Cargando


 

Avizora Atajo Publicaciones

Biografías críticas

Biografías

Derecho. Ciencias Jurídicas
Doctrina Monroe

Ir al catálogo de monografías
y textos sobre otros temas

Glosarios - Biografías
Textos históricos

ENLACES RECOMENDADOS:

- ¿Qué es la OTAN/NATO?
- James Monroe
- Glosario Jurídico

- Acerca de la reincidencia
- Análisis Institucional del Ciberespacio

 

Google

Avizora - Atajo Google

090411 - Rocío Casanueva de Diego -

. Algunas menciones a la Doctrina de Monroe

La Doctrina Monroe es sin duda uno de los grandes temas de la historia de las Relaciones Internacionales del continente americano. Originalmente fue parte del mensaje anual del presidente norteamericano James Monroe al Congreso de los Estados Unidos del 2 de diciembre de 1823; con el tiempo se convirtió en parte fundamental de la política exterior norteamericana.

Mucho de su significado descansa en el hecho de que su esencia fue por más de cien años una parte integral del pensamiento norteamericano.1 El mensaje articuló ideas ya bien establecidas en la política exterior de los Estados Unidos. La idea de la separación geográfica, política, económica y social del Nuevo Mundo con respecto al Viejo, destacando los diferentes intereses americanos, datan de antes de la independencia norteamericana; los principios de Monroe complementaron el arraigado aislacionismo (Krieger 1993).

Sin embargo, la declaración de Monroe fue ignorada en gran medida como una guía política durante gran parte del siglo XIX, período de debilidad militar y preocupaciones internas en los Estados Unidos. No sería hasta finales de dicho siglo, con el posicionamiento de Norteamérica con el status de gran potencia, cuando la Doctrina Monroe se convierte en la piedra angular de la política exterior norteamericana.

Este artículo tiene como propósito describir el contexto histórico en el que nace la que será conocida como Doctrina Monroe, la situación a la que responde y su muy arbitraria aplicación durante el siglo XIX.

En 1815 Napoleón Bonaparte es definitivamente derrotado por una alianza de potencias europeas entre las que destacan Inglaterra, Rusia, Prusia y Austria. A consecuencia de estos eventos, se reúnen los vencedores en un congreso, en la capital del imperio austriaco, para Restaurar la Europa pre revolucionaria y firmar la Paz de Viena. Es a partir de entonces que los Estados Unidos deciden volver la espalda al Atlántico, manifestando abiertamente su rechazo hacia las políticas europeas (Eliot, et al 1980).

Por su parte, los europeos establecerán un nuevo sistema de congresos que garantizaría la paz en el continente; se trataba de un procedimiento colectivo para resolver problemas y garantizar la aplicación de acuerdos (Pereira 2001). Este Sistema de Congresos empieza a funcionar en 1818. En el cuarto de ellos, celebrado en Verona -de octubre a noviembre de 1822- España será el tema prioritario por haber triunfado en este país un gobierno liberal, la mayor amenaza a los ojos de los líderes de la Restauración. Francia está decidida a intervenir para derrocarlo y obtiene el apoyo de las demás potencias, a excepción de la Gran Bretaña que se opone radicalmente. En el acta final del Congreso de Verona se aprueba la intervención armada de Francia en nombre de la Alianza. Como resultado de estas acciones, el 7 de abril de 1823 Fernando VII es restituido como monarca absoluto.

Inglaterra verá con temor estos acontecimientos; las potencias de la Santa Alianza podrían apoyar a España en la recuperación de sus colonias en América, envueltas por entonces en guerras de independencia. Esto perjudicaría el rentable comercio que los británicos habían establecido con ellas desde el inicio del proceso independentista (Pereira 2001). Por ello, ofrecen a Estados Unidos la elaboración de una declaración conjunta de oposición contra la intervención europea en América.

Al mismo tiempo, Rusia estaba haciendo avanzar sus puestos comerciales desde Alaska, hacia el Sur, hasta la bahía de San Francisco. En Septiembre de 1821, el zar Alejandro I emitió un úkase por el cual extendía Alaska hasta la latitud 51° N, muy adentro de la zona de Óregon, y declaraba mare clausum desde ahí hasta el estrecho de Bering. (Eliot, et al 1980)

Si bien los norteamericanos se negaron a aceptar la fórmula de una declaración conjunta con Inglaterra, el día 2 de diciembre de 1823, James Monroe, presidente de los Estados Unidos, presenta en su discurso anual algunos pasajes sobre relaciones exteriores que dejarán clara la posición de los Estados Unidos en política exterior. Resumiendo la Doctrina en las palabras del presidente:

a) "Los continentes americanos... no podrán considerarse ya como campo de futura colonización por ninguna potencia europea."

b) "El sistema político de las potencias aliadas es esencialmente distinto... del de los Estados Unidos de América. Considerando todo intento de su parte por extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad."

c) "No nos hemos entrometido ni hemos de entrometernos con las actuales colonias o dependencias de ninguna potencia europea."

d) "Nunca hemos intervenido en las guerras de las potencias europeas sobre cuestiones concernientes a ellas, ni se aviene a nuestra política hacerlo."(Eliot, et Al 1980, 239)

"América para los americanos" es el lema que, para muchos, resume los principios de Monroe. Aunque el discurso fue bien acogido por la opinión pública, fueron pocas las personas que apreciaron su verdadero significado.

Los motivos por los cuales los Estados Unidos rechazaron la propuesta británica de una declaración conjunta, dejan clara su significación: si bien esta negativa se debió en parte a que los norteamericanos querían evitar echar todo el peso de los Estados Unidos en la balanza del poder británico (que era precisamente lo que buscaban los ingleses), mucho más importante fue que Canning, ministro inglés, proponía que ambos bandos se comprometieran a no adquirir ninguna parte de la América española. Tal compromiso podría resultar un inconveniente en caso de que Cuba, aún española, votara por unirse a los Estados Unidos (Eliot, et Al 1980). En otras palabras, Inglaterra podría pretender frenar el expansionismo norteamericano (Renouvin 1998).

