Derechos Humanos
Derechos Humanos y sociedad de la información. Nuevas formas de acción social
Luis Enrique Otero Carvajal

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Comunicación Social

Llamado a los jueces del mundo - Delitos internacionales y principio de jurisdicción universal: El caso de Irak

Fuente Sitio del Profesor Luis Enrique Otero Carvajal

El fin de la civilización industrial

La globalización

Nuevos movimientos sociales para una nueva sociedad

El movimiento pacifista: un ejemplo de las nuevas formas de acción social

La cooperación al desarrollo. Una nueva forma de entender la solidaridad internacional

Los derechos humanos en la era de Internet

En todo el planeta se ha constituido una economía global dinámica, enlazando a gentes y actividades valiosas de todo el mundo, mientras se desconecta de las redes de poder y riqueza a los pueblos y territorios carentes de importancia desde la perspectiva de los intereses dominantes. Una cultura de la virtualidad real, construida en torno a un universo audiovisual cada vez más interactivo, ha calado la representación mental y la comunicación en todas partes, integrando la diversidad de culturas en un hipertexto electrónico. Espacio y tiempo, los cimientos materiales de la experiencia humana, se han transformado, ya que el espacio de los flujos domina al espacio de los lugares y el tiempo atemporal sustituye al tiempo de reloj de la era industrial… La revolución de las tecnologías de la información y la reestructuración del capitalismo han inducido una nueva forma de sociedad, la sociedad red, que se caracteriza por la globalización de las actividades económicas decisivas desde el punto de vista estratégico, por su forma de organización en redes, por la flexibilidad e inestabilidad del trabajo y su individualización, por una cultura de la virtualidad real construida mediante un sistema de medios de comunicación omnipresentes, interconectados y diversificados…Esta nueva forma de organización social, en su globalidad penetrante, se difunde por todo el mundo, del mismo modo que el capitalismo industrial y su enemigo gemelo, el estatismo industrial, lo hicieron en el siglo XX, sacudiendo las instituciones, transformando las culturas, creando riqueza e induciendo pobreza, espoleando la codicia, la innovación y la esperanza, mientras que a la vez impone privaciones e instila desesperación. Feliz o no, es, en efecto, un nuevo mundo." (Manuel Castells: La era de la información. Economía, sociedad y cultura. 3 vols. Madrid, Alianza).

En el último tercio del siglo XX el desarrollo de los mass media, la revolución de las telecomunicaciones y la irrupción de los nuevos movimientos sociales han cambiado profundamente los parámetros de funcionamiento y articulación de la sociedad, en sus dimensiones política, económica, social, cultural y simbólica. En el año 2000 estas transformaciones han sido identificadas con nuevos vocablos como globalización, nueva economía, sociedad red o sociedad informacional que tratan de significar la distancia existente con la tradicional civilización industrial que conquistó progresivamente el planeta en la contemporaneidad hasta que entró en una prolongada crisis, que iniciada en el decenio de los años setenta se proyectó hasta finales de los ochenta, con dos fechas emblemáticas, la primera crisis del petróleo de 1973 y la caída del muro de Berlín en 1989.

El fin de la civilización industrial.

Las formas políticas, las representaciones sociales y los sistemas simbólicos articuladores de los sistemas de identidad social e individual de la civilización industrial se mostraron progresivamente inoperantes en la nueva sociedad informacional. Los movimientos sociales tradicionales surgidos con la sociedad industrial, en particular el movimiento obrero, nacieron y se desarrollaron sobre una base clasista, que respondía a la estructura social característica de las sociedades industriales desde su nacimiento hasta mediados del siglo XX. Dicha estructura social se caracterizaba por una clara polarización en función de las posiciones económicas y sociales que ocupaban los distintos grupos. Las transformaciones en los modos, las costumbres y las cosmovisiones asociadas al nacimiento de la sociedad industrial coadyuvaron a la formación de los distintos movimientos sociales a lo largo del siglo XIX. Resistencias e innovaciones contribuyeron a configurar las formas de respuesta social del conflicto. El proceso histórico de conformación de las sociedades liberales contribuyó a dotar de contenido político las reivindicaciones y las identidades de los diferentes grupos sociales.

Surgieron así nuevas identidades, nuevas cosmovisiones y representaciones que dotaron de cohesión interna a los distintos grupos sociales en pugna. El marxismo actuó de cimentador de las señas de identidad del movimiento obrero, dotándole de un discurso, un modelo organizativo, una práctica política y social y un horizonte que hizo posible la cristalización de dicho movimiento como clase obrera, transformando al proletariado en uno de los principales agentes de la sociedad industrial. Los nacionalismos populistas surgidos en el último tercio del siglo XIX, particularmente en Centroeuropa, actuaron de manera similar entre aquellos grupos sociales que se sentían amenazados por el avance de los procesos de industrialización, sus discursos se fundamentaron y edificaron en contraposición con los valores y los grupos que encarnaban la sociedad industrial, tanto el capitalismo, identificado míticamente con el capitalista financiero simbolizado por el judío, reelaborando sobre nuevas bases el secular antisemitismo de la civilización occidental, como del proletario revolucionario, construyendo unas mitologías basadas en una serie de contraposiciones: taller frente a fábrica, tierra y propiedad frente a especulación, familia frente a individualismo, nación frente a internacionalismo, tradición frente a revolución, raza frente a clase, comunidad frente a socialismo...

La crisis económica de los años setenta del siglo XX marcó el fin del modelo económico que tras la segunda guerra mundial dio lugar a un crecimiento económico sostenido de las sociedades industrialmente avanzadas, que algunos autores han definido como la edad dorada. Modelo económico cuya base tecnológica se fundamentó en las innovaciones científico-tecnológicas de la segunda revolución industrial, desarrollada a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. La generalización de las mismas asociada a las transformaciones del proceso productivo, con la expansión de los principios tayloristas y fordistas de la producción, con la cadena de montaje y la producción en masa, favorecidas por los procesos de estandarización y automatización, inundaron los mercados de nuevos productos manufacturados a precios asequibles para crecientes sectores de las poblaciones de los países industrialmente avanzados y las clases pudientes de los países del llamado Tercer Mundo, mediante la combinación de los incrementos sostenidos de la productividad, las transformaciones de los sistemas financieros y comerciales, con la irrupción de nuevas formas de pago (generalización del crédito, venta a plazos, grandes almacenes …) y la elevación sostenida de los niveles de rentas (tanto en forma de salarios directos como indirectos), que hicieron posible la irrupción de la sociedad de consumo, primero en Estados Unidos durante los años veinte y posteriormente en Europa occidental tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. A ello contribuyó de manera decisiva el pacto social cristalizado tras la victoria aliada sobre el nazismo y el fascismo en 1945. Pacto social gestado en el espíritu de la resistencia antifascista, que dio lugar al nacimiento de las sociedades del bienestar, cuyo modelo más social encontró su máxima expresión en los países democráticos de Europa occidental, y que encontró en el keynesianismo su fundamentación teórico-práctica.

La crisis de los setenta representó la quiebra del modelo productivo, económico, social y cultural de la sociedad industrial. La crisis fiscal del Estado, la elevación de los precios energéticos (particularmente del petróleo), la aparición del desempleo masivo, la caída de la demanda… fueron eslabones encadenados que revelaron el agotamiento de la onda expansiva del capitalismo de la segunda posguerra. Una crisis que por su extensión, intensidad, dimensiones y repercusiones debe ser calificada como una crisis civilizatoria, que marcó el declive de la sociedad industrial tal como ésta se configuró a lo largo de un siglo y medio, tanto en su vertiente occidental como soviética. Los acontecimientos que se sucedieron a lo largo de los decenios setenta y ochenta del siglo XX así lo revelan. La caída del muro de Berlín el 9 noviembre de 1989 simbolizó el definitivo derrumbe del modelo de sociedad industrial surgido de la Revolución de Octubre.

La crisis de los años setenta provocó la quiebra del modelo keynesiano de crecimiento vigente desde el fin de la segunda guerra mundial, las políticas de demanda keynesianas fueron sustituidas por las políticas de oferta, defendidas por el neoconservadurismo anglosajón liderado por Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en los EE.UU. El neoconservadurismo de los años ochenta actuó en el plano de la política económica, desde los parámetros ideológicos del neoliberalismo, reduciendo o congelando las partidas sociales y públicas de las políticas keynesianas anteriores. Ello no fue óbice para que durante la presidencia de Reagan en los Estados Unidos se disparara el gasto público militar, simbolizado en la Iniciativa Estratégica de Defensa (SDI, conocida popularmente como la guerra de las galaxias), que relanzó la carrera de armamentos y contribuyó a agravar los problemas de la desfalleciente economía de la Unión Soviética. El neoconservadurismo acentuó las tendencias individualizadoras de la sociedad de consumo, a pesar de su insistencia retórica en los valores tradicionales de la familia como núcleo de articulación y cohesión social, el debilitamiento de las redes sociales de las políticas públicas unido al mensaje recurrente a favor de la iniciativa individual fracturó redes de articulación social clásicas de la civilización industrial, en particular los sindicatos, ya debilitados por la acción conjugada de los efectos de la crisis de los setenta y el desempleo masivo a ella ligada.

