¿Tiene futuro la democracia?
Aquí un extracto de una
conferencia y una entrevista al pensador italiano G Sartori. En
Turín, Sartori señaló que la democracia directa: el poder al pueblo, es
contraproducente mientras no aumente "el saber del pueblo". Hoy, dijo, los
gobiernos se erigen sobre encuestas que nos hacen creer, erróneamente, que
existe una "opinión pública"
Esta disertación
deriva, tanto en su título como en su inspiración, de la colección de
escritos de Bobbio: El futuro de
la democracia, de 1984, y en la segunda edición, de 1991. Mi título es
por lo tanto una paráfrasis que convierte el título de Bobbio en una
interrogación. Las fechas son importantes. En 1984, el muro de Berlín
todavía seguía en pie, mientras que en 1991 la caída del comunismo
resultaba inevitable y dentro del orden de las cosas. Es así como en la
Introducción de 1991, Bobbio podía ostentar un optimismo inusual.
Refiriéndose al libro de Jacques Revel Cómo terminan las democracias
(de 1983) Bobbio comentó: "Esta vez, los profetas del infortunio se habían
equivocado, incluso quien (justamente Revel) había descrito minuciosamente
la implacable maquinaria para la eliminación de la democracia que es el
mundo moderno". También yo, en 1990, escribí que "la democracia ya no
tiene enemigo; ya no es enfrentada (en el mundo moderno) por legitimidades
alternativas. Pero ganar la guerra no es ganar la paz. También el juego
democrático puede ser mal jugado. ¿Sabrá la democracia resistir a la
democracia?" Como se ve, yo era muy cauto. Pero a su modo también lo era
Bobbio. Escribió: "Que quede claro: yo no hago ninguna apuesta sobre el
futuro."
Ahora ¿tiene un futuro la democracia? Yo respondo: depende de nuestro
cerebro. Como escribió Charles Lindblom, "La condición humana es cerebro
pequeño, problemas grandes". Y es evidente, me parece, que nuestro cerebro
es cada vez más pequeño, cada vez más limitado, mientras que los problemas
se han vuelto cada vez más gigantescos. La fuerza de las ideas alcanzó su
apogeo, su punto culminante, con la Ilustración, precisamente con el Siglo
de las Luces. Yo todavía creo en él (al igual que Bobbio), y por ende es
acertado que digan de mí que soy un residuo de la Ilustración. Pero
quedamos pocos. Porque las ideas hace tiempo que están bajo sospecha. En
parte, fueron sustituidas por las ideologías (ideas fosilizadas, repetidas
mecánicamente sin ser pensadas por nadie), y en última instancia porque
fueron debilitadas y devastadas por un crescendo ensordecedor de
inculturas. Quiero precisar que por ideas no debemos entender cualquier
cosa que nos pasa por la mente. Las ideuchas nunca escasean. Al
contrario, todos ideuchamos cada vez más. Pero siguen faltando
las ideas que son un producto terminado de la razón, el fruto del pensar
razonando. En suma, faltan siempre las ideas auténticas, serias; ideas que
enriquecen el saber. Lo cual explica por qué la teoría de la democracia no
anda demasiado bien, como veremos.
Pero por el momento detengámonos en la práctica de la democracia, y a
través de ella en la democracia que se ejerce votando y que así realiza, y
se realiza, como un "gobierno de opinión" (es la famosa definición de
Albert Dicey). Es exacto decir opinión, ése es el vocablo justo.
Opinión es doxa, no es episteme, no es saber. Las
opiniones son, por así decirlo, "ideas ligeras" que no deben ser probadas:
las tomamos por buenas por como son. Cuentan que un juez del tribunal
revolucionario de París, al negarle a Antoine Lavoisier (el fundador de la
química moderna) un pedido para prorrogar la ejecución capital, le
respondió: La république n'a pas besoin de savants (la república
no precisa sabios). Ese juez se equivocaba. La república necesita sabios;
pero la democracia electoral, el demos (en griego, pueblo)
votante, no. Y por lo tanto el gobierno de opinión requiere solamente
—como su fundamento— la existencia de una opinión pública, de un público
que tenga opiniones. La noción está bien definida.
Ya dije que una opinión no requiere prueba. Agrego que las opiniones son
convicciones débiles y variables. Si se convierten en convicciones
profundas y profundamente arraigadas, entonces hay que llamarlas creencias
(y el problema cambia). Y esta precisión ya basta para desbaratar la
objeción de que la democracia es imposible porque el pueblo "no sabe".
