Derechos Humanos
Violación de Derechos humanos en Argentina: Silenciosa extinción de los mbyá guaraníes
Marcela Valente
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. Los Guaraníes

071106 - Los funcionarios no entienden qué pasa y corren detrás de los hechos. Niñas y niños mbyá guaraníes, originarios de la selva subtropical de la nororiental provincia argentina de Misiones, están muriendo por causas evitables, y no hay dinero, medicinas ni alimentos que frenen la catástrofe.

En los últimos dos meses, 21 niños mbyá murieron por problemas respiratorios o por desnutrición, y hay otros 13 hospitalizados. La cantidad es grande si se la compara con la población de esta etnia, 4.083 personas, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), o poco más de 3.000, según registros privados.

Indígenas y ambientalistas sostienen que la madre de esta crisis demográfica es la deforestación, que avanza sobre tierras de los mbyá guaraníes y arrasa con su sustento. Para este pueblo, la tala significa además la pérdida de una 'farmacia natural' en la que identifican 150 plantas medicinales.

En Misiones, hay una intensa actividad de empresas madereras e industrias papeleras. Además, los cultivos de tabaco y de yerba mate se expanden a expensas de la selva, situada a 1.300 kilómetros de Buenos Aires, en el extremo nororiental que limita con Brasil.

Datos provisionales de la Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas -relevada por el Indec en 2004 y 2005- y difundidos en septiembre señalan 450.000 personas pertenecientes o descendientes en primera generación de 25 grupos aborígenes en este país de casi 39 millones de habitantes. Estimaciones independientes anteriores hablaban de más de un millón.

Funcionarios nacionales y provinciales se manifiestan preocupados por la mortalidad infantil de los mbyá guaraníes, pero evitan vincularla al empobrecimiento o pérdida del hábitat. 'Pueden ser más los decesos, pero 21 es el número registrado en dos meses', confirmó la jefa del Departamento Social de la Dirección de Asuntos Guaraníes de Misiones, Claudia Martínez.

'Siempre hubo muertes, pero esto nos descolocó porque está ocurriendo en zonas marginales (urbanas), en la selva, en distintos lados', dijo. El único caso difundido por medios de comunicación de todo el país fue el de Julián Acuña, de dos años, que padecía una enfermedad grave. Sus familiares, confiados en la sabiduría de los jefes espirituales, se negaban a someterlo a una operación de corazón para extirpar un tumor congénito.

El guía espiritual mbyá, un anciano de 105 años, había dado un diagnóstico categórico sobre el niño: 'Tiene piedritas en el corazón y su corazón se extingue'. Eso fue lo que ocurrió luego de un año de internaciones y una operación quirúrgica.

Mediante intervención de la justicia, el niño fue operado en 2005 en un hospital de Buenos Aires, y dado de alta este año. En junio falleció en la selva. La misma tarde murió su hermano Agustín, de dos meses, presuntamente por neumonía. Sus padres los enterraron juntos y Martínez fue hasta el lugar sólo para consolarlos.

Los mbyá pertenecen a la gran nación guaraní, que ocupó hasta la conquista europea amplios territorios sudamericanos hoy correspondientes a Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay. La funcionaria teme que desaparezca este pueblo, que supo tener 100.000 miembros en el siglo XV. Se trata de comunidades con una expectativa de vida de 40 años en las que la mayor cantidad de muertos son de niños. 'Perdieron su autoestima y hoy casi no tienen perspectiva de futuro', describió Martínez.

En el Ministerio de Salud de la Nación funciona un Programa de Salud Indígena que al comenzar el año duplicó los fondos para Misiones. Desde la Dirección de Asuntos Guaraníes se otorgan predios, herramientas, bolsas de alimentos, se capacita a los indígenas en agricultura, ganadería y producción artesanal como cestería, pero todo parece en vano.

