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Me propongo demostrar cómo la tragedia
de Edipo que puede leerse en Sófocles -dejaré de lado el problema del
fondo mítico ligado a ella- es representativa y en cierta manera
instauradora de un determinado tipo de relación entre poder y saber, entre
poder político y conocimiento, relación de la que nuestra civilización aún
no se ha liberado. Creo que hay realmente un complejo de Edipo en nuestra
civilización. Pero este complejo nada tiene que ver con nuestro
inconsciente y nuestro deseo, y tampoco con las relaciones entre uno y
otro. Si hay algo parecido a un complejo de Edipo, éste no se da al nivel
individual sino al nivel colectivo; no a propósito del deseo y el
inconsciente sino a propósito de poder y saber. Es esta especie de
«complejo» lo que me gustaría analizar.
La tragedia de Edipo es,
fundamentalmente, el primer testimonio que tenemos de las prácticas
judiciales griegas. Como todo el mundo sabe se trata de una historia en la
que unas personas -un soberano, un pueblo- ignorando cierta verdad,
consiguen a través de una serie de técnicas de las que hablaremos más
adelante, descubrir una verdad que cuestiona la propia soberanía del
soberano. La tragedia de Edipo es, por lo tanto, la historia de una
investigación de la verdad: es un procedimiento de investigación de la
verdad que obedece exactamente a las prácticas judiciales griegas de esa
época. Por esta razón, el primer problema que se nos plantea es el de
saber en qué consistía la investigación judicial de la verdad en la Grecia
arcaica.
El primer testimonio de la investigación
de la verdad en el procedimiento judicial griego con que contamos se
remonta a la Ilíada. Se trata de la historia de la disputa de
Antíloco, y Menelao durante los juegos que se realizaron con ocasión de la
muerte de Patroclo. En aquellos juegos hubo una carrera de carros que,
como de costumbre, se desarrollaba en un circuito con ida y vuelta,
pasando por una baliza que debía rodearse tratando de que los carros
pasaran lo más cerca posible. Los organizadores de los juegos habían
colocado en este sitio a alguien que se hacía responsable de la
regularidad de la carrera. Homero llama a este personaje, sin nombrarlo
personalmente, testigo, 4FJ@H, aquel que está allí para ver. La carrera
comienza y los dos primeros competidores que se colocan al frente a la
altura de la curva son Antíloco y Menelao. Se produce una irregularidad y
cuando Antíloco llega primero Menelao eleva una queja y dice al juez o al
jurado que ha de dar el premio que Antíloco ha cometido una irregularidad.
Cuestionamiento, litigio, ¿cómo establecer la verdad? Curiosamente, en
este texto de Homero no se apela a quien observó el hecho, el famoso
testigo que estaba junto a la baliza y que debía atestiguar qué había
ocurrido. Su testimonio no se cita y no se le hace pregunta alguna.
Solamente se plantea la querella entre los adversarios Menelao y Antíloco,
de la siguiente manera: después de la acusación de Menelao -«tú cometiste
una irregularidad»- y de la defensa de Antíloco -«yo no cometí
irregularidad»- Menelao lanza un desafío: «Pon tu mano derecha sobre la
cabeza de tu caballo; sujeta con la mano izquierda tu fusta y jura ante
Zeus que no cometiste irregularidad». En ese instante, Antíloco, frente a
este desafío, que es una prueba (épreuve), renuncia a ella, no jura
y reconoce así que cometió irregularidad.
He aquí una manera singular de producir
la verdad, de establecer la verdad jurídica: no se pasa por el testigo
sino por una especie de juego, prueba, por una suerte de desafío lanzado
por un adversario al otro. Uno lanza un desafío, el otro debe aceptar el
riesgo o renunciar a él. Si lo hubiese aceptado, si hubiese jurado
realmente, la responsabilidad de lo que sucederla, el descubrimiento final
de la verdad quedaría inmediatamente en manos de los dioses y sería Zeus,
castigando el falso juramento, si fuese el caso, quien manifestaría con su
rayo la verdad.
Esta es la vieja y bastante arcaica
práctica de la prueba de la verdad en la que ésta no se establece
judicialmente por medio de una comprobación, un testigo, una indagación o
una inquisición, sino por un juego de prueba. La prueba, una
característica de la sociedad griega arcaica, aparecerá también en la Alta
Edad Media. Es evidente que, cuando Edipo y toda la ciudad de Tebas buscan
la verdad no es éste el modelo que utilizan: entre la disputa de Menelao y
Antíloco y la historia de Edipo pasaron muchos siglos. Sin embargo,
resulta interesante observar que en la tragedia de Sófocles encontramos
uno o dos restos de la práctica de establecer la verdad por medio de la
prueba. Primero, en la escena de Creonte y Edipo, cuando Edipo critica a
su cuñado por haber truncado la respuesta del Oráculo de Delfos, diciendo:
«Tú inventaste todo esto simplemente para quitarme el poder y
sustituirme». Y Creonte responde sin intentar establecer la verdad
valiéndose de testigos: «Bien, juremos. Yo juraré que no he conspirado
contra ti». Esto se dice en presencia de Yocasta, que acepta el juego y se
hace responsable de su regularidad. Creonte responde a Edipo según la
vieja fórmula del litigio entre guerreros. En segundo lugar, podríamos
decir que encontramos en toda la obra este sistema del desafío y la
prueba. Edipo, al enterarse de que la peste que asola a Tebas era la
consecuencia de una maldición de los dioses caída como castigo por la
falta y el asesinato, responde diciendo que se compromete a enviar al
exilio al autor del crimen sin saber, naturalmente, que es él mismo quien
lo había cometido. Queda así implicado por su propio juramento, como
ocurría en los litigios entre guerreros arcaicos en los que los
adversarios se incluían mutuamente en los juramentos de promesa y
maldición. Estos restos de la vieja tradición reaparecen algunas veces a
lo largo de la obra. Sin embargo, toda la tragedia de Edipo está fundada,
en verdad, en un mecanismo enteramente diferente. Este es el mecanismo de
establecimiento de la verdad que quiero exponer.
