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Para apuntalar las tesis que estoy
exponiendo me gustaría referirme a algunas autoridades. Las gentes de
comienzos del siglo XIX —o al menos algunos de ellos— no ignoraban la
aparición de esto que yo denominé, un poco arbitrariamente pero en todo
caso como homenaje a Bentham, panoptismo. En efecto, muchos hombres de
esta época reflexionan y se plantean el problema de lo que estaba
sucediendo en su tiempo con la organización de la penalidad o la moral
estatal. Hay un autor muy importante en su época, profesor en la
Universidad de Berlín y colega de Hegel, que escribió y publicó en 1830 un
gran tratado en varios volúmenes llamado Lección sobre las prisiones.
Este autor, de nombre Giulius, cuya lectura recomiendo, dio durante varios
años un curso en Berlín sobre las prisiones y es un personaje
extraordinario que, en ciertos momentos, adquiere un hálito casi
hegeliano.
En las Lecciones sobre las prisiones
hay un pasaje que dice: «Los arquitectos modernos están descubriendo una
forma que antiguamente se desconocía. En otros tiempos —dice refiriéndose
a la civilización griega— la mayor preocupación de los arquitectos era
resolver el problema de cómo hacer posible el espectáculo de un
acontecimiento, un gesto o un individuo al mayor número posible de
personas. Es el caso —dice Giulius— del sacrificio religioso,
acontecimiento único del que ha de hacerse partícipes al mayor número
posible de personas; es también el caso del teatro que por otra parte
deriva del sacrificio, de los juegos circenses, los oradores y los
discursos. Ahora bien, este problema que se presenta en la sociedad griega
en tanto comunidad que participaba de los acontecimientos que hacían a su
unidad —sacrificios religiosos, teatro o discursos políticos— ha
continuado dominando la civilización occidental hasta la época moderna. El
problema de las iglesias es exactamente el mismo: todos los participantes
deben presenciar el sacrificio de la misa y servir de audiencia a la
palabra del sacerdote. Actualmente, continúa Giulius, el problema
fundamental para la arquitectura moderna es exactamente el inverso. Se
trata de hacer que el mayor número de personas pueda ser ofrecido como
espectáculo a un solo individuo encargado de vigilarlas.»
Al escribir esto Giulius estaba pensando
en el Panóptico, de Bentham. y, en términos generales, en la arquitectura
de las prisiones, los hospitales, las escuelas, etc. Se refería al
problema de cómo lograr no una arquitectura del espectáculo como la
griega, sino una arquitectura de la vigilancia, que haga posible que una
única mirada pueda recorrer el mayor número de rostros, cuerpos,
actitudes, la mayor cantidad posible de celdas. «Ahora bien, dice Giulius,
el surgimiento de este problema arquitectónico es un correlato de la
desaparición de una sociedad que vivía en comunidad espiritual y religiosa
y la aparición de una sociedad estatal. El Estado se presenta como una
cierta disposición espacial y social de los individuos, en la que todos
están sometidos a una única vigilancia.» Al concluir su explicación sobre
estos dos tipos de arquitectura Giulius afirma que no se trata de un
simple problema arquitectónico sino que esta diferencia es fundamental en
la historia del espíritu humano.
Giulius no fue el único que percibió en
su tiempo este fenómeno de inversión del espectáculo en vigilancia o de
nacimiento de una sociedad panóptica. Encontramos análisis parecidos en
muchos autores; citaré sólo uno de estos textos, debido a Treilhard,
consejero de estado, jurista del Imperio. Me refiero a la presentación del
Código de Instrucción Criminal de 1808. En este texto Treilhard
afirma:
«El Código de Instrucción Criminal que
por este acto presento es una auténtica novedad no sólo en la historia de
la justicia y la práctica judicial, sino también en la historia de las
sociedades humanas. En este código damos al procurador, que representa al
poder estatal o social frente a los acusados un papel completamente
nuevo».
Treilhard utiliza una metáfora: el
procurador no debe tener como única función la de perseguir a los
individuos que cometen infracciones: su tarea principal y primera ha de
ser la de vigilar a los individuos antes de que la infracción sea
cometida. El procurador no es sólo un agente de la ley que actúa cuando
ésta es violada, es ante todo una mirada, un ojo siempre abierto sobre la
población. El ojo del procurador debe transmitir las informaciones al ojo
del Procurador General, quien a su vez las transmite al gran ojo de la
vigilancia que en esa época era el Ministro de la Policía. Por último el
Ministro de la Policía transmite las informaciones al ojo de aquél que
está en la cúspide de la sociedad, el emperador, que en esa época estaba
simbolizado por un ojo. El emperador es el ojo universal que abarca la
sociedad en toda su extensión. Ojo que se vale de una serie de miradas
dispuestas en forma piramidal a partir del ojo imperial y que vigilan n
toda la sociedad. Para Treilhard y los legistas del Imperio que fundaron
el Derecho Penal francés —un derecho que desgraciadamente ha tenido mucha
influencia en todo el mundo— esta gran pirámide de miradas constituía una
nueva forma de justicia.