En efecto, desde sus inicios los Estados Unidos buscaron la expansión en el continente americano "con extraordinaria fijeza de propósito". Antes de terminar el siglo XVIII habían firmado una serie de tratados para fijar los límites con Canadá y la Florida en su favor; habían abierto el río Mississippi al comercio norteamericano y empezaron a establecer intereses comerciales en las Indias Occidentales británicas. Esta primera etapa culminó en 1803 con la compra a Francia de la Louisiana, que dio a la joven nación un inmenso territorio sin fronteras definidas al oeste del Mississippi, así como reclamaciones de territorios españoles de Florida y de Texas.2 La expansión territorial a través de la América del Norte, particularmente su avance hacia el Oeste, era considerada un asunto exclusivamente interno, y no una cuestión de política exterior. Era considerada "Destino Manifiesto" (Eliot, et al 1980). Como consecuencia, durante el siglo XIX, la política exterior de los Estados Unidos fue básicamente natural: realizar el Destino Manifiesto del país, y evitar mantenerse libres de compromisos en ultramar. (Eliot, et al 1980)
 

Así, ante la amenaza de una posible incursión de la Santa Alianza en América, la Doctrina Monroe convertía en un foso protector al océano Atlántico. Si hasta entonces, la regla fundamental de la política exterior norteamericana había sido que los Estados Unidos no se dejarían enredar en las luchas europeas por el poder, la Doctrina Monroe daba el siguiente paso al declarar que Europa no debía inmiscuirse en los asuntos de América. "Y la idea de Monroe de lo que constituía los asuntos americanos de todo el hemisferio occidental era realmente expansiva." (Eliot, et al 1980)

Además, esta doctrina anunciaba audazmente que los Estados Unidos estarían incluso dispuestos a ir a la guerra para sostener la inviolabilidad del continente americano porque considerarían toda extensión del poder europeo, en cualquier parte del hemisferio, una amenaza para la paz y la seguridad.

De esta manera era como los Estados Unidos daban la espalda a Europa y se otorgaban la libertad de extenderse por el continente. Así, la nueva nación, al amparo de la doctrina Monroe, podía aplicar políticas muy cercanas a las de los monarcas europeos de su tiempo: extender su comercio y su influencia, anexarse territorios y, en suma, convertirse en una gran potencia. Es también de notar que "Nunca chocaron el afán de expansión de los Estados Unidos y su creencia de que constituían un país más puro y de mejores principios que ninguno de Europa. Como no consideraban política exterior su expansión, los Estados Unidos pudieron valerse de su fuerza para imponerse -sobre los indios, sobre México y en Texas- y hacerlo con la conciencia tranquila. En pocas palabras, la política exterior de los Estados Unidos consistiría en no tener política exterior." (Eliot, et al 1980)

No obstante el carácter unilateral de las declaraciones del entonces presidente Monroe, los ingleses ofrecieron su apoyo a la doctrina con los cañones de la Marina Real. A pesar de que era una clara advertencia a las potencias europeas para que se mantuviesen fuera de América, el mensaje no era para ellos; su respuesta fue apoyar una causa que a ellos también les beneficiaba. De hecho, era la Marina Real británica la que protegía a los Estados Unidos contra ataques de potencias europeas. Así es, a pesar de su creciente poder en la escena internacional, particularmente en la regional, los Estados Unidos comenzaron a construir su armada hasta 1880.3

Aunque la Gran Bretaña servía como protectora de los Estados Unidos -el cordón sanitario impuesto por la marina británica fue mucho más efectivo que la Doctrina Monroe para separar el Viejo Mundo del Nuevo- (Kennedy 1992), los norteamericanos no la consideraban así; al contrario, era para ellos el mayor desafío a sus intereses y la única amenaza a su prosperidad futura. Sin embargo, la guerra entre ambos países era muy poco probable: la exportación de capital y artículos manufacturados británicos a Norteamérica y la importación por Gran Bretaña de materias primas estadounidenses (especialmente algodón) unían más que nunca a las dos economías (Kennedy 1992). Además, los Estados Unidos estaban seguros de que, en caso de crisis, podrían contar con la potencia europea ya que sus intereses eran idénticos a los de ellos y su potencia naval bastaría para impedir cualquier tentativa de intervención (Renouvin 1998). A pesar de todo esto, no es de sorprender que, en los últimos años del siglo XIX, cuando los norteamericanos empezaron a inclinar la balanza de poder a su favor (al menos en el continente americano), se propusieron anular la influencia británica invocando precisamente la Doctrina Monroe (Kissinger 1994). A partir de 1897, los Estados Unidos comenzaron a desplazar a la influencia inglesa del área del Caribe y del norte de Sudamérica (Boesner 1982).

La primera aplicación clara y directa de la Doctrina Monroe la encontramos en la anexión de Texas a los Estados Unidos. Polk fue el primer presidente que apeló a los principios de Monroe, dándoles tal nombre. Efectivamente, justificó los hechos utilizando como argumento el peligro que significaba para los Estados Unidos el que el Estado independiente de Texas se aliara o se convirtiera en la dependencia de una nación extranjera más poderosa, convirtiéndose así en una amenaza para la seguridad norteamericana.

Sin embargo, el mismo presidente Polk adopta una actitud muy diferente en relación con los acontecimientos en la desembocadura del Río de la Plata, en donde Francia y Gran Bretaña establecieron un plan conjunto de intervención armada. Polk distingue entre una iniciativa europea, cuyo objetivo fuese una expansión territorial, y la que atentara a la soberanía de un Estado americano. En el primer caso, los Estados Unidos harían todo lo posible para impedirlo; en el segundo, no permanecerían indiferentes. Con esta distinción, el presidente norteamericano limitaba, implícitamente, el campo de aplicación de la Doctrina Monroe a las regiones en que la Unión poseía intereses vitales (Renouvin 1998). Esto explica por qué, a lo largo del siglo XIX, hubo muchas contravenciones de la Doctrina Monroe que suscitaron poca o ninguna reacción estadounidense, pese incluso a que los países afectados solicitaron su intervención invocando esta doctrina. Como ejemplos podemos mencionar cuando Gran Bretaña extendió sus posesiones en Belice e islas de la Bahía (1830, 1840-41, 1852); cuando ocupó las islas Malvinas (1833); cuando consolidó su protectorado en Mosquitia, el río San Juan y la isla del Tigre en Nicaragua (1835-1849); cuando intervino junto con Francia en la región del Río de la Plata (1838-1850), buscando imponer la libertad de navegación y comercio contra la oposición del dictador argentino Juan Manuel Rosas y cuando Francia ocupó Veracruz (1838) (Boesner 1982).