Creo que este mecanismo de la verdad
obedece inicialmente a una ley, una especie de pura forma que podríamos
llamar ley de las mitades. El descubrimiento de la verdad se lleva a cabo
en Edipo por mitades que se ajustan y se acoplan. Edipo manda consultar al
dios de Delfos, Apolo. Cuando examinamos en detalle la respuesta de Apolo
observamos que se da en dos partes. Apolo comienza diciendo: «El país está
amenazado por una maldición». A esta primera respuesta le falta, en cierta
forma, una mitad: «Pesa una maldición, ¿pero quién fue el causante?» Por
consiguiente es preciso formular una segunda pregunta y Edipo, fuerza a
Creonte a dar la segunda respuesta, preguntándole a qué se debe la
maldición. La segunda mitad aparece: la causa de ésta es un asesinato.
Pero quien dice asesinato dice dos cosas: quién fue asesinado y quién es
el asesino. Se pregunta a Apolo: «¿Quién fue asesinado?». La respuesta es:
Layo, el rey. Se pregunta: «¿Quién cometió el asesinato?». Entonces es
cuando Apolo se niega a responder, lo cual suscita el comentario de Edipo:
no se puede forzar la respuesta de los dioses. Falta, pues, una mitad. La
maldición corresponde a una mitad del asesinato, siendo ésta sólo la
primera: «quién fue asesinado»; falta pues la segunda: el nombre del
asesino.
Para saber el nombre del asesino será
preciso apelar a alguna cosa, a alguien, ya que no se puede forzar la
voluntad de los dioses. Esta figura a la que se apela es el doble humano,
la sombra mortal de Apolo, el adivino Tiresias quien, como Apolo, es
divino 1,4@H µ"<J4H, el divino adivino. Tiresias está muy cerca de Apolo
y, como él, recibe el nombre de rey r"<">; pero es perecedero mientras que
Apolo es inmortal. Por otra parte Tiresias es ciego, está sumergido en la
noche, mientras que Apolo es el dios del Sol: es la mitad de sombra de la
verdad divina, el doble que el dios-luz proyecta sobre la superficie de la
tierra. Se interrogará entonces a esta mitad, y Tiresias responderá a
Edipo diciendo: «Fuiste tú quien mató a Layo».
En consecuencia, podemos decir que,
desde la segunda escena de Edipo, todo está dicho y representado. Se posee
ya la verdad puesto que Edipo es efectivamente designado por el conjunto
constituido por las respuestas de Apolo y Tiresias. El juego de las
mitades está completo: maldición, asesinato, quién fue muerto, quién mató.
Aquí está todo, pero colocado en una forma muy particular, como una
profecía, una predicción, una prescripción. El adivino Tiresias no dice
exactamente a Edipo: «Fuiste tú quien mató»; dice: «Prometiste que
desterrarías a aquél que hubiese matado; ordeno que cumplas tu voto y te
destierres a ti mismo.» Del mismo modo Apolo no había dicho estrictamente:
«Pesa una maldición y es por ello que la ciudad está asolada por la
peste.» Dice Apolo: «Si quieres que termine la peste, es preciso expiar la
falta.» Todo esto se dice en forma de futuro, prescripción, predicción,
nada hay que se refiera a la actualidad del presente, nada es apuntado.
Tenemos toda la verdad, pero en la forma
prescriptiva y profética que es característica del oráculo y el adivino.
En esta verdad que es, de algún modo, completa y total, en la que todo ha
sido dicho, falta algo que es la dimensión del presente, la actualidad, la
designación de alguien. Falta el testigo de lo que realmente ha ocurrido.
Curiosamente, toda esta vieja historia es formulada por el adivino y el
dios en futuro. Se necesita ahora el presente y el testigo del pasado: el
testigo presente de lo que realmente sucedió.
