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- Entrevista por
Angel Berlanga
"Por
otra parte, la gestión de Duhalde me pareció excelente: hizo todo lo que
yo pensaba que tenía que hacer. Todos me dicen “sí, pero es traficante
de drogas”; “bueno, pero eso es su vida privada”, digo yo..."
“La clase media ha persistido en sus
valores”
Con la publicación de “El río
sin orillas”, un particular ensayo sobre el Río de la Plata, el autor
de “Glosa, La pesquisa” y “La vuelta completa” termina de reeditar
toda su obra, mientras sigue escribiendo una nueva novela. En esta
entrevista habla, además, de Kirchner, Duhalde, la clase media, los
piqueteros y los intelectuales
Anda con ganas de volverse. “Hace quince días que no hago prácticamente
nada, aparte de ir a comer y tomar vino todas las noches con amigos”,
dice. Aunque está radicado en París desde hace 35 años, aunque escribió
allá la mayor parte de su obra e incluso se jubiló como profesor de
literatura en la Facultad de Rennes, en su voz no hay rastros de contagio
de tono francés. Allá lo espera su familia y la novela en la que está
trabajando, La grande, sobre la que prefiere no anticipar nada salvo la
hipotética fecha de aparición: finales del 2004. Acá acaba de ser
reeditado El río sin orillas, y con él toda su obra (once novelas, seis
libros de cuentos, tres de ensayos y uno de poemas) queda reunida en un
mismo sello editorial, Seix Barral.
El río sin orillas es un libro curioso: escrito por encargo en 1989,
publicado por primera vez dos años más tarde, entrelaza historia, clima,
geografía, política, antropología, literatura y etcétera del Río de
la Plata y, además, sus vivencias y sensaciones personales. “Traté de
hacer una especie de bordado de todos esos temas, como un tapiz: ésa fue
la idea”, dice Saer. Caben, así, reflexiones sobre la fatalidad de Solís
y el delirio de Mendoza, el carácter “autoritario y populista” del
peronismo, vacas y caballos, composiciones sociales, la mirada y los
apuntes de Darwin, las tormentas, la escasa influencia de los
intelectuales y una siesta en su pueblo natal, Serodino, pegado al Paraná.
“Yo soy parte interesada –anota Saer–, porque el fuerte Sancti
Spiritus fue fundado, casi sin ninguna exageración, enfrente de mi casa.
Al principio tenía muchas vacilaciones –dice–, porque tenía un
compromiso con la erudición que tenía que adquirir, y también había
algo personal, de vivencia: cuando logré reunir las dos cosas fue como un
sentimiento de liberación. Me dio mucho trabajo pero al mismo tiempo fue
exaltante, porque era una experiencia nueva; pude conservar ciertos hitos
narrativos en un libro que aparentemente es un ensayo.”
–¿Es un libro escrito para extranjeros?
–Sí, pero al mismo tiempo tuve que tener muchísimo cuidado con mis
lectores argentinos; me planteé que ni siquiera los historiadores
argentinos pudiesen decir, decepcionados, que esto era una renuncia. Tenía
que hacer un libro que tuviese los mismos parámetros narrativos, pero al
mismo tiempo debía informar a “idiotas”, pero no en el mal sentido:
gente que no supiera nada del Río de la Plata. Esa era la contradicción
principal del libro. Y anduvo bien: el libro gustó muchísimo en Francia.
–¿Por qué priorizó como fuentes, en su relato, la mirada de
extranjeros?
–Los locales no se fijan demasiado en el país donde están; si usted
está plantado todo el día en Buenos Aires, por costumbre deja de verlo.
A veces digo “qué lástima: ya no me deslumbro más por París”. Dejé
de verlo. A veces la mirada extranjera pone en evidencia cosas que la
mirada local no ve. Hay, además, una razón muy precisa: una enorme
cantidad de material escrito por extranjeros desde el siglo XIX, e incluso
desde antes. Y ese material es riquísimo, de primera calidad, y con un
inmenso afecto por nuestro país, aun cuando ni siquiera era nuestra
patria. He frecuentado mucho a estos viajeros, los leía con muchísimo
placer.
