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¿Qué es el hombre?
Si pretendiera responder a la pregunta
Que es el hombre?" en una forma
tan general que ya de ella se podrían derivar las respuestas a las otras
cuestiones, entonces se le escaparía la realidad de su objeto propio
Porque en lugar de alcanzar su totalidad genuina, que sólo puede hacerse
patente con la visión conjunta de toda su diversidad, lograría nada más
una unidad falsa, ajena a la realidad, vacía de ella
Una antropología filosófica legítima tiene que saber no sólo que existe un
género humano sino también pueblos, no sólo un alma humana sino también
tipos y caracteres, no sólo una vida humana sino también edades de la
vida; sólo abarcando sistemáticamente éstas y las demás diferencias, sólo
conociendo la dinámica que rige dentro de cada particularidad y entra
ellas, y sólo mostrando constantemente la presencia de lo uno en lo vario
podrá tener ente sus ojos la totalidad del hombre. Pero por eso
mismo no podrá abarcar al hombre en aquella forma absoluta que, si bien no
lo indica la cuarta pregunta de Kant, fácilmente se nos impone cuando
tratamos de responderla, cosa que, como dijimos, eludió el mismo Kant. Así
como le es menester a esta antropología filosófica distinguir y volver a
distinguir dentro del género humano si es que quiere llegar a una
comprensión honrada, así también tiene
que instalar seriamente al hombre en la naturaleza. tiene que compararlo
con las demás cosas, con los demás seres vivos, con los demás seres
conscientes. para así poder asignarle, con
seguridad, su lugar correspondiente.
Sólo por este camino doble de diferenciación y comparación podrá captar e1
hombre entero, este hombre que, cualquiera sea el pueblo, el tipo o la
edad a que pertenezca sabe lo que, fuera de él, nadie más en la tierra
sabe: que transita por el estrecho sendero que lleva del nacimiento a la
muerte: prueba lo que nadie que no sea él puede probar la lucha con el
destino, la rebelión y la reconciliación Y. en ocasiones, cuando se junta
por elección con otro ser humano, llega hasta experimentar en su propia
sangre lo que pasa por los adentros del otro
La antropología filosófica no pretende reducir los problemas filosóficas
a la existencia humana ni fundar las disciplinas filosóficas, como si
dijéramos, desde abajo y no desde arriba Lo que pretende es,
sencillamente, conocer al hombre. Pero con esto se encuentra ante un
objeto de estudio del todo diferente a los demás. Porque en la
antropología filosófica se le presenta al hombre, el mismo, en el sentido
más exacto, como objeto. Ahora que está en juego la totalidad,
el investigador no puede darse por
satisfecho, como en el caso de la antropología como ciencia particular,
con considerar al hombre como cualquier
otro trozo de la naturaleza, prescindiendo de que él mismo, el
investigador, también es hombre y que experimenta en la experiencia
interna este su ser hombre en una forma en la que no es capaz de
experimentar ninguna otra cosa de la naturaleza no. sólo en
su perspectiva del todo diferente sino en
una dimensión del ser totalmente distinta. en una dimensión en la que sólo
esta porción de la naturaleza que es él es experimentada. Por su esencia,
el conocimiento filosófico del hombre es reflexión del hombre sobre sí
mismo, y el hombre puede reflexionar sobre si únicamente si la persona
cognoscente, es decir, el filósofo que hace antropología. reflexiona sobre
si como persona.
El principio de individuación, que alude al hecho fundamental de la
infinita variedad de las personas humanas en virtud cada una está hecha a
su manera peculiarísima y singular, lejos de relativizar el conocimiento
antropológico le presta, por el contrario, su núcleo y armazón. Y en torno
a lo que descubra el filósofo que medita sobre sí se deberá ordenar y
cristalizar todo 1o que se encuentra en el hombre histórico y en el
actual, en hombres y mujeres, en indios y en chinos, en pordioseros y
emperadores, en imbéciles y en genios, para que aque1 su descubrimiento
pueda convertirse en una genuina antropología filosófica.
Pero esto es algo diferente de lo que hace el psicólogo cuando completa y
explica lo que sabe por la literatura y por la observación mediante la
observación de sí mismo, el análisis de sí mismo, el experimento consigo
mismo. Por. que en este caso se trata siempre de fenómenos y procesos
singulares, objetivados, de algo que ha sido desgajado de la conexión la
total persona concreta, de carne y hueso. Pero el antropofilósofo tiene
que poner en juego no menos que su encarnada totalidad, su yo (Selbst)*
concreto.
Y todavía más. No basta con que coloque su yo como objeto del
conocimiento. Sólo puede conocer la totalidad de la persona y por ella la
totalidad del hombre, si no deja fuera su subjetividad ni se mantiene como
espectador impasible. Por el contrario, tiene que tirarse a fondo en el
acto de autorreflexión, para poder cerciorarse por dentro de la totalidad
humana. En otras palabras: tendrá que ejecutar, ese acto de adentramiento
en una dimensión peculiarísima, como acto vital, sin ninguna seguridad
filosófica previa, exponiéndose, por lo tanto, a todo lo que a uno le
puede ocurrir cuando vive realmente.
No se conoce al estilo de quien, permaneciendo en la playa, contempla
maravillado la furia espumante de las olas sino que es menester echarse al
agua, hay que nadar alerta y con todas las fuerzas, y hasta. habrá un
momento en que nos parecerá estar a punto del desvanecimiento: así y no de
otra manera puede surgir la visión antropológica .Mientras nos contentemos
con poseernos como un objeto no nos enteraremos del hombre más que como
una cosa más entre otras, y no se nos hará presente la totalidad que
tratamos de captar: y claro que para captarla tiene que estar presente.
No es posible que. percibamos sino lo que en un “estar presente" efectivo
se nos ofrece, pero en ese caso, sí que percibimos, o captamos de verdad y
entonces se forma el núcleo de cristalización
un ejemplo podrá aclarar la relación entre el psicólogo y el antropólogo.'
Si los dos estudian, digamos, el fenómeno de la cólera, el psicólogo
tratará de captar qué es lo que siente el colérico, cuales son los motivos
y los impulsos de su voluntad, pero el antropólogo tratará también de
captar qué es lo que está haciendo. Con respecto a este fenómeno, les será
difícilmente practicable a los dos la introspección, que por naturaleza
tiende a debilitar la espontaneidad e irregularidad de la cólera. El
psicólogo tratará de sortear la dificultad mediante una división
especifica de la conciencia que le permita quedarse fuera con la parte
observadora de su ser, dejando, por otra parte, que la persona siga su
curso con la menor perturbación posible. Pero, de todos modos, la pasión
en ese caso no dejará de parecerse a la del actor, es decir, que, no
obstante que pueda intensificarse por comparación con una pasión no
observada, su curso será diferente habrá, en lugar del estallido
elemental un desencadenarse de la misma que será deliberado, y habrá una
vehemencia más enfática, más querida más dramática, El antropólogo no se
preocupará de la conciencia, pues que le interesa la totalidad intacta de
los procesos, y, especialmente, la no fragmentada conexión natural entre
sentimientos y acciones; y ésta es, en verdad, la conexión más
poderosamente afectada por la introspección, ya que la pura espontaneidad
de la acción es la que sufre esencialmente. El antropólogo, por tanto.
tiene que resistirse a cualquier intento de permanecer fuera con su yo
observador y, cuando le sobreviene la cólera, no la perturba
convirtiéndose en su espectador, sino que la abandona a su curso sin el
empeño de ganar sobre ella una perspectiva. Será capaz de registrar en el
recuerdo lo que sintió e hizo entonces; para el la memoria ocupa el lugar
del experimentar consigo mismo. Pero lo mismo que los grandes escritores,
en su trato con los demás hombres, no registran deliberadamente sus
peculiaridades, tomando, como si dijéramos notas invisibles sino que
tratan con ellos o una forma natural y no inhibida, dejando la cosecha
para la hora de la cosecha, también la memoria del antropólogo, competente
posee con respecto a si mismo y a los demás, un poder concentrador que le
sabe preservar lo esencial.