Algunas de las manifestaciones de dicha crisis civilizatoria encontraron sus primeras formulaciones en la optimista década de los años sesenta, en la que la fe incuestionada en la teoría del Progreso, definitivamente escorada hacia su vertiente científico-tecnológica, asociaba la resolución de los problemas de la humanidad a los progresos de una razón cada vez más tecnificada. La carrera de armamentos de la guerra fría, basada en el crecimiento sostenido de los arsenales nucleares y en la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD, en sus siglas en inglés), presentaba un horizonte en el que la sombra de un holocausto nuclear planeaba sobre el futuro de la humanidad, que favorecio la aparición de un movimiento pacifista en Occidente con un marcado componente antinuclear. Asimismo, la lógica productivista de la civilización industrial comenzó a ser cuestionada desde determinados sectores de las sociedades industrialmente avanzadas, que alarmados por el voraz consumo de los recursos naturales y sus consecuencias sobre el medioambiente, terminaron por desembocar en el nacimiento del movimiento ecologista en la segunda mitad de los años sesenta. Sus primeras manifestaciones fueron contempladas con abierto escepticismo por científicos, gobiernos y sociedades; sin embargo, la sucesión de una serie de catástrofes vinculadas al proceso industrializador alimentaron las filas del ecologismo y la crítica a una teoría del Progreso de marcado carácter productivista. La publicación en 1972 del primer informe del Club de Roma sobre los límites del crecimiento y los resultados del Informe 2000 encargado por el Presidente de los Estados Unidos, James Carter, al Departamento de Estado y la Agencia del Medio Ambiente de los EE.UU., publicado en 1979, dieron credibilidad a las denuncias del movimiento ecologista sobre el impacto y las consecuencias sobre el futuro del planeta sometido a la lógica depredadora de la sociedad industrial. Finalmente, las revueltas de 1968, pusieron en cuestión algunos de los valores dominantes en la sociedad, desde el antiautoritarismo y la emergencia de los denominados valores postmaterialistas, hasta el cuestionamiento del papel y funciones asignados tradicionalmente a las mujeres de la mano de la pujanza del movimiento feminista, de la masiva incorporación de la mujer al mercado laboral y al sistema educativo y la liberalización sexual, en la que la aparición de la píldora anticonceptiva permitió a las mujeres un control más efectivo de la natalidad y de su propia sexualidad. Feminismo, ecologismo y pacifismo introdujeron y socializaron nuevos sistemas de valores que discutieron, socavaron o pusieron en cuestión algunos de los principios sobre los que se había asentado tradicionalmente la civilización industrial.

Por otra parte, el desarrollo de la microelectrónica desde los años sesenta estaba sentando las bases de la revolución de las telecomunicaciones del último cuarto del siglo XX, sus primeros pasos significativos se produjeron en el decenio de los años setenta con el desarrollo de los ordenadores personales por parte de IBM y Macintosh, la fundación de Microsoft y la creación de Arpanet, la red patrocinada por el Departamento de Defensa de los EE.UU. el antecedente directo de Internet. Las nuevas tecnologías vinculadas a la microelectrónica, la informática y los satélites sentaron las bases en los años setenta y ochenta del espectacular despegue de la sociedad informacional en los años noventa del siglo XX, en la que la conjunción de la informática, redes de telecomunicaciones y mass-media dieron lugar al nacimiento de la denominada nueva economía, acelerando los procesos de mundialización en lo que dio en llamarse la globalización. Una nueva sociedad estaba naciendo, cuyos parámetros de funcionamiento y sistemas de valores comenzaban a sustituir a los de la tradicional civilización industrial en crisis.

En dichas transformaciones desempeñó un papel de primer orden el desarrollo de los mass-media. La industria audiovisual (radio, cine, música y televisión) a lo largo de la segunda mitad del siglo XX contribuyó de manera decisiva a difundir a escala planetaria los modos de vida y sistemas de valores de las sociedades opulentas. Con un claro predominio estadounidense, debido a la hegemonía mundial de su industria audiovisual, el modo de vida norteamericano (el american way of life) conquistó el imaginario colectivo de la humanidad. La multiplicación de los canales televisivos, los satélites de comunicaciones y las redes de cable difundieron a escala planetaria los contenidos informativos y de ocio de la cultura norteamericana, la creación de la CNN y su papel protagonista en la cobertura informativa de la guerra del Golfo Pérsico en 1991 marcaron un hito en la globalización de la oferta televisiva. La industria audiovisual, con especial protagonismo del cine de Hollywood y la música anglosajona, con la creación de sus mitos e ídolos, introdujo, difundió y socializó nuevos valores y pautas de comportamiento que fueron seguidos con entusiasmo por las nuevas generaciones desde el decenio de los años sesenta.

El decenio de los ochenta puede ser considerado como un periodo de transición de la vieja civilización industrial en crisis y la nueva sociedad informacional en ciernes, que irrumpiría con fuerza en los años noventa del siglo XX. En el plano político la caída del muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la Unión Soviética en 1991 supuso el fin del sistema internacional vigente desde el fin de la segunda guerra mundial, caracterizado por el enfrentamiento entre bloques militar, económica, política, social e ideológicamante confrontados. El fin de la guerra fría afirmó la hegemonía planetaria de los Estados Unidos y de los valores asociados a la sociedad norteamericana. La desaparición del bloque soviético puso punto final al proceso de descrédito del modelo de sociedad que encarnaba, un descrédito que en la sociedad occidental hundía sus raíces desde, al menos, el aplastamiento de la revolución húngara de 1956, debido al carácter totalitario de la Unión Soviética y su modelo de sociedad. En los años ochenta surgió en el plano cultural y filosófico el debate sobre la postmodernidad, en el que se puso en evidencia el agotamiento de los grandes discursos, los llamados metarrelatos, sobre los que se habían construido los referentes comprensivos del Mundo por parte de la civilización industrial.

La postmodernidad fue el reflejo en el ámbito del pensamiento occidental del fin de la ilusión encarnada en la teoría del Progreso que había articulado el proyecto de la Razón ilustrada desde su cristalización en el tránsito del siglo XVIII al XIX, coincidiendo con la irrupción de las primeras manifestaciones de la sociedad industrial. Con ella se secularizaba uno de los pilares esenciales de la civilización occidental desde la fusión de las dos tradiciones de las que nació, la greco-romana y la judeo-cristiana, una concepción teleológica del tiempo que ligaba de manera indisoluble pasado, presente y futuro, en una ecuación lineal y unívoca en la que la felicidad, entendida como la realización del individuo, encontraba su proyección en el irresistible y lineal avance del progreso de la humanidad, fiado al progresivo dominio y control de la Naturaleza por el ser humano, merced al progreso de la ciencia y su correlato tecnológico en una carrera sin fin vehiculizada por el desarrollo económico. La crisis de la teoría del Progreso se conjugó con la aceleración del tiempo provocada por el desarrollo tecnológico y de la sociedad mediática, así como con los nuevos valores asociados a la sociedad de consumo, en los que la presión publicitaria a favor de lo efímero ha contribuido de manera decisiva a la disolución del tiempo. Frente a la densidad temporal pilar esencial en la construcción de las identidades sociales e individuales se fue abriendo camino la fugacidad vertiginosa del instante, reduciendo los horizontes temporales a una cada vez más delgada y frágil sucesion de líneas desconectadas entre sí, sometidas al cada vez más voraz dictado de la actualidad, desde la información hasta el consumo (regido por el principio de la moda), pasando por la fragilización de las identidades personales y colectivas.

Desaparecido el enemigo secular, la URSS, algunos analistas, llevados de su visión occidentalcentrista de la historia de la humanidad, reactualizaron algunas viejas tesis referidas al fin de la historia. El triunfo de los Estados Unidos en la guerra fría debía suponer el triunfo indiscutible e indisputado de su modelo económico, social, político y cultural. La economia de mercado y la sociedad liberal, sin enemigos capaces de articular modelos alternativos globales, impondría su dominio planetario, provocando una progresiva uniformización bajo el liderazgo de los Estados Unidos. Sin embargo, los acontecimientos desarrollados desde 1989 demostraron una mayor complejidad de lo apuntado por tan reduccionistas análisis. El fracaso, en el decenio de los setenta, de las expectativas creadas en los países del llamado Tercer Mundo, tanto en su vertiente liberal como socialista, para ingresar en el club de los países desarrollados alimentó movimientos de resistencia a los procesos de uniformización y aculturación de unas sociedades cuyas formas civilizatorias estaban siendo desarticuladas por los embates de los modelos importados desde Occidente.

Desengañados por los pobres resultados cosechados, sectores amplios de las jóvenes generaciones de las elites de estos países, formadas ya tras la culminación de los procesos de descolonización, volvieron sus ojos hacia los valores de sus civilizaciones de origen, dando lugar a movimientos socio-políticos que rechazaban las vías propuestas por los dos modelos surgidos de Occidente, tanto el liberal como el socialista. Su expresión más acabada y radicalizada se encontró en los denominados fundamentalismos, particularmente el fundamentalismo islámico que ha cuestionado tanto el modelo liberal, ejemplificado por la revolución iraní encabezada por Jomeini, como el socialista, representado por los casos de Afganistán y Argelia. Estas respuestas de reafirmación civilizatoria frente a Occidente han llevado a algunos analistas a hablar de choque de civilizaciones a la hora de dibujar los escenarios del conflicto en el siglo XXI, en una visión marcadamente defensiva que trataba de salvaguardar la primacía alcanzada por la civilización occidental en los dos últimos siglos a escala planetaria.

En cualquier caso, al finalizar el siglo XX, frente a la etapa anterior protagonizada por el enfrentamiento entre bloques, y la consecuente amenaza de un posible holocausto nuclear, la humanidad se enfrentaba a un mundo más seguro pero más inestable, fruto del alejamiento en el horizonte de una guerra nuclear generalizada, lo cual no significaba la desaparición de la amenaza nuclear, dada la proliferación de la tecnología militar nuclear. Por otra parte, en la segunda mitad del siglo XX surgieron nuevas amenazas vinculadas a la acción y presión de la humanidad sobre el ecosistema planetario, en una escala sin precedentes en la historia de la especie humana que permiten hablar con propiedad de la existencia de una crisis ecológica.

Los años noventa pueden ser caracterizados en el escenario internacional como una época de transición desde el sistema internacional bipolar, articulado en torno a la pugna de dos grandes superpotencias, los Estados Unidos y la Unión Soviética, a un nuevo escenario protagonizado por la hegemonía estadounidense, en el que, sin embargo, persistían importantes incertidumbres sobre la estabilización de un nuevo sistema internacional, capaz de generar una larga etapa de estabilidad planetaria. Las razones de dichas incertidumbres respondían a distintas y, en ocasiones, contradictorias razones. En primer lugar, las propias dudas del gigante americano respecto de su nuevo papel como única superpotencia mundial. Si bien el decenio comenzó con una clara visibilidad del poderío incontestable de la maquinaría de guerra norteamericana, exhibida planetariamente a través de las imágenes retransmitidas en directo por la cadena de noticias televisiva CNN, durante la guerra del Golfo Pérsico en 1991, que condujo a la derrota del Iraq de Sadam Hussein por una amplia coalición de países liderada política y militarmente por los Estados Unidos, acontecimientos posteriores introdujeron dudas sobre la firmeza de los Estados Unidos a la hora de ejercer su incontestable liderazgo planetario, como consecuencia de la influencia en Washington del tradicional lobby aislacionista estadounidense y de la persistencia del síndrome de Vietnam, por el que la sociedad norteamericana se muestra enormemente reticente a aceptar bajas de sus tropas en intervenciones militares en el exterior.