La segunda mitad de esta prescripción y
previsión, pasado y presente, se da en el resto de la obra y también por
un extraño juego de mitades. En principio es preciso establecer quién mató
a Layo, lo cual se obtiene en el discurrir de la pieza por el acoplamiento
de dos testimonios. El primero lo da inadvertidamente y espontáneamente
Yocasta al decir: «Ves bien, Edipo, que no has sido tú quien mató a Layo,
contrariamente a lo que dice el adivino. La mejor prueba de esto es que
Layo fue muerto por varios hombres en la encrucijada de tres caminos.»
Edipo contestará a este testimonio con una inquietud que ya es casi una
certeza. «Matar a un hombre en la encrucijada de tres caminos es
exactamente lo que yo hice; recuerdo que al llegar a Tebas dí muerte a
alguien en un sitio parecido.» Así, por el juego de estas dos mitades que
se completan, el recuerdo de Yocasta y el de Edipo, tenemos esta verdad
casi completa, la del asesinato de Layo. Y decimos que es casi completa
porque falta aún un pequeño fragmento: saber si fue muerto por uno o
varios individuos. Cuestión que lamentablemente no se resuelve en la
pieza.
Pero esto es sólo la mitad de la
historia de Edipo, pues Edipo no es únicamente aquél que mató al rey Layo,
es también quien mató a su propio padre y se casó luego con su madre. Esta
segunda mitad de la historia falta incluso después del acoplamiento de los
testimonios de Yocasta y Edipo. Falta precisamente lo que les da una
especie de esperanza, pues el dios predijo que Layo no habría de morir en
manos de un hombre cualquiera sino de su propio hijo. Por lo tanto,
mientras no se pruebe que Edipo es hijo de Layo, la predicción no estará
realizada. Esta segunda mitad es necesaria para que pueda establecerse la
totalidad de la predicción, en la última parte de la obra, por medio del
acoplamiento de dos testimonios diferentes. Uno será el del esclavo que
viene de Corinto para anunciar a Edipo la muerte de Polibio. Edipo, que no
llora la muerte de su padre, se alegra diciendo: «¡Ah, al menos no he sido
yo quien lo mató, contrariamente a lo, que dice la predicción!». Y el
esclavo replica: «Polibio no era tu padre».
Tenemos así un nuevo elemento: Edipo no
es hijo de Polibio. Interviene el último esclavo, que había huido después
del drama escondiéndose en las profundidades del Citerón. Se trata de un
pastor de ovejas que había guardado consigo la verdad y que ahora es
llamado para ser interrogado acerca de lo ocurrido. Dice el pastor: «En
efecto, hace tiempo, dí a este mensajero un niño que venía del palacio de
Yocasta y que, según me dijeron, era su hijo».
Falta, pues, la última certeza ya que
Yocasta no está presente para atestiguar que fue ella quien entregó el
niño al esclavo. No obstante, salvo por esta pequeña dificultad, el ciclo
está ahora completo. Sabemos que Edipo era hijo de Layo y Yocasta; que le
fue entregado a Polibio; que fue él, creyendo ser hijo de Polibio y
regresando para escapar de la profecía, a Tebas -Edipo no sabía que era su
patria- quien mató en la encrucijada de tres caminos al rey Layo, su
verdadero padre. El ciclo está cerrado. Se ha cerrado por una serie de
acoplamiento de mitades que se ajustan unas con otras. Es como si toda
esta larga y compleja historia del niño que es al mismo tiempo un exiliado
debido a la profecía y un fugitivo de la misma profecía, hubiese sido
partida en dos e inmediatamente vueltas a partir en dos cada una de sus
partes, y todos esos fragmentos repartidos en distintas manos. Fue preciso
que se reunieran el dios y su profeta, Yocasta y Edipo, el esclavo de
Corinto y el de Citerón para que todas estas mitades y mitades llegasen a
ajustarse unas a otras, a adaptarse, a acoplarse y reconstituir el perfil
total de la historia.
Esta forma del Edipo de Sófocles,
realmente impresionante, no es sólo una forma retórica, es al mismo tiempo
religiosa y política. Consiste en la famosa técnica del FLµ$@8@<, el
símbolo griego. Un instrumento de poder, del ejercicio de poder que
permite a alguien que guarda un secreto o un poder romper en dos partes un
objeto cualquiera -de cerámica, por ejemplo- guardar una de ellas y
confiar la otra a alguien que debe llevar el mensaje o dar prueba de su
autenticidad. La coincidencia o ajuste de estas dos mitades permitirá
reconocer la autenticidad del mensaje, esto es, la continuidad del poder
que se ejerce. El poder se manifiesta, completa su ciclo y mantiene su
unidad gracias a este juego de pequeños fragmentos separados unos de
otros, de un mismo conjunto, un objeto único, cuya configuración general
es la forma manifiesta del poder. La historia de Edipo es la fragmentación
de esta obra, cuya posesión integral y reunificada autentifica la
detención del poder y las órdenes dadas por él. Los mensajes, los
mensajeros que envía y que deben regresar, justificarán su vinculación con
el poder porque cada uno de ellos posee un fragmento de la pieza que se
combina perfectamente con los demás. Los griegos llaman a esta técnica
jurídica, política y religiosa FLµ$@8@<: el símbolo.
