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«Así como existe
una ecología de las malas hierbas existe una ecología
de las malas ideas»
Gregory Bateson
EL
PLANETA TIERRA vive un período de intensas transformaciones técnico-científicas
como contrapartida de las cuales se han engendrado fenómenos de
desequilibrio ecológico que amenazan, a corto plazo, si no se le
pone remedio, la implantación de la vida sobre su superficie.
Paralelamente a estas conmociones, los modos de vida humanos,
individuales y colectivos, evolucionan en el sentido de un
progresivo deterioro. Las redes de parentesco tienden a reducirse al
mínimo, la vida doméstica está gangrenada por el consumo «mass-mediático»,
la vida conyugal y familiar se encuentra a menudo «osificada» por
una especie de estandarización de los comportamientos, las
relaciones de vecindad quedan generalmente reducidas a su más pobre
expresión... La relación de la subjetividad con su exterioridad ya
sea social, animal, vegetal, cósmica se ve así comprometida en una
especie de movimiento general de implosión y de infantilización
regresiva. La alteridad tiende a perder toda aspereza. El turismo,
por ejemplo, se resume con frecuencia a un viaje in situ en el seno
de las mismas redundancias de imágenes y de comportamiento.
Las
formaciones políticas y las instancias ejecutivas se muestran
totalmente incapaces de aprehender esta problemática en el conjunto
de sus implicaciones. Aunque recientemente hayan iniciado una toma
de conciencia parcial de los peligros más llamativos que amenazan
el entorno natural de nuestras sociedades, en general se limitan a
abordar el campo de la contaminación industrial, pero
exclusivamente desde una perspectiva tecnocrática, cuando en
realidad sólo una articulación ético-política que yo llamo
ecosofía entre los tres registros ecológicos, el del medio
ambiente, el de las relaciones sociales y el de la subjetividad
humana, sería susceptible de clarificar convenientemente estas
cuestiones.
El problema es
saber de qué forma se va a vivir de aquí en adelante sobre este
planeta, en el contexto de la aceleración de las mutaciones técnico-científicas
y del considerable crecimiento demográfico. Las fuerzas
productivas, debido al desarrollo continuo del trabajo maquínico,
desmultiplicado por la revolución informática, van a liberar una
cantidad cada vez mayor del tiempo de actividad humana potencial.3
Pero ¿con qué fin? ¿El del paro, la marginalidad opresiva, la
soledad, la ociosidad, la angustia, la neurosis, o bien el de la
cultura, la creación, la investigación, la reinvención del
entorno, el enriquecimiento de los modos de vida y de sensibilidad?
En el Tercer Mundo, como en el mundo desarrollado, capas enteras de
la subjetividad colectiva se desmoronan o se repliegan sobre arcaísmos,
como ocurre, por ejemplo, con la temible exacerbación de los fenómenos
de integrismo religioso.
La verdadera
respuesta a la crisis ecológica sólo podrá hacerse a escala
planetaria y a condición de que se realice una auténtica revolución
política, social y cultural que reoriente los objetivos de la
producción de los bienes materiales e inmateriales. Así pues, esta
revolución no sólo deberá concernir a las relaciones de fuerzas
visibles a gran escala, sino también a los campos moleculares de
sensibilidad, de inteligencia y de deseo. Una finalización del
trabajo social regulado de forma unívoca por una economía del
beneficio y por relaciones de poder sólo conduciría, en el
presente, a dramáticos callejones sin salida. Es evidente en lo
absurdo de las tutelas económicas que pesan sobre el Tercer Mundo y
que conducen a algunas de sus regiones a una pauperización absoluta
e irreversible. Es igualmente evidente en países como Francia,
donde la proliferación de centrales nucleares hace que una gran
parte de Europa tenga que soportar el riesgo que conllevan posibles
accidentes del tipo Chernobil. Por no hablar del carácter casi
delirante del almacenamiento de miles de cabezas nucleares que, al
menor fallo técnico o humano, podrían conducir de forma mecánica
a una exterminación colectiva. En cada uno de estos ejemplos
aparece la misma denuncia de los modos dominantes de valoración de
las colectividades humanas, a saber: 1) el del imperio de un mercado
mundial que lamina los sistemas particulares de valor, que sitúa en
un mismo plano de equivalencia: los bienes materiales, los bienes
culturales, los espacios naturales, etc.; 2) el que sitúa el
conjunto de las relaciones sociales y de las relaciones
internacionales bajo el dominio de las máquinas policiales y
militares. En esta doble pinza, los Estados ven cómo su papel
tradicional de mediación se reduce cada vez más, y a menudo se
ponen al servicio conjugado de las instancias del mercado mundial y
de los complejos mili-taro-industriales.
Esta
situación es tanto más paradójica cuanto que la época en la que
el mundo estaba situado bajo la égida de un antagonismo Este-Oeste,
proyección ampliamente imaginaria de las oposiciones clase
obrera-burguesía en el seno de los países capitalistas, está a
punto de pertenecer al pasado. ¿Quiere esto decir que los nuevos
desafíos multipolares de las tres ecologías sustituirán pura y
simplemente a las antiguas luchas de clase y a sus mitos de
referencia? ¡Por supuesto, una sustitución de ese tipo no será
tan mecánica! Ahora bien, parece sin embargo probable que esos
desafíos, que corresponden a una complejidad cada vez mayor de los
contextos sociales, económicos e internacionales, tenderán a pasar
cada vez más al primer plano.
Los
antagonismos de clase heredados del siglo xix han contribuido
inicialmente a forjar campos homogéneos bipolarizados de
subjetividad. Más tarde, durante la segunda mitad el siglo xx, a
través de la sociedad de consumo, el welfare, los «media»..., la
subjetividad obrera pura y dura se ha desmoronado. Y aunque las
segregaciones y las jerarquías jamás hayan sido tan intensamente
vividas, una misma coraza imaginaria recubre ahora el conjunto de
las posiciones subjetivas. Un mismo sentimiento difuso de
pertenencia social ha descrispado las antiguas conciencias de clase.
(Dejo aquí de lado la constitución de polos subjetivos
violentamente heterogéneos como los que surgen en el mundo musulmán).
Por su parte, los llamados países socialistas también han
introyectado los sistemas de valor «unidimensionalizantes» de
Occidente. El antiguo igualitarismo de fachada de mundo comunista da
paso así al serialismo «mass-mediático» (el mismo ideal de
standing, las mismas modas, el mismo tipo de música rock, etc.).
En
lo que concierne al eje Norte-Sur difícilmente podemos imaginar que
la situación pueda mejorar de forma notable. Por supuesto, en un
determinado plazo de tiempo es concebible que la progresión de las
técnicas agroalimentarias permita modificar los supuestos teóricos
del drama del hambre en el mundo. Pero, entretanto, sobre el
terreno, sería completamente ilusorio pensar que la ayuda
internacional, tal como se concibe y se presta en la actualidad,
consiga resolver de forma duradera algún problema. La instauración
a largo plazo de inmensas zonas de miseria, de hambre y de muerte
parece desde ahora formar parte integrante del monstruoso sistema de
«estimulación» del Capitalismo Mundial Integrado. En cualquier
caso, sobre ella reposa la implantación de las Nuevas Potencias
Industriales, núcleos de hiperexplotación, como Hong Kong, Taiwan,
Corea del Sur, etcétera.
En
el seno de los países desarrollados encontramos ese mismo principio
de tensión social y de «estimulación» por la desesperación con
la instauración de zonas crónicas de paro y de una marginalización
de una parte cada vez mayor de los jóvenes, de los viejos, de los
trabajadores «parcializados», devaluados, etcétera.
Así,
hacia donde quiera que uno mire encuentra esa misma paradoja
lancinante: por un lado, el desarrollo continuo de nuevos medios técnico-científicos,
susceptibles potencialmente de resolver las problemáticas ecológicas
dominantes y el reequilibrio de las actividades socialmente útiles
sobre la superficie del planeta y, por otro, la incapacidad de las
fuerzas sociales organizadas y de las formaciones subjetivas
constituidas de amparar-se de esos medios para hacerlos operativos.
Y,
sin embargo, uno puede preguntarse si esta fase paroxística de
laminación de las subjetividades, de los bienes y de los entornos,
no está abocada a entrar en una fase de declive. Por todas partes
surgen reivindicaciones de singularidad; los signos más visibles a
este respecto, aparecen en la multiplicación de las
reivindicaciones nacionalitarias, ayer todavía marginales, y que
hoy en día ocupan cada vez más el primer plano de las escenas políticas.
(Destaquemos, en Córcega como en los países Bálticos, la conjunción
entre las reivindicaciones ecológicas y autonomistas). Más tarde o
más temprano, este auge de las cuestiones nacionalitarias
probablemente conducirá a modificar profundamente las relaciones
Este-Oeste y, en particular, la configuración de Europa, cuyo
centro de gravedad podría derivar decisivamente hacia un Este
neutralista.
Las
oposiciones dualistas tradicionales que han guiado el pensamiento
social y las cartografías geopolíticas están caducas. Las
situaciones conflictivas continúan, pero introducen sis-temas
multipolares incompatibles con enrolamientos bajo banderas ideológicas
maniqueístas. Por ejemplo, la oposición entre Tercer Mundo y mundo
desarrollado ya no tiene ningún sentido. Lo hemos visto con esas
Nuevas Potencias Industriales cuya productividad ya no se puede
comparar con la de los tradicionales bastiones industriales del
Oeste, pero este fenómeno va unido a una especie de tercermundización
interna en los países desarrollados, que a su vez va unida a una
exacerbación de las cuestiones relativas a la inmigración y al
racismo. Que nadie se engañe, la gran confusión a propósito de la
unificación económica de la Comunidad Europea no frenará en modo
alguno esa tercermundización de zonas considerables de Europa.