Tras la desaparición del enemigo soviético y la caída en barrena de Rusia durante la presidencia de Yeltsin, los intereses estratégicos norteamericanos se difuminaron, extensas áreas del planeta perdieron interés, especialmente en el continente africano, que se deslizo por una pendiente sin fin en la se dieron la mano los estragos causados por el sida, las catástrofes naturales, los conflictos militares y guerras civiles protagonizados por los sátrapas que heredaron los Estados africanos tras la descolonización y el fracaso de las políticas de desarrollo, tanto en su vertiente occidental como socialista, tras la crisis de los años setenta.

La globalización

Los cambios sucedidos en la economia mundial en el último tercio del siglo XX modificaron sustancialmente los parámetros de funcionamiento y regulación de los sistemas económicos surgidos tras el fin de la segunda guerra mundial. Contemplados desde una perspectiva global, más allá de los avatares del ciclo económico, se puede afirmar que dichas transformaciones son de tal envergadura y alcance que nos encontraríamos ante lo que algunos autores han denominado tercera revolución industrial y otros como el nacimiento de la sociedad posindustrial. En efecto, los sectores productivos que habían protagonizado el crecimiento económico tras 1945, combinado con las políticas keynesianas de los países industrializados, mostraron desde el decenio de los setenta su incapacidad para reproducir a escala ampliada el modelo económico y social de las sociedades del bienestar. Los nuevos sectores productivos vinculados a la microelectrónica, la informática, la robótica, la biotecnología y la genética con la consecuente creación de nuevos productos y mercados y su influencia en la reorganización y reestructuración de los sectores maduros -la siderurgia y la industria de la automoción en especial- generaron un nuevo espacio productivo a escala mundial con evidentes repercusiones en las economías nacionales. Es lo que en la segunda mitad de los noventa fue llamado nueva economía para caracterizar el protagonismo de la revolución de las telecomunicaciones, con internet como abanderado, y la biotecnología, con la oveja Dolly como símbolo, en el crecimiento económico de los noventa, cambios liderados por la economía estadounidense.

En primer lugar los efectos combinados de la microelectrónica y la informática revolucionaron el mundo de las comunicaciones. Las nuevas tecnologías de la comunicación, a través de las redes integradas de ordenadores, fibra óptica y satélites, favorecieron la expansión de los mercados, en especial de los financieros y bursátiles, hasta desembocar en un mercado global en tiempo real por el que transitan cientos de miles de millones de dólares a velocidades de vértigo. A mediados de los años noventa, las transacciones diarias en el mercado de divisas mundial alcanzaron la astronómica cifra de 1,3 billones de dólares. La globalización de la economia mundial es uno de los acontecimientos más relevantes del último tercio del siglo XX. Por ejemplo, en 1980 los flujos financieros internacionales producidos en las economías de los países del Grupo de los siete -Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia y Canadá- representaban menos del diez por ciento de su Producto Interior Bruto -PIB-, a mediados del decenio de los noventa superaban ampliamente el valor de su PIB, excepto en el caso de Japón, que sólo alcanzaba el 75 por ciento. Las multinacionales, que en 1970 eran 7.000 y a mediados de los noventa alcanzaban la cifra de 37.000, se han transnacionalizado operando en el mercado global, tanto en sus estrategias empresariales, financieras, productivas y de marketing como en la composición de su capital accionarial. Merced a la revolución de las comunicaciones numerosas empresas han transnacionalizado su producción, generando un espacio productivo global en el que el proceso de producción se integra a escala planetaria, de tal manera que investigación, desarrollo, administración, gestión, producción, marketing, distribución y comercialización se integran en tiempo real -instantáneamente- mediante las redes de comunicación aunque sus centros se encuentren fragmentados espacialmente, separados por distancias de miles de kilómetros.

El paso de una economia-mundo articulada sobre la base de los intercambios realizados por las economías nacionales a una economia-mundo globalizada, en la que los mercados globales marcan las pautas, ha reducido los márgenes de actuación de los espacios nacionales, tanto en el plano del diseño de las políticas económicas -con la reducción drástica de los márgenes de discrecionalidad de la acción de los gobiernos- como en la acción y estrategias de los agentes económicos y sociales. Ni siquiera la Unión Europea ha podido elaborar sus estrategias económicas al margen de las expectativas de los mercados globales, la crisis del Sistema Monetario Europeo en 1992 provocada por grandes movimientos especulativos en los mercados de divisas, con la consiguiente salida de la libra y la lira y el realineamiento de las paridades, fue una prueba palmaria de la dependencia de las economías nacionales y regionales de las apuestas y expectativas de los mercados globales, particularmente de los financieros, otro tanto puede decirse de la debilidad del euro frente al dólar en el año 2000, ante la que se mostraron incapaces las intervenciones del Banco Central Europeo, y las acciones concertadas de los bancos centrales de las principales economías -Reserva Federal de los EE.UU., Banco Central Europeo y Banco Central de Japón- . Otro ejemplo significativo de la transnacionalización de la economia ha sido la reducción de la capacidad de acción e influencia de los sindicatos, cuyas estructuras y estrategias habían sido desarrolladas en el marco de las economías nacionales, desbordados por las dimensiones planetarias de los procesos de reorganización productiva y las estrategias globales de las empresas transnacionales, cuyas decisiones influyen en las condiciones del mercado laboral -niveles de empleo, modalidades de contratación, evolución de salarios...- pero también en el amplio entramado de empresas -grandes, medianas y pequeñas- a ellas subordinado.

Otro tanto ha ocurrido con los medios de comunicación de masas y la circulación de la información. Las comunicaciones por satélite, la tecnología digital y las redes informáticas y por cable han creado un mercado global de comunicaciones en el que operan grandes conglomerados empresariales multimedia, con un claro liderazgo estadounidense. La revolución de las comunicaciones del último tercio del siglo XX no tiene sólo una dimensión tecnológica sino también empresarial. Los satélites, la fibra óptica y la tecnología digital han propiciado la formación de grandes gigantes de la comunicación, sectores antes segregados ahora se unifican, mediante compras, absorciones, intercambios accionariales... en los que se funden empresas de telecomunicación, cadenas audiovisuales y estudios y productoras cinematográficas, de televisión y musicales, como los grupos Time-Warner, Disney, Murdoch o Vivendi. Uno de los ejemplos más paradigmáticos de la nueva revolución de las comunicaciones son las autopistas de comunicación, con la red de redes Internet, cuya estructura horizontal permite la conexión en tiempo real de todos los usuarios de forma interactiva, esto es para recibir o transmitir información, en una red global que abre un universo de nuevas dimensiones culturales, sociales, económicas y políticas de un futuro inmediato que ya es realidad. El protagonismo de internet en la economía de la sociedad informacional quedó marcado por la imparable subida de los valores bursátiles de las empresas de internet, que llevaron en febrero de 2000 a la absorción por American on Line, AOL, una empresa de servicios de internet, del gigante de la comunicación mundial Time-Warner-CNN-EMI. En el año 2000 destacaban dentro de las mayores empresas por capitalización búrsatil a escala mundial las compañías vinculadas a las nuevas tecnologías de la información. La crisis bursátil de las empresas punto-com y su incidencia en la caída de las bolsas mundiales entre el año 2000 y el año 2001 representa una confirmación de la importancia de la llamada nueva economía en el sistema económico globalizado de la sociedad informacional.

Desde principios del decenio de los ochenta del siglo XX se ha asistido a la mayor transformación, cuantitativa y cualitativa, de las telecomunicaciones desde su nacimiento. De ser una actividad centrada exclusivamente en la transmisión de imágenes, voces o textos, a través de la televisión, la radio, la telefonía o la telegrafía, protagonizada, cuando no monopolizada, por los sectores públicos y articulada espacialmente sobre la base de los Estados nacionales ha pasado, en un cortísimo lapso de tiempo, a ser el espacio de la comunicación interactiva en el contexto del espacio-mundo. Los satélites, la cibernética, la tecnología digital han destruido las barreras económicas, políticas y culturales a lo largo y ancho del planeta.

En 1993 el sector de las telecomunicaciones movilizaba unos recursos, a escala internacional, superiores a los 580.000 millones de dólares, que cálculos conservadores estiman que se elevaran hasta los 850.000 millones en el año 2000. Lo relevante no es lo espectacular de las cifras, sino las transformaciones internas de las partidas movilizadas. Hasta hace unos años el parámetro de medida que se utilizaba para comparar las redes teléfónicas era su densidad por habitante, a finales del siglo XX se comenzaban a manejar indicadores sobre el grado de digitalización de la red, nivel de inteligencia, densidad de teléfonos móviles… Es decir, la capacidad de ofrecer servicios múltiples en un contexto mundial. Los sistemas GPRS y UMTS de telefonía móvil son un buen ejemplo de ello.

Desde la fundación en 1976 de la empresa Apple, creadora de los Macintosh, paralelamente a la creación de Microsoft, y el desarrollo por parte de IBM de los IBM PS/2 en 1987 la industria informática ha transformado radicalmente la economía, la sociedad y la cultura, sentando las bases de la llamada nueva economía en conjunción con el desarrollo de la tecnología de los satélites y las redes de fibra óptica, ello ha exigido combinar diferentes disciplinas desde la lógica formal a la física cuántica, pasando por la física del estado sólido, la cibernética, la teoría de la información, la ciencia de sistemas y la teoría de sistemas. Dos ramas han sido precisas para ello: el hardware, o soporte material de los computadores, esto es la estructura de las máquinas, donde la física del estado sólido ha sido transcendental, al permitir desarrollar los transistores y, posteriormente, los microchips, mediante los avances registrados en el campo de la semiconductividad y más recientemente de la superconductividad, en los que la física cuántica es fundamental, logrando máquinas infinitamente más potentes y reducidas; y el software, o lenguajes de programación, donde las matemáticas, la lógica formal, la teoría de la información y la teoría de sistemas han desempeñado un papel esencial, dando lugar a nuevas aplicaciones fruto del avance de la programación computacional, un campo donde el concepto de algoritmo es imprescindible.