La historia de Edipo tal como aparece
representada en la tragedia de Sófocles, obedece a este FLµ$@8@<: no es
una forma retórica, sino más bien religiosa, política, casi mágica del
ejercicio del poder.
Si ahora observamos ya no la forma de
este mecanismo o el juego de mitades que se fragmentan y terminan por
ajustarse sino el efecto producido por estos ensamblajes recíprocos,
veremos una serie de cosas. En principio una especie de desplazamiento que
sobreviene a medida que las mitades se ajustan. El primer juego de mitades
que se ajustan es el del dios Apolo y el divino adivino Tiresias: el nivel
de la profecía o de los dioses. Inmediatamente aparece una segunda serie
de mitades que se ajustan, formada por Edipo y Yocasta. Sus dos
testimonios se encuentran en el medio de la pieza: es el nivel de los
reyes, los soberanos. Finalmente, el último par de testimonios que
intervienen, la última mitad que habrá de completar la historia no está
constituida por los dioses y tampoco por los reyes sino por los servidores
y esclavos. El esclavo más humilde de Polibio y, sobre todo, el más oculto
de los pastores que habitan en el bosque del Citerón enunciarán la verdad
última al dar el último testimonio.
El resultado es curioso: lo que se decía
en forma de profecía al comienzo de la obra reaparecerá en forma de
testimonio en boca de los dos pastores. Y así como la obra pasa de los
dioses a los esclavos, los mecanismos enunciativos de la verdad o la forma
en que la verdad se enuncia cambian igualmente. Cuando hablan el dios y el
adivino, la verdad se formula en forma de prescripción y profecía, como la
mirada eterna y todopoderosa del dios Sol, como la del adivino que, aún
siendo ciego, es capaz de ver el pasado, el presente y el futuro. Es
precisamente esta especie de mirada mágico-religiosa la que, en el
comienzo de la obra, hace brillar una verdad que ni Edipo ni el coro
quieren creer. La mirada aparece también en el nivel más bajo, ya que, si
dos esclavos pueden dar testimonio de lo que han visto, ello ocurre
precisamente porque han visto. Uno de ellos vio cómo Yocasta le entregaba
un niño y le ordenaba que lo llevase al bosque y lo abandonase. El otro
vio al niño en un bosque, vio cómo su compañero esclavo le entregaba este
niño y recuerda haberlo llevado al palacio de Polibio. Una vez más se
trata de la mirada, pero ya no de aquella mirada eterna, iluminadora,
fulgurante del dios y su adivino, ahora es la mirada de personas que ven y
recuerdan haber visto con sus ojos humanos: es la mirada del testimonio.
Esta era la mirada omitida por Homero al hablar del conflicto y el litigio
entre Antíloco y Menelao.
Puede decirse, pues, que toda la obra es
una manera de desplazar la enunciación de la verdad de un discurso
profético y prescriptivo de otro retrospectivo: ya no es más una profecía,
es un testimonio. Es también una cierta manera de desplazar el brillo o la
luz de la verdad del brillo profético y divino hacia la mirada de algún
modo empírica y cotidiana de los pastores. Entre los pastores y los dioses
hay una correspondencia: dicen lo mismo, ven la misma cosa, pero no con el
mismo lenguaje y tampoco con los mismos ojos. Durante toda la tragedia
vemos una única verdad que se presenta y se formula de dos maneras
diferentes, con otras palabras, en otro discurso, con otra mirada. Sin
embargo, estas miradas se corresponden. Los pastores responden exactamente
a los dioses; podríamos decir incluso que los simbolizan. En el fondo, lo
que los pastores dicen es aquello que los dioses ya habían dicho, sólo que
lo hacen de otra forma.
Estos son los dos rasgos fundamentales
de la tragedia de Edipo: la comunicación entre los pastores y los dioses,
entre el recuerdo de los hombres y las profecías divinas. Esta
correspondencia define la tragedia y establece un mundo simbólico en el
que el recuerdo y el discurso de los hombres son algo así como una imagen
empírica de la gran profecía de los dioses.
Hemos de insistir sobre estos dos puntos
para comprender el mecanismo de la progresión de la verdad en Edipo. En un
lado están los dioses, en el otro los pastores, pero entre ellos se sitúa
el nivel de los reyes, o mejor, el nivel de Edipo. ¿Cuál es su nivel de
saber y qué significa su mirada?
En relación con esta cuestión, es
preciso rectificar algunas cosas. Cuando se analiza la obra suele decirse
que Edipo es aquél que nada sabía, que era ciego, que tenía los ojos
vendados y la memoria bloqueada dado que nunca había mencionado, e incluso
parecía haber olvidado sus propios actos al matar al rey en la encrucijada
de los tres caminos. Edipo, hombre del olvido, hombre del no-saber, un
verdadero hombre del inconsciente para Freud. Bien sabemos que el nombre
de Edipo ha sido empleado para realizar múltiples juegos de palabras. Sin
embargo, no olvidemos que los mismos griegos habían ya señalado que en
?Æ*4B@LH tenemos la palabra @Æ*" que significa al mismo tiempo «haber
visto» y «saber». Quiero demostrar que Edipo, colocado dentro de este
mecanismo del FLµ$@8@<, de mitades que se comunican, juego de respuestas
entre los pastores y los dioses, no es aquél que no sabía sino, por el
contrario, aquél que sabía demasiado, aquél que unía su saber y su poder
de una manera condenable y que la historia de Edipo debía ser expulsada
definitivamente de la Historia.