Otro
antagonismo transversal al de las luchas de clase sigue siendo el de
las relaciones hombre/mujer. A escala planetaria, la condición
femenina no parece que haya mejorado. La explotación del trabajo
femenino, correlativa a la del trabajo de los niños, no tiene nada
que envidiar a los peores períodos del siglo xix. Y, sin embargo,
una revolución subjetiva rampante no ha cesado de trabajar la
condición femenina durante estos dos últimos decenios. Aunque la
independencia sexual de las mujeres, en relación con la
disponibilidad de medios anticonceptivos y de aborto, se haya
desarrollado muy desigualmente, aunque el auge de los integrismos
religiosos no cese de generar una minorización de su estado, un
cierto número de índices conducen a pensar que las
transformaciones de larga duración en el sentido de Fernand Braudel
ya se están produciendo (la designación de mujeres como jefes de
Estado, la reivindicación de paridad hombre-mujer en las instancias
representativas, etcétera).
La
juventud, aunque esté aplastada en las relaciones económicas
dominantes que le confieren un lugar cada vez más precario y
manipulada mentalmente por la producción de subjetividad colectiva
de los medios de comunicación, no por ello deja de desarrollar sus
propias distancias de singularización respecto a la subjetividad
normalizada. A este respecto, el carácter transnacional de la
cultura rock es totalmente significativo, al desempeñar el papel de
una especie de culto iniciático que confiere una pseudoidentidad
cultural a masas considerables de jóvenes y les permite crearse un
mínimo de Territorios existenciales.
En estos contextos
de fragmentación, de descentramiento, de desmultiplicación de los
antagonismos y de los procesos de singularización surgen las nuevas
problemáticas ecologistas. Entendámonos bien, yo no pretendo de
ningún modo que estén llamadas a «recubrir» las otras líneas de
fracturas moleculares, pero me parece que reclaman una
problematización transversal a ellas.
Si ya no se trata,
como en los períodos anteriores, de lucha de clase o de defensa de
la «patria del socialismo», de hacer funcionar una ideología unívoca,
es concebible, por el contrario, que la nueva referencia ecosófica
indique líneas de recomposición de las praxis humanas en los
dominios más variados. A todas las escalas individuales y
colectivas, tanto en lo que respecta a la vida cotidiana como a la
reinvención de la democracia, en el registro del urbanismo, de la
creación artística, del deporte, etc., siempre se trata de
interesarse por lo que podrían ser dispositivos de producción de
subjetividad que van en el sentido de una resingularización
individual y/o colectiva más bien que en el de una fabricación «mass-mediática»
sinónimo de angustia y de desesperación. Perspectiva que no
excluye totalmente la definición de objetivos unificadores tales
como la lucha contra el hambre en el mundo, el freno de la
desforestación o la proliferación ciega de las industrias
nucleares. Ahora bien, aquí ya no puede tratarse de consignas
estereotipadas, reduccionistas, que eliminan otras problemáticas más
singulares y que implican la promoción de líderes carismáticos.
Una
misma intención ético-política atraviesa los problemas del
racismo, del falocentrismo, de los desastres legados por un
urbanismo pretendidamente moderno, de una creación artística
liberada del sistema del mercado, de una pedagogía capaz de
inventar sus mediadores sociales, etc. Esta problemática es, a fin
de cuentas, la de la producción de existencia humana en los nuevos
contextos históricos.
La
ecosofía social consistirá, pues, en desarrollar prácticas
especificas que tiendan a modificar y a reinventar formas de ser en
el seno de la pareja, en el seno de la familia, del contexto urbano,
del trabajo, etcétera. Por supuesto, sería inconcebible pretender
volver a fórmulas anteriores, que corresponden a períodos en los
que a la vez la densidad demográfica era más débil y la densidad
de las relaciones sociales más fuerte que en la actualidad. Pero se
tratará de reconstruir literalmente el conjunto de las modalidades
del ser-en-grupo. Y no sólo mediante intervenciones «comunicacionales»,
sino mediante mutaciones existenciales que tienen por objeto la
esencia de la subjetividad. En este dominio, no nos limitaremos a
recomendaciones generales, sino que emplearemos prácticas efectivas
de experimentación tanto a los niveles microsociales como a mayores
escalas institucionales.
Por
su parte, la ecosofía mental se verá obligada a reinventar la
relación del sujeto con el cuerpo, el fantasma, la finitud del
tiempo, los «misterios» de la vida y de la muerte. Se verá
obligada a buscar antídotos a la uniformización «mass-mediática»
y telemática, al conformismo de las modas, a las manipulaciones de
la opinión por la publicidad, los sondeos, etc. Su forma de actuar
se aproximará más a la del artista que a la de los profesionales
«psy», siempre obsesionados por un ideal caduco de cientificidad.
En
estos dominios nada se disputa en nombre de la historia, en nombre
de determinismos infraestructurales. La implosión bárbara no queda
excluida en absoluto. Y si no se produce esa reactivación ecosófica
(cualquiera que sea el nombre que se le quiera dar), sí no se
produce una rearticulación de los tres registros fundamentales de
la ecología, desgraciadamente se puede presagiar el ascenso de
todos los peligros: los del racismo, del fanatismo religioso, de los
cismas nacionalitarios que tienden hacia nuevas posturas
reaccionarias, los de la explotación del trabajo de los niños, de
la opresión de las mujeres...
Intentemos,
ahora, estudiar más detalladamente las implicaciones de una
perspectiva ecosófica de este tipo sobre la concepción de la
subjetividad.
El sujeto no es
evidente; no basta pensar para ser, como lo proclamaba Descartes,
puesto que muchas otras formas de existir se instauran fuera de la
conciencia, mientras que cuando el pensamiento se empeña
obstinadamente en aprehenderse a sí mismo, se pone a girar como una
peonza loca, sin captar ninguno de los Territorios reales de la
existencia, los cuales, por su parte, derivan los unos en relación
con los otros, como placas tectónicas bajo la superficie de los
continentes. Más bien que de sujeto, quizá convendría hablar de
componentes de subjetivación, cada uno de los cuales trabaja por su
propia cuenta. Lo que conduciría necesariamente a reexaminar la
relación entre el individuo y la subjetividad, y, en primer lugar,
a separar claramente los conceptos. Estos vectores de subjetivación
no pasan necesariamente por el individuo; en realidad, éste está
en posición de «terminal» respecto a procesos que implican grupos
humanos, conjuntos socio-económicos, máquinas informáticas, etc.
Así, la interioridad se instaura en el cruce de múltiples
componentes relativamente autónomos los unos en relación con los
otros y, llegado el caso, francamente discordantes.
Sé que una
argumentación de este tipo todavía es difícil de aceptar; sobre
todo en contextos en los que continúa reinando una sospecha, es
decir, un rechazo de principio, respecto a cualquier referencia
específica a la subjetividad. Ya sea en nombre de la primacía de
las infraestructuras, de las estructuras o de los sistemas, la
subjetividad no tiene buena prensa, y los que se interesan por ella,
en la práctica o en la teoría, en general sólo la abordan con
pinzas, con infinitas precauciones, cuidando mucho de no alejarla
nunca demasiado de paradigmas pseudocientíficos, tomados,
preferentemente, de las ciencias duras: la termodinámica, la
topología, la teoría de la información, la teoría de los
sistemas, la lingüística, etc. Sucede como si un Súper-ego
cientifista exigiera reificar las entidades psíquicas e impusiera
aprehenderlas solamente a través de coordenadas extrínsecas. En
tales condiciones, no debe sorprendernos que las ciencias humanas y
las ciencias sociales se hayan condenado ellas mismas a no alcanzar
las dimensiones intrínsecamente evolutivas, creadoras y
autoposicionantes de los procesos de subjetivación. Sea como fuere,
me parece urgente deshacerse de todas las referencias y metáforas
cientifistas para forjar nuevos paradigmas que serán más bien de
inspiración ético-estética. Por otra parte, las mejores cartografías
de la psique o, si se quiere, los mejores psicoanálisis, ¿no han
sido hechos por Goethe, Proust, Joyce, Artaud y Beckett, más bien
que por Freud, Jung y Lacan? Después de todo, la parte literaria en
la obra de estos últimos constituye lo mejor que subsiste de ellos
(por ejemplo, la Traumdeutung de Freud puede ser considerada como
una extraordinaria novela moderna).
Nuestra crítica
del psicoanálisis, a partir de la creación estética y de
implicaciones éticas, no presupone sin embargo una «rehabilitación»
del análisis fenomenológico que, en nuestra perspectiva, se
encuentra mutilado por un «reduccionismo» sistemático que lo
conduce a limitar sus objetos a una pura transparencia intencional.
