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100310 -
Claudio Gutiérrez - La herencia de Rodrigo Facio

Al recordar hoy la fundación de los Estudios Generales, no podemos menos que evocar la Universidad de Rodrigo Facio, pequeña, fraterna y patriarcal; sus población, diez veces menor que la Universidad de hoy; sus problemas, muchas veces menos complicados. Pero por otra parte, la Universidad de hoy se nos presenta como una institución que ha escalado más altos niveles de calidad, que ha diferenciado inmensamente sus programas, que entra de lleno en el terreno de la investigación, y multiplica sus programas de acción social en servicio de la comunidad costarricense.

Aunque románticamente podamos añorar las dimensiones y el estilo artesanal de la Universidad de Rodrigo Facio, es lo cierto que la Universidad de hoy es el producto y la natural evolución de aquella, y estaba determinada en la siembra visionaria realizada por nuestro Reformador. La semilla de entonces ha dado fruto, y estoy seguro de que don Rodrigo se regocijaría por ello, si estuviera aquí, como nosotros, los que le acompañamos en la siembra, hoy nos regocijamos.

El mérito de Rodrigo Facio fue percibir, más allá de problemas de organización, financieros o de planta física, que también supo cuidar, el núcleo fundamental del problema universitario, el fin último a que debía servir la Universidad costarricense, como toda otra universidad: la formación del hombre.

Supo analizar ese núcleo, y distinguir en él, como contradicción principal que había que tener en cuenta, lo que llamaré, a falta de mejor nombre, la paradoja de la cultura: Cómo salvar, en un mundo de conocimientos y destrezas que se especializa cada vez más, la integridad de la visión humanista y la unidad de la acción responsable del ciudadano. Que la solución que él vislumbró y que la Universidad hizo suya era válida, parece haberlo demostrado el desarrollo ulterior de esta institución y repercusiones importantes en la historia reciente del país.

Conviene, hoy que hacemos este alto en el camino para auscultar nuestro rumbo, examinar de nuevo esa paradoja fundamental y buscar en su reflexión la orientación y las fuerzas para seguir adelante.

El carácter inexhaustible de la realidad

Debemos partir del hecho incontrovertible de que la realidad en torno nuestro es inagotable y nuestro conocimiento o dominio de ella siempre limitado. Para conocer o manipular el medio ambiente seccionamos partes de él. Trabajamos de ahí en adelante como si el sector del mundo que hemos seccionado fuera el universo completo, le dedicamos toda nuestra atención e interés. El resto de la realidad no ha desaparecido, pero desempeña el papel de telón de fondo, de horizonte o contexto pasivo e indiferenciado.

En la medida en que no seamos capaces de hacer eso, de seccionar la órbita de nuestro interés y dedicación, de concentrarnos en un tema y una tarea, de elegir una vocación, no seremos productivos ni ascenderemos plenamente a la vida intelectual o a la responsabilidad ciudadana. Pero si nuestra concentración se convierte en obsesión, si el seccionamiento que hacemos lo igualamos a huida de la realidad, si nuestra especialización se transforma en amputación, nuestra vocación habrá degenerado en barbarie. He aquí de nuevo, la paradoja de la cultura: la acción humana frente al medio es tensión de figura y fondo, de texto y contexto, concentración y expectativa, de análisis y síntesis.

La preeminencia de la praxis

Las paradojas fundamentales de la vida no se resuelven nunca por medio de razonamientos abstractos, ni hay fórmulas que superen de una vez por todas las tensiones profundas de la existencia. Las paradojas se superan en la práctica y las tensiones se resuelven por medio de la acción, siempre concreta y determinada, ligada al aquí y al ahora.

La historia de los Estudios Generales ha sido la continua lucha de un grupo de profesores muy bien motivados por la paradoja de la cultura, para encontrar respuestas adecuadas, año con año, a esa paradoja. Casi podríamos decir que todo lo hemos ensayado, en un intento de cumplir cada vez mejor la misión que se nos ha encomendado. Nos ha guiado un principio y una convicción, que hemos tratado de transmitir a nuestros estudiantes más que cualquier otra cosa; todo análisis, todo seccionamiento, toda separación de un texto del contexto global de la realidad, son y no pueden menos que ser provisionales y transitorios, parciales y limitados; cada separación clama por una reincorporación, cada análisis necesita una síntesis, cada texto suspira por un contexto, cada seccionamiento provoca una generalización.