El título mismo de la tragedia de
Sófocles es interesante: Edipo y Edipo Rey, ?Æ*4B@LH JLD"<<@H.
La palabra JLD"<<@H es de difícil traducción. En efecto, la traducción no
da cuenta del significado exacto. Edipo es el hombre del poder, un hombre
que ejerce cierto poder. Y es digno de tener en cuenta que el título de la
obra de Sófocles no sea Edipo, el incestuoso o Edipo, asesino de
su padre, sino Edipo Rey. ¿Qué significa la realeza de Edipo?
La importancia de la temática del poder
se pone de relieve si recorremos el curso de la obra: durante toda la
pieza lo que está en cuestión es esencialmente el poder de Edipo y es esto
mismo lo que hace que éste se sienta amenazado.
En ningún lugar de la tragedia dice
Edipo que es inocente; ni una sola vez afirma haber hecho algo contra su
voluntad o que cuando mató a aquel hombre no sabía que se trataba de Layo.
En suma, el personaje central del Edipo Rey de Sófocles no invoca
en ningún momento su inocencia o la excusa de haber actuado de modo
inconsciente.
Solamente en Edipo en Colona
veremos a un Edipo ciego y miserable que gime a lo largo de la obra
diciendo: «Yo nada podía hacer. Los dioses me cogieron en una trampa que
no había previsto». En Edipo Rey, Edipo no defiende en modo alguno
su inocencia, su problema es el poder y cómo hacer para conservarlo; esta
es la cuestión de fondo desde el comienzo hasta el final de la obra.
En la primera escena los habitantes de
Tebas recurren a Edipo en su condición de soberano para plantearle el
problema de la peste. «Tú tienes el poder, debes curarnos de la peste». Y
él responde diciendo: «Tengo gran interés en curaros de la peste, pues no
sólo a vosotros afecta sino también a mí mismo, en mi soberanía y mi
realeza». Para Edipo entonces, la solución del problema es una condición
necesaria para conservar su poder y cuando comienza a sentirse amenazado
por las respuestas que surgen a su vuelta, cuando el oráculo lo nombra y
el adivino dice de manera más clara aún que él es el culpable, Edipo, sin
invocar su inocencia, comenta a Tiresias: «Tú deseas mi poder; has armado
una conspiración contra mí para privarme de mi poder».
A Edipo no le asusta la idea de que
podría haber matado a su padre o al rey, teme solamente perder su propio
poder.
En la disputa con Creonte, éste le dice:
«Trajiste un oráculo de Delfos pero lo falseaste porque, hijo de Layo, tú
reivindicas un poder que me fue dado». Aquí también se siente Edipo
amenazado por Creonte al nivel del poder y no de su inocencia o
culpabilidad. En todos estos enfrentamientos lo que está en cuestión,
desde el comienzo de la obra, es el poder.
Y cuando, al final de la obra, la verdad
está a punto de ser descubierta, cuando el esclavo de Corinto dice a
Edipo: «No te inquietes, no es el hijo de Polibio», Edipo no pensará que
al no ser hijo de Polibio bien puede ocurrir que sea hijo de algún otro y
tal vez, de Layo, dirá: «Dices eso para que me avergüence, para hacer que
el pueblo crea que soy hijo de un esclavo. Igualmente ejerceré el poder;
soy un rey como los otros». Una vez más es el poder. Y en su carácter de
jefe de justicia, como soberano, Edipo convocará en ese momento al último
testigo: el esclavo del Citerón. Amenazándolo con la tortura, le arrancará
la verdad, y cuando ya se sabe quién era Edipo y qué había hecho
-parricidio, e incesto con la madre-, ¿cuál es la respuesta del pueblo de
Tebas? «Nosotros te llamábamos nuestro rey», lo cual significa que el
pueblo de Tebas, al mismo tiempo que reconoce en Edipo a quien fue su rey,
por el uso del imperfecto -llamábamoslo- declara ahora destituido y lo
despoja de los atributos de la realeza.
Lo que está en cuestión es la caída del
poder de Edipo. La prueba de ello es que cuando Edipo pierde el poder en
favor de Creonte, las últimas réplicas de la obra todavía giran en torno
al poder. La última palabra dirigida a Edipo antes de que lo lleven al
interior del Palacio es pronunciada por el nuevo rey, Creonte: «Ya no
trates de ser el señor». La palabra empleada es "D"J,4<, lo cual quiere
decir que Edipo debe dejar de dar órdenes. Y Creonte añade r"iD"4µF"H
palabra que quiere decir «después de haber llegado a la cima» pero que
también es un juego de palabras en el que la «"» tiene un sentido
privativo: «no poseyendo más el poder». r"iD"4µF"H significa al mismo
tiemPo: «Tú que alcanzaste la cima y que ahora has perdido el poder».
