El Hombre y su Mundo
La Masculinidad y la Reticencia
al Cambio
Michael Kimmel

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Dentro de los estudios de género, la construcción cultural de la masculinidad despierta cada vez más mayor interés. Uno de los autores más destacados sobre ese tema es el sociólogo Michael Kimmel, profesor de sociología de la Universidad del Estado de Nueva York, editor de la revista Masculinities y autor del libro Masculinity in America. Tema rezagado por décadas en comparación con los estudios feministas, en este ensayo Kimmel aboga por hacer visible la ideología de la masculinidad como una condición de la liberación masculina

¿Qué obstáculos enfrentamos para integrar a los hombres a la discusión de su propia salud sexual y reproductiva? En los últimos 25 o 30 años ha habido una enorme transformación de nuestro entendimiento sobre el significado del género. Gracias al movimiento feminista hemos comprendido que el género es un asunto de importancia vital, particularmente en lo que se refiere a la identidad. A las mujeres sólo se les estudiaba en tanto componentes del matrimonio o la familia. En cambio ahora hay programas de género por todas partes, en los que primordialmente se estudia a las mujeres. Esto ha propiciado la invisibilidad de la parte masculina del género. La mayoría de los hombres no saben que el género es importante para ellos. Género no es el sexo biológico de los machos humanos, sino la construcción de la masculinidad, cuyo significado varía dramáticamente de una cultura a otra, e incluso dentro de una misma cultura, con el tiempo y otras categorías como raza, clase, etnia, religión, sexualidad y edad. Por ejemplo, un hombre negro, de 75 años de edad, gay, viviendo en Chicago, y uno blanco de 19 años, heterosexual que vive en una granja de Iowa, obviamente tendrán diferencias en su definición de masculinidad, pero también puntos en común. Actualmente la investigación requiere especificar cuáles son las tesis comunes y las variables acerca de la masculinidad.

La invisibilidad de la masculinidad no sólo es académica, sus consecuencias son graves y de carácter político. Para ilustrar lo anterior voy a referir una conversación entre una mujer blanca y una negra:

La negra pregunta: "Cuando te miras al espejo, ¿qué ves?" "Veo una mujer", responde la blanca. La negra explica: "Ese es el problema, cuando yo me miro al espejo, veo una mujer negra. Para ti la raza es invisible, porque así funcionan los privilegios." O sea que los privilegiados no saben cómo o por qué los son. Antes cuando me veía al espejo veía a un ser humano, sin raza, clase o género: universal. A partir de esa conversación me convertí en un hombre blanco de clase media. Me di cuenta de que la raza, la clase y el género también tenían que ver conmigo. Si queremos que los hombres entren a la discusión de la salud sexual y reproductiva, tenemos que hacer la masculinidad visible para ellos y darnos cuenta de que la invisibilidad es consecuencia del poder y el privilegio.

Las cuatro reglas de la masculinidad

Hay que pluralizar y desagregar la masculinidad pues son múltiples sus construcciones, aunque también hay que señalar que ideológicamente éstas no son vistas como iguales. Hay jerarquías, no sólo de hombres sobre mujeres, sino de hombres sobre otros hombres, heterosexuales sobre homosexuales, blancos sobre negros, personas de edad mediana sobre viejos y jóvenes, etcétera. Sin embargo hay una definición hegemónica de la masculinidad. Irving Goffman la describe: Sólo existe un hombre ideal, completo y orgulloso de sí mismo en Estados Unidos: joven, casado, blanco, urbano, del norte, heterosexual, protestante, padre, con educación universitaria y empleo de tiempo completo, buena complexión física, peso y estatura y un récord deportivo reciente. El hombre que no pase cualquiera de estos requisitos se verá a sí mismo como devaluado, incompleto e inferior. El machismo es una consecuencia psicológica de esta sensación. Un psicólogo acuñó las cuatro reglas de la masculinidad que tienen que ser suscritas por los hombres todo el tiempo. La primera y más importante es: Nada de mariconadas. No se puede hacer nada que remotamente sugiera la feminidad. La masculinidad es el repudio de lo femenino. Todo lo demás no es más que una elaboración de esa primera regla. La segunda regla: Sé importante. Medimos tu masculinidad por el tamaño de tu chequera, poder, estatus. La tercera regla: Sé duro como un roble. Lo que define a un hombre es ser confiable en momentos de crisis, parecer un objeto inanimado, una roca, un árbol, algo completamente  estable que jamás demuestre sus sentimientos. La cuarta regla: Chíngatelos. Ten siempre un aura de atrevimiento, agresión, toma riesgos, vive al borde del abismo.