El siglo XX puede ser considerado como el siglo de la física, en función de la transcendencia que ha tenido en la configuración de la civilización planetaria, con la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, desde la bomba atómica al microchip. Los avances en las ciencias biológicas del último tercio del siglo XX apuntan el horizonte de la caracterización del siglo XXI como el siglo de la biogenética. Un cambio al que ha contribuido de forma decisiva en el campo de las ciencias biológicas el conocimiento de la estructura de la materia desarrollado por la física del siglo XX, base sobre la que se ha asentado el desarrollo de la química, la bioquímica, la biología molecular y la genética. El desarrollo de la biología molecular ha contribuido decisivamente a la nueva teoría de la evolución. El gen ha dejado de ser un punto en el cromosoma para transformarse en una secuencia de información bioquímica. El establecimiento del modelo estructural del DNA por Watson y Crick en 1953 permitió fijar el contenido informacional de los genes sobre la base de las secuencias de aminoácidos. El conocimiento de la estructura del DNA ha permitido avanzar la importancia de los procesos de replicación en la variabilidad molecular que dan lugar a mutaciones, así como la importancia de las regiones no codificadoras en el control de la expresión génica.

El proyecto del genoma humano actualmente en marcha, que en el año 2000 permitió la secuenciación del mismo, ha sido posible gracias al desarrollo de la biología molecular y de la tecnología de los grandes ordenadores. El alcance del proyecto del genoma constituye uno de los grandes debates científicos del final del milenio. El conocimiento exacto de la estructura de cada uno de los genes y sus funciones y anomalías están permitiendo ya avanzar en el combate contra algunas de las enfermedades irreversibles de la humanidad, incluso antes de que se manifiesten. La genética permite detectar la existencia de genes desencadenantes de enfermedades y establecer técnicas analíticas para la prevención precoz de enfermedades, como el cáncer, que de otra forma serían irreversibles. La ingeniería genética está a las puertas de lograr la corrección o eliminación de los genes defectuosos que están en la base de una variada gama de enfermedades. Sin embargo, la controversia surge ante el peligro de que el conocimiento preciso del genoma humano y el desarrollo de la ingeniería genética, posibiliten modificaciones dirigidas a alterar algunos de los rasgos de la herencia genética de la humanidad. En la actualidad la creación de nuevas especies vegetales o animales con el fin de incrementar la producción agropecuaria es objeto de serios debates. Los criterios productivistas vinculados a los laboratorios de las grandes empresas del sector han provocado en numerosas ocasiones efectos perversos, por la sustitución de especies autóctonas que han terminado en la degradación del lecho ecológico con el consiguiente empobrecimiento del ecosistema, o la aparición de la Encefalopatía Espongiforme bovina, más conocida como el mal de las vacas locas, consecuencia de la alimentación intensiva de los hervíboros con harinas de origen animal.

La aceleración en la transmisión de la información y su globalización plantean un nuevo escenario que modifica las pautas sobre las que las sociedades y las personas habían construido tradicionalmente sus identidades. Los acontecimientos han entrado en una vorágine en la que son consumidos a velocidades de vértigo, en correspondencia con las nuevas estructuras mediáticas instaladas en una voraz carrera por la novedad y la espectacularidad destinadas a atrapar el interés de unas audiencias cada vez más saturadas de información y con menor capacidad de sorpresa. La espectacularización de la información ha terminado por embotar los sentidos en un acelerado proceso de asimilación, banalización y aculturación. Asistimos a una auténtica paradoja, en el momento de la historia de la humanidad en el que las personas manejan un mayor volumen de información los individuos se muestran incapaces de asimilarla y procesarla para reafirmar, reconstruir o edificar sus identidades, los acontecimientos pierden significado más allá del impacto puntual que son capaces de generar los mass-media. La información ha entrado de lleno en los circuitos de la lógica del consumo fragilizando los procesos de construcción de las identidades colectivas y personales. Nos encontramos en una sociedad mediática que se rige por el principio consumista del usar y tirar.

La uniformización de las costumbres y los sistemas de valores propiciados por el sistema mediático global actúa de disolvente de las identidades nacionales y locales, los referentes culturales y sociales sobre los que las personas construían sus identidades y permitían su posicionamiento en el mundo al proveer un sentido a sus vidas han perdido buena parte de su fuerza cohesionadora en el ámbito individual y social. La mercantilización de los usos y costumbres ha invadido las esferas privadas, afectando no sólo a las relaciones sociales sino también a las personales, incluidas las familiares. La fragilización de las relaciones familiares entre los cónyuges y entre padres e hijos constituye una muestra palmaria de ello. Ante esta perdida de identidad y de referentes, importantes sectores de la sociedad buscan refugio en un pasado mitificado con el que construir nuevas identidades con fuertes lazos cohesionadores, a través de la recuperación de los discursos nacionalistas, generalmente en dimensiones menores a los espacios nacionales construidos durante los siglos XIX y XX, dada la perdida de peso específico de los Estados-nación como consecuencia de los procesos de mundialización; o mediante la fascinación ejercida por todo tipo de sectas y movimientos, más o menos esotéricos, capaces de proveer un sentido de pertenencia en la que el individuo puede sentirse acogido y reconocido.

En el año 2000 la sociedad se encontraba caracterizada por una fuerte ambivalencia. De una parte los procesos de globalización tienden a la homogeneización de las costumbres y las identidades, sobre unos parámetros planetariamente comunes, donde el modo de vida norteamericano ejerce de modelo; de otra, aparecen marcadas tendencias hacia la afirmación de las diferencias, mediante la construcción de identidades locales, bien territorialmente o de sistemas de creencias, en muchos casos con un señalado componente irracional.

Por otra parte, el desarrollo de la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas durante el último tercio del siglo XX plantean nuevos retos a la humanidad. Particularmente en el ámbito de la biotecnología y la genética. Las nuevas técnicas de reproducción asistida, la manipulación genética de las especies, tanto vegetales como animales, las técnicas de clonación abren nuevas perspectivas para la solución de determinados problemas hasta entonces irresolubles en una multiplicidad de campos, desde la salud a la alimentación, pasando por la creación de nuevos materiales. Estos nuevos horizontes vienen acompañados de nuevos interrogantes sobre las posibles consecuencias de determinados avances para el equilibrio ecológico del planeta y para el futuro de la especie humana. La ética y los sistemas de valores tradicionales se muestran incapaces de ofrecer soluciones convincentes a los nuevos retos planteados, generando incertidumbres respecto de las decisiones y direcciones a adoptar ante las desconocidas consecuencias que para el futuro pueden tener determinadas acciones.

El debate abierto en la comunidad científica, en la sociedad política y en los mass-media se encuentra ante el problema de la aceleración del tiempo en el ámbito de la investigación. Los nuevos adelantos y descubrimientos van muy por delante del posible establecimiento de unas reglas y normas que sean capaces de gobernar las nuevas realidades que surgen y sus posibles consecuencias. La dinámica no es nueva, así ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad, el problema surge por el impacto global que algunas de estas nuevas realidades pueden tener, generando procesos irreversibles a escala regional o planetaria.

La segunda mitad del siglo XX nos ofrece algunos ejemplos, a escala reducida, de los efectos de la acción del hombre sobre el planeta, desde el agujero de la capa de ozono a los procesos de desertización, o el calentamiento de la atmósfera. La biotecnología y la genética plantean de una forma ampliada el problema de la responsabilidad del género humano respecto del futuro del planeta y de la propia especie, puesto que las decisiones del presente pueden condicionar irreversiblemente el futuro. Una nueva ética de la responsabilidad se impone, en la que deberán ser sometidos a cuestión determinados valores que han primado la acción de la civilización occidental en los últimos tres siglos, sin por ello renunciar al avance de la ciencia y de la innovación tecnológica, pero sustituyendo el inocente optimismo de la ideología del Progreso en vigor desde la Ilustración por una nueva actitud que tome en consideración las consecuencias para el futuro de los actos y decisiones del presente, reactualizando la reflexión weberiana sobre la ética de la responsabilidad.

Nuevos movimientos sociales para una nueva sociedad

En contraposición a los movimientos sociales de la civilización industrial los nuevos movimientos sociales se nutren de activistas y simpatías de todos los sectores de la estructura de las sociedades industrialmente avanzadas. Sus discursos, mensajes y demandas van dirigidas al conjunto de la sociedad y no a ningún grupo en particular en función de la posición que ocupa social y económicamente. Se caracterizan por el carácter global de sus reivindicaciones y, a la vez, por el carácter particular de los objetivos y propuestas. Actúan más en la dirección de provocar cambios globales en la escala de valores que de provocar alteraciones en las bases funcionales del sistema político. Los movimientos ecologistas y por la paz reclutan efectivos y simpatías de un arco difuso de la estructura social. El movimiento feminista obtiene apoyos sobre la base de la desigualdad de las mujeres como género, obteniendo apoyo de las mujeres independientemente de su posición en la estructura social.

Por otra parte, el sistema social de los países industrialmente avanzados ha mostrado una gran flexibilidad a la hora de incorporar algunas de las demandas de estos movimientos. A ello ha contribuido la cristalización de la democracia como el sistema político asociado a las sociedades del bienestar. El juego político del sistema de partidos se fundamenta en la conquista de mayorías sociales, obligando a los partidos a presentar programas y actuar en conformidad con los valores y reivindicaciones predominantes en la sociedad. De tal manera que, cuando un determinado valor o demanda es asumida por un amplio sector de la población, este nuevo valor o demanda es incorporada por el sistema político. Este carácter magmático de las sociedades del bienestar ha permitido incorporar progresivamente reivindicaciones y valores de los movimientos sociales, ofreciendo salidas consensuales a las contradicciones presentes en la estructura social, imposibilitando o, al menos, debilitando la confrontación radical entre grupos en favor de procesos de ósmosis social.