–La mirada del extranjero permite una cierta distancia, ¿pero no son
las miradas internas las que consiguen más profundidad?
–Es verdad. Pero no hay muchas. Y no podía volver a sacar a Sarmiento,
porque no se prestaba para mi trabajo. Me fue muy útil Darwin, por
ejemplo; él cuenta que a 40 kilómetros al noroeste de Rosario se
encuentra la llanura más chata que había visto en el mundo: no hay prácticamente
ningún accidente. Ahí se encuentra mi pueblo, Serodino. Eso, entonces,
tenía una resonancia biográfica. Ciertos autores extranjeros nos enseñan
cosas sobre nuestro pasado, pero también sobre nuestras sensaciones de
infancia; ellos las describen como propias, y las explican: y ésas son
las que hemos tenido nosotros cuando éramos niños. Es una cosa muy
curiosa.
–Usted se explaya, en el libro, sobre la clase media. ¿Qué cambios notó
últimamente?
–Después de todo lo que pasó creí que habría una pauperización de
valores, y no: creo que los valores de la clase media persisten. Son los
que vienen de la inmigración: honestidad, hospitalidad, cierta
frugalidad, y al mismo tiempo sentido del humor, rechazo a la violencia,
valorización del servicio público y la educación, rechazo a la corrupción.
Todo eso después de la crisis económica.
–¿Qué visión tiene del gobierno de Kirchner?
–El programa es bueno, pero habría que bajar un poco el volumen. Las
declaraciones son correctas, pero por su carácter un poco perentorio
dejan demasiado flanco a la crítica de la oposición, que a mi modo de
ver es poco honesta y está esperando cualquier error para atacar. Todas
las medidas que se están tomando pueden parecer traumáticas, pero es
como cuando hay que arrancar una muela: para el dentista siempre es la última
opción. En este caso era tan grande la podredumbre que había que
arrancarla de cuajo. Y eso crea mucho descontento en la gente que estaba
instalada en el poder, corrupta o no: crea enemigos. Ciertos grupos muy
favorecidos con las políticas de los ultraliberales anteriores tienen
mucho poder, incluso en los medios, y pueden desestabilizar al Gobierno,
al que yo le tengo mucha simpatía y respeto.
–Por lo que dice en el libro, considerará a Kirchner un peronista atípico...
–Sí. El peronismo está lleno de contradicciones, y él está luchando
por superarlas. Dentro del peronismo hay 50 opciones diferentes, incluso
enemigas entre sí; en alguna época se ametrallaron mutuamente y han
hecho desteñir esa violencia en la sociedad. El peronismo le debe eso al
país, y creo que Kirchner es consciente. Por otra parte, la gestión
de Duhalde me pareció excelente: hizo todo lo que yo pensaba que tenía
que hacer. Todos me dicen “sí, pero es traficante de drogas”;
“bueno, pero eso es su vida privada”, digo yo; por supuesto que
mis amigos radicales o de izquierda saltan hasta el techo (se ríe).
Duhalde es muy mesurado en sus declaraciones. Creo que él hubiese
preferido a Reutemann, porque le hubiese resultado más manejable, y ha
tomado conciencia de que el kirchnerismo puede conducir a su muerte política;
debe estar preocupado. A Kirchner lo veo como una superación, a través
de una especie de espíritu frentista: la prueba es su gabinete. Y a mí
me parecía que esta cosa frentista podía barrer con las contradicciones
del radicalismo y el peronismo, que no terminan de morir: el pueblo
argentino no puede estar soportando todo el tiempo sus luchas internas.
Tienen que salir fuerzas más importantes; una que incluya a las derechas,
y otra que englobe a la centroizquierda radical, peronista, socialista.
–¿No lo alarman presuntas vinculaciones non sanctas entre punteros de
Duhalde y la Policía Bonaerense?
–Sí, seguro, pero en eso no puedo entrar a... Sí, ahí no puedo decir
que es su vida privada. Pero no sé qué hay de verdad, todos son
rumores...
–Pero hay decisiones políticas detrás de la Bonaerense.
–Sí, hay, hay una cosa muy complicada; la Bonaerense no hubiese llegado
donde llegó sin el “permiso” del Estado provincial.
–Duhalde, desde hace...