La Cámara de Diputados nacional pidió a la cartera que informara de las causas de la cadena de decesos de mbyá guaraníes en casi todas las aldeas y 'el desmejoramiento general de la salud' de este pueblo, ya que también fueron detectados casos de adultos hospitalizados con síntomas de tuberculosis. Martínez considera difícil la tarea de 'insertar' en la sociedad de consumo a los indígenas expulsados de sus territorios.

'Parece que hubieran copiado nuestros peores vicios, se acostumbraron a vivir del asistencialismo, y muchos caen en el alcoholismo y la mendicidad. No quieren plantar', subrayó. 'Algunos emigran a Brasil o a Paraguay, pero muchos mueren', definió la funcionaria. El cacique Alejandro Méndez, de la comunidad mbyá de Yraká Mirí, tiene otra explicación de la declinación demográfica y el desgano vital de su pueblo. Sus abuelos y sus padres vivían de la selva.

Pero 'con el desmonte, ya no se encuentran las carnes ni las frutas que nos mantenían sanos', dijo. Donde vive Méndez junto a otras 36 personas aún queda selva, pero hay pocos animales. Tradicionalmente, allí se cazaban jabalíes, cuatíes, venados y peces pacúes, pero la motosierra asusta a la fauna. 'Al perder selva, perdemos también nuestros remedios (medicamentos) y estamos obligados a recurrir al hospital, que no siempre queda cerca', explicó.

Méndez asegura que en su mundo, los guías espirituales diagnostican los males y recetan las medicinas. 'Siempre tuvimos enfermedades, pero ahora también hay algunas desconocidas para nosotros', y la 'ayuda' de afuera a veces empeora el panorama. 'Este año nos mandaron leches vencidas', aseveró.

Para la no gubernamental Fundación para la Defensa del Ambiente (Funam), la agonía de este pueblo es un 'genocidio encubierto', según explicó el biólogo Raúl Montenegro, director de la organización y galardonado en 2004 con el premio conocido como Nobel Alternativo (Right Livelihood Award), otorgado por el parlamento sueco.

Ese año, la Funam había denunciado que en la reserva de bíosfera Yabotí, en el este de Misiones, la empresa Moconá Forestal había cortado 120 árboles de uso común de los mbyá, con permiso del Ministerio de Ecología provincial. 'La mayor cantidad de enfermedades y muertes que se produzcan por falta de árboles medicinales será responsabilidad de Moconá y del Ministerio. Hicieron algo irreparable, no les importa poner en peligro la vida de niños y adultos', dijo entonces Montenegro.

En 2004, decenas de caciques, junto a la Funam y al católico Equipo Nacional de Pastoral Aborigen organizaron una protesta de varios meses. Tras denunciar por genocidio al gobernador Carlos Rovira y a sus funcionarios -incluyendo al titular de la Dirección de Asuntos Guaraníes- consiguieron frenar los desmontes. En ocho meses habían muerto 10 niños mbyá y el asunto ya era un escándalo.

'No necesitan amenazarnos para que dejemos la selva. Saben que si nos sacan el monte nos vamos, y eso es lo que están haciendo', señalaba entonces Artemio Benítez, uno de los caciques que condujeron las protestas. En la reserva Yabotí, el desastre se frenó apenas, pero saltó otro conflicto en una zona cercana.

Comunidades mbyá están en litigio con la Universidad Nacional de La Plata, que recibió en 1995 una donación de tierras de la compañía Celulosa Argentina en la selva misionera. Son 6.500 hectáreas donde viven indígenas mbyá. La casa de estudios, que utiliza la zona como laboratorio, les ofrece 700 hectáreas para asentarse.

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'No entienden que el modo de vida semi-nómade de los mbyá, su cadena alimentaria, que es larga y compleja, requiere de territorios más vastos', explicó Montenegro. Gran parte de las tierras son para uso común, para la caza, la recolección, la pesca, la obtención de agua y de medicinas.

'La mayor parte de las tragedias de los mbyá ocurren porque los blancos les quitaron sus territorios y con ellos los recursos que tenían', ha dicho Montenegro, quien publicó en junio de este año en la revista médica británica The Lancet un informe sobre salud indígena en América Latina junto a la experta Carolyn Stephens, de la Universidad de Londres.