Por mi parte, he llegado a considerar que la aprehensión de un
hecho psíquico es inseparable del Agenciamiento de enunciación que
le hace tomar cuerpo, como hecho y como proceso expresivo. Una
especie de relación de incertidumbre se establece entre la
aprehensión del objeto y la aprehensión del sujeto, que impone,
para articularlos, que no pueda evitarse un circunloquio
pseudonarrativo, por medio de mitos de referencia, de rituales de
todo tipo, de descripciones con pretensión científica, cuya
finalidad será enmarcar una puesta en escena dis-posicional, una
puesta en existencia, que autorice, en «segundo» lugar, una
inteligibilidad discursiva. No se trata aquí de una recuperación
de la distin-ción pascaliana entre «espíritu de geometría» y «espíritu
de agudeza». Estos dos modos de aprehensión ya sea por el
concepto, ya sea por el afecto y el percepto son, en efecto,
absolutamente complementarios. Por medio de ese circunloquio
pseudonarrativo, sólo se pretende desplegar una repetición soporte
de existencia, a través de ritmos y de ritornelos de una infinita
variedad. El discurso, o cualquier tipo de eslabón discursivo, se
convierte así en portador de una no-discursividad que, como una
estela estroboscópica, anula los juegos de oposición distintiva,
tanto al nivel del contenido como al de la forma de expresión. Sólo
bajo esta condición pueden ser generados y regenerados los
universos de referencia incorporales que jalonan con acontecimientos
singulares el desarrollo de la historicidad individual y colectiva.
De la misma manera
que en otras épocas el teatro griego, el amor cortés o las novelas
de caballerías se impusieron como modelo, o más bien como módulo
de subjetivación, hoy el freudismo sigue habitando nuestras formas
de sostener la existencia de la sexualidad, de la infancia, de la
neurosis... Así pues, aquí no pretendemos «superar» o liquidar
definitivamente el hecho freudiano, sino reorientar sus conceptos y
sus prácticas para hacer otro uso de ellos, para desenraizarlos de
sus ataduras preestructuralistas en una subjetividad totalmente
anclada en el pasado individual y colectivo. En adelante, lo que
estará a la orden del día es la liberación de campos de
virtualidad «futuristas» y «constructivistas». El inconsciente sólo
permanece aferrado a fijaciones arcaicas en la medida en que ningún
comportamiento tire de él hacia el futuro. Esta tensión
existencial se realizará por medio de temporalidades humanas y no
humanas. Por estas últimas entiendo el desplegamiento o, si se
quiere, el despliegue, de devenires animales, de devenires
vegetales, cósmicos, pero también de devenires maquínicos,
correlativos de la aceleración de las revoluciones tecnológicas e
informáticas (así es como vemos desarrollarse ante nuestros ojos
la expansión prodigiosa de una subjetividad asistida por
ordenador). A esto hay que añadir que conviene no olvidar las
dimensiones institucionales y de clase social que regulan la formación
y el «teledirigismo» de los individuos y de los grupos humanos.
En
resumen, ¡las ilusiones fantasmáticas y míticas del psicoanálisis
deben ser representadas y desbaratadas y no cultivadas y conservadas
como jardines a la francesa! Desgraciadamente, los psicoánalistas
de hoy en día, más aún que los de ayer, se escudan en lo que podríamos
llamar una «estructuralización» de los complejos inconscientes.
En su teorización, eso conduce a una esterilidad y a un dogmatismo
insoportable y, en su práctica, eso desemboca en un empobrecimiento
de sus intervenciones, en estereotipos que los hacen impermeables a
la alteridad singular de sus pacientes.
Al invocar
paradigmas éticos, fundamentalmente quisiera señalar la
responsabilidad y el necesario «compromiso» no sólo de los
operadores «psy», sino también de todos aquellos que están en
posición de intervenir sobre las instancias psíquicas individuales
y colectivas (a través de la educación, la salud, la cultura, el
deporte, el arte, los medios de comunicación, la moda, etc.).
Eticamente es insostenible refugiarse, como esos operadores hacen a
menudo, en una neutralidad transferencial supuestamente basada en un
dominio del inconsciente y en un corpus científico. De hecho, el
conjunto de los dominios «psy» se instala en la prolongación y en
interfase con los dominios estéticos.
Al insistir sobre
los paradigmas estéticos, quisiera señalar que, especialmente en
el registro de las prácticas «psy», todo debería ser
continuamente reinventado, habría que partir de cero, de lo
contrario los procesos se fijan en una repetición mortífera. La
condición previa a cualquier relanzamiento del análisis por
ejemplo, el esquizoanálisis consiste en admitir que por regla
general, y por poco que uno se dedique a trabajarlos, los
Agenciamientos subjetivos individuales y colectivos son
potencialmente válidos para desarrollarse y proliferar lejos de sus
equilibrios ordinarios. Sus cartografías analíticas desbordan,
pues, por esencia los Territorios existenciales a los que están
destinadas. Con esas cartografías debería suceder como en pintura
o en literatura, dominios en cuyo seno cada performance concreta
tiene vocación de evolucionar, de innovar, de inaugurar aperturas
prospectivas, sin que sus autores puedan invocar fundamentos teóricos
infalibles o la autoridad de un grupo, de una escuela, de un
conservatorio o de una academia... Work in progress! Se acabaron los
catecismos psicoanalíticos, conductistas o sistémicos. El pueblo
«psy», para converger en esta perspectiva con el mundo del arte,
se ve obligado a deshacerse de sus batas blancas, empezando por
aquellas, invisibles, que lleva en su cabeza, en su lenguaje y en
sus formas de ser (el ideal de un pintor no es repetir
indefinidamente la misma obra excepto el personaje de Titorelli, en
el Proceso de Kafka, ¡que siempre pinta e idénticamente el mismo
juez!). De la misma manera, cada institución de tratamiento, de
asistencia, de educación, cada cura individual debería tener como
preocupación permanente hacer evolucionar tanto su práctica como
sus andamiajes teóricos.
Paradójicamente,
quizá sea de las ciencias «duras» de las que quepa esperar el
cambio más espectacular respecto a procesos de subjetivación. Por
ejemplo, ¿acaso no es significativo que, en su último libro,
Prigogine y Stengers invoquen la necesidad de introducir en física
un «elemento narrativo», indispensable, según ellos, para
teorizar la evolución en términos de irreversibilidad?4 Dicho
esto, tengo la convicción de que la cuestión de la enunciación
subjetiva se planteará cada vez más a medida que se desarrollen
las máquinas productoras de signos, de imágenes, de sintaxis, de
inteligencia artificial... Eso significa una recomposición de las
prácticas sociales e individuales que yo ordeno según tres rúbricas
complementarias: la ecología social, la ecología mental y la
ecología medioambiental, y bajo la égida ético-estética de una
ecosofía.
Las relaciones de
la humanidad con el socius, con la psique y con la «naturaleza»
tienden, en efecto, a deteriorarse cada vez más, no sólo en razón
de contaminaciones y de poluciones objetivas, sino también por el
hecho de un desconocimiento y de una pasividad fatalista de los
individuos y de los poderes respecto a estas cuestiones consideradas
en su conjunto. Catastróficas o no, las evoluciones negativas se
aceptan como son. El estructuralismo, más tarde el postmodernismo,
nos han acostumbrado a una visión del mundo que evacúa la
pertinencia de las intervenciones humanas que se encarnan en políticas
y micropolíticas concretas. Las explicaciones relativas a esa
decadencia de las praxis sociales por la muerte de las ideologías y
el retomo a los valores universales me parecen poco satisfactorias.
En realidad, lo que sobre todo conviene incriminar es la inadaptación
de las praxis sociales y psicológicas, y también una ceguera sobre
el carácter engañoso de la compartimentación de un cierto número
de dominios de lo real. No es justo separar la acción de la psique,
el socius y el medio ambiente. La negativa a enfrentarse con las
degradaciones de estos tres dominios, tal como es fomentada por los
medios de comunicación, confina a una empresa de infantilización
de la opinión y de neutralización destructiva de la democracia.
Para desintoxicarse del discurso sedativo que en particular destilan
las televisiones, de aquí en adelante convendría aprehender el
mundo a través de las tres lentes intercambiables que constituyen
nuestros tres puntos de vista ecológicos.
Chernobil y el Sida
nos han revelado brutalmente los limites de los poderes técnico-científicos
de la humanidad y las «sorpresas» que puede reservamos la «naturaleza».
Sin duda alguna, se impone una responsabilidad y una gestión más
colectiva para orientar las ciencias y las técnicas hacia
finalidades más humanas. No podemos abandonarnos ciegamente a los
tecnócratas de los aparatos de Estado para controlar las
evoluciones y conjurar los peligros en esos dominios, regidos, en lo
esencial, por los principios de la economía del beneficio. Por
supuesto, sería absurdo querer dar marcha atrás para intentar
reconstituir las antiguas formas de vida. Tras las revoluciones
informáticas, robóticas, tras el progreso de la ingeniería genética
y tras la mundialización del conjunto de los mercados, el trabajo
humano o el hábitat ya nunca volverán a ser lo que eran hace tan sólo
algunos decenios. La aceleración de las velocidades de transporte y
de comunicación, la interdependencia de los centros urbanos,
estudiadas por Paul Virilio, constituyen igualmente un estado de
hecho irreversible que convendría sobre todo reorientar. En cierto
sentido, hay que admitir que habrá que «aceptar» ese estado de
hecho. Pero ese aceptar implica una recomposición de los objetivos
y de los métodos del conjunto del movimiento social en las
condiciones actuales. Para simbolizar esta problemática, me basta
evocar la experiencia que hizo un día Alain Bombard en la televisión,
cuando presentó dos peceras: una llena de agua polucionada, como la
que puede recogerse en el puerto de Marsella, y en la que se movía
un pulpo bien vivo, como animado de movimientos de danza, la otra
llena de agua de mar pura de toda polución. Cuando él atrapó el
pulpo para volver a meterlo en el agua «normal», al cabo de
algunos segundos se vio que el animal se replegaba, se apagaba y moría.