Esta porosidad de la sociedad ha influido en la dinámica de los nuevos movimientos sociales, el pluralismo de la sociedad ha encontrado traducción en dichos movimientos, la herencia antiautoritaria de las revueltas del sesentayocho ha empujado en la misma dirección, por lo que la cohesión se ha centrado en la asunción y defensa de nuevos valores y no en el ámbito organizativo, donde han primado los mecanismos de democracia de base y descentralización, mostrando los grupos dinamizadores una fuerte inestabilidad compatible con la permanencia de los nuevos movimientos sociales. La flexibilidad organizativa, con la consiguiente entrada y salida permanente de activistas, responde al carácter difuso del apoyo social que obtienen, en concordancia con los ciclos de movilización y desmovilización que les caracterizan. Sus formas de actuación tratan de optimizar los mecanismos de las sociedades mediáticas. Las campañas son pensadas y organizadas para obtener la mayor repercusión en los mass-media e influir desde ahí a la opinión pública.

El espacio del conflicto se desplaza desde el centro de trabajo -la fábrica- a los medios de comunicación y el papel de la calle se transforma radicalmente, de la conquista del espacio público simbolizado por la ocupación de la calle por las masas se ha pasado a la escaparatización de la protesta social, la calle se ha convertido en el escenario en el que representar la protesta para que sea acogida por los mass-media, del asalto al palacio de invierno se ha pasado a la construcción de grandes decorados en los que escenificar la protesta social para su proyección audiovisual por las grandes cadenas de televisión, Seattle y Praga frente a la toma de la Bastilla y el asalto al Palacio de Invierno de Petrogrado, los universitarios franceses así lo comprendieron en las calles del barrio latino durante el mayo del 68. Esta transformación de la protesta social esta estrechamente vinculada al carácter global de las reivindicaciones, los ejemplos más emblemáticos de esta nueva dimensión global estan representados por los problemas ecológicos, que no entienden de fronteras como se puso de manifiesto en el accidente de Chernobil, o en el ámbito de los valores socioculturales, que recorren todo el espacio de la representación desde la esfera personal a la global pasando por la estatal, caso de la problemática sacada a la luz por el movimiento feminista, y sistémica como el incipiente movimiento contra la deriva exclusivamente economicista y productivista de la globalización, cuyos escenarios rebasan los estrechos límites de los Estados-nación para insertarse en el ámbito planetario, por lo que para provocar consecuencias deben combinar las dimensiones locales, estatales, regionales y globales de la protesta, aprovechando las transformaciones socioculturales asociadas al papel dominante de los mass-media.

Las respuestas resistencialistas frente a la denominada globalización surgidas en el decenio de los noventa del siglo XX se articularon sobre los nuevos presupuestos de la protesta social en la sociedad informacional, con escasos resultados prácticos, si utilizamos los criterios del conflicto social de la vieja civilización industrial, pero considerable proyección pública, más concordante con los mecanismos de acción social de los nuevos movimientos sociales, como los zapatistas en México o los boicots de la Cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) de Seattle (EE.UU.) en noviembre de 1999 y del Fondo Monetario Internacional (FMI) y Banco Mundial de Praga en noviembre de 2000, que aglutinó a una amplia y heterogenea coalición de ONGs, movimientos sociales y sindicales en contra de los efectos perversos de la globalización.

El movimiento pacifista un ejemplo de las nuevas formas de acción social

Un buen ejemplo de estas transformaciones fue el nuevo movimiento por la paz que recorrió Europa en el decenio de los ochenta, que se fundamentó en el peligro de una guerra nuclear limitada, con escenario en Europa, a raíz de la doble decisión de la Unión Soviética y los Estados Unidos de fabricar misiles de alcance medio, con un radio de acción comprendido entre los 500 y 2.000 kms., los SS-20 y los Pershing 2 y Cruise: los euromisiles. En 1976 se iniciaba por parte de la Unión Soviética la producción de misiles SS-20. En junio de 1979 Estados Unidos aprobaba el programa de construcción de los sistemas móviles de misiles MX. El 9 de diciembre de ese año se celebró en Bruselas la primera manifestación masiva en contra de la instalación de misiles de alcance medio en Europa Occidental. Tres días después, el 12 de diciembre, la OTAN adoptaba la llamada doble decisión por la que se acordó la instalación en Europa occidental de los misiles de alcance medio.

En abril de 1980 se fundó la END -European Nuclear Disarmament, Desarme Nuclear Europeo-, la coordinadora que aglutinó al movimiento por la paz europeo de los ochenta, dos objetivos marcaron su trayectoria: la desnuclearización de Europa, tanto occidental como oriental, y el respeto de los derechos civiles y humanos en los países del Este. Dos elementos diferenciaron el movimiento por la paz de los ochenta de las movilizaciones de los años cincuenta y primeros sesenta. De un lado, su carácter internacional, la constitución de la END hizo del movimiento por la paz un movimiento transnacional, donde las actividades y movilizaciones se desarrollaban en un triple escenario: el local, el nacional y el internacional. La estructura de la END se caracterizó por su flexibilidad. Una Convención anual reunía a todas aquellas personas y grupos, independientemente de su tamaño e influencia, que deseaban participar. La larga sombra del mayo del 68 se dejaba sentir en el carácter asambleario, pluralista y antiautoritario de la END. Entre una y otra Convención un Comité de Enlace preparaba la siguiente Asamblea anual y servía de canal de comunicación de iniciativas nacionales. Esta estructura flexible y horizontal no restó operatividad ni capacidad movilizadora a la END, antes al contrario permitió la colaboración de corrientes muy dispares, ideológica y políticamente -desde las iglesias nórdicas y cristianos de base a la extrema izquierda, pasando por la socialdemocracia, los comunistas occidentales o los defensores de los derechos civiles del Este, desde Solidarnosc a Carta 77 de Checoslovaquia-.

De otro lado, una de las características más sobresalientes del movimiento por la paz de los años ochenta residió en la ruptura de las barreras impuestas por el telón de acero. La END reafirmó a lo largo de su existencia su vocación de actuar en el Oeste y en el Este. Favoreció de manera persistente la incorporación a sus Convenciones y actividades de grupos y personas procedentes del Este, ligando las movilizaciones contra la carrera de armamentos y la instalación de los euromisiles con la democratización del Este y la defensa del respeto de las libertades civiles y de los derechos humanos en los países del Este. Se trataba de hacer realidad lo defendido saltando por encima del muro, de eliminar las barreras entre los movimientos civiles de un lado y otro del telón de acero, desarrollando la ecuación desnuclearización-democratización. En julio de 1982 se celebró en Bruselas la primera Convención de la END, en los años siguientes tuvieron lugar en Berlín, Perugia, Amsterdam, París, Coventry, Lund, Vitoria, Helsinki-Tallín y Moscú.

El acuerdo de Washington de 8 de diciembre de 1987 entre los Estados Unidos y la Unión Soviética para el desmantelamiento de los euromisiles marcó el inicio del declive del movimiento por la paz europeo de los años ochenta, bien es verdad que por la consecución de sus principales objetivos tras el fin de la guerra fría: la eliminación del peligro de una guerra nuclear en el futuro próximo y la democratización de los países del Este y la antigua Unión Soviética.

En España el compromiso electoral del PSOE de convocar un referendum sobre la permanencia de España en la OTAN, en la campaña electoral que le llevó a conquistar su histórica mayoría absoluta el 28 de octubre de 1982, marcó el despegue del movimiento por la paz en España, polarizado en torno al desmantelamiento de las bases norteamericanas en territorio español y el No a la OTAN. Las marchas a la base hispano-norteamericana de Torrejón de Ardoz se convirtieron en punto de referencia obligado de la trayectoria del movimiento por la paz en España, que pivotó en torno a tres grandes corrientes: la representada por las Comisiones Anti-Otan, impulsadas por el Movimiento Comunista y la Liga Comunista Revolucionaria -prácticamente las dos únicas organizaciones de la izquierda del PCE sobrevivientes de los años setenta-; los grupos pacifistas y antimilitaristas no simplemente anti-Otan, como el Movimiento de Objeción de Conciencia y los grupos aglutinados alrededor de la revista En pie de paz, nacida en 1986; y, finalmente, el polo articulado en torno al Partido Comunista de España, cuya actividad se inició más tardíamente debido a la aguda crisis interna en la que se encontraba sumido el PCE desde 1981, y materializado en la Mesa por el Referéndum reconvertida, una vez convocado por el gobierno socialista, en Plataforma Cívica por la Salida de la OTAN. Estos tres polos se coordinaron, no sin problemas y desavenencias, en la Coordinadora Estatal de Organizaciones Pacifistas (CEOP), siguiendo un modelo organizativo que combinó las formas tradicionales de acción social, cristalizadas en las formas de organización y movilización de la oposición democrática durante los últimos años de la dictadura del general Franco, y las propias de los nuevos movimientos sociales, mediante la proliferación de centenares de colectivos locales coordinados de forma horizontal y dotados de una gran flexibilidad, que explican su capacidad de movilización entre 1982 y 1986 pero también su rápida disolución tras la celebración del referendum. La actividad del movimiento por la salida de la OTAN en los meses previos al referéndum logró revitalizar al tejido social, miles de personas se incorporaron a cientos de grupos, decenas de miles participaron en manifestaciones en las principales ciudades españolas entre 1984 y marzo de 1986 -como la del 3 de junio de 1984 en Madrid o las del 10 de noviembre de 1985 en las principales ciudades españolas-. El 12 de marzo marcó el punto de inflexión de la influencia, apoyo social y capacidad movilizadora del movimiento por la paz en España. El triunfo del SI inició el declive del movimiento, evidenciando su marcado carácter antiatlantista alimentado por el tradicional sentimiento antinorteamericano cristalizado en la sensibilidad de la izquierda sociológica.

