Periodismo Para Pensar



¿Qué comes cuando comes una hamburguesa?
. El papel del lenguaje en los procesos perceptivos Alfred Korzybski
. La semántica general Alfred Korzybski

 


CADA VEZ QUE COMAN EN UNA CADENA DE COMIDA RAPIDA REFLEXIONEN ESTO:


Qué comes cuando comes una hamburguesa ??? Además de una gran cantidad de grasa y colesterol, estás consumiendo crueldad, selvas, agua...

Piénsalo bien antes de comer una hamburguesa: 1 hamburguesa = 10 m2 de selva húmeda + 500 litros de agua + 3 kg de erosión de suelo +...

Al término de la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos hace su aparición un elemento central del american way of life hoy: la comida rápida o fast food y su reina la hamburguesa. Se dice que fueron emigrados alemanes procedentes de Hamburgo quienes, en el siglo XIX, llevaron esta invención a Estados Unidos, pero fue hasta mediados del siguiente siglo cuando comenzó su difusión a nivel nacional. La extensión de las ciudades en forma de suburbio, el creciente uso del automóvil y la mayor integración laboral de la mujer fueron, como lo explica Jeremy Rifkin, las causas principales del éxito de los expendios de comida rápida que aparecieron simultáneamente en estas áreas urbanas.

Lo económico era uno de los requisitos para lograr un consumo masivo, por lo que la carne empleada no podía ser de primera calidad —la cual era obtenida de animales engordados durante un tiempo con pasto y después con granos, para que su carne fuera grasa—, y se comenzó a consumir carne más barata, con poca grasa, de animales alimentados exclusivamente con pasto, generalmente importados de diversos países. El único problema que se presentaba al emplear este tipo de carne en la confección de hamburguesas era que, por falta de grasa que la rodeara, se desmoronaba; esto se resolvió mezclando grasa de los desechos de reses engordadas en el país con la carne de las importadas.

Desde entonces, el crecimiento de las cadenas de comida rápida ha sido continuo —más de medio millón de expendios en todo Estados Unidos, en donde, día con día, se atiende alrededor de cien millones de personas—, de las que MacDonald’s se ha convertido en icono. A fines del siglo XX, estas cadenas vendían 40 por ciento del total de la carne que se consumía en el país, de la cual, entre una tercera parte y la mitad —las cifras varían— procedía de las zonas tropicales de América Latina, en donde se producía de manera extensiva. En teoría, como lo explica Víctor Manuel Toledo, este tipo de ganadería debería permitirse en los terrenos que poseen una vocación pecuaria, es decir, en donde crecen pastos de manera natural —en el caso de los trópicos húmedos, en las sabanas. Sin embargo, por la poca extensión de este tipo de vegetación y para evitar gastos, en América Latina se acostumbra derribar la selva para establecer potreros dejando si acaso unos cuantos árboles para sombra, después se siembra pasto y se cerca el terreno con alambre de púas; el cuidado del ganado se efectúa en forma muy elemental, un poco de sal, agua y la atención sanitaria básica, y el empleo de mano de obra es mínimo.

Con tan poca inversión, el rendimiento es muy bajo, una vaca por hectárea, y con el paso del tiempo, menos de diez años, éste disminuye por el agotamiento de los suelos, que producen una menor cantidad de pasto y menos nutritivo, provocando que la superficie necesaria para alimentar una cabeza de ganado llegue a ser de varias hectáreas. Ante esto, los ganaderos devastan nuevas extensiones de selva o emplean aquellas destinadas a uso agrícola o en proceso de regeneración. Las ganancias no pueden disminuir.

Así, mientras se formaban enormes fortunas, millones de reses pastaban en vastísimas superficies ganadas a la selva, como si sus estómagos rumiaran árboles, lianas, epífitas, arbustos y palmas, engullendo el hábitat de una enorme diversidad de fauna, destruyendo el suelo con sus pisadas y calentando el ambiente con sus gases. Se calcula que en estas décadas fue talada una cuarta parte del total de la extensión de selva húmeda de Centroamérica y millones de kilómetros cuadrados de selva amazónica. Todo ello impulsado por las políticas y apoyos económicos del Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y la Agencia de Desarrollo Internacional de Estados Unidos, con el aval y la colaboración de los gobiernos, y el beneplácito de los terratenientes y las asociaciones ganaderas de cada país.

México no escapó a esta fiebre de ganaderización. Con un fuerte apoyo internacional, federal y estatal, regiones enteras se volcaron a esta actividad, manejada fundamentalmente por “pequeños propietarios” —la ley considera pequeña propiedad la superficie necesaria para mantener 500 cabezas de ganado bovino—, quienes llegaron a controlar más de 80 por ciento de la producción de carne; el resto quedó en manos de los ejidos, que suelen rentar sus potreros a éstos para criar ganado. Fue así que, en unas cuantas décadas, la tercera parte de la superficie de Veracruz quedó transformada en potreros, mientras sus selvas, que cubrían dos terceras partes de ésta, se habían reducido a menos de una décima parte de su extensión original. Lo mismo ocurrió en Tabasco, en donde originalmente la mitad de su territorio estaba constituida por selvas primarias, y a principios de los ochenta quedaba menos de 10 por ciento, mientras que la ganadería se había propagado sobre la mitad de éste, al igual que, casi en la misma proporción, sucedió en Chiapas.

En total, se calcula que durante la segunda parte del siglo XX la ganadería extensiva fue causa de la destrucción de la mitad de la superficie que originalmente cubrían las selvas húmedas en el país.

La oposición que actualmente lleva a cabo un grupo de ciudadanos de la capital oaxaqueña contra la instalación de un MacDonald’s es más que simbólica, basta comparar el mapa de la vegetación original de México con el actual para darse cuenta de la magnitud de esta destrucción


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