–Sí o sectores... Yo juzgo a Duhalde por su comportamiento como
presidente de la transición. Del resto no sé... Pero, por ejemplo, me
parece una irresponsabilidad que el gobernador Solá les aconseje a las
familias que paguen rescates. Aunque lo piense y le parezca sensato para
salvaguardar la vida de los rehenes.
–¿Qué opinión tiene de los grupos piqueteros?
–Hay varias tendencias; los que llaman “piqueteros duros” están
dirigidos por pequeños grupos de extrema izquierda y creo que sus
opciones, en este momento, no son viables. Para ellos es una manera de
tener una base electoral o política: eso es todo. Pero hay un poco de
anacronismo en estas posiciones. Pero no porque sean viejas, sino porque
no corresponden en este momento. A mi modo de ver no tienen mucho poder y
desvirtúan las aspiraciones auténticas de los piqueteros en general, es
decir, de los pobres: llamémoslos como son. Son ellos los que salen a la
calle y arman los piquetes para hacerse oír y atraer la atención de los
medios: eso es totalmente legítimo. Lo que me parece menos legítimo es
exigirle al Gobierno cosas que nadie podría realizar. Pedir trabajo y una
distribución más justa de la riqueza sí, pero de ahí a pedir la
revolución permanente... O es delirante o es inepto, o es de mala fe
La tarea intelectual
–Usted anota en su libro que, salvo raras
excepciones, los intelectuales no influyen en la Argentina. ¿Sigue siendo
así?
–Cuando me refiero a intelectuales lo digo por quienes piensan
globalmente la sociedad, el hombre, la cultura; ésos no tienen una
influencia real, determinante. Pueden tener una influencia sobre algunos
grupos, pero no sobre la sociedad. Eso, en general, es lo que pasa en el
mundo entero en este momento. Sólo los pensadores orgánicos al
ultraliberalismo, y quienes se oponen orgánicamente a ellos, tienen una
influencia en términos globales. Lo del fin de las ideologías, por
ejemplo, venía en el paquete del ultraliberalismo; y por otro lado
tenemos a un Noam Chomsky, que en tanto intelectual se ha reconvertido en
un agitador político.
–¿Qué intelectuales han tenido peso en la Argentina en los últimos
tiempos?
–Ultimamente... no veo. En el siglo XIX sí ha habido intelectuales que
tuvieron una influencia determinante sobre la cultura y la sociedad:
Sarmiento, Alberdi, Mariano Moreno. Podríamos decir Mitre, aunque no
comparto sus ideas. No solamente transformaron la sociedad: tuvieron el
poder en sus manos y trataron de aplicar las cosas que pensaban. Y eran
verdaderos intelectuales, no eran agitadores políticos
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Nació
en Serodino (Provincia de Santa Fe, Argentina) el 28 de junio de 1937.
Fue profesor de la Universidad Nacional del Litoral, donde enseñó
Historia del Cine y Crítica y Estética Cinematográfica. En 1968 se
radicó en París. Su vasta obra narrativa, considerada una de las máximas
expresiones de la literatura argentina contemporánea, abarca cuatro
libros de cuentos –En la zona (1960), Palo y hueso (1965),
Unidad de lugar (1967), La mayor (1976)– y diez novelas:
Responso (1964), La vuelta completa (1966), Cicatrices
(1969), El limonero real (1974), Nadie nada nunca (1980),
El entenado (1983), Glosa (1985), La ocasión (1986,
Premio Nadal), Lo imborrable (1992) y La pesquisa (1994).
En 1983 publicó Narraciones, antología en dos volúmenes de sus
relatos. En 1986 apareció Juan José Saer por Juan José Saer,
selección de textos seguida de un estudio de María Teresa Gramuglio, y
en 1988, Para una literatura sin atributos, conjunto de artículos
y conferencias publicada en Francia. En 1991 publicó el ensayo El río
sin orillas, con gran repercusión en la crítica, y en 1997, El
concepto de ficción. Su producción poética está recogida en El
arte de narrar (1977), paradójico título que expresa, quizás, el
intento constante de Saer por –según sus propias palabras– "combinar
poesía y narración". Ha sido traducido al francés, inglés, alemán,
italiano y portugués
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