En el momento que la vida no lleva otra idea que la de vivir, lo que hay
que vivir, está presente con todo su ser indiviso, y por tal razón crece
en su pensamiento y en –su recuerdo el conocimiento de la totalidad
humana
Dios. Manipulación
Dios, ¿es sólo una palabra? «Dios... es la palabra más vilipendiada de
todas las palabras humanas
Ninguna ha sido tan mancillada, tan mutilada... Las generaciones humanas
han hecho rodar sobre esta palabra el peso de su vida angustiada, y la han
oprimido contra el suelo
Yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las generaciones
humanas, con sus partidismos religiosos, han desgarrado esta palabra. Han
matado y se han dejado matar por ella. Esta palabra lleva sus huellas
dactilares y su sangre...
Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra «Dios». Se
asesinan unos a otros, y dicen: «lo hacemos en nombre de Dios...» Debemos
respetar a los que prohíben esta palabra, porque se rebelan contra la
injusticia y los excesos que con tanta facilidad se cometen con una
supuesta autorización de «Dios». ¡Qué bien se comprende que muchos
propongan callar, durante algún tiempo, acerca de las «últimas cosas» para
redimir esas palabras de las que tanto se ha abusado!»
Bien seguro que ya no será posible purificar la Palabra de «Dios» de tanto
vilipendio y mancillamiento, de tanto desgarro y mutilación, de tanto
secuestro y manipulación a que ha sido sometida a lo largo de los siglos.
..Pero no nos descorazonemos», sigue afirmando Buber. Porque ..sí,
podemos, mancillada y mutilada como está, levantarla del suelo y erigirla
en un momento histórico trascendental»
La doctrina de Heidegger
Martín Buber
Cuando
nos ocupamos
de la interpretación que hizo Heidegger de las cuatro preguntas kantianas,
vimos que ese filósofo trataba de establecer como fundamento de la
metafísica, no la antropología filosófica, sino la “ontología
fundamental”, es decir, la teoría de la Existencia como tal. Entiende por
Existencia un ente que posee una relación con su propio ser y una
comprensión de este ser. Sólo el hombre es un ente que cumple con estas
condiciones. Pero la ontología fundamental no tiene que ver con el hombre
en su diversidad y complejidad concretas, sino, únicamente, con la
Existencia en sí misma, que se manifiesta en aquél. Todo lo que de la vida
humana concreta incorpora Heidegger a su estudio le interesa en tanto que
en ella se manifiestan las actitudes o modos de comportamiento de la
Existencia misma, tanto la actitud por la que se vuelve hacia sí y se
convierte en “él mismo” (Selbst) como la actitud mediante la cual
descuida de volver hacia sí y no llega, por consiguiente, a ser “él
mismo”.
Aunque Heidegger no entiende ni quiere que se entienda su filosofía como
una antropología filosófica, como se ocupa en forma filosófica de lo
concreto de la vida humana, esto es, de lo que constituye el objeto de la
antropología filosófica, no nos queda otro remedio que examinar aquella
filosofía en cuanto a la autenticidad y justeza de su contenido
antropológico, y, yendo contra su propósito declarado, habremos de
someterla a crítica por representar una contribución a la solución de la
cuestión antropológica
2
Ya ante el punto de partida mismo de Heidegger tenemos
que preguntarnos si se halla justificado antropológicamente ese desgajar
la Existencia de la vida humana real, es decir, si las proposiciones que
se enuncian sobre la Existencia así apartada, podrán ser consideradas como
proposiciones filosóficas sobre el hombre efectivo, y si no ocurrirá que
la “pureza química” de este concepto de la Existencia hace imposible la
confrontación de la teoría con la realidad a que se refiere; prueba que
tiene que afrontar toda filosofía y también toda metafísica.
La Existencia real, o sea el hombre real en su actitud hacia su
propio ser, sólo puede ser aprehendida en conexión con la naturaleza del
ser al que su actitud se dirige. Para aclarar lo que acabamos de decir voy
a referirme a uno de los capítulos más atrevidos y profundos del libro de
Heidegger, el que se ocupa de la relación del hombre con su muerte. Todo
es aquí perspectiva, lo que importa es el modo como el hombre mira a su
fin, si tendrá ánimo para anticipar el ser entero de la Existencia,
que no se revela hasta la muerte. Pero sólo si se habla del comportamiento
del hombre con su ser, de la actitud hacia sí mismo, se puede limitar la
muerte al punto final; mas si nos referimos al ser objetivo, entonces la
muerte se halla presente en el momento actual como una fuerza que pugna
con la fuerza de la vida; la situación de momento en esta lucha determina
toda la índole del hombre como Existencia, esto es, como comprensión del
ser con vistas a la muerte, del hombre como ser que comienza a morir
cuando comienza a vivir y que no puede tener la vida sin el morir ni la
fuerza que le mantiene sin la fuerza que le destruye y disuelve.
Heidegger toma de la realidad de la vida humana ciertas categorías que
reconocen su origen y ejercen su jurisdicción en la relación del individuo
con lo que no es él mismo y las aplica a la Existencia en sentido
estricto, es decir, a ese comportamiento o actitud del individuo con su
propio ser. Y no lo hace con el propósito de ampliar su jurisdicción sino
que, según Heidegger, es en el campo de la relación del individuo consigo
mismo donde habrá de revelársenos la significación, la hondura y la
seriedad verdaderas de estas categorías.
Sin embargo, lo que nosotros llegamos a experimentar es, por una parte, el
refinamiento, la diferenciación y sublimación de esas categorías, y, por
otra, su despotenciación, su desvitalización. Las modificadas categorías
de Heidegger nos dan acceso a una maravillosa circunscripción parcial de
la vida, no a un trozo de la vida íntegra, tal como es vivida de hecho,
una circunscripción parcial que mantiene su independencia, su carácter
autónomo y sus leyes propias porque se diría que hemos establecido un
corto-circuito dentro del sistema circulatorio del organismo y nos hemos
puesto a contemplar qué es lo que pasa en él.
Entramos en un extraño aposento del espíritu pero tenemos la sensación de
que el suelo que pisamos se nos convierte en un tablero sobre el que se
verifica algo parecido a un misterioso juego de ajedrez de cuyas reglas
nos vamos enterando a medida que avanzamos, reglas profundas sobre las que
tendremos que pensar y repensar, pero que han surgido porque ha habido
antes una decisión de jugar un juego tan espiritual y de jugarlo de esta
suerte. También tenemos la sensación de que semejante juego no obedece a
un capricho del jugador sino que representa para él una necesidad tal que
es su sino
3
Para aclarar voy a escoger el concepto de culpa (Schuld)(1)*.
Heidegger, que siempre arranca de la “cotidianidad” (de la que ya nos
ocuparemos), parte en este caso de la situación que le ofrece el idioma
alemán, en el que se dice que alguien le debe a otro (schuldig ist),
y luego de la situación en que alguien debe responder de algo (an etwas
schuld ist), y pasa de aquí a considerar la situación en que alguien
se hace culpable respecto a otro (schuldig wird), esto es, que
causa una deficiencia en la existencia de otro. Pero también en este caso
tenemos un estar en deuda o culpa (Verschuldung) y no ese
ser culpable genuino y original de donde surge y que lo hace posible. El
ser culpable genuino consiste, según Heidegger, en que la Existencia misma
es culpable. La Existencia es culpable —deficiente, deudora— en el fondo
de su ser. Y, ciertamente, la Existencia es culpable, debe, porque no se
logra, no cumple consigo misma, porque permanece estancada en eso que
llamamos lo “general humano”, el “Se” (das Man)(2)*, y no trae a
ser al yo genuino, el “mismo” del hombre (uno mismo). En esta situación se
oye la voz de la conciencia. ¿Quién llama? La Existencia misma es la que
llama. “La Existencia se llama a sí misma en la conciencia”. La
Existencia, que no ha llegado a ser “ella misma por deficiencia —deuda,
culpa— de la Existencia, se llama a sí misma, da voces para que recuerde
al “mismo”, para que se libere para poder llegar a ser “uno mismo” pasando
de la “inautenticidad” a “la autenticidad” de la Existencia.