Esta es una objeción fuerte contra la democracia directa, contra un demos
llamado a gobernar y a gobernarse por sí mismo. Pero no es una objeción
contra una democracia representativa en la cual el demos no decide las
cuestiones propiamente dichas sino que decide, con el voto, quién las
decidirá. Lo cual significa que a la democracia representativa le basta,
para funcionar, con que el público tenga opiniones suyas, opiniones
propias; nada más, pero tampoco nada menos.
¿Nos conformamos con muy poco? A primera vista, pero en un segundo
análisis nos damos cuenta de que ya es difícil llegar a ese poco. La
opinión pública no es solamente un opinar colocado en el público, debe
también ser, para alimentar y sostener la democracia, una opinión del
público, un opinar autónomo, endógeno, que de alguna manera el demos se
forma por sí solo. Además, cuando hablamos, en la teoría de la democracia,
de opinión pública entendemos una opinión que se ocupa de la cosa pública,
temas de naturaleza pública: el interés general, el bien común. Una
opinión pública que se interesa por el fútbol, la belleza de las mujeres,
o la música rock, a los fines de la democracia es irrelevante.
Nadie nace obviamente con opiniones innatas. Y esta constatación abre el
discurso sobre cómo es formada y llega a formarse una opinión pública. Es
un discurso largo y complejo que aquí debo pasar por alto. Diré solamente
que mientras en el pasado una multiplicidad de factores y de procesos
conseguía crear una opinión pública bastante autónoma, con el advenimiento
del bombardeo de los medios masivos y precisamente de la televisión, la
opinión pública ha pasado a ser cada vez más videodirigida y por ende
hétero-dirigida (dirigida por otro). Y con la opinión hétero-dirigida
desaparece la opinión del público; queda sólo la opinión en el público;
en cuyo caso, adelante con la democracia como gobierno de opinión. Pero
procedamos con calma.
Cuando Bobbio y yo —yo en aquel lejanísimo 1957— comenzamos a escribir
sobre la democracia, la televisión no existía, o mejor dicho, no resultaba
todavía un factor determinante. Mi primer escrito que atribuía un carácter
central a la televisión llevaba por título "Video-poder" y salió en 1989.
No fui muy rápido (como decía Hegel: el búho de Minerva emprende el vuelo
recién al atardecer), pero otros estudiosos fueron, y siguen siendo, más
lentos que yo. Y sin embargo, estamos viviendo un cambio de la genética
humana radical: estamos pasando —me he acostumbrado a decir— del homo
sapiens producido por la cultura escrita basada en palabras, a un
homo videns en el cual la palabra es destronada por la imagen.
Si, destronada. Es verdad que las palabras denotativas, las palabras
concretas (casa, mesa, fideos) evocan también imágenes, pero todo nuestro
saber se funda en palabras abstractas que evocan conceptos, cosas
concebidas (concipere) que no tienen ningún equivalente visible,
que no son traducibles a imágenes. Por ejemplo, en toda esta clase
probablemente la única palabra concreta que usé es Bobbio. Los nombres
propios son, obviamente, denotativos. Pero democracia, demos, poder,
constitución, libertad, Estado, soberanía, legitimidad, derecho, son
palabras abstractas que remiten a un pensar por conceptos que comprendo
sin ver, sin verlos. Por lo tanto, todo el saber del homo sapiens
se desarrolla en la esfera de un mundus intelligibilis (de
conceptos, de concepciones mentales) que no es de ninguna manera el
mundus sensibilis, el mundo percibido por nuestros sentidos. El punto
entonces es el siguiente: que el impacto creciente del telever, del
videovivir, invierte el avance de lo sensible a lo inteligible. La
televisión produce imágenes y borra los conceptos y así atrofia nuestra
capacidad de abstracción, y con ella el concebir y toda nuestra capacidad
de comprender. En el homo videns el lenguaje conceptual
(abstracto) es sustituido por un lenguaje perceptivo (concreto) que es
infinitamente más pobre. El homo sapiens comprende sin ver, el
homo videns ve sin comprender. Por otra parte, y peor todavía, lo
visible nos aprisiona en lo visible. Para el hombre que ya ni siquiera lee
los diarios, para el hombre lisa y llanamente vidente, lo no visto no
existe. Y esta amputación es realmente colosal.