La Guerra de Secesión ofreció a Europa la posibilidad de volver a desempeñar un papel activo en el continente americano. La aplicación de la doctrina Monroe se hallaba en suspenso, e incluso la existencia de los Estados Unidos como tal estaba amenazada. Pruebas de ello son, por una parte la intervención francesa en México y la imposición de Maximiliano como emperador para favorecer el establecimiento de una zona de influencia, (tan anhelada por Napoleón III) en dicho territorio (Renouvin 1998).Y por otra, la ocupación española en tierra dominicana en el año de 1861. Para entonces los Estados Unidos ya se encontraban en plena crisis secesionista y estaban en mala postura para invocar la Doctrina Monroe (Boesner 1982).

Si durante la Guerra de Secesión, se interrumpió el interés expansionista, no sería por mucho tiempo. En 1868 el presidente Andrew Johnson justificó nuevamente la expansión por medio de la Doctrina Monroe, esta vez con la compra de Alaska al zar de Rusia.

Algunos años después, de conformidad con la idea de que el Caribe y Centroamérica formaban parte de la esfera de influencia exclusiva de los Estados Unidos, el presidente Rutherford Hayes enunció en el año 1889 un corolario a la Doctrina Monroe: "Para evitar la injerencia de imperialismos extra continentales en América, los Estados Unidos debían ejercer el control exclusivo sobre cualquier canal interoceánico que se construyese." (Boesner 1982, 201-202). Dejaban así las bases de la posterior apropiación del canal de Panamá.

A partir de la década de 1880, el vertiginoso crecimiento del capitalismo norteamericano provocó que los monopolistas triunfantes miraran más allá de las fronteras de su propio país, influyendo sus ideas expansionistas en la política de Washington y en el pensamiento de los norteamericanos, educados en el espíritu del Destino Manifiesto y de la Doctrina Monroe, interpretándola como un llamado para que los Estados Unidos asumieran la protección y el control de las naciones más débiles. La corriente general del espíritu nacional estadounidense se inclinaba hacia una política imperialista (Boesner 1982). La Doctrina Monroe y su aplicación en el continente, en donde la amenaza europea había quedado en el pasado, se adaptará a los nuevos objetivos, pero eso ya pertenece a la historia del siglo XX.

Retomando lo escrito hasta aquí, podemos concluir que, durante el siglo XIX, la defensa de los principios que estableciera el presidente Monroe dependieron mucho más de los intereses de la Gran Bretaña y de su poderosa armada. Estos principios originalmente fueron una declaración de autodefensa y de afirmación del principio de seguridad nacional. Eran una justificación y defensa del expansionismo de los Estados Unidos, objetivo fundamental del Destino Manifiesto. Esta política expansionista, además, no formaba parte de su política exterior ya que era considerada un asunto exclusivamente interno. La doctrina Monroe, por otra parte, fue lo suficientemente maleable para ajustarse a las necesidades del presidente que la utilizaba. Sus principios también fueron defendidos arbitrariamente dependiendo siempre de los intereses norteamericanos en el continente.

Si bien se puede discutir que en sus orígenes este mensaje fuera una mera declaración o que ya la intervención europea había sido conjurada por la amenaza de la armada inglesa, en lo que no cabe duda, y probablemente en esto radique la importancia de la Doctrina Monroe, es que se propuso, y consiguió, levantar la bandera de la política exterior norteamericana ante el mundo, y plantarla tan firmemente en la conciencia nacional norteamericana, que ningún presidente posterior se atreviese a arriarla (Eliot, et al 1980).

NOTAS:

1. Reading in American Foreign Policy, American foundation for political education, Chicago, 1953.

2. Napoleón Bonaparte buscaba, con esta venta unilateral, afirmar el poder de los Estados Unidos y darle con ello a Inglaterra un rival marítimo que abatiera su orgullo. Kissinger Henry, La Diplomacia, Fondo de Cultura Económica, 1994

3. La armada que tuvieron hasta entonces era tan pequeña como la de Chile o Brasil.

BIBLIOGRAFÍA:

Krieger Joel, The Oxford Companion to Politics of the World, Oxford University Press, NewYork, 1993

Eliot Morison Samuel, et. Al. Breve Historia de los Estados Unidos, Fondo de Cultura Económica, 1980

Pereira Juan Carlos (coord..) . Historia de las Relaciones Internacionales Contemporáneas, Ariel, 2001

Renouvin, Historia de las relaciones internacionales, Akal Ediciones, Madrid, 1998.

Kennedy, Paul, Auge y caída de las grandes ptencias, Plaza & Janés, Barcelona, 1992

Boersner Demetrio, Relaciones Internacionales de América Latina, editorial Nueva Imagen, México, 1982

Rocío Casanueva de Diego es Licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Iberoamericana. Actualmente cursa la Maestría en Historia en la misma Institución. Es académica del Departamento de Estudios Internacionales en la Universidad Iberoamericana desde 1996. Imparte las materias de Historia de las Relaciones.


Algunas menciones a la Doctrina de Monroe ordenadas cronológicamente: (Filosofía.org)

1858 «Una de las grandes desgracias de nuestra época es la imposibilidad en que los hombres de Estado se hallan para elevarse sobre las cuestiones políticas, comerciales, industriales o rentísticas y juzgar las ilimitadas consecuencias que en lo futuro puede producir el triunfo de los Estados Unidos y de la doctrina de Monroe. Por lo tanto, urgen en gran manera la alianza entre las razas latinas del antiguo y del nuevo Mundo...» [Carta a Napoleón III sobre la influencia francesa en América], El Clamor Público, Los Ángeles, 19 marzo 1859.