Tiene razón Heidegger al decir que para comprender cualquier relación de
culpa hay que acudir a una culpabilidad primordial. Tiene razón al decir
que somos capaces de descubrir la culpabilidad primordial. Pero no lo
podremos hacer si aislamos una parte de la vida, aquella en que la
existencia se comporta consigo misma con su propio ser sino, por el
contrario, percatándonos íntimamente de la vida entera sin reducción
alguna, de la vida en que el individuo se comporta, esencialmente,
respecto a otras cosas que no son él mismo.
La vida no se despliega precisamente cuando yo juego conmigo mismo este
misterioso juego de ajedrez, sino cuando me encuentro colocado en la
presencia de un ser con el que no he concertado ninguna regla de juego y
con el que tampoco se podría concertar. La presencia del ser, ante el que
estoy colocado, cambia su figura, su apariencia, su revelación, es
diferente que yo, a menudo espantosamente diferente, y distinto a como me
lo había figurado, a menudo espantosamente distinto. Si salgo a su paso,
si acudo a él, si me encaro con él, realmente, esto es, con la verdad, de
todo mi ser, entonces y sólo entonces estoy yo “auténticamente” ahí; estoy
ahí si realmente estoy ahí y la localización del “ahí” dependerá,
en cada caso, menos de mí que de esa presencia del ser que cambia su
figura y manifestación.
Cuando no me hallo realmente ahí soy culpable. Si al llamamiento que me
hace el ser presente: “¿Dónde estás?”, respondo: “Aquí estoy”, pero no
estoy de verdad ahí, es decir, que no estoy con la verdad de todo mi ser,
entonces soy culpable. La culpabilidad primordial es ese
quedarse-uno-en-sí. Si una figura y manifestación del ser presente pasa
por delante de mí y yo no estaba en verdad ahí, entonces, desde la lejanía
donde se esfuma me llega un segundo llamamiento, tan callado y recóndito
que parece provenir de mí mismo: “¿Dónde estabas?” Ésta es la voz
de la conciencia. No es mi Existencia la que me llama sino el ser, que no
soy yo, es quien me llama. Pero ya no puedo responder sino a la figura
próxima; la que habló ya no es alcanzable. (Esta figura próxima puede
ser, a veces, el mismo hombre, pero en una manifestación distinta,
ulterior, cambiada.)
4
Hemos visto cómo en la historia del espíritu humano el
hombre vuelve de continuo a verse en soledad, es decir, que se encuentra
solo frente a un mundo que se ha hecho extraño e inquietante y no puede
salir al paso, no puede enfrentarse realmente con las figuras mundanas del
ser presente. Este hombre, tal como se nos presenta en Agustín, Pascal y
Kierkegaard, busca una figura del ser no incardinada en el mundo, una
figura divina del ser con la que él, en su soledad, puede entrar en
tratos; extiende sus brazos, a través del mundo, en pos de esta figura.
Pero también hemos visto que, de una época de soledad a otra, hay una
trayectoria, es decir, que cada vez la soledad es más gélida, más
rigurosa y salvarse de ella más difícil cada vez. Por fin, el hombre llega
a una situación donde ya no le es posible extender, en su soledad, los
brazos en busca de una figura divina. Esta experiencia se halla al fondo
de la frase de Nietzsche: “Dios ha muerto.” A lo que parece, no le queda
al solitario más remedio que buscar el trato íntimo consigo mismo. Ésta es
la situación que sirve de base a la filosofía de Heidegger.
Pero de este modo, en lugar de la cuestión antropológica se descubre una
vez más la del hombre que se encuentra en soledad y en lugar de la
cuestión que pregunta por la esencia del hombre y por su relación con el
ser del ente, se plantea otra cuestión: ésa que Heidegger califica de
ontológico-fundamental, la cuestión de la Existencia humana en su relación
con el ser propio.
Sin embargo, es un hecho inconmovible que si podemos extender nuestras
manos en pos de nuestra imagen o de nuestra reflexión en un espejo, no así
en pos de nuestro propio yo real. La teoría de Heidegger es importante
como exposición de las relaciones entre diferentes esencias abstraídas de
la vida humana, pero no es válida para la vida humana y para su
comprensión antropológica, aunque para ello nos ofrezca preciosas
indicaciones
5
La vida humana posee un sentido absoluto porque
trasciende de hecho su propia condicionalidad, es decir, que considera al
hombre con quien se enfrenta, y con el que puede entrar en una relación
real de ser a ser, como no menos real que él mismo, y lo toma no menos en
serio que se toma a sí mismo. La vida humana toca con lo Absoluto gracias
a su carácter dialógico, pues a despecho de su singularidad, nunca el
hombre, aunque se sumerja en su propio fondo, puede encontrar un ser que
descanse del todo en sí mismo y, de este modo, le haría rozar con lo
Absoluto; el hombre no puede hacerse enteramente hombre mediante su
relación consigo mismo sino gracias a su relación con otro “mismo” (Selbst).
Ya puede ser éste tan limitado y condicionado como él; en la convivencia
se experimenta lo ilimitado y lo incondicionado.
Heidegger no sólo se desvía de la relación con un Incondicionado divino
sino también de esa otra relación en la que un hombre experimenta
incondicionalmente a otro que no es él y experimenta así lo
Incondicionado. La Existencia de Heidegger es una Existencia monológica. Y
ya puede el monólogo disfrazarse ingeniosamente de diálogo durante cierto
tiempo, y una inédita capa tras otra del ser humano puede responder al
llamamiento interior en forma que el hombre vaya de descubrimiento en
descubrimiento y presuma estar experimentando, realmente, un “llamar” y un
“oír”; ya le llegará la hora de la soledad descarnada, última, en la que
la mudez del ser es invencible y las categorías ontológicas ya no se
pueden aplicar a la realidad.
Cuando el hombre reducido a soledad no puede ya decir “Tú” al conocido
Dios “muerto”, lo que importa es que pueda dirigirse, todavía, al
desconocido Dios vivo diciendo “tú”, con toda su alma, a un hombre vivo
conocido. Si ya no es capaz de esto, todavía le queda, sin duda, la
ilusión sublime que le ofrece el pensamiento desvinculado, la de ser “él
mismo” cerrado en sí, pero como hombre está perdido.
El hombre con Existencia “auténtica”, en el sentido de Heidegger, el
hombre que es “él mismo”, que, según Heidegger, constituye el fin de la
vida, no es ya el hombre que vive realmente con el hombre sino el hombre
que ya no puede vivir con el hombre, el hombre que sólo puede llevar una
vida real en trato consigo mismo. Pero esto ya no es más que una
apariencia de la vida real, un juego exaltado y tétrico del espíritu. Este
hombre de hoy, este juego de hoy, han encontrado su expresión en la
filosofía de Heidegger. Heidegger aísla el campo donde el hombre se
relaciona consigo mismo de la totalidad de la vida, convirtiendo en
absoluta, de este modo, la situación, condicionada por el tiempo, del
hombre en soledad radical, pretendiendo fijar así la esencia de la humana
existencia según las inspiraciones de una hora de pesadilla
6
Parece contradecir a esto el que Heidegger nos diga que
el ser del hombre, según su esencia, es un ser en el mundo, en un
mundo en el que el hombre no está únicamente rodeado de cosas, que son sus
“instrumentos”, es decir, que él utiliza y aplica para “procurarse” lo que
tenga que procurarse, sino que también está rodeado de hombres, con
los cuales él es en el mundo. Estos hombres no son, como las cosas,
mero ser sino Existencias, como él mismo, es decir, un ser que se halla en
relación consigo mismo y se sabe a sí mismo. Son para él, no objeto de
“procuración”, sino de “solicitud” y lo son por esencia, existencialmente,
aun en los casos en que pasa por delante de ellos sin mayor preocupación,
cuando no le importan y hasta cuando los trata con falta absoluta de
contemplaciones. Por su esencia, son, además, objeto de su comprensión, ya
que sólo mediante la comprensión de otros es posible el conocimiento. Así
ocurre en la cotidianidad, que es de donde arranca Heidegger en una forma
muy importante para él. Pero también en el nivel más alto, que Heidegger
denomina el yo auténtico, el verdadero “uno mismo”, o la resolución,
mejor, la resolución para sí mismo, subraya Heidegger que no desgaja a la
Existencia de su mundo, que no la aísla convirtiéndola en un yo que se
cierne libremente. “La resolución, nos dice, lleva al yo hacia el ser,
objeto de su procuración, entre los instrumentos y lo conduce a ser
solícito con los demás.” Y también: “Del genuino ser uno mismo (Selbstsein)
de la resolución surge el genuino ser con los demás.”
