La presente acusación: diálogo con Meleto
Respecto de las cosas que me han imputado mis primeros acusadores, esto
ha de ser suficiente defensa para ustedes. Ahora voy a intentar
defenderme de Meleto, este [hombre] honesto y patriota, según dice, y de
los [otros acusadores] recientes. Puesto que se trata de acusadores
distintos, tomemos ahora la deposición de ellos. He aquí ésta:
“Sócrates, dice; es culpable de corromper a los jóvenes y de no creer en
los dioses en que la ciudad cree sino en otras [cosas] demoníacas
nuevas”. De esta índole es el cargo. Examinemos cada punto de este
cargo. Dice que soy culpable de corromper a los jóvenes. Pues bien,
señores atenienses, digo. que Meleto es culpable, porque bromea en
cuestiones muy serias al hacer comparecer hombres ante el tribunal con
ligereza, pretendiend6 poner celo y cuidar de asuntos de los cuales
nunca jamás se ha preocupado. Que esto es así, intentaré mostrárselo a
ustedes.-Ven aquí, Meleto, y dime: lo que más te preocupa, ¿es que los
jóvenes lleguen a ser lo mejor posible?-Ciertamente.-Bien, di entonces,
a estos [señores] ¿quién los hace mejores? Evidentemente lo sabes, pues
es tu preocupación. En efecto, has descubierto al que los corrompe,
según dices: soy yo, y me has traído ante ellos acusándome [de ello]. Di
entonces al que los hace mejores, y revélales quién es.-¿Qué pasa,
Meleto, que callas y no dices nada? ¿No te parece vergonzoso y prueba
suficiente de lo que te digo, o sea, que no te has preocupado nada? Mas
dime, amigo, ¿quién los hace mejores?-Las leyes.-Pero no es eso lo que
pregunto, mi querido amigo, sino qué hombre, el cual también conoce
antes que nadie las leyes.-Estos, Sócrates, los jueces.-¿Qué dices,
Meleto? ¿Ellos son capaces de educar a los jóvenes y de hacerlos
mejores?-Sí, al máximo posible.-Pero, ¿todos ellos o unos sí y otros
no?-Todos ellos.-Bueno es esto que dices, por Hera: gran abundancia de
benefactores. Pero veamos, los oyentes que están aquí, ¿los hacen
mejores o no?-También ellos.-¿Y en lo que toca a los consejeros?-También
los consejeros.-Pero acaso, Meleto, los [que están] en la asamblea, los
asambleístas ¿no corrompen a los más jóvenes? ¿O bien también todos
aquellos los hacen mejores? 11-También aquellos.-Entonces, según parece,
todos los atenienses, excepto yo, los hacen honorables; sólo yo, en
cambio, los corrompo. ¿Esto es lo que quieres decir?-Precisamente eso es
lo que quiero decir.-En verdad, ¡mucha mala suerte me ha tocado en tu
opinión! Ahora contéstame: ¿también te parece que pasa lo mismo con los
caballos? O sea, ¿todos los hacen mejores y uno sólo los echa a perder?
¿O no pasa más bien todo lo contrario, que uno sólo es capaz de hacerlos
mejores, o a lo sumo unos pocos, los entrenadores de caballos, mientras
que la mayoría, cuando trata con caballos y los usa, los arruina? ¿No
sucede así, Meleto, tanto a propósito de caballos como de todos los
demás animales? Con toda seguridad, sea que tú y Anito callen o lo
afirmen. Pues gran felicidad habría en lo que a los jóvenes concierne,
si sólo uno los corrompiera mientras los demás los beneficiaran. Pero ya
has mostrado suficientemente, Meleto, que jamás te has preocupado por
los jóvenes, y revelas claramente tu indiferencia, y que en nada has
cuidado de las cosas por las que me haces comparecer. Pero dinos además,
Meleto, por Zeus, qué es mejor: ¿vivir entre ciudadanos honestos o
deshonestos? Estimado señor, respóndeme, ya que no es nada difícil lo
que te pregunto. Los malvados, ¿no hacen siempre algún mal a los que más
cerca de ellos viven, mientras los buenos [harán] algo bueno?-Claro que
sí.-Ahora bien, ¿hay alguien que quiere ser perjudicado por aquellos que
conviven con él, antes que ser beneficiado? Respóndeme, amigo: pues la
ley también manda que se responda. ¿Hay alguien que quiera ser
perjudicado?-No, sin duda.-Pues bien: me haces comparecer pensando que
corrompo a los más jóvenes y que los pervierto; ¿voluntaria o
involuntariamente?-Pienso que voluntariamente.-¿Y entonces, Meleto?