Montenegro precisó que este pueblo utiliza 240 especies de plantas, de las cuales 150 tienen propiedades medicinales, 61 se usan como combustible, 54 para fabricar objetos y viviendas y 35 como alimento. Los mbyá guaraníes distinguen además 229 especies de aves, según un estudio de la Universidad Nacional de Misiones.

'Sólo una cultura muy antigua y con un largo proceso de convivencia con la selva puede tener un conocimiento tan acabado y minucioso de la biodiversidad circundante y sus propiedades benéficas para la supervivencia', destacó Montenegro en su trabajo para The Lancet.

En opinión del biólogo, se trata de una población muy condicionada a las variaciones ambientales. 'Funcionan casi como una especie más de la selva', y el avance de las motosierras los deja en riesgo de extinción.

'Perdieron su ambiente y colapsó su sistema de salud', señaló. 'Obligados a abandonar sus territorios y hacinados en los barrios más miserables de las ciudades, no tienen acceso a sus medicinas', afirmó Montenegro.


LOS GUARANÍES

LOS AVA Y SU MODO DE VIDA

Los guaraníes o AVA, como ellos mismos se denominaban, definieron y caracterizaron culturalmente un singular espacio geográfico, siguiendo los cursos de los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay.

El guaraní prefirió, para la instalación de sus aldeas, los terrenos ubicados sobre las riberas de los grandes ríos, arroyos y lagunas de la región. Eran los sitios más propicios para la pesca y la caza, para la recolección del ñai’û o arcilla para la cerámica, y fundamentalmente para el aprovechamiento de la fértil capa de humus en las labores hortícolas, mientras que el monte cercano ofrecía sus frutas silvestres y abundante madera.

El guaraní conocía y visualizaba con claridad su hábitat geográfico, se sentía parte de él. Su propia lengua identificaba con toda lucidez, con nombres propios, ríos, arroyos, lagunas, cerros, montes, sitios significativos y otros de orden mitológicos.

La aldea o TÁVA instalada, por ejemplo junto a la laguna del IBERÁ (YVERA), no constituía un hecho poblacional aislado. Era parte de una amplísima red intercomunicada por caminos o TAPE. En este ámbito las relaciones se establecían por el parentesco, o pro alianzas circunstanciales de carácter ofensivo defensivo. El guaraní conocía la existencia de los cazadores – recolectores que deambulaban en torno de su ámbito geográfico, sabía de la existencia del imperio Inca y de sus características, y había llegado inclusive hasta sus fronteras. Tampoco se les escapaba el conocimiento de la existencia del océano Atlántico. La geografía guaraní era un espacio racionalmente administrado. En él se conjugaban el hombre y la naturaleza en un armonioso equilibrio. Esto era sentido así por el guaraní. Lo que quedaba fuera de aquella geografía pasaba a ser la "TIERRA DEL OTRO", del no guaraní.

 

UN MODO DE VIVIR Y DE PRODUCIR

Los guaraníes habitaban en aldeas compuestas por tres o cuatros grandes casas comunales. Cada una de ellas contenía a todos aquellos que se hallaban relacionados por vínculos de parentesco, de tal modo que algunas podían albergar hasta un centenar de personas.

Los lazos de parentesco actuaban como ordenadores de la estructura social y económica de los guaraníes. Cada casa comunal representaba un te’'ýi (parentesco, linaje) formado por todos los descendientes de un antepasado común con sus respectivas mujeres. Cada te’ýi poseía un jefe y toda la actividad económica productiva se organizaba en función del te’'ýi. Dicha organización se basaba en el concepto de reciprocidad en el trabajo y en la disponibilidad de bienes.

La reunión de varios te’'ýi formaba un tekoha (residencia). La reunión no era arbitraria, sino producto de algún lazo de parentesco, generado por ejemplo por el casamiento de un varón de un te’'ýi con una mujer perteneciente a otro. Entonces se formaba un táva, es decir la aldea o pueblo.