No analizaré aquí las instituciones en
que se actualizan estas características del panoptismo propio de la
sociedad moderna, industrial, capitalista. Quisiera simplemente captar
este panoptismo, esta vigilancia en la base, allí donde aparece menos
claramente, donde más alejado está del centro de la decisión, del poder
del Estado. Quisiera mostrar cómo es que existe este panoptismo al nivel
más simple y en el funcionamiento cotidiano de instituciones que encuadran
la vida y los cuerpos de los individuos: el panoptismo, por lo tanto, al
nivel de la existencia individual.
¿En qué consistía, y sobre todo, para
qué servía el panoptismo? Propongo una adivinanza: expondré el reglamento
de una institución que realmente existió en los años 1840-1845 en Francia,
es decir, en los inicios del período que estoy analizando; no diré si es
una fábrica, una prisión, un hospital psiquiátrico, un convento, una
escuela, un cuartel; se trata de adivinar a qué institución me estoy
refiriendo. Era una institución en la que había cuatrocientas personas
solteras que debían levantarse todas las mañanas a las cinco. A las cinco
y cincuenta habían de terminar su aseo personal, haber hecho la cama y
tomado el desayuno; a las seis comenzaba el trabajo obligatorio que
terminaba a las ocho y cuarto de la noche, con un intervalo de una hora
para comer; a las ocho y quince se rezaba una oración colectiva y se
cenaba, la vuelta a los dormitorios se producía a las nueve en punto de la
noche. El domingo era un día especial; el artículo cinco del reglamento de
esta institución decía: «Hemos de cuidar del espíritu propio del domingo,
esto es, dedicarlo al cumplimiento del deber religioso y al reposo. No
obstante, como el tedio no tardaría en convertir el domingo en un día más
agobiante que los demás días de la semana, se deberán realizar diferentes
ejercicios de modo de pasar esta jornada cristiana y alegremente». Por la
mañana ejercicios religiosos, en seguida ejercicios de lectura y de
escritura y, finalmente, las últimas horas de la mañana dedicadas a la
recreación. Por la tarde, catecismo las vísperas, y paseo después de las
cuatro siempre que no hiciese frío, de lo contrario, lectura en común. Los
ejercicios religiosos y la misa no se celebraban en la iglesia próxima
para impedir que los pensionados de este establecimiento tuviesen contacto
con el mundo exterior; así, para que ni siquiera la iglesia fuese el lugar
o el pretexto de un contacto con el mundo exterior, los servicios
religiosos tenían lugar en una capilla construida en el interior del
establecimiento. No se admitía ni siquiera a los fieles de afuera; los
pensionados sólo podían salir del establecimiento durante los paseos
dominicales, pero siempre bajo la vigilancia del personal religioso que,
además de los paseos, controlaba los dormitorios y las oficinas,
garantizando así no sólo el control laboral y moral sino también el
económico. Los pensionados no recibían sueldo sino un premio —una suma
global estipulada entre los 40 y 80 francos anuales— que sólo se entregaba
en el momento en que salían. Si era necesario que entrara una persona del
otro sexo al establecimiento por cualquier motivo, debía ser escogida con
el mayor cuidado y permanecía dentro muy poco tiempo. Los pensionados
debían guardar silencio so pena de expulsión. En general, los dos
principios organizativos básicos según el reglamento eran: los pensionados
no debían estar nunca solos, ya se encontraran en el dormitorio, la
oficina, el refectorio o el patio, y debía evitarse cualquier contacto con
el mundo exterior: dentro del establecimiento debía reinar un único
espíritu.
¿Qué institución era ésta? En el fondo,
la pregunta no tiene importancia, pues bien podría ser una institución
para hombres o mujeres, jóvenes o adultos, una prisión, un internado, una
escuela o un reformatorio, indistintamente. Como es obvio, no es un
hospital, pues hemos visto que se habla mucho del trabajo y, por lo mismo,
tampoco es un cuartel. Podría ser un hospital psiquiátrico, o incluso una
casa de tolerancia. En verdad, era simplemente una fábrica de mujeres que
existía en la región del Ródano y que reunía cuatrocientas obreras.
Habrá quien diga que éste es un ejemplo
caricaturesco, risible, una especie de utopía. Fábricas-prisiones,
fábricas-conventos, fábricas sin salario en las que se compra todo el
tiempo del obrero, una vez para siempre, por un premio anual que sólo se
recibe a la salida. Parece el sueño patronal o la realización del deseo
que el capitalista produce al nivel de su fantasía; un caso límite que
jamás existió realmente. A este comentario yo respondería, diciendo que
este sueño patronal, este «panóptico» industrial, existió en la realidad y
en gran escala a comienzos del siglo XIX. En una región situada en el
sudeste de Francia había cuarenta mil obreras textiles que trabajaban bajo
este régimen, un número que en aquel momento era sin duda considerable. El
mismo tipo de instituciones existió también en otras regiones y países
como Suiza, en particular, e Inglaterra. En alguna medida esta situación
inspiró las reformas de Owen. En los Estados Unidos había un complejo
entero de fábricas textiles organizadas según el modelo de las
fábricas-prisiones, fábricas-pensionados, fábricas-conventos.