¿Hasta tal punto eres más sabio que yo, siendo tu edad menor que la mía,
que sabes que los malos hacen algún mal a los más próximos a ellos y los
buenos [algún] bien? ¡Y yo, en cambio, llego a tal punto de ignorancia,
que desconozco que, si hago algún daño a los que conviven conmigo, me
arriesgo a recibir algo malo de su parte! ¡De modo que todo eso lo hago
voluntariamente, según dices! Mas a mí no me convencerás de eso, Meleto,
y creo que a ningún otro hombre. O bien yo no corrompo, o bien si
corrompo, [lo hago] involuntariamente. Por consiguiente, en cualquiera
de los dos casos, mientes. Ahora bien, si corrompo involuntariamente,
para tales fallas involuntarias [la] ley no dice que se me haga
comparecer aquí, sino que se me enseñe y reprenda en privado. Pues es
evidente que, si aprendo, cesaré de hacer lo que hago involuntariamente.
Pero tú has evitado tratar conmigo y enseñarme, y no lo has intentado;
en cambio, me has hecho comparecer aquí, donde la ley dice que
comparezcan los que necesitan castigo, no enseñanzas. Pero esto, señores
atenienses, hace patente lo que les acabo de decir, que Meleto jamás se
ha preocupado de esas cosas, ni mucho ni poco. No obstante, explícanos
una cosa, Meleto: ¿de qué modo dices que corrompo a los más jóvenes? ¿No
es manifiesto, según el texto de la acusación que has presentado 12 por
escrito, que es enseñando a no creer en los dioses que la ciudad
reconoce, sino en otras cosas demoníacas nuevas? ¿No dices que corrompo
al enseñar?-Claro que lo digo, y rotundamente.-Pues entonces, Meleto,
por los mismos dioses de los cuales se trata, habla más claramente a mí
y a estos señores. En efecto, yo no alcanzo a comprender si lo que
quieres decir es que enseño a creer en otros dioses, y en tal caso no
soy en absoluto ateo, ni soy culpable en ese sentido, sino que [enseño a
creer en dioses] que no son los de la ciudad sino otros, y de lo que me
acusas es de que sean otros. ¿O lo que dices es que en absoluto yo mismo
no creo en dioses y enseño a los demás esas cosas?-Eso es lo que digo,
que no crees en absoluto en dioses.-¡Admirable, Meleto! ¿Qué es lo que
quieres decir? ¿Que no creo que el sol ni la luna sean dioses, como los
demás hombres?-Por Zeus, señores jueces, precisamente él dice que el sol
es una piedra, y la luna, tierra.-¡Pero querido Meleto! ¿es a Anaxágoras
a quien crees acusar? ¿Y subestimas a estos señores y crees que son
inexpertos en lecturas, como para que no sepan que los libros de
Anaxágoras de Clazomene están llenos de afirmaciones como ésas? Y tan
luego los jóvenes vendrían a aprender de mí lo que en cualquier momento
pueden adquirir en la orquesta por un dracma, como mucho, y reírse de
Sócrates, si pretendiera hacer pasar por suyas tales cosas, por lo demás
tan insólitas como son. Pero, por Zeus, ¿así te parece que es? ¿No creo
que exista dios alguno?-Ciertamente que no, por Zeus, y de ningún
modo.-Lo que dices, Meleto, es increíble; incluso, me parece,
[increíble] para ti mismo. Esto a mí me parece, señores atenienses, por
completo insolente y licencioso, y simplemente esta acusación ha sido
escrita con insolencia y licenciosidad juvenil. Parece, en efecto, como
si se me pusiera a prueba componiendo un enigma [como éste]: “A ver si
ahora Sócrates, sabio, se percata de que estoy bromeando y
contradiciéndome a mí mismo, o bien, si hago caer en la trampa a él y a
los demás que están escuchando”, Me resulta manifiesto, en efecto, que
en la acusación escrita se contradice a sí mismo; es como si dijese:
“Sócrates es culpable de no creer en dioses, pero creyendo en dioses”. Y
ciertamente esto es propio de un juego infantil. Pero examinen conmigo,
señores, por qué me resulta manifiesto que se [contra] dice. Tú me
responderás, Meleto. Y ustedes recuerden lo que les pedí, al comienzo,
de no interrumpirme si argumento del modo que me es habitual.-¿Hay algún