1859 «De todos los absurdos políticos que jamás hayan tenido voga en este país (y nosotros, como otros países, hemos tenido una buena dosis de tales absurdos), ninguno tal vez más monstruoso y vacío que el que hoy circula con el nombre de Doctrina de Monroe. [...] Desde luego se echará de ver en qué estrechos límites nos encerraría la supuesta doctrina de Monroe, que es verdaderamente la doctrina de Cass.» «La Doctrina de Monroe», El Clamor Público, Los Ángeles, 29 enero 1859.

1882 «La doctrina de Monroe. 'The Monroe doctrine grew out of a protest against any interference by Spain with the independence of her quondam subjects in the country.' 'The Monroe doctrine was an announcement that Europe would interfere with the existing status of de Governments of the New World at her peril'.» José Martí, Cuaderno de Apuntes nº 9, de 1882. (O. C., 21:262-263.)

1884 «El Harper pinta a aquel suave y sensato presidente Monroe, que dio forma durable a la doctrina en que se excluye a los países europeos de toda intervención en los americanos, aunque el famoso senador Carlos Sumner mantiene que el pensamiento fue del inglés Canning, y Charles Francis Adams quiere que haya nacido de su propio padre.» José Martí, «El repertorio del Harper del mes de mayo», La América, Nueva York 1884 (O. C., 23:21.)

1889 «El World, que vive de exageraciones, da como cierto que los alemanes pisotearon, desgarraron, quemaron la bandera americana en Samoa. El Times dice que en eso de la doctrina de Monroe, no se ha de ir demasiado lejos, porque una cosa es que un Presidente yanqui declarase temible para la república la creación de una monarquía europea en América, y otra que las naciones libres de raza española en América sean como los cachifos, como los pepitos de gorra y calzón corto, sobre quienes preside vara en puño su majestad americana.» José Martí, «Escenas norteamericanas. 14. En los Estados Unidos», La Nación, Buenos Aires, 30 de marzo de 1889. (O. C., 12:141.)

1889 «¿A qué invocar, para extender el dominio en América, la doctrina que nació tanto de Monroe como de Canning, para impedir en América el dominio extranjero, para asegurar a la libertad un continente? ¿O se ha de invocar el dogma contra un extranjero para traer a otro? ¿O se quita la extranjería, que está en el carácter distinto, en los distintos intereses, en los propósitos distintos, por vestirse de libertad, y privar de ella con los hechos, o porque viene con el extranjero el veneno de los empréstitos, de los canales, de los ferrocarriles?» José Martí, «El Congreso Internacional de Washington» [2 noviembre 1889], La Nación, Buenos Aires, 20 de diciembre de 1889. (O. C., 6:61.)

1904 «Empero, a los planes de colonización política europea en América, se opone la conveniencia de los Estados Unidos; desde 1823 proclamaron ellos un principio de derecho internacional, llamado la doctrina de Monroe –la más elástica de las doctrinas hasta ahora conocidas–, en virtud del cual se declara el continente de Colón cerrado a la conquista o a la adquisición pacífica de territorio por parte de las naciones europeas.» S. Pérez Triana, «El fracaso del tribunal de La Haya», Alma Española, Madrid 1904.

1916 «Los tres monroísmos. No hay una doctrina de Monroe. Yo conozco tres, por lo menos, y tal vez hay otras más que ignoro. Tres son, en todo caso, las que forman el objeto de este libro. La primera doctrina de Monroe es la que escribió el secretario de Estado John Quincy Adams, y que, incorporada por Monroe en su mensaje presidencial del 2 de diciembre de 1823, quedó inmediatamente sepultada en el olvido más completo, si no en sus términos, sí en su significación original, y que, bajo este aspecto, sólo es conocida como antigüedad laboriosamente restaurada por algunos investigadores para un pequeño grupo de curiosos. La segunda doctrina de Monroe es la que, como una transformación legendaria y popular, ha pasado del texto de Monroe a una especie de dogma difuso, y de glorificación de los Estados Unidos, para tomar cuerpo finalmente en el informe rendido al presidente Grant por el secretario de Estado Fish, con fecha 14 de julio de 1870; en el informe del secretario de Estado Bayard, de fecha 20 de enero de 1887, y en las instrucciones del secretario de Estado Olney al embajador en Londres, Bayard, del 20 de junio de 1895. La tercera doctrina de Monroe es la que, tomando como fundamento las afirmaciones de estos hombres públicos y sus temerarias falsificaciones del documento original de Monroe, quiere presentar la política exterior de los Estados Unidos como una derivación ideal del monroísmo primitivo. Esta última forma del monroísmo, que a diferencia de la anterior, ya no es una falsificación, sino una superfetación, tiene por autores a los representantes del movimiento imperialista: Mac Kinley, Roosevelt y Lodge; al representante de la diplomacia del dólar: Taft; al representante de la misión tutelar, imperialista, financiera y bíblica: Wilson.» Carlos Pereyra, El mito de Monroe, Editorial América, Madrid s.f. [1916], págs. 11-12.

1923 «La campaña panamericana iniciada en 1889 por los Estados Unidos, en la que James Blaine se presentó como continuador de la doctrina de Monroe, exagerada después en el sentido de que América debía ser para los americanos del Norte, por la hegemonía de los Estados Unidos, despertó justificados recelos en muchos centros de la América hispánica y produjo la tendencia a fortificar el carácter étnico de ésta, invocándose las comunes tradiciones, orígenes, lengua, religión y costumbres, lo que atrajo la atención y la simpatía hacia la antigua Metrópoli, que se presentaba como lazo de unión entre todos los amenazados, y determinó movimientos de prensa, de opinión y de Chancillerías cuyos resultados no tardaron en tocarse, influyendo en ello la conducta observada con España (1898) por los Estados Unidos (olvidando éstos lo que España hizo por su descubrimiento e independencia, así en la guerra de separación de fines del siglo XVIII como en la de Secesión de 1866) y el silencio de Europa ante la expoliación, que produjeron una viva corriente de afecto hacia la vieja madre.» «Hispanoamericanismo», Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Barcelona 1923.