No podemos nosotros, profesores, capacitar al estudiante para que tenga por adelantado todas las respuestas posibles, de integración, síntesis, generalización o contextualización, que él necesitará para actuar como un ser vivo, despierto y creativo, capaz de provocar cambios importantes en la realidad. No tenemos más remedio que hacer lo posible, por múltiples ejercicios de flexibilidad mental, con material de primera clase obtenido del acervo cultural de la humanidad, que capacitarlo para que él mismo, por sí mismo, sea capaz de producir las respuestas adecuadas a futuros estímulos. Hemos creído que es lo mejor para el estudiante ayudarlo a ser capaz de analizar e integrar, en vez de compensar la simplificación que significa su especialización académica, con una sinopsis de simplificaciones, una simplificación al cuadrado, que destruyera más que superara la paradoja de la cultura.
 

Las raíces epistemológicas de los Estudios Generales

La teoría de los Estudios Generales está inseparablemente unida a una actitud epistemológica, a una teoría del conocimiento. Sin adentrarse en la relación del hombre con su mundo por medio del conocimiento, es imposible ni siquiera plantear el problema –mucho menos encontrar la solución– en este campo. Debemos sopesar la importancia de las relaciones entre la realidad y el pensamiento, las relaciones entre el análisis y la síntesis, las relaciones entre el pensamiento y la práctica –que es la realidad en cuanto integrada a nuestro organismo–. Es así que no podemos sostener adecuadamente una tesis sobre Estudios Generales, sin que esgrimamos una teoría sobre el conocimiento. Me veo así obligado a resumir aquí, aunque de manera muy compacta, una posición epistemológica.

Dije que la realidad es inagotable y el conocimiento sólo procede por limitación y seccionamiento. En todo acotamiento quedan huellas del terreno excluido, en todo texto, del contexto omitido. Son las contradicciones y lagunas inevitables en todo tratamiento parcial (GUTIÉRREZ 82). Si bien es cierto que esas contradicciones y lagunas son deficiencias en nuestro conocimiento, son también base –o puede hacerse que lo sean– para muchas actitudes positivas.

Podemos aceptar, por ejemplo, que las contradicciones o las lagunas son fuente de desarrollo, nervio de la dinámica que nos lleva a superar esas contradicciones y a llenar esas lagunas con la construcción de nuevas teorías o planteamientos inéditos más satisfactorios que los vigentes. Podemos también entender que estas lagunas y contradicciones nos exigen modestia, pues claman a los cielos que nuestros hallazgos no son la verdad absoluta. Y podemos tomarlas como una clara imposición de la virtud de la tolerancia, pues si nuestros planteamientos tienen defectos, y los de los otros hombres por supuesto también los tienen, entonces la verdad y la sabiduría no son monopolio de nadie y sólo podremos progresar en su adquisición por el diálogo y el respetuoso intercambio de puntos de vista, todos limitados pero quizá también complementarios.

En resumen, las paradojas visibles en nuestros sistemas de ideas son un dramático recordatorio de que no hemos terminado nuestro trabajo, de que nadie tiene el monopolio de la verdad, y de que debemos volver a la realidad y a la práctica en busca de una vindicación concreta de nuestros planteamientos abstractos.

La pluralidad de marcos lingüísticos

Las paradojas, los blancos y nudos que encontramos en nuestro aparato lingüístico, son lo que nos lleva a aceptar la necesidad de una pluralidad de lenguajes, o –para usar el vocabulario del análisis semántico en boga– la vigencia de la polisemia. Existen diversos lenguajes, para distintos usos, en distintas disciplinas, o en una misma para distintos propósitos. Podemos cambiar de uno a otro, con amplio margen de libertad, sin traicionar la realidad. Pero para hacerlo limpiamente pagamos un precio: el nuevo lenguaje también tiene contradicciones y lagunas, muy probablemente en puntos diferentes de la red lingüística (GUTIÉRREZ 68).

Hay problemas que surgen o desaparecen, jugadas que se hacen posibles o se hacen imposibles, incluso entes que existen o no existen, según el marco lingüístico que decidamos usar. No tomar en cuenta esas consecuencias de los cambios de perspectiva nos hará incurrir en frivolidad intelectual, amenaza permanente del que trafica en estudios interdisciplinarios. Contra la insolencia del sofista que pretende probarlo todo, el hombre educado, practicante responsable de la polisemia, sabe que cada marco tiene sus propias reglas; y que en cada momento él y su interlocutor está sujetos al juicio universal de la lógica. Ella exige de cada uno el respeto a las leyes que él mismo se haya impuesto (GUTIÉRREZ Y CASTRO 92).