hombre, Meleto, que cree que hay asuntos humanos, pero no crea en los
hombres? Que me conteste, señores, y no interrumpan una y otra vez. ¿Hay
alguien que no crea en caballos pero sí en asuntos equinos? ¿O que no
crea que haya flautistas, pero sí asuntos relativos a flautas? No,
honorable señor: si no quieres responder, yo te lo digo a ti y a estos
otros. Pero al menos responde a esto: ¿hay quien crea que haya asuntos
demoníacos, pero no crea en demonios?-No.-Cuánto me alegra que
contestes, aunque sea a regañadientes y obligado por estos [señores]. 13
Ahora bien, tú dices que creo en [cosas] demoníacas y [las] enseño, sean
nuevas o antiguas; pero, en fin, creo en [cosas] demoníacas, según tu
afirmación, y está atestiguado en la deposición escrita. Ahora bien, si
creo en [cosas] demoníacas, sin duda es forzoso que crea también en
divinidades. ¿No es así? ¡Claro que lo es! Supongo que estás de acuerdo,
puesto que no respondes. En cuanto a los demonios, ¿no los consideramos
dioses o hijos de dioses? ¿Dices sí o no?-Sí, por supuesto.-Pues
entonces, si creo en demonios, como dices, y si los demonios son cierta
[clase] de dioses, es como digo, que haces enigmas y bromeas al decir
que yo no creo en dioses, pero enseguida nuevamente que creo en dioses,
ya que creo en demonios. Si, por otro lado, los demonios son ciertos
hijos bastardos de dioses y de ninfas o de otras [madres], como a veces
se dice, ¿qué hombre creería que hay hijos de dioses pero no dioses?
Análogamente sería insólito si alguien creyera que hay mulas [nacidas]
de caballos y asnos, pero no creyera que hay caballos ni asnos. No,
Meleto; no es posible que hayas presentado esta acusación por escrito si
no hubieses pensado ponernos a prueba, a menos que estés en dificultades
para imputarme una verdadera culpabilidad. Pero por ningún artificio has
de persuadir a hombres que tengan incluso poca inteligencia, de que no
es propio de la misma [persona] creer tanto en [cosas] demoníacas como
en [cosas] divinas, y a la vez, es propio de la misma [persona] no
[creer] en demonios ni en dioses ni en héroes. Señores atenienses: que
yo no soy culpable de lo que me acusa Meleto no creo que requiera de
mucha defensa, sino que las cosas [dichas son] suficientes. 14
El puesto asignado por la divinidad
Ahora bien, anteriormente he dicho que me atraje enemistad de parte de
muchos, [cosa] que ustedes bien saben que es cierta. Y esto es lo que me
ha de condenar, si se me condena, no Meleto ni Anito, sino esta imagen
falsa y [la] envidia de muchos; por lo demás, es lo que ha condenado a
muchos otros nobles varones y seguirá condenando, pues no es de temer
que la cosa se detenga conmigo. Quizás alguno diga: “¿Pero no te
avergüenzas, Sócrates, de ocuparte de asuntos que te lleven a correr
ahora el riesgo de morir?” Yo, por mi parte, le replicaría con palabras
justas: “no hablas rectamente, hombre, si crees que un varón, por poco
que sea de provecho para alguien, deba calcular el riesgo de vida y
muerte, en vez de examinar sólo si, cuando obra, obra justa o
injustamente, y si sus obras son de hombre bueno o malo. Según tu
argumento, pobres criaturas serían los semidioses que; murieron en
Troya; y entre ellos también el hijo de Tetis, quien subestimó el riesgo
hasta tal punto frente al deshonor, que, cuando, ansioso por matar a
Héctor, su madre, que era diosa, le dijo algo así como: “Hijo, si,
vengas el asesinato de tu amigo Patroclo y matas a Héctor, morirás tú
también; pues enseguida a ti, dijo, después de Héctor [estará] dispuesto
el destino”. Pero él, tras escuchar estas cosas, tuvo en poco la muerte
y el peligro, porque temía mucho más vivir como cobarde, sin vengar a
los amigos. “Enseguida, dijo, muera tras haber hecho justicia al
culpable, y no que permanezca aquí, ridículo, junto a naves curvas,
carga para la tierra. ¿Crees que se preocupó de la muerte y del riesgo?”