Mientras la idea de feminidad ha variado dramáticamente, la ideología de la masculinidad no ha cambiado en los últimos 50 años, pero además se aplica contra los "otros": las mujeres, los ancianos, los gay, los negros. Todos tienen mucho o poco en términos de género. Se les ve así como violentos, rapaces, bestias, o bien, débiles, indefensos o dependientes, no pueden sostener una familia, son feminizados.

Pero el problema no son los hombres sino la definición tradicional de masculinidad, la cual heredamos y tratamos de incorporar a nuestras vidas, aunque finalmente nos deje una sensación de vacío. En Estados Unidos, los movimientos más grandes de hombres son motivados por la espiritualidad, porque sienten que su vida no tiene sentido, no es coherente. Por eso pienso que los hombres no son el enemigo en la lucha por la salud sexual y reproductiva y la equidad de género. Es la masculinidad tradicional lo que mantiene a muchos hombres a la defensiva cuando se les presenta una ideología de equidad ante las mujeres, los gays, etcétera.

Esto funciona en seis áreas: paternidad, educación, violencia, violencia sexual, sexualidad y sida.

Para que los hombres sean buenos padres no basta con motivación, también se requieren políticas adecuadas tales como licencias de paternidad. Las mujeres demandan guarderías apropiadas, horarios flexibles y licencias de maternidad, pero eso no sólo es asunto de ellas, sino de las parejas. Cuando los hombres se identifiquen como padres también exigirán esos derechos. Sin embargo, la invisibilidad de la masculinidad lo dificulta mucho. La exigencia de ser importante y conservar poder y estatus implica pasar más tiempo en el trabajo y alejarse del hogar, la familia y los hijos; ser duro como un roble significa no cultivar las habilidades emocionales para cuidar, amar y criar a nuestros hijos.

 

En las escuelas hemos trabajado durante años contra la discriminación hacia las niñas. Ahora a ellas les está yendo muy bien en ciencias, mientras que a los niños les va muy mal en filosofía, inglés y humanidades. Los niños están activamente impidiéndose hacer un buen papel en estas áreas. Algunos de ellos dicen que "a las niñas les va mejor en lengua inglesa porque ellas expresan sus sentimientos", o bien "la lengua inglesa no va con la manera de pensar de los chavos" o "la lengua inglesa es la peor pendejada, la mayoría de los tipos a los que les gusta son maricones". ¿Cómo podemos atraer a los niños a las humanidades sin confrontar la ideología de la masculinidad que les hace pensar que el disfrute de la literatura es cosa de jotos?

En cuanto a la violencia, recordemos la tercera regla de la hombría: Chíngatelos, es decir, sé atrevido, agresivo, toma riesgos. En Estados Unidos cada vez que hay una balacera en una escuela primaria, se desatan grandes debates que nunca dan en el clavo, se habla sobre la cultura del sur, sobre las armas, sobre la ausencia de los padres en la familia, etcétera, y resulta que todos esos niños tenían padres en sus casas y de hecho ellos les habían enseñado a disparar. La mayoría de los pandilleros chicanos en Los Ángeles vienen de familias intactas. Sin embargo, la masculinidad permanece invisible en esta discusión. Mientras no confrontemos las ideas de "chingarse a los demás" y cultivar un aura de atrevimiento y agresión, vamos a perder la oportunidad de discutir la violencia con otros hombres.

Por otro lado, pareciera que los hombres tienen todo el poder; sin embargo, de manera individual, ellos no se sienten poderosos. El feminismo ha dicho que los hombres tienen el poder como grupo; sin embargo, al observar a los hombres reales en su cotidianidad nos damos cuenta de que no tienen ningún poder. Sus mujeres, sus hijos y sus jefes les exigen una serie de cosas ante las cuales se sienten sin poder, devaluados, incompletos e inferiores, de ahí que estén a la defensiva. ¿Cómo podemos hablar acerca de la violencia sexual y las violaciones sin confrontar la ideología de la masculinidad que exige que los hombres se sientan poderosos cuando en realidad no lo son? Es exactamente en esa disyuntiva donde debemos intervenir.