Tratase pues de un fenómeno que tuvo en
su época una amplitud económica y demográfica muy grande, por lo que bien
podemos decir que más que fantasía fue el sueño realizado de los patrones.
En realidad, hay dos especies de utopías: las utopías proletarias
socialistas que gozan de la propiedad de no realizarse nunca, y las
utopías capitalistas que, desgraciadamente, tienden a realizarse con mucha
frecuencia. La utopía a la que me refiero, la fábrica-prisión, se realizó
efectivamente y no sólo en la industria sino en una serie de instituciones
que surgen en esta misma época y que, en el fondo, respondían a los mismos
modelos y principios de funcionamiento; instituciones de tipo pedagógico
tales como las escuelas, los orfanatos, los centros de formación;
instituciones correccionales como la prisión o el reformatorio;
instituciones que son a un tiempo correccionales y terapéuticas como el
hospital, el hospital psiquiátrico, todo eso que los norteamericanos
llaman asylums y que un historiador de los Estados Unidos ha
estudiado en un libro reciente. En este libro se intentó analizar cómo fue
que aparecieron este tipo de edificios e instituciones en los Estados
Unidos y se esparcieron por toda la sociedad occidental. El estudio ha
comenzado en los Estados Unidos pero valdría la pena contemplar la misma
situación en otros países, procurando dar la medida de su importancia,
medir su amplitud política y económica.
Vayamos un poco más lejos. No solamente
existieron estas instituciones industriales y al lado de éstas otras, sino
que además estas instituciones industriales fueron en cierto sentido
perfeccionadas, dedicándose múltiples y denodados esfuerzos para su
construcción y organización.
Sin embargo, muy pronto se vio que no
eran viables ni gobernables. Se descubrió que desde el punto de vista
económico representaban una carga muy pesada y que la estructura rígida de
estas fábricas-prisiones conducía inexorablemente a la ruina de las
empresas. Por último, desaparecieron. En efecto, al desencadenarse la
crisis de la producción que obligó a desprenderse de una determinada
cantidad de obreros, reacondicionar los sistemas productivos y adaptar el
trabajo al ritmo cada vez más acelerado de la producción, estas enormes
casas, con un número fijo de obreros y una infraestructura montada de modo
definitivo se tornaron absolutamente inútiles. Se optó por hacerlas
desaparecer, conservándose de algún modo algunas de las funciones que
desempeñaban. Se organizaron técnicas laterales o marginales para
asegurar, en el mundo industrial, las funciones de internación, reclusión
y fijación de la clase obrera que, en un comienzo, desempeñaban estas
instituciones rígidas, quiméricas, un tanto utópicas. Se tomaron algunas
medidas, tales como la creación de ciudades obreras, cajas de ahorro y
cooperativas de asistencia además de toda una serie de medios diversos por
los que se intentó fijar a la población obrera, al proletariado en
formación, en el cuerpo mismo del aparato de producción.
La siguiente es una pregunta que
necesita respuesta: ¿cuál era el objetivo de esta institución de la
reclusión en sus dos formas: la forma compacta, fuerte, que aparece a
comienzos del siglo XIX e incluso después en instituciones tales como las
escuelas, los hospitales psiquiátricos, los reformatorios, las prisiones,
etc.; y la forma blanda, difusa, como la que se encuentra en instituciones
tales como la ciudad obrera, la caja de ahorros o la cooperativa de
asistencia?
A primera vista, podría decirse que esta
reclusión moderna que aparece en el siglo XIX en las instituciones que he
mencionado, es una herencia directa de dos corrientes o tendencias que
encontramos en el siglo XVIII: la técnica francesa de internación y el
procedimiento de control de tipo inglés. En la conferencia anterior
intenté explicar cómo se originó en Inglaterra la vigilancia social en el
control ejercido por los grupos religiosos sobre sí mismos, sobre todo
entre los grupos religiosos disidentes, y cómo en Francia la vigilancia y
el control eran ejercidos por un aparato de Estado, fuertemente investido
de intereses particulares, que esgrimía como sanción principal la
internación en prisiones y otras instituciones de reclusión. Puede
decirse, en consecuencia, que la reclusión del siglo XIX es una
combinación del control moral y social nacido en Inglaterra y la
institución propiamente francesa y estatal de la reclusión en un local, un
edificio, una institución, en un espacio cerrado.