Parece, pues, que Heidegger reconociera como esencial la relación con los
demás. Pero, en verdad, no es así. Porque la relación de “solicitud”, que
es la que tiene presente, no puede ser, como tal, ninguna relación
esencial, puesto que no coloca la esencia de un hombre en relación directa
con la de otro sino, únicamente, la ayuda solícita de uno con la
deficiencia del otro, menesteroso de ayuda. Una relación semejante podría
participar de esencialidad si representara el efecto de algo en sí
esencial, como ocurre entre la madre y el niño; claro que puede conducir
al nacimiento de una relación esencial, pues entre el solícito y el objeto
de su solicitud puede surgir una amistad o un amor genuinos. En el mundo
la solicitud no surge, esencialmente, del mero ser con los otros, a que
alude Heidegger, sino de relaciones esenciales, directas, enterizas, de
hombre a hombre, ya se trate de aquellas relaciones fundadas objetivamente
en la consanguinidad, ya de aquellas que proceden de la elección y pueden
adoptar formas objetivas, institucionales o, como en el caso de la
amistad, se sustraen a toda forma institucional pero se hallan, sin
embargo, en contacto con lo hondo de la existencia.
De estas relaciones directas, que operan en la estructura de la sustancia
de la vida, surge subsidiariamente el elemento de la solicitud, que luego
se extiende, en formas únicamente objetivas e institucionales, fuera de
las relaciones esenciales. Lo primordial, por lo tanto, en la existencia
del hombre con el hombre no es la solicitud sino la relación esencial. Y
no otra cosa ocurre si prescindimos del problema del origen y llevamos a
cabo un puro análisis de la Existencia. En la mera solicitud del hombre,
aunque se halle movido por la más fuerte compasión, permanece
esencialmente encerrado en sí; se inclina, obrando, ayudando, hacia el
otro, pero no por ello se rompen los límites de su propio ser; no abre al
otro su “mismidad” sino que le presta su ayuda; tampoco espera en realidad
ninguna reciprocidad, apenas si la desea, se mete, como si dijéramos, con
el otro, pero no quiere que el otro se meta con él.
Mediante la relación esencial, por el contrario, se quebrantan de hecho
los límites del ser individual y surge un nuevo fenómeno que sólo así
puede surgir: un franqueamiento de ser a ser, que no permanece siempre al
mismo nivel sino que alcanza su realidad máxima en forma que diríamos
puntiaguda, pero que, sin embargo, puede cobrar forma en la continuidad de
la vida, una presencialización del otro no en la mera representación, ni
tampoco en el mero sentimiento, sino en lo hondo de la sustancia, de
suerte que, en lo recóndito del propio ser, se experimenta lo recóndito
del otro ser; una coparticipación de hecho, no meramente psíquica sino
óntica.
Cierto que se trata de algo que el hombre en el transcurso de su vida
experimenta sólo por una especie de gracia, y muchos dirán que no tienen
noticia de tal cosa; pero, aun cuando no se experimente, se da como
principio constitutivo en la Existencia, porque su falta, con o sin
conciencia de ella, determina esencialmente el género y la índole de la
Existencia. Cierto también que a muchos se les ofrece en el curso de su
vida una posibilidad con la que no cumplen existencialmente; tienen
relaciones que no las convierten en realidad, es decir, no se franquean en
ellas; disipan un material precioso, insustituible, que ya no podrán
lograr de nuevo; viven sin vivir su vida. Pero también en este caso el
incumplimiento irrumpe en la Existencia y la penetra en su capa más
profunda. La “cotidianidad”, en su parte obvia, apenas perceptible, pero
accesible siempre al análisis existencial, se halla entreverada de lo “no
cotidiano”.
Pero ya hemos visto que, según Heidegger, el hombre, aun en la etapa más
alta de ser “él mismo”, no pasa más allá de un “ser solícito con los
demás”. La etapa que el hombre de Heidegger puede alcanzar es,
precisamente, la del yo libre que, como subraya Heidegger, no se aparta
del mundo sino que ahora es cuando está maduro y resuelto a llevar una
existencia justa en el mundo. Pero esta existencia madura y resuelta en el
mundo no conoce la relación esencial. Quizá nos contestaría
Heidegger que aun para el amor y la amistad sólo el yo que se ha hecho
libre es realmente capaz. Pero como el ser “uno mismo” es aquí algo
último, esto es, lo último adonde puede llegar la Existencia, no hay aquí
posibilidad alguna para que podamos entender el amor y la amistad como
relación esencial.
El yo hecho libre, él mismo, no vuelve las espaldas al mundo, pues su
resolución comprende la de ser realmente en el mundo, de obrar en él, de
actuar sobre él, pero comprende la creencia de que en este ser con el
mundo se pudieran romper los límites del yo, y ni siquiera supone el deseo
de que así ocurra. La Existencia culmina en el “ser uno mismo”; no existe
para Heidegger ningún otro camino óntico por encima de éste. En la
filosofía de Heidegger nada ha penetrado de aquello sobre lo que Feuerbach
llamó la atención: que el hombre individual no lleva en sí la esencia del
hombre, que la esencia del hombre se halla en la unidad del hombre con el
hombre. Con Heidegger, el hombre individual lleva en sí la esencia del
hombre y la trae a existencia cuando se convierte en un “resuelto” “él
mismo”. El “mismo” de Heidegger es un sistema cerrado
7
“Cada quien, ha dicho Kierkegaard, sólo con mucho
cuidado deberá entrar en tratos con los ‘demás’ y deberá hablar,
esencialmente, sólo con Dios y consigo mismo.” Este “deberá” lo dijo
pensando en la meta y tarea que propone al hombre: que llegue a ser
“singular”(3)*. Al parecer, Heidegger propone al hombre la misma meta.
Pero en Kierkegaard este hacerse “singular” no es más que el supuesto para
entrar en relación con Dios: sólo después de haberse hecho “singular”
puede el hombre entrar en esta relación.
El solitario de Kierkegaard es un sistema abierto, aunque sólo se abra a
Dios. Heidegger no conoce semejante relación, y como tampoco conoce
ninguna otra relación esencial, el llegar a “ser uno mismo significa en él
algo totalmente diferente que en Kierkegaard hacerse “singular”. El hombre
de Kierkegaard se hace “singular” para entrar en relación con lo Absoluto;
el hombre de Heidegger se hace “él mismo”, y no por algo, puesto que no
puede sobrepasar sus límites: su participación en lo Absoluto, si es que
existe para él, consiste en sus límites y en nada más. Heidegger habla de
que el hombre se resuelve para ser “él mismo”, pero este “mismo”, para lo
cual se resuelve, es, por esencia, cerrado.
La frase de Kierkegaard: “Cada cual debe hablar esencialmente sólo consigo
mismo”, aparece modificada. Pero también el “debe” queda eliminado en el
fondo. Lo que quiere decir es: cada quien, sólo consigo mismo puede hablar
esencialmente; lo que hable con los demás, no puede ser esencial, es
decir, que la palabra no puede trascender la esencia de cada uno y
colocarla en otra esencia, una que surge precisamente entre los seres y en
mitad de su relación esencial entre sí. Cierto que el hombre de Heidegger
se halla remitido a ser-en-el-mundo y a la vida comprensiva y solícita con
los otros; pero en todo lo esencial de la existencia, siempre que la
Existencia se hace esencial, está solo. La preocupación y la angustia del
hombre eran, en Kierkegaard, esencialmente preocupación por la relación
con Dios y angustia por la falta de ella; en Heidegger la preocupación es,
esencialmente, preocupación por llegar a ser “uno mismo” y la angustia, la
de no alcanzar este logro. El hombre de Kierkegaard se halla con su
preocupación y su angustia “solo delante de Dios”, el hombre de Heidegger
se halla, con su preocupación y su angustia, ante sí mismo, sólo ante sí
mismo, y como en realidad de verdad no es posible mantenerse solo ante sí,
se halla con su preocupación y su angustia delante de la nada.