De aquella experiencia quedó la tentativa, finalmente fallida, de Izquierda Unida, intento de construir en España una nueva izquierda más cercana a los planteamientos de los nuevos movimientos sociales que a las tradicionales prácticas políticas de la izquierda, la llegada de Julio Anguita y el papel hegemónico de un PCE en estado permanente de crisis terminaron por abortar dicha experiencia, revelando el carácter ambivalente de aquel movimiento social, que navegó entre dos aguas que finalmente se manifestaron incompatibles de cristalizar en un modelo político y organizativo duradero, el procedente de la izquierda tradicional, representado por el PCE, y las nuevas formas organizativas representadas por los cientos de colectivos que proliferaron en aquellos años, muchos de ellos también atrapados por la vieja política, dada la procedencia de muchos de sus militantes, situados en la izquierda del PCE de los años finales de la dictadura y durante la transición política, su ejemplo más representativo fueron los comités Anti-Otan. En cualquier caso, constituyó el antecedente inmediato desde el que progresó de manera imparable la objeción de conciencia y la insumisión, hasta el punto de poner en cuestión la viabilidad del modelo de ejército de leva. El rechazo al servicio militar obligatorio entre las nuevas generaciones fue una de las razones fundamentales que llevaron a la adopción del modelo de ejército profesional. También de aquellos rescoldos se alimentó el nacimiento del movimiento de las ONGs en España, algunos de aquellos colectivos se reconvirtieron en ONGs y muchos de sus activistas se integraron en ellas.

La cooperación al desarrollo. Una nueva forma de entender la solidaridad internacional. La explosión del movimiento de las ONGs

En los años cincuenta y sesenta la solidaridad con los países del Tercer Mundo se articuló a través de la movilización política de la izquierda. Era el momento en el que las antiguas colonias estaban accediendo a la independencia política. Sucesos como la guerra de Argelia, la revolución cubana o la guerra del Vietnam generaron importantes movilizaciones y unos estados de opinión en favor de lo que se denominó el tercermundismo.

Estos movimientos de solidaridad se caracterizaban por su fuerte componente político. El antiimperialismo era el común denominador de todos ellos. Se identificaba la solución de los problemas del Tercer Mundo con el triunfo de las luchas guerrilleras para imponer un nuevo orden social, económico y político en los nuevos países independizados. En el Tercer Mundo el protagonismo corría de la mano de dichos movimientos guerrilleros. En el Primer Mundo la solidaridad se expresaba en la sucesión de manifestaciones contra el intervencionismo de las grandes potencias y particularmente de Estados Unidos, a la par que proliferaban los discursos contra la rapiña económica de estos países en las áreas subdesarrolladas. Se crearon nuevos mitos como los del Che Guevara o Ho Chi Minh. Sus posters convivían con los de los Beatles y los Rolling Stones en las habitaciones de los jóvenes europeos y norteamericanos.

En los decenios de los años setenta y ochenta esta solidaridad política fue erosionándose. En primer lugar, porque el mensaje fundamentalmente antinorteamericano que los caracterizaba se demostraba fuertemente unilateral. La Unión Soviética demostraba comportamientos similares en sus zonas de influencia. Fue especialmente significativa la guerra de Afganistán o el caso de Etiopía. La República Popular China no fue una excepción. El desengaño fue enorme por su apoyo a la dictadura del general Pinochet en Chile. En segundo lugar, los movimientos revolucionarios que se hicieron con el poder en este periodo defraudaron las expectativas de emancipación y liberación que proclamaban. Se instalaron regímenes autoritarios o que reproducían el modelo económico y político de los desacreditados países del socialismo real.

La crisis de la solidaridad política no significó el fin de los movimientos de solidaridad. Ocuparon su lugar de forma progresiva las Organizaciones No Gubernamentales -ONG-. Coincidiendo con el fin de la guerra fría y el desmoronamiento de los regímenes de socialismo real, surgió una nueva conciencia de la globalidad de los problemas de la humanidad. A la par se demostró el fracaso de las políticas de desarrollo impulsadas por los países occidentales en el Tercer Mundo. El hambre, la pobreza, las epidemias, el analfabetismo, la desigualdad de la mujer, lejos de solucionarse se vieron agravados por la explosión demográfica. En amplios sectores de la opinión pública de los países desarrollados resultaba insoportable aceptar que el 20 por ciento de la población mundial disfrutara de más del 80 por ciento de la renta mundial. Frente al egoismo de las sociedades del despilfarro emergió una nueva conciencia solidaria: el movimiento de las ONG.

Las primeras Organizaciones No Gubernamentales que introdujeron los nuevos presupuestos surgieron en el decenio de los años sesenta. En primer lugar Amnistía Internacional, nació en 1961 en Londres como una organización dedicada a la defensa de los Derechos Humanos, centrando sus campañas en la denuncia de las violaciones de los derechos humanos y la existencia de prisioneros de conciencia, con independencia de las motivaciones de las mismas, fuesen por razones nacionales, culturales, religiosas, ideológicas o políticas, sin establecer distinciones entre sistemas políticos, rompiendo con el unilateralismo que la división del mundo en bloques ideológicos enfrentados había condicionado las respuestas de los movimientos sociopolíticos de un lado y otro del telón de acero. Su insobornable independencia hizo que su credibilidad en la opinión pública internacional fuera creciendo con el tiempo y sus campañas alcanzasen mayor repercusión en los medios de comunicación y capacidad de movilización de la sociedad civil, incrementando la presión sobre los Gobiernos, su actividad se vio reconocida por la concesión en 1977 del premio Nobel de la Paz. En 1969 se constituyó la organización ecologista Amigos de la Tierra y en 1971 se fundó Greenpeace, una organización que comprendió desde su origen la nueva realidad de la emergente sociedad mediática, organizando sus acciones desde la premisa de la espectacularidad con el fin de atraer la atención de los mass media y desde allí proyectar su influencia a la opinión pública internacional, hasta constituirse en una auténtica transnacional verde, capaz de poner en jaque a Gobiernos y multinacionales con sus campañas de denuncia, un ejemplo paradigmático de su capacidad de influencia fue su campaña contra el hundimiento de las plataformas petrolíferas del Mar del Norte, que obligaron a la todopoderosa Shell a reconsiderar su decisión tras la repercusión de su llamada al boicot de las gasolineras de la compañía petrolífera. Hoy en día una campaña de Greenpeace es capaz de colocar en serios aprietos a cualquier transnacional por poderosa que resulte. En 1971 se creó la ONG Médicos sin Fronteras en Francia, una organización dedicada a la ayuda humanitaria, que además de actuar en las zonas de emergencia se convirtió en una poderosa organización de denuncia de las responsabilidades de los Gobiernos y de la comunidad internacional en la gestación de las grandes catástrofes del último tercio del siglo XX o su pasividad ante las mismas, combinando la acción humanitaria con la denuncia de las causas de los conflictos bélicos y del abandono al que se encuentran sometidas las poblaciones de los países pobres en situaciones de catástrofe, provocando los éxodos de poblaciones enteras o hambrunas de proporciones biblícas. Sus denuncias sobre el genocidio de Ruanda, la guerra en Bosnia, en Afganistán o en Chechenia unido a su intervención directa sobre las poblaciones afectadas, la convirtieron en una organización con decenas de miles de socios, con una gran capacidad de intervención directa y de influencia sobre la sociedad civil de los países desarrollados y, consecuentemente, de presión sobre los Gobiernos para vencer su pasividad ante los desastres y conflictos, siendo una de las principales impulsoras de la introducción del concepto de injerencia humanitaria en el sistema internacional a finales del siglo XX, su labor se vio reconocida por la concesión del premio Nobel de la Paz de 1999. En 1976 se creó en Canadá la otra gran ONG dedicada al tema de los Derechos Humanos, junto con Amnistía Internacional, Human Rights Watch, que ha hecho un uso intensivo de las posibilidades abiertas por internet.

Fue en el decenio de los años noventa cuando el movimiento de las ONGs cobró un creciente protagonismo e influencia social. Un acontecimiento marcó su espectacular irrupción: el impacto y la solidaridad social que despertó el genocidio de Ruanda, por las matanzas indiscriminadas de la población tutsi a manos del ejército ruandés controlado por un gobierno de mayoría hutu, en la primavera y el verano de 1994. Desde entonces el movimiento de las ONGs no hizo sino crecer. Miles de personas se incorporaron a las mismas y el voluntariado ha ocupado el tiempo de forma altruista de decenas de miles de ciudadanos, especialmente jóvenes.

El conflicto bélico en Bosnia fue otro puntal destacable en la extensión de la conciencia solidaria. Las imágenes de las atrocidades cometidas por los serbobosnios retransmitidas por las televisiones despertaron la indignación y movilizaron la solidaridad con Bosnia. Dando lugar a la evolución del pensamiento de amplios sectores de la sociedad a favor del derecho de injerencia internacional, canalizado y protagonizado por la ONU, para garantizar el respeto de los derechos humanos e impedir la repetición de genocidios como los de Ruanda o Bosnia.

Derecho de injerencia humanitaria que en la segunda mitad de los años noventa encontró su traducción en las exigencias del establecimiento de un tribunal de justicia internacional encargado de velar por el respeto de los derechos humanos y de perseguir los crímenes de guerra y contra la humanidad. Evolución del derecho internacional que se tradujo en la creciente adhesión de las naciones al Convenio contra la Tortura auspiciado en 1984 por la ONU, en la firma del Tratado para la eliminación de las minas personales de 1997, la creación de los Tribunales Internacionales para juzgar los crímenes contra la humanidad en Ruanda, Bosnia y Kosovo, o en la causa contra los crímenes cometidos por las dictaduras militares de Chile y Argentina impulsadas por el juez de la Audiencia Nacional de España Baltasar Garzón, que condujeron a la detención en Londres del general Pinochet en octubre de 1998, su posterior regreso a Chile en el año 2000 por causas de salud no significó el triunfo de la impunidad de los crímenes cometidos por el dictador chileno, su procesamiento por el juez chileno Juan Guzmán en enero de 2001 así lo confirma. Un cambio que encontró su reflejo en el acuerdo de julio de 1998 en Roma de impulsar la creación de un Tribunal Penal Internacional, encargado de velar por el respeto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y perseguir los crímenes contra la humanidad, acuerdo en proceso de ratificación que lo convertirá en operativo una vez sea ratificado por 60 Estados miembros de la ONU, al finalizar el año 2000 139 Estados lo habían suscrito y 27 lo habían ratificado.