1923 «La doctrina de Monroe no es una declaración legislativa, aunque haya sido varias veces aprobada por el Congreso norteamericano; ni es parte del Derecho internacional sancionada por el consentimiento de las potencias civilizadas; ni ha sido definida en ningún convenio internacional; no es tampoco un precepto constitucional... Es una política declarada por el Poder Ejecutivo de los Estados Unidos y repetida, ya en una forma, ya en otra, por los presidentes y secretarios de Estado en el curso de nuestras relaciones exteriores. Su importancia se funda en el hecho de que, en sus elementos esenciales, tal como la declaró el presidente Monroe y fue reiterada y firmemente sostenida por nuestros más reputados hombres de Estado, ha sido, durante un siglo, y continúa siendo, parte integrante de nuestro pensamiento y tendencias nacionales, y la expresión de una convicción profunda, que ni el trastorno ocasionado por la Gran Guerra y nuestra participación en ella en territorio europeo, han logrado desarraigar ni modificar en sus fundamentos. [...] 1) La política de Monroe no es una política de agresión: es una política de defensa propia. 2) Como la política incorporada en la doctrina de Monroe es puramente de los Estados Unidos, el Gobierno de éstos se reserva su definición, interpretación y aplicación. 3) La política de Monroe no viola la independencia y la soberanía de las otras naciones americanas. 4) Hay ciertamente condiciones modernas y acontecimientos recientes que no pueden pasar desapercibidos para nosotros; nos hemos hecho ricos y poderosos; pero no hemos salvado la necesidad, en justicia para nosotros y en justicia para los demás, de proteger nuestra futura paz y seguridad. 5) La doctrina de Monroe, como se ve, no es un obstáculo a la cooperación panamericana; al contrario, ofrece las bases necesarias para esa cooperación en la independencia y seguridad de los Estados Unidos.» Charles E. Hughes [Secretario de Estado de los EEUU], «Unas observaciones acerca de la doctrina de Monroe», discurso pronunciado en Mineápolis el 30 de agosto de 1923, ante la Asociación del Foro Americano, en el año del centenario de la declaración de Monroe (apud Luis Izaga, Madrid 1929, páginas 264 y 267).

1924 «En corroboración de lo expuesto me creo en el deber de expresar en clamores de noble sinceridad el acercamiento del peligro norteamericano, haciendo ver a los pueblos de Hispanoamérica lo que contra ellos tan cautelosamente se viene tramando, porque cosa harto sabida es, que desde hace unos cuantos años viene funcionando en los Estados Unidos un vastísimo departamento servido por numeroso y competente personal, denominado Oficina de las Repúblicas Americanas, departamento que tan solo está destinado, digan de él lo que quieran sus mantenedores, al más completo estudio, que les precisa tener realizado con el fin de establecer en el momento que consideren oportuno el por ellos hace ya bastante tiempo proyectado Ministerio de Colonias, considerando como tales, directa o indirectamente, a la mayor parte de las Repúblicas de la América española, poniendo en vigor por medio de tan hábil procedimiento, aunque de injusta y arbitraria manera, la doctrina de Monroe: América para los americanos.» Hilario Crespo, «Conmemorando el descubrimiento de América el día de la Raza», Festival para conmemorar la Fiesta de la Raza celebrado en el Teatro Real de Madrid el 12 de octubre de 1924, Madrid 1924.

1927 «No sólo con la mencionada tradición abstencionista rompen los intervencionistas; ignoran y niegan recientes manifestaciones, tales como las del Presidente Wilson, cuando en su Mensaje al Senado norteamericano, el 2 de Enero de 1917, decía: «Yo propongo, en suma, que las naciones adopten la doctrina de Monroe como doctrina mundial; que ninguna nación intente imponer su política a otra nación, sino que cada pueblo pueda determinar libremente su propia política y el modo de desenvolverse, sin ser estorbado, amenazado o intimidado, lo mismo el débil que el grande y el poderoso.» Las reproducidas palabras del malogrado apóstol de la paz parecen escritas pensando en el caso de Nicaragua.» Camilo Barcia Trelles & alia, «Los sucesos de Nicaragua y la solidaridad hispanoamericana», Revista de las Españas, Madrid 1927.

1927 «Los puntos que más les han interesado han sido: la Constitución de 1787, la doctrina de Monroe, la política internacional y las leyes de inmigración. En mi reciente conferencia de la Unión Iberoamericana («Trece años de labor docente americanista») podrá ver, quien lo desee, la mención de algunas de esas tesis de mis alumnos.» Rafael Altamira, «España, los Estados Unidos y América», Revista de las Españas, Madrid 1927.

