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Epistemología La ilustración como racionalidad comunicativa en la filosofía de Jurgen Habermas Angelina Uzin Olleros |
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Jürgen
Habermas fue galardonado por la ciudad de Frankfurt con el premio
“Theodor W. Adorno”, en ocasión de recibirlo en septiembre del año
1980 dio una conferencia bajo el título “La
modernidad un proyecto incompleto”,
en él resulta evidente el destino de la alocución. Comienza
diciendo que el diagnóstico de nuestro tiempo es que la
“postmodernidad se presenta claramente como antimodernidad”. En primer lugar, se dedica a
reconstruir los intentos de diferenciarse de los clásicos o la antigüedad
clásica, ser moderno requiere de esa distinción. Pero este esfuerzo ha
sido llevado adelante con mayor tenacidad por la historia del arte; esto
hace que la relación entre lo clásico y lo moderno haya perdido una
referencia histórica fija. Las vanguardias estéticas deben aventurarse
a lo desconcertante, a la exaltación del presente en una conciencia
cambiada del tiempo. “La modernidad se rebela contra las
funciones normalizadoras de la tradición; la modernidad vive de la
experiencia de rebelarse contra todo lo que es normativo. Esta revuelta
es una forma de neutralizar las pautas de la moralidad y la utilidad. La
conciencia estética representa continuamente un drama dialéctico entre
el secreto y el escándalo público, le fascina el horror que acompaña
el acto de profanar y, no obstante, siempre huye de los resultados
triviales de la profanación.” (HABERMAS, Jürgen. La
modernidad un proyecto incompleto. En VVAA
La posmodernidad. Barcelona.
Kairós. 1986. Página 22). Inspirado en el surrealismo estético
el filósofo Walter Benjamin construye una relación entre historia y
modernidad en términos de una “actitud posthistoricista”. Pero la
existencia de una postvanguardia, en expresiones de crítica del arte,
no debe llevarnos necesariamente a un período de postmodernidad. Los neoconservadores preocupados por
las manifestaciones culturales llevadas a cabo por el modernismo se
plantean la pregunta acerca de cómo es posible que surjan normas en la
sociedad que limiten el libertinaje, el hedonismo y que restablezcan
“la ética de la disciplina y el trabajo”. Para Daniel Bell la
solución estaría dada por un renacimiento religioso que restablezca
los valores tradicionales del esfuerzo y el orden social. Mientras que, para los
neoconservadores, las normas a rescatar están guiadas por una
racionalidad económica y administrativa; para Habermas “Las tareas de
transmitir una tradición cultural, de la integración social y de la
socialización requieren la adhesión a lo que denomino racionalidad
comunicativa”. (HABERMAS,
Jürgen. Obra citada. Página 26). En definitiva los neoconservadores ven
en las dificultades que aparecen en la cultura moderna la necesidad de
arribar a una postmodernidad o tirar por la borda la misma modernidad. Las principales tesis que defienden los
neoconservadores son: que la ciencia queda exenta de sentido para la
orientación de masas; la política debe mantenerse alejada de la
justificación moral o práctica y, que la pura inmanencia del arte pone
en tela de juicio que tenga un contenido utópico. En
síntesis, en el horizonte neoconservador, la esfera ética queda
separada de la actividad científica y del desempeño político; lo que
deja imposibilitado al campo de la razón práctica de llevar a cabo
ninguna evaluación en términos ético-políticos de las actividades
científico-técnicas. En
contraposición al planteo neoconservador, Habermas rescata el análisis
de Weber al respecto. Para
Max Weber la modernidad cultural es la separación de la razón
sustantiva expresada por la religión y la metafísica en tres esferas
autónomas: la ciencia, la moralidad y el arte.
En relación a estas esferas aparecen las “estructuras de la
racionalidad” las que a su vez se encuentran bajo el control de
especialistas, estas son la congnoscitiva- instrumental; la moral-práctica
y la estética-expresiva. Estas
racionalidades al estar separadas entre sí y al encontrarse en manos de
especialistas, provocan una separación discursiva en términos de
lenguajes técnicos, llevando la incomunicación entre ellas a que se
encuentren en proyectos paralelos. De seguir así, no sería posible el
proyecto que propone Habermas, de universalizar reglas en términos de
acción comunicativa, para unificar el proyecto moderno de la razón práctica
(ético-normativa). El
arte burgués tuvo al menos dos aspiraciones, una era la necesidad de
educarse que tenía el lego que gozaba del arte para transformarse en un
experto; la otra era que debía comportarse como un consumidor
competente de obras de arte para vincularlas desde la experiencia estética
con los problemas de su propia vida. Para
Habermas la recepción del arte es sólo uno de al menos tres de los
aspectos de la cultura moderna; por lo que considera que el proyecto de
la modernidad aún no se ha completado. Ya
sea a través de la consigna estética “no hay nada nuevo por hacer”
o por medio de la crítica radical
de la razón; se paga un alto precio al despedirse de la modernidad en términos
normativos. El
programa de Kant, según Habermas, pone a la base de sus tres críticas
un planteamiento articulado
en términos de filosofía de la reflexión. “Por vía de crítica,
la razón fundamenta la posibilidad de conocimiento objetivo, de
intelección moral y de evaluación estética, cerciorándose no sólo
de sus propias facultades subjetivas – no se limita sólo a hacer
transparente la arquitectónica de la razón – sino adoptando también
el papel de un juez supremo frente a la cultura en su conjunto”.
(HABERMAS, Jürgen. El discurso
filosófico de la modernidad. * . Buenos Aires. Taurus. 1989. Página
31). Pero
la filosofía deslinda entre sí las esferas culturales que son la
ciencia y la técnica, el derecho y la moral, el arte y la crítica del
arte bajo puntos de vista
formales. La crítica de la crítica toma la obra de Kant por separado,
y es más recurrente el ejercicio crítico a la crítica del juicio que
a la de la razón práctica. Kant
no ve las separaciones impuestas por el principio de la subjetividad,
para él son diferenciaciones que se producen dentro de la razón, pero
esta separación que desgarra el mundo de la vida lo advierte Hegel en
su crítica al idealismo subjetivo. “Pues si la modernidad ha de
fundamentarse a partir de sí misma, Hegel no tiene más remedio que
desarrollar el concepto crítico de la modernidad a partir de la dialéctica
inmanente al propio principio de la Ilustración.” (HABERMAS, Jürgen.
Obra citada. *. Página 34). En Kant se expresa la autocomprensión de la modernidad, aunque él no pudiera ver el desgarramiento del mundo moderno al separarse la esfera del saber, de la esfera de la fe, y el comercio social de la convivencia cotidiana. Volver a reunir la ciencia, la moral y el arte significa la apuesta a poder comprender el mundo en cuestiones de verdad, de justicia y de gusto a través de una convención que globalice la igualdad de oportunidades en vez de globalizar el privilegio de unos pocos a vivir bien, a costa de las inequidades propias de las reglas de mercado puestas en el centro de la escena política. Esto último expresa la intención de Habermas en términos de "acción comunicatica", término acuñado por el prestigioso filósofo alemán de la Escuela de Frankfurt |
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