Sin embargo, el fenómeno que aparece en
el siglo XIX significa una novedad en relación con sus orígenes. En el
sistema inglés del siglo XVIII el control se ejerce por el grupo sobre un
individuo o individuos que pertenecen a este grupo. Esta era, al menos, la
situación inicial, a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII. Los
cuáqueros y los metodistas ejercían su control siempre sobre quienes
pertenecían a sus propios grupos o se encontraban en el espacio social o
económico del grupo. Sólo más tarde se produce este desplazamiento de las
instancias hacia arriba, hacia el Estado. El hecho de que un individuo
perteneciera a un grupo lo hacía pasible de vigilancia por su propio
grupo. En las instituciones que se forman en el siglo XIX la condición de
miembro de un grupo no hace a su titular pasible de vigilancia; por el
contrario, el hecho de ser un individuo indica justamente que la persona
en cuestión está situada en una institución, la cual, a su vez, había de
constituir el grupo, la colectividad que será vigiada. Se entra en la
escuela, en el hospital o en la prisión en tanto se es un individuo.
Estas, a su vez, no son formas de vigilancia del grupo al que se
pertenece, son la estructura de vigilancia que al convocar a los
individuos, al integrarlos, los constituirá secundariamente como grupo.
Vemos así cómo se establece una diferencia sustancial entre dos momentos
en la relación entre la vigilancia y el grupo.
Asimismo, en relación con el modelo
francés, la internación del siglo XIX es bastante distinta de la que se
presentaba en Francia en el siglo XVIII. En esta época, cuando se
internaba a alguien se trataba siempre de un individuo marginado en
relación con su familia, su grupo social, la comunidad a la que
pertenecía; era alguien fuera de la regla, marginado por su conducta, su
desorden, su vida irregular. La internación respondía a esta marginación
de hecho con una especie de marginación de segundo grado, de castigo. Era
como si se le dijera a un individuo: «Puesto que te has separado de tu
grupo, vamos a separarte provisoria o definitivamente de la sociedad». En
consecuencia puede decirse que en la Francia de esta época había una
reclusión de exclusión.
En nuestra época todas estas
instituciones —fábrica, escuela, hospital psiquiátrico, hospital, prisión—
no tienen por finalidad excluir sino por el contrario fijar a los
individuos. La fábrica no excluye a los individuos, los liga a un aparato
de producción. La escuela no excluye a los individuos, aun cuando los
encierra, los fija a un aparato de transmisión del saber. El hospital
psiquiátrico no excluye a los individuos, los vincula a un aparato de
corrección y normalización. Y lo mismo ocurre con el reformatorio y la
prisión. Si bien los efectos de estas instituciones son la exclusión del
individuo, su finalidad primera es fijarlos a un aparato de normalización
de los hombres. La fábrica, la escuela, la prisión o los hospitales tienen
por objetivo ligar al individuo al proceso de producción, formación o
corrección de los productores que habrá de garantizar la producción y a
sus ejecutores en función de una determinada norma.
En consecuencia es lícito oponer la
reclusión del siglo XVIII que excluye a los individuos del círculo social
a la que aparece en el siglo XIX, que tiene por función ligar a los
individuos a los aparatos de producción a partir de la formación y
corrección de los productores: trátase entonces de una inclusión por
exclusión. He aquí por qué opondré la reclusión al secuestro; la reclusión
del siglo XVIII, dirigida esencialmente a excluir a los marginales o
reforzar la marginalidad, y el secuestro del siglo XIX cuya finalidad es
la inclusión y la normalización.
Por último, existe un tercer conjunto de
diferencias en relación con el siglo XVIII que da una configuración
original a la reclusión del XIX. En la Inglaterra del siglo XVIII se daba
un proceso de control que era, en principio, claramente extraestatal e
incluso antiestatal, una especie de reacción defensiva de los grupos
religiosos frente a la dominación del Estado, por medio de la cual, estos
grupos se aseguraban su propio control. Por el contrario, en Francia había
un aparato fuertemente estatizado, al menos por su forma e instrumentos
(recuérdese la institución de la lettre-de-cachet) fórmula
absolutamente extraestatal en Inglaterra y fórmula absolutamente estatal
en Francia. En el siglo XIX aparece algo nuevo, mucho más blando y rico,
una serie de instituciones que no se puede decir con exactitud si son
estatales o extra-estatales, si forman parte o no del aparato del Estado.
En realidad, en algunos casos y según los países y las circunstancias,
algunas de estas instituciones son controladas por el aparato del Estado.
Por ejemplo en Francia el control estatal de las instituciones pedagógicas
fundamentales fue motivo de un conflicto que dio lugar a un complicado
juego político. Sin embargo, en el nivel en que yo me coloco esta cuestión
no es digna de consideración: no me parece que esta diferencia sea muy
importante. Lo verdaderamente nuevo e interesante es, en realidad, el
hecho de que el Estado y aquello que no es estatal se confunde, se
entrecruza dentro de estas instituciones. Más que instituciones estatales
o no estatales habría que hablar de red institucional de secuestro, que es
infraestatal; la diferencia entre lo que es y no es aparato del Estado no
me parece importante para el análisis de las funciones de este aparato
general de secuestro, la red de secuestro dentro de la cual está encerrada
nuestra existencia.