 

PAYE (PAJE)

El paye era un personaje respetado entre sus pares. Conocedor profundo de la herboristería, tenía carácter de médico del cuerpo y del espíritu. Luego de la conquista se creía que era portador de poderes portentosos, capaces de inclusive de causar la muerte de alguna persona, de hablar con los espíritus de los muertos, de cambiar el curso de los ciclos de la naturaleza, de provocar o curar enfermedades. A diferencia del cacique, cuyo poder era temporario, el paye se imponía al grupo por si mismo. El consumo de hierbas y hongos de propiedades alucinógenas era utilizado por el paye y generaba una atmósfera irreal que arrastraba a los integrantes de la comunidad a vivenciar experiencias semejantes a los de tipo místico.

Una de las funciones del cacique era de administrar el trabajo comunitario y de distribuir equitativamente los bienes del consumo. Existía una división del trabajo por sexo. La preparación de la cerámica era, por ejemplo, una tarea exclusiva de las mujeres, como la de plantar e hilar los lienzos. El varón era básicamente pescador, cazador - recolector y guerrero.

El concepto de la propiedad privada de los bienes no existía en la sociedad guaraní. Todo lo que se cosechaba en los cultivos hortícolas, el producto de la caza y la pesca, los frutos recolectados, eran distribuidos solidariamente entre todos los miembros del te’ýi. Solamente algunos pocos bienes podían ser considerados como personales, tal el caso de las armas, las hamacas, algunos utensilios de cerámica. La tierra era considerada como un bien del que se podía disponer pero sobre el cual nadie podía pretender derechos de propiedades exclusiva. Eran comunitarios la tierra cultivable, las fuentes de abastecimiento de agua, el monte y la selva, con todos sus recursos aprovechables.

 

LA DIVINIDAD, EL UNIVERSO Y LA MUERTE

La faceta espiritual del guaraní constituye uno de los aspectos más llamativos y atrayente de su cultura.

Desde el mismo momento de la conquista hispánica, llamo la atención de los conquistadores y colonizadores el hecho de que los guaraní no poseyeran templos, ni ídolos o imágenes para venerar, ni grandes centros ceremoniales.

No dudaron en concluir que se trataba de un pueblo sin ningún tipo de creencias religiosas. La verdad era otra, la religiosidad existía y era profundamente espiritual, a tal punto de no necesitar de templos ni de ídolos tallados.

Ñanderuvusu, nuestro padre grande, o Ñamandu, el primero, el origen y principio, o Ñandejara, nuestro dueño, eran los nombres que hacían referencia a una divinidad que era concebida como invisible, eterno, omnipresente y omnipotente. Una entidad espiritual concreta y viviente que podía relacionarse con los hombres, por ejemplo bajo la forma perceptible de TUPÂ, el trueno. Se manifestaba en la plenitud de la naturaleza y del cosmos, pero nunca en una imagen material. Ñamandu no era el dios exclusivo de los guaraníes, era el dios padre de todos los hombres.

Frente a Ñamandu, el padre bondadoso, el dador de vida y sustento del equilibrio del orden universal, estaba la otra dimensión de la realidad espiritual, el MAL, expresado en el concepto de Aña. Esta fuerza maléfica era la generadora de la muerte, la enfermedad, la escasez de alimentos y las catástrofes naturales.

Para los guaraníes esta tierra y esta vida no eran la perfección. Existía un lugar donde todo era perfecto, la Tierra sin Mal. La vida del hombre era un andar hacia aquel sitio, al que se podía llegar luego de la muerte física, y en algunos casos excepcionales corporalmente, sin pasar por el trance de la muerte. La Tierra sin Mal no constituía un mito para los guaraníes. Era un lugar real, concreto, que se ubicaba imprecisamente hacia el este, más allá del Gran Mar (océano Atlántico). Esta creencia en la Tierra sin Mal generaba periódicamente grandes migraciones en su búsqueda, inspiradas por el mesianismo de algunos chamanes o paye.

