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Filosofía La Conciencia Miguel Martínez Huerta |
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No hay nadie, ni aun el peor bribón, que, si está habituado a usar de su razón, no sienta, al oír referencias de ejemplos notables de rectitud en los fines, de firmeza en seguir buenas máximas, de compasión y universal benevolencia (unidas estas virtudes a grandes sacrificios de provecho y bienestar), no sienta, digo, el deseo de tener también él esos buenos sentimientos. Pero no puede conseguirlo, a causa de sus inclinaciones y apetitos, y, sin embargo, desea verse libre de las tales inclinaciones, que a él mismo le pesan (Kant). En ética no existen respuestas fijas y seguras para todo lo concerniente al universo moral. Los principios son generales y abstractos, y no responden necesariamente a los conflictos en que puede encontrarse el ser humano. Queda siempre un margen de ambigüedad: en él se juega el hombre su propia decisión. El propósito del presente escrito es mostrar que la verdadera fuente normativa de los actos humanos es la misma persona en su realidad concreta inmersa en su devenir. El hombre es un ser moral porque debe construirse a sí mismo. Y la conciencia moral es la facultad por medio de la cual el hombre descubre este "deber ser", esta llamada a hacerse una persona, y es también la facultad por la que tiende activamente a llevarla a la práctica. En otras palabras: es preciso entender la conciencia moral como la facultad, como la capacidad a través de la cual el hombre puede llegar a conocer lo que es bueno y lo que es malo. Se trata, pues, de un juicio del entendimiento o razón que nos permite reconocer el valor moral de un acto concreto que pensamos realizar, estamos realizando o hemos realizado. El juicio valorativo de la conciencia moral abarca tres niveles: antes del acto, durante su ejecución y después de ella. Antes del acto, la conciencia actúa como consejero, por la apreciación que el entendimiento hace del valor moral de las varias alternativas que se le ofrecen. Así, por ejemplo, Marco Aurelio (1980, 108) se convierte en nuestra conciencia cuando nos pregunta: "¿Cómo te has portado hasta ahora con los dioses, con tus padres, hermanos, mujer, hijos, maestros, ayos, amigos, familiares, criados? ¿Observaste hasta ahora con todos ellos el precepto de "no hacer ni decir nada malo a nadie"?". Durante la ejecución del acto, la conciencia se manifiesta dándonos el sentimiento de que somos agentes libres y responsables de nuestra acción. Al respecto escribe J. G. Fichte (1976, 112): "Esta voz interior de mi conciencia me dirá en cada situación de mi vida lo que debo hacer y lo que debo evitar; me acompañará, si la oigo atentamente, en todas las vicisitudes de mi vida, y ni me escatimará la recompensa si soy diligente". Después del acto, la conciencia interviene como juez y ejecutor de una sentencia. La conciencia aplica en el acto su sentencia, representada por diversidad de sentimientos morales: satisfacción, tranquilidad, remordimiento, vergüenza, arrepentimiento, etc. "Por otra parte -escribe Hume (1993, 208)-, ¿quién no sufre una profunda mortificación al reflexionar en su propia insensatez y conducta disoluta, y no siente una punzada o compunción secreta cada vez que se le viene a la memoria alguna ocasión pasada en la cual se comportó estúpidamente o con torpes modales?". Si la experiencia nos demuestra que todo hombre juzga de la moralidad de los actos, también ella nos dice que no todos juzgan de igual manera. No es raro que la falta de instrucción o ignorancia, los prejuicios de cierta forma de educación, las pasiones, el medio ambiente, el interés, etc., logren, si no anular los dictámenes de la conciencia, sí consiguen falsearlos y desvirtuarlos. De acuerdo con su manera de apreciar los actos morales, la conciencia puede ser (cf. Blázquez, 