1929 «La verdadera víctima de aquella declaración fué –aunque parezca paradoja– la misma América española, que, en aquella época, la recibió con verdadero y sincero entusiasmo, ofuscada por el efecto inmediato y ostensible que de la doctrina se derivaba: la seguridad de su independencia contra el peligro que en aquel entonces la amenazaba. Y no era fácil en aquellos momentos de exaltadas ilusiones patrióticas, logradas tras duros años de lucha, vislumbrar en el mismo intrumento libertador los gérmenes dominadores que entrañaba y, mucho menos, las modificaciones e interpretaciones que en el porvenir le habían de transformar en un formidable instrumento de opresión que, en los días que vivimos, la ahoga y la estruja como los anillos de una serpiente. [...] Ante todo, la doctrina de Monroe es sólo un acto de fuerza; y, por las circunstancias especiales en que se proclamó, un acto de fuerza afortunado. Por lo mismo, es inútil investigar y discutir su valor jurídico. Una nación que se interpone entre la Metrópoli y sus posesiones sublevadas, y que se interpone con toda seguridad, puesto que sabe de antemano que la única nación que pudiera hacer fracasar su intento está a su lado... y nada más. La fraseología justificativa en que va envuelta la declaración, es fraseología huera de todo sentido jurídico, y, por lo tanto, de valor moral. Repartir formas de gobierno por zonas geográficas; pretender delimitar y regular relaciones internacionales por continentes y distancias; secuestrar la actividad de las naciones libres de un continente (nos referimos al americano), mutilando sus derechos esenciales, apelando para ello al pretexto de la paz y seguridad propia, pero sin tener en cuenta la paz, seguridad y derechos de los demás..., todo ello es de una endeblez y futilidad verdaderamente imponderables. Pero no es ese el aspecto de la doctrina que más nos interesa; nos interesa más estudiar el alcance práctico que se le quiso dar; la influencia beneficiosa que aparentaba tener para las naciones recién surgidas del nuevo continente. El primer error cometido por los expositores y comentaristas de la doctrina de Monroe y de su alcance, la primera ilusión que engañó las esperanzas de los que momentáneamente se vieron protegidos y asegurados fue la creencia y la ilusión de suponer que la nueva doctrina era y continuaría siendo para las nuevas naciones como un baluarte protector de su existencia nacional, de su seguridad, y, por lo tanto, de su ulterior progreso. Nada más lejos de la realidad. La declaración, ya desde entonces, entrañaba una formidable amenaza para los nuevos Estados.» Luis Izaga, S. I., La Doctrina de Monroe, su origen y principales fases de su evolución, Editorial Razón y Fe, Madrid 1929, páginas 32-34.

1930 «Pero ¡oh sorprendente acción del tiempo que todo lo transforma! En Francia se empieza a hacer justicia a España en este asunto. Es muy interesante un artículo publicado en «La Petite Gironde» de Burdeos, periódico de gran circulación en Francia, el día 6 de Enero de 1929. Titúlase «El imperialismo americano», y se refiere a los peligros que encierra para el hispanismo el imperialismo yanki, nacido de la doctrina de Monroe, de la conquista económica de las repúblicas hispanoamericanas, que es un hecho, y de su conquista moral, que es un intento.» Leopoldo Basa, El mundo de habla española, Cuadernos de Cultura, Valencia 1930.

1930 «El Pacto Americano. Don Manuel Torres, nacido en España, sobrino del arzobispo virrey de la Nueva Granada, D. Antonio Caballero y Góngora, se había refugiado en los Estados Unidos desde 1796. Torres fue el primer enviado de la América Española a quien se reconoció oficialmente con este carácter en Washington. Enfermo de muerte, sin fuerzas para tenerse en pie, llegó Torres a la presencia de Monroe. El presidente le ofreció asiento y le habló con una amabilidad que le arrancó lágrimas. Es notable que este español formulara el credo de la unión continental americana. Decía que el establecimiento de la monarquía en la Nueva España tenía por objeto «favorecer las miras de los poderes europeos sobre el Nuevo Mundo». Y añadía: «Esto es un nuevo motivo que debe determinar al presidente de los Estados Unidos a no demorar más una medida (el reconocimiento) que naturalmente establecerá un pacto americano, capaz de contrarrestar los proyectos de la Santa Alianza, y proteger nuestras instituciones republicanas».
Estas palabras, escritas por Torres en noviembre de 1821, iban a tener una repercusión en diciembre de 1823. Pero no para establecer el ensueño del pacto americano, sino para la determinación de una línea de política nacional. Los Estados Unidos se oponían a Europa, globalmente considerada, en atención a tres peligros; uno, relacionado con el problema de la seguridad; otro, con el de la expansión; el tercero, con el de la hegemonía.
El gobierno de Washington se preocupaba por el avance de Rusia, pues según el ukase del 4/16 de septiembre de 1821, esta potencia afirmaba sus derechos exclusivos sobre una zona de mar y tierra en el noroeste de América, que iba desde el paralelo 51 hasta el 71. Los Estados Unidos oponían derechos de ocupación y descubrimiento, junto con los que les daba el tratado de la cesión territorial hecha por España en 1819. Inglaterra también disputaba a los Estados Unidos parte de la costa del noroeste.
Aun cuando las pretensiones de los Estados Unidos encontraban a Inglaterra como aliada contra las de Rusia, el presidente Monroe, en su Mensaje del 2 de diciembre de 1823, hizo declaraciones que encerraban una manera de ver desfavorable también para Inglaterra. Es la parte que trata de colonización, y que de ningún modo se refiere a los países iberoamericanos: «Juzgamos que esta es la ocasión apropiada para afirmar, como principio que envuelve los derechos e intereses de los Estados Unidos, que los continentes americanos, por la condición de libres e independientes que han asumido y que mantienen, no admitirán ninguna empresa de colonización que en sus territorios intente cualquiera de las potencias de Europa.»
Lo anterior pertenece al párrafo 7.° del Mensaje que contiene la llamada Doctrina de Monroe. El pasaje perdió toda importancia, por lo que respecta a Rusia, pues la cuestión quedó terminada en 1824. La disputa con Inglaterra fue más larga, y tuvo complicaciones, a las que me referiré.

El gobierno de Washington se mostraba inquieto también por las pretensiones políticas de Europa en lo relativo a los países hispanoamericanos. Esto debe entenderse del modo especial que preocupaba al gobierno de Washington. Acababa de emprenderse la intervención francesa en España para restaurar el poder absoluto de Fernando VII, como ya se dijo. Esta actividad política europea suscitaba dos géneros de cavilaciones. O bien las potencias de la Santa Alianza llevaban sus armas a América y se adueñaban de algunos territorios pertenecientes a los países colonizados por España, o bien Inglaterra, para oponerse, tomaba las armas y ella era la que obtenía ventajas. A los Estados Unidos no les interesaba entonces, como no les interesó después, que una potencia europea interviniese en el Río de la Plata o se apropiase las islas Malvinas. Pero la acción de Europa en Méjico y en los países antillanos les causaba terror. El peligro de la reconquista española era quimérico, aun suponiendo que Inglaterra permaneciese impasible y que la antigua metrópoli obtuviese auxilios de Francia, Rusia, Prusia y Austria, a menos que estas potencias aceptasen sacrificios ilimitados y agotantes. El gobierno de Washington sólo temía realmente una situación que ya había sido prevista por Jefferson en 1808, y que preocuparía al gabinete más de una vez en el transcurso del siglo XIX. Ese punto de vista se traduce en las siguientes palabras: «Con satisfacción veremos a Cuba y a Méjico en su actual dependencia (de España), pero no en la de Francia o Inglaterra, ya se trate de una subordinación política o mercantil. Entendemos que los intereses de aquellos dos países y los nuestros están unificados, y nuestro propósito no debe ser otro que el de excluir de este hemisferio toda influencia europea.»