Creían en la inmortalidad del espíritu y en el hecho de que la muerte consistía en el acto por el cual el alma o anguera abandonaba el cuerpo físico ya sin vida o te’ongue.

Muerto el individuo, sus familiares procedían a la destrucción de todas aquellas pertenencias del mismo que pudieran retenerlo indebidamente en el mundo de los vivos. Si el alma quedaba, por simpatía hacia algún objeto, en el mundo terrenal, se transformaba en un angueru o alma en pena. El angueru o anguera inclusive, podía manifestarse a los vivos bajo el aspecto de un póra o fantasma.

El difunto era enterrado en un japepo, una vasija de cerámica de dimensiones considerables. El japepo no tenía una utilización específicamente fúnebre sino que cumplía múltiples funciones.

Concebido por las manos alfareras de la mujer guaraní, servia para la cocción de los alimentos, para la fermentación de las bebidas alcohólicas y para servirlas en los agasajos, y luego finalizaba convertido en urna funeraria.

Existían dos formas de tratar al cadáver. Una consistía en dejar abandonado el cuerpo del difunto durante algún tiempo prudencial en el monte, para que sufriera el proceso del descarne. Luego, los huesos eran recogidos y depositados en el interior del japepo. Otra forma era la de introducir el cadáver completo en el interior de la urna, acomodándolo en una posición fetal.

La urna era enterrada en el mismo sector que ocupaban las viviendas. Junto al japepo se depositaban otras pequeñas vasijas cerámicas que contenían alimentos y bebidas, ya que se consideraba que en sus primeros estadios de desprendimiento del mundo terrenal, el alma aún conservaba ciertas apetencias humanas.

 

EL SER GUERRERO. UNA CONDICIÓN VITAL

El pueblo guaraní poseyó desde un inicio, un carácter intrusivo en la región platense. Su entrada fue violenta y determinó una existencia constantemente ofensiva y defensiva respecto a las poblaciones aborígenes no guaraníes que habitaban la región.

Los ataques se realizaban en forma masiva. Previo al ataque, sé hacia caer sobre las fuerzas adversarias una lluvia de flechas y piedras. Luego venía la embestida directa con lanzas, macanas o garrotes. La crueldad con los vencidos era extrema. Algunos de los prisioneros eran reservados para esclavos, mientras que otros lo eran para ser comidos en banquetes rituales. La antropofagia era una práctica común entre los guaraníes. Se consideraba que al ingerir la carne del enemigo vencido, existía una apropiación del valor y de las virtudes guerreras del mismo.

 

LA COTIDIANIDAD DEL GUARANÍ

La unión entre el varón y la mujer no tenía un carácter sacramental entre los guaraníes. Era simplemente una forma institucional de ampliar los lazos de parentesco y de consolidar el sistema de reciprocidad productiva, económica y defensa. Por este motivo, entre los caciques la poligamia era de práctica común, Ya que con ella ampliaban e incrementaban su poder político y económico.

El guaraní se refería a su lengua como el avañe’e, el habla de la persona o del hombre. El lenguaje era concebido como una fuerza creadora, capaz de transformar y hacer surgir realidades. Según la mitología guaraní, el mismo Ñamandu había creado el avañe’e cuando por medio de las "palabras almas" había creado el mundo.

Por su condición de agricultores, los guaraníes eran un pueblo básicamente vegetariano. La carne ocupaba un lugar secundario en la alimentación y dependía de la cacería de animales, aves silvestres y de la pesca. Consumían también el tambu, una larva que se desarrolla en los tallos de las palmeras. La producción agrícola era muy variada, destacándose el maíz (avati), la mandioca (mandi'o), el zapallo (kurapepê), el tabaco, la batata dulce (jety) y una gran variedad de porotos (kumanda). Otros productos eran obtenidos directamente del monte o selva, tal el caso de las hierbas medicinales, frutos como el guajabo (arasa), la piña o ananá (avakachi) y la yerba mate(ka'a).

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