Hoy menos que nunca
puede separarse la naturaleza de la cultura, y hay que aprender a
pensar «transversalmente» las interacciones entre ecosistemas,
mecanosfera y Universo de referencia sociales e individuales. De la
misma manera que unas algas mutantes y monstruosas invaden la laguna
de Venecia, las pantallas de televisión están saturadas de una
población de imágenes y de enunciados «degenerados». Otra
especie de alga, que en este caso tiene que ver con la ecología
social, consiste en esa libertad de proliferación que ha permitido
que hombres como Donald Trump se apoderen de barrios enteros de New
York, de Atlantic City, etc., para «renovarlos», aumentar los
alquileres y expulsar al mismo tiempo a decenas de millares de
familias pobres, la mayor parte de las cuales están condenadas a
devenir homeless, el equivalente aquí de los peces muertos de la
ecología medioambiental. También habría que hablar de la
desterritorialización salvaje del Tercer Mundo, que afecta
conjuntamente a la textura cultural de las poblaciones, al hábitat,
a las defensas inmunitarias, al clima, etcétera. Otro desastre de
la ecología social: el trabajo de los niños, ¡que hoy día es más
importante que en el siglo XIX! ¿Cómo recuperar el control de esta
situación que hace que constantemente estemos al borde de catástrofes
de autodestrucción? Las organizaciones internacionales tienen poco
control sobre estos fenómenos que reclaman un cambio fundamental de
las mentalidades. La solidaridad internacional ya sólo es asumida
por asociaciones humanitarias, cuando hubo un tiempo en el que
concernía en primer lugar a los sindicatos y a los partidos de
izquierda. Por su parte, el discurso marxista se ha devaluado (no el
texto de Marx, que conserva un gran valor). Corresponde a los
protagonistas de la liberación social volver a forjar referencias
teóricas que iluminen una posible vía de salida a la historia, más
llena de pesadillas que nunca, que atravesamos actualmente. Pues no
sólo desaparecen las especies, sino también las palabras, las
frases, los gestos de la solidaridad humana. Se utilizan todos los
medios para aplastar bajo una capa de silencio las luchas de
emancipación de las mujeres y de los nuevos proletarios que
constituyen los parados, los emarginatti, los inmigrantes...
Si es tan
importante que las tres ecologías se liberen, en el establecimiento
de sus puntos de referencia cartográficos, de los paradigmas
pseudocientíficos, ello no sólo se debe al grado de complejidad de
las entidades consideradas, sino, más fundamentalmente, al hecho de
que ahí está implicada una lógica diferente de la que rige la
comunicación ordinaria entre locutores y auditores y, como
consecuencia, la inteligibilidad de los conjuntos discursivos y la
imbricación indefinida de los campos de significación. Esta lógica
de las intensidades, que se aplica a los Agenciamientos
existenciales autorreferidos y que introducen duraciones
irreversibles, no sólo concierne a los sujetos humanos constituidos
en cuerpos totalizados, sino también a todos los objetos parciales,
en el sentido psicoanalítico, a los objetos transicionales, en el
sentido de Winnicott, a los objetos institucionales (los «grupos-sujetos»),
a los rostros, a los paisajes, etcétera. Mientras que la lógica de
los conjuntos discursivos se propone cernir bien los objetos, la lógica
de las intensidades, o ecológica, sólo tiene en cuenta el
movimiento, la intensidad de los procesos evolutivos. El proceso,
que yo opongo aquí al sistema o a la estructura, tiene por objeto
la existencia, a la vez constituyéndose, definiéndose y
desterritorializándose. Estos procesos de mise à l'être sólo
conciernen a ciertos subconjuntos expresivos que han roto con su
imbricación totalizante y se han puesto a trabajar por su propia
cuenta y a subyugar sus conjuntos referenciales para manifestarse a
título de índices existenciales, de línea de fuga procesual...
En cada núcleo
existencial parcial, las praxis ecológicas se esforzarán en
localizar los vectores potenciales de subjetivación y de
singularización. Generalmente se trata de algo que se opone al
orden «normal» de las cosas, una repetición contrariante, un
elemento intensivo que reclama otras intensidades a fin de componer
otras configuraciones existenciales. Estos vectores disidentes están
relativamente despojados de sus funciones de denotación y de
significación, para actuar en tanto que materiales existenciales
descorporeizados. Pero cada una de esas pruebas de suspensión del
sentido representa un riesgo, el de una desterritorialización
demasiado brutal que destruya el Agenciamiento de subjetivación
(ejemplo, la implosión del movimiento social en Italia a principios
de los años 1980). Por el contrario, una desterritorialización
suave puede hacer evolucionar los Agenciamientos según un modelo
procesual constructivo. Ese es el núcleo de todas las praxis ecológicas:
las rupturas asignificantes, los catalizadores existenciales están
al alcance de la mano, pero en ausencia de un Agenciamiento de
enunciación que les proporcione un soporte expresivo, permanecen
pasivos y amenazan con perder su consistencia (por ahí convendrá
buscar las raíces de la angustia, de la culpabilidad y, de una
manera general, de todas las reiteraciones psicopatológicas). En el
caso de la figura de los Agenciamientos procesuales, la ruptura
expresiva asignificante reclama una repetición creadora que forja
objetos incorporales, máquinas abstractas y universos de valor que
se imponen como si siempre hubieran estado déjà la aunque sean
totalmente tributarios del acontecimiento existencial que los saca a
la luz.
Por
otra parte, esos segmentos catalíticos existenciales pueden
continuar siendo portadores de denotación y de significación. De
ahí la ambigüedad, por ejemplo, de un texto poético que puede
transmitir un mensaje y a la vez denotar un referente sin dejar de
funcionar esencialmente sobre redundancias de expresión y de
contenido. Proust ha analizado perfectamente el funcionamiento de
esos ritornelos existenciales como núcleo catalítico de
subjetivación (la «frasecilla» de Vinteuil, el movimiento de los
campanarios de Martinville, el sabor de la magdalena, etc.).
Conviene señalar aquí que ese trabajo de localización de los
ritornelos existenciales no sólo concierne a la literatura y a las
artes. Esa eco-lógica funciona igualmente en la vida cotidiana, en
los diversos niveles de la vida social y, más generalmente, cada
vez que se cuestiona la constitución de un Territorio existencial.
Añadamos que esos Territorios pueden estar tan desterritorializados
como uno pueda imaginar (pueden encarnarse en la Jerusalén celeste,
en una problemática relativa al bien y al mal, en un compromiso ético-político,
etcétera). El único punto común que existe entre esos diversos
rasgos existenciales es sostener la producción de existentes
singulares o resingularizar conjuntos serializados.
En todas partes y
en todas las épocas, el arte y la religión han sido el refugio de
las cartografías existenciales basadas en una asunción de ciertas
rupturas de sentido «existencializantes». Pero la época contemporánea,
al exacerbar la producción de bienes materiales e inmateriales, en
detrimento de la consistencia de los Territorios existenciales
individuales y de grupo, ha engendrado un inmenso vacío en la
subjetividad, que tiende a devenir cada vez más absurda y sin
recurso. No sólo no se constata relación de causa a efecto entre
el crecimiento de los recursos técnico-científicos y el desarrollo
de los progresos sociales y culturales, sino que parece evidente que
asistimos a una degradación irreversible de los operadores
tradicionales de regulación social. Aunque sea artificial
especular, ante un fenómeno de este tipo, sobre una vuelta atrás,
una recomposición de las maneras de ser de nuestros antepasados,
sin embargo, eso es lo que intentan hacer a su manera las
formaciones capitalistas más «modernistas». Vemos, por ejemplo,
que ciertas estructuras jerárquicas que han perdido una parte
notable de su eficacia funcional (en particular debido a los nuevos
medios de información y concertación por ordenadores) son objeto,
no sólo por parte de las capas dirigentes, sino igualmente por
parte de las escalas inferiores, de un surinvestissement*
imaginario, que confina, a veces, como en Japón, a una devoción
religiosa. En el mismo orden de ideas, asistimos a un reforzamiento
de las actitudes segregadoras respecto a los inmigrantes, las
mujeres, los jóvenes e incluso los viejos. La reaparición de lo
que podríamos llamar un conservadurismo subjetivo no sólo es
imputable al reforzamiento de la represión social; se debe
igualmente a una especie de crispación existencial que implica al
conjunto de los actores sociales. El capitalismo post-industrial
que, por mi parte, prefiero calificar de Capitalismo Mundial
Integrado (CMI), tiende cada vez más a descentrar sus núcleos de
poder de las estructuras de producción de bienes y de servicios
hacia las estructuras productoras de signos, de sintaxis y de
subjetividad, especialmente a través del control que ejerce sobre
los medios de comunicación, la publicidad, los sondeos, etcétera.
Estamos
ante una evolución que debería llevamos a reflexionar sobre lo que
fueron, a este respecto, las formas anteriores del capitalismo, pues
tampoco ellas estaban exentas de ese tipo de propensión a
capitalizar poder subjetivo, tanto en las filas de sus élites como
en las de sus proletarios. No obstante, esta propensión todavía no
mostraba plenamente su verdadera importancia, de tal forma que
entonces no fue convenientemente apreciada por los teóricos del
movimiento obrero.