Un movimiento constituido por cientos de ONGs, con decenas de miles de socios -con aportaciones regulares de dinero- y que en las grandes campañas de solidaridad movilizaba la conciencia y la colaboración de cientos de miles de personas, se ha consolidado y se ha convertido en una de las más relevantes expresiones de la nueva sociedad civil de la era informacional. La influencia social y el protagonismo alcanzado por las ONGs a la hora de sensibilizar y movilizar a la opinión pública mundial fue reconocido con la concesión de los Premios Nobel de la Paz de 1977 a Amnistía Internacional, de 1997 a la Campaña Internacional para la Prohibición de las minas terrestres (International Campaign Ban Landmines, ICBL), y de 1999 a Médicos sin Fronteras, algunas de las grandes ONGs internacionales con mayor proyección e influencia.

Los derechos humanos en la era de internet

La expansión de Internet a escala planetaria producida en el último decenio del siglo XX ha dado lugar a la aceleración del proceso de globalización, constituyendo una de las bases del ciclo alcista vivido por la economía mundial, donde las empresas punto-com, es decir las vinculadas con el mundo de Internet tuvieron un claro protagonismo. El desarrollo de las nuevas tecnologías de la información vinculadas a la revolución de las telecomunicaciones del último tercio del siglo XX, en el que Internet es el componente más visible, ha generado importantes reflexiones y debates sobre el alcance de dichos cambios y sobre el respeto y salvaguardia de los derechos humanos. Una de las cuestiones centrales tratadas ha girado en torno a la pérdida de la intimidad, como consecuencia del exponencial crecimiento de las bases de datos que los Gobiernos y las grandes compañías tienen de las personas en la sociedad digital, desde las transacciones electrónicas que dejan un rastro minucioso y detallado de todas y cada una de las acciones que el individuo realiza en la sociedad de la información hasta la capacidad de rastreo de la navegación por internet, dando lugar al nacimiento de una sociedad transparente en la que las personas se han convertido en individuos de cristal, rompiendo uno de los principios básicos del concepto de ciudadanía, sobre el que se asentó el paso de la sociedad del Antiguo Régimen a la sociedad contemporánea, el derecho a la privacidad y la intimidad. Principio ratificado en el artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, en el que se dice: "Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques". Una cuestión transcendental, que constituye uno de los temas centrales que debe ser reconsiderado en la nueva sociedad de la información a la hora de su salvaguardia y redefinición.

Como toda transformación de envergadura que modifica la realidad social Internet no es una excepción, su carácter no es unívoco sino que muestra múltiples caras. Algunos de los más renombrados analistas de la sociedad de la información han llamado la atención sobre la emergencia de una nueva desigualdad, que vendría a sumarse y a superponerse a las tradicionales desigualdades económicas y sociales, la desigualdad producida por el hecho de estar conectado o desconectado a la red, es decir de tener acceso o no a internet, en una sociedad que ha sido definida precisamente como sociedad red. Internet introduce una nueva dimensión en el ámbito del derecho a la información, uno de los principios básicos sobre los que descansó la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano introducidos por la Revolución francesa en 1789, posteriormente reafirmado por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 en su artículo 19: "Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el defundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión". De la misma forma que la Revolución francesa proclamó el reconocimiento de los derechos y libertades políticas como la base sobre la que debía asentarse la convivencia social y el siglo XX extendió los derechos fundamentales de la persona al ámbito de los derechos sociales, sancionados por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la nueva sociedad de la información deberá plantearse como un derecho básico de la persona hacer efectivo el derecho a la información, en todas sus formas, incluido el acceso a internet, tanto individual como colectiva y territorialmente.

Hemos señalado algunos de los retos que para el respeto y la defensa de los Derechos Humanos suponen las nuevas tecnologías de la comunicación, pero también, como ha sucedido con toda innovación que ha supuesto una profunda transformación social, internet ofrece nuevas posibilidades que han sido aprovechadas para expandir la defensa y la cultura de los Derechos Humanos. Las propias características de la red, su horizontalidad e interactividad ha sido empleada para expandir la cultura de los derechos humanos y como herramienta para denunciar las violaciones de los mismos y movilizar a la opinión pública mundial ante tales situaciones. Caracterizabamos con anterioridad a la sociedad de la información como una sociedad transparente, en el sentido de representar un peligro para la privacidad de las personas, pero también es una sociedad transparente para aquellos individuos, gobiernos o Estados que violan de manera sistemática los Derechos Humanos, posibilitando que las denuncias de tales hechos lleguen a todos los rincones del planeta de una forma mucho más efectiva.

En este sentido, podemos clasificar en tres grandes categorías los espacios que tratan sobre los Derechos Humanos en internet. Los sitios institucionales, de las organizaciones internacionales dedicadas a la defensa de los Derechos Humanos, entre los que destaca la ONU y sus agencias especializadas, en los que se ofrece una amplia información sobre la cuestión desde la Declaración de los Derechos Humanos a las actividades del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, pasando por los Tribunales Penales Internacionales sobre Ruanda y Yugoslavia o el Tribunal de los Derechos Humanos Europeo. Las agencias y medios de comunicación digitales, en los que además de las versiones electrónicas de los tradicionales medios de comunicación -agencias de noticias, prensa, radio y televisión- han encontrado un espacio de actuación medios alternativos, dada la versatilidad de la red, la sencillez de su manejo y la facilidad y escaso coste para su mantenimiento, que en las condiciones más adversas, de conflicto o persecución, han podido sobrevivir, a través de los mirrors, por los que desde otros puntos distantes del planeta duplicaban sus informaciones y las situaban lejos de las posibilidades de acción de los verdugos, actuando de portavoces de las violaciones de los derechos humanos que se cometían. El carácter horizontal de la red convierte en inviable cualquier intento de silenciamiento, basta un correo electrónico, una carta, una conversación telefónica, para que una vez colocada en la red está se expanda sin limitaciones. Finalmente, las Organizaciones No Gubernamentales han aprovechado internet para crear una tupida red de información y contrainformación, por la que circulan cientos de miles de correos electrónicos alertando de las violaciones de los derechos humanos, por remoto que sea el lugar o por cerrado que sea el sistema político en el que se producen, a la vez que las miles de web de ONGs constituyen una densa malla en la que se ofrece información directamente o a través de los enlaces (links) que remiten a otras web relacionadas con la defensa de los Derechos Humanos.

Además, la red es utilizada para poner en marcha campañas de sensibilización, información, recogida de fondos, recogida electrónica de firmas, envío electrónico de mensajes de protesta y movilización social a través de las infinitas interacciones producidas por la combinación del correo electrónico, las webs y los grupos de discusión y de noticias, ejemplo de ello fueron la manifestación del millón de mujeres afroamericanas en Atlanta, o las manifestaciones antiglobalización de Seattle y Praga, convocadas a través de la red, por citar algunos ejemplos de los muchos que han proliferado en los últimos años. Asimismo, la utilización de la red por las ONGS ha dado lugar a la aparición de nuevas formas de acción social, como el bloqueo de webs contrarias a los Derechos Humanos. Una acción tradicional de Amnistía Internacional como era el envío de cartas solicitando la liberación de presos de conciencia a los gobiernos responsables ha adquirido un nuevo sentido y significado con el desarrollo de internet, puesto que el envío de miles de correos electrónicos puede desembocar en la caída de los servidores y webs de los responsables de la violación de los derechos humanos, llegando a bloquear las comunicaciones de estos, constituyendo un medio de presión infinitamente más eficaz que la recepción de miles de cartas que facilmente podían ser ignoradas.

Las posibilidades abiertas por internet son infinitas y las ONGs y grupos defensores de los Derechos Humanos están aprendiendo a utilizar intensivamente las nuevas formas de acción social que internet ofrece. Basta darse una vuelta por la red para apreciar el potencial de internet. Hoy para obtener información no hace falta ser un experto en Derechos Humanos o en informática, basta tener un mínimo interés para acceder a una información desbordante sobre la cuestión. De la misma forma, para hacer circular una información en la red no es preciso contar con una amplia organización, ni con grandes medios económicos, ni ser un experto informático, basta tener un punto de acceso a la red, privado o público -por ejemplo un cibercafé- para componer una web -con programas de ayuda gratuitos, que te dirigen paso a paso-, enviar un correo electrónico a las webs que se ocupan de la defensa de los derechos humanos, o colocar la información en los grupos de discusión y grupos de noticias, para que empiece a difundirse por internet. Basta teclear en cualquier buscador las palabras derechos humanos para que aparezcan en nuestras pantallas cientos, habría que decir mejor miles, de páginas webs dedicadas a ello, basta una hora escasa, sin ningún conocimiento previo del tema o de internet para acabar encontrando agencias de información y contrainformacion alternativas a las grandes agencias de noticias, en las que aparece información exhaustiva sobre los derechos humanos, actualizadas en tiempo real. Basta entrar en una web dedicada a la cuestión y acudir a su página de enlaces para iniciar un recorrido interminable a lo largo y ancho de la red donde encontraremos aquella información que deseabamos, por particular que sea el caso que busquemos.

Los principios antiautoritarios y antijerárquicos que informaron a los nuevos movimientos sociales surgidos en los alrededores de los mayos del 68, han encontrado en internet un instrumento enormemente eficaz para expandir su radio de acción y propagar sus presupuestos, así como la posibilidad de organizar redes alternativas de creación y circulación de la información, tan cercano o tan lejano esta en internet el pais digital como pueda estarlo mal de ojo, los dos están a un click de ratón, lo mismo ocurre con Associated Press o con el equipo nizkor. Internet pues no es sólo el espacio simbólico de la nueva economía sino también el instrumento para expandir las nuevas formas de acción social y desarrollar otras actualmente apenas apuntadas por los nuevos movimientos sociales de la sociedad informacional, situación que no ha pasado desapercibida para la extensa y túpida red de Organizaciones No Gubernamentales y para las instituciones defensoras de los Derechos Humanos. Sirvan de ejemplo algunas direcciones, dentro de la interminable relación existente, de los distintos niveles a los que hacíamos referencia.

