0604 - Fuente
Michel Foucault cautivó a generaciones de intelectuales, pero, a 20 años de
su muerte, recién ahora se lo empieza a estudiar en serio. Un monumental
vocabulario foucaultiano, de Edgardo Castro, y una reflexión de Oscar Terán:
¿cómo fue recibida su obra en la Argentina?
Si hubiera que situar a
Michel Foucault en el pensamiento contemporáneo, se lo llamaría
estructuralista (en líneas generales, quien aplica el modelo lingüístico a
distintos campos del conocimiento) o se lo podría considerar el más célebre
postestructuralista, ya que dio forma propia a ese legado. El, sin embargo,
prefería colocarse en la tradición más venerable que inició Immanuel Kant,
de quien se consideraba heredero directo. En el artículo "Michel Foucault"
que él mismo escribió para el Dictionnaire des philosophes —bajo el
seudónimo de Maurice Florence— eso dice: "En la medida en que Foucault puede
ser ubicado dentro de la tradición filosófica, hay que ubicarlo en la
tradición kantiana, y su proyecto podría llamarse una historia crítica del
pensamiento", que no debe confundirse con una historia de las ideas, o sea
"con el análisis de los errores que se detectan luego de cometidos o con el
desciframiento de las malas interpretaciones asociadas con estos errores
sobre las que se apoya lo que hoy pensamos". Su historia crítica del
pensamiento es, en cambio, el análisis de las condiciones bajo las cuales se
formaron o modificaron ciertas relaciones entre sujeto y objeto. No es —dice
Foucault— el relevamiento de progresivas adquisiciones sino el estudio de
las formas según las cuales los discursos se articulan en un dominio (la
locura, la delincuencia, la sexualidad). Así, en Las palabras y las cosas
(1966) Foucault analizó el desarrollo, entre los siglos XVIII y XIX, de las
ciencias humanas: economía, ciencia natural, lingüística; y las estudió como
conocimientos "objetivos" en relación con un "sujeto" (el Hombre) que —dice
allí— es apenas "una formación discursiva destinada a desaparecer".
Este proyecto metodológico, que Foucault había comenzado por su interés en
el tratamiento de la sinrazón, prosiguió luego en textos como Arqueología
del saber (1969) y Vigilar y castigar (1975), entre otros. Poco
antes de su muerte, en una entrevista, le preguntaron a Foucault si había
que tomarlo por un idealista, nihilista, anti-marxista, anarquista o
neoconservador. Foucault contestó orgulloso que había transitado casi todas
esas veredas y aun otras más espurias "una tras otra y hasta
simultáneamente. Ninguna de estas descripciones importa por sí —decía— pero
en conjunto significan algo. Y admito que me gusta lo que significan".
Quizá haya que atribuir en parte el inmenso atractivo que sigue ejerciendo
Michel Foucault a esta vocación por coquetear con todas las formas de
pensamiento y a su habilidad para rechazarlas luego con elegancia y lucidez.
En lo que va del año —el vigésimo aniversario de su muerte (se cumple el 25
de junio)— ya se publicaron en la Argentina cuatro libros sobre distintos
aspectos de su vida y obra. Se trata de Michel Foucault. Glosario
epistemológico, de Sergio Albano (Editorial Quadrata), San Foucault.
Para una hagiografía gay, de David Halperín (reedición 2004 de El cuenco
de plata), El infrecuentable Michel Foucault, compilación de ensayos
coordinada por Didier Eribon (Letra Viva), y El vocabulario de Michel
Foucault, de Edgardo Castro (Prometeo). Historiadores, sociólogos,
estudiosos de la filosofía, la crítica cultural, el psicoanálisis, todos
beben de la fuente Foucault por su modo de hacer filosofía y literatura.
En una historia intelectual que abarcó de 1954 a 1984, Foucault elaboró
textos provocadores, críticas airadas, pobló las ciencias sociales de un
vocabulario técnico fructífero que en muchas ocasiones tomó prestado
—reformulado, actualizado—, de la Antigüedad; polemizó con el
existencialismo, el marxismo, el humanismo cristiano, el liberalismo, y al
fin sedujo a partidarios de todas estas corrientes por un ejercicio más
intenso que sistemático del pensamiento crítico. Pero ¿sedujo o dejó sin
habla? Porque, ¿quién querría colocarse en la vereda de enfrente de un
francotirador tan talentoso? ¿Con qué argumentos podría contrarrestar su
habilidad para reconducir el discurso o la formulación de los problemas?
Foucault se valió también de un lenguaje accesible, a veces burlón y de un
buscado registro oral, escurridizo y suficientemente amplio como para causar
admiración y perplejidad. Es cierto que muchos de sus "escritos" son
ediciones de los cursos que dictó en el Collège de France (como Los
anormales, El poder psiquiátrico, Hay que defender la sociedad y
Hermenéutica del sujeto) o en Estados Unidos (como el seminario
Coraje y verdad, publicado con traducción de Tomás Abraham en El
último Foucault). Pero más allá de esta circunstancia editorial, el
mismo Foucault parece haber desarrollado una escritura "oral" en la que son
recurrentes, por ejemplo, las reiteraciones de verbos en infinitivo. En
especial este tipo de recurso es copiado y reproducido hasta el hartazgo por
exégetas, semiólogos, dramaturgos, periodistas y críticos de arte como un
modo de invocar la riqueza conceptual del maestro que, decididamente, no ha
iluminado a tantos discípulos.