¿Estoy divagando? Probablemente me interesa hablar del video-poder porque
las nuevas generaciones, las generaciones de video-niños, no se dan cuenta
de este salto atrás. Yo me doy cuenta porque lo viví (gracias a mi
avanzada edad). Pero quien no se da cuenta no sabe cuánto perdió y está
perdiendo, respecto de las generaciones pre-televisivas. Es posible que a
los video-niños, esta pérdida, este vacío, no les importe. Es más,
probablemente sea así. Pero yo siento igualmente el deber de dar
testimonio y hablar de esta caída del homo sapiens. En el planteo
de Bobbio, ¿la videocracia que interfiere sobre la democracia, qué sería?
Sería, obviamente, un "obstáculo imprevisto"; imprevisto y perturbador.
Sea como fuere, no creo haber divagado en esta disertación. La democracia,
decía, es inter alia una ideocracia. Y si las ideas, la capacidad
de concebir ideas, se empobrecen, al mismo tiempo también la democracia lo
sufre. En cuanto a la opinión pública, es evidente que la videocracia
fabrica una opinión producida por imágenes —por sus imágenes— en la cual
ya casi no hay ningún nexo entre opiniones e ideas. La televisión en
apariencia refuerza, pero en realidad vacía la democracia como gobierno de
opinión. La televisión se exhibe como portavoz de una opinión pública que
en realidad es el eco de retorno de la propia voz.
Técnicamente, y por ende constitucionalmente hablando, las nuestras son
democracias indirectas, democracias representativas, basadas en
elecciones. Pero en la práctica, tenemos cada vez más frecuentemente un
gobierno de opinión basado en las encuestas, y por ende un gobierno de las
encuestas que introduce un fuerte elemento de "directismo" en el gobierno
representativo. ¿Cómo debemos interpretar este directismo? ¿Cómo un
progreso de la democracia? La respuesta depende, obviamente, de la
consistencia de ese opinar. Hasta ahora, señalé que era cada vez más
hétero-directo. Pero, aun así, ¿existe o no? ¿Ese opinar tiene un
contenido o no?
Los encuestadores se limitan a preguntar a su encuestado "¿Qué piensa de
esto?" sin verificar antes si sabe algo sobre eso. Sin embargo, el núcleo
del problema está aquí. Está claro que el encuestador comercial no tiene
ningún interés en verificar cuál es la consistencia de las opiniones a las
que hace referencia. Pero los estudiosos deben verificarlo y por lo tanto
deben establecer cuál es el estado y el grado de "no saber" de los grandes
públicos. Que es, desgraciadamente, colosal y creciente. La gran mayoría
de los encuestados no sabe nada, o casi nada, sobre los problemas acerca
de los cuales da respuestas. Sus opiniones son, en sustancia, ciegas. ¿Y
entonces? Entonces, la cosa no es así. Entonces debemos seguir, nos guste
o no, en la tan despreciada democracia representativa. Porque todo "directismo",
y a través de él, todo incremento de demo-poder es tal solamente si es
sostenido por incrementos de demo-saber, por un demos mejor informado. En
cambio, nos ensordecen con peroratas que recomiendan "democracias
inmediatas" (más inmediatas) que ignoran magistralmente el hecho que
precede al problema, y por ende el grado de demo-saber (o no saber). Que
es como decir que los directistas reparten habilitaciones para conducir
sin verificar si sus habilitados saben conducir
Traducción de
Cristina Sardoy |
G Sartori Nació en
1924 y es politólogo
Así se definió recientemente: "Tengo 80 años. Vivo entre Nueva York y
Roma, desde donde opino sobre la política italiana. Soy profesor de Teoría
Política y analista político. Siempre he sido un liberal clásico, un
liberal puro. Tengo una hija y no tengo nietos. Soy agnóstico, y muy
crítico con este Papa, por su irresponsable política demográfica". Mentor
de la imagen del "homo videns" causó gran impacto en los estudios de
comunicación que recogieron con entusiasmo su idea de una sociedad
"teledirigida". El objetivo de Sartori, con todo, era político: señalar,
con la evidencia de la manipulación de opiniones, los límites de la
democracia directa. Tiene en la Argentina un gran número de lectores.
Colaborador habitual del diario "Il Corriere della Sera", publicó en
castellano "La sociedad multiétnica: pluralismo, multiculturalismo y
extranjeros"; "La política: lógica y método en las ciencias sociales";
"Elementos de teoría política"; "¿Qué es la democracia?"; "Teoría de la
Democracia"; "Homo videns"; "La tierra explota" y otros |