Propongo
reagrupar en cuatro principales regímenes semióticos los
instrumentos sobre los que reposa el CMI:
las
semióticas económicas (instrumentos monetarios, financieros,
contables, de decisión...); las semióticas jurídicas (título de
propiedad, legislación y reglamentaciones diversas...);
las
semióticas técnico-científicas (planes, diagramas, programas,
estudios, investigaciones...);
las
semióticas de subjetivación, algunas de las cuales coinciden con
las que acaban de ser enumeradas, pero a las que convendría añadir
muchas otras, tales como las relativas a la arquitectura, el
urbanismo, los equipamientos colectivos, etc.
Debemos admitir que
los modelos que pretendían fundar una jerarquía causal entre esos
regímenes semióticos están a punto de perder todo contacto con la
realidad. Cada vez se hace más difícil sostener, por ejemplo, que
las semióticas económicas y las que participan en la producción
de bienes materiales ocupan una posición infraestructural con
relación a semióticas jurídicas e ideológicas como lo postulaba
el marxismo. En la actualidad, el objeto del CMI es un conjunto
inseparable: productivo-económico-subjetivo. Y, volviendo a las
antiguas categorizaciones escolásticas, se podría decir que es el
resultado a la vez de causas materiales, formales, finales y
eficientes.
Uno de los
problemas analíticos claves que la ecología social y la ecología
mental deberían afrontar es la introyección del poder represivo
por parte de los oprimidos. Aquí la mayor dificultad reside en el
hecho de que los sindicatos y los partidos, que luchan en principio
por defender los intereses de los trabajadores y de los oprimidos,
reproducen en su seno los mismos modelos patógenos que impiden en
sus filas toda libertad de expresión y de innovación. Quizá se
necesitará un período de tiempo considerable para que el
movimiento obrero reconozca que las actividades de circulación, de
distribución, de comunicación, de encuadramiento... constituyen
vectores económico,-ecológicos que se sitúan rigurosamente en el
mismo plano, desde el punto de vista de la creación de plusvalía,
que el trabajo directamente incorporado a la producción de bienes
materiales. A este respecto, un desconocimiento dogmático ha sido
alimentado por numerosos teóricos, confortando a un obrerismo y a
un corporativismo que han desnaturaliza-do y mutilado profundamente
los movimientos de emancipación anticapitalistas estos últimos
decenios.
Esperamos
que una recomposición y un reajuste de las finalidades de las
luchas emancipadoras devengan, cuanto antes, correlativas del
desarrollo de los tres tipos de praxis ecológicas evocadas aquí. Y
deseamos que, en el contexto de los nuevos «elementos» de la
relación entre el capital y la actividad humana, las tomas de
conciencia ecológicas, feministas, antirracistas, etcétera, logren
alcanzar más rápidamente, como objetivo principal, los modos de
producción de la subjetividad, es decir, de conocimiento, de
cultura, de sensibilidad y de sociabilidad que dependen de sistemas
de valor incorporal que desde ahora se sitúan en la raíz de los
nuevos agenciamientos productivos.
La ecología social
deberá trabajar en la reconstrucción de las relaciones humanas a
todos los niveles del socius. Jamás deberá perder de vista que el
poder capitalista se ha deslocalizado, desterritorializado, a la vez
en extensión, al extender su empresa al conjunto de la vida social,
económica y cultural del planeta, y en «intensión», al
infiltrarse en el seno de los estratos subjetivos más
inconscientes. Puesto que esto es así, ya no es posible pretender
oponerse a él sólo desde el exterior mediante las prácticas
sindicales y políticas tradicionales. Se ha hecho igualmente
imperativo afrontar sus efectos en el dominio de la ecología mental
en el seno de la vida cotidiana individual, doméstica, conyugal, de
vecindad, de creación y de ética personal. Lejos de buscar un
consenso embrutecedor e infantilizante, en el futuro se tratará de
cultivar el dissensus y la producción singular de existencia. La
subjetividad capitalística, tal como es engendrada por operadores
de toda naturaleza y de toda talla, está manufacturada para
proteger la existencia contra cualquier intrusión de
acontecimientos susceptibles de trastocar y perturbar la opinión.
Según ella, cualquier singularidad debería, o bien ser evitada, o
bien pasar bajo la autoridad de equipamientos y de marcos de
referencia especializados. De ese modo, se esfuerza en gestionar el
mundo de la infancia, del amor, del arte, así como todo lo que es
del orden de la angustia, de la locura, del dolor, de la muerte, del
sentimiento de estar perdido en el cosmos... A partir de los
elementos existenciales más personales se debería incluso decir
infrapersonales el CMI constituye sus agregados subjetivos masivos,
aferrados a la raza, a la nación, al cuerpo profesional, a la
competición deportiva, a la virilidad dominante, a la Star «massmediática».
Asegurándose el poder sobre el máximo de ritornelos existenciales
para controlarlos y neutralizarlos, la subjetividad capitalística
se embriaga, se anestesia a sí misma, en un sentimiento colectivo
de pseudoeternidad.
Sobre
el conjunto de esos frentes imbricados y heterogéneos deberán,
creo yo, articularse las nuevas prácticas ecológicas, puesto que
su objetivo es hacer procesualmente activas singularidades aisladas,
rechazadas, que giran sobre sí mismas. (Ejemplo: una clase escolar,
en la que se aplican los principios de la Escuela Freinet, que
consiste en singularizar el funcionamiento global sistema
cooperativo, reuniones de evaluación, diario, libertad para los
alumnos de organizar su trabajo individualmente o en grupo, etc.).
En
esta misma perspectiva, habrá que considerar los síntomas y los
incidentes fuera de la norma como índices de un trabajo potencial
de subjetivación. Me parece esencial que se organicen así nuevas
prácticas micropolíticas y microsociales, nuevas solidaridades, un
nuevo bienestar conjuntamente con nuevas prácticas estéticas y
nuevas prácticas analíticas de las formaciones del inconsciente.
Me parece que es la única vía posible para que las prácticas
sociales y políticas vuelvan a apoyarse en algo firme, quiero
decir, trabajen por la humanidad y no por un simple reequilibrio
permanente del Universo de las semióticas capitalistas. Se me podría
objetar que las luchas a gran escala no están necesariamente en
sincronía con las praxis ecológicas y las micropolíticas del
deseo. Pero, ese es el problema:
los diversos
niveles de práctica no sólo no tienen que ser homogeneizados,
conectados unos con otros bajo una tutela trascendente, sino que
conviene hacer que entren en procesos de heterogénesis. Las
feministas no estarán nunca lo suficientemente implicadas en un
devenir-mujer, y no existe ninguna razón para pedir a los
inmigrantes que renuncien a los rasgos culturales que corresponden a
su ser, o bien a su pertenencia nacionalitaria. Conviene dejar que
las culturas particulares se desarrollen, inventando otros contratos
de ciudadanía. Conviene mantener unida la singularidad, la excepción,
la rareza con un orden estatal lo menos pesado posible.
La eco-lógica ya
no impone «resolver» los contrarios, como lo deseaban las dialécticas
hegelianas y marxistas. En particular, en el campo de la ecología
social, llegará un tiempo de lucha en el que todos y todas se verán
obligados a fijarse objetivos comunes y a comportarse «corno pequeños
soldados» quiero decir, como buenos militantes pero, conjuntamente,
llegará un tiempo de resingularización en el que las
subjetividades individuales y colectivas «plegarán velas», y en
el que lo que primará será la expresión creadora como tal, sin más
preocupación respecto a finalidades colectivas. Esta nueva lógica
ecosófica, lo subrayo, se parece a la del artista que puede verse
obligado a rehacer su obra a partir de la intrusión de un detalle
accidental, de un acontecimiento-incidente que de pronto hace que se
bifurque su proyecto inicial, para hacerlo derivar lejos de sus
perspectivas anteriores más firmes. Un proverbio dice que «la
excepción confirma la regla», pero puede también modificarla o
recrearla.
La ecología
medioambiental, tal como existe en la actualidad, no ha hecho,
pienso yo, más que esbozar y prefigurar la ecología generalizada
que yo preconizo aquí y que tendrá como finalidad descentrar
radicalmente las luchas sociales y las maneras de asumir su propia
psique. Los actuales movimientos ecologistas tienen ciertamente
muchos méritos, pero, a decir verdad, pienso que la cuestión ecosófica
global es demasiado importante para ser abandonada a algunas de sus
corrientes arcaizantes y folklorizantes, que optan a veces
deliberadamente por un rechazo de todo compromiso político a gran
escala. La connotación de la ecología deberla dejar de estar
ligada a la imagen de una pequeña minoría de amantes de la
naturaleza o de especialistas titulados. La ecología cuestiona el
conjunto de la subjetividad y de las formaciones de poderes capitalísticos,
los cuales no tienen ninguna garantía de continuar triunfando, como
sucedió durante el último decenio.
No
sólo la crisis permanente actual, financiera y económica, puede
desembocar en importantes transformaciones del statu quo social y
del imaginario «mass-mediático» que lo sustenta, sino que ciertos
temas empleados por el neoliberalismo, relativos por ejemplo a la
flexibilidad de trabajo, los desequilibrios, etc., pueden
perfectamente volverse contra él.
Insisto,
esta elección no sólo es entre una fijación ciega a las antiguas
tutelas estato-burocráticas, un welfare generalizado o un abandono
desesperado o cínico a la ideología de los «yuppies». Todo hace
pensar que los beneficios de productividad engendrados por las
actuales revoluciones tecnológicas se inscribirán en una curva de
crecimiento logarítmico. En ese caso, la cuestión es saber si
nuevos operadores ecológicos y nuevos Agenciamientos de enunciación
ecosóficos lograrán o no orientarlos hacia vías menos absurdas,
menos en callejón sin salida que las del CMI.