El peligro de una organización monárquica, patrocinada por la Gran Bretaña, no era el menos alarmante para el presidente Monroe y sus consejeros. En las conversaciones del ministro inglés Canning con Rush, plenipotenciario de los Estados Unidos en Londres, se trató el punto. «No me opongo –decía Canning– a una monarquía en Méjico.» Lejos de ello, la aceptaba, sobre todo si se hacía con individuos de la rama borbónica de España. «Una monarquía en Méjico y otra en el Brasil anularían los males de la democracia universal.» Estas palabras y la notoria anglofilia de algunas repúblicas americanas, inquietaban a los colaboradores del presidente de los Estados Unidos. «Las noticias de la rendición de Cádiz a los franceses –dice uno de ellos– han causado tal efecto en el ánimo del presidente Monroe, que ya desespera de la causa de Sudamérica.» Dos días después, o sea el 15 de noviembre, Adams había encontrado la fórmula para que el Mensaje no fuese agresivo. Se hablaría del derecho de los pueblos para disponer de sí mismos. Y el 22 acudió al consejo llevando la fórmula. Había que suprimir todo lo que la Santa Alianza pudiese considerar como un ataque. «Si la Santa Alianza emplea hoy la fuerza, haremos lo posible por impedirlo; pero no llegaremos hasta el reto, que sería tanto como dirigir un golpe a Europa en el corazón.» Inglaterra había propuesto la acción conjunta, el 20 de agosto de 1823; pero poco después guardó silencio, absteniéndose de aclarar a Rush, el ministro de los Estados Unidos, que todo peligro, aun remoto, había desaparecido, pues por un protocolo que suscribieron el mismo Canning y el ministro de Francia, Polignac, el 9 de octubre, esta potencia se declaraba dispuesta a no intervenir en asuntos americanos. Tales fueron los antecedentes del Mensaje, el último de ellos desconocido para Monroe, cuando envió el documento, que contenía dos largos párrafos sobre intervención europea en la vida de los países americanos.» Carlos Pereyra, Breve historia de América, M. Aguilar, Madrid 1930, págs. 660-663.

1931 «El mero deseo de un político norteamericano, Mr. William G. McAdoo, de que la Gran Bretaña y Francia transfieran a los Estados Unidos, para pago de sus deudas de guerra, sus posesiones en las Indias occidentales y las Guayanas inglesa y francesa, basta para que dé la voz de alarma un periódico tan saturado de patriotismo argentino como La Prensa, de Buenos Aires, que proclama (18 de noviembre, 1931), que todos los pueblos hispanoamericanos abogan por 'la independencia de Puerto Rico, el retiro de tropas de Nicaragua y Haití, la reforma de la enmienda Platt y el desconocimiento, como doctrina, del enunciado de Monroe'.» Ramiro de Maeztu, «La Hispanidad», Acción Española, Madrid 1931.

1934 «Bryce, que habla de España peor que un mal español, nos señala así nuestra posición ante América: «El primer movimiento, dice, de quien está preocupado, como lo está hoy todo el mundo, por el desenvolvimiento de los recursos naturales, es un sentimiento de contrariedad al ver que ninguna de las razas continentales de Europa, poderosas por su número y su habilidad, ha puesto las manos en la masa de América; pero tal vez sea bueno esperar y ver las nuevas condiciones del siglo que viene. Los pueblos latino-americanos pueden ser algo diferente de lo que en la actualidad aparecen a los ojos de Europa y de Norteamérica. ¿Se dará tiempo a las sociedades iberoamericanas para que hagan esta experiencia, antes que alguna de las razas occidentales, poderosas por su número o habilidad, les imponga la ley?» ¿Dictó estas palabras, decimos nosotros, el miedo a Monroe, o son un estímulo para que las razas poderosas y fuertes se resuelvan a anular nuestra influencia en América? He aquí expuestos en toda su crudeza los términos del problema: o trabajamos por la hispanidad, o somos suplantados por otros pueblos, por otras razas, más fuertes y menos perezosas.» Isidro Gomá Tomás, «Apología de la Hispanidad», Acción Española, Madrid 1934.