He aquí, en efecto, señores atenienses, la verdad. En el puesto que
alguien se coloca, ya sea porque él mismo haya considerado que sea el
mejor o por un jefe se lo haya ordenado, allí, me parece, debe
permanecer arriesgándose y sin prevención contra la muerte ni ninguna
otra cosa más que contra el deshonor. Yo estaría actuando de manera
extraña, señores atenienses, teniendo en cuenta que, cuando los jefes
que ustedes eligieron para mandar me ordenaron estar en Potidea, en
Anfípolis y en Delión, permanecí allí donde ellos me ordenaron, como
cualquier otro, corriendo el riesgo de morir; mientras que ahora que el
dios, según he creído y he admitido, es quien me ordena vivir
filosofando, examinándome tanto a mí mismo como a los demás, aquí, por
miedo a la muerte o por cualquier otro asunto, abandonara el puesto
asignado. Seria extraño, y entonces en verdad sería justo que alguien me
hiciera comparecer ante el tribunal por no creer que existan dioses, ya
que he desobedecido al oráculo y he temido a la muerte, creyendo ser
sabio sin serlo. En efecto, señores, temer a la muerte no es otra cosa
que creer ser sabio sin serlo; pues es creer saber lo que no se sabe.
Nadie conoce la muerte, ni sabe si no llega a ser acaso para el hombre
el más grande de los bienes. Pero [se Ia] teme como si se supiera bien
que es el mayor de los males. ¿Y no es ésta, de algún modo, la
ignorancia más censurable, la de creer saber lo que no se sabe? En esto,
señores, tal vez es que me diferencio de la mayoría de los hombres, y,
si debiera decir que soy más sabio en algo, sería en esto: en que, no
sabiendo suficientemente acerca de lo que [hay] en el Hades, tampoco
creo saber. Sé, en cambio, que es malo y vergonzoso obrar injustamente y
desobedecer al mejor, tanto a un dios como a un hombre. Y por los males
que yo sé que son males, jamás temeré o evitaré las cosas que no sé si
son buenas. Supongamos, pues, que ahora ustedes me absolvieran y no
prestaran oídos a Anito cuando dice que, o bien no debía yo 15
comparecer aquí, o bien, puesto que he comparecido, no es posible que no
se me condene a muerte, alegando que, si me liberaran, los hijos de
ustedes pondrían en práctica lo que Sócrates les enseña, con lo cual
todos se corromperían por completo. [Supongamos] que, en vista de eso,
me dijeran: “Sócrates, Anito no nos persuadirá ahora, sino que te
absolvemos, sobre esta [base]: nunca más pasarás el tiempo en esta
investigación ni en filosofar; pero si eres sorprendido haciéndolo,
morirás”. Supuesto tal caso, como he hecho, de que se me absolviera
sobre tales [bases], les contestaría: “Yo los respeto, señores
atenienses, y los estimo, pero he de obedecer al dios antes que a
ustedes, y mientras tenga un hálito de vida y [sea] capaz de ello, no
cesaré de filosofar, y de exhortarlos a ustedes, y de explicarle a aquel
de ustedes que encontrase, diciéndole cosas como las que acostumbro:
“Querido amigo, que eres ateniense [esto es], de la ciudad más poderosa
y de mayor fama en cuanto a sabiduría y fuerza, ¿no te avergüenzas de
preocuparte por tu fortuna, de modo de acrecentaría al máximo posible,
así como a la reputación y a la honra, mientras no te preocupas ni
reflexionas acerca de la sabiduría, de la verdad y del alma, de modo que
sea mejor?”. Y si alguno de ustedes me disputara y afirmara que él se
ocupa [de estas cosas], yo no lo soltaré enseguida y me marcharé, sino
que lo interrogaré, lo examinaré, lo refutaré. Y si me parece no estar
en posesión de lo que hace a su perfección, se [lo] diré, y le
reprocharé que confiera mucho valor a lo que es inferior, y poco [valor]
a lo que es superior. Y haré esto con quien sea que encuentre, sea más
joven o más anciano, extranjero o conciudadano, aunque más con mis
conciudadanos, desde que me tienen más próximo en la sociedad. Porque
esto [me lo] manda el dios, sépanlo bien. Y por mi parte pienso que nada
mejor puede acontecerles en la ciudad que este servicio que presto al
dios. En efecto, no hago otra cosa que ir de un lado al otro
persuadiéndolos a ustedes, sean jóvenes o ancianos, de no preocuparse
por [sus] cuerpos ni por [sus] fortunas sin antes atender intensamente a
su alma, de modo que llegue a ser perfecta; diciéndoles que no es de la
fortuna que nace la perfección, sino de la perfección que [nace] la
fortuna y todos los demás bienes para los hombres, en forma privada o
pública. Si corrompo a los jóvenes cuando digo esas cosas [nos
encontraríamos con la sorpresa de que], esas cosas serían perjudiciales.