Los investigadores apuntan que hay tres disfunciones sexuales principales entre los hombres: la disfunción eréctil, el deseo inhibido, es decir, no querer tener relaciones sexuales todo el tiempo, y la eyaculación precoz. Recordemos que la ideología nos dicta que "hay que chingar, estar siempre listos para el sexo, buscarlo siempre, tener un pene de diez pulgadas, duro como un fierro y usarlo sin parar", lo cual me parece un modelo bastante hidráulico de la sexualidad masculina. Esos tres problemas se relacionan con el placer sexual; sin embargo, cuando acuden a terapia, los hombres no lo hacen por falta de placer sino porque no se sienten suficientemente hombres. Su problema no tiene que ver con el placer sino con la masculinidad. Si abordamos únicamente el placer sexual no estamos dando en el blanco. Los hombres ven al sexo como una manera de confirmar su identidad como hombres. La adecuación sexual masculina es la combinación de ser como un roble que no siente nada y chingar, es decir, buscar sexo continuamente, buscar continuamente situaciones en las que no se sienta nada, pero que reafirmen su masculinidad.

Finalmente, hablemos del sida. En los países desarrollados, 92 por ciento de la gente con sida son hombres. Es cierto que las mujeres constituyen el grupo de pacientes que está creciendo más rápidamente y que el sexo desprotegido en una relación heterosexual pone en mayor riesgo a una mujer que a un hombre; sin embargo, 92 por ciento de los casos en Estados Unidos son hombres. Esta es la enfermedad más relacionada con el género que hemos experimentado. Por eso debemos empezar a hablar acerca de la ecuación entre la masculinidad y la tentación de correr riesgos. Me parece vital que abordemos al sida (al menos en parte) como una enfermedad de la masculinidad; de la toma de riesgos. Pensemos en el sexo seguro desde el punto de vista de la masculinidad. Para los hombres la expresión sexo seguro es un oximorón (es decir, una frase en donde dos palabras se anulan una a la otra como en el caso de enano gigante, inteligencia militar, o ciencias sociales). Lo sexual para ellos es apasionado, explosivo impulsivo, espontáneo, mientras que lo seguro es suave, tibio, acariciable, así, cuando decimos "sexo seguro" lo que ellos escuchan es "dejen de tener relaciones sexuales como hombres". Por eso es tan difícil hacer que los varones heterosexuales practiquen el sexo seguro. Entre los gay la respuesta al sida ha sido "cómo erotizar al sexo seguro". Por eso la tasa de infecciones nuevas entre la comunidad gay ha disminuido, porque el sexo aún confirma la masculinidad, pero en un contexto de seguridad. Si no fuera por la homofobia estaríamos pidiendo a los homosexuales que nos enseñaran a erotizar el sexo seguro, tenemos tanto que aprender de ellos. Las mujeres saben que la seguridad y el placer sexual no son opuestos, sino necesarios entre sí, pues ellas han sido responsables del control natal durante mucho tiempo.

Feminismo libertador de hombres

En conclusión, hay que tener en cuenta que los hombres en lo individual están haciendo lo mejor posible para ser buenos padres, esposos o compañeros; sin embargo, la manera en que se les enseñó a ser hombres les dificulta mucho el camino. Por eso, por una parte, están reticentes al cambio, pues las demandas de la masculinidad tradicional los han dejado sintiéndose inseguros, devaluados, incompletos e inferiores. Entonces si pierden su noción de la masculinidad lo pierden todo. No tienen de dónde agarrarse; por otra parte, están desesperados por encontrar maneras de ser mejores padres, compañeros, esposos y amigos entre ellos. Por eso sugiero no retar a los hombres en lo individual, sino confrontar a la masculinidad en general, para permitirles vivir animados por el amor, la compasión, la crianza de los hijos y por mejores relaciones de pareja.

Un autor escribió en 1917 que el feminismo hará por primera vez libre a los hombres porque representa un reto para las definiciones tradicionales de la masculinidad. Nos ofrece un proyecto para llegar a transformarla. El ejemplo está frente a nosotros en el movimiento de las mujeres y en el movimiento lésbico gay

Ponencia presentada en el evento "Los varones frente a la salud sexual y reproductiva" el pasado mes de marzo.

Traducción y selección de texto Manuel Zozaya

Fuente: Eurowrc - http://www.eurowrc.org

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