El hombre de Kierkegaard tiene que renunciar a la relación esencial con
otro para llegar a ser “singular” y entrar así en la relación del que es
“singular” con lo Absoluto, y el mismo Kierkegaard renunció a la relación
esencial a la que podía renunciar. Es lo que constituye el gran tema de
sus obras y de sus diarios; el hombre de Heidegger no dispone de ninguna
relación esencial a la que podría renunciar. En el mundo de Kierkegaard
hay un “tú” dirigido a otros hombres, que es pronunciado con toda el alma,
con todo el ser, si bien para decir a esos hombres de una manera directa
(como lo hizo Kierkegaard con su novia mucho tiempo después de romper el
compromiso) o indirecta (como lo hace muchas veces en sus libros) por qué
se ha renunciado a la relación esencial con ellos; en el mundo de
Heidegger no existe semejante “tú”, Un “tú” verdadero que habla de ser a
ser, con toda el alma. A los hombres con los que no se tiene más relación
que la mera solicitud, no se les habla realmente de tú.
8
La “resolución” de la Existencia para llegar a ser “ella misma”,
representa en verdad su abroquelamiento definitivo —aunque se presente en
formas humanas— frente a toda unión genuina con los demás y con lo otro.
Esto lo vemos con mayor claridad si pasamos de la relación de la persona
con individuos a su relación con la generalidad anónima, ésa que Heidegger
personaliza llamándola das Man (el “Se”). También en esto le ha
precedido Kierkegaard con su concepto de “multitud”. La multitud en medio
de la cual se encuentra el hombre cuando quiere ahondar en sí mismo, es
decir, lo general, impersonal, sin rostro ni figura, lo término medio y
nivelador, en fin, la multitud, que, según Kierkegaard, es la no-verdad.
Por el contrario, el hombre que escapa de ella, que se sustrae a su
influencia y se convierte en “singular”, es, como tal “singular”, la
verdad. Porque, según Kierkegaard, no hay ninguna otra posibilidad para
que el hombre se convierta en verdad humana, esto es, en verdad
condicionada, que la de abordar la verdad absoluta o divina adentrándose
en una relación decisiva con ella; pero esto sólo lo puede hacer siendo
“singular”, cuando se ha convertido en un ser personal con responsabilidad
propia completamente independiente. Y uno se hace “singular” sustrayéndose
a la multitud, que arrebata la responsabilidad personal o por lo menos la
enerva.
Heidegger recoge el concepto de Kierkegaard y lo trabaja de la manera más
sutil. Pero el llegar a ser “singular” o, como él dice, llegar a ser “uno
mismo” ha perdido para él la finalidad de entrar en relación con la verdad
divina y convertirse así en verdad humana. La hazaña vital del hombre que
consiste en libertarse de la multitud, mantiene en Heidegger su carácter
central pero pierde su sentido, que consiste en conducir al hombre más
allá de sí mismo.
Casi con las mismas palabras de Kierkegaard dice Heidegger que das Man
(el “Se”) le arrebata en cada momento a la Existencia su
responsabilidad. En lugar de hallarse recogida en sí misma, la existencia
del ser humano se dispersa en el “Se”. Tiene que encontrarse a sí misma.
El poder del das Man actúa en forma que la Existencia se vacía por
completo en él. La Existencia que sigue al das Man lleva a cabo una
huida ante sí misma, ante su “poder ser ella misma”, defrauda a su propia
existencia. Únicamente la Existencia que se “rescata” de su disipación
(por lo demás, una idea gnóstica con la que los gnósticos daban a entender
la recolección y salvación del alma perdida en el mundo) en el das Man
llega a ser “ella misma”.
Hemos visto que Heidegger considera la etapa suprema no como aislamiento
sino como resolución para ser-con-los-otros; también hemos visto que esta
resolución no hace sino corroborar la relación de solicitud en un plano
superior, pero no conoce ninguna relación esencial con los demás, ningún
yo-tú con ellos que rompiera con los límites de “uno mismo”. De todos
modos, en la relación entre persona y persona se afirma también una
relación que afecta a ese “mismo” liberado, la de solicitud, pero falta
por completo la referencia correspondiente a la relación con la pluralidad
impersonal de los hombres. El das Man y todo lo que le corresponde,
la “charla”, la “curiosidad” y el “equívoco” que allí reinan y de los que
participa el hombre caído en sus dominios, todo esto es puramente
negativo, destructor de la “mismidad”, y nada positivo ocupa su lugar; la
generalidad anónima es rechazada como tal, pero no hay nada que la
sustituya.
Lo que Heidegger dice sobre el das Man y la relación de la
Existencia con él, es, en lo esencial, justo. También es justo que la
Existencia tiene que desprenderse del das Man para llegar a ser
“ella misma”. Pero viene después algo sin cuya presencia lo que en sí es
justo se convierte en lo contrario
9
Hemos visto que Heidegger seculariza el “singular” de
Kierkegaard, es decir, que corta la relación con lo Absoluto, que es
“para” quien se hace uno el hombre de Kierkegaard, y que tampoco coloca en
lugar de éste “para” ningún otro “para” mundano, humano. Con esto pasa de
largo ante el hecho decisivo de que ese hombre que se ha hecho “uno”, “él
mismo”, persona real, es el que puede tener una relación esencial completa
con otro yo, una relación esencial que no se halla por debajo de la
problemática de la relación de hombre a hombre, sino por encima de ella,
puesto que abarca, sostiene y supera esta problemática.
La gran relación se da únicamente entre personas reales. Puede ser
tan fuerte como la muerte, porque es más fuerte que la soledad, porque
rompe con los límites de la soledad superior, vence su ley férrea y coloca
el puente que, por encima del abismo de la angustia cósmica, marcha de un
yo a otro yo. Cierto que el niño aprende a decir tú antes de pronunciar el
yo; pero a las alturas de la Existencia personal hay que poder decir
verdaderamente “yo” para poder experimentar el misterio del “tú” en toda
su verdad. El hombre que se ha hecho “uno mismo” está ahí, también si nos
limitamos a lo intramundano, para algo, para algo se ha hecho “él mismo”:
para la realización perfecta del tú.
Mas ¿existe, a estas alturas, algo paralelo en la relación con la
pluralidad de los hombres, o tendría Heidegger razón en este caso?
Lo que corresponde al tú esencial en este plano del “uno mismo” lo
denomino yo, en la relación con una pluralidad de hombres, el “nosotros”
esencial(4)*.
El hombre que es objeto de mi mera solicitud no es ningún “tú” sino un
‘él” o un “ella”. La multitud sin cara y sin nombre, en la que estoy
sumergido, no es ningún “nosotros” sino un “Se” (Das Man).
Pero así como existe un “tú” existe un “nosotros”.
Se trata de una categoría esencial en nuestro estudio, que es menester
aclarar. No puede ser percibida, sin más, partiendo de las categorías
sociológicas corrientes. Cierto que en cualquier clase de grupo puede
surgir un “nosotros”, pero no puede ser comprendido en razón, nada más, de
la vida de ninguno de estos grupos. Entiendo por “nosotros” una unión de
diversas personas independientes, que han alcanzado ya la altura de la
“mismidad” y la responsabilidad propia, unión que descansa, precisamente,
sobre la base de esta “mismidad” y responsabilidad propia y se hace
posible por ellas. La índole peculiar del “nosotros” se manifiesta porque,
en sus miembros, existe o surge de tiempo en tiempo una relación esencial;
es decir, que en el “nosotros” rige la inmediatez óntica que constituye el
supuesto decisivo de la relación yo-tú. El “nosotros” encierra el “tú”
potencial. Sólo hombres capaces de hablarse realmente de tú pueden decir
verdaderamente de sí “nosotros”.
Como hemos dicho, ninguna clase especial de formación de grupos podría
servir, sin más, como ejemplo del “nosotros” esencial, pero en varias de
ellas se puede señalar, con exactitud, la variedad que favorece el
nacimiento del “nosotros”. Por ejemplo, en los grupos revolucionarios es
más fácil que surja el “nosotros” cuando se trata de un grupo que se
propone como misión suya un largo y callado trabajo despertador e
ilustrador del pueblo, y en los grupos religiosos cuando persiguen una
realización, nada patética y llena de espíritu de sacrificio, de su fe
dentro de la vida. En ambos casos, bastaría la admisión de un solo miembro
con afán de ostentación, que pretende destacarse por encima de los demás,
para que se hiciera imposible el nacimiento o la subsistencia del
“nosotros”.