El
principio común a las tres ecologías consiste, pues, en que los
Territorios existenciales a los que nos confrontan no se presentan
como en-sí, cerrados sobre sí mismos, sino como un para-sí
precario, acabado, finitizado, singular, singularizado, capaz de
bifurcarse, en reiteraciones estratificadas y mortíferas o en
apertura procesual a partir de praxis que permiten hacerlo «habitable»
por un proyecto humano. Esta apertura práxica constituye la esencia
de ese arte de «la eco» que subsume todas las maneras de domesti-car6
los Territorios existenciales, tanto si conciernen a íntimas
maneras de ser, el cuerpo, el entorno o a grandes conjuntos
contextuales relativos a la etnia, la nación o incluso los derechos
generales de la humanidad. Dicho esto, precisemos que para nosotros
no se trata de erigir reglas universales como guía de esas praxis,
sino, a la inversa, de extraer las antinomias principales entre los
niveles ecosóficos o, si se prefiere, entre las tres visiones ecológicas,
los tres vasos discriminantes de los que hablamos aquí.
El principio específico
de la ecología mental reside en que su forma de abordar los
Territorios existenciales depende de una lógica pre-objetal y pre-personal
que evoca lo que Freud ha descrito como un «proceso primario». Lógica
que podría denominarse del «tercero incluido», en la que el
blanco y el negro son indistintos, en la que lo bello coexiste con
lo feo, el adentro con el afuera, el «buen objeto» con el malo...
En el caso particular de la ecología del fantasma, lo que se
requiere en cada tentativa de anotación cartográfica es la
elaboración de un soporte expresivo singular o, más exactamente,
singularizado. Gregory Bateson ha señalado claramente que lo que él
denomina «ecología de las ideas» no puede ser circunscrito al
dominio de la psicología de los individuos, sino que se organiza en
sistemas o «espíritu» (minds) cuyas fronteras ya no coinciden con
los individuos que participan en él.7 Pero dejamos de estar de
acuerdo con él cuando convierte la acción y la enunciación en
simples partes del subsistema ecológico llamado contexto. Por mi
parte, yo considero que la «toma de contexto» existencial siempre
depende de una praxis, que se instaura en ruptura con el «pretexto»
sistémico. No existe una jerarquía de conjuntos que sitúe y
localice a un determinado nivel las componentes de enunciación. Éstas
se componen de elementos heterogéneos que adquieren consistencia y
persistencia común cuando superan los umbrales constitutivos de un
mundo en detrimento de otro. Los operadores de esta cristalización
son fragmentos de cadenas discursivas asignificantes que Schlegel
consideraba como obras de arte. («Semejante a una pequeña obra de
arte, un fragmento debe estar totalmente separado del mundo que lo
rodea y cerrado sobre sí mismo como un erizo»).8
En cualquier
momento, en cualquier lugar, el problema de la ecología mental
puede surgir, más allá de los conjuntos bien constituidos, en el
orden individual o colectivo. Para aprehender estos fragmentos
catalizadores de bifurcaciones existenciales, Freud ha inventado los
rituales de la sesión, de la asociación libre, de la interpretación,
en función de mitos de referencia psicoanalíticos. Actualmente,
algunas corrientes postsistémicas de la terapia familiar se
esfuerzan en forjar otras escenas y otras referencias. ¡Todo esto
es bello y bueno! Pero también aquí sólo se trata de andamiajes
conceptuales incapaces de explicar producciones de subjetivi-dad «primaria»,
como las que se despliegan a escala verdaderamente industrial,
especialmente a partir de los «medias» y de los equipamientos
colectivos. El conjunto de los corpus teóricos de este tipo
presenta el inconveniente de estar cerrado a una eventual
proliferación creadora. Mito o teoría con pretensión científica,
la pertinencia de los modelos relativos a la ecología mental debería
ser juzgada en función: 1) de su capacidad para circunscribir los
eslabones discursivos en ruptura de sentido; 2) de su creación de
conceptos que autoricen una autoconstructibilidad teórica y práctica:
el freudismo responde a duras penas a la primera exigencia pero no a
la segunda; inversamente, el postsistemismo tendría más bien
tendencia a responder a la segunda subestimando la primera, mientras
que, en el campo político-social, los medios «alternativos»
desconocen generalmente el conjunto de las problemáticas relativas
a la ecología mental.
Por nuestra parte,
nosotros preconizamos repensar en otra vía las diversas tentativas
de modelización «psy», de la misma manera que las prácticas de
las sectas religiosas o las «novelas familiares» neuróticas y los
delirios psicóticos. No se tratará tanto de explicar esas prácticas
en términos de verdad científica como en función de su eficacia
estético-existencial. ¿Qué se utiliza aquí? ¿Qué escenas
existenciales se ordenan a duras penas? El objetivo crucial es la
captación de los puntos de ruptura asignificantes en ruptura de
denotación, de connotación y de significación a partir de los
cuales un cierto número de eslabones semióticos se pondrán a
trabajar al servicio de un efecto de autorreferencia existencial. El
síntoma repetitivo, la plegaria, el ritual de la «sesión», la
consigna, el emblema, el ritornelo, la cristalización en relación
con el rostro de la star... inician la producción de una
subjetividad parcial. Podría decirse que son el centro de una proto-subjetividad.
Ya los freudianos habían detectado la existencia de vectores de
subjetiva-ción que escapaban al dominio del Yo; subjetividad
parcial, complexual, que se organiza en torno a objetos en ruptura
de sentido tales como el seno materno, las heces, el sexo... Pero
estos objetos, generado res de subjetividad «disidente», los
concibieron como si permanecieran esencialmente adyacentes a las
pulsiones instintivas y a un imaginario corporeizado. Otros objetos
institucionales, arquitecturales, económicos, cósmicos, soportan
igualmente de pleno derecho esa función de producción existencial.
Lo repito una vez más,
aquí lo esencial es el corte-bifurcación, que no se puede
representar como tal, pero que, sin embargo, va a segregar toda una
fantasmática de los orígenes (escena primitiva freudiana, mirada
«defensiva» del sistémico de la terapia familiar, ceremoniales de
iniciación, de conjuración, etcétera). La pura autorreferencia
creadora es insostenible para la aprehensión de la existencia
ordinaria. Su representación sólo puede ocultarla, falsearla,
desfigurarla, hacerla transitar por mitos y relatos de referencia lo
que yo llamo una metamodelización. Corolario: sólo podríamos
acceder a tales núcleos de subjetivación creadora en estado
naciente por el subterfugio de una economía fantasmática que se
despliega de una forma indirecta. Así, ¡nadie queda eximido de
jugar el juego de la ecología de lo imaginario!
Ya sea en la vida
individual o en la vida colectiva, el impacto de una ecología
mental no presupone una importación de conceptos y de prácticas a
partir de un campo «psy» especializado. Hacer frente a la lógica
de la ambivalencia deseante, dondequiera que ella se perfile en la
cultura, la vida cotidiana, el trabajo, el deporte, etcétera,
volver a apreciar la finalidad del trabajo y de las actividades
humanas en función de otros criterios que no sean los del
rendimiento y el beneficio: estos imperativos de la ecología mental
reclaman una movilización adecuada del conjunto de los individuos y
de los segmentos sociales. ¿Dónde situar, por ejemplo, los
fantasmas de agresión, de muerte, de violación, de racismo en el
mundo de la infancia y de la madurez regresiva? Más que utilizar
incansablemente procedimientos de censura y de contención, en
nombre de grandes principios morales, ¿acaso no convendría
promover una verdadera ecología del fantasma, referida a
transferencias, traslaciones, reconversiones, de sus materias de
expresión?9 Evidentemente, es legítimo ejercitar una represión
respecto a cualquier «paso a la acción». Pero, previamente, se
deben disponer modos de expresión adecuados a las fantasmogorías
negativistas y destructivas, de tal manera que puedan, como en el
tratamiento de la psicosis, ab-reaccionar a fin de volver a conectar
Territorios existenciales que parten a la deriva. Una tal «transversalización»
de la violencia implica que no se presupone la existencia
insoslayable de una pulsión de muerte intrapsíquica,
constantemente al acecho, dispuesta a arrasarlo todo a su paso desde
el momento en que los Territorios del Yo pierden su consistencia y
su vigilancia. La violencia y la negatividad siempre son el
resultado de Agenciamientos subjetivos complejos; no están intrínsecamente
inscritas en la esencia de la especie humana. Se construyen y se
mantienen mediante múltiples Agenciamientos de enunciación. Sade y
Céline se han esforzado, con más o menos fortuna, en hacer casi
barrocos sus fantasmas negativos. Por esa razón, deberían ser
considerados como autores claves de una ecología mental. Sin una
tolerancia y una inventiva permanente para «imaginarizar» los
diversos avatares de la violencia, la sociedad corre el riesgo de
hacerlos cristalizar en lo real.
Lo vemos hoy en día,
por ejemplo, con la explotación comercial intensiva de los cómics
escatológicos destinados a los niños.10 Pero, de forma mucho más
inquietante bajo la especie de un tuerto a la vez repugnante y
fascinante que, mejor que nadie, sabe imponer lo implícito racista
y nazi de su discurso, tanto en la escena de los «medias» como en
el seno de las relaciones de fuerzas políticas. Vale más no engañarse:
la fuerza de este tipo de personaje tiene que ver con el hecho de
que logra hacerse el intérprete de montajes pulsionales que
pueblan, de hecho, el conjunto del socius.