¿Para qué sirven esta red y estas
instituciones? Podemos caracterizar la función de las instituciones de la
siguiente manera: en primer lugar, las instituciones —pedagógicas,
médicas, penales e industriales tienen la curiosa propiedad de contemplar
el control, la responsabilidad, sobre la totalidad o la casi totalidad del
tiempo de los individuos: son, por lo tanto, unas instituciones que se
encargan en cierta manera de toda la dimensión temporal de la vida de los
individuos.
Con respecto a esto creo que es lícito
oponer la sociedad moderna a la sociedad feudal. En la sociedad feudal y
en muchas de esas sociedades que los etnólogos llaman primitivas, el
control de los individuos se realiza fundamentalmente a partir de la
inserción local, por el hecho de que pertenecen a un determinado lugar. El
poder feudal se ejerce sobre los hombres en la medida en que pertenecen a
cierta tierra: la inscripción geográfica es un medio de ejercicio del
poder. En efecto, la inscripción de los hombres equivale a una
localización. Por el contrario, la sociedad moderna que se forma a
comienzos del siglo XIX es, en el fondo, indiferente o relativamente
indiferente a la pertenencia espacial de los individuos, no se interesa en
absoluto por el control espacial de éstos en el sentido de asignarles la
pertenencia de una tierra, a un lugar, sino simplemente en tanto tiene
necesidad de que los hombres coloquen su tiempo a disposición de ella. Es
preciso que el tiempo de los hombres se ajuste al aparato de producción,
que éste pueda utilizar el tiempo de vida, el tiempo de existencia de los
hombres. Este es el sentido y la función del control que se ejerce. Dos
son las cosas necesarias para la formación de la sociedad industrial: por
una parte es preciso que el tiempo de los hombres sea llevado al mercado y
ofrecido a los compradores quienes, a su vez, lo cambiarán por un salario;
y por otra parte es preciso que se transforme en tiempo de trabajo. A ello
se debe que encontremos el problema de las técnicas de explotación máxima
del tiempo en toda una serie de instituciones.
Recuérdese el ejemplo que he referido,
en él se encuentra este fenómeno en su forma más compacta, en estado puro.
Una institución compra de una vez para siempre y por el precio de un
premio el tiempo exhaustivo de la vida de los trabajadores, de la mañana a
la noche y de la noche a la mañana. El mismo fenómeno se encuentra en
otras instituciones: en las instituciones pedagógicas cerradas que se
abrirán poco a poco con el transcurso del siglo, en !os reformatorios, los
orfanatos y las prisiones. Tenemos además algunas formas difusas surgidas,
en particular, a partir del momento en que se vio que no era posible
administrar aquellas fábricas-prisiones y hubo de volverse a un tipo de
trabajo convencional en que las personas llegan por la mañana, trabajan, y
dejan el trabajo al caer la noche. Vemos entonces cómo se multiplican las
instituciones en que el tiempo de las personas está controlado, aunque no
se lo explote efectivamente en su totalidad, para convertirse en tiempo de
trabajo.
A lo largo del siglo XIX se dictan una
serie de medidas con vistas a suprimir las fiestas y disminuir el tiempo
de descanso; una técnica muy sutil se elabora durante este siglo para
controlar la economía de los obreros. Por una parte, para que la economía
tuviese la necesaria flexibilidad era preciso que en épocas críticas se
pudiese despedir a los individuos; pero por otra parte, para que los
obreros pudiesen recomenzar el trabajo al cabo de este necesario período
de desempleo y no muriesen de hambre por falta de ingresos, era preciso
asegurarles unas reservas. A esto se debe el aumento de salarios que se
esboza claramente en Inglaterra en los años 40 y en Francia en la década
siguiente. Pero, una vez asegurado que los obreros tendrán dinero hay que
cuidar de que no utilicen sus ahorros antes del momento en que queden
desocupados. Los obreros no deben utilizar sus economías cuando les
parezca, por ejemplo, para hacer una huelga o celebrar fiestas. Surge
entonces la necesidad de controlar las economías del obrero y de ahí la
creación, en la década de 1820 y sobre todo, a partir de los años 40 y 50
de las cajas de ahorro y las cooperativas de asistencia, etc., que
permiten drenar las economías de los obreros y controlar la manera en que
son utilizadas. De este modo el tiempo del obrero, no sólo el tiempo de su
día laboral, sino el de su vida entera, podrá efectivamente ser utilizado
de la mejor manera posible por el aparato de producción. Y es así que a
través de estas instituciones aparentemente encaminadas a brindar
protección y seguridad se establece un mecanismo por el que todo el tiempo
de la existencia humana es puesto a disposición de un mercado de trabajo y
de las exigencias del trabajo. La primera función de estas instituciones
de secuestro es la explotación de la totalidad del tiempo. Podría
mostrarse, igualmente, cómo el mecanismo del consumo y la publicidad
ejercen este control general del tiempo en los países desarrollados.