Después de esto interviene el pueblo que
saluda a Edipo por última vez diciendo: «Tú que eras iD"JLFµ@H», esto es,
«tú que estabas en la cima del poder». Sin embargo, el primer saludo del
pueblo tebano a Edipo era: «fiD"J<<@< ?\*4B@L», es decir, «¡Edipo
todopoderoso!». Entre estos dos saludos del pueblo se desarrolló toda la
tragedia. La tragedia del poder y del control del poder político. ¿Pero
qué es este poder de Edipo? ¿Cómo se caracteriza? Sus características
están presentes en la historia, el pensamiento y la filosofía griega de la
época. Edipo es llamado #"F48,LH "<">, el primero de los hombres, aquel
que tiene la iD"J,4", aquel que detenta el poder y es por ello JLD"<<@H.
Tirano no ha de entenderse aquí en sentido estricto: Polibio, Layo y todos
todos los demás eran considerados también JLD"<<@H.
En la tragedia de Edipo aparecen algunas
de las características de este poder. Edipo tiene el poder, pero lo
obtiene al cabo de una serie de historias y aventuras que, de ser el
hombre más miserable -niño abandonado, perdido, viajero errante- lo
convierten en el más poderoso. El suyo fue un destino desigual, conoció la
miseria y la gloria: tuvo su punto más alto cuando todos lo creían hijo de
Polibio y su condición más baja cuando se vio obligado a errar de ciudad
en ciudad, y más tarde volvió a la cima. «Los años que crecieron conmigo
-dice- me rebajaron a veces y otras me exaltaron».
Esta alternancia del destino es un rasgo
característico de dos tipos de personajes, el héroe legendario que perdió
su ciudadanía y su patria y que después de varias pruebas reencuentra la
gloria, y el tirano histórico griego de finales del siglo vi y comienzos
del V. El tirano era aquel que después de haber pasado por muchas
aventuras y llegado a la cúspide del poder estaba siempre amenazado de
perderlo. La irregularidad del destino es característica del personaje del
tirano tal como es descrito en los textos griegos de esta época.
Edipo es aquél que después de haber
conocido la miseria, alcanzó la gloria, aquél que se convirtió en rey
después de haber sido héroe. Pero si se convirtió en rey fue porque había
sido capaz de curar a la ciudad de Tebas matando a la Divina Cantora, la
Cadela que devoraba a todos aquellos que no conseguían descifrar sus
enigmas. Había curado a la ciudad, le había permitido -como se dice en la
obra- recuperarse, respirar cuando había perdido el aliento. Para designar
a esta. cura de la ciudad, Edipo emplea la expresión ÑD2TF"<, «recuperar»;
r"<@D2TF"< B@84<, «recuperar la ciudad», expresión que encontramos en el
texto de Solón. Solón, que no es un tirano sino más bien un legislador, se
vanagloriaba de haber recuperado la ciudad de Atenas a finales del siglo
vi. Esta es una característica común a todos los tiranos que surgen en
Grecia entre los siglos vii y vi: no sólo conocieron los puntos álgidos y
bajos de la suerte personal sino que además desempeñaron el papel de
agentes de recuperación por medio de una distribución económica ecuánime
como Cípselo en Corinto, o a través de una justa legislación, como es el
caso de Solón en Atenas. Son éstas, pues, dos características
fundamentales del tirano griego que aparecen en textos de la época de
Sófocles o aún anteriores.
En Edipo se encuentran, además de estas
características positivas de la tiranía, otras que podrían considerarse
negativas. Con ocasión de las discusiones que mantiene con Creonte y
Tiresias, e incluso con el pueblo mismo, se le reprochan a Edipo varias
cosas. Creonte, por ejemplo, le dice: «Estás equivocado. Te identificas
con esta ciudad, en la que no naciste. Imaginas que eres esta ciudad y que
te pertenece. Yo también formo parte de ella; no es sólo tuya». Si nos
atenemos a las historias que contaba Herodoto acerca de los tiranos
griegos, en particular acerca de Cípselo de Corinto, vemos que éste se
consideraba dueño de la ciudad, solía decir que Zeus se la había otorgado
y que él la había entregado a los ciudadanos. Esto mismo aparece en la
tragedia de Sófocles.
Igual que Cípselo, Edipo no da
importancia a las leyes y las sustituye por sus órdenes, por su voluntad.
Esto está claro en sus afirmaciones: cuando Creonte le reprocha que quiera
exiliarlo diciendo que su decisión no es justa, Edipo responde: «Poco me
importa que sea o no justo; igualmente has de obedecer». Su voluntad será
la ley de la ciudad y es por ello que en el momento en que se inicia su
caída del poder el coro del pueblo le reprochará el haber despreciado la
JL60, la justicia. Por lo tanto, hay que ver en Edipo un personaje
históricamente bien definido, marcado, catalogado, caracterizado por el
pensamiento del siglo v: el tirano.