Ahora, si alguien afirma que no digo esas cosas sino otras, habla por
hablar. En este punto, señores atenienses, yo diría que, convencidos por
Anito o no, me absuelvan o no me absuelvan, en cuanto a mi no habré de
hacer otra cosa, ni aunque esté mil veces a punto de morir. No se
alboroten, señores atenienses, sino que continúen de acuerdo con lo que
les he pedido: que no me interrumpan a pesar de lo que diga, sino que
[me] escuchen. Y, en efecto, creo yo, ganarán escuchando. Voy a añadir
algo que los inducirá a poner el grito en el cielo, pero de ningún modo
hagan eso. Sepan bien que, si me condenan a muerte, siendo yo [un
hombre] tal como digo, más que a mi se perjudicarán ustedes mismos.
Porque en cuanto a mí, en nada me perjudicarían Meleto ni Anito, pues no
podrían. Creo, en efecto que no es posible que un hombre superior sea
perjudicado por uno inferior. Creo que se me puede condenar a muerte, o
desterrarme, o despojarme de derechos cívicos. Pero si bien este [señor]
o cualquier otro sin duda cree que esas cosas son grandes males, yo no
lo creo, sino que [me parece] mucho peor hacer lo que él hace ahora:
tratar de condenar a muerte injustamente a un hombre. Pues bien, señores
atenienses, mucho más necesario que defenderme a mí mismo ahora, como
cualquiera podría creer [lo es defenderlos] a ustedes, 16 para que no
queden en falta, al condenarme, respecto del don que el dios [les ha
hecho] a ustedes. En efecto: si me condenan a muerte, no hallarán con
facilidad otro [hombre] como yo-por ridículo que parezca decirlo-
asignado a la ciudad por el dios, como a un grande y noble caballo,
perezoso a causa de su tamaño y necesitado de ser despertado por una
especie de tábano. Así me parece que el dios me ha aplicado a la ciudad
de un modo análogo, para que los despierte, persuada y reproche a cada
uno en particular, sin cesar el día entero, siguiéndolos por todas
partes. Otro [hombre] semejante no se les aparecerá fácilmente, señores;
pero si me hacen caso, me conservarán. Pero tal vez ustedes estén
molestos, como quienes son despertados cuando están medio dormidos, me
tiren un golpe y, persuadidos por Anito, con ligereza me condenen a
muerte. Después, pasarían el resto del tiempo durmiendo, a menos que el
dios les enviara algún otro, para cuidar de ustedes. Porque de esto
tienen que percatarse: que yo vengo a ser alguien que ha sido donado a
la ciudad por el dios. No parece humano, en efecto, el que yo me haya
despreocupado de todas mis cosas, y me haya mantenido descuidando mis
propiedades durante muchos años, y ocupándome en cambio siempre de las
cosas de ustedes, acudiendo a cada uno particularmente, como un padre o
un hermano mayor, para persuadirlo de que se ocupe de [su] perfección.
Si por lo menos disfrutara de estas cosas y recibiera algún salario al
exhortar [lo que hago] tendría algún sentido [para los hombres]. Pero
ustedes lo ven ahora; los mismos acusadores que me han imputado todas
esas cosas desvergonzadamente, no han sido capaces de llegar al descaro
de ofrecer testigos 17 de que alguna vez yo haya recibido o pedido
salario. Suficiente testigo, en efecto, creo es el que yo ofrezco de que
digo verdad: mi pobreza.