La segunda función de las instituciones
de secuestro no consiste ya en controlar el tiempo de los individuos sino,
simplemente, sus cuerpos. Hay algo muy curioso en estas instituciones y es
que, si aparentemente son todas especializadas —las fábricas están hechas
para producir; los hospitales, psiquiátricos o no, para curar; las
escuelas para enseñar; las prisiones para castigar— su funcionamiento
supone una disciplina general de la existencia que supera ampliamente las
finalidades para las que fueron creadas. Resulta muy curioso observar, por
ejemplo, cómo la inmoralidad (la inmoralidad sexual) fue un problema
considerable para los patrones de las fábricas en los comienzos del siglo
XIX. Y esto no sólo en función de los problemas de natalidad, que entonces
se controlaba muy mal, al menos a nivel de la incidencia demográfica: es
que la patronal no soportaba el libertinaje obrero, la sexualidad obrera.
Resulta sintomático que en los hospitales, psiquiátricos o no, que han
sido concebidos para curar,' el comportamiento sexual, la actividad sexual
esté prohibida. Pueden invocarse razones de higiene, no obstante, estas
razones son marginales en relación con una especie de decisión general,
fundamental, universal de que un hospital, psiquiátrico o no, debe
encargarse no sólo de la función particular que ejerce sobre los
individuos sino también de la totalidad de su existencia. ¿Por qué razón
no sólo se enseña a leer en las escuelas sino que además se obliga a las
personas a lavarse? Hay aquí una suerte de polimorfismo, polivalencia,
indiscreción, no discreción, de sincretismo de esta función de control de
la existencia.
Pero si analizamos de cerca las razones
por las que toda la existencia de los individuos está controlada por estas
instituciones veríamos que, en el fondo, se trata no sólo de una
apropiación o una explotación de la máxima cantidad de tiempo, sino
también de controlar, formar, valorizar, según un determinado sistema, el
cuerpo del individuo. Si hiciéramos una historia de control social del
cuerpo podríamos mostrar que incluso hasta el siglo XVIII el cuerpo de los
individuos es fundamentalmente la superficie de inscripción de suplicios y
penas; el cuerpo había sido hecho para ser atormentado y castigado. Ya en
las instancias de control que surgen en el siglo XIX el cuerpo adquiere
una significación totalmente diferente y deja de ser aquello que debe ser
atormentado para convertirse en algo que ha de ser formado, reformado,
corregido, en un cuerpo que debe adquirir aptitudes, recibir ciertas
cualidades, calificarse como cuerpo capaz de trabajar. Vemos aparecer así,
claramente, la segunda función. La primera función del secuestro era
explotar el tiempo de tal modo que el tiempo de los hombres, el vital, se
transformase en tiempo de trabajo. La segunda función consiste en hacer
que el cuerpo de los hombres se convierta en fuerza de trabajo. La función
de transformación del cuerpo en fuerza de trabajo responde a la función de
transformación del tiempo en tiempo de trabajo.
La tercera función de estas
instituciones de secuestros consiste en la creación de un nuevo y curioso
tipo de poder. ¿Cuál es la forma de poder que se ejerce en estas
instituciones? Un poder polimorfo, polivalente. En algunos casos hay por
un lado un poder económico: en una fábrica el poder económico ofrece un
salario a cambio de un tiempo de trabajo en un aparato de producción que
pertenece al propietario. Además de éste existe un poder económico de otro
tipo: el carácter pago del tratamiento en ciertas instituciones
hospitalarias. Pero, por otro lado, en todas estas instituciones hay un
poder que no es sólo económico sino también político. Las personas que
dirigen esas instituciones se arrogan el derecho de dar órdenes,
establecer reglamentos, tomar medidas, expulsar a algunos individuos y
aceptar a otros, etc. En tercer lugar, este mismo poder, político y
económico, es también judicial. En estas instituciones no sólo se dan
órdenes, se toman decisiones y se garantizan funciones tales como la
producción o el aprendizaje, también se tiene el derecho de castigar y
recompensar, o de hacer comparecer ante instancias de enjuiciamiento. El
micro-poder que funciona en el interior de estas instituciones es al mismo
tiempo un poder judicial.
Resulta sorprendente comprobar lo que
ocurre en las prisiones, a donde se envía a los individuos que han sido
juzgados por un tribunal pero que, no obstante ello, caen bajo la
observación de un microtribunal permanente, constituido por los guardianes
y el director de la prisión que, día y noche, los castigan según su
comportamiento. El sistema escolar se basa también en una especie de poder
judicial: todo el tiempo se castiga y se recompensa, se evalúa, se
clasifica, se dice quién es el mejor y quién el peor. Poder judicial que,
en consecuencia, duplica el modelo del poder judicial. ¿Por qué razón,
para enseñar algo a alguien, ha de castigarse o recompensarse? El sistema
parece evidente pero si reflexionamos veremos que la evidencia se
disuelve; leyendo a Nietzsche vemos que puede concebirse un sistema de
transmisión del saber que no se coloque en el seno de un aparato
sistemático de poder judicial, político o económico.