Este personaje del tirano no sólo se
caracteriza por el poder sino también por cierto tipo de saber. El tirano
griego no era simplemente quien tomaba el poder; si se adueñaba de él era
porque detentaba o hacía valer el hecho de detentar un saber superior, en
cuanto a su eficacia, al de los demás. Este es precisamente el caso de
Edipo. Edipo es quien consiguió resolver por su pensamiento, su saber, el
famoso enigma de la esfinge; y así como Solón puede dar efectivamente
leves justas a Atenas, puede recuperar la ciudad porque era F@n@H, sabio,
así también Edipo es capaz de resolver el enigma de la esfinge porque
también él es F@n@H.
¿Qué es este saber de Edipo? ¿Cuáles son
sus notas? Durante toda la obra el saber de Edipo se despliega en sus
características: en todo momento dice que él venció a los otros, que
resolvió el enigma de la esfinge, que curó a la ciudad por medio de eso
que llama (<@µ0, su conocimiento o su J,i<0. Otras veces, para designar su
modo de saber, se dice aquel que encontró ¦LD0i". Esta es la palabra que
con mayor frecuencia utiliza Edipo para designar lo que hizo y está
intentando hacer ahora. Si Edipo resolvió el enigma de la esfinge es
porque encontró; si se quiere salvar nuevamente a Tebas es preciso de
nuevo encontrar ,LD4Fi,4<. ¿ Qué significa ,LD4Fi,4<? En un comienzo esta
actividad de encontrar es muestra de la obra como algo que se hace en
soledad. Edipo insiste en ello una y otra vez: al pueblo y al adivino les
dice que cuando resolvió el enigma de la esfinge no se dirigió a nadie; al
pueblo le dice: «Nada pudisteis hacer para ayudarme a resolver el enigma
de la esfinge, nada podíais hacer contra la Divina Cantora». Y a Tiresias
le dice: « ¿Qué clase de adivino eres que ni siquiera fuiste capaz de
liberar a Tebas de la esfinge? Cuando todos estaban dominados por el
terror yo solo liberé a Tebas; nadie me enseñó nada, no envíe a ningún
mensajero, vine personalmente». Encontrar es algo que se hace a solas y
también lo que se hace cuando se abren los ojos. Edipo es el hombre que no
cesa de decir: «Yo inquirí y como nadie fue capaz de darme informaciones
abrí ojos y oídos; yo vi». Utiliza frecuentemente el verbo @4*", que
significa al mismo tiempo saber y ver. ?4*4B@LH es aquel que es capaz de
ver y saber. Edipo es el hombre que ve, el hombre de la mirada, y lo será
hasta el fin.
Si Edipo cae en una trampa es
precisamente porque, en su voluntad de encontrar postergó el testimonio,
el recuerdo, la búsqueda de las personas que vieron hasta el momento en
que del fondo del Citerón salió el esclavo que había asistido a todo y
sabía la verdad. El saber de Edipo es esta especie de saber de experiencia
y al mismo tiempo, este saber solitario, de conocimiento, saber del hombre
que quiere ver con sus propios ojos, solo, sin apoyarse en lo que se dice
ni oír a nadie: saber autocrático del tirano que por sí solo puede y es
capaz de gobernar la ciudad. La metáfora del que gobierna, del que
conduce, es utilizada frecuentemente por Edipo para describir lo que hace.
Edipo es el conductor, el piloto, aquél que en la proa del navío abre los
ojos para ver. Y es precisamente porque abre los ojos sobre lo que está
ocurriendo que encuentra el accidente, lo inesperado, el destino, la JL60.
Edipo cayó en la trampa porque fue este hombre de la mirada autocrática,
abierta sobre las cosas.
Quisiera mostrar que en realidad Edipo
representa en la obra de Sófocles un cierto tipo de lo que yo llamaría
saber-y-poder, poder-y-saber. Y porque ejerce un poder tiránico y
solitario -desviado tanto del oráculo de los dioses que no quiere oír como
de los que dice y quiere el pueblo- en su afán de poder y saber, de
gobernar descubriendo por sí solo, encuentra en última instancia los
testimonios de quienes vieron.
Vemos así cómo funciona el juego de las
mitades y cómo, al final de la obra, Edipo es un personaje superfluo, en
la medida en que este saber tiránico de quien quiere ver con sus propios
ojos sin explicar a dioses ni hombres, permite la coincidencia exacta de
lo que habían dicho los dioses y lo que sabía el pueblo. Edipo, sin
querer, consigue establecer la unión entre la profecía de los dioses y la
memoria de los hombres. El saber edípico, el exceso, el exceso de poder,
el exceso de saber, fueron tales que el protagonista se tornó inútil; el
círculo se cerró sobre él, o mejor, los dos fragmentos de la trama se
acoplaron y Edipo, en su poder solitario, se hizo inútil, su imagen se
tornó monstruosa al acoplarse ambos fragmentos. Edipo podía demasiado por
su poder tiránico, sabía demasiado en su saber solitario. En este exceso
aún era esposo de su madre y hermano de sus hijos: es el hombre del
exceso, aquél que tiene demasiado de todo, en su poder, su saber, su
familia, su sexualidad. Edipo, hombre doble, que estaba de más frente a la
transparencia simbólica, de lo que sabían los pastores y hablan
los dioses.