Si las imperfecciones de los sistemas y teorías nos dan base para predicar la modestia y la tolerancia, la polisemia nos da pie para predicar la seriedad del intelectual. Debemos exigir a quien usa un lenguaje reconocer las limitaciones de su propio instrumento. Pero hecha esa salvedad, el hombre educado se nos presenta como el ser que tiene a la disposición un rico arsenal de lenguajes, que le permite hacer muchas cosas productivas en su relación con el medio ambiente natural y social. He aquí la mejor acepción de la expresión "hombre de letras", como equivalente a "hombre de lenguajes", donde cada vez más debemos también incluir los lenguajes básicos de las ciencias contemporáneas, incluida la informática.

El carácter histórico del lenguaje

Consecuencia inevitable de esta concepción es reconocer la modificabilidad del lenguaje y de la cultura, obra humana, como tal profana y no sagrada. Movimientos filosóficos recientes nos acercan cada día más a la idea de pluralidad de lenguajes, alejándonos del "lenguaje perfecto y universal" preconizado por Leibniz, Russell y Whitehead. Con ello derivamos cada vez más hacia la convicción de que la cultura es un producto histórico, transformable por los seres históricos, nosotros los hombres. La antropología contemporánea nos enseña incluso que la cultura se trasmite por un proceso de socialización constituido de actos de modificación y recreación. Dentro de este enfoque, los lenguajes y, en general, los patrones culturales, perviven y cobran o pierden vigencia de acuerdo con las necesidades humanas de cada época. Solo perduran más allá de un período histórico determinado en la medida en que estén enraizados en necesidades humanas profundas afianzadas en nuestro organismo.

Pluralidad de vocaciones

La historia de la cultura nos enseña que los patrones de comportamiento y de pensamiento ni son libremente modificables ni se extienden universalmente a lo largo de las épocas. Las formas de vida y las concepciones cambian, aunque con bastante lentitud. La cultura se arraiga y atrinchera, pero también es evaluada y cuestionada, a veces conscientemente, las más por el duro tribunal de los hechos sociales que examina en la práctica su funcionalidad o disfuncionalidad.

Corresponde a la educación superior llevar a nivel consciente una gran parte de esa lucha entre la vieja cultura y la que se abre paso. No podemos pasar por alto que la tarea de defender la cultura y la tarea de recrearla normalmente son asumidas por hombres concretos con vocaciones diferentes. En política, en negocios, en educación, como en cualquier otro ramo de la actividad humana, hay hombres que tratan de sacar el mejor partido de las condiciones imperantes y que se encuentran "en casa" con la cultura heredada. Y hay también hombres que, insatisfechos con esas condiciones o concepciones, ponen en tela de juicio las premisas sobre las que actúan la mayor parte de sus contemporáneos. Lo arriesgan todo por causas impopulares que eventualmente pueden hacer posible un cambio cualitativo en la historia de la sociedad o de la humanidad.

Los dos tipos de hombre son, creo yo, necesarios. Ambos cumplen funciones imprescindibles para la supervivencia del género humano. Pero la integridad personal exige que en cada individuo se desarrollen estas dos actitudes en adecuada proporción, que la persona educada tenga aprecio y valoración por la cultura recibida o ajena, y se identifique vitalmente al menos con algunos de sus principios fundamentales. Pero al propio tiempo que sea capaz de entender sus limitaciones y de cuestionar en alguna medida su vigencia, así como de producir una respuesta original y personal adecuada al reto de las propias circunstancias.

Los imperativos del presente

La modificabilidad del lenguaje y de la cultura nos da la dimensión diacrónica de la polisemia. La pluralidad de lenguajes y de subculturas nos da su dimensión sincrónica. El hombre educado que debemos preparar no sólo debe integrarse con el pasado y servir de simiente para el futuro. También debe insertarse en el presente, con capacidad de diálogo y de intercambio enriquecedor con muchas clases de hombres. Los esquemas mentales o juegos de conceptos, los marcos lingüísticos de esas distintas clases de hombres, limitan las posibilidades de comunicación y de integración en la sociedad contemporánea, mucho más que en cualquier otra época.

Tenemos cultura de mundo desarrollado y de mundo en vías de desarrollo, cultura de Oriente y Occidente, cultura socialista y capitalista, cultura de la ciudad y del campo, cultura religiosa y secular, lenguaje político y lenguaje académico. Cada una de las polaridades y contradicciones del mundo contemporáneo es expresable como una contraposición de marcos lingüísticos, como un contraste de juegos de conceptos. Y si a esto agregamos las diferencias muy profundas entre los mundos lingüísticos de las distintas ciencias y disciplinas académicas, el panorama de un pluralismo babélico se nos perfila con carácter mucho más dramático.