Foucault sabía pronunciarse de manera sutil, llegado el caso, y disparar sus
objeciones dando un rodeo, sin nombrar a su blanco. En el primero de los
tres volúmenes de su Historia de la sexualidad —por tomar un caso—.
sitúa la cuestión de la sexualidad en la problemática más amplia de la
circulación de los discursos, y cuestiona la eficacia del "encarnizamiento
en hablar del sexo en términos de represión". "Hablar contra los poderes,
decir la verdad y prometer el goce —escribe—; ligar entre sí la iluminación,
la liberación y múltiples voluptuosidades (...). He ahí lo que sostiene en
nosotros ese encarnizamiento: he ahí lo que quizás también explica el valor
mercantil atribuido no sólo a todo lo que del sexo se dice, sino al simple
hecho de prestar oído a aquellos que quieren eliminar sus efectos. Después
de todo —concluye— somos la única civilización en la que ciertos encargados
reciben retribución para escuchar a cada cual hacer confidencias sobre su
sexo, como si el deseo de hablar de él y el interés que se espera hubiese
desbordado las posibilidades de la escucha, algunos han puesto sus oídos en
alquiler." Sin mencionarlo, ataca, sarcástico y agudo, al psicoanálisis,
cuyos cultores procesan de tal modo la palabra foucaultiana que logran
sortear su crítica. Pocas veces en la historia de las ideas convivieron tan
a gusto el tábano y el buey.
Un diccionario útil y exhaustivo
Entre los varios trabajos sobre Foucault que se han publicado este año en la
Argentina, el más audaz, ambicioso, útil y bien logrado es El vocabulario
de Michel Foucault, de Edgardo Castro. Se trata de un formidable trabajo
académico —editado por Prometeo y la Universidad Nacional de Quilmes— que
lleva el subtítulo "Un recorrido alfabético por sus temas, conceptos y
autores". En el prólogo, Castro, que dictó seminarios de filosofía
contemporánea en la UBA y sigue haciéndolo en la Universidad Nacional de La
Plata, advierte el riesgo de la empresa que ha iniciado, que puede bien
confundirse con aquella clasificación de los animales en la enciclopedia
china que había imaginado Borges y que Foucault citó al comienzo de Las
palabras y las cosas.
Como aquella clasificación, el vocabulario "podría ser sólo el esfuerzo para
encontrarle un lugar común a lo que parece no tenerlo", teniendo en cuenta
que, como también ha visto Castro, el mismo Foucault subrayaba el carácter
fragmentario e hipotético de su trabajo, "su renuncia a elaborar teorías
acabadas y su horror por la totalidad". Pero podría ser el caso de que ese
espacio común existiera. Castro hace propias, allí, las palabras de Foucault:
"No escribo para un público, escribo para usuarios, no para lectores".
Los usuarios de este vocabulario van a valorar su riguroso recuento de
términos, conceptos y personas ordenados alfabéticamente. De cada una de las
voces (inclusive de las mismas voces utilizadas con grafías diferentes),
Castro releva todas sus apariciones dentro de la obra foucaultiana y luego
identifica, en cada caso, en qué textos aparece y en qué página. La palabra
griega hupomnémata, por ejemplo, que Foucault utiliza en el sentido
de "guías de conducta", aparece en total 48 veces, distribuidas en las
páginas de Dichos y escritos IV y en Hermenéutica del sujeto.
Las voces remiten o bien a conceptos específicamente foucaultianos, como "episteme"
o "discontinuidad", o bien a autores que marcaron la obra de Foucault:
filósofos clásicos y modernos como Platón, Kant, Hegel, pero también
académicos con quienes tuvo una relación estrecha, como el comentador de
Hegel Jean Hyppolite, a quien Foucault sucedió en el Collège de France, o
como el helenista Pierre Hadot, cuya obra y comentarios fueron esenciales
para inspirar e iluminar la propia lectura foucaultiana de los griegos.
Finalmente hay entradas que remiten a los grandes temas de Foucault, como
poder, locura, psiquiatría. Así, Castro logra abordar algunos
aspectos menos tratados del pensamiento foucaultiano: su interpretación de
los antiguos (a través de términos como aphrodisia, divinatio o
epithymía) y su hipótesis sobre la formación de la racionalidad
política moderna.
"Para Foucault —explica Castro, en diálogo con Ñ—, la clave del poder
no es la disciplina, como se repite a menudo, sino la normalización y la
politización de la vida. Es en la relación entre esta bio-política y
liberalismo, donde aparece el análisis más certero de Foucault. El
funcionamiento del poder es en torno a la vida; el verdadero objeto de la
política es la vida, y eso es cada vez más explícito en nuestras
sociedades."
- —¿Vida entendida cómo?