Por consiguiente, la tragedia de Edipo
está muy cerca de lo que será, unos años más tarde, la filosofía
platónica. Platón restará valor al saber de los esclavos, memoria empírica
de lo que fue visto, en provecho de una memoria más profunda, esencial,
como es la memoria de lo que se vio en el ámbito de lo inelegible. No
obstante lo importante es aquello que será fundamentalmente desvalorizado,
descalificado, tanto en la tragedia de Sófocles como en la República
de Platón: el tema, o mejor el personaje, la forma de un saber político
que es al mismo tiempo privilegiado- y exclusivo. La figura señalada por
la tragedia de Sófocles o la filosofía de Platón, colocada en una
dimensión histórica, es la misma que aparece por detrás de Edipo F@n@H.
Edipo el sabio, el tirano que sabe, el hombre de la J,i<0, de la (<@µ0, es
el famoso sofista, profesional del poder político y el saber que existía
efectivamente en la sociedad ateniense correspondiente a la época de
Sófocles. Pero más allá de esta figura, lo que Platón y Sófocles señalan
es otra categoría de personajes del que el sofista era algo así como un
pequeño representante, continuaci6n y fin histórico: me refiero al
personaje del tirano. En los siglos vi y vii el tirano era el hombre del
poder y del saber, aquel que dominaba tanto por el poder que ejercía como
por el saber que poseía. Por último, aun cuando no está presente en el
texto de Platón y tampoco en Sófocles, quien es mencionado es el gran
personaje histórico que existió efectivamente aunque colocado en un
contexto legendario: el famoso rey asirio.
En las sociedades indoeuropeas del
Oriente mediterráneo, a finales del segundo y comienzos del primer
milenio, el poder político detentaba siempre cierto tipo de saber. El rey
y quienes lo rodeaban administraban un saber que no podía y no debía ser
comunicado a los demás grupos sociales, por el solo hecho de detentar el
poder. Saber y poder eran exactamente correspondientes, correlativos,
superpuestos. No podía haber saber sin poder, y no podía haber poder
político que no supusiera a su vez cierto saber especial.
Esta es la forma aislada por Dumézil en
sus estudios sobre las tres funciones, cuando mostró que la primera
función, el poder político, correspondía a un poder político mágico y
religioso. El saber de los dioses, el saber de la acción que se puede
ejercer sobre los dioses o sobre nosotros, todo ese saber mágico-religioso
está presente en la función política.
En el origen de la sociedad griega del
siglo v que es, a la vez, el origen de nuestra civilización se produjo un
desmantelamiento de esta gran unidad formada por el poder político y el
saber. Los tiranos griegos, impregnados de civilización oriental, trataron
de instrumentar para su provecho el desmantelamiento de esta unidad del
poder mágico-religioso que aparecía en los grandes imperios asirios. En
alguna medida también los sofistas de los siglos v y vi la utilizaron como
pudieron, en forma de lecciones retribuidas con dinero. Durante los cinco
o seis siglos que corresponden a la evolución de la Grecia arcaica
asistimos a esta larga descomposición y cuando comienza la época clásica
-Sófocles representa la fecha inicial, el punto de eclosión- se hace
perentoria la desaparición de esta unión del poder y el saber para
garantizar la supervivencia de la sociedad. A partir de este momento el
hombre del poder será el hombre de la ignorancia. Edipo nos muestra el
caso de quien por saber demasiado, nada sabía. Edipo funcionará como
hombre de poder, ciego, que no sabía y no sabía porque podía demasiado.
Así, cuando el poder es tachado de
ignorancia, inconsciencia, olvido, oscuridad, por un lado quedarán el
adivino y el filósofo en comunicación con la verdad, con las verdades
eternas de los dioses o del espíritu, y por otro estará el pueblo que, aun
cuando es absolutamente desposeído del poder, guarda en sí el recuerdo o
puede dar testimonio de la verdad. Así, para ir más allá de un poder que
se encegueció como Edipo, están los pastores que recuerdan y los adivinos
que dicen la verdad.
Occidente será dominado por el gran mito
de que la verdad nunca pertenece al poder político, de que el poder
político es ciego, de que el verdadero saber es el que se posee cuando se
está en contacto con los dioses o cuando recordamos las cosas, cuando
miramos hacia el gran sol eterno o abrimos los ojos para observar lo que
ha pasado. Con Platón se inicia un gran mito occidental: lo que de
antinómico tiene la relación entre el poder y el saber, si se posee el
saber es preciso renunciar al poder; allí donde están el saber y la
ciencia en su pura verdad jamás puede haber poder político.
¡Hay que acabar con este gran mito! Un mito que
Nietzsche comenzó a demoler al mostrar en los textos que hemos citado que
por detrás de todo saber o conocimiento lo que está en juego es una lucha
de poder. El poder político no está ausente del saber, por el contrario,
está tramado con éste. |