No soy tan ingenuo
y utópico como para pretender que existe una metodología analítica
capaz de erradicar profundamente todos los fantasmas que conducen a
reificar la mujer, el inmigrante, el loco, etc., y acabar con las
instituciones penitenciarias, psiquiátricas, etc. Pero me parece
que una generalización de las experiencias de análisis
institucional (en el hospital, en la escuela, en el entorno
urbano...) podría modificar profundamente los elementos de ese
problema. Se necesita una inmensa reconstrucción de los mecanismos
sociales para hacer frente a los estragos del CMI. Ahora bien, esta
reconstrucción no depende tanto de reformas desde arriba, leyes,
decretos, programas burocráticos, como de la promoción de prácticas
innovadoras, la proliferación de experiencias alternativas,
centradas en el respeto de la singularidad y en un trabajo
permanente de producción de subjetividad, que se autonomicen al
articularse convenientemente con el resto de la sociedad. Dar cabida
a las brutales desterritorializaciones de la psique y del socius, en
eso consisten los fantasmas de violencia, puede conducir, no a una
sublimación milagrosa, sino a reconversiones de Agenciamientos que
desbordan por todas partes el cuerpo, el Yo, el individuo. El Súper-ego
punitivo y la culpabilización mortífera no pueden alcanzarse por
los medios ordinarios de la educación y del savoir vivre.
Exceptuando el Islam, las grandes religiones tienen cada vez menos
influencia sobre la psique, mientras que en todo el mundo vemos
florecer una especie de retomo al totemismo y al animismo. Las
comunidades humanas atrapadas en la tormenta tienen tendencia a
replegarse sobre sí mismas, dejando a los políticos profesionales
la responsabilidad de regir la organización social, mientras que
los sindicatos se ven superados por las mutaciones de una sociedad
que por todas partes está en crisis latente o manifiesta.11
El principio
particular de la ecología social está relacionado con la promoción
de un investissement afectivo y pragmático sobre grupos humanos de
dimensiones diversas. Este «Eros de grupo» no se presenta como una
cantidad abstracta, sino que corresponde a una reconversión
cualitativamente específica de la subjetividad primaría que
depende de la ecología mental. Aquí se presentan dos opciones: o
bien la triangulación personológica de la subjetividad según un
modo Yo-TÚ-ÉL, padre-madre-niño.., o bien la constitución de
grupos-sujetos autorreferentes que se abren ampliamente sobre el
socius y el cosmos. En el primer caso, el yo y el otro están
construidos a partir de un juego de identificaciones y de
imitaciones estándares que conducen a grupos primarios replegados
sobre el padre, el jefe, la star«mass-mediática». En efecto, los
grandes «medias» actúan en el sentido de esa psicología de masas
maleables. En el segundo caso, en el espacio y lugar de sistemas
identificatorios se utilizan rasgos de eficiencia diagramáticos.
Aquí se escapa, al menos parcialmente, a las semiologías de la modelización
icónica en beneficio de semióticas procesuales que yo evitaría
llamar simbólicas para no volver a caer en los errores
estructuralistas. Lo que caracteriza a un rasgo diagramático, con
relación a un icono, es su grado de desterritorialización, su
capacidad de salir de sí mismo para constituir cadenas discursivas
que actúan sobre el referente. Por ejemplo, se puede distinguir la
imitación identificatoria de un alumno pianista con su maestro de
una transferencia de estilo susceptible de bifurcarse en una vía
singular. De forma general, se distinguirán los agregados
imaginarios de multitud de los Agenciamientos colectivos de
enunciación que implican tanto rasgos prepersonales como sistemas
sociales o componentes maquínicos. (Aquí se opondrán los
maquinismos vivientes «autopoiéticos»12 a los mecanismos de
repetición vacía).
Dicho esto, las
oposiciones entre esas dos modalidades nunca son tan claras: una
multitud puede estar habitada por grupos que desempeñan la función
de líder de opinión, y unos grupos-sujetos pueden volver a caer en
el estado amorfo y alienante. Las sociedades capitalísticas expresión
bajo la que yo incluyo, junto a las potencias del Oeste y del Japón,
los llamados países del socialismo real y las Nuevas Potencias
Industriales del Tercer Mundo fabrican desde ahora, para ponerlos a
su servicio, tres tipos de subjetividad: una subjetividad serial que
corresponde a las clases asalariadas, otra a la inmensa masa de los
«no-asegurados» y, por último, una subjetividad elitista que
corresponde a las capas dirigentes. La «massmediatización»
acelerada del conjunto de las sociedades tiende así a crear una
separación cada vez más pronunciada entre esas diversas categorías
de población. Entre las élites, encontramos una disponibilidad
suficiente de bienes materiales, de medios de cultura, una práctica
mínima de la lectura y de la escritura y un sentimiento de
competencia y de legitimidad en las decisiones. Entre las clases
sometidas, encontramos, por regla general, un abandono al orden de
las cosas, una pérdida de esperanza de dar un sentido a su vida. Un
punto programático primordial de la ecología social será hacer
transitar esas sociedades capitalísticas de la era «mass-mediática»
hacia una era posmediática, entendiendo por ello una reapropiación
de los «medias» por una multitud de grupossujetos, capaces de
dirigirlos hacia una vía de resingularización. Una perspectiva de
este tipo puede parecer hoy inalcanzable. Pero la situación actual
de máxima alienación por los «medias» no depende de ninguna
necesidad intrínseca. En ese dominio, me parece que la visión
fatalista de las cosas corresponde al desconocimiento de varios
factores:
a) las
bruscas tomas de conciencia de las masas que siempre resultan
posibles;
b) el
desmoronamiento progresivo del estalinismo y de sus avatares, que da
paso a otros Agenciamientos de transformación de las luchas
sociales;
c) la
evolución tecnológica de los «medias», en particular su
miniaturización, la disminución de su coste, su posible utilización
para fines no capitalísticos;
d) la
recomposición de los procesos de trabajo sobre los escombros de los
sistemas de producción industriales de principios de siglo que
reclama una producción creciente de subjetividad «creacionista»,
tanto en un plano individual como en un plano colectivo. (A través
de la formación permanente, el resurgimiento de la mano de obra,
las transferencias de competencia, etc.).
A las primeras
formas de sociedad industrial les ha correspondido laminar y
socializar la subjetividad de las clases trabajadoras. En la
actualidad, la especialización internacional del trabajo ha
exportado hacia el Tercer Mundo los métodos de trabajo en cadena.
En la era de las revoluciones informáticas, del auge de las
biotecnologías, de la creación acelerada, de nuevos materiales y
de una «maquinizacion» cada vez más fina del tiempo,13 nuevas
modalidades de subjetivación están a punto de surgir. Cada vez se
recurrirá más a la inteligencia y a la iniciativa, pero en
contrapartida se pondrá mucho más cuidado en la codificación y en
el control de la vida doméstica de la pareja conyugal y de la
familia nuclear. En resumen, territorializando a la familia a gran
escala (por los «medias», los servicios de asistencia, los
salarios indirectos...), se intentará aburguesar al máximo la
subjetividad obrera.
Las
operaciones de reindividuación y de «familiarización» no tienen
el mismo efecto si tienen por objeto un terreno de subjetividad
colectiva devastada por la era industrial del siglo xix y de la
primera mitad del siglo xx, o si atacan a terrenos en los que se han
conservado cienos rasgos arcaicos heredados de la era
precapitalista. A este respecto, el ejemplo del Japón y el de
Italia parecen significativos, puesto que se trata de países que
han logrado insertar industrias de vanguardia en una subjetividad
colectiva que ha conservado ataduras con un pasado a veces muy
remoto (que se remonta al sinto-budismo en el caso del Japón y a
las épocas patriarcales en el de Italia). En esos dos países, la
reconversión postindustrial se ha efectuado por transiciones
relativamente menos brutales que en Francia, por ejemplo, donde
regiones enteras quedaron, durante un largo período, fuera de la
vida económica activa.
En
cierto número de países del Tercer Mundo asistimos igualmente a la
superposición de una subjetividad medieval (relación de sumisión
al clan, alienación total de las mujeres y de los niños, etc.) y
de una subjetividad postindustrial. Por otra parte, uno se puede
preguntar si ese tipo de Nuevas Potencias Industriales, por ahora
localizadas principalmente en las costas del mar de China, no va
igualmente a proliferar en las costas del Mediterráneo y en las
costas del África atlántica. Si eso fuera así , veríamos toda
una serie de regiones de Europa sometidas a fuertes tensiones,
debido a un trastocamiento radical de sus fuentes de ingresos y de
su estatuto de pertenencia a las grandes potencias blancas.
En esos diversos
dominios, las problemáticas ecológicas se entremezclan. Abandonada
a sí misma, la eclosión de los neoarcaísmos sociales y mentales
puede conducir ¡tanto a lo mejor como a lo peor! Estamos ante una
cuestión peligrosa: el fascismo de los Ayatollahs, no lo olvidemos,
sólo se ha instaurado sobre la base de una profunda revolución
popular en Irán. Las recientes revueltas de jóvenes, en Argelia,
han mantenido una doble simbiosis entre las formas de vivir
occidentales y las diversas mezclas de integrismo. La ecología
social espontánea trabaja en la constitución de Territorios
existenciales que sustituyen a duras penas a los antiguos controles
rituales y religiosos del socius. Parece evidente que, en ese
dominio, mientras no se produzca el relevo de praxis colectivas políticamente
coherentes, siempre serán, a fin de cuentas, las empresas
nacionalistas reaccionarias, opresivas para las mujeres, los niños,
los marginales, y hostiles a cualquier innovación, las que
triunfen. Aquí no se trata de proponer un modelo prefabricado de
sociedad, sino únicamente de responsabilizarse del conjunto de las
componentes ecosóficas cuyo objetivo será, en particular, el
establecimiento de nuevos sistemas de valorización.