Por último, hay una cuarta
característica del poder. Poder que de algún modo atraviesa y anima a
estos otros poderes. Trátase de un poder epistemológico, poder de extraer
un saber de y sobre estos individuos ya sometidos a la observación y
controlados por estos diferentes poderes. Esto se da de dos maneras. Por
ejemplo, en una institución como la fábrica el trabajo del obrero y el
saber que éste desarrolla acerca de su propio trabajo, los adelantos
técnicos, las pequeñas invenciones y descubrimientos, las
micro-adaptaciones que puede hacer en el curso de su trabajo, son
inmediatamente anotadas y registradas y, por consiguiente, extraídas de su
práctica por el poder que se ejerce sobre él a través de la vigilancia.
Así, poco a poco. el trabajo del obrero es asumido por cierto saber de la
productividad, saber técnico de la producción que permitirá un refuerzo
del control. Comprobamos de esta manera cómo se forma un saber extraído de
los individuos mismos a partir de su propio comportamiento.
Además de éste hay un segundo saber que
se forma de la observación y clasificación de los individuos, del
registro, análisis y comparación de sus comportamientos. Al lado de este
saber tecnológico propio de todas las instituciones de secuestro, nace un
saber de observación, de algún modo clínico, el de la psiquiatría, la
psicología, la psico-sociología, la criminología, etc.
Los individuos sobre los que se ejerce
el poder pueden ser el lugar de donde se extrae el saber que ellos mismos
forman y que será retranscrito y acumulado según nuevas normas; o bien
pueden ser objetos de un saber que permitirá a su vez nuevas formas de
control.
Por ejemplo, hay un saber psiquiátrico
que nació y se desarrolló hasta Freud, quien produjo la primera ruptura.
El saber psiquiátrico se formó a partir de un campo de observación
ejercida práctica y exclusivamente por los médicos que detentaban el poder
en un campo institucional cerrado: el asilo u hospital psiquiátrico. La
pedagogía se constituyó igualmente a partir de las adaptaciones mismas del
niño a las tareas escolares, adaptaciones que, observadas y extraídas de
su comportamiento, se convirtieron en seguida en leyes de funcionamiento
de las instituciones y forma de poder ejercido sobre él.
En esta tercera función de las
instituciones de secuestro a través de los juegos de poder y saber —poder
múltiple y saber que interfiere y se ejerce simultáneamente en estas
instituciones— tenemos la transformación de la fuerza del tiempo y la
fuerza de trabajo y su integración en la producción. Que el tiempo de la
vida se convierta en tiempo de trabajo, que éste a su vez se transforme en
fuerza de trabajo y que la fuerza de trabajo pase a ser fuerza productiva;
todo esto es posible por el juego de una serie de instituciones que,
esquemática y globalmente, se definen como instituciones de secuestro.
Creo que cuando examinamos de cerca a estas instituciones de secuestro nos
encontramos siempre con un tipo de envoltura general, un gran mecanismo de
transformación, cualquiera sea el punto de inserción o de aplicación
particular de estas instituciones: cómo hacer del tiempo y el cuerpo de
los hombres, de su vida, fuerza productiva. El secuestro asegura este
conjunto de mecanismos.
Para terminar, desarrollaré
precipitadamente algunas conclusiones. En primer lugar creo que este
análisis permite explicar la aparición de la prisión, una institución que,
como hemos visto, resulta ser bastante enigmática. ¿Cómo es posible que
partiendo de una teoría del Derecho Penal como la de Beccaria pueda
llegarse a algo tan paradójico como la prisión? ¿Cómo pudo imponerse una
institución tan paradójica y llena de inconvenientes a un derecho penal
que, en apariencia, era rigurosamente racional? ¿Cómo pudo imponerse un
proyecto de prisión correctiva a la racionalidad legalista de Beccaria? En
mi opinión, la prisión se impuso simplemente porque era la forma
concentrada, ejemplar, simbólica, de todas estas instituciones de
secuestro creadas en el siglo XIX. De hecho, la prisión es isomorfa a
todas estas instituciones. En el gran panoptismo social cuya función es
precisamente la transformación de la vida de los hombres en fuerza
productiva, la prisión cumple un papel mucho más simbólico y ejemplar que
económico, penal o correctivo. La prisión es la imagen de la sociedad, su
imagen invertida, una imagen transformada en amenaza. La prisión emite dos
discursos: «He aquí lo que la sociedad es; vosotros no podéis criticarme
puesto que yo hago únicamente aquello que os hacen diariamente en la
fábrica, en la escuela, etc. Yo soy pues, inocente, soy apenas una
expresión de un consenso social». En la teoría de la penalidad o la
criminología se encuentra precisamente esto, la idea de que la prisión no
es una ruptura con lo que sucede todos los días. Pero al mismo tiempo la
prisión emite otro discurso: «La mejor prueba de que vosotros no estáis en
prisión es que yo existo como institución particular separada de las
demás, destinada sólo a quienes cometieron una falta contra la ley».