En el caso de las Agencias internacionales, la propia web de la ONU (http://www.un.org) nos abre las puertas a todas las agencias de Naciones Unidas dedicadas a la defensa de los Derechos Humanos, a la vez que nos proporciona los textos legales internacionales como la Carta de las Naciones Unidas (http://www.un.org/spanish/aboutun/charter.htm) o la Declaración Universal de los Derechos Humanos (http://www.un.org/spanish/aboutun/hrights.htm) o el texto del Estatuto de la Corte Penal Internacional aprobado en Roma en 1998 (http://derechos.net/doc/tpi.html) Respecto de las agencias de información y contrainformación, servidores, periódicos y revistas digitales su número es interminable, sirvan como ejemplo algunas direcciones, desde las que se puede entrar en contacto con estos medios alternativos con la misma facilidad o dificultad con la que accedemos a las versiones electrónicas de las grandes agencias de noticias y mass media, por ejemplo en el campo de los derechos humanos el servidor pangea (http://www.pangea.org), (http://www.pangea.org/ddhh/onugub.html), (http://www.pangea.org/ddhh/ongint.html ), (http://www.pangea.org/ddhh/ddhh/dirgenhtml), la cátedra UNESCO sobre Paz y Derechos Humanos, donde encontraremos una interesante página de enlaces (links) sobre la cuestión (http://www.pangea.org/unescopau/catedra/directdre.htm), Human Rights Internet (HRI), que como su nombre indica ha desarrollado el potencial ofrecido por internet para la defensa de los Derechos Humanos, con una amplisíma información sobre organizaciones, acciones, recursos, listas de discusión y campañas sobre la cuestión (http://www.hri.ca/index.htm), el equipo Nizkor, asociado a Derechos Human Rights, un espacio virtual dedicado a la defensa de los Derechos Humanos en español (http://derechos.org/nizkor/) o la propia Derechos Human Rights con más de 2.000 documentos y páginas web sobre la cuestión (http://www.derechos.org/esp.html), (http://www.derechos.net/links/esp/) (http://www.derechos.net/links/esp/temas/) o el Institute for Global Communications (IGC), con directiorios y grupos de discusión sobre la cuestión (http://www.igc.org/igc/issues/hr/index.html), Human Rights Net (http://www.human-rights.net/), el directorio de recursos sobre derechos Humanos de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (American Association for the Advancement of the Science, AAAS) (http://shr.aaas.org/dhr.htm), el Proyecto Diana, archivo internacional de documentación legal de Derechos Humanos, bajo la dirección del Centro Internacional de Derechos Humanos "Orville H. Schell, Jr." de la Escuela de Leyes de Yale (http://diana.law.yale.edu) o la The WWW Virtual Library: International Affairs Resources Human Rghits (http://www.etown.edu/vl/humrts.html), la lista seria interminable, pero a través de las direcciones reseñadas se puede tener acceso a cualquier recurso sobre Derechos Humanos presente en internet, a través de sus páginas de enlaces o motores de búsqueda. Otros servidores o agencias de información digital de carácter más general serían en español Canal Solidario dedicado al mundo de las ONGs (http://www.canalsolidario.com/html/pieza_central.asp), o sindominio.net (http://www.sindominio.net/) y nodo 50 (http://www.nodo50.org) servidores dedicados a la contrainformación, donde encontraremos en español información sobre todo tipo de agencias de contrainformación y grupos alternativos e información del movimiento de resistencia global (MRG).

La sociedad informacional también ha encontrado traslación en las formas de organización y acción de las ONGs, desde el papel pionero de Greenpeace (http://www.greenpeace.org) (http://www.greenpeace.es), que desde su nacimiento en 1971 comprendió perfectamente las claves de intervención social en la sociedad mediática, hasta Amnistía Internacional (http://www.amnesty.org) y Human Rights Watch (http://www.hrw.org/hrw), que han encontrado en Internet el instrumento para ampliar y hacer más efectiva su actividad en pro de los Derechos Humanos, pasando por Médicos sin Fronteras, que ha descubierto en la red un medio eficaz de comunicación hacia dentro, desde las organizaciones nacionales con sus logistas en las zonas de actuación a través del correo electrónico, y hacia fuera, con otras ONGs y con la sociedad internauta, a la hora de coordinar o poner en marcha campañas de solidaridad y de denuncia. El uso del correo electrónico y la instalación en la red, a través de las correspondientes páginas webs, es un hecho afianzado en el amplio mundo de las ONGs, el desarrollo de las intranets y una mayor utilización intensiva y cualitativa de la red resulta todavía incipiente, pero no tardará en desarrollarse, dando lugar a la expansión de formas de organización y de acción social plenamente integradas en la red, posibilitando formas más eficaces e intensivas de coordinación y acción social.

La nueva sociedad informacional y los nuevos retos que plantea la tecnociencia, con particular incidencia sobre el ecosistema global y la manipulación genética, introducen un nuevo horizonte en la definición de los Derechos Humanos, que demanda por una parte la generalización y consolidación a escala planetaria de los derechos de primera generación, vinculados a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de la Revolución Francesa, y de segunda generación, recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que conviertan su reconocimiento formal en realidad efectiva para amplias zonas del planeta, con la introducción de los derechos de tercera generación, que extienda su alcance a las generaciones futuras, en la medida que las actuaciones de la humanidad consecuencia del desarrollo tecnocientífico pueden afectar al ecosistema global y mediatizar las condiciones de habitabilidad del planeta, a través de la imposición del principio del desarrollo sostenible y la preservación del equilibrio ecológico, evitando que el productivismo tecnocientífico continue imponiendo su lógica más destructiva e irresponsable para el futuro del planeta y de la especie humana.

Los nuevos movimientos sociales representan una crítica ilustrada y universalista de la modernidad, tal como se ha configurado en la civilización occidental a lo largo de los siglos XIX y XX, articulada en torno a la ideología del Progreso, asociada a los procesos de racionalización técnica, económica, política y cultural. Generando nuevas cosmovisiones que tratan de superar, incorporando algunos de sus valores centrales, la tradición liberal, que polarizó el conflicto sociopolítico de los siglos XVIII y XIX, y del movimiento obrero, que paulatinamente hegemonizó el conflicto social entre 1871 y 1939. Esbozando un nuevo esquema de racionalidad que pretende superar los efectos perversos de los procesos de modernización, asumiendo los mensajes emancipatorios y liberadores de las tradiciones liberal -libertad y derechos humanos- y socialista -igualdad y solidaridad- en un nuevo contexto universalista que comprende al conjunto de la humanidad -de ahí el hincapié en la eliminación de las desigualdades Norte-Sur, la demanda de un nuevo orden económico internacional- y a las relaciones entre la humanidad y el planeta -respeto del medio ambiente, políticas ecológicas, anticonsumismo, solidaridad intergeneracional-, mediante los nuevos valores incorporados por el feminismo, el ecologismo y el pacifismo.

Esta nueva cosmovisión trata de evitar el carácter omnicomprensivo de las anteriores racionalizaciones de la civilización occidental, que derivaban en un marcado etnocentrismo, tanto en sus versiones revolucionarias como reformistas, mediante la construcción de sistemas totalizadores y cerrados que hacían de Occidente la pauta y vanguardia del progreso de la humanidad, legitimando sus pretensiones de dominio mundial. La ausencia de una alternativa global, sistemática y totalizadora no sería pues una manifestación de la inmadurez y juventud de los nuevos movimientos como la asunción consciente de un pluralismo en el que los valores y aportaciones de las diversas civilizaciones y cosmovisiones actuarían en igualdad de condiciones sobre la base del reconocimiento mutuo y no sobre la base de la dialéctica del dominio. Una nueva racionalidad que encuentra en la sociedad informacional importantes obstáculos para su realización, materializados en el marcado carácter productivista de la globalización, pero también abre importantes ventanas para su difusión. En este sentido, la definición futura de las formas de articulación social, económica y política y los sistemas de valores de la sociedad de la información dependerá de la acción conjugada, las interacciones y la confrontación entre los presupuestos productivistas que rigen el llamado proceso de globalización y los criterios humanísticos defendidos por los nuevos movimientos sociales de la sociedad de la información.

Que la balanza se incline en una u otra dirección dependerá de la capacidad de difundir los nuevos valores postmaterialistas por los nuevos movimientos sociales en la sociedad civil e inducir desde allí los cambios pertinentes en las estructuras culturales, sociales, políticas y económicas de la sociedad informacional. El debate sobre la globalización encontró su plasmación practica en la celebración simultánea del Foro Económico Mundial de Davos y del Foro Social Mundial de Porto Alegre en enero de 2001, uno celebrado en el hemisferio Norte en la rica, limpia y opulenta Suiza y otro en el hemisferio Sur, en el bullicioso, mestizo y contradictorio Brasil. El debate mantenido a través de Internet entre ambos foros fue una demostración no sólo de dos formas de concebir la globalización, sino también, y más importante aún, de la emergencia de una nueva conciencia social a escala global, en la que se hayan implicadas y han sido protagonistas en su gestación miles de ONGs y movimientos sociales del Norte y del Sur, que ha comenzado a cuestionar la versión productivista marcadamente unilateral de la globalización dominante en el decenio de los noventa. Los efectos mediáticos de las protestas de Seattle y Praga abrieron el campo de juego a los críticos de la globalización economicista, poniendo sobre el tapete nuevos actores y discursos más allá de los producidos por las grandes agencias económicas internacionales como el FMI, el Banco Mundial o la OMC, que ante la erosión de su credibilidad social tuvieron que abrir sus agendas y sus cerrados salones a las voces de los nuevos rebeldes representados por las ONGs, al haber perdido la batalla de la imagen, fundamental en una sociedad mediática como es la sociedad de la información, atrapados por la cultura de la sospecha de la sociedad del riesgo, que ha sustituido al anterior optimismo basado en la confianza ciega de la vieja teoría del Progreso

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