El alejamiento de Sócrates de la Política
Ahora bien, quizá parezca insólito el que yo ande por aquí y allá y me
mezcle en muchas cosas dando consejos en privado, mientras en público no
me atrevo a hacer frente a la multitud de ustedes, dando consejos a la
ciudad. La causa de esto es la que muchas veces ustedes me han oído
decir en muchas partes, a saber, que una cierta [voz] divina y demoníaca
viene a mí, a propósito de la cual Meleto en su escrito me ha acusado,
ridiculizándola. Es para mí algo que comenzó desde niño: una voz que
surge, y, cada vez que surge, me disuade de algo que estoy a punto de
hacer, jamás me impulsa a algo. Esto es lo que se ha opuesto a que yo
actuara en política. Y a mí me parece que se ha opuesto muy felizmente;
pues deben saber, señores atenienses, que si yo hace tiempo hubiera
intentado actuar en asuntos políticos, hace rato que habría perecido, y
no habría sido útil a ustedes ni a mí mismo. Y no se fastidien conmigo
porque digo la verdad. Porque no existe hombre que sobreviva si se opone
sinceramente sea a ustedes, sea a cualquier otra muchedumbre, y trata de
impedir que llegue a haber en la ciudad mucha injusticia e ilegalidad,
sine que, para quien ha de combatir realmente por lo justo, es
necesario, si quiere sobrevivir un breve tiempo, actuar privadamente,
pero no en público. Y ciertamente presentaré pruebas contundentes de
esto: no discursos, sino lo que ustedes estiman: hechos. Escuchen, pues,
lo que sucedió, para que sepan que no sólo no hay nadie ante quien
retrocediera contra lo justo por temor a la muerte, sino que no
retrocedería aun cuando debiera morir. Les hablaré con los lugares
comunes propios de los pleiteadores, pero con verdad. En ningún momento,
señores atenienses, desempeñé ningún otro cargo en la ciudad que el de
consejero. Y sucedió que nuestra tribu, la de Antioquidas, ejercía la
pritanía cuando ustedes resolvieron el juzgar en conjunto a los diez
estrategas que no recogieron [los muertos] para las exequias tras el
combate naval, de modo ilegal, como en tiempos posteriores todos ustedes
lo reconocieron. En esa ocasión yo, el único entre los pritaneos, me
opuse a hacer nada contra las leyes, y emití un voto en contrario. Y
cuando los oradores estaban dispuestos a denunciarme para hacerme
arrestar, y ustedes daban órdenes y gritos, estimé que era necesario
recorrer los riesgos del lado de la ley y de la justicia, tutes que
ponerme del lado de ustedes queriendo cosas injustas, por temor a la
prisión o a la muerte. Y estas cosas pasaban cuando en la ciudad regla
la democracia. Después sobrevino la oligarquía y, a su turno, los
Treinta me mandaron llamar, con otros cuatro, a la Rotunda, ordenándonos
conducir desde Salamina a León el Salamino, para darle muerte. Cosas
tales ordenaban a menudo a muchos otros, queriendo tomar como cómplices
a la mayor cantidad posible de gente. Sin embargo, en esa ocasión yo
manifesté, no con discursos sino con hechos, que no me preocupaba la
muerte -si se me permite hablar sin eufemismosni nadie, sino que no
realizaría nada injusto ni impío, y que sólo de esto me cuido. Porque
aquel poder, aun siendo fuerte como era, no mc atemorizó como para que
llevara a cabo algo injusto; así, después de que salimos de la Rotunda,
los otros cuatro marcharon a Salamina y trajeron a León, mientras que yo
me aparté y marché a casa, y tal vez eso me hubiera costado la vida, si
el poder [de los Treinta tiranos] no hubiera sido derribado tan de
pronto. De todo esto ustedes tienen numerosos testigos. ¿Acaso piensan
ustedes que habría logrado vivir tantos años si hubiera actuado
públicamente y, obrando dignamente como un hombre honesto, hubiera
defendido a los justos, y, de ser necesario, poner eso por encima de
todo? Lejos de ello, señores atenienses: ni ningún otro hombre lo
[habría 18 logrado]. En cualquier caso, durante toda la vida, me he
mostrado de ese modo, tanto públicamente, en las ocasiones en que me ha
tocado actuar, como privadamente, no con-sintiendo a nadie en ningún
momento algo contra la justicia, y menos aún a alguno de aquellos que
los que distorsionan mi figura dicen que son mis discípulos