1999, 105): 1) conciencia antecedente (precede a la acción); 2) concomitante (acompaña a la acción); 3) consiguiente (posterior a la acción); 4) auténtica (cuando se actúa con honradez); 5) viciosa (se obra con malicia); 6) verdadera (se ajusta a la norma o principio de moralidad); 7) errónea (juzga como bueno algo que no lo es); 8) dudosa o vacilante (carece de seguridad y certeza en lo que se hace o pretende hacer); 9) cierta (juzga de la bondad o malicia de la acción con firmeza y seguridad); 10) laxa (poco exigente, exageradamente permisiva); 11) perpleja (ante dos normas o principios no sabe cuál de ellos elegir); 12) farisaica (moral de apariencias, hipócrita); 13) rigorista (tendencia a juzgar las acciones propias y ajenas con excesiva severidad); 14) escrupulosa (da vueltas a lo que va a hacer, temiendo siempre equivocarse). Pregunta Epicteto (1980, 72): "Si tu razón, que es quien ordena todos tus actos, está desordenada, ¿quién la ordenará?". Porque estrictamente hablando no puede llamarse conciencia bien formada cuando con este nombre se encubre la arbitrariedad, el deseo del placer propio, la conveniencia, el agrado personal, o la superficialidad de opiniones carentes de todo esfuerzo de clarificación. La ética ofrece una serie de reglas y principios que ayudan al esclarecimiento de los problemas que pueden ofrecerse de acuerdo con las diferentes clases o estados de conciencia. Algunos de ellos son los siguientes: 1. Hay que obedecer a la
conciencia cuando ciertamente manda o prohibe. Escribe Hortelano (1969,
131): "Ya San Pablo había insistido que lo que hacemos de acuerdo con la
conciencia, es bueno, y lo que hacemos en contra de la conciencia es malo.
Y en realidad esta doctrina del primado de la conciencia, como último
criterio que decide nuestro quehacer, ha sido teóricamente y en principio
la doctrina de la Iglesia en todos los tiempos. Santo Tomás, él mismo
llegó a decir, que si uno en conciencia no estaba de acuerdo con la
Autoridad eclesiástica, era preferible ser excomulgado a obrar en contra
de la conciencia". Como hemos visto, la ética está al servicio de la madurez y de la sinceridad de la conciencia humana. Mejor dicho, debe comprometerse constantemente a la formación de la misma: debe ser como fermento de la educación en la reflexión, de tal forma que los hombres aprendan a tomar sus decisiones y a valorarlas rectamente. Igual que se educa la inteligencia con el fin de que el hombre progrese en su capacidad de razonamiento, se puede y debe educarse la conciencia moral. Algunos medios para la educación de la conciencia pueden ser los siguientes: 1. El cumplimiento
fiel de los deberes de cada día. "¿Qué cosa es el deber? -se pregunta
Hegel (1975, 141)-. Para esta determinación no existe, primeramente, otra
cosa que esto: realizar el Derecho y cuidar del bienestar, el propio
bienestar particular y el bienestar como determinación universal, el
bienestar de los otros". Ya para concluir podemos
decir que consideramos hombre de conciencia: al que ha desarrollado
el sentido de responsabilidad en relación con el prójimo y la
familia, en la vida profesional, en las cuestiones sociales y civiles. Es
decir, la persona, cuya conciencia es sensible y delicada, ha comprendido
que no puede ser verdaderamente ella misma, si no ha logrado ser
vigilante, abierta y disponible a los demás. "En el pasaje evangélico del
Buen Samaritano, el sacerdote y el levita son el prototipo del hombre
dotado de seudoconciencia. El que se atiene escrupulosamente a un complejo
código de prescripciones es un hombre rutinario. Por el contrario, el
Samaritano, que ve al hombre que ha sido maltratado por los ladrones y que
está medio muerto, es el prototipo del hombre que tiene una conciencia
sensible y obra en conformidad con ella. "Lo vio y se compadeció" (Lc. 10,
33)" (Häring).
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