¿Qué puede esperar nuestro estudiante como habitación para circular con eficacia y satisfacción personal y social en un universo tan polivalente? ¿Podría obtener de Estudios Generales o de la formación universitaria en su conjunto un mínimo común denominador de todos esos lenguajes, lo que sería el lenguaje del "hombre culto", y valerse de él para desempeñarse con éxito en la vida?

Lo dudo muchísimo. En primer lugar, porque tal común denominador no existe, ya que en lo fundamental los distintos marcos lingüísticos que he mencionado son inconmensurables. Pero además, porque un denominador común de la múltiple y polifacética cultura contemporánea sería por definición eminentemente pobre y mutilante. La diferencia esencial entre el hombre educado y el no educado no podemos encontrarla en la mayor articulación que haya conseguido el primero, ni en la propiedad con que haya conseguido incorporar un panorama sincrético de los valores y los conceptos contemporáneos. Creo que la solución hay que buscarla por otra vía.

La esencia del hombre educado

Creo más bien que la diferencia esencial está en el grado de flexibilidad intelectual con que el hombre educado puede emigrar de un marco lingüístico a otro, entre los marcos básicos que haya podido dominar aceptablemente. Además, por la plasticidad mental que manifieste cuando tenga que adquirir nuevos lenguajes y asimilar marcos de referencia nuevos, conforme las circunstancias lo demanden. Y por último, por el grado de libertad interior que haya adquirido para modificar responsablemente esos marcos, dándoles nuevas connotaciones o expandiéndolos y mejorándolos de algún modo en provecho de su propio desenvolvimiento y del de sus semejantes; en una palabra, por el grado de creatividad lingüística, por el carácter de sujeto cultural que manifieste en la práctica.

Idos están los días en que el lenguaje o la cultura se consideraban cosa intocable, protegida por el tabú de la tradición que nos impedía modificarla; o en que se consideraba lenguaje únicamente las palabras, habladas o escritas, y no todo acto significativo, dotado de sentido, es decir, todo acto humano sin más. Así, hoy podemos decir sin escandalizar que la diferencia importante entre el individuo educado y el que no lo está, estriba en si el sujeto se halla atado a un solo esquema lingüístico, el recibido del hogar, o el adquirido por adoctrinamiento en Iglesia o Partido. O si por el contrario, ha podido ascender de la monosemia a la polisemia, ha podido adquirir soltura intelectual para moverse en diversidad de contextos y manejar pluralidad de lenguajes. Dicho de otra manera, lo importante es el grado en que se ha independizado de la cárcel de las palabras, residencia oficial del primitivo y del dogmático, y se ha hecho capaz de esgrimirlas como armas de su propia transformación y del mejoramiento del orden social en que viven él y sus conciudadanos.

La herencia de Estudios Generales

Todas estas cuestiones filosóficas y educativas han sido y son discutidas abundantemente en nuestra Escuela. Aún más, estas cosas son practicadas de muchas manera y en muchos experimentos en sus salas de clase. Las opiniones divergen sobre los resultados y sobre las proyecciones. Pero hay coincidencia en que la mejor motivación que los profesores de este difícil programa podemos tener es estar siempre cuestionando la herencia recibida, como esperamos que nuestros estudiantes cuestionen lo que les enseñamos nosotros. En todo caso, después de veinte años de labor y en medio de cambios muy grandes, cuantitativos y cualitativos, es obvio que Estudios Generales se encuentra en los albores de una nueva etapa.

El recorrido de estos veinte años ha tenido importantes repercusiones en la conciencia del país. Los hombres formados en esta Escuela han llegado a la madurez y son seres productivos en distintas esferas de la vida, mejor capacitados que lo que hubieran estado de no ser por los Estudios Generales. Creemos que han influido de multitud de maneras en la transformación de la sociedad costarricense; inevitablemente, también en la vida de la Universidad y en los mismos programas de Estudios Generales.

Hemos ensayado muchos métodos, hemos tenido errores y también aciertos, nos hemos percatado de nuevas necesidades y hemos tratado de satisfacerlas. Pero sobre todo, creemos haber sido fieles al impulso inicial del Reformador que buscaba con este programa la formación del hombre y el ciudadano antes que el profesional y el especialista. Podemos decir que la Costa Rica de hoy está un poco marcada por los Estudios Generales de 1957. Los Estudios Generales de hoy, con su metodología participativa, sus énfasis de realidad nacional, sus enfoques interdisciplinarios, el entusiasmo de sus profesores y la creatividad de sus estudiantes, deberían marcar lo que llegue a ser la Costa Rica de 1997 - Claudio Gutierrez
 


 

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