Así, la prisión se absuelve de ser tal
porque se asemeja al resto y al mismo tiempo absuelve a las demás
instituciones de ser prisiones porque se presenta como válida únicamente
para quienes cometieron una falta. Esta ambigüedad en la posición de la
prisión me parece que explica su increíble éxito, su carácter casi
evidente, la facilidad con que se la aceptó a pesar de que, desde su
aparición en la época en que se desarrollaron los grandes penales de 1817
a 1830, todo el mundo sabía cuáles eran sus inconvenientes y su carácter
funesto y dañino. Esta es la razón por la que la prisión puede incluirse y
se incluye de hecho en la pirámide de los panoptismos sociales.
La segunda conclusión es más polémica.
Alguien dijo: la esencia completa del hombre es el trabajo. En verdad esta
tesis ha sido enunciada por muchos: la encontramos en Hegel, en los
post-hegelianos, y también en Marx, en todo caso en el Marx de cierto
período, diría Althusser; como yo no me intereso por los autores sino por
el funcionamiento de los enunciados poco importa quién lo dijo o cuándo.
Lo que yo quisiera que quedara en claro es que el trabajo no es en
absoluto la esencia concreta del hombre o la existencia del hombre en su
forma concreta. Para que los hombres sean efectivamente colocados en el
trabajo y ligados a él es necesaria una operación o una serie de
operaciones complejas por las que los hombres se encuentran realmente, no
de una manera analítica sino sintética, vinculados al aparato de
producción para el que trabajan. Para que la esencia del hombre pueda
representarse como trabajo se necesita la operación o la síntesis operada
por un poder político.
Por lo tanto, creo que no puede
admitirse pura y simplemente el análisis tradicional del marxismo que
supone que, siendo el trabajo la esencia concreta del hombre, el sistema
capitalista es el que transforma este trabajo en ganancia, plus-ganancia o
plus-valor. En efecto, el sistema capitalista penetra mucho más
profundamente en nuestra existencia. Tal como se instauró en el siglo XIX,
este régimen se vio obligado a elaborar un conjunto de técnicas políticas,
técnicas de poder, por las que el hombre se encuentra ligado al trabajo,
por las que el cuerpo y el tiempo de los hombres se convierten en tiempo
de trabajo y fuerza de trabajo y pueden ser efectivamente utilizados para
transformarse en plus-ganancia. Pero para que haya plus-ganancia es
preciso que haya sub-poder, es preciso que al nivel de la existencia del
hombre se haya establecido una trama de poder político microscópico,
capilar, capaz de fijar a los hombres al aparato de producción, haciendo
de ellos agentes productivos, trabajadores. La ligazón del hombre con el
trabajo es sintética, política; es una ligazón operada por el poder. No
hay plus-ganancia sin sub-poder. Cuando hablo de sub-poder me refiero a
ese poder que se ha descrito y no me refiero al que tradicionalmente se
conoce como poder político: no se trata de un aparato de Estado ni de la
clase en el poder, sino del conjunto de pequeños poderes e instituciones
situadas en un nivel más bajo. Hasta ahora he intentado hacer el análisis
del sub-poder como condición de posibilidad de la plus-ganancia.
La última conclusión es que este sub-poder,
condición de la plus-ganancia provocó al establecerse y entrar en
funcionamiento el nacimiento de una serie de saberes —saber del individuo,
de la normalización, saber correctivo— que se multiplicaron en estas
instituciones del sub-poder haciendo que surgieran las llamadas ciencias
humanas y el hombre como objeto de la ciencia.
Puede verse así, cómo es que la descripción de la
plus-ganancia implica necesariamente el cuestionamiento y el ataque al sub-poder
y cómo se vincula éste forzosamente al cuestionamiento de las ciencias
humanas y del hombre como objeto privilegiado v fundamental de un tipo de
saber. Puede verse también —si mi análisis es correcto— que no podemos
colocar a las ciencias del hombre al nivel de una ideología que es mero
reflejo y expresión en la conciencia de las relaciones de producción. Si
es verdad lo que digo, ni estos saberes ni estas formas de poder están por
encima de las relaciones de producción. no las expresan y tampoco permiten
reconducirlas. Estos saberes y estos poderes están firmemente arraigados
no sólo en la existencia de los hombres sino también en las relaciones de
producción. Esto es así porque para que existan las relaciones de
producción que caracterizan a las sociedades capitalistas, es preciso que
existan, además de ciertas determinaciones económicas, estas relaciones de
poder y estas formas de funcionamiento de saber. Poder y saber están
sólidamente enraizados, no se superponen a las relaciones de producción
pero están mucho más arraigados en aquello que las constituye. Llegamos
así a la conclusión de que la llamada ideología debe ser revisada. La
indagación y el examen son precisamente formas de saber-poder que
funcionan al nivel de la apropiación de bienes en la sociedad feudal y al
nivel de la producción y la constitución de la plus ganancia capitalista.
Este es el nivel fundamental en que se sitúan las formas de saber-poder
tales como la indagación y el examen. |