- —Como la vida animal, biológica. La política de la vida es el gran
invento de la racionalidad política moderna. El debate actual es hasta dónde
esto es realmente moderno o —como dice Giorgio Agamben— esto ya está en la
clásica noción de soberanía.
- —¿Cuál es el uso que hace Foucault de los antiguos?
- —Tiene con ellos una relación ambigua: le fascinan pero los considera
un gran error (por ejemplo, en la medida en que la ética clásica es una
ética elitista). A su vez, no puede valerse de la filosofía antigua con
nostalgia. Creo que llega a ella por dos razones: necesita plantear una
forma de acción política que no sea revolucionaria, cuyos cambios no se
expresan bajo la forma de la toma de conciencia o de la ideología, y se
nutre de los antiguos para ver la articulación entre el gobierno de los
otros (la política) y el gobierno de sí mismo (la ética). En relación con
una genealogía de las formas de poder, Foucault se pregunta si es posible un
poder no disciplinario y encuentra que los antiguos efectivamente lo tenían.
Asimismo, su lectura de la Antigüedad no es corriente: valora el helenismo,
trata de que este periodo arroje luz sobre la Modernidad y renueva el canon
al rescatar textos poco transitados, como la Económica del
pseudo-Aristóteles.
- —¿Foucault era un pensador sistemático?
- —No estrictamente, pero sí hay una problemática que domina su obra: el
sujeto o, si se quiere, la relación entre historia y sujeto. La relación de
Foucault con la historia también es ambigua: critica las filosofías de la
historia y hasta toma prestada la palabra arqueología para no usar
"historia" pero termina escribiendo historias, y tiende a plantear en
términos históricos las antítesis conceptuales. Según él, la historia de los
códigos es relativamente más estable y lo que cambia, en cada caso, es el
modo de problematización. En relación con el poder, por ejemplo, no tiene
sentido plantearse si es bueno o malo porque uno nunca está por fuera de las
relaciones de poder: la cuestión es cómo estas relaciones se forman
históricamente.
- —¿En qué medida sus propias clases sobre Foucault fueron inspiración
para esta tarea?
- —Ahora no estoy dictando Focault en la facultad: creo que cada tanto
hay que tomarse un descanso. Pero he visto que por lo general se llega a
Foucault con ideas raras: se piensa que está mucho más cerca del marxismo de
lo que está, o que es una especie de crítico cultural, alguien que se
especializa en la denuncia de las maldades del poder. Yo entiendo: es fàcil
ver en la tesis disciplinaria un aspecto sociológico, pero para Foucault la
disciplina es un caso de otro problema más amplio: la normalización.
Vigilar y castigar no es un libro de sociología: no describe una
sociedad sino un ideal.
- —¿Esto es una falla de la divulgación que su pensamiento ha tenido? ¿No
se presta acaso Foucault a esa distorsión?
- —Creo que la tendencia a canibalizar a un autor siempre existe, pero
hay aspectos de cierta recepción local de Foucault francamente extraños.
Aquí, por ejemplo, se suele ignorar el diálogo muy estrecho que Foucault
establece con Husserl en Las palabras y las cosas, o también su
relación con Kant, en cuyo proyecto filosófico Foucault quiere
explícitamente inscribirse. Aquí hubo una recepción más sociológica que
filosófica y también una recepción del mundo psi. Ahora, por qué los
psicoanalistas se sienten tan atraídos por Foucault es un misterio: Foucault
y Deleuze son dos autores antipsicoanalíticos, y ambos hacen una crítica
política al psicoanálisis muy adecuada, a mi modo de ver. La crítica de
Foucault a la sociedad disciplinaria, sobre la que tiene una visión bien
negativa, es una crítica de la sociedad de normalización, pero el
psicoanálisis es para él una de las estrategias de la normalización. Por eso
debemos llegar a una lectura filosófica de Foucault.
- —¿Cuál sería la diferencia entre esta lectura y las otras?
- —Sería una lectura a partir de los problemas de la tradición
filosófica: no se trata de un método o de un objeto sino de inscribirla en
los problemas de la tradición filosófica. Leer un filósofo no es ir a buscar
la confirmación de lo que uno ya piensa.
- —¿Quiénes son hoy los herederos intelectuales de Foucault?
- —Yo creo que así como hubo un auge de la filosofía alemana y otro de
la filosofía anglosajona, llegará el auge de la flosofía francesa e
italiana: Giorgio Agamben me parece uno de los más interesantes. Pero hay
otros, como Jean-Luc Nancy en Francia y Roberto Esposito en Italia. Hay
problemas que se ponen de moda: en un tiempo fue la filosofía de la ciencia,
luego la filosofía del lenguaje, y ahora es tiempo de problematizar la
relación entre política y ética y de esta relación se ocupa la filosofía
latina contemporánea.
- —¿Foucault está de moda?
- —Creo que hubo una moda divulgativa de Foucault; pero ahora comienza
el ciclo académico. Igual hay que esperar las sorpresas porque Michel
Foucault no se acabó. De los cursos que dictó en el Collège de France sólo
hay cuatro editados y todavía faltan nueve. Creo que aún hay mucho que
esperar |