamento junto a Esteban Della Valle y Pedrero.  Se hicieron lectura de otros reglamentos como la Peruana y Española y con modificaciones que se asemejaban en características y necesidades, se puso en vigencia el Reglamento de Juego.  Oscar Ibañez dirigía a los chicos del Deportivo San Andrés, con los cuales obtuvo los torneos de los años 1964/65/66 y 67, sin perder un solo partido en las cuatro temporadas”.  (Nota: Los integrantes de ese plantel –Norberto Tanghe, Eduardo Cadillac, Daniel Pace, Claudio Villanueva, Jorge Godnic y Jorge Kojdamanian- entre otros, ganaron los torneos oficiales de las categorías Infantiles, Cadetes y Juveniles, perdiendo solo 4 partidos en 8 años y siendo la base del seleccionado de Capital Federal –Campeón Argentino 1970 en Neuquén- y del equipo nacional que obtuvo el Campeonato Sudamericano de Juveniles en Santiago de Chile, en 1972)

La cantidad de participantes se acrecentó en forma geométrica y la explosión se desparramó vertiginosamente por toda la República.  A principios de los 70s los españoles creando un Comité Internacional también internacionalizaron el nombre de “Minibásquetbol” y en el 71 se hizo en Catamarca un campeonato nacional, al que me negué a concurrir habiendo sido nombrado Director Técnico de la selección de Capital Federal, argumentando que no debía sobredimensionarse la competencia en esa etapa del minideporte.  La historia me dio la razón ya que por la desmesurada apetencia por el triunfo hubo equipos que en forma fraudulenta incluyeron a niños con edades superiores a las fijadas por las reglamentaciones. Un bochorno.  En Julio 1973 se hizo el primer “Jamboree” (palabra utilizada por los “boy-scouts” para identificar a reuniones campamentiles con chicos de distintas provincias y/o países que confraternizan y comparten actividades en conjunto) en el cual participaron chicos argentinos y de paises limítrofes y con posterioridad –en la segunda mitad de los 70s- se adoptó el sistema de Encuentros, que es mas adecuado para frenar la desmedida competitividad de algunos Entrenadores, Instructores y/o Monitores exitistas en demasía

Creo que en la actualidad esta sobredimensionado el tema del Minibásquet y son mayoría los “profesores” que aceleran etapas de la enseñanza de los fundamentos para introducirlos en la táctica y la estrategia, obstaculizando la libertad que necesita el niño para expresarse humana y deportivamente.  Es hora que en este milenio, la controversia sobre si debe haber competencia o no. sea sepultada por Entrenadores y Dirigentes que antepongan a su hambre figurativa, la sana premisa de enseñar equilibradamente las formas de actuar ante las dos únicas posibilidades que da este juego; el triunfo y la derrota. Como en la vida.
 


 

 

 

 
 

 
 

 

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