Ya he señalado que
cada vez es menos legítimo que las retribuciones financieras y de
prestigio de las actividades humanas socialmente reconocidas sólo
estén reguladas por un mercado basado en el beneficio. Otros muchos
sistemas de valor deberían ser tenidos en cuenta (la «rentabilidad»
social, estética, los valores del deseo, etc.). Hasta el presente,
sólo el Estado está en posición de arbitrar dominios de valor que
no proceden del beneficio capitalista (por ejemplo: la apreciación
del dominio del patrimonio).
Parece
necesario insistir en el hecho de que nuevos relevos sociales, tales
como fundaciones reconocidas de utilidad social, deberían poder
flexibilizar y ampliar la financiación del Tercer Sector ni
privado, ni público que se verá constantemente obligado a
ampliarse a medida que el trabajo humano sea sustituido por el
trabajo maquínico. Por encima de unos ingresos mínimos
garantizados para todosreconocidos como derecho y no en concepto de
contrato llamado de reinserción, el problema se perfila como una
disponibilidad de los medios para dirigir acciones individuales y
colectivas orientadas en el sentido de una ecología de la
resingularización. La búsqueda de un Territorio o una patria
existencial no pasa necesariamente por la de una tierra natal o una
filiación de origen lejano. Con mucha frecuencia, los movimientos
nacionalitarios (de tipo vasco, irlandés), debido a
antagonismos exteriores, se repliegan sobre sí mismos, dejando de
lado las otras revoluciones moleculares relativas a la liberación
de la mujer, a la ecología medioambiental, etc. Se pueden concebir
todo tipo de «nacionalidades» desterritorializadas, como la música,
la poesía... Lo que condena el sistema de valorización capitalista
es su carácter de equivalente general, que aplasta todos los demás
modos de valorización, los cuales se encuentran así alienados por
su hegemonía. A todo esto convendría, si no oponer, al menos
superponer instrumentos de valorización basados en las producciones
existenciales que no pueden ser determinados ni en función únicamente
de un tiempo de trabajo abstracto, ni de un beneficio capitalista
descontado. Surgirán nuevas «bolsas» de valor, nuevas
deliberaciones colectivas que darán su oportunidad a las acciones más
individuales, más singulares, más disen-suales apoyándose en
particular en medios de concertación telemáticos e informáticos.
La noción de interés colectivo debería ampliarse a acciones que,
a corto plazo, no «beneficien» a nadie, pero que, a largo plazo,
sean portadoras de un enriquecimiento proce-sual para el
conjunto de la humanidad. Lo que aquí se cuestiona es el conjunto
del futuro de la investigación fundamental y del arte.
Esta
promoción de valores existenciales y de valores de deseo no se
presentará, lo subrayo, como una alternativa global, constituida de
pies a cabeza. Será el resultado de un desplazamiento generalizado
de los actuales sistemas de valor y debido a la aparición de nuevos
polos de valorización. A este respecto, es significativo que,
durante el último período, los cambios sociales más
espectaculares se han producido a consecuencia de ese tipo de
desplazamiento a largo plazo. En un plano político, por ejemplo en
las Filipinas o en Chile, o, en el plano nacionalitario, en la URSS,
donde mil revoluciones de los sistemas de valor se infiltran
progresivamente. Corresponde a las nuevas componentes ecológicas
polarizarlas y afirmar su peso en las relaciones de fuerzas políticas
y sociales.
El principio específico
de la ecología medioambiental es que en ella todo es posible, tanto
las peores catástrofes como las evoluciones imperceptibles.14 Los
equilibrios naturales incumbirán cada vez más a las intervenciones
humanas. Llegará un tiempo en el que será necesario introducir
inmensos programas para regular las relaciones entre el oxígeno, el
ozono y el gas carbónico en la atmósfera terrestre. Se podría
perfectamente recalificar la ecología medioambiental de ecología
maquínica, puesto que, tanto en el cosmos como en las praxis
humanas, nunca se trata de otra cosa que de máquinas, y yo incluso
osaría decir de máquinas de guerra. ¡Desde siempre, la «naturaleza»
ha estado en guerra contra la vida! Pero la aceleración de los «progresos»
técnico-científicos conjugados con la enorme explosión demográfica
implica qué una especie de fuga hacia adelante se inicie de
inmediato para controlar la mecanosfera.
En el futuro, el
problema ya no sólo será la defensa de la naturaleza, sino una
ofensiva para reparar el pulmón amazónico, para reflorecer el
Sahara. La creación de nuevas especies vivientes, vegetales y
animales, pertenece ineluctablemente a nuestro horizonte y hace
urgente no sólo la adopción de una ética ecosófica adaptada a
esta situación a la vez terrorífica y fascinante, sino también
una política focalizada en el destino de la humanidad.
El relato de la génesis
bíblica está a punto de ser sustituido por los nuevos relatos de
la recreación permanente del mundo. Aquí, nosotros no sabríamos
hacer nada mejor que citar a Walter Benjamin condenando el
reduccionismo correlativo de la primacía de la información: «Cuando
la información sustituye a la antigua relación, cuando cede su
sitio a la sensación, ese doble proceso refleja una degradación
creciente de la experiencia. Todas esas formas, cada una a su
manera, se liberan del relato, que es una de las formas más
antiguas de comunicación. A diferencia de la información, el
relato no se preocupa de transmitir lo puro en sí del
acontecimiento, lo incorpora a la vida misma del que lo cuenta para
comunicarlo como su propia experiencia al que lo escucha. De ese
modo, el narrador deja en él su huella, como la mano del alfarero
sobre el vaso de arcilla.»15
Sacar
a la luz otros mundos que los de la pura información abstracta,
engendrar universos de referencia y Territorios existenciales en los
que la singularidad y la finitud sean tenidos en cuenta por la lógica
multivalente de las ecologías mentales y por el principio de Eros
de grupo de la ecología social y afrontar el cara a cara
vertiginoso con el Cosmos para someterlo a una vida posible, tales
son las vías imbricadas de la triple visión ecológica.
Así pues, creo que
una ecosofía de nuevo tipo, a la vez práctica y especulativa, ético-política
y estética, debe sustituir a las antiguas formas de compromiso
religioso, político, asociativo... No será ni una disciplina de
repliegue sobre la interioridad, ni una simple renovación de las
antiguas formas de «militantismo». Se tratará más bien de un
movimiento de múltiples facetas que instaura instancias y
dispositivos a la vez analíticos y productores de subjetividad.
Subjetividad tanto individual como colectiva, que desborda por todas
palies las circunscripciones individuadas, «acunadas», cerradas
sobre identificaciones y que se abre en todas direcciones hacia el
socius, pero también hacia Filum maquínicos, universos de
referencia técnico-científicos, mundos estéticos, e igualmente
hacia nuevas aprehensiones «pre-personales» del tiempo, del
cuerpo, del sexo... Subjetividad de la resingularización capaz de
encajar directamente el choque con la finitud bajo la especie del
deseo, del dolor, de la muerte... ¡Todo un rumor me dice que ya
nada de eso es evidente! Por todas partes se imponen algo así como
corazas neurolépticas para huir precisamente de toda singularidad
intrusiva. ¡Una vez más, habrá que invocar la Historia! Al menos
para explicar que existe el riesgo de que ya no haya historia humana
si no se produce una radical recuperación del control de la
humanidad por sí misma. Por todos los medios posibles, se trata de
conjurar el crecimiento entrópico de la subjetividad dominante. En
lugar de mantenerse eternamente en la eficacia embaucadora de los «trofeos»
económicos, se trata de reapropiarse de los universos de valor en
cuyo seno podrán volver a encontrar consistencia procesos de
singularización. Nuevas prácticas sociales, nuevas prácticas estéticas,
nuevas prácticas del sí mismo en la relación con el otro, con el
extranjero con el extraño: ¡todo un programa que parecerá bien
alejado de las urgencias del momento! Y sin embargo es en la
articulación:
de
la subjetividad en estado naciente;
del
socius en estado mutante;
del
medio ambiente en el punto en el que puede ser reinventado; donde se
dilucidará la salida de las crisis más importantes de nuestra época.
En conclusión, las
tres ecologías deberían concebirse, en bloque, como dependiendo de
una disciplina común ético-estética y como distintas las unas de
las otras desde el punto de vista de las prácticas que las
caracterizan. Sus registros dependen de lo que yo he llamado una
heterogénesis, es decir, de procesos continuos de resingularización.
Los individuos han de devenir a la vez solidarios y cada vez más
diferentes. (Lo mismo sucede con la resingularización de las
escuelas, de los ayuntamientos, del urbanismo, etc.).
La
subjetividad, a través de las vías transversales, se instaura
conjuntamente en el mundo del medio ambiente, de los grandes
Agenciamientos sociales e institucionales y, simétricamente, en el
seno de los paisajes y fantasmas que habitan las esferas más íntimas
del individuo. La reconquista de un grado de autonomía creadora en
un dominio particular reclama otras reconquistas en otros dominios.
Hay que forjar toda una catálisis de la recuperación de confianza
de la humanidad en sí misma, paso a paso, y a veces a partir de los
medios más minúsculos. Como este ensayo, que desearía, aunque sea
modestamente, poner freno a la grisalla y la pasividad dominantes.
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