1936 «Alamán es el único ministro de Relaciones que México ha tenido. Su mirada estuvo abierta a las exigencias de la hora y a la consideración del porvenir. Recién independizado México era natural que buscara apoyo en los países de la misma sangre. La voz de unión había venido ya del sur. Bolívar citó al Congreso de Panamá. Pero el mismo Bolívar ideó un plan bastardo. Invitó a los Estados Unidos y proclamó a Inglaterra «Protectora de la Libertad del Mundo». (Véase Pereyra, Breve Historia de América). Al disolverse el Congreso de Panamá quedó convenido que los delegados se reunirían nuevamente en Tacubaya, suburbio de la capital de México. El Congreso de Tacubaya no llegó a reunirse porque los hombres pequeños que se habían hecho del mando en las distintas naciones de América, no veían más allá de sus narices, no se preocupaban sino de la intriga local y de la adulación de los poderes nuevos: Inglaterra y los Estados Unidos. Nuestros destinos también comenzaron a oscilar entre los dos polos de la extraña influencia. Inglaterra formuló por medio del ministro Canning, la tesis de que no se permitiría el restablecimiento de la influencia europea en América. Los imbéciles, en América, tomaron este gesto como una gracia, una protección de las nuevas nacionalidades. En realidad, era la consumación de la tarea inglesa de varios siglos. En vano España, con sus aliados europeos de la Santa Alianza, intentó contener la obra comenzada por los bucaneros de la época de Isabel de Inglaterra. El comercio del Nuevo Mundo comenzó a ser inglés, no obstante haberse consolidado el dominio político de Inglaterra por causa de las acciones heroicas de Buenos Aires y Cartagena. La declaración de Canning quería decir: Fuera Europa de lo que hoy es mío. Pero el imperialismo inglés se había bifurcado. Para los Estados Unidos la Independencia no fue decaimiento sino comienzo de un incomparable ascenso. Los Estados Unidos no se dedicaron a matar ingleses; se dedicaron a imitar a los ingleses y a sentirse ingleses en la ambición; el decoro y el poderío. Por eso cuando Canning formuló el dogma de que América no era campo para la dominación europea, salvo la inglesa, los hermanos ingleses en los Estados Unidos proclamaron por boca de Monroe: «Que los Estados Unidos no admitirían ninguna empresa de colonización que en los continentes americanos intente cualquiera de las potencias de Europa.» Esta declaración es de fecha 2 de diciembre de 1823. Sólo la mala fe ha podido dejar que corra la especie de que Doctrina Monroe tenía por mira proteger a las nacionalidades nuevas de las invasiones de Europa. España ya no podía invadirnos, había sido derrotada totalmente en el sur. Inglaterra también había fracasado en sus intentos de ocupación de territorios. La Doctrina Monroe, en realidad equivalía una declaración de la procedencia yankee en las cuestiones del Nuevo Mundo. Lo que preocupaba a los Estados Unidos era que Francia o Inglaterra se adelantasen apoderándose de Cuba, que ya se habían reservado para sí. Por eso lo primero que hizo Poinsett fue destruir los planes que México y Colombia habían concentrado para libertar a Cuba y anexarla a México, lo que hubiera sido natural y debido. Para la expedición de Cuba contaba Colombia con doce mil hombres aguerridos, listos para embarcarse en Cartagena. México debía suministrar asimismo tropas y embarcaciones. Poinsett, siempre vigilante, intrigó contra el proyecto que Alamán proyectaba. Los Estados Unidos se movieron también en Colombia, amenazaron. Con eso bastó. [...] Alegaba Alamán la diferencia de circunstancias, nuestra comunidad de origen y solidaridad anterior a la Independencia, y Clay hablaba de que los Estados Unidos con la doctrina Monroe, garantizaba la independencia americana. El resultado fue que Colombia ya no ratificó el tratado. El plan genial de Alamán de sustituir con una serie de pactos aduaneros, la federación que había fracasado en Panamá, quedó deshecho. Y quedó constituido, desde entonces, el Panamericanismo como un obstáculo para la integración del hispanoamericanismo. Tan peligroso había sido el plan Alamán frente al plan Monroe, que el panamericanismo triunfante ha procurado echar en olvido, borrar de la historia, el nombre mismo de don Lucas Alamán. Pero no quedó corto Clay. Mientras se servía de la Doctrina Monroe para obtener las mismas ventajas que los países hispanoamericanos, cuidó de precisar que la Doctrina Monroe no constituía alianza de los Estados Unidos y las naciones del sur. La Doctrina Monroe, explicó, es una declaración de principios de la política exterior norteamericana, que los Estados Unidos pueden interpretar libremente, según las circunstancias. En efecto, nunca la han aplicado a colonias inglesas como Jamaica.» José Vasconcelos, «Hispanismo y Monroísmo», en Breve historia de México [1936], Obras Completas, Libreros Mexicanos Unidos, México 1961, tomo IV, págs. 1542-1545.

1941 «Por lo demás, si se prescinde de Inglaterra, Europa ha respetado siempre la doctrina de Monroe. Los Estados de las dos Américas pueden solventar como quieran sus asuntos. Nosotros no nos inmiscuimos. Pero tanto más respeto exigen Europa y Asia Oriental para su propia «doctrina de Monroe». América puede hacer cuanto le plazca en defensa de su hemisferio, pero ni a un niño puede convencerse ya de que necesita protegerlo hoy en el África Central, Batavia o los Urales.» A. E. Johann, «Roosevelt, ¿Emperador de la Tierra?», Signal, Berlín 1941.

1967 «Hay gente todavía apegada a las teorías del fatalismo geográfico que creen el mundo en la época de la Doctrina Monroe, cuya síntesis de «América para los Americanos» constituía el reflejo de una situación completamente distinta, en la cual nuestro continente tenía que protegerse contra la expansión imperialista europea; en un mundo de grandes distancias y con rudimentarios medios de comunicación.» Fabricio Ojeda, «La revolución verdadera, la violencia y el fatalismo geo-político», Pensamiento crítico, La Habana 1967.

2001 «(4) Alternativa panamericanista: América del Sur es parte formal del continente americano. George Washington en su Discurso de despedida de la Presidencia (1797), en el que fija el continentalismo panamericano como horizonte de la política de los Estados Unidos de América; James Monroe (1823) y su política de no interferencia (a partir de 1889-90, Primera Conferencia Panamericana, toma cuerpo la ideología panamericanista, según la cual todos los países del continente son iguales entre sí). Tratado Americano de Asistencia Recíproca. Esta alternativa toma fuerza tras la Segunda Guerra Mundial: TRIAR de Río de Janeiro (1947); Conferencia Interamericana de Bogotá (1947); PAM (1951); Escuela Militar de Las Américas (Panamá 1954); Conferencia Internacional de Punta del Este (1961) y la OEA. La corriente filosófica principal adscribible a esta línea sería la filosofía analítica anglosajona, con fuerte implantación en México y otros países» Gustavo Bueno, «España y América», Catauro, La Habana 2001.


 

AVIZORA.COM
Política de Privacidad
Webmaster: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m.
Avizora.com