No sabemos ni en la historia ni en la actualidad de muchos casos del
“nosotros” esencial, en primer lugar, porque es cosa rara, y también
porque la formación de los grupos ha sido estudiada fijándose, sobre todo,
en sus energías y en sus influencias, y no en su estructura interna, de la
que, sin duda, depende en alto grado la dirección de las energías y el
género de las influencias, aunque no, a menudo, su ámbito visible y
movible.
Para una mejor comprensión será conveniente recordar que, junto a las
formas constantes del “nosotros” esencial, las hay también fugaces que
merecen, sin embargo, nuestra atención. Podemos citar, por ejemplo, el
caso que se produce a las veces con la ocasión de la muerte del caudillo
destacado de un movimiento, que por unos días sus discípulos genuinos y
sus colaboradores parecen unirse más estrechamente, dejan a un lado todos
los impedimentos y dificultades internas y se muestran de una rara
fecundidad o, por lo menos, conviven apasionadamente; o cuando, frente a
una catástrofe que parece inminente, se concierta el elemento realmente
heroico de una comunidad, que prescinde de toda charla y agitación
banales, abriéndose unos a otros y anticipándose al poder vinculador de la
muerte común con una breve vida también en común.
Pero también existen otras estructuras sorprendentes que abarcan a hombres
que no se conocían hasta ahora, estructuras que parecen hallarse muy cerca
del “nosotros” esencial. Una estructura semejante puede surgir bajo un
régimen terrorista, cuando los adeptos de una concepción del mundo,
combatida por aquél, y que no se conocieron hasta ahora, se sienten como
hermanos y se reúnen no como partidarios sino en comunidad genuina.
Vemos, pues, que también en el plano de la relación con una multitud de
hombres existe una relación esencial que acoge a los que llegaron al fondo
de su ser propio, que sólo puede acoger verdaderamente a ellos. Éste es el
campo donde el hombre se libera realmente del das Man. No es la
separación lo que nos redime verdaderamente del “Se” sino la unión
genuina.
10
Comparemos, en resumen, el hombre de Kierkegaard y el de Heidegger.
El hombre posee, de acuerdo con su carácter y con su situación, una triple
relación vital. Puede llevar su índole y su situación a plena realización
en la vida si convierte en esenciales todas sus relaciones vitales. Y
podrá dejar en las sombras de lo irreal elementos de su índole y de su
situación si sólo convierte en esenciales algunas de sus relaciones
vitales mientras considera y trata a las demás como inesenciales.
Esta triple relación vital del hombre es: su relación con el mundo y las
cosas, su relación con los hombres, tanto individual como pluralmente, y
su relación con el misterio del ser, que penetra en aquellas otras
relaciones pero que las trasciende infinitamente, misterio que el filósofo
denomina lo Absoluto y el creyente Dios, pero que ni siquiera quien
rechaza ambas denominaciones es capaz de eliminarlo realmente de su
situación.
En Kierkegaard nos falta la relación con las cosas. No conoce las cosas
más que como símbolos. En Heidegger es una relación técnica, de utilidad.
Pero una relación puramente técnica no puede ser esencial, porque en ese
caso no entra en la relación con todo el ser y toda la realidad de las
cosas con las que tenemos tal relación sino, únicamente, su aplicabilidad
para un fin determinado, su adecuación técnica. Una relación esencial con
las cosas no puede ser otra sino aquella que contempla y se inclina hacia
las cosas en su esencialidad. El hecho del arte sólo puede comprenderse a
base de ambas relaciones. Pero tampoco en el caso de la existencia
cotidiana resulta verdadero que las cosas en ella sólo se nos den como
instrumentos. Lo técnico no es más que lo fácilmente abarcable, fácilmente
explicable, lo coordinado. Pero junto a eso y entre eso existe una
múltiple relación con las cosas en su totalidad, en su independencia y
ausencia de finalidad. El hombre que contempla un árbol no por eso es
menos “cotidiano” que aquel que lo mira para saber con qué rama hará el
mejor bastón. La primera manera de mirar pertenece a la constitución de la
cotidianidad no menos que la segunda. (Además, se puede mostrar que
tampoco genéticamente, en el desarrollo de la humanidad, lo técnico sea lo
primero en el tiempo ni que eso que en su forma tardía se llama lo
estético resulte temporalmente posterior).
Kierkegaard tiene sus reservas en contra de la relación con los individuos
porque mediante una relación esencial con los compañeros humanos se impide
una relación esencial con Dios. En Heidegger, la relación con los
individuos no es más que una relación de solicitud. Una relación meramente
solícita no puede ser esencial; en una relación esencial, que abarca
también la solicitud, lo esencial procede de otro campo, que falta por
completo en Heidegger. Una relación esencial con otro individuo puede ser,
únicamente, una relación directa de ser a ser, en la cual se rompe el
hermetismo del hombre y se subrayan los límites de su propio ser.
La relación con la pluralidad sin rostro, sin figura, sin nombre, con la
multitud, con el das Man, aparece en Kierkegaard, y también en
Heidegger, que se apoya en él, como una situación de donde hay que salir
para llegar al ser propio. Esto es verdad; ese “todo y nada” humano,
anónimo, en que nos hallamos sumergidos, es de hecho como un seno maternal
negativo del que tenemos que salir a luz para llegar a ser en el mundo
nosotros mismos, “uno mismo”. Pero esto no es más que un lado de la
verdad y, sin el otro, deja de serlo. La autenticidad y aguante del ser
propio no puede corroborarse en el trato consigo mismo sino en el trato
con todo lo otro, con toda la confusión de la multitud sin nombre. El yo
genuino y eficaz enciende también en todas las ocasiones en que se pone en
contacto con la muchedumbre la chispa del “ser propio”, hace que el ser
propio se junte al ser propio, provoca la oposición al das Man
funda la unión de “cada uno” con “cada uno”, moldea con la estofa de la
vida social la forma de la comunidad.
La tercera relación vital del hombre es con lo que, unas veces, se llama
Dios, otras, lo Absoluto, otras el Misterio. Ya hemos visto que en
Kierkegaard es la única relación esencial, mientras que falta por completo
en Heidegger.
La relación esencial con Dios a que se refiere Kierkegaard tiene como
supuesto previo, según vimos, que se renuncie a toda relación esencial con
cualquier otra cosa, con el mundo, con la comunidad, con las personas. Se
puede comprender como una resta que, reducida a una fórmula grosera,
podría transcribirse así: Ser –(Mundo + Hombre) = 0 (es decir, objeto o
partícipe de la relación esencial); surge al despreocuparse esencialmente
de todo lo que no sea “Dios” y “yo”. Pero un Dios al que se puede llegar
únicamente mediante la renuncia a la relación con el ser entero, no puede
ser el Dios del ser entero, que Kierkegaard pretende, no puede ser el Dios
que ha creado a todos los seres y los sustenta y conserva todos a una;
aunque la historia de lo creado abandonada a su suerte pueda calificarse
de separación, la meta del camino no puede ser sino la unión, y ninguna
relación esencial con este Dios puede estar fuera de esta meta. El Dios de
Kierkegaard no puede ser sino un demiurgo, al que la creación se le ha
desbordado y padece con ella, o un redentor ajeno a la creación, que entra
en ella desde fuera y que se apiada de ella; ambas figuras son gnósticas.
Entre los tres grandes meditadores de la soledad dentro del cristianismo,
Agustín, Pascal y Kierkegaard, el primero se halla bajo el signo del
gnosticismo, el tercero, quizá sin saberlo, roza en sus supuestos con la
gnosis; sólo Pascal deja de tener que ver con ella, quizás porque
procede de la ciencia y nunca se desprendió de ella, y la ciencia es
compatible con la fe pero no con la gnosis, que pretende ser también
verdadera ciencia.
La secularización filosófica de Kierkegaard por Heidegger tenía que
renunciar a la concepción religiosa de una unión de “uno”, con lo
Absoluto, una unión en una relación recíproca real de persona a persona.
Pero tampoco conoce ninguna otra forma de unión entre “uno” y lo Absoluto,
o entre “uno” y el Misterio omnipresente del ser. Lo Absoluto encuentra su
lugar en una esfera en la que penetra el yo en su relación consigo mismo,
es decir, más allá de cualquier cuestión de un entrar en unión con ello. Y
el misterio del ser que trasparece y se nos aparece en todo lo que es,
Heidegger, que ha sido influido por el gran poeta de este misterio,
Hölderlin, lo ha experimentado sin duda profundamente, pero no como aquel
misterio que se presenta ante nosotros y nos exige que le entreguemos
también lo último, tan arduamente conquistado, el reposo en el propio ser,
que rompamos los límites del “yo mismo” y que salgamos al encuentro de la
alteridad esencial
11
Además de la triple relación vital del hombre existe todavía otra
relación, con uno mismo. Pero no es una relación real como las otras,
porque le falta para ello el supuesto previo necesario, la dualidad real.
Por eso, tampoco puede ser elevada realmente al nivel de una relación
vital esencial. Esta condición se pone de manifiesto en el hecho de que
cada una de las tres relaciones vitales esenciales ha encontrado su
perfección y transfiguración, la relación con las cosas en el arte, con
los hombres en el amor, con el misterio en la vida religiosa, mientras que
la relación del hombre con su propia Existencia y consigo mismo no ha
encontrado semejante acabado y transfiguración y, seguramente, tampoco los
puede encontrar. Acaso se podría argüir que la lírica significa semejante
perfección y transfiguración de la relación del hombre consigo mismo.
Pero, por el contrario, representa la poderosa negativa del alma a
encontrar contento en el trato consigo misma. El poema nos dice que el
alma, aun en los casos en que se demora consigo misma, no piensa en sí
misma, sino en el ser que no es ella misma, y que el ser que no es ella
misma la visita en su nido, la conmueve y le da contento.
En Kierkegaard esta relación cobra su sentido y su consagración por la
relación con Dios. En Heidegger, es ella misma esencial y lo único
esencial. Esto significa que el hombre sólo puede llegar a su Existencia
auténtica como un sistema que es cerrado por lo que respecta a su
comportamiento esencial. Frente a esto, la visión antropológica, que mira
al hombre en su conexión con el ser, tiene que considerar que tal conexión
es realizable, en grado sumo, únicamente en un sistema abierto. Conexión
no puede significar más que esto: conexión con la integridad de mi
situación humana. La situación del hombre no puede ser despojada ni del
mundo de las cosas, ni del de los demás hombres y la comunidad, ni tampoco
del misterio que apunta más allá de un mundo y de otro pero también más
allá de uno mismo. El hombre puede llegar a su propia Existencia
únicamente si la relación total con su situación se tiñe de carácter
existencial, es decir, si todos los modos de sus relaciones en la vida se
hacen esenciales
12
La cuestión de qué sea el hombre no puede ser contestada
con la consideración única de la Existencia o “uno mismo”, en cuanto
tales, sino mediante la consideración de la conexión esencial de la
persona humana con todo el ser y de su relación con todo ser. De la
consideración de la Existencia o de “uno mismo”, en cuanto tales, no
resulta más que el concepto y el perfil de un ser espiritual casi
espectral, que si es cierto que tiene los contenidos corporales de sus
sentimientos fundamentales, de su angustia del mundo, de su preocupación
existencial, de su culpa primaria, los tiene, sin embargo, en una forma
nada corporal, extraña a todo lo corporal.
Este ser espiritual anida en el hombre, vive la vida de éste y se rinde
cuenta a sí mismo de esta vida, pero no es el hombre, y nosotros estamos
preguntando por el hombre. Si intentamos captar al hombre fuera de su
conexión esencial con el resto del ser, entonces lo tendremos como animal
degenerado, como le pasó a Nietzsche, o como ser espiritual recortado,
como le pasa a Heidegger. Únicamente cuando tratamos de abarcar la persona
humana en toda su situación, en todas sus posibilidades de relación con
todo lo que no es ella, únicamente entonces podemos captar al hombre. El
hombre hay que entenderlo como el ser capaz de la triple relación vital y
de elevar toda forma de relación vital al grado de lo esencial.
“Ninguna época, dice Heidegger en su obra Kant y el problema de la
metafísica(5)*, ha sabido tantas y tan diversas cosas del hombre como
la nuestra... Pero ninguna otra época supo, en verdad, menos qué es el
hombre.” En su otro libro, El ser y el tiempo(6)*, ha tratado de
proporcionarnos un saber sobre el hombre mediante el análisis de su
relación consigo mismo. De hecho, ha llevado a cabo este análisis y,
ciertamente, sobre la base de un aislamiento de una relación de todos los
demás comportamientos esenciales del hombre. Pero así no se llega a saber
lo que es el hombre sino a saber, nada más, cuál es el saledizo del
hombre. Se podría decir también: a saber lo que el hombre es en el alero,
lo que es el hombre que ha llegado al alero del ser. Cuando en mi juventud
estudié a Kierkegaard sentí que su hombre era el hombre del saledizo. Pero
el hombre de Heidegger ha dado un gran paso decisivo, desde Kierkegaard,
en dirección al abismo, donde ya asoma la nada
Notas:
1* Recuérdese la nota a propósito de la misma palabra empleada por
Nietzsche. En alemán Schuld significa a la vez culpa y deuda.
2* Se sustantiva y convierte en personaje lo “humano en general”, el se
de “se piensa”, “se dice”, “se muere” ¿Quién piensa?: se piensa.
3* Así traducimos Einzelne para distinguirlo de Einzige,
“único”, distinción que encabeza un importante ensayo de M.Buber, que
conocemos sólo en inglés. En él se habla de The Unique One and the
Single One. Vid. M. Buber, Between Man and Man (Macmillan,
1948. Nueva York). Se trata de un concepto fundamental kierkegaardiano que
los traductores ingleses han vertido diversamente, pero casi siempre por
individuo, con indudable inexactitud. La traducción alemana —Der
Einzelne— es versión precisa del danés hün Enkelte.
4* Prescindo en este contexto del “nosotros” primitivo, con el que el
esencial guardaría la misma relación que guarda el “tú” esencial con el
“tú,’ primitivo.
5* Ed. española del Fondo de Cultura Económica, México, 1954.
6* Ed. española del Fondo de Cultura Económica, México, 1950
Una aproximación al pensamiento de Martín
Buber
Héctor Valle
Martin
Mordechai Buber (1878-1965) constató –como tantos otros filósofos del
siglo XX– la importancia de restablecer el diálogo interpersonal para
devolver al mundo la humanidad que éste había perdido. Su teoría del
diálogo Yo-Tú sigue siendo hoy una de las propuestas más originales para
comprender la realidad de la comunicación humana. El encuentro Yo-Tú es de
tal manera esencial para el hombre, opinaba Buber, que sólo en él se
constituye verdaderamente como persona y deja de ser un mero individuo.
Allí es capaz de captar el sentido de las cosas llegando a los secretos
más íntimos del ser.
El
hombre deviene en un Yo a través del Tú. Estas pocas palabras condensan la
esencia que hace a la persona en contraposición al individuo que
solamente ve cosas y pretextos para in en pos de ellos, olvidándose que
pese a esa carrera desenfrenada y loca, en verdad la vida no se apresura
para llevar a cabo su faena. A esto nosotros lo denominamos la
estrategia de la lentitud, es decir el otorgarnos el tiempo necesario
para ahondar en lo que entendemos debe ser sopesado y profundizado, al
coincidir con Buber en que el hombre libre sólo tiene una resolución, la
de marchar hacia su destino.
La
alineación
La
alienación del hombre se da junto con, o por imperio de, más precisamente,
una caducidad de los sentimientos y una carencia, cada vez mayor, de
pensamiento crítico. Hay una queda de la responsabilidad que le atañe a
cada persona y que no hace más que propiciar una renuncia personal a la
libertad, porque asumirla, digámoslo con claridad, implica
responsabilizarse y para hacerlo hay que dar cabida a la reflexión, al
diálogo interior, al compromiso, a la voz de la conciencia, y a la
cordialidad, al buen latir del corazón.
Un
seguimiento lineal de este proceso de renuncia, llevará al hombre a su
deshumanización y a la constatación de una depresión profunda del
individuo.
La
cosificación, el mero tener para sentir que se es, así se alcance un nivel
importante, nos empobrecerá enormemente, puesto que, recordando a Erich
Fromm, podremos tener mucho pero seremos muy poco.
Una mirada
a nosotros mismos
La
reconciliación con nuestras contradicciones no supone la eliminación de
nuestros adversarios externos pero sí modifica nuestra relación con ellos.
Para alcanzar la paz nos vemos obligados a realizar un doloroso esfuerzo
espiritual.
Sólo
entonces dejaremos de considerar que la maldad es algo diabólico y
comenzaremos a relacionarnos con ella en términos mucho más humanos. Esto
es, a fin de cuentas, el camino de la humildad, camino que nos enseña que
el verdadero sendero que conduce a la paz pasa por el reconocimiento de
que hasta el más encarnizado de nuestros enemigos no deja, por ello, de
ser tan humano como nosotros.
Adversarios y adversidades
Goethe
decía que nuestros amigos nos enseñan lo que podemos hacer y nuestros
enemigos lo que debemos hacer.
Desde lo
psicológico, el proceso de creación de un enemigo parece originarse en una
proyección de nuestra sombra sobre aquellas personas que se adecuan a la
imagen que tenemos de lo inferior. Y en lo que atañe al ámbito de lo
colectivo –nación, raza, religión- el proceso de creación de enemigos
adquiere proporciones míticas, dramáticas y, muchas veces, trágicas. El
enfrentamiento con nuestros enemigos cumple una función redentora.
El
verdadero adversario de nuestro tiempo -el hambre, la pobreza, la
destrucción indiscriminada de nuestro habitat- está más allá de toda
proyección y sólo podrá resolverse adecuadamente cuando asumamos y seamos
los dueños de nuestra sombra colectiva. El precio que debemos pagar por
arrojar nuestro ser a la oscuridad es la pérdida del alma. Carl Gustav
Jung, solía decir que: “Hemos olvidado ingenuamente que bajo el mundo de
la razón descansa otro mundo. Ignoro lo que la humanidad deberá soportar
todavía antes de que se atreva a admitirlo.”
Sólo disponemos de una forma de protegernos de la maldad humana
representada por la fuerza inconsciente de las masas: desarrollar nuestra
conciencia individual. La frontera para enfrentarnos a la sombra se halla
en el interior del individuo.
Un paso
Somos de
la creencia que debemos dar un paso adelante, firme y resueltamente, en
pro de los valores más caros al humanismo.; vivir nuestra propia vida,
pero vivirla con sentido, con propiedad, es decir, de cara a la gente,
junto con la gente, sin gestos altisonantes sino en el ánimo y en el hacer
de un hoy más humano y compartible.
La labor
de una persona es la labor de la humanidad, nada está prefijado, todo está
por decirse siempre que impere en nuestras mentes, toda vez que reine en
nuestros corazones, el espíritu de proceder con rigor y con misericordia.
Educar es vivir, vivir es dar sentido a lo que una vez aprendimos.
Enseñemos, pues, a vivir con dignidad y en el amor. Si nuestro hoy es
perverso, nosotros no lo seremos, si nuestro hoy nos conmueve nosotros no
nos postraremos sino que caminaremos, algo más lentos, algo más dolidos,
pero con paz interior al sabernos hacedores de la cuota parte que nos
corresponde en el hacer del mundo. La vida siempre sorprende y aunque la
posibilidad sea de las más exiguas, igualmente nos compete dar cabida a la
misma y eso solamente se hace en el compromiso cotidiano y permanente de
una vida en donde la ética y la moral estén en armonía. Podremos
equivocarnos pero a la postre venceremos, siempre venceremos. Elijamos
nosotros si queremos ser meramente exitosos o queremos ser personas.
Optemos por la vida por nuestros hijos, por nuestros hermanos, por nuestra
propia e inembargable existencia, porque podrán vender nuestras cosas más
nunca nuestro espíritu. Podemos hacerlo, hagámoslo. Demos el paso
necesario, marquemos hondamente nuestra huella que al fin y al cabo, el
suelo es nuestro como nuestro es el cielo.
De
regreso a Buber
En torno
a la posmodernidad, dice el teólogo alemán Hans Küng que:
Desde el
punto de vista de la cultura, nos movemos hacia una orientación post
ideológica. El universo cultural del futuro estará marcado por el
pluralismo.
Desde
el
punto de
vista religioso, se prepara un mundo post confesional e interreligioso.
Empieza a desarrollarse, a paso lento y penoso, una comunidad multi
confesional y ecuménica.
El
cambio de paradigma de la modernidad a la posmodernidad supone un
fundamental cambio de valores (no necesariamente una desaparición de
valores) que conducirá a un robustecimiento de la visión ético-religiosa
del mundo:
-
de una ciencia
amoral a una ciencia éticamente responsable;
-
de una tecnocracia
dominadora del hombre a una tecnología al servicio de un hombre más
humano;
-
de una industria de
impacto medioambiental a una industria que, de acuerdo con la naturaleza,
fomente los auténticos intereses y necesidades del hombre;
-
de una democracia
jurídico-formal a una democracia viva que garantice la libertad y la
justicia.
En este
contexto, Küng nos dice lo siguiente respecto de Buber:
La
reflexión de Buber sobre el principio dialógico, plasmada en un lenguaje
tan abstracto como expresivo, culmina en un punto teológico. Su libro
descansa en último término sobre la convicción de que cada relación Yo-Tú
remite a un Tú eterno. Este Tú eterno no es conocido por principios
teóricos o especulaciones metafísicas, sino por la relación personal con
él que el hombre puede encontrar en todas partes, en personas animales, en
la naturaleza o en obras de arte.
Una
cosa es clara en este sentido para Buber: la revelación acontece en los
encuentros personales con el eterno Tú, y no sólo en aquel entonces del
Sinaí sino en el aquí y ahora, y siempre en ese momento en el que estoy
abierto a recibirla. No es la Biblia un libro muerto, sino un relato vivo
de encuentros dialógicos entre el hombre y Dios.
Toda
auténtica vida es, pues, para Buber, un encuentro.
Buber
nos enseña que la educación debe basarse en la confianza. Confianza esta
que se asienta, se da, en una persona singular que solamente puede ser
redimida a través del encuentro con el Tú. El comprendió a la educación
como a un proceso de vida, de toda la vida, para el cual la meta del
educador ha de ser la de motivar al alumno tanto al auto-conocimiento como
así también, al auto-perfeccionamiento.
Al
terminar estas líneas lo hacemos desde un Yo a un Tú. Desde un amigo para
con otro amigo: Franz Rosenzweig para con Martín Buber.
Dice
Rosenzweig que: …Lo que debe el hombre es amar a su prójimo como a sí
mismo. Como a sí mismo. Tu prójimo es como tú. El hombre no debe
renegar de sí. Precisamente aquí, en el mandamiento del amor, su sí-mismo
resulta confirmado definitivamente en su puesto. No es que se le ponga
ante los ojos el mundo como una mezcolanza infinita y se le diga,
señalando con el dedo a toda esa mezcolanza, eso eres tú. Eso eres
tú, así que deja de distinguirte de ello y ve a mezclarte tú también en
él, a desaparecer y perderte en él. No. Muy al contrario, Del caos
infinito del mundo se le pone ante su alma un algo próximo, su prójimo; y
de él, y en primer lugar, sólo de él se le dice: él es como tú.
Como tú, o sea, no tú. Tú sigues siendo tú, y debes seguir siendo.
Pero él no debe quedar para ti siendo un él, o sea meramente un
ello para tu tú; sino que él es como tú, como tu tú; un
tú como tú; un yo; alma.-
Así
culminamos este trabajo, en clave de amistad, que es un principio de vida,
como lo fue para Martín Buber, como lo fue para Franz Rosenzweig, como lo
es para tantas personas y tantos